Outtake 3:

De la vez en la que, aunque parecía imposible, una promesa fue cumplida.


«Apenas había cerrado los ojos, dejándose llevar a la deriva, cuando una pulsión en ella le hizo querer volver a abrirlos.

Sentía el cuerpo liviano, demasiado para los días y días que había pasado postrada en la cama sin poder moverse. Toda su piel hormigueaba y era como si estuviera bajo el agua; el peso había desaparecido a su alrededor y ella solamente flotaba y flotaba a la deriva…

—Cariño.

Abrió los ojos -por esa pulsión, sí, pero también por la voz que creyó oír- y cuando lo hizo, descubrió que se encontraba encima de una colina. El cielo refulgía de un azul casi onírico, y una suave brisa mecía la fresca hierba que acariciaba su piel expuesta.

¿Dónde estaba?

—Izayoi…

Acariciaron una de sus manos, un roce suave y efímero, y el corazón se le detuvo. O, si lo hubiera tenido, este se hubiera tenido, porque… oh, mierda… no lo sentía. Ella… ella…

—Hey.

Unos ojos azul púrpura la apresaron e Izayoi sintió que todo -absolutamente todo- desaparecía a su alrededor y solo era esa mirada lo que podía ver y sentir.

—Toga…

¿De verdad estaba él aquí? ¿De verdad estaba viéndolo? ¿No estaba… soñando?

Él sonrió y sus ojos, siempre mortalmente fieros y helados, siempre siendo los ojos de un general en batalla, se iluminaron como solamente ocurría con ella. Un sollozo escapó del pecho femenino.

—Hola, cariño, bienvenida— se inclinó hacia ella para acunar su rostro. La tocó con esa suavidad y ternura que siempre le había caracterizado, e Izayoi recordó la última vez que se vieron: cuando se despidió de ella diciéndole que marchaba a la guerra, cuando le prometió que volvería a su lado.

—¿Pero qué…?—susurró con la voz enronquecida y súbitamente se irguió, quedándose sentada. Él la dejó moverse, aunque no se alejó mucho; sus ojos la observaban atentamente, como si fuese él quién no creyese lo que estaba viviendo— ¿Dónde estamos? ¿Qué es todo esto? — preguntó, observando el valle sin fin que les rodeaba.

Por el rabillo del ojo, vio a Inu No acomodarse a su lado, sentándose de cara a ella, y su cabello albino hondeó por la acción del viento. Izayoi recordó lo que era sentir sus dedos entre la suave cabellera de él y su estómago cosquilleó con ahínco.

Había echado de menos a morir esa sensación.

—Te presento el Inframundo— con un movimiento de mano, Inu No abarcó lo que les rodeaba.

Intentando centrarse en la conversación, Izayoi sacudió la cabeza.

—¿Cómo? Es todo tan…

¿Brillante? ¿Bonito? ¿Áureo?

—No te creas, estamos en la parte buena, aunque no es oro todo lo que reluce…— respondió él con simpleza, y su voz sonaba ligeramente distraída. Cuando Izayoi se giró hacia él de nuevo, lo encontró observándola atentamente. Notó calor arremolinarse en sus mejillas en el momento que él extendió su mano y acarició aquella parte de su anatomía…—No sabes cuánto eché de menos esto… No sabes el tiempo que llevo deseando… — sus ojos se oscurecieron e Izayoi luchó contra el impulso de acercarse a él y rodearlo con sus brazos. Su cuerpo entero temblaba y sabía que la fina capa de incredulidad que aún la rodeaba era lo único que le impedía perderse en las lágrimas.

—Toga…— susurró, trémula, perdida, confundida— yo también te he echado tanto de menos…— incapaz de contenerse más, se acercó a él y lentamente rozó su mejilla. Él la dejó hacer, mirándola con esos ojos devastadores que había amado desde el primer momento que lo vio. Le tocó la mejilla, sus párpados, su nariz, sus labios, perdiéndose en su firmeza, en su calidez, en su suavidad… Era… sí, era él… era su demonio, su Toga— No sabes lo mucho que te he necesitado todos estos años— sollozó, finalmente, notando las primeras lágrimas escapar.

Algo se rompió en la expresión de él, quién la atrajo hacia su cuerpo y la encerró en sus brazos, escondiéndola de todo y de todos, como llevaba muchísimo tiempo deseando hacer. Esa humana… la única que consiguió traspasar las barreras que protegían su corazón y cordura… no podía con sus lágrimas. Podía enfrentarse a un ejército con las manos desnudas sin parpadear, pero ver que ella sufría… lo mataba, simplemente. Aunque todo a su alrededor parecía demasiado bonito en esa tranquila y apacible pradera… estos años lejos de ella habían sido su propio infierno.

—No sé cómo no me odias por abandonarte— musitó él por encima de su cabello.

Izayoi, acurrucada en su rincón favorito, ese que jamás pensó volver a sentir, sintió un desgarro en donde debería estar su corazón, recordando el momento en el que lo supo, cuando algo dentro de ella le dijo que su demonio nunca más volvería a ella, incluso antes de que los rumores de la derrota de Inu No se extendiesen por el territorio como la pólvora. Recordó el pinchazo que asoló su corazón, las incomprensibles lágrimas que escalaron y el mareó que casi la hizo perder el sentido.

«Mamá», había balbuceado su pequeño hijo de unos cuatro años. «¿Ta bien?» le preguntó preocupado. Izayoi había sacudido la cabeza y cobijando el cuerpo de su pequeño niño, el fruto de su amor con Toga, había llorado toda la noche desconsolada.

A la mañana siguiente, no obstante, una sonrisa relucía en su expresión pues sabía que debía ser fuerte por su hijo, quién la necesitaba como nadie.

—Nunca podría odiar aquello que me dio lo que me hizo ser más fuerte cada día, la razón de mi existencia— respondió ella suavemente.

Una feroz y orgullosa sonrisa emergió en los labios de él. Ella era humana, sí, y su cuerpo era más frágil, pero en coraje podía superar a la mitad de sus hombres en la guerra.

—No te merezco— sujetó su mentón para que sus ojos se encontrasen, e Izayoi se perdió en la profundidad de su mirada— No sé qué bueno hice para que conocer a un ángel como tú…

Nuevas lágrimas se deslizaron por el rostro de ella y entonces él inclinó el rostro para que sus labios se rozasen por un par de segundos, antes de ascender a sus mejillas para saborear el regusto salado que perduraba en su piel.

—Jamás he dejado de cuidarte, ni a ti ni a mi hijo— musitó cuando se separaron, con sus labios a tan solo un palmo— En cada paso que habéis dado, aunque he muerto por no poder tocaros ni haceros saber que estoy con vosotros, me he sentido muy orgulloso de cómo habéis luchado, de cómo no os habéis rendido nunca. Y aunque era como arrancarme una parte de mí mismo cuando te veía sufrir… maldita sea, tenerte de nuevo entre mis brazos… Seré el ser más bastardo del mundo, pero no podría cambiarlo por nada.

Izayoi se sentía de la misma manera: no sería capaz de cambiar lo que estaba viviendo en esos momentos, pero sí había algo… Lo único…

—Él estará bien— añadió él, como si estuviera leyéndole la mente, acariciándole furtivamente la mejilla— Si ha sacado la mitad de tozudez y valentía que tú, le irá bien, cariño mío. Además, no está solo.

El pecho de Izayoi se estrujó más si era posible.

Porque no solo había dejado a su hijo atrás; Kagome, su pequeña, aquella que no había dado a luz y con la que no compartía sangre, pero que la sentía como parte de sí…

Los había abandonado.

No había sido consciente, claro, todo había sido repentino incluso para ella, pero al final, no había importado cuando luchase, había cosas que simplemente debían suceder y no podían cambiarse…

—Oh, Toga…—¿cómo decirle que se sentía la mujer más dichosa por haberlo encontrado, pero también la más afligida por lo que había dejado atrás?

—Lo sé— susurró él, callándola con otro beso. Ella se dejó llevar, aferrándose a él como si fueran a apartarlo de sus brazos en cualquier momento, y Inu No le correspondió con el mismo sentimiento— Sé cómo te sientes. Pero no todo ha terminado. Igual que yo lo hice contigo y con mi hijo; junto podremos cuidarlos desde aquí. A los dos. Este no es un adiós, Izayoi, nunca lo fue. Solo es un hasta luego. Tardé años en cumplir mi promesa de volver a ti, pero nunca dudé que lo haría. Nada sería capaz de separarme de ti, cariño, ni siquiera la muerte…

Izayoi sintió su cuerpo cosquillear por las hermosas palabras que él le estaba diciendo y, rodeándole el cuello, se acurrucó en su pecho, donde había pasado noches y noches durmiendo, mientras el fruto de su amor descansaba entre sus cuerpos, y una última lágrima -se prometió- descendió por su mejilla.

Había llorado y sufrido por la ausencia de su amado Toga; había costado todo de ella -y más- sobrevivir cada día por el bien de su hijo… de sus hijos; una parte de sí misma se sentía mal por estar entre sus brazos, por disfrutarlo tanto… pero sabía que él tenía razón: esto no era un adiós. La vida no terminaba cuando uno cerraba los ojos.

Una nueva eternidad se había abierto ente ella, y de la mano de su amado y añorado Toga, se asegurarían de que la vida de sus queridos niños fuera como ellos se merecían.

No por nada, una madre nunca descansaba.»


No sé vosotros, pero YO necesitaba escribir algo de ellos. Desde que me puse a pensar en la implicación de ellos en la trama central de la historia, me quedé con una espinita clavada en el pecho por escribir algo más de ellos. ¿Qué os ha parecido? ¿No son demasiado hermosos Izayoi y Toga? T.T

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PD: Estoy participando este mes el reto de Flufftuber con un InuKag. ¿Os apetece echarle un vistazo? Prometo mucho amor, sonrisas y lágrimas.