LXXXII.
—Te casarás conmigo— espetó Koga, y Kagome casi se cayó hacia atrás por la determinación de esas palabras; y eso habría sido un mal movimiento, pues detrás suya se extendía un peligroso terraplén.
El silencio se instauró en el lugar y la muchacha luchó contra el impulso de echarse a reír. ¿Quién creía ser este estúpido demonio para "ordenarle" algo como eso?
—¿Entonces no podremos comernos a la mujer después de la batalla? — se quejó uno de los hombres del clan de Koga; los que hasta hace un momento habían estado acorralándola dispuesta a acabar con ella por haber conseguido que Shippo escapara en busca de ayuda después de ambos hubieran sido secuestrado por el jefe del clan de los lobos.
—Idiota, esta mujer ve dónde se encuentra los fragmentos de la perla. Con ella, podremos reunir muchísimos fragmentos, aquellos perdidos por toda la región.
—Entonces seremos invencibles.
—Esa es la idea— sonrió Koga, mostrando sus colmillos afilados cuando se enfrentó a ella—Kagome, te llamas así, ¿no? — le rodeó la cintura con una mano, atrayéndolo hacia él— A partir de ahora, serás mi mujer, ¿entendido?
Durante un segundo, Kagome sintió la sangre en sus mejillas. Koga era un demonio guapo, con facciones angulosas, ojos fríos e intensamente azules y un cuerpo musculoso y desarrollado. Y había sonado tan segura esas palabras…
Entonces, parpadeó, como si hubiera sido arrancada de un hechizo y se sacudió para apartarle.
—¡No me toques! ¡Suéltame!
El golpe de su mano en la mejilla de él resonó en las montañas y cuando Kagome alzó la mirada se encontró con la mirada de todos los lobos conmocionada. Koga, con expresión confundida, se tocaba la mejilla herida.
—¿Estás loco? ¡No puedes obligar a ninguna mujer a que sea tu esposa! — espetó con ira— Además, ya tengo otra persona en mi vida— su corazón aleteó solo por el recuerdo de su medio demonio, quién sabía que debía estar como loco buscándola.
—¿Otra persona? No me digas que es ese maldito chucho— replicó con una mueca.
—Sí, es él. ¡Y no lo llames chucho! — saltó, como cada vez que alguien se metía con él. Era algo inherente a ella, estaba en su sangre. Jamás nadie despreciaría a InuYasha en sus narices— Su nombre es InuYasha. I-nu-Ya-sha.
Koga arrugó la nariz, inclinándose hacia ella, y Kagome saltó hacia atrás.
—¡¿Qué haces?!
Unos ojos del azul más puro que había visto alguna vez se clavaron en ella con intensidad.
—Hueles a demonio, su olor está impregnado en ti— murmuró y con suavidad apartó un mechón de su cabello—, pero no llevas su marca.
«¿Marca? ¿Qué estaba diciendo de marca? ¿Qué significaba eso?»
Kagome le apartó la mano con un golpe y le sostuvo la mirada sin ningún titubeo.
Koga sonrió, sus caninos mostrándose, y durante una fracción de segundo Kagome pudo ver en él al demonio que lideraba todos los clanes lobos, el ser que había dejado que sus lobos masacraran una aldea solo para alimentar a sus camaradas de cuatro patas. Él rio entonces.
—Estaba pensando matar a ese desgraciado la próxima vez, y si ese chucho desaparece para siempre, entonces no habrá ningún problema. Serás mía, llevarás mi marca.
·
La batalla contra la tribu Gokuraku comenzó y aunque Koga le ordenó que esperase a un lado después de averiguar dónde estaba el fragmento, no iba a hacerle caso. Así que allí estaba con un arco que podido conseguir, atacando las alas de sus enemigos para hacerlos caer. Sin embargo, eran mucho y estaban en su territorio, así que hubo un momento en el que sintió como uno de ellos iba a por ella por su espalda tan rápido que apenas tuvo tiempo reaccionar.
—¡KAGOME!
Un grito, el aire siendo rasgado. Luego, la inconfundible figura escarlata y albina de su medio demonio.
Kagome sintió el alivio y la alegría inundarla por dentro.
—¡InuYasha! — gritó, corriendo hacia él para tirarse a sus brazos. Sintió sus dedos entremetiéndose en su cabello y creyó que inspiraba su aroma y, por primera vez desde que la secuestraron, Kagome pudo relajarse. Con InuYasha a su lado, todo iría bien.
—¿Estás bien? ¿Estás herida?— la apartó para poder asegurarse él mismo.
Ella sonrió e iba a responder cuando una voz desde la distancia le interrumpió:
—¡Eh, chucho, ahora no tengo tiempo para matarte! —Koga, desde la ladera de la montaña, lo miraba con una mueca de desdén en los labios— ¡Lárgate!
—¡Cállate! — InuYasha se tensó, encarándose a él— ¡Por secuestrar a Kagome, acabaré contigo ahora mismo!
—Kagome, ¿eh? — Koga rio y Kagome se temió lo peor— Oye, chucho, no me importa que la mires, pero no quiero que toques a mi esposa. Una mujer que puede sentir los fragmentos de la esfera es digna de mí.
«No ha dicho eso», gimió ella en su cabeza. Otra vez con lo mismo.
La mirada de incredulidad que le echaron sus amigos le hizo tener deseos de gritar, lo que aumentó cuando advirtió que InuYasha también la estaba mirando sin expresión en la cara.
—¡No! ¡No lo escuchéis! — gritó frustrada. «Maldito lobo»— ¡Se lo está inventado todo! — añadió, implorándole a InuYasha que la creyese.
—¡No es mentira, Kagome es mi esposa! —replicó convencido— ¡Me he enamorado de ella! ¡Kagome será más feliz conmigo que contigo, que ni siquiera eres capaz de marcarla! ¡Te reto a un duelo a muerte, perro estúpido! — esas palabras bastaron para hacer que InuYasha despertase de su ensoñamiento. InuYasha gruñó desde lo más profundo de él, un animal preparado a defender lo que era suyo— ¡Sin ti por medio, ella podrá enamorarse de mí!
—¡Te voy a callar la boca para siempre, maldito lobo! — rugió InuYasha yendo detrás de él; los celos, la cólera y la ira corriendo por sus venas.
Entonces, escuchó su dulce voz:
—¡Koga, están escondido en lo más alto!
«¿Qué?», se paralizó InuYasha a medio camino. «¿Está… ayudándole? ¿Al hombre que proclama que es su esposa? ¿Al que la ha secuestrado?»
Los celos y la traición lo devoraron por dentro.
Palabras: 999
¿Os habéis dado cuenta? ^u^
