LXXXVII.
—Deberíamos de volver con los demás— susurró Kagome con una pequeña sonrisa tirando de sus labios— Estarán preocupados por nosotros.
InuYasha gruñó con fastidio.
—Saben que estamos bien. No dejaré que te pase nada.
La curvatura de su labio se hizo más grande, pero terminó sacudiendo la cabeza, todavía con la conversación que acababan de tener ardiendo en su memoria. Entonces, algo destelló en su cabeza y recordó cuando le preguntó a Sango, la expresión pícara que puso mientras la dejaba en ascuas con un: «Eso tendrás que preguntárselo a él».
¿Ahora era un buen momento?
—InuYasha.
—¿Mmhh?
—¿Puedo hacerte una pregunta?— carraspeó, insegura de soltarlo. ¿Por qué su querida Sango no lo había dicho y ya está? No había medias tintas entre ellas.
Eso pareció llamar la atención del medio demonio, quién, frunciendo el ceño confundido, tensó el abrazo que le rodeaba la cintura.
—¿Desde cuándo pides permiso para ello?
«También es verdad. ¿Por qué me estoy comportando así?», se reprochó mentalmente. Aunque bueno, si quería ser e iba a ser la compañera de InuYasha era algo que, tarde o temprano, debía conocer, ¿no? Tampoco estaba haciendo nada malo.
Inspiró hondo para armarse de valor.
—Bien, allá voy— exclamó sin pararse a pensarlo mucho—: ¿Cómo «marca» un demonio a su compañera?
El silencio que le siguió fue demasiado elocuente y consiguió ponerle los vellos de puntas. Cuando el tiempo pareció hacerse eterno -o era ella, que tenía poca paciencia-, alzó el rostro y su mirada se dirigió hacia el inquietantemente silencioso InuYasha. Los últimos rayos del sol todavía alumbraban lo suficiente para que su mirada humana pudiera admirar la expresión de él con claridad y Kagome sintió su respiración detenerse cuando lo encontró… ¿qué? ¿Sonrojado? Oh, maldita sea, eso se quedaba corto para toda la sangre que se le había acumulado en el rostro. Toda su cara estaba a conjunto de la túnica de rata de fuego.
«¿Qué está pensando?»
—¿InuYasha? — susurró nerviosa.
Entonces, él la apartó y se levantó como si le hubieran quemado el trasero. No la miraba.
—¿Por qué lo preguntas? — farfulló y Kagome creyó percibir su voz temblando.
Arqueando una ceja y preguntándose qué demonios le estaba pasando a su hombre, también se levantó con la mirada puesta en su paseíllo intranquilo. Cualquier nerviosismo o vergüenza por conocer la respuesta había desaparecido al ver su reacción y ahora sentía la más absoluta y profunda curiosidad.
—Pues porque no sé cómo se hace. Y ya que vamos a hacerl-
—¡NO LO DIGAS!
El grito que profirió él consiguió sobresaltar a Kagome, quien pegó un salto atrás hasta chocar con la corteza del árbol.
—¡¿Pero qué te pasa?! ¡¿Por qué gritas de esa manera?!
—Tú… tú…—farfulló aún sin mirarla, con las manos en su cabello y las orejas sin quedarse quieta— no digas esa palabra.
—¿Qué palabra? — preguntó muy confundida— ¿«Marcar»?
—Esa tampoco la digas— gruñó dándole la espalda.
«¿Pero qué mosca le había picado?»
Lentamente se acercó a dónde estaba InuYasha y aunque sabía que él que la estaba oyendo, no se movió, ni siquiera cuando Kagome le rodeó para plantarse delante de él, mirándolo con curiosidad y un tinte de preocupación. Vale, ¿era algo malo? ¿Le iba a… doler? No le importaba si con eso le pertenecía, aunque… no iba a ser plato de buen gusto.
—InuYasha— musitó con suavidad, como si estuviera frente a un animalillo asustadizo y no un fuerte medio demonio. Deslizó su mano por el pecho de él, donde su corazón golpeaba con fuerzas—. ¿Qué pasa?
Lo vio tragar saliva, su semblante aún con rastro de color, pero cuando sus ojos se encontraron, Kagome advirtió tal ardor en el oro de sus ojos que le puso los vellos de puntas.
—¿Tan malo es? — inquirió en un murmullo— ¿Me dolerá mucho?
—¡No! — replicó él inmediato, acunando su rostro— No, no. Sabes que yo jamás te haría daño.
—¿Entonces? — le sonrió, acortando la distancia entre ellos; adorando la forma en la que su cuerpo se amoldaba al de él— ¿Qué te tiene tan… asustado?
La mandíbula del medio demonio se tensó junto con su cuerpo y las arrugas se formaron en el entrecejo de ella.
—¿InuYasha? Me estás preocupando.
Una nueva ola de rubor apareció, pero esta vez no se alejó. Con las manos de él a cada lado de su cintura, como si tuviera miedo de que huyera -cuando era él el que tenía la cara de querer hacerlo-, escondió la mirada en el suelo que había entre ellos.
—La marca tiene lugar cuando… clavo mis colmillos en tu cuello o, bueno, en realidad cualquier lugar de ti, y libero una pequeña toxina. No dura mucho y apenas duele más que un mordisquito.
—Bueno, no parece tan malo— susurró ella, quién sentía que el corazón le iba a gran velocidad, levantándole el rostro para sus miradas se uniesen— ¿Por qué has reaccionado así?
Más rubor.
A este ritmo iba a quedarse sin sangre en las otras partes de su cuerpo.
—Porque…—balbuceó— para yo poder generar esa toxina primero tengo que… bueno… primero tenemos que…— calló, gimiendo por lo bajo. No podía decirlo en voz alta. Soltando una de sus caderas, onduló su mano entre ellos, señalándolos y puso una cara de «no me obligues a decirlo en voz alta».
—Oh— susurró, la compresión llegado a ella y, con eso, la sangre ascendiendo a gran velocidad a su rostro—, eso.
Así que para «marcarla», primero tenían que… acostarse. Y en el furor del momento, él debía… morderla e… intoxicarla. Y entonces ella sería legítima e irrevocablemente suya.
Hm, bueno.
Al menos, realmente no sonaba doloroso. Para nada.
Pero ella… todavía… no se veía preparada para dar el paso. Amaba a InuYasha como a nadie y deseaba pertenecerle en cuerpo y alma, sin embargo…
—No hay prisa ninguna— cortó sus pensamientos con un beso sonando ardiente y seguro—Por eso no quería decirte nada todavía, sé que no estás preparada. Cuando llegue el momento lo sabremos.
No pudo quererlo más por ello.
Palabras: 1000
Vengo y me voy rápido porque he dejado un trabajo a media para traeros esto a casi media noche en mi país. Estoy en la última semana de exámenes con los ánimos por los suelos e incapaz de ver la luz al final del túnel pero no podía no traeros esto cuando sois tan maravillosos y decís esas cosas tan bonitas. Lo prometido es deuda. A una hora de terminar mi agotador San Valentín (yupi) os traigo uno de los capítulo que, reconozco, más amé escribir porque me divertí mucho con las reacciones de ambos.
Y sep, como veis, no han dado el paso todavía. No soy tan malo de no ponerlo, aunque no me sienta muy cómoda escribiendo esas cosas como bien conocéis de mis otras historias, pero prometo que para esta haré el esfuerzo y lo traeré... aunque no diré cuando jeje Eso ya lo veréis conforme se vayan sucediendo los problemas...
Ahora... respecto a los siguientes capítulos, se vienen un par... ¿tranquilos? ¿entrañables? ¿Divertidos? No sabría muy bien cómo definirlo, uno será del grupo al completo y en el segundo aparecerá aquel que tantas ganas teníais de ver (también me divertí mucho escribiendo ese) y después... nos adentraremos en lo importante de esta última etapa y ocurrirá esa amenaza de la que, al parecer, nuestros personajes se han olvidado... ¿vosotros también?
En fin no me alargo más que tengo que terminar todavía algunas cositas. Feliz San Valentín a todos, mis amores, y nos vemos en el siguiente capítulo. Os mando todo mi amor y cariño (ains, me he puesto moñas y todo, lo que me hacéis, de verdad)
