LXXIII.

Kagome abrió los ojos y lo primero que se encontró fue con el rostro preocupado de Shippo, el cual rápidamente mutó a alivio.

—¡Por fin despiertas! — se tiró a ella para abrazarla.

—¿Qué…?— murmuró. Su cabeza le daba vueltas y no era capaz de centrar ninguna idea o pensamiento.

—Tranquilo, Shippo, no la alteres. La señorita necesita descansar.

—Kagome, ¿estás bien? — el pequeño la miró con un brillo de temor en su mirada mientras se separaba de ella de un salto, como si él fuese todo el mal que pudiese sentir— ¿Te duele algo?

La joven deseó estrecharlo con fuerzas en sus brazos para hacerle ver que él no le haría daño, pero se sentía tan debilitada que hasta el simple pestañeo le costaba una gran cantidad esfuerzo. Era casi… como cuando se despertó esa mañana, tiempo atrás, después… del ataque… de Naraku.

—¿Kagome? — insistió Shippo cuando no obtuvo respuesta.

—Yo… es-estoy… bien— musitó ella con un hilillo de voz. Un gemido escapó de sus labios cuando intentó incorporarse; el cuerpo le dolía horrores.

—No se esfuerce, señorita — Miroku rápidamente se acercó a ella para sostenerla— Debería descansar después de lo que ha pasado.

Pero Kagome no lo escuchaba. Su atención estaba puesta en otra cosa, buscando a alguien, y el aire escapó trémulo de sus pulmones cuando lo halló al otro lado de la cueva donde parecían estar resguardándose. Unos ónices la atraparon por completo y ella jadeó.

—InuYasha…

—Túmbese, Kagome, debe descansar— le ordenó Miroku con voz firme.

¿Por qué él no se acercaba? ¿Por qué parecía tan… lejano y… frío? ¿Qué había pasado?

—¿Qué… qué me ha pasado? — murmuró, sin apartar la mirada de él, una pregunta directa.

Algo llameó en los ojos de InuYasha, un sentimiento que no supo entender, y él apartó la mirada, dejándola momentáneamente perdida.

—¿No recuerdas nada? — preguntó Shippo con suavidad, subida a su regazo.

Kagome, sintiendo una extraña presión en el pecho y las lágrimas acumulársele en los ojos, desvió su mirada hacia dónde estaba el pequeño zorro y sacudió la cabeza. Entonces, un fogonazo apareció en su mente y con ello una sucesión de imágenes. Siseó, llevándose una mano a la cabeza, y oyendo a sus amigos llamándola de fondo, todo el aire escapó de sus pulmones cuando los recuerdos aparecieron en su cabeza. Kikyo. InuYasha apareciendo. Su trampa. Ella sintiéndose cada vez peor. Perdiendo la conciencia. InuYasha desvaneciéndose. Ella llamándole con un último esfuerzo. Y la más absoluta oscuridad.

Kagome… Kagome… Kagome…

—Pequeña— susurró una voz, sacándola de sus pensamientos, y cuando alzó la mirada se encontró con esos ojos carbón que parecían estar mirándola con preocupación y aflicción—, ¿te encuentras bien?

«No me importa nada si has cambiado o no. Nunca te odiaré o desearé tu muerte.»

«Nada me importa más… que estar a tu lado. Siempre.»

—Inu… Yasha…

¿Por eso se comportaba así con ella? ¿Finalmente se había despertado de ese sueño en el que había estado viviendo todo este tiempo? ¿InuYasha se había dado cuenta de que Kikyo siempre iría primero? ¿Se había arrepentido de lo que había pasado entre ellos? Preguntas y más preguntas se amontonaban en su cabeza y antes de darse siquiera cuenta, las lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

—Lo siento— susurró entonces él, sus manos acunando el rostro de ella intentando quitar el rastro de humedad— Perdóname, pequeña, lo siento muchísimo. Yo… te fallé— su voz tembló en el último momento, lo que llamó su atención.

—¿Qué?

InuYasha cerró los ojos e inclinó la cabeza hasta que sus frentes se tocaron. Sintió los vellos ponérsele de punta cuando notó su cálido aliento contra el de ella y jadeó, pero no se movió, no podía hacerlo.

—Kikyo no me mintió aquel día.

Ese nombre saliendo de sus labios la hizo estremecer, pero fueron sus palabras lo que, una vez más, atrajeron su atención. Abrió los ojos y sus orbes se encontraron con las pupilas de InuYasha que parecían mirarle implorando perdón, aunque ella no sabía exactamente a qué se refería.

—¿Qué estás diciendo, InuYasha?

—Tú… tú… moriste— prácticamente escupió esas palabras, sonando con ira, rabia burbujeante e impotencia.

Kagome se sintió a la deriva, como si no supiese el significado de esas palabras.

—¿Qué?

InuYasha gruñó y se levantó, empezando un paseíllo nervioso por la cueva, incapaz de mirarla o tenerla cerca sin que el remordimiento y la culpa lo inundara. La joven se sintió fría y sola mientras lo veía ir de un lado a otro y casi saltó cuando Shippo se acurrucó sobre ella, sus ojos marrones destilando dolor y tristeza. Una mirada semejante le estaba dedicando Miroku y supo, sin lugar a duda, que ambos sabían lo que estaba pasando.

—¿Podéis explicarme que ocurre? — murmuró con un nudo en la garganta.

Miroku desvió la mirada hacia el medio demonio, pero cuando este no hizo ningún amago de querer responder, inspiró con fuerzas y se enfrentó a Kagome.

—Señorita, hemos estado hablando mientras usted estaba inconsciente… y ya sabemos lo que le ocurrió. Lo que pasó ese día por completo.

—¿Qué… día? — preguntó, confundida, pero nada más lo hizo, supo a lo que se referían. Un escalofrío la recorrió de arriba abajo y aferró al cuerpo del Shippo.

—Cuando ibas a en busca de InuYasha, después de llegar a la aldea, tú…— Miroku calló, dudando sus siguientes palabras; entonces, inspiró hondo para darse fuerza— Naraku te atacó en ese momento, siguiendo su plan perfectamente trazado, y tú… moriste. Pero lo que él no sabía es que Kikyo al morir también se llevaría la esfera con ella… y que esta no puede ser destruida por completo, así que… se reencarnó en ti, el primer cuerpo que encontró que podía ocupar. Renaciste gracias al poder de la perla y el alma de Kikyo.

De pronto, se escuchó un fuerte golpe. Kagome se encontró con que InuYasha había golpeado a la pared de piedra, su rostro convertido en piedra, y sus ojos anegados en lágrimas de dolor y tristeza.

—Te fallé.

Palabras: 998