LXXXI.

«Había fuego a su alrededor. Mucho fuego. La aldea entera estaba ardiendo bajo ese calor abrasador.

—¡Ahí está! ¡Es InuYasha! —escuchaba las voces.

En su mano, descansaba la esfera de los cuatro espíritus, brillante y completa. Poderosa. Su cuerpo vibraba ante la energía que desprendía.

Entonces, alguien gritó a los lejos.

—¡InuYasha!

Y después, dolor.

Algo impactó en su pecho, haciéndolo caer y dejar escapar la preciosa piedra. Tenía clavada una flecha. Y delante de él, implacable y fuerte, sus ojos fulgurando furia y odio, se encontraba Kikyo, apuntándole con su arco.

Imposible.

Esto no podía estar sucediendo.

Y entonces recordó: aquello mismo ocurrió dos años atrás, cuando atacó esa aldea en busca de la perla, cuando el odio y la ira lo cegó por completo, cuando la devastación era tan grande por la pérdida de su pequeña que no veía más allá de destruir aquello que la había alejado de su lado.

De pronto, vio a Kikyo caer, llevándose una mano al hombro y cuando la separó del cuerpo, esta estaba teñida de sangre. Roja y ardiente sangre. Su cuerpo actuó solo al acercarse a ella y acogerla entre sus brazos. No, no dejaría que le pasase nada.

—¿Por qué me has hecho esto? — escuchó el murmullo sobre su piel, y el cuerpo del medio demonio se tensó.

Porque esa no era la voz de Kikyo, sino…

La echó hacia atrás sintiendo el corazón en la boca y un jadeo escapó de sus labios cuando fueron unos ojos achocolatados llenos de lágrimas los que le devolvieron la mirada. Un hilillo de sangre le recorría la comisura de sus labios y su mirada estaba ida, vacía; un pálido recuerdo de lo que albergaba esa muchacha en su interior.

—No viniste a mí— susurró ella, su piel mortalmente blanquecina, sus dedos apenas sin fuerzas aferrándose a él— Tú me mataste, tú elegiste a otra por encima de mí.

—No— replicó él, sacudiendo la cabeza angustiado y perdido— Quise hacerlo. Quise ir a por ti, pero Kik-Naraku… nos tendió una trampa, lo sabes.

—Estuve a tu lado en todo momento, pero tú no supiste ver eso. Tú me mataste. Por tu culpa, Naraku fue a por mí, los demonios del inframundo me persiguen. Tú eres el mal de mi vida— de pronto, algo empezó a relucir en su mirada achocolatada -un destello de dolor-, cuando sus dedos se curvaron alrededor de la flecha que aún permanecía en su pecho— ¡Te odio, InuYasha! ¡Tú eres mi asesino!

Entonces, apretó con más fuerzas, hundiéndole la flecha hasta el fondo, traspasándole de lado a lado. InuYasha gimió, incapaz de defenderse, mientras veía a Kagome sonreír, una mueca fría y macabra, un destello de diversión oscura.

—¡Me mataste, InuYasha!

—¡NO! ¡Lo siento mucho! ¡No quise… nunca quise que esto pasara, te lo juro! ¡Tienes que creerme! — su voz se rompió, mientras sentía su alma tirada a sus pies— ¡Daría todo por ti, eres lo mejor de mi vida! ¡Yo nunca…!

—InuYasha…

El medio demonio jadeó cuando su desenfocada mirada se fijó en un punto a lo lejos y descubrió la pequeña figura de Kagome, mirándolo como si hubiera cometido la mayor traición de su vida. Con el corazón a punto de escapársele del pecho, descubrió que quien estaba de nuevo en sus brazos era Kikyo.

—¿Por qué? — sollozó su pequeña y, con lágrimas deslizándose por sus mejillas, se dio la vuelta y echó a correr.

Sin dudarlo, InuYasha se desprendió de Kikyo y fue detrás de ella.

Necesitaba llegar a ella como necesitaba del aire para respirar»

·

Acurrucada en su pecho, sabía que no existía otro lugar mejor a ese. Se encontraban dormitando encima de una rama de árbol, con sus amigos durmiendo a los pies de este, alrededor de una hoguera.

Kagome, después de un par de horas intentando conciliar el sueño junto a ellos, le había pedido a InuYasha que la sacase de allí, pues necesitaba sentir el aire acariciándole la piel, y él no había replicado y le dio lo que pedía, ambos en completo silencio admirando las fulgurantes luces que podían verse a través del follaje.

—Yo no te culpo, lo sabes, ¿no? — murmuró ella, entonces.

InuYasha se tensó y escondió su rostro en el hueco del cuello de ella, inspirando su aroma, ese que tanta paz le traía siempre.

—Deberías.

—Todos caímos en una trampa. Tú con Kikyo; Kikyo, contigo. Yo. InuYasha, la culpa es de Naraku, no tuya, ni mía.

—Pero…

Ella se dio la vuelta, aún en sus brazos, pero lo suficiente para poder acariciarle el mentón con ternura y firmeza. Sus ojos se encontraron en un espiral de sensaciones.

—No diré que no me dolió todo lo que pasó con Kikyo porque sabrás que es mentira— le dijo con firmeza y soltura, como si llevase tiempo queriéndoselo decir, aunque nunca encontrase el momento— Pero sabía lo que hacía quedándome a tu lado, y tú eras feliz con ella, no podía pedir algo mejor. Yo…— su voz se rompió y parpadeó repetidas veces para que las lágrimas no se le escapasen—Por mucho que hubiera dolido, habría aceptado tu decisión de permanecer humano junto a ella… aunque no me hubieses dicho nada— se le escapó en el último momento, y Kagome deseó morir. Jamás le había hablado de ese momento, cuando escuchó su conversación a escondida y se sintió traicionada por su demonio, de su deseo por escapar lejos, muy lejos de allí por un tiempo.

—¿Cómo…?

—Os escuché— cerró los ojos, inclinándose para descansar su frente en el mentón de él— Por un momento, te odié, me sentí traicionada por tu silencio… y me pregunté qué había pasado para que nos alejáramos tanto. Si había sido mi culpa o…

—¡Jamás fuiste tú! Fui yo. Era un ciego, temía mis sentimientos, temí arruinar lo que teníamos… Temí que me odiaras… Cuando Kikyo me dijo eso…

—¿Odiarte por qué?

—Por destruir tu luz, lo único que me impedía perderme en la oscuridad del mundo.

Palabras: 994