LXXVIII.
Hablaron largo y tendido, y Sango también le contó su versión de la historia.
—Teníamos que enfrentarnos a un demonio lombriz con tres cabezas que escupía veneno por la boca. Sí, lo sé… muy raro. Intentamos hacerlo salir, pero era como si hubiera sabido de nuestra presencia, así que debimos adentrarnos en los túneles para encontrarlo. Fue difícil y perdimos a uno de los hombres, pero conseguimos acabar con él, aunque estuvimos casi tres días encerrado en las profundidades por un derrumbe en la salida que causamos. Sin comida y con apenas agua, estábamos demacrados cuando los aldeanos consiguieron sacarnos de aquel lugar— le costaba decir las palabras, mientras su ojos se encontraban muy lejos de allí— Yo lo único que pensaba era en volver a casa y pedirte perdón— su voz se rompió y las lágrimas se acumularon en sus ojos— Nunca quise dejarte atrás o hacerte sentir así, lo sabes, y me dolió muchísimo que estuvieras tan enfadada cuando nos marchamos… pero yo… nunca pensé que… esa vez sería la última que te vería— apretó el agarre de sus manos como si tuviera miedo de que pudiera desaparecer una vez más— Llegamos a la aldea carbonizada y ya de lejos tuve una muy mala sensación. Cuando vi el panorama… corrí como loca buscándoos a Kohaku y a ti, rezando porque estuvierais bien.
»Sentí que algo que había dentro de mi renacía cuando vi a mi hermano ayudando con los escombros, con algunas quemaduras en el cuerpo, pero… vivo, respirando. Fui hacia él y lo envolví en mis brazos, lloré como nunca y le hice prometer que jamás se apartaría de mi lado— una risa rota y triste escapó de sus labios, sus ojos contactando con los de Kagome, quién escuchaba todo en completo silencio, asimilándolo— Entonces, él me dijo que tú no aparecías. Que él fue a buscarte, pero nunca pudo encontrarte. Y que pasó horas y horas llamándote, hasta quedarse afónico, esperando verte aparecer sana y salva.
—Oh, dios mío…— exhaló Kagome, con las lágrimas deslizándose por sus mejillas. Kohaku, su pequeño y dulce amigo…
—Te lloramos, y aunque nunca se encontró tu cuerpo, pusimos una lápida en tu nombre para que tuviéramos un lugar donde poder rezarte.
—Sango, yo…—su voz se rompió y la mencionada se apresuró a enjuagarle las mejillas a su amiga, aunque ella misma también era un mar de lágrimas— Si lo hubiera sabido, habría vuelto sin dudarlo un instante, lo sabes, ¿no? Yo no… yo-yo no sa-sabía que…
—Por supuesto que lo sé— respondió ella y una pequeña pero sincera sonrisa apareció en sus labios— Nunca lo habría dudado.
Siguió contándole sobre su vida, cómo se centró en su trabajo de exterminadora hasta convertirse en la mejor del gremio, cómo su hermano entrenó siguiendo sus pasos, cómo la aldea sobrevivió gracias al apoyo de todos. Y entonces le habló del último trabajo que tuvo la aldea y de las consecuencias que hubo.
Y Kagome no supo cómo es que le quedaban lágrimas cuando escuchó el horror que había vivido su amiga en los últimos días, mientras que esta se deshacía por el dolor y la angustia frente a sus ojos. Nunca lo diría, pero una pequeña esperanza dentro de ella había crecido mientras había estado velando por una Sango inconsciente: se imaginaba reencontrándose con Kohaku, Kenta, Hina y los demás; y ahora… solo…
—No estás sola, Sango— juró, abrazándola con fuerzas, deseando esconderla en su pecho para que jamás le pasase nada malo—. Te lo prometo. Te lo juro, nunca más estarás sola.
·
—Yo ya he muerto— soltó, tiempo después Kagome, intentando impregnar en sus palabras un tono de indiferencia, como si ese hecho no le importase mucho. Después del lloriqueo de ambas, se habían tranquilizado mutuamente y Kagome estaba contándole ahora sus andanzas con Kikyo y la perla. La mirada conmocionada que le dedicó Sango por la bomba lanzada la hizo sonreír ligeramente— Naraku me mató porque sabía que su plan no serviría de nada si yo existía. Necesitaba que InuYasha… enloqueciera, perdiera la razón y se dejara llevar por sus instintos. Pero él no sabía lo que haría Kikyo, que se sacrificaría llevándose la perla con ella— habló de su despertar y del hechizo de InuYasha y también del ataque del demonio ciempiés— Creemos… bueno, pensamos que Naraku pudo ponerle un segundo hechizo que hizo que confundiera sus recuerdos y este se agravó aún más cuando parte del alma de Kikyo entró en mi cuerpo para revivirme, por lo que le impidió reconocerme.
—¿Pero tú… estás bien? ¿No…?
—Si me lo preguntas, no sufro ningún efecto secundario. Solo…— habló, temblando ligeramente, por el recuerdo del reencuentro con Kikyo y su pérdida de conciencia. De las últimas palabras de Kikyo antes de desaparecer. «Esa chica les pertenece, están enfadados con ella, y harán lo que sea por conseguirla.»
—Lo harán por encima de mi maldito cadáver— exclamó una voz grave en la puerta.
Sango miró a dónde había escuchado la voz y vio a InuYasha apoyado contra el quicio de la puerta, los brazos cruzados y un brillo letal en sus ojos ambarinos. Parecía peligroso, muchísimo más que cuando se enfrentó a ella. Era como si…
«La vida de Kagome es mucho más importante que la suya», se dio cuenta, sin sorprenderse mucho después de todo lo que le había contado.
—InuYasha...
Él no dudó cuando se adentró en la cabaña, directo hacia ella, y la acogió en sus brazos, su rostro mortalmente fiero y seguro. Entonces, la besó, la reclamó con firmeza y sin un ápice de duda.
—Así se hace, amigo. Que nadie toque a tu mujer— sonrió Miroku, también asomándose por la puerta.
—¡Keh, cállate, monje estúpido! — exclamó él, alejándose, pero con la mirada oscura puesta en ella.
—I-InuYasha…—murmuró embelesada.
—Estarás bien— la miró fijamente y Kagome creyó cada una de sus palabras—, nadie te hará nada. Lo juro por la tumba de nuestra madre.
Palabras: 999
¿Creéis que InuYasha podrá cumplir su promesa? si me conocéis lo suficiente después de todo este camino... hummm jejeje
Pd: en el próximo habrá más InuKag, que sé que lo echáis de menos... Sin embargo, era necesario que me centrara un poco en Sango y Kagome; ahora, todo volverá a su curso... ¿estáis preparadas?
