LXXXVI.
—Por favor, no vuelvas a guardarte estas cosas. Estamos juntos, InuYasha, en lo bueno y… en lo que tú crees que es malo— no pudo evitar plasmar un tinte de ironía en sus palabras y rio por lo bajo cuando InuYasha gruñó por encima de la piel expuesta de su cuello, en una actitud claramente juguetona. Seguían en el árbol; las horas pasaban, pero ellos estaban perdidos en esa burbuja que los alejaba de la realidad—Te lo mereces, por idiota. Pero hablando en serio: tienes que dejar atrás esa horrible costumbre de ocultarme cosas "por mi bien". Somos uno, para bien o para mal, y no toleraré que me creas aun una débil chiquilla.
—Kagome, tú no eres débil— respondió el medio demonio con sus manos en el mentón de ella para hacer que se mirasen. El dolor y susto todavía perduraba en su mirada, pero conforme habían hablado y se habían sincerado con el otro, el oro iba volviendo lentamente a su mirada— Te prohíbo que pienses así. Yo jamás lo he hecho.
—Pues no lo parece— le enseñó lo dientes haciéndole una mueca. Algo en su pecho saltó cuando vio las comisuras de él izarse ligeramente y apartó los ojos, recostándose en él— Odio que me ocultes cosas sobre nosotros. Me hace sentir como si no confiases en mí o creyeses que no podría aguantarlo— murmuró, la crudeza en cada una de sus palabras.
Una vez más, la obligó a que lo mirase y cuando lo hizo, el corazón de Kagome saltó alocado. Él se había acercado, tanto que sus respiraciones parecían ser solo una, pero ninguno hizo el menor movimiento para romper la escasa distancia que los separaba. El aire entre ellos vibraba, ardiente y lleno de una energía que estaba envolviéndolos.
—Tenías tres añitos cuando fuimos a dar una vuelta al bosque— su voz fue un mero susurro que hizo dar vueltas a su cabeza— Tú me pediste volar alto, más de lo que alguna vez lo habíamos hecho, y yo no podía decirte que no, así que nos alejamos de nuestros bosques— suaves y efímeros recuerdos aparecieron en la cabeza de ella: su risa en el viento, la calidez de InuYasha mientras la acunaba en sus brazos, el brillo feroz e ingenuamente feliz en el oro cuando la miraba, la dulzura de sus labios en su cabello— Entonces, llegamos a un hermoso lago y tú me pediste meter los pies en él. Y una vez más, acepté— una sonrisa nostalgia y llena de dulzura apareció en los labios de él— Tropezaste un par de veces cuando entraste por culpa del barro y yo salté dispuesto a cogerte, pero me quedé en el sintió cuando, frunciendo el ceño de esa forma adorable tuya, me ordenaste categóricamente que no hiciera nada, que tú podía hacerlo perfectamente sin mi ayuda.
—Creo que me acuerdo— susurró ella, otra sonrisa pintada en sus labios— Terminé empapada porque me caí al agua al salir.
—Ese día me di cuenta de una cosa. Bueno, dos— su rostro adquirió un matiz divertido que puso en guardia a la muchacha— Lo primero que eres irritantemente terca— se carcajeó cuando ella, con arrugas en su entrecejo, lo golpeó en el pecho y él no retuvo el impulso que nació desde lo más profundo de unir sus labios; los estaba echando ya de menos, llevaba mucho tiempo sin saborearlos— Lo segundo— continuó con la respiración trabajosa cuando se separaron— es que no importaba cuanto lo intentase, tú te tropezaría, era inevitable. Lloraste mucho cuando tus ropas se empaparon, pero aún con las lágrimas en tus mejillas, me prohibiste acercarme a cogerte, no querías mi ayuda. Cuando finalmente llegaste sana y salva a mí y te acurrucaste en mis brazos, lo entendí: no podría evitar que te cayeras, pero sí había algo que podría hacer: estar ahí para ayudarte cuando no tuvieras fuerzas o necesitases un lugar seguro en el refugiarte. Nunca he dudado de tu fuerza, Kagome— susurró, sus manos metiéndose por el cabello de ella en una suave caricia—. Mírate, sobreviviste cuando no tenías más que meses de vida en un bosque lleno de demonios y animales de presa.
Con las lágrimas deslizándose silenciosamente por sus mejillas, Kagome sentía que su pecho iba a romperse de lo mucho que se le había hinchado el corazón por las palabras de su estúpido medio demonio, por el amor y la ternura que veía y sentía en cada poro de él.
—¿Y qué te hace pensar, entonces, que no puedo contigo? ¿Qué no deseo pertenecerte en todos los sentidos?
La mirada de InuYasha decayó, aunque no rompió de la conexión.
—Pensé que si encontraba la manera de volverme humano…
«—¿Quieres utilizar la perla para volverte humano?
—Sí.»
Entonces, ella lo entendió. Cuando aceptó volverse humano la mañana de antes del ataque de Naraku, por supuesto lo había hecho pensando en un posible futuro con Kikyo, pero también… lo había hecho por ella. Porque creía que sus vidas serían más fáciles si él dejaba de estar en el limbo entre el mundo humano y demoníaco. En realidad, fue ese el motivo porque el que InuYasha fue en busca de la perla y conoció a Kikyo.
Siempre había sido por ese miedo.
Por ese absurdo pensamiento.
Kagome sintió que podía respirar como nunca lo había hecho. Un nudo que había estado presionándole con fuerzas el estómago se había ido y ella solo podía sentir todo el amor que tenía por ese estúpido medio demonio.
—Creí que esto había quedado claro, pero te lo voy a repetir una vez más— acunó su rostro para que sus miradas se encontrasen—: Yo soy Kagome y te amo tal y como eres: no-humano y no-demonio. Solo InuYasha. Y como cambies, ya sea a humano o a demonio, haré caer mi furia sobre ti.
La mirada de él se suavizó y brilló. Lágrimas que sabía que no saldrían aparecieron en esos ojos dorados.
—Me queda claro, pequeña fiera.
Ya sí.
Palabras: 996
Tres cosas:
1- Echaba de menos escribir de ellos cuando eran pequeños... Bueno, Kagome en este caso.
2- Que no cunda el pánico que este no es el final... Van pasito a pasito en su relación hasta que, de pronto, se ponen a 100km/h, ¿o no les conocéis?
3- ¿Qué os parecería el último capítulo de la conversación para antes de que termine el fin de semana? Hum hum hum... me gustaría oíros... Aviso: tiene que ver con la marca y me reí mucho escribiéndolo JAJAJAJ pobres
