Hola mis amigos, soy Yuzu Araki

Esta vez traigo otro fic de Yashahime, y esta vez traigo un Setsmor (La ama bonita y la pequeña carmesí, ambas mis waifus y claro, mi pareja culposa de Yashahime) solo que a diferencia de los yuris que escribo normalmente no tendrá un final feliz pero a la vez adecuado después de todo el destino así se les impuso.

Nuevamente les aclaro- sobre todo para los moralistas del Inukag y del Seshrin- que solo shippeo a esos dos personajes de manera culposa teniendo en cuenta la relación de entre las tres Princesas Demonio, sobresaliendo la de Setsuna y Moroha.

Pero siendo realistas ellas dos no pueden ser eso, no es que solo son de la misma sangre es porque el destino entre ellas como el de sus familias y sus descendencias serán enfrentarse a muerte, ese es el cruel destino que se les impuso.

Este será un AU, esta vez en la era Edo o era Tokugawa (Mi era favorita histórica de Japón por cierto) en la que la protagonista es Setsuna y claro será una historia desde su perspectiva.

Obviamente va a contener lemmon y shoujo así que advertidos

Muy bien, ya explicado esto comencemos con esa historia… Aunque claro, puede haber la posibilidad de que personas moralistas tanto del Seshrin como del Inukag no les agrade el shoujo ai pero como les aclaro, es un ship culposo en el que en el fandom de su tierra natal ha tenido algo de relevancia, de hecho de entre las tres protagonistas, Moroha parecía más interactuar con Setsuna que con Towa y en el manga parece que entre ellas está el rollo de que sean rivales amistosas.

Espero que lo disfruten

Yuzu y fuera

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Edo… Inicios del siglo XIX

En un parque público de la ciudad estaba una joven castaña de kimono morado sentada en uno de los asientos de madera mientras a su vista, muchas personas caminaban en tumultos pues eran los días en los que se celebraba el hanami, la llegada de la primavera donde miles y miles de personas caminaban en tropel para ver y contemplar las flores de cerezo que iluminaban con sus rosas naturales los lugares donde brotaban y volaban haciendo más hermoso el paisaje pero para nuestra joven al inicio de esta historia era todo lo contrario.

La joven no parecía estar disfrutando del periodo inicial de la primavera, de hecho más que sentir tranquilidad sentía una amargura que estaba devorando su interior aunque no lo demostrara explícitamente. Dicha doncella era una castaña de coleta alzada, varios mechones rojos a su alrededor y hermosos ojos de amatistas, mismos amatistas que se manchaban los cielo nocturnos ante la potente luz que emitían los cerezos.

La joven cuya apariencia era como cualquier mortal cuya existencia se limita a hacer un simple instante miraba desde el cómodo asiento de madera lisa el oscuro cielo despejado, sin estrellas, sin nubes, sin nada que permitiera contemplar nada más que el propio firmamento bañado en violeta. Una suave brisa acariciaba las hojas de los árboles de cerezo haciendo que las ramas de éstos se movieran al compás de ella, mientras miles y miles de hojas brillantes danzaban alrededor movidas por el ritmo del viento nocturno.

Eran eso de las ocho o nueve de la noche, en menos de dos horas todo estaría cerrado y todo quedaría vacío y desierto, ella muy bien lo sabía pero prefirió aunque sea otro tiempo más… Más tiempo en el que quizás… Si esto fuera otro momento estaría con esa persona especial pero el mismo destino les impuso no hacer eso realidad.

La noche en sí, todo el ambiente en ese concurrido parque, todo estaba muy tranquilo, era muy bello, hermoso… Pero para ella, por más lindo que fuese, significaba un día más de dolor y sufrimiento en su existencia.

¿Por qué aquello era así? ¿Por qué su padre y su tío mantenían diferencias? ¿Por qué su abuelo dio inicio a esto? ¿Por qué ambas terminaban ligadas y amarradas a ese tipo de cosas impuestas?

¿Por qué la perdió? ¿Por qué cuando uno es feliz las cosas duran poco tiempo?

En su mano derecha tiene un hermoso listón el cual conservaba su vivo color carmesí con el paso de los tiempos, ¿Cómo no olvidarlo? Hace años… Muchos años… Esa personita, una chica a la que siempre la cautivaba cada vez que la veía, a la que hasta el día de hoy amaba con su muerto corazón en la mano… La tuvo que dejar para siempre recalcando ese horrible destino en que ellas estaban involucradas y todo por el desliz de su abuelo hace muchísimo tiempo y del cual surgió el resentimiento y sutil conflicto entre dos familias.

Esa chica era su prima, su pequeña prima… Su pequeña niña carmesí como lo hubiera querido que la llamara así… No olvidaba aquello, ambas derramaban lágrimas en silencio, aquella noche en aquel templo familiar. Unos ojos castaños pero que brillaban como una exquisita y deliciosa miel se quedaban destrozados en un grande aposento mientras que unos amatistas lloraban en silencio guardándose ese horrible dolor dentro de su ser y en lo más profundo de su corazón aunque una parte fuese arrancada.

¿Cómo no olvidar aquella triste noche de primavera como esta? Entre lagrimas se fue del que fue su lecho de pasión, caminando y caminando, hasta alejarse de ese lugar, perdiéndose de vista asegurándose de que el tormento fuese firme, ambas lo sabían y lo comprendían, querían pero no podían hacerlo, sus destinos fueron escritos antes de que pisaran a este mundo.

Tantos años y el recuerdo de esa hermosa niña carmesí quedaba marcado en ella, aún después de que esa niña, aquella joven sacerdotisa le había entregado por completo a su ser y como un triste recuerdo más con el listón rojo brillante también le entregó algo más especial… Su pureza de mujer…

-Moroha…

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Periodo Edo, finales del siglo XVIII…

Era una tarde cualquiera donde Taisho Setsuna como se llamaba nuestra doncella estaba caminando hacia el templo Higurashi, mismo templo donde vivía la sucesora de la mencionada familia considerada por la otra familia la causante del sutil conflicto, de hecho, el sucesor de esa familia que por genética era su tío, era la causa principal de la encubierta deshonra.

Touga Inusuke Taisho en sus tiempos jóvenes hizo lo que todo hombre de su status haría, algo fuera de su matrimonio y claro la consecuencia de ello, consecuencia que derivó en un conflicto interno leve pero que afectaba lentamente a la rama principal, rama que venía representando nuestra doncella protagonista.

La indumentaria que usaba aquella joven distaba de alguien de su título, un kimono negro de una sola pieza hasta los pies con una cinta del mismo alrededor de las caderas, en el costado izquierdo estaba una katana guardada, unas sandalias de madera o getas y por supuesto un sombrero de paja en forma de una campaña que ocultaba en literal todo su rostro, ese tipo de vestimenta es la que suelen usar los ronin o samurái sin señor.

El templo literalmente estaba solo, completamente vacío, eran horas de la tarde donde el anaranjado cielo del atardecer inundaba cada rincón del lugar haciéndolo más hermoso que nunca. Sí, era una de esas visitas clandestinas entre la joven sacerdotisa y la segunda hija de la rama principal, ambas eran representantes de dos ramas en notable conflicto interno.

La joven decidió sacar un extraño elemento que tenía en una larga negra que llevaba en la mano derecha: era una especie de pequeña shamisen pero de un diseño diferente pero a la vez muy elegante, el material como el color eran diferentes a la de las shamisen ordinarias y como un punto final estaba una especie de pequeña vara.

Colocó el extraño instrumento sobre el hombro izquierdo teniendo el elemento casi sobre el antebrazo mientras que su mano derecha tomaba la pequeña vara acercándola hacia las cuerdas del elemento y comenzó a moverlas de una manera lenta mientras que la sinfonía que emanaba era diferente a la de una shamisen, era vibrante como armónico como si de pronto todo a su alrededor como todo lo que sentía estaba siendo transmitido por ese extraño instrumento.

Y estos días la joven princesa estaba pasando sin demostrarlo en sus peores momentos, la rama secundaria decidió trasladarse a Kyoto, la capital del Emperador y vivirían allá de manera permanente quizás para no causar problemas a la rama principal. Setsuna perdería a su prima hermana para siempre y que mejores sentimientos para describir la horrible tristeza que estaba experimentando.

Frustración, decaimiento, impotencia… Cobardía…

La castaña trataba de desahogarse, sentada en el asiento anexo al templo teniendo a la vista una parte de la panorámica de Edo, moviendo y creando la tan hermosa y desconocida sinfonía de una manera tanto frenética y despiadada, la melodía que resonaba era una cargada de rabia y desesperación, acelerada como los pesados latidos de su triste corazón y denotando la agonía que la estaba hundiendo en su propio mar de sufrimiento.

Un brillo amatista se asomaba por el sombrero kasa que portaba, hubiera jurado que había destilado lágrimas sin cesar. Ya no las podía contener, había aguantado demasiado tiempo y estaba a punto de colapsar a gritos cuando…

─¡Oe!

Tan pronto como escuchó aquella conocida voz se detuvo en seco

-¡Sí tú, ronin! ¿¡Qué se supone que estás haciendo?!

"Moroha…"

Una joven de cabello negro largo con un listón rojo amarrado detrás de su cabeza, hermosos ojos castaños pero que por la luz dorada del verano daban unos hermosos ojos mieles, baja de estatura rondando los 1,55 y vestida con las típicas ropas de una miko estaba haciendo acto de aparición.

Moroha como se llamaba la joven apareció, estaba justo a la entrada de la casa principal del templo con el ceño fruncido y una expresión con molestia notoria.

La joven se volteó quitándose el kasa mientras veía a aquella figura, aquella chica a la que amaba pero que por desgracia el entorno, la época y hasta la misma sociedad se lo impedía disfrutar ese vínculo tan especial que tenía con ella desde hace menos de un año. Solo su hermana mayor sabía de aquello y las apoyaba y en complicidad con su tía pero si los demás de las dos ramas lo supieran sería una gran mancha y una deshonra que acabaría afectando a todos en especial a su padre a quien le tenía gran respeto y admiración.

-Setsuna, ¿Estás bien?- La pequeña miko se acercó a la par suya mientras que la joven solo se mantenía en completo silencio soportando ese horrible sentimiento que la estaba invadiendo por dentro

La princesa de ojos amatistas apartó sus manos del instrumento y lo guardó en el estuche para volver a tener a su amada prima como su pequeña princesa por última vez. Las manos de la pequeña miko tomaron las suyas mientras agachó la cabeza y miraba sus manos como las de su pequeña Moroha con melancolía, las lágrimas no dejaban de caer, sollozaba en silencio mientras recibía su mirada de preocupación.

Sus ojos brillantes como la miel le atravesaron el alma seguido de un silencio rotundo.

La doncella disfrazada trató de articular alguna excusa que sonara convincente pero su boca solamente se abrió sin dejar salir sonido alguno. De nada serviría tratar de ser fuerte, imitando la característica actitud de su querido padre, una cosa es aparentar ser dura y seria pero otra sería guardar todo ese sufrimiento pero ese día, ese mismo día… El último día en verla…

Le estaba costando expresarse como se debía…

La sacerdotisa estaba de pie, la miró a los ojos nuevamente y me quedó perdida observándola por un buen rato… El ambiente se había vuelto en algo que ni siquiera podía explicar.

-Esa no es tu música…

-¿Qué dijiste?

-Esas notas… Esa melodía de antes… No es tu estilo

Las mejillas de Setsuna ganaron un pequeño color rojo

-Tú… ¿Cómo es que sabes eso?─ La miró fijamente a los ojos

-Tonta, yo he escuchado muchas veces tu violín. La música que haces por lo general es suave, gentil, ligera, y con la suficiente rapidez para que te den ganas de bailar con el corazón. Esa es la música que atrapa los oídos de cualquiera, y en mi caso… -Se sonrojó y calló.

Con su silencio, la princesa volvió a ver a su sacerdotisa, curiosa, esperando a que terminara lo que estaba diciendo.

-¿Moroha?

No recibió ninguna respuesta de la más pequeña, pero en su lugar, sus brazos rodearon su espalda, recostando su cabeza en su pequeño pecho.

-Sabes, he ido esta mañana a preguntarte, Towa como la tía Rin me dijeron que no estabas- Guardó un breve silencio- Supuse que vendrías aquí a verme por última vez antes de irme con mis padres a Kyoto… Yo… Yo no…- La joven miró hacia otro lado sintiendo algo de pena pero no quería callarlo por más tiempo- No quería irme sin despedirme de ti como se debe

Con esas palabras, logró derretir su duro corazón como nunca nadie en su vida lo había hecho ni siquiera su hermana mayor. Sin pensarlo dos veces, se aferró a su princesa abrazándola como si su vida dependiera de ello.

-Moroha… Eres una idiota…- Le dijo con voz quebrada.

-Lo sé- Las manos de la pequeña carmesí acariciaban la espalda de la castaña con delicadeza, la doncella podía escuchar los latidos desenfrenados de su corazón. Era como si en cualquier momento pudiera salir de su lugar.

-Setsuna… ¿Quieres entrar a…?

-Sí segura…

La cabizbaja sacerdotisa llevó de la mano a su prima disfrazada de ronin a la casa principal del templo, exactamente en el cuarto principal donde ella dormía. Las puertas corredizas se movieron dos veces y ahora ambas estaban dentro del recinto. La más grande abrió los brazos dejando que su amada posara su cabeza sobre su seno mientras que el mentón de la otra posaba sobre la frente de la más pequeña que se arrullaba sobre el centro del kimono oscuro de samurái dejando salir su voz triste mientras posaba sus manos dulcemente sintiendo quizás por última vez el calor de su prima hermana.

Setsuna al igual que Moroha se sentía de la misma manera, pues tener a su pequeña prima así… Sólo para ella, aunque eso fuese el final, la estaba volviendo loca. Con su rostro lleno de lágrimas, bajó su cabeza para ver su hermoso rostro de ángel una vez más, con su pulso desbaratado, su cara ardiendo de dolor y tristeza y la mirada más sincera que le pudiera regalar, decidió, al menos, decirle lo que tanto ahogaba dentro de ella por mucho tiempo, muchas veces lo dijo y muchas veces lo hizo.

-Moroha… Yo…

Una mano de la mencionada tocó su enrojecida mejilla

-Setsuna… Te quiero, te quiero mucho-Dijo en un hilo de voz que amenazaba con quebrarse

-Yo también te quiero Moroha… Te amo mi pequeña carmesí

Tanto la castaña como la pequeña azabache se habían encargado de que sus rostros estuvieran a una corta distancia para poder verse sus orbes, de hecho, la más alta miraba más a profundo los ojos mieles con esa reacción, estaban tan asombrados que podía leer un "¡Dime que eso es cierto, por favor!".

Se tomaron un tiempo para poder reunirse el valor necesario para acercarse más entre sí, y, sin romper el abrazo, justo cuando estaba a punto de responder ante aquellas hermosas palabras de hace unos momentos, Setsuna tocó los labios de Moroha con los suyos.

Un golpe sonó sobre el futón, ambas jóvenes estaban acostadas sin romper ese contacto inicial con que dos seres humanos crean un vínculo. La princesa de ojos amatistas por primera vez en su corta y joven vida, supo lo que era probar un pedacito de cielo, un sabor a frutos rojos muy exquisito, uno que sólo su pequeña niña carmesí, y nadie más que ella poseía.

Y luego de eso dieron comienzo a los besos con total pasión entre ambas, las manos de la sacerdotisa se apartaron del pecho pero no tardó en abrazar a la más alta de nuevo. Pasaban los segundos que se volvían minutos, su respiración se agitaba al mismo tiempo que la de la princesa, una sesión de besos cortos comenzó a surgir, dándose el aire suficiente para poder seguir disfrutando de ese momento celestial.

-Setsuna…

-Moroha…

Decían sus nombres entre cada beso, tanto sus mejillas y orejas estaban completamente rojas, sus corazones latían desbocados y el pequeño cuarto, más bien, su pequeño lecho nupcial comenzó a sentirse mucho más cálido y acogedor.

La pequeña carmesí acarició el mentón de la castaña con una mano, la deslizó recorriendo mi mejilla, luego la oreja, llegó a su nuca, y una vez allí, la atrajo más hacia ella, profundizando todas las sensaciones a algo indescriptible. La respuesta de Setsuna ante el tacto que le proporcionaba Moroha fue introducir su lengua en la cavidad de su necesitada prima.

Un gemido casi inaudible trató de salir de la garganta de la pequeña azabache, la castaña al escucharlo, sintió que algo dentro de ella comenzaba a reaccionar, estaba comenzando a hacerse mucha calor en el lugar, estaba más que segura que no era el clima, ya que el anochecer estaba muy próximo a caer.

Después de un rato, finalmente se separaron. Las dos representantes de las ramas principal y secundaria, Taisho e Higurashi, se miraron fijamente con una intensidad que se aumentaba con el paso de los segundos y minutos, al instante notaron que se estaban comiendo sólo con tener ese contacto visual.

La princesa captó el mensaje de su sacerdotisa, y como mascota fiel a su amo, la tomó de nuevo y colocó sus labios trazando su marca como su territorio, clara muestra de que ella hace algún tiempo fue suya. Colocó sus labios en su mejilla, su oreja, fue bajando por su cuello, un gemido ahogado se escuchó, los adentros la aclamaban para hacer a esa pequeña chica totalmente suya en ese preciso momento, pero no iba a ceder tan fácil, tenía que hacerla sufrir y desearla más.

-Setsuna…

Clavó sus dientes sobre el cuello de la pequeña miko mientras que sus manos libres liberaban cuidadosamente el camisón blanco hasta que la primera prenda fue deshecha rápidamente, besó con delicadeza su clavícula izquierda, acariciando su delineada espalda, buscando dibujar su busto el cual era pequeño pero exquisito al gusto

Las manos de la más pequeña trataron de alejar un poco a la más grande, pero ésta ya no se podía detener, estaba siendo dominada por el deseo, quería verla sin nada que la estorbara…

Moroha se abrazó a sí misma en un intento obviamente vago al final de que su tachi viera sus pequeños y aterciopelados pechos. Setsuna la miró con esos potentes amatistas, esa manera con la que miraba a su pequeña prima y amante era la manera en la que un lobo hambriento estaba buscando comida por días o quizás la mirada de un perro más grande aterrorizando a uno más pequeño y débil.

Tomó con delicadeza los brazos de su princesa carmesí, comenzó a descender su rostro lentamente hacia su seno mientras la neko tomaba la muñeca de su tachi y se ponía a lamer los dedos principales de su mano diestra, pero pensándolo la princesa decidió cambiar de posición.

Ella estaba sentada mientras que su niña carmesí estaba arrodillada sobre su regazo con el pecho frente a sus ojos violáceos, Setsuna no dudó en colocar uno de sus pétalos rosa dentro de su boca, saboreándolo, humedeciendo cada poro de esa zona sensible. Sólo podía escuchar un gemido sonoro de parte de la pelinegra. Realmente aquello la encendía.

Una de las yemas de sus índices paseaba en el pezón libre, el cuerpo bajo su dominio se estremecía con cada movimiento que hacía. Algo en su parte baja comenzaba a palpitar muy fuerte, estaba yendo demasiado lejos, pero ya no le importaba nada, en ese momento sólo eran ellas dos, nadie más existía aparte de ellas.

Bajó sus manos con tal despojar sus demás prendas, sus labios fueron dejando pequeños rastros de saliva y marcas rojas en el delgado abdomen, se deshizo del hakama rojo. La princesa contempló a su pequeña sacerdotisa a vista llena. Su hermosa cara de niña estaba tan sonrojada como la suya, su blanca piel la llamaba desesperadamente para ser acariciada una vez más, su intimidad ya comenzaba a humedecerse.

No lo soportaba más, ahora era un demonio sediento de carne y de placer, era un animal en su más completo celo, eso demostrado en sus amatistas que se tornaban casi rojos como la sangre que brota y se derrama. No podía aguantarme las tremendas ganas de comerse a esa hermosa chica, no había mejor regalo de adiós que quedarse con su pureza una y otra vez. Sin más, tomó el cuerpo pequeño e hizo que se acostara sobre el futón de nueva cuenta, quedando debajo de ella.

-Moroha… Déjame convertirte en mi última cena esta noche, por favor- Susurró en su oído, en forma suplicante.

Una vez más el silencio invadió tanto a las dos amantes como el escenario de su noche de pasión solo lográndose escuchar el fuerte latir de sus corazones. La pequeña carmesí asintió quedamente aunque temblaba de vergüenza cuando ahora la castaña mojaba ahora con su propia saliva sus dos dedos principales, la pobre pasiva cruzó sus piernas, tratando de tapar ese pequeño manjar que comenzaba a derramarse entre sus muslos. A aclarar esa hermosa vista iba, acercando su cabeza hacia esa parte cuando…

-¡Setsuna! -Gritó Moroha, lo que hizo que la mencionada se detuviera en seco y obtuvo su mirada fulminante, por haberla interrumpido. -Antes de que lo hagas… Necesito que me hagas un favor…-La miró sumamente avergonzada.

-¿Qué demonios quieres? -Le preguntó la castaña en un claro tono de molestia y con una mirada de completo enfado y molestia, misma que hacía ocasionalmente su padre hacia quienes según él no eran dignos de su agrado

-Quiero… verte… así, también… -Apartó rápidamente sus ojos de su prima como amante, viendo hacia un lado.

Aquello la dejó perpleja pero…

-Lo siento pero no puedo ceder a tus ordenes, Moroha

-Pero, ¿Por qué?

-¿Quieres que mi honorable padre sepa que de manera repentina he perdido mi virginidad?- Cerró los ojos casi asemejando ese aire estoico que se le caracterizaba a su primogenitor- Él movería tanto el cielo como la tierra con tal de dar al responsable que me ultrajo y abusó de mí incluso a alguien de su misma familia… Como los relacionados a tus padres

-¿Entonces…?

-Sí… Me quedaré solamente con todo tu ser antes de despedirnos, pequeña carmesí- A pesar de que su mirada era dura como el hielo, sus amatistas destilaban lujuria completa, no había vergüenza ni asco ni repulsión… Solo simplemente quería desear por última vez a esa pequeña sacerdotisa antes de que fuera a hacer su vida en otras tierras.

-Setsu…

Una vez más la más grande calló a la más pequeña en besos apasionados que más que besos eran los intentos desesperados de un cazador que disfruta mucho devorando su presa, luego el cuello y ahora el pequeño pecho.

-Moroha, eres muy hermosa…- Con su mano dibujó la forma de sus pequeños pechos y los masajeó lentamente ante lo cual la mencionada liberó un suspiro mientras cerraba sus ojos de golpe.

Los labios de su tachi conquistaron los suyos, la pequeña carmesí no vio venir esa grata sorpresa, pero pudo corresponderle de lo más amable posible a su prima dejando que ésta degustara tanto como quisiera. La castaña mordisqueó su labio superior, una corriente escalofriante recorrió su espina dorsal.

Sus dedos serpentearon sobre su abdomen trazando un camino lento pero se detuvo de golpe sobre el bajo vientre. Una vez más Setsuna la miró de nuevo cuando dejó de besar, la sacerdotisa la miró expectante.

-Está bien, puedes hacerme tu mujer pero… No quiero que por mi culpa terminen matando a mis padres -Y antes de que pudiera decir algo más al respecto, la castaña la había callado con más besos, mientras que ahora usaba los dedos para acariciar la entrada sin llegar a abrirla pero lo haría y lo exploraría ahora mismo.

La pequeña carmesí le contestó a través de leves gemidos la sensación increíble que le provocaba Setsuna al tocarla de esa suave manera. Una vez más se detuvo en seco para ver cómo estaba su pequeña amante tal cual como vino a este miserable mundo. Podía ver a su princesa sin distracciones, la noche ya había caído, pero la luz de la luna era tan intensa en ese momento, que no había necesidad de encender las luces para poder contemplar ese hermoso cuerpecillo de mujer.

Agarró sus caderas y la pegó hacia su ser, devorando en el proceso su boca como nunca lo había imaginado, a pesar de que su busto estaba cubierto por el ropaje de un sucio ronin, dicho busto rozaba con el pequeño y desnudo de su pequeña prima como amante, ambos cuerpos comenzaban a empaparse de un fino sudor.

La joven castaña se posicionó tan bien estando encima de la pelinegra a lo que probó la resistencia de ésta colocando una de sus rodillas la entrepierna, haciendo pequeños movimientos para poder rozarla con su clítoris. Literalmente le sacó un grito de placer con eso. Sus ganas de dominarla estaban poseyendo, descendió su cabeza más hacia el centro dándose una muy buena vista de su flor de carne, elemento que probó en ocasiones a espaldas de su estricto y cruel tío como de los demás integrantes de la rama secundaria.

Su entrepierna estaba a centímetros de su boca, al fín tenía la oportunidad perfecta de tener su néctar y ambrosía por última vez, no había mejor regalo de despedida que tener su estambre de loto divino.

Dii el primer paso, introduciendo su lengua en la delicada hendidura de sus labios inferiores, se oyó un sonido muy provocador de parte de Moroha. Enterró su cara para degustar más del néctar de esa flor escondida; por su parte, la pequeña sacerdotisa sintió miles de hormigas recorriendo su ser cuando la pequeña, cálida y mojada lengua de Setsuna entró en su centro.

La chica carmesí gemía seguida del nombre de su tachi, movía su cadera para sentir más el contacto allí abajo, agarrando con una mano los cabellos castaños de la princesa, eso era jodidamente delicioso.

Luego de un viaje lento hacia su ser como en trazar el camino para sentir el maná que surgía en el interior de su amada prima, Setsuna finalmente probó el vino dulce y amargo mientras que Moroha ya tenía todos sus sentidos hacia su límite, ya estaba había llegado al punto máximo de placer, estaba mareada, había jurado que la comisura de sus labios se habían mojado ante tan incesante contacto.

La más grande se limpió los labios estando satisfecha de su logro para acercarse a su pequeña princesa que lentamente recuperaba el aire a lo que limitó con abrazarla sutilmente dejando que posara su cabeza sobre su pecho. La pequeña carmesí se dejaba arrullar por el olor natural de la castaña mientras ésta sentía el suyo anexando su olfato sobre los poco sudados cabellos negros de su amante.

-Aún no…- Susurró Moroha

-¿No te sientes aún a gusto?

-No, no lo estoy- Respondió- Creo que no me sentí lo bastante mujer- Lentamente acercó una mano hacia la entrepierna de su tachi pero la fuerte mano de ésta se lo impidió

-Moroha, ya te lo he dicho muchas veces… Mi padre, ¿Recuerdas?

-Lo sé…- Afirmó- Si quieres… Sé una forma de que lleguemos juntas sin que esto te afecte

-¿En serio?

Moroha asintió quedamente mientras Setsuna solamente se conformó con estar en la cama viendo como la más pequeña se paraba de pie, resaltando su brillante figura a la luz de la luna mientras iba hacia una puerta corrediza que era un armario improvisado y sacó lo que era una especie de una máscara pequeña de un tengu rojo y cuya nariz era del largo de un miembro humano erecto.

Aquello dejó confundida a la más grande, sus nervios salieron disparados, pero de pronto aquellas dudas que la estaban envolviendo en ese momento se fueron cuando la joven carmesí con una mirada de petición invitó a que se pusiera de pie mientras la otra se puso de cuclillas, la más alta se desató el cinturón de su kimono para luego tenerse la falda de su vestuario mientras la pequeña niña carmesí amarraba el peculiar arnés sobre los muslos de su tachi.

Moroha al terminar de lograr acomodar muy bien dichos arnés decidió inmediatamente comenzar su trato oral al miembro artificial aunque no sin antes procurar que estaba lo bastante largo para penetrarla. La pequeña carmesí comenzó a abrir la boca comenzando a lamer de manera detenida el largo del elemento y comenzó a introducirlo en su boca.

La castaña puso sus manos sobre los hombros de su prima y amante mientras ésta movía su cabeza hacia atrás y hacia adelante tratando de medir en su boca el largo del falo falso, la más grande miraba algo sonrojada aquella faceta de sumisión que le mostraba su pequeña amante, de hecho, amaba esa faceta donde ella demostraba su abnegada devoción y lealtad hacia ella.

Luego de que la más pequeña terminara su labor decidió acostarse en el futón mientras que Setsuna frotó el dildo con su mano propia dejando el mojado miembro completamente empapado de la saliva gloriosa de su amiga, se posicionó sobre ella mientras la pasiva separó muy bien sus piernas para dejar que su tachi diera rienda suelta a su labor.

Setsuna decidió adentrarse lentamente dentro de Moroha mientras las pequeñas manos de la chica carmesí tomaban la espalda del kimono simple clavando sus garras sobre las telas oscuras mientras la falda suelta encubría bastante bien el falso miembro haciendo menos estorboso y polémico el intento.

La más grande comenzó como si fuese una melodía, comenzando desde un movimiento lento y bajo hasta culminar en movimientos rápidos, grandes y fuertes. Ambas jóvenes comenzaron a estar en una completa sinfonía sobretodo la castaña que no desistía en embestir a su pequeña prima como si fuese un hombre verdadero.

Moroha sentía que estaba comenzando a ascender al paraíso teniéndose al cuerpo de su tachi, aquello era lo mejor que pude haber experimentado en toda su joven vida, realmente sentía que se estaba quemando en el puro sol cuando ese pequeño elementos de chocaba y empujaba constantemente contra su ser. Era tan exquisito que deseaba que ese momento no desapareciera mientras que Setsuna estaba demasiado frenética como si fuera un demonio que reclamara una parte de su sacrificio humano a su nombre.

Pero era tanto el éxtasis que aprisionaba a las dos amantes, que al final, un concierto de gemidos lujuriosos por parte de la pequeña sacerdotisa resonó en el iluminado cuarto, les daba igual si alguien llegara a escuchar a esas alturas de la situación. Muchas posiciones en todo el cuarto, muchos besos apasionados en sus labios como en su desnudo cuerpo, marcas en toda su anatomía hasta que finalmente Moroha Higurashi llegó y experimento el clímax y hasta perder los cinco sentidos.

Finalmente la joven pelinegra estaba rendida, con su cabeza recostada sobre el pecho ardiente de Setsuna la cual colocaba una mano en la cabeza con tal de que se sintiera cómoda pues ya su amante estaba agotada luego de muchos esfuerzos

-Setsuna…- La pequeña carmesí colocó las palmas de sus manos sobre el pecho de la mencionada mientras los brazos grandes envolvían su pequeña espalda, una de sus manos acarició los cabellos negros de la sacerdotisa- Setsuna…- Volvió a llamarla

-¿Qué pasa Moroha?

-Tú y yo lo hicimos… ¿Pero…?

-Lo sé…- El gesto de la castaña cambió a uno muy triste

Pasó más de un minuto donde la princesa observó a su amada con una cara de total seriedad, quizás esa mirada congelaría hasta los pelos pero la única diferencia era que sus lágrimas la traicionaban al instante.

-Moroha, tú y yo queremos pero…- Dirigió sus ojos al tejado del cuarto

-Te entiendo…- La pequeña carmesí sabía de antemano, las cosas seguían su curso desgraciadamente. Alzó la mirada para ver claramente, sin vacilar que los amatistas de su prima estaban cargando una gran tristeza como también sus orbes de miel -¿Aún después de lo que hicimos? ¿Ni siquiera aunque yo te haya entregado completamente hacia ti?- Su tono era de completo quebranto eso demostrado por las saladas que se derramaron de su rostro

La más pequeña comenzó a sollozar mientras que la más grande pegó su destrozado rostro hacia su pecho quizás para sentir el latido de su roto corazón por última vez. Moroha estaba rota en llanto, de hecho, sus lagrimas se desparramaban al borde de sus emociones mientras que Setsuna debía ser dura y realista, pagaba un alto precio, muy alto por cierto, pero debía ser totalmente consciente de la situación.

-Moroha… Lo siento, de verdad que lo siento mucho…

Luego de un rato de lúgubre y sepulcral silencio en tal hermosa noche de luna llena, la princesa decidió acomodarse el kimono simple luego de despojarse del arnés mientras que la sacerdotisa solo se limitaba a ponerse su bata de dormir. Setsuna se encintó la katana, alistando su estuche y su sombrero de ronin y estaba dispuesta a irse cuando de pronto...

Setsuna dio unos cuantos pasos fuera del recinto cuando unos brazos envolvían su cintura. Moroha hundiendo su rostro en esa alta parte, la abrazaba desde atrás lo más fuerte que podía. Sollozaba tenuemente como niña pequeña, empapando su espalda de lágrimas a todo dar. La castaña solo estaba quieta ante esa horrible sensación de vacío.

-No me dejes, no me dejes, no quiero estar sola… Setsuna… ─ Entrelazó sus dedos encerrando la cintura ajena entre sus brazos. La más alta solo apegó sus manos ante ese contacto pero apartarse, ya era suficiente.

-Ya no digas más…

-Pero…

-Créeme que lo que más quiero es estar contigo por el resto de mi vida, Moroha- Tragó saliva- Pero eso no se va a poder. Sé que esto no funcionará… Mi padre, tu padre, nuestras familias… No debo defraudar ni siquiera a mi querida madre a quien quiero y respeto mucho…

Los puños de la entristecida hija de Taisho temblaban y su voz aunque tratando de ser dura y seria se quebraba más a medida que hablaba.

-Yo… Yo no planeaba esto, no quería lastimarte más de lo que ya lo hice….-Tomó aliento- Aunque yo no lo quiera lo nuestro no puede suceder….

Se volvió hacia la pequeña carmesí, acarició su mejilla, inclinó su mentón para besar con su frente. La pequeña miko solo se conformaba con estar en silencio al tiempo que sus lágrimas permanecían descendiendo como cascadas mientras su corazón lentamente se estaba agrietando.

-Es por el bien de toda la familia, la tuya y la mía… De hecho, lo es más por tu bien y por el mío. Lo siento muchísimo, de verdad- Se apartó de ella gentilmente, tenía que dar a toda prisa por una salida secreta del templo, más tarde se la pensaría para ir a su palacio pues se tenía otras alternativas.

Se volteó de espaldas tomando la dirección de uno de los pasillos pero se detuvo en seco pero sin voltearse ni mirara ni siquiera a la adolorida chica carmesí.

-Olvídame, por favor. Yo haré lo mismo. No te preocupes- Miró de reojo

Moroha quedó en silencio cuando vio lo que sería los últimos instantes en que veía a la castaña en su vida y quizás pudiese grabar aquello en su mente, a menos de que el correr del tiempo se lo impidiese. Setsuna estaba derramando una lagrima, estaba claramente destruida por dentro como lo estaba igual ella.

-Perdoname… Adiós, Moroha…

La joven sin dar más palabra la princesa dio su camino hacia el pasadizo mientras lentamente su persona se desvanecía en la oscuridad del recinto. Por cada paso que cada hacia la salida secreta comenzaba a proyectar en sí misma las imágenes que vendrían a continuación: La pobre Moroha estando en ese cuarto, ejerciendo el papel de un alma solitaria que se queda de brazos cruzados, sin ropa, sin alma, sin emociones y sobre todo, sin nadie.

Quizás era su imaginación pero habría jurado que oía unos sollozos que venían a una considerable distancia desde donde estaba pero eso ya no importaba, la decisión ya había sido tomada. La doncella se puso el kasa mientras caminaba como si fuera una triste silueta en medio de la penumbra mientras sin saberlo sus mejillas estaban siendo mojadas sin parar, al menos iría con el rostro en alto debajo de su sombrero o de lo contrario aquello sería símbolo de vergüenza y deshonra, aquellos conceptos que quería evitar y todo con tal de preservar el apellido de su familia en alto junto con la gran devoción que le tenía a sus primogenitores.

Dice que cuando la mañana llega, la noche se va llorando. El sol vendría en cualquier momento y tendría que irse antes de que los primeros rayos del alba comenzaran a alumbrar Edo. Moroha era el sol que iluminaba su vida y Setsuna era la luna que vivía con esa luz en medio de la oscuridad. El sol llegaba y la luna lloraba, y como tal, Setsuna se marchaba llorando con el rostro en alto.

Cada segundo que pasaba era una eternidad, caminando, caminando y caminando en medio de esa horrible oscuridad llamada vida hasta alejarse y perderse de vista mientras que en su mente y su corazón estaban aquellos ojos mieles que le daban razón a su vida.

Desde aquel día, aquellos recuerdos de esa chica carmesí se arraigaron hasta sus entrañas…

"Moroha…"

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Edo, primeras décadas del siglo XIX

Desde ese día hasta el día de hoy, Taisho Sesuna, ahora Kazana Setsuna todavía no podía arrancarse ese maldito sentimiento. Desde ese día no había vuelto a ver a Moroha, lo último que supo de ella era que se radicó en Kyoto y se casó con el sucesor de una familia llamada Oogami, aparte de que tuvieron dos hijos a quien llamaron Ranma y Ryoga, de ahí no más supo de ella.

Desde que dejaron en claro lo suyo, no había vuelto a ser la misma. Se sentía vacía, quizás ya tenía un marido y un hijo pero aunque ella los amaba como ellos igual hacia ella se sentía pisoteada y tratada hasta el alma como una completa basura todo por el maldito periodo en que le tocó vivir e incluso por mantener el alto el apellido de su familia.

Pero ni modo, tal como ella lo dijo aquel día

"Es por tu bien y por el mío"

Quién diría que sus propias palabras resonaban tanto en su mente como en su corazón, se preguntaba el por qué algo que quería con todo su corazón, ese anhelo, ese sueño nunca se volvió realidad y ni se volvió eterno.

Era otro miserable día en su triste día, un día más donde Edo estaba con el sol a flote, brillando con todo su esplendor como siempre. Con desgano, decidió irse de ese parque, podía ser la celebración de la llegada de la primavera pero aquello le era agobiante y aburridor, otro día con lidiar con gente ese decorado entorno y sonreír tal cual muñeca sonriente con un vacío espantoso

Era detestable tener que usar máscaras para ocultarle sus verdaderas emociones a medio mundo…

Cada se preguntaba, ¿Por qué demonios sentía que el mundo se le estaba poniendo en contra? ¿Por qué aquello lo que se quiere no se hace realidad? ¿Por qué no podía estar con ella?

Aquel tormento oculto se disiparía justamente cuando su corazón dejaría de latir en muchos, muchísimos años, quizás eras o siglos… La muerte era la mayor libertad que quería desde el fondo de su corazón.