Disclaimer: Ni Evangelion ni sus personajes me pertenecen.
La levedad del tiempo
Callado, guardando silencio al dejarse envolver por el ambiente festivo que lo acogía, Shinji se mantuvo tranquilo mientras veía a la muchedumbre moverse en sus alrededores. El verano había llegado hacía pocos días, y el calor del sol, haciéndose sentir desde las primeras horas de la mañana, no evitó que toda aquella gente se congregara en las calles y parques para disfrutar de los festivales de temporada.
Aquel calor sofocante le recordaba su vieja vida, aquella vida que quedó atrás y que ahora era parte de sus memorias más privadas. Y si bien aquellos tiempos estuvieron marcados por desgracias y tragedias, Shinji, mirando más allá de todo lo malo, no olvidaba que también vivió cosas buenas aunque hayan sido muy pocas. Así pues, viviendo su presente en paz, quiso disfrutarlo como nunca pudo hacerlo antes.
Habían pasado diez años desde que su existencia dio un vuelco inesperado, cuando la realidad misma, reescribiéndose para cumplir su voluntad, borró definitivamente el origen de sus anteriores desdichas. Los Evas, aquellos titanes gigantescos construidos por los humanos para protegerse, y que, a la postre, acabarían siendo la causa de su casi destrucción, no eran más que vagos recuerdos.
La transición fue instantánea y abrupta para Shinji. En menos de un pestañeo, sin que fuese consciente de ello, tanto él como el planeta entero, cambiaron por completo al renacer de sus cenizas. Nerv, Seele, Wille y demás elementos que alguna vez fueron parte de la historia humana, sin dejar huella, fueron eliminados de raíz. Este mundo renacido no era perfecto, pero era el ideal para volver a comenzar.
– ¿Volveré a verlos a todos algún día?
– No puedo asegurártelo, cachorro; pero tengamos la fe que así será…
Fue tan súbito y repentino su despertar al ser reconstruido, que Shinji, sin darse cuenta de ello, no se percató que Asuka, Rei y Kaworu se hallaban justo frente a él al otro lado de la estación de trenes donde se materializó. Cada uno de ellos, representando una parte vital de su ser, al igual que él, necesitaban primero sanar sus propias heridas antes de volver a cruzar sus caminos con el suyo.
Pese a que en más de una ocasión Shinji tuvo la sensación que no volvería a ver a ninguno de ellos, Mari, quien fue la encargada de darle la bienvenida al renacer, siempre mantenía encendida la esperanza de que sí se reunirían con ellos algún día. Por ende, enviándoles sus mejores deseos, Shinji, teniendo la libertad de ser quien él quisiese, confió en reencontrarse con los otros en un futuro no muy lejano.
– ¿No me estás mintiendo?
– Claro que no, te juro que es la verdad.
– Es que no puedo creer que mi madre fuese así.
– Yui era una chica muy seria cuando se trataba de sus estudios; pero cuando solíamos salir a divertirnos, era la primera en proponer que visitáramos un club de karaoke.
No teniendo familiares vivos ni a nadie más por el momento, Mari, convirtiéndose en su pilar y guía en este nuevo mundo, tomó como una misión personal el cuidar de él. Gracias a su compañía y apoyo, Shinji, gradual y progresivamente, fue saliendo de aquel rígido caparazón de miedo e inseguridad, que él mismo, en su solitaria infancia, había construido a su alrededor para evitar relacionarse con los demás.
Asimismo, queriendo saber más de sus padres fallecidos, Mari era la única fuente de información con la cual Shinji podía contar para aprender de ellos. Si bien Mari no tenía todas las respuestas a sus interminables preguntas, ella, luciendo aquella sonrisa traviesa y pícara que la caracterizaba, no se tardó en contarle, con lujo de detalle, que fue ella misma quien se tomó la molestia de unirlos a ambos.
– Tu padre solía ser igual a ti, no sólo en lo físico; sino también en la forma de ser–sentados en la mesa de la cocina de la casa que compartían, Mari, escuchando la lluvia que caía con fuerza, le dio un sorbo a su café caliente antes de seguir platicando con Shinji–ambos sabemos que tu padre hizo cosas terribles después de la muerte de Yui, pero cuando yo lo conocí en la universidad, era cualquier otra cosa menos malvado.
– Él se sentía destrozado por la soledad, solamente quería ver a mi madre de nuevo.
– Sus deseos eran muy humanos, no puedo decir lo mismo de sus métodos.
– ¿Dónde crees que estén mis padres ahora?
– Desearía poder responderte, cachorro; pero estén donde estén, deseo que al fin descansen en paz.
– Espero que así sea.
– No te agobies por eso, ya has tenido demasiadas preocupaciones encima de ti–levantándose de su asiento, caminando hacia él, Mari extendió una mano hacia Shinji tal y como lo hizo en la estación de trenes–ven, ya es tiempo que aprendas a bailar.
– ¿Bailar? –Todavía sin acostumbrarse a los inesperados y rápidos cambios de tema por parte de Mari, Shinji, tomando su mano, no terminaba de entender qué buscaba obtener con esto– ¿por qué de repente piensas en bailar?
– Allá afuera hay una princesa que necesita a su príncipe azul…–sonriéndole, no necesitando detallar de quién se refería, Mari le guiñó un ojo–y cuando llegue el día en que se reencuentren, quiero sentirme orgullosa de ti cuando los vea bailando como en un cuento de hadas.
Shinji, no perdiendo por completo la timidez que lo definía, se sonrojó tenuemente; aunque, para alegría de Mari, también le sonrió con una pizca de galantería que denotaba que no era el mismo de antes. Así pues, poniéndose de pie, siguiendo las indicaciones de Mari, el Shinji Ikari que era un talentoso chelista al producir maravillosa música, ahora aprendería a dejarse mover por ella misma.
No eran precisamente un hijo con su madre, no compartían ningún lazo sanguíneo, pero aquello no era necesario, eran una familia. Una extraña y peculiar familia; aún así, eran una familia feliz. Y así, cargando cada vez menos culpa y remordimiento en su espalda, expiando sus errores poco a poco, Shinji ni siquiera sintió cuando los días se convirtieron en meses, y los meses, en años.
Shinji, quien ya se sentía integrado a una sociedad estable y normal, lejos de la locura protagonizada por monstruos gigantes destruyéndolo todo a su paso, era dichoso consigo mismo al ser un contador en una empresa situada en Tokio. Poseía un empleo bien pagado, era un miembro respetado y estimado por sus compañeros de trabajo, e inclusive, ya habiendo salido con algunas chicas, ya no era tan retraído.
No obstante, todavía preguntándose por el destino de Asuka y los demás, Shinji, algunas veces, era visitado por la tentación, la cual, seduciéndolo, lo incitaba a buscarlos y a investigar un poco sobre sus viejos amigos. Pese a que la idea le gustaba, recordando todos y cada uno de los problemas que ellos traían en su haber, Shinji, no queriendo precipitar las cosas, se aferraba a la convicción de ser paciente.
Si el destino quería que se reuniese con ellos, entonces, sin perder la esperanza, esperaría por ese día.
Y ya que pensaba en el destino, una noche, al llegar a casa luego de una larga jornada laboral, Shinji, encontrando a Mari mirándose con un espejo de mano al estar sentada en un sofá, no necesitó de mucho tiempo para descubrir que algo sucedía con ella. Dejando su maletín y paraguas en una mesa cercana, soltándose también el nudo de su corbata, Shinji, preocupado, se le acercó con lentitud.
– Tarde o temprano que tenía que suceder, no podía seguir eludiendo al tiempo para siempre…
Resignada, como si le hubiesen robado aquella energía y jovialidad que acostumbraba derramar a cántaros, Mari, escuchándolo aproximársele, no despegó su mirada de su propio reflejo. Shinji, confundido, no teniendo ni la menor idea de qué le ocurría, se arrodilló junto a Mari una vez que estuvo a su lado. Y ella, girándose lentamente, le obsequió una sonrisa cansada, pero honesta al verlo.
– ¿Qué te ocurrió?
– Nada malo, sólo lo que es natural: envejecí–pese a que no le gustaba haber perdido aquella juventud que la acompañó por varias décadas, para Makinami, no teniendo caso luchar contra el cambio, simplemente lo aceptó–cuando el mundo fue reescrito me sorprendió que siguiera viéndome joven, me encantó; no lo niego, pero siempre me pregunté por cuánto tiempo más podría verme así. Pues bien, ya tengo mi respuesta.
Mirándola con más calma, observando con asombro las arrugas en su rostro y las canas que habían invadido su cabello, Shinji, muy sorprendido, no disimuló dicho asombro en su cara. Mari; a pesar de lo que pasaba, comenzó a reírse con fuertes carcajadas al ver su expresión. Quizás ya no era aquella chica joven que presumía su belleza adolescente, pero aún conservaba su distintivo sentido del humor.
– ¡No pongas esa cara, no me estoy muriendo! –Sin dejar de carcajearse, Mari, posando una mano en el hombro derecho de Shinji, rompió con aquel silencio sepulcral que los rodeó por un santiamén–tal vez por fuera ya no sea aquella chica sexy y endemoniadamente guapa que conociste; pero por dentro, sigo siendo la misma.
– ¿Entonces esto significa que tengo que comenzar a llamarte: "abuela"? –con confianza, hablándole con el tono de voz bromista que Mari tantas veces usó con él, Shinji no dudó en hacerle una broma.
– Si no fuera porque te conozco desde que naciste, diría que eres un pésimo comediante…–respondiéndole, Mari le dio su tradicional semblante felino antes de volver a mirarse en el espejo–pero pensándolo bien, la idea de ser "abuela" no suena nada mal. Tal vez ya sea tiempo que al fin sientes cabeza, hemos vivido juntos desde que despertamos en este mundo reescrito, es hora que continúes sin mí.
– ¿Qué?
– Shinji, cuando llegamos aquí todavía eras un niño en el cuerpo de un adulto. Ahora eres un adulto por completo, me atrevo a decir que eres mucho más maduro que tu propio padre–Mari, hablándole con una seriedad no muy usual en ella, le afirmó sin vacilar–ya no puedo seguir siendo tu "hada madrina", ya te has ganado el derecho de vivir tu vida por ti mismo. No te estoy diciendo que recojas tus cosas y que te marches ahora mismo; pero a partir de mañana, deberás empezar a buscar el que será tu propio hogar.
– No sé qué decir, todo esto es tan inesperado.
– Así es la vida, Shinji. Llega el momento para toda persona en que debe dejar el nido para construir el suyo–si bien su rostro cansado y envejecido ya no ostentaba la elasticidad de antaño, Mari, arqueando una ceja, dibujó de nuevo su expresión sagaz–sé que ya has salido con algunas chicas, eso está muy bien; pero no olvides que allá afuera, esperándote en algún rincón de este mundo, existe una princesa malhumorada que necesita a su príncipe azul.
– No creo que vuelva a verla, Mari. Además, Asuka es de Alemania; no encuentro un motivo como para que esté aquí en Japón–poniéndose de pie, terminando de quitarse la chaqueta que traía puesta, Shinji tomó asiento en otro sillón cercano–ella ya no me recuerda; no debe recordar nada de lo que pasó antes de reescribir el mundo. Es posible que esté casada y tenga su propia familia, creo que ambos perdimos nuestra oportunidad hace mucho.
– ¿Tan rápido te has olvidado que ella y yo convivimos por catorce años? –Con un poco de enfado, regañándolo como si fuese un chiquillo otra vez, Mari le apuntó con un dedo– ¿acaso ya no recuerdas todas las historias que te conté sobre nosotras dos?
– No, no me he olvidado de nada de eso. Es sólo que ha pasado demasiado tiempo, y como dije antes, ella debe de estar en Alemania ahora mismo.
– Tal vez la mente pueda olvidar con facilidad, pero el corazón nunca olvida–recordando una frase que leyó en alguno de los incontables libros que ha leído, Mari, sacándole provecho a su empleo como bibliotecaria, le aseveró–ella nunca se olvidó de ti, nunca. A pesar de que no la rescataste cuando el ángel la poseyó y de todos los años que pasaron, la princesa siempre te añoró.
Shinji, alzando la mirada, la escuchó sin interrumpirla.
– Asuka tenía muchos problemas encima, más de los que alguna vez me dijo y que yo imaginaba. Ella estaba igual de rota y herida que tú, fue por eso que ninguno de los dos pudo estar juntos; pese a haber admitido mutuamente que se amaban–Mari, tomándose de nuevo muy en serio su rol de "hada madrina", ahora sí se veía como una al ya no lucir como una mujer joven–cada vez que yo le hablaba de ti o hacía cualquier mínimo comentario sobre ti, los nervios la traicionaban. Ella estaba loca por ti, Shinji. Su orgullo nunca le permitió admitirlo en voz alta hasta aquella vez cuando te lo dijo en el Wunder.
– Recuerdo muy bien todo lo que me has contado, créeme; lo tengo muy presente en mi cabeza. Pero eso era en el mundo anterior, ahora es posible que sea feliz al lado de otro hombre–entrelazando sus manos, reclinando sus codos en sus rodillas, Shinji le argumentó–no niego que me dolería mucho nunca más volverla a ver, pero si ha encontrado la felicidad que tanto necesitaba, entonces me alegro por ella. Cuando me despedí de Asuka deseé que fuese feliz, y sigo manteniendo ese deseo. Quiero que sea feliz, no que esté encadenada a mí.
Sonriendo en silencio, Mari, como si fuese su madre, no escondió su satisfacción al escucharlo.
– Yo tengo el mismo deseo; deseo con todo mi corazón que Asuka sea feliz. Y también deseo que tú seas feliz, Shinji. No hay nada que me haría más dichosa que verlos a ustedes dos siendo felices juntos.
Callado, pero sin romper el contacto visual entre ambos, Shinji no quitó su sonrisa de sus labios.
– Una nueva etapa para nosotros comenzó hoy, mi repentino envejecimiento es prueba de ello. Desde mañana mismo te pido que tengas los ojos muy abiertos, Shinji; porque cuando menos lo esperes, tu princesa aparecerá ante ti.
Bajando la mirada, pero no borrando la felicidad que se dibujaba en su faz, Shinji, volviendo a pensar en Asuka, supuso que debía lucir similar o idéntica a la última vez que se vieron. En ese momento, siendo todavía un mocoso, Shinji no tuvo la madurez suficiente como para admirar lo hermosa que se veía la pelirroja al ser una mujer adulta. Era preciosa, bellísima, digna de un cuento de hadas.
Tal y como lo repetía Mari, Asuka era una princesa.
Deseaba volver a verla; deseaba saber qué había sido de ella luego de todos estos años sin verse. Pese a que no ocultaba su anhelo por poder hacer las cosas como no las hizo cuanto tuvo la oportunidad, Shinji, sin egoísmos, esperaba que Asuka ya no se sintiese sola y tuviese el respaldo familiar del que tanto careció en el antiguo mundo. Ella se lo merecía, después de todo el dolor que vivió, se lo merecía.
– Sigue así, cachorro. Piensa en tu princesa, entre ustedes dos todavía hay mucha tela que cortar…
Mari, sabiendo muy bien en que pensaba, no se tardó en lanzar uno de sus dardos dando en el blanco. Sin embargo, a diferencia de Asuka, quien negando lo que sentía fallaba al esconderlo, Shinji, ya habiendo superado muchísimo la timidez y vergüenza que era normal en un niño, no se sonrojó ni negó nada. Simplemente la miró y asintió con la cabeza, quería reencontrarse con Asuka, y confiaba en ello.
Así pues, dando el siguiente paso en su vida, y teniendo la bendición de Mari, Shinji se despidió de la casa que lo hospedó por un quinquenio para mudarse a su propio domicilio. Al poner un pie en su nuevo hogar, recordando a Misato con nostalgia, Shinji acomodó sus pertenencias antes de elevar una plegaria hacia sus padres, los cuales; aunque ya no existían más, él los mantenía vivos en sus recuerdos.
Por lo demás, su rutina no cambió mucho. Siguió trabajando en el departamento de contabilidad sumando y restando números, dicha labor, por más que le pareciese aburrida a cualquier otra persona, para Shinji era un deber tranquilo y entretenido. Sin duda alguna, era muchísimo más placentero contabilizar facturas que subirse a un robot inmenso para tener peleas a muerte con bestias salvajes.
Mari, respetando su espacio y dejándolo vivir en plenitud su adultez, dejó de tener aquella comunicación constante con Shinji; empero, telefoneándose ocasionalmente, ambos no dudaban en ponerse al día con sus nuevas experiencias. Si bien Shinji no tenía más temas que contarle que no fuesen laborales, muy pronto, más de lo que él hubiese creído, su rumbo daría un giro repentino.
Uno que, llegado el momento, hará sonreír en demasía a Mari.
– ¿Qué pasa? –saliendo de su cubículo al escuchar muchos susurros no muy lejos, Shinji, acercándose a un pequeño tumulto conformado por varios de sus compañeros de trabajo, les formuló aquella pregunta al no entender qué sucedía.
– ¿No has escuchado los rumores? –Otro de los empleados en aquella habitación, volteándose hacia a él, le cuestionó al verlo llegar– ¿no sabías que compraron la compañía?
– ¿La compraron? –sorprendido, no sabiendo nada al respecto, Shinji le respondió con otra interrogante.
– Sí, parece que unos inversionistas extranjeros compraron la mayoría de las acciones hace unos días–otro de sus colegas, usando una fotocopiadora a su izquierda, se unió a la conversación sin invitación–también se rumorea que reemplazarán a la mayoría de la Junta Directiva y demás jefaturas.
– La verdad no tenía ni idea de nada de esto, creo que he estado viviendo debajo de una roca–bromeando consigo mismo, Shinji se carcajeó un poco– ¿de dónde son los nuevos dueños de la compañía?
– Son de Alemania, ahora nuestros jefes serán alemanes…
La plática terminó ahí para Shinji. Mientras los demás prosiguieron especulando sobre si habría despidos o rebajas salariales, el otrora piloto de la Unidad 01, caminando en silencio de regreso a su escritorio, sintió un presentimiento imposible de ignorar creciendo en su pecho con el mero hecho de haber escuchado el nombre de aquel país. Pudo haber sido cualquier otro, pero casualmente, fue Alemania.
No poseía ninguna prueba que le confirmara que Asuka, por arte de magia, entraría por la puerta y volvería a su lado; no obstante, con una fe ciega, confió en que así sería. Los nervios lo invadieron como solían hacerlo antaño, pero no porque tuviese miedo, sino a causa de la ansiedad ante un posible reencuentro con Asuka que, hasta que no supiese si ella regresaría o no, no abandonaría su cuerpo.
Por el resto de su jornada, y por las semanas que estaban por venir, Shinji no logró despejar de su mente la silueta de Asuka. Pensó en decírselo a Mari, pero no queriendo precipitarse al no poseer una certeza absoluta al respecto, Shinji, guardando silencio, decidió esperar y ver si aquel augurio acababa por cumplirse. Aún así, reviviendo su último instante con ella en aquella playa, moría por verla una vez más.
Igualmente, no olvidándose de Rei, Kaworu y sus restantes buenos amigos, Shinji, preguntándose si finalmente se reencontrarían, se repetía a sí mismo que aquello no dependía de él.
– Señor, ya es su turno. Señor…
Sobresaltándose, forzándose a salir de su letargo, Shinji se volteó hacia el frente mirando al vendedor de helados que le miraba expectante. Habiendo estado tanto tiempo en la fila esperando por su turno, Shinji, meditando sobre el pasado, no se dio cuenta que ya era su oportunidad para ser atendido. Así pues, un poco avergonzado, no quiso demorar más a los otros en la línea y pidió un cono de vainilla.
– ¿Desea algo más, señor?
– No, así está bien. Gracias.
Con el helado en mano, luego de haber pagado por él, Shinji comenzó a alejarse mirando a la enorme cantidad de personas que, al igual que él, se encontraban en aquel festival veraniego disfrutando del inicio de las vacaciones. Algunos, probando suerte en los muchos juegos tradiciones que abarrotaban las calles, gastaban algo de su dinero esperando ganar un premio a cambio.
Otros, prefiriendo refrescarse del vigoroso abrazo que el sol les ofrecía, optaron por un postre o bebida helada que les brindase aquel alivio en tanto continuaban celebrando. Así pues, no queriendo que su preciada carga se derritiese antes de llegar a su destino, Shinji, sorteando y eludiendo a la muchedumbre que abarrotaba aquel lugar, como si nadase contra corriente, aceleró el paso.
En la distancia, detrás de ese gran gentío, Shinji divisó el parque de la ciudad donde muchas familias, acampando unas cerca de las otras, miraban los papalotes y globos de colores que flotaban por encima de sus cabezas al degustar de un pícnic al aire libre. Por ende, sabiendo que había tardado demasiado en completar su misión, Shinji, sin más retrasos, confiaba en que su regalo surtiese el efecto deseado.
Ver aquel rostro sonriente y feliz, después de una larga espera, valdrá más que cualquier otra cosa.
– Oye, Ikari…
– ¿Sí?
– ¿Quieres venir a tomar unas cervezas con nosotros al salir de trabajar?
Durante casi los dos meses que pasaron desde que se enteró de la llegada de los nuevos dueños de la empresa donde laboraba, Shinji, mirando en cada esquina al buscar a alguien que no estaba allí, fue viendo con tristeza como aquella premonición daba la impresión de no cumplirse. Varios hombres con aspecto europeo se presentaron ante él y sus demás compañeros días atrás, pero Asuka, no apareció.
Muy decepcionado; aunque recordándose que él mismo se creó esa idea, Shinji fue testigo de cómo sus esperanzas agonizaban un poco cada día al no tener señales de ella. Quizás aquel "adiós" que le dijo en la playa en verdad era definitivo; por ello, arrepintiéndose de sus propias palabras, Shinji desearía regresar a ese momento en particular para dedicarle un "hasta pronto" o un "nos veremos luego".
Sin embargo, poniendo por arriba de sus deseos la felicidad de Asuka, Shinji prefería no volver a saber nada de ella antes que reencontrarse con una Asuka que seguía siendo infeliz al ser devorada por la soledad. Y si bien no acostumbraba beber mucho, al recordar el júbilo que Misato habituaba mostrar al abrir una espumosa lata de cerveza, Shinji, en su honor, no dudó en aceptar aquella invitación.
– Claro, no suena nada mal. Terminaré con mi papeleo de hoy y los veré luego.
– De acuerdo, nos veremos al terminar…
Concluyendo sus deberes pendientes, agradeciéndole al cielo por la llegada del fin de semana, Shinji suspiró aliviado al pensar que mañana podría quedarse en casa durmiendo hasta tarde. No tenía planes de ningún tipo, así que fiel a su estilo ordenado y hogareño, Shinji desde ya se imaginaba a él mismo aspirando las alfombras y sacudiendo el polvo que cubriese sus muebles. Sería aburrido, pero tranquilo.
Con ello en mente, despidiéndose de su cubículo hasta el próximo lunes, Shinji tomó sus pertenencias y se encaminó hacia la salida donde observó a sus camaradas, quienes, también felices por acabar con un duro día de trabajo, no encontraron mejor manera de festejarlo que bebiendo algunas cervezas mientras se quejaban de sus nuevos jefes y se lamentaban de la cansada vida cotidiana.
Recorrieron unos metros hasta un bar no muy lejano, en el cual, al igual que ellos, muchos iban a olvidarse de sus dolores de cabeza al ahogarlos con alcohol. Shinji, sintiendo el metal frío y húmedo de la bebida que sostenía, una vez más, volvió a recordar a Misato cuando llegaba a casa con aquel semblante fatigado y agobiado en busca de algo que la hiciese liberarse de la pesada realidad.
Y al beber, en tanto oía la plática de sus amigos que intercambiaban anécdotas amorosas, Shinji se recordó a sí mismo cuando tuvo sus primeras citas unos años atrás. Mari, quien había hallado un empleo como bibliotecaria donde podría saciar su hambre de conocimiento, fue la intermediaria entre él y una chica llamada Mayumi Yamagishi, dicha chica, pareciéndose mucho a él, era muy callada y tímida.
Cuando Mari le comentó que pactó una cita entre ambos, Shinji, no estando muy seguro, trató en vano de eludirla diciéndole que no sabría qué hacer ni qué decir. Makinami, mirándolo con su tradicional sonrisa burlona, le replicó afirmándole que ya era hora que saliese con alguien más que no fuese ella. Aunado a eso, Mari, interpretando su papel de consejera y confidente, finalizó diciendo que se divertiría.
Pese a sus dudas y nervios, habiendo superado retos más desafiantes que ese, Shinji, aceptando, se reunió con Mayumi en el restaurante donde Mari hizo reservaciones para ellos dos. Para ser su primer intento, más allá de lo difícil le fue en un comienzo, Shinji no recordaba aquella cena con molestia alguna; al contrario, la señorita Yamagishi acabó siendo una compañía agradable y simpática.
Pronto, coincidiendo con rapidez, tanto ella como él, encontraron en la mismísima Mari un tema de conversación que los ayudó a romper el hielo. Shinji, quien ya tenía mucho tiempo de vivir con Mari, terminó por acostumbrarse a su exótica y extravagante personalidad resultándole algo normal, pero para Mayumi, quien trabajaba en la misma biblioteca que Mari, era todo un torbellino de emociones.
"Te acostumbrarás cuando menos lo esperes", le afirmó Shinji entre risas al escuchar las historias que Mayumi le relataba sobre Mari. Así pues, hablando más tarde sobre libros de cocina y compartiendo sus gustos musicales, los dos acabaron con su cita a ciegas paseando por la ciudad bajo las luces artificiales que desafiaban a la noche. Fue una velada agradable que, al acabarse, le hizo ganar una amiga más.
– Ikari, es tu turno.
– ¿De qué? –no estando muy compenetrado en la charla de sus compañeros de trabajo, Shinji, todavía con su cerveza a medio beber, reaccionó con desconcentración.
– No te hagas el tonto, hemos estado hablando de chicas por casi una hora–reclinándose hacia él, uno de sus amigos que le recordaba en demasía a Toji, le aseveró antes de darle un sorbo más a su bebida– ¿cuándo fue la última vez que saliste con una chica?
– Pues, fue hace un par de años.
– ¿Y era hermosa?
– Sí, lo era. Su nombre era Mana Kirishima…
– ¿Mana Kirishima? –Uno de sus acompañantes, girándose a mirarlo, se sorprendió ante la mención de ese nombre–sé quién es. Ella trabajó en el mismo departamento que nosotros; la recuerdo muy bien, era secretaria, pero renunció unos meses después.
– Sí, estás en lo cierto. Ella y yo salimos algunas veces, pero las cosas no funcionaron.
A diferencia de Mayumi, con Mana fue el propio Shinji quien tuvo el valor de invitarla a salir. Ambos solían verse diariamente cada vez que se presentaban a trabajar, y Mana, siempre sonriéndole, conseguía robarse sus miradas cuando la veía pasar al lado de su escritorio. Era muy bella, Shinji la consideraba como una inusitada combinación entre la lindura de Rei y la sensualidad de Asuka.
Luego de varios años desde que el mundo fue reescrito, redimido del peso de la culpa y del dolor en su conciencia que los Evas le habían traído, en este nuevo inicio, toparse con Mana le hizo entender que se estaba enamorando una vez más. Si con Asuka tardó demasiado en comprender que ella le gustaba, con Mana, teniendo más madurez en su haber, no necesitó de un apocalipsis para darse cuenta de ello.
Así pues, no resistiendo las ansias por intentarlo, aprovechando que en una ocasión ambos viajaban solos en un elevador, Shinji le preguntó si le gustaría ir a tomar algo más tarde. Y para su sorpresa, cuando pensaba que aquello no resultaría, Mana, con la misma sonrisa que le motivaba a sonreír también, aceptó su oferta prometiéndole que se verían después cuando hayan terminado de trabajar.
Al escucharla, incrédulo que él haya logrado su objetivo con éxito, Shinji consideró la posibilidad de pedirle un consejo a Mari; sin embargo, ya teniendo muy en claro que no podía depender de ella para tomar sus propias decisiones, quien fuese alguna vez el piloto de un gigantesco robot, siendo actualmente un humano ordinario, no miró atrás antes de dar un salto de fe al vacío.
– No nos mientas, Ikari. Nunca llegué a escuchar nada sobre que ustedes dos estuviesen saliendo.
– Les juro que no es mentira, es verdad. Mana y yo salimos por un par de meses, pero ambos decidimos mantenerlo en secreto.
Desde un principio; desde que se sentaron a beber algunas copas, Mana, con honestidad, le confesó a Shinji que recientemente terminó con una relación de muchos años. A lo cual, muy sorprendido, Shinji se disculpó con ella por creer que tal vez no fue buena idea haberla invitado a salir; empero, desestimando aquel pensamiento, Kirishima le alegó que no se preocupara por ello.
Para Mana, compartir con otras personas, era el mejor remedio para olvidar el pasado.
Pese a que Shinji se caracterizaba por ser un hombre reservado, Mari, no teniendo dificultades para ver más allá de lo aparente, no se demoró en darse cuenta que algo sucedía. Shinji, reconociéndolo al no tener sentido ocultarlo, le comentó que había salido a beber algunas cervezas con una chica que conoció en el trabajo. Mari, ante esto, como lo hizo antaño con Asuka, no vaciló en bromear con él al respecto.
Makinami, agrandando todavía más su expresión bromista, le deseó buena suerte además de expresarle que le gustaría conocer a esa mujer algún día. No obstante, tornándose más seria al olvidarse de los chistes, Mari le sugirió que tomase las cosas con calma y que solamente fuera más allá si realmente estaba seguro de estar haciendo lo correcto. Sin más, libre de los temores de su niñez, Shinji continuó.
– ¿Por qué dejaron de salir? –No siendo frecuente que Shinji hablase de su vida privada y romántica, sus compañeros de trabajo, sin perder la oportunidad, querían saber más de aquella inesperada aventura– ¿por qué no funcionó?
– Fue maravilloso al comienzo. Por un momento creí que duraría para siempre, pero su antiguo novio regresó y ella lo prefirió a él.
Ser alguien de bajo perfil y no demasiado llamativo, le brindó a Shinji la facilidad de vivir su vida sin que nadie en la oficina sospechase nada. Gracias a eso, sus salidas nocturnas con Kirishima se tornaron más frecuentes pasando de simples encuentros para ingerir licor a tener citas más formales. Y fue así, al término de una de aquellas veladas, que Shinji, al acompañarla a casa, se atrevió a robarle un beso.
Corriendo con suerte de principiante, donde tal vez otro chico recibiría una bofetada por su atrevimiento, Ikari, recompensado al ver como sus acciones eran correspondidas, se vio rodeado por los brazos de Mana quien lo besó por varios minutos. Ese fue el preludio de la efímera relación que tendrían por los meses que estaban por venir; aún así, todavía no llegando el final, él fue realmente feliz con ella.
Cuando caminar tomados de la mano y besarse se volvió cotidiano, ambos, conociéndose más que sólo ser simples compañeros de labores, hablaron a fondo de sí mismos. Así, charlando juntos al pasear por las calles de la ciudad, Shinji se vio obligado a omitir su pasado con los Evas al ser imposible de creer; por ello, recurrió a la coartada falsa que creó con Mari señalándola a ella como una tía y pariente lejana.
Mana, por su parte, le narró un poco de su historia familiar y sentimental, mencionándole al que será, a la postre, el encargado que cortar el vínculo que tejían al unísono entre sí.
– Así que ella te dejó por él.
– Pues sí, en resumen así fue.
Una mañana, rompiéndose una tradición diaria de subir juntos en el mismo elevador, Mana, inesperadamente, no se presentó. Shinji, preocupado, intentó telefonearla sin que sus llamados fuesen respondidos. Nervioso, auténticamente inquieto por lo que sucedía, no era capaz de concentrarse en sus obligaciones de sumar y restar números, hasta que, tomándolo desprevenido, ella lo contactó.
"Necesitamos hablar, ven a mi casa cuando salgas del trabajo".
Leyendo mentalmente aquel mensaje de texto que le envió a su teléfono, Shinji, alarmándose aún más, en definitiva no pudo realizar sus funciones con la normalidad acostumbrada, muriéndose, por dentro, al esperar la hora de salida. Cuando ésta al fin llegó, marchándose veloz antes que cualquiera, Shinji deseó por un instante tener la autoridad de la desaparecida Nerv para despejar el tráfico vehicular.
Empero, siendo el congestionamiento vial el menor de sus problemas, una vez que se encontró ante la entrada del departamento de Mana, ella, al abrirle, le reveló que no se hallaba sola al estar acompañada por un hombre, que Shinji, en persona, desconocía. Aquel sujeto, sentando en el mismo sofá en el que muchas veces miraron la televisión, e inclusive, fueron un poco más lejos, se volteó a mirarlo en silencio.
– ¿De verdad lo viste en su departamento?
– Sí, él estaba allí esa vez–terminándose de beber su cerveza de golpe, Shinji, sintiendo la amargura tanto en su paladar como en su corazón, retomó pronto su narración–su nombre era Musashi. Él y Mana habían salido por varios años, luego Mana se mudó a Tokio y la distancia acabó con su relación. O al menos eso creía yo.
– ¿Entonces te engañó con otro?
– No, tampoco fue de ese modo. Al menos le agradezco a Mana haber sido honesta conmigo, hubiese sido peor que los descubriese juntos estando a escondidas–sonriendo con desanimo, Shinji, no gustándole ser el centro de atención, se prestó a terminar con su historia–Musashi viajó desde Okinawa, de donde Mana era originaria, para buscarla y enmendar las cosas entre ellos. Aunque ella y yo teníamos un tiempo saliendo, nunca llegamos a hacerlo completamente oficial, así que Mana decidió que lo nuestro no continuaría más y regresaría a Okinawa con Musashi.
– De verdad lo sentimos mucho, ninguno de nosotros tenía idea.
– No se preocupen, muchachos, eso pasó hace varios años. Para mí ya es historia antigua.
Mirando la hora, viendo que ya era un poco tarde, Shinji pagó por las bebidas que consumió y se despidió de sus camaradas retirándose del bar con un peso menos encima. Nunca fue de su agrado hablar con otros sobre algunos aspectos de su vida, ese era un Campo AT que aún permanecía en su ser; sin embargo, haber hablado de aquello con alguien más que no fuese Mari, se sintió liberador.
No le avergonzaba haberse enamorado y fracasado en el amor, tal cosa, como se lo dijo Mari cuando conversaron del tema, era uno de los muchos tropiezos que todo ser humano debe vivir para forjar su carácter. Mana Kirishima no era una mala persona, pero no era la persona destinada a estar al lado de Shinji. Y con tal reflexión, Makinami, abrazándolo, le recordó a cierta princesa que no veían en años.
Shinji, en aquel momento, le respondió diciendo que se había despedido de ella para siempre. Con dicha respuesta revoloteando en sus memorias, Shinji, al caminar por los pasillos de su edificio de apartamentos, se reprendió a él mismo alegándose que fue muy estúpido por dejarse llevar por una conjetura infundada y carente de pruebas. Asuka, muy posiblemente, ni siquiera sabía que él existía.
Asuka no apareció ni aparecería en su trabajo, que la empresa donde laboraba haya sido adquirida por accionistas de origen alemán, no significaba que ella, mágicamente, se materializaría frente a él. Tal vez, por mucho que le doliese, era hora de dejarla ir.
– ¿De dónde salieron todas estas cajas?
Si ya de por sí el corredor que interconectaba los distintos recintos habitacionales dentro de aquella edificación era muy estrecho, hallar un numeroso conjunto de cajas acaparando gran parte del espacio para moverse, solamente consiguió volver, más engorrosa aún, la tarea de desplazarse hasta su destino. No obstante, deteniéndose por un segundo, Shinji, intrigado, percibió que esto no era nuevo para él.
– ¡Esto es un fastidio! –una voz femenina desconocida, pero a la vez familiar, provocó que Shinji mirase la puerta del departamento frente al suyo–es completamente absurdo, no entiendo por qué los japoneses construyen las habitaciones de sus casas de un tamaño tan ridículamente pequeño.
A pesar que únicamente debía abrir su cerradura y entrar en su hogar, Shinji, incapaz de hacerlo, siguió oyendo dándose cuenta que esta no era la primera vez que vivía algo similar.
– La mayoría de mis cosas se quedaron en el pasillo de afuera, tendré que pensar dónde ponerlas o me las robarán.
Escuchando como los latidos de su corazón retumbaban con fuerza en su pecho, Ikari, creyendo que debía estar alucinando a raíz de las cervezas que tomó hacía menos de una hora atrás, vio como la puerta ante él se abría permitiéndole escuchar con más claridad.
– Debo colgar ya, Kenken. Dile a papá que estaré bien, pero no le cuentes nada de lo que acabo de decirte. No estoy de humor para soportar sus sermones por no haber escuchado sus consejos. Te llamaré luego, nos vemos…
Cruzando el umbral de la entrada, casi dejando una estela de cuento de hadas en el aire, una larga cabellera rojiza se robó sus miradas cuando la mujer que pensaba que jamás volvería a ver se plasmó ante él. Era ella y al mismo tiempo no. Tenía su rostro, sus ojos, su cabello, su voz y su hermosura; empero, discrepando con la Asuka que recordaba, ésta no poseía ningún signo de soledad ni tristeza.
No hallando todo aquello que la lastimó y la destrozó, Shinji, pasmado, le quedó en claro que la chica que miraba boquiabierto era el resultado de sus deseos en aquella playa antes de despedirse de ella. Y precisamente, siendo ella quien reaccionó al estar uno frente al otro, la pelirroja arqueó una ceja en tanto fruncía el ceño. Shinji, quien pretendió decir algo, no lo logró al ser ella quien se le adelantó.
– ¿Qué estás mirando?
– Discúlpeme, señorita–tartamudeando, sintiéndose como el Shinji que fue alguna vez, le respondió con torpeza–vivo justo en el departamento frente al suyo, somos vecinos. Acabo de llegar del trabajo y no me esperaba ver tantas cajas apiladas en el pasillo.
– Ya veo, así que usted vive en el departamento del frente–señalándole su puerta, ella; si bien hasta "ahora" se conocían, mostraba una actitud idéntica a la que solía tener en la realidad anterior–me mudé aquí porque no encontré otro alojamiento disponible. No es la primera vez que estoy en Japón, pero esperaba que con los años diseñaran las habitaciones con más espacio. Muchas de mis cosas ni siquiera cupieron adentro.
Shinji, como si una bombilla se encendiese en su cabeza, recordó exactamente de dónde provenía esa sensación de estar viviendo esto mismo de nuevo. Cuando la conoció previamente, al vivir con Misato, Asuka llegó sin aviso sacándolo de la habitación donde dormía, además, al igual que ahora, muchas de sus pertenencias se abarrotaron por doquier al no caber en el dormitorio que ella reclamó como suyo.
La providencia, con cierta ironía, daba la impresión de haber planeado que se conocieran de la misma manera.
– ¿No es su primera vez en Japón? –reiterando de forma interrogante aquello que ella le dijo, Shinji, más anonadado que antes, no podía creer que ella hubiese estado tan cerca de él sin que lo imaginase.
– Sí, mi madre es japonesa y mi padre es alemán. Viví algunos años aquí con mi hermano adoptado antes de irnos a Alemania, decidí volver yo sola porque quería un cambio de aires…–dándose cuenta que estaba hablando de más sobre sí misma con un desconocido, ella, deteniéndose, no entendió por qué le pareció tan natural hacerlo.
– Discúlpeme, dónde están mis modales. Mi nombre es Shinji Ikari, es un placer conocerla…
– Asuka Langley Shikinami, es un gusto…
Al darse un apretón de manos, cada uno a su manera, sintió algo más que simplemente el roce de sus pieles. Shinji, comprobando lo que sus ojos le mostraron al verla, no detectó ni la más insignificante muestra de dolor o sufrimiento en ella. Esta Asuka, habiendo nacido y crecido con el amor que su predecesora no gozó, era una Asuka llena de confianza y sin la necesidad de validarse ante nadie.
Ella, sin que Shinji pudiese saberlo, también vio confirmada aquella rara familiaridad que experimentó de repente con el simple acto de conocerse. Aún así, creyendo que aquello se debía al cansancio de la mudanza y del estrés por no encontrar un alojamiento con más holgura, Asuka, soltándolo luego de unos segundos, no se resistió a darle un vistazo crítico describiéndolo como el típico japonés promedio:
Demasiado delgado, vestido con traje de oficina y con un semblante cansado por el exceso de trabajo.
– Sé que acabamos de conocernos, pero si lo deseas, puedes guardar el resto de tus cosas en mi departamento hasta que encuentres un sitio con más espacio–ya ni siquiera recordando a Mana ni la decepción que revivió al pensar en ella, no dejando pasar esta nueva oportunidad caída del cielo, Shinji se aventuró a ir un paso a la vez.
– ¿De verdad harías eso por mí? –Asuka, con un saludable escepticismo, le cuestionó al no estar del todo segura–no es mi intención causar molestias.
Shinji, buscando sus llaves, no se tardó en abrir la puerta de su morada. Ya llegará el momento de contarle a Mari de esta milagrosa reunión, por ahora, afrontando el presente con prudencia, esperaba poner en práctica todo lo que ha aprendido desde que despertó en aquella estación de trenes. Cuando estuvo con ella en la aldea fue un mocoso inmaduro y caprichoso, pero hoy, será todo lo contrario.
– No es ninguna molestia.
Una parte de él seguía fascinado por volver a verla; reencontrarse era una maravilla, pero empezando a vacilar, Shinji enfrió su alegría. Aquello que estaba ocurriendo era demasiado increíble para ser cierto, debía ser un sueño. Por ende, sintiendo su duda crecer, Shinji sospechó que aún continuaba en el bar, donde, gracias a la embriaguez, todo esto no era más que una ilusión creada por su imaginación.
Sí, aquella era la única explicación posible. Haberles hablado de Mana a sus amigos debió provocar que ellos, con el afán de hacerle olvidar dicha desilusión, lo motivaran a beber más de lo debido suscitando que terminase ebrio y estuviese soñando con un idílico reencuentro con Asuka. Sin embargo, por más lógico que ese raciocinio sonase, el paso del tiempo le demostró lo contrario.
La mujer ante él se veía muy real para ser una simple alucinación; asimismo, captando el olor de su perfume impregnando los alrededores, su fragancia le recalcaba que no estaba delirando ni alucinando. Asuka, de verdad, estaba allí con él. Y ella, al hablar, fue la encargada de convencerlo finalmente de ello.
– ¿Está seguro de esto, señor Ikari? –precavida, vigilándolo con cierta desconfianza, la pelirroja estaba dispuesta a romperle los dientes si intentaba sobrepasarse con ella–de verdad aprecio su ofrecimiento, pero no quisiera ser motivo de molestias.
Por una fracción de segundo se vio bombardeado por miles de imágenes que creía haber olvidado, todas ellas, pasando ante él una tras otra, le hizo recordar cuando la conoció, cuando durmieron juntos en la misma cama; cuando no movió ni un dedo para salvarla y cuando le dijo adiós en la playa.
– ¿Se encuentra bien, señor Ikari? –viendo lo pálido que se puso de repente, Asuka, creyendo que se encontraba ante un loco, se arrepentía de haber arrendado aquel departamento.
Tantos recuerdos, buenos y malos, que todavía sobrevivían en sus memorias.
– Shinji, puedes llamarme Shinji–reaccionando, le respondió al repetirse en su cabeza que no deliraba–disculpa si te parezco distraído, me siento un poco agotado por el trabajo.
– Ustedes los japoneses tienen un problema muy serio con el exceso de trabajo. Y espero no ofenderlo, pero me alegra ser sólo la mitad japonesa.
– Te doy la razón, es un problema cultural muy arraigado.
– Sí, puedo verlo. En todo caso, señor Ikari, insisto en que no deseo causar problemas…
– No pienses eso, para mí será un gusto ayudarte.
Casi mascullándole un "por favor", Shinji, encarnando el apodo de que Mari solía reiterarle cada vez que se veían, la miró con un rostro suplicante que le daba el aspecto de ser un cachorro perdido bajo la lluvia. Asuka, sabiendo cómo era la forma de ser los nipones, no queriendo tener un choque cultural que provocase que Shinji se ofendiese, terminó bajando un poco sus defensas y aceptó su oferta.
– De acuerdo, señor Ikari, elegiré cuáles cajas guardaré en mi departamento y cuáles se las confiaré a usted.
– Shinji, llámame Shinji–insistiéndole, él le replicó.
– Claro, Shinji. Dame un minuto.
Sin decir más, simplemente mirándola inspeccionar sus cosas, Shinji fue calmando su emoción interna poniendo en orden sus pensamientos. Esta Asuka renovada no parecía guardar ningún recuerdo de su vida anterior, era un lienzo en blanco que creció libre de las crueles desgracias que padeció en el otro mundo: no era una veterana de guerra, nunca fue infectada por un ángel ni tampoco era un clon.
Nada le aseguraba que ella volviese a enamorarse de él como se lo confesó aquella vez cuando fue prisionero en el Wunder; sin embargo, si al menos conseguía que fuesen buenos amigos, se sentiría gustoso de ser parte de su vida otra vez. Y sí en verdad quería lograr aquel cometido, Shinji, por mucho que le entristeciese, comprendía que lo correcto era mantener una razonable distancia al principio.
Distancia que, al ser merecedor de su confianza, esperaba reducir cada vez más.
Asuka, entregándole la mayoría de sus pertenencias, le agradeció por su gentiliza prometiéndole que buscaría otro sitio para vivir muy pronto. Shinji, dándole su palabra que protegería sus objetos personales, los tomó antes de verla regresar a su departamento, diciéndose, buenas noches, el uno al otro. Más tarde, acostado en su cama, Shinji no pudo dormir aquella vez mirando su techo hasta el alba.
Por las próximas semanas ambos se vieron ocasionalmente al salir o entrar del condominio, Shinji, por más que le hubiese gustado empezar a conocerla de nuevo, no viendo la luz al final del túnel, no hallaba ni el momento ni el escenario indicado como para acercársele. Algunas veces, al llegar del trabajo, no observaba señales de ella. En otras, escuchándola conversar con alguien, no se atrevía a interrumpirla.
– ¡Te lo dije; te lo dije cientos de veces!
– No es necesario gritar, me dejarás sordo.
– ¡La princesa volvió, siempre supe que volvería!
Ante la frustración de no saber qué hacer, no teniendo a nadie más a quién recurrir, Shinji levantó su teléfono contactándose con una Mari eufórica que, al saber la noticia, explotó como un volcán en erupción.
– ¿Pero por qué tardaste tanto en decírmelo? –Pasando de la alegría al enojo en un santiamén, Mari, cuestionándole, le reclamó–dices que han sido vecinos por más de un mes, debiste haberme dado la buena noticia desde el mismo día en que se reencontraron.
– Discúlpame por no habértelo dicho antes, pero quería tomar las cosas con calma. Desde que le dije adiós la última vez que nos vimos, creí que jamás nos volveríamos a ver, y ahora que vive frente a mi puerta, no sé cómo empezar de cero con ella.
– Está bien, entiendo lo que sientes. No es sencillo lo que está pasando–reconfortándolo, bajando las revoluciones, Mari aplacó sus sentires–comencemos desde el principio, dime cómo es ella.
– Es igual a la Asuka de antes, pero al mismo tiempo es diferente. Es hermosa, más de lo que podía recordar. Se ve llena de confianza; aunque ésta no es una fachada para aparentar, de verdad está segura de sí misma.
– Continúa.
– No hemos hablado mucho, pero sé que tiene familia. Tiene un padre y una madre, ha vivido una vida feliz y tranquila, tal y como lo deseé.
– Eso suena fantástico, cachorro–escuchándola suspirar al otro lado de la línea, Shinji, hundiéndose en el sofá donde se encontraba, miró de soslayo las cajas de Asuka que aún guardaba para ella– ¿entonces, cuál es el problema?
– No sé si sea correcto que me involucre en su vida otra vez.
Mari, sin interrumpirlo, le permitió que continuase expresándose.
– En el mundo anterior, por mi culpa, ella sufrió cosas terribles. Vivió muchos años contaminada por el ángel, en todo ese tiempo no pudo comer ni dormir. Debió ser como estar en el infierno–recayendo en antiguos pesares que el propio Shinji daba por superados, con franqueza, temía destruir la paz que ahora gozaba Asuka–sin que yo estuviese a su lado ella ha tenido una buena vida, lo que menos deseo es arruinársela. Le doy gracias al cielo por saber que Asuka está bien, pero quizás lo mejor sea no involucrarme con ella otra vez.
– ¿Estás seguro de eso, Shinji? –Sin juzgarlo; sin presionarlo, Mari le preguntó–esta puede ser la última oportunidad que tengas para demostrarle a la princesa lo que sientes por ella, si la dejas pasar, quizás nunca más vuelvas a tener una igual.
– ¿Qué hago, Mari? –Nervioso, frotándose el cabello, Shinji buscó en ella una solución–al principio pensé que las cosas se irían desarrollando por sí solas, pero ella y yo casi no nos hemos visto. En ocasiones escucho su voz al otro lado de su puerta, quiero acercarme a ella para saludarla; pero termino acobardándome.
– Sabes que me encantaría empujarte y obligarte a llamar a su puerta para que la invites a salir, pero no puedo forzarte a hacer nada–tomándose un segundo, midiendo sus palabras, Makinami retomó la conversación–te recordaré una de las historias que ya te he contado antes. Hace ya mucho, cuando la princesa y yo fuimos al espacio para buscarte, originalmente ella no participaría en la misión.
Shinji, siendo su turno para guardar silencio, la escuchó con atención.
– Yo le insinué que me acompañara; pero al principio, ella se negó. Sin embargo, por más que sus labios decían que tú estabas muerto, sus ojos gritaban lo contrario. Ojalá hubieses podido verla, Shinji, en su rostro se reflejó todo lo que sentía por ti. La princesa te extrañaba; te echaba de menos, quería verte una vez más…
Usando su imaginación, invadido por miles de sentimientos, Shinji no dejó de escucharla.
– No la obligué a ir conmigo, ella tomó por sí misma la decisión de acompañarme a rescatarte. Ahora estás en el mismo callejón donde Asuka estuvo aquella vez; ahora eres tú quien debe tomar una decisión–trémula, sintiéndose a flor de piel, Mari no dimitió en hacer lo que consideraba correcto–cuando tuviste su vida en tus manos no tomaste ninguna decisión, huiste y no interviniste. Más tarde, te diste cuenta del tremendo error que cometiste y te arrepentiste por no hacer nada.
Mordiéndose la lengua, evocando aquella fatídica pelea contra la Unidad 03, Shinji volvió a enfrentarse a sus viejos demonios.
– ¿Estás dispuesto a no hacer nada otra vez? –Le indagó Mari con determinación– ¿estás dispuesto a dejarla ir y vivir el resto de tu vida arrepintiéndote por no haberlo intentado?
– Yo, yo…
– No es a mí a quién debes responder estas preguntas, Shinji. Es a ti mismo–no teniendo nada más que agregar, Mari, disponiéndose a despedirse, relajó su tono de voz–vete a la cama y descansa, ya han sido demasiadas emociones por hoy. Sin importar la decisión final que tomes, debe ser una decisión con la cual te sientes en paz y sin remordimientos. Más allá de decirte esto, no puedo hacer más por ti.
– Gracias, Mari. No sabes cuánto lo aprecio.
– Con gusto, cachorro. Ojalá Yui estuviese aquí, sé que ella lo haría mucho mejor. Buenas noches, Shinji.
– Buenas noches, Mari…
Colgando el teléfono, dejándose envolver por la afonía que residía junto a él, Shinji se levantó de aquel sillón y caminó hacia su dormitorio. En el trayecto, mirando las cajas apiladas de Asuka que seguían bajo su cuidado, Shinji, oyendo en sus remembranzas como la Asuka de antes le confesaba que ella se había enamorado de él en su niñez, se preguntó cómo hubieran sido las cosas si hubiese actuado diferente.
No obstante, diciéndose que no debía torturarse con el pasado, Shinji, cerrando los ojos, se convenció de encarar el presente, si deseaba, más adelante, sentirse orgulloso de su futuro.
– ¡Al fin apareces!
Y al igual que en aquella estación de trenes una década atrás, Mari, dándole la bienvenida al acercarse al lugar donde su familia acampaba, agitó una mano para llamar su atención. Shinji, sonriéndole, se dirigió hacia ella notando un libro abierto que descansaba en sus piernas. Sin importar su edad, la lectura, para Makinami, era uno de los placeres que más disfrutaba de la vida.
– ¿Por qué tardaste tanto en comprar un simple helado? –Mari, ajustándose los lentes, le cuestionó al verlo tomar asiento en el mantel que habían colocado sobre la hierba fresca–no tienes idea de lo impacientes que han estado por aquí ante tu demora.
– Lo siento mucho, había muchas personas esperando en la fila de la heladería–temiendo que su preciada carga se derritiese antes de ser entregada, Shinji, mirando en los alrededores repletos de gente, se prestó a plantearle una pregunta a Mari– ¿dónde están Asuka y…?
– ¡Papá!
Antes de que tan siquiera pudiese terminar aquella frase, una voz aguda e infantil, proviniendo de su derecha, provocó que Shinji se ladease hacia ese costado, contemplando, en el acto, a la niña pequeña que corría apresurada hacia él. El otrora piloto de la desaparecida Unidad 01, iluminando su faz con una enorme sonrisa, extendió su brazo izquierdo para atraerla hacia él y abrazarla contra su pecho.
– Tengo un regalo para ti, Aki. Es todo tuyo.
Feliz, mirando con satisfacción como el rostro de su hija resplandecía al recibir aquel cono de helado, Shinji, más allá de cualquier cosa, le agradecía al cielo que ella nunca se verá obligada ni forzada a pilotear una bestia mecánica gigante. Aunado a eso, siempre velando por ella lo mejor que pudiese, Shinji sabía que su primogénita crecerá en un hogar que la ama y que jamás la abandonará.
– ¡Ya era hora que aparecieras! –Robándose su atención, provocando que elevase la mirada, Shinji posó sus ojos en la mujer de cabellos rojizos que se aproximaba a él sosteniendo el cordel de un papelote en la mano–te fuiste por más de treinta minutos…
Si bien Asuka le miraba con el ceño fruncido, un rasgo que era característico en ella sin importar en qué mundo o realidad viviesen, para Shinji aquel gesto fue motivo de felicidad. Tenerla con él hoy en día, junto al fruto de su amor que crecía en la forma en la chiquilla que abrazaba, le hizo mirarse a sí mismo algunos años atrás, sintiéndose, aliviado, por haber tomado la decisión correcta en el instante indicado.
Luego de aquella plática telefónica con Mari, Shinji, recordando la corta convivencia que tuvo con Asuka en la aldea antes del Impacto Final, no dejaba de vigilar la puerta de Asuka esperando que se presentase alguna ocasión que le permitiese volver a hablarle. En un inicio la mala fortuna parecía imponerse a sus plegarias, pero una noche, al regresar a su hogar de trabajar, la oportunidad se presentó ante él.
– Buenas noches, Asuka. Veo que llevas mucha basura contigo.
– Buenas noches, señor Ikari, perdón, Shinji…–cargando consigo dos voluminosas bolsas llenas de desechos, la germana, deteniéndose a mirarlo, le respondió–mi maldito refrigerador se descompuso. Justo me di cuenta cuando regresé a casa, casi toda la despensa que había comprado se echó a perder.
– Lo lamento mucho, Asuka. Permíteme ayudarte con eso, se ve que es una carga muy pesada.
Olvidándose por completo de lo agotado que se sentía, ni tampoco dándole importancia de las secuelas del pesado viaje en tren que lo llevó de vuelta a casa, Shinji, sin titubear, se aproximó a la chica pelirroja y la ayudó a cargar los paquetes que inundaban sus brazos. Así pues, caminando a los contenedores para desperdicios al otro lado de la calle, los dos, en silencio, depositaron en éstos dichos residuos.
– Sé que te había prometido que encontraría pronto otro departamento para que no tuvieses que seguir cuidando mis cosas, no pienses que me he olvidado de ello.
– No hay problema, tengo tus cosas guardadas en una habitación que no usaba–caminando de vuelta al condominio, Shinji, conversándole, esperaba mantener viva la charla el mayor tiempo que le fuese posible–puedo cuidar de ellas por el tiempo que necesites.
– Eres muy amable, te lo agradezco. He intentado encontrar un sitio con más espacio, pero…
– ¿Pero? –No queriendo que se marchase de su lado ahora que la tenía de vuelta, Shinji, sabiendo que no podía retenerla, confiaba que al menos viviera junto a él un poco más.
– No sé por qué estoy diciéndote esto, pero tal vez sea porque tengo la sensación que puedo confiar en ti–sin mirarlo directamente, entrando en el vestíbulo del edificio de apartamentos, Asuka le comentó con un ápice de vergüenza–he estado recorriendo la ciudad mirando otros departamentos disponibles, pero no logré entender completamente lo que está escrito en japonés en los letreros y carteles.
– ¿Lo que está escrito?
– Mi madre me enseñó a hablar el idioma cuando era niña, pude practicarlo con fluidez con mi hermano Kenken, pero siempre odié los malditos kanjis–sin esconder su frustración, Asuka le confesó–cuando necesitaba leer algo que estaba escrito en japonés, Kenken lo hacía por mí.
"Kenken". Aquel apelativo empujó a Shinji a pensar en su viejo amigo Kensuke, el cual, siendo como un padre para él en su estadía en la villa, le dio el espacio que necesitaba para poner en orden su mente. Igualmente, habiendo cuidado de Asuka por el largo tiempo que ella estuvo infectada, era lógico que ambos terminasen hermanados al reescribirse el mundo cuando él tomó el control del Impacto.
Por ende, agradeciéndole a Kensuke por haberla acompañado en la anterior y en esta nueva realidad, Shinji le envió sus buenos deseos hasta al otro lado del planeta. Enseguida, mirándola a una vez más, Shinji la vio oprimir los botones del ascensor esperando que éste les ayudase a subir.
– ¿A qué te dedicas? –hablándole, Asuka le cuestionó–te he visto salir muy temprano por las mañanas y regresar ya muy tarde por las noches, a los japoneses en serio les encanta trabajar en exceso.
– Soy contador. Sé que para muchos es un trabajo aburrido, pero yo lo disfruto–de inmediato, no dejando pasar el tema, Shinji le regresó la pregunta– ¿a qué te dedicas, Asuka?
– Estudié arquitectura en la Universidad Humboldt de Berlín. Luego de graduarme, trabajé con mi padre por unos años antes de venir aquí–abriéndose las puertas del elevador, ambos, sin demoras, entraron en él.
– ¿Por qué fue que viniste a Japón?
– Quería un cambio de aires, también sentía nostalgia por este país. Lo había visitado algunas veces en el pasado, pero siempre eran vacaciones cortas–reclinándose en una pared, cruzándose de brazos, Asuka le afirmó–viví muy poco aquí en mi niñez, fue por eso que me arriesgué y vine a reencontrarme con la otra mitad de mí que se quedó en este país. Tengo suficientes ahorros para sostenerme por varios meses, pero espero encontrar un empleo pronto; aunque no pienso obsesionarme con el trabajo como todos los demás.
– El estilo de vida que tenemos aquí es muy exigente, nos presionamos mucho los unos a los otros. Desde que tengo memoria, siempre ha sido así.
– Al menos me alegra haber encontrado a un japonés con cordura.
– ¿Dónde?
– En este mismo edificio, vive frente a mi puerta…
Observándola sonreírle, sintiéndose ruborizar con levedad al entender que se refería a él, Shinji le devolvió el gesto al escuchar como las compuertas se abrían al término de su viaje vertical. Así pues, caminando por el pasillo, ambos, deteniéndose ante sus respectivos departamentos, se disponían a despedirse, cuando Asuka, con su usual explosividad, lanzó una blasfemia al aire en su idioma natal.
– ¿Qué ocurre?
– Olvidé que había planeado ir a una tienda a comprar algo de comer, lo que tenía en mi despensa terminó arruinándose.
– Si gustas, puedo prepararte algo de cenar–abriendo su cerradura, Shinji, viéndola girarse, renunció al raciocinio depositando su fe en la improvisación–si me das unos minutos, puedo preparar algún platillo. La verdad yo también tengo hambre, sería divertido comer acompañado.
– Te lo agradezco mucho, pero desde que nos conocimos no te he causado más que molestias.
– Para mí no es ninguna molestia. De verdad, insisto.
– ¿Entonces me estás invitando a una cita? –manteniendo su semblante amistoso, la teutona, le debatió–si ese es el caso, tendré que vestirme para la ocasión.
– ¿Una cita? –Sorprendido de su propia valentía, Shinji reiteró aquella interrogante para sí mismo–pues sí, es una cita. Me daré prisa, prometo que valdrá la pena.
– De acuerdo, iré a acabar de limpiar el desastre que se hace llamar mi cocina. Vendré en una hora.
Viéndola desaparecer en el interior de su morada, Shinji, haciendo lo mismo, se reclinó contra la madera de su puerta todavía procesando lo que acababa de ocurrir. Durante varios días estuvo pensando y planeando la manera de entablar una corta conversación con Asuka; sin embargo, fue gracias a la espontaneidad de no tener ningún plan, que su objetivo, contra todo pronóstico, alcanzó a cristalizarse.
Mirando el reloj de péndulo que colgaba en una de sus paredes, dándose cuenta que había desperdiciado un minuto entero, Shinji se sacudió para ponerse de inmediato manos a la obra. Por ello, quitándose su chaqueta y soltando el nudo de su corbata, dejó su maletín y paraguas en una repisa cercana antes de dirigirse a su cocina para pensar qué prepararía para la cena.
Escudriñando en su nevera, buscando algo apetitoso para ofrecerle a su invitada, Shinji exclamó con júbilo cuando encontró varios trozos frescos de pavo que ya ni recordaba haber comprado días antes. Tomando más ingredientes de su refrigerador, como vegetales y otros complementos, Shinji encendió la estufa colocando una sartén al fuego en tanto vertía aceite de oliva en ella.
Más adelante, poniendo harina en un cuenco, donde, luego de haber humedecido la carne en salsa de soya, Shinji enharinó los filetes para proceder a colocarlos en la paila que hervía. Simultáneamente a que el pavo se freía, ubicando un wok justo al lado, Shinji depositó arroz en éste, acompañándolo con trocitos de cebolla, tomate, lechuga, pepino, apio y una cucharada de pimiento.
Aquella no era la receta más elegante ni sofisticada que encontraría en un restaurante de clase alta; no obstante, al tratarse de una platillo casero, confiaba en trasmitirle a Asuka, con su sabor, la sensación de estar en un sitio que la recibía con los brazos abiertos. Así pues, escuchando el inconfundible sonido de la cocción, Shinji se prestó a preparar el resto de la mesa instalando platos y cubiertos para ambos.
Pronto, considerando que debía acompañar el plato principal con una bebida, Shinji recordó una botella de vino blanco, que Mari, cuando visitó su departamento por primera vez, se la obsequió para celebrar que ya era un hombre con su propia casa. Si bien Makinami poseía un origen japonés, también tenía una conexión con Europa al haber residido algunos años allá, así que no era extraño que le regalase algo así.
– Te debo una, Mari.
Hubiese adornado la velada con algunas velas; empero, por más que encantaba la idea de un ambiente romántico, recordándose que se trataba de un encuentro amistoso, Shinji creyó que habría sido demasiado precipitado. Esperaba poder llegar a ese punto en el futuro, pero por el momento, sin apresurarse, iría un paso a la vez cruzando los dedos para que obtuviese buenos resultados.
Para cuando se dio cuenta, escuchando unos leves golpes en la entrada, Shinji supo de quién se trataba y se apresuró a dejarla pasar. Previo a abrirle, dándole un vistazo final a su entorno, Shinji suspiró aliviado al ver que todo se hallaba en su sitio luciendo limpio y ordenado. Por ende, no haciéndola esperar más, Shinji lamentó no haberse cambiado de ropa; aún así, su mente se congeló cuando la vio.
– Espero no haber llegado demasiado pronto.
En su vida anterior, cuando la conoció por primera vez, Asuka en muy escasas ocasiones se mostró con otro tipo de vestimenta que no fuese su uniforme escolar o su traje para pilotear. Posteriormente, tres lustros después de haber provocado el Casi Tercer Impacto, viviendo en la casa de Kensuke en la aldea, Asuka apenas se cubría empleando una sudadera militar denotando que no le importaba su aspecto.
Debido a eso, verla como se presentó ante él para su "cita", lo enmudeció.
Tan amarrillo como una puesta de sol, el vestido de verano que traía puesta consistía en un diseño sencillo, pero era lo suficientemente hermoso como para resaltar la belleza natural de la germana. Asimismo, la gargantilla que llevaba en su cuello, a diferencia de la maldita bomba que la mataría si el ángel la poseía, lucía como un lindo adorno que se combinó de maravilla con la sonrisa en sus labios.
– ¿Puedo pasar?
– Claro, adelante–con un gesto, invitándola a pasar, Shinji salió de su letargo–disculpa que actuara como un estúpido, es que de verdad te ves muy bella vestida así.
– Me doy cuenta que poner cara de tonto o sorprendido es algo usual en ti–escuchando a Shinji cerrar la puerta detrás de ella, Asuka, volteándose, le habló con un leve tono bromista–espero no te enfades, pero me parece que el apodo de "Estúpido Shinji" te quedaría bien.
Cualquier otro se hubiese ofendido por aquel comentario, pero Shinji, anonadado por oírla llamarlo de esa forma, evocó la última vez que ella misma lo llamó así. Fue en aquella playa imaginaria dentro de la Instrumentalización, cuando ambos, intercambiando una conversación demasiada corta para su gusto, se despidieron antes de tomar rumbos separados al comenzar de cero con sus nuevas vidas.
Al ver que él no reaccionaba, disculpándose al pensar que fue un pésimo chiste, Asuka se excusó; aunque Shinji, no disimulando su felicidad por aquel apodo, contuvo sus ansias por abrazarla y decirle cuánto la extrañaba. Sin embargo, yendo despacio, se carcajeó levemente permitiéndole que siguiese llamándolo de ese modo. Y así, encaminándola a la mesa, Shinji la ayudó a tomar asiento frente a él.
En tanto comían, hablando de sí mismos, conociéndose por segunda vez, Shinji se animó a ser el primero hablándole de Mari, quien, de haber estado acompañándolos, hubiera sonreído gustosa al oírlo decir que ella fue como su madre al fallecer sus padres. Asuka, bebiendo otra copa de vino, acabándose su plato, también le habló de su infancia asistiendo a campamentos escolares en compañía de Kensuke.
– Recuerdo que en una ocasión, Kenken preparó todo para que acampáramos varios días en el bosque; aunque éramos unos niños, mi hermano consideró hasta el más mínimo detalle–escapándosele una leve carcajada, Asuka, evocando aquella vez, le comentó a un Shinji que la escuchaba atentamente–así que una tarde partimos al bosque que estaba no muy lejos de nuestra casa, levantamos el campamento y encendimos una fogata. Asamos algunas salchichas en el fuego y vimos las estrellas mientras comíamos, fue muy lindo en verdad.
– ¿Qué pasó luego?
– Pues mientras nos acomodábamos en nuestras bolsas para dormir, escuchamos como un gran gentío se acercaba a nuestra tienda de campaña. Se trataba de la policía–jugueteando con su copa casi vacía, Asuka, conteniendo la risa, continuó contándole–nuestros padres se alarmaron por la nota que les habíamos dejado donde les explicábamos nuestra ausencia, y cuando nos encontraron, ellos no se veían muy contentos. Mamá estaba furiosa, papá nos castigó por todo un mes.
Riéndose el uno con el otro, ensimismado en sus meditaciones, Shinji rememoró aquel breve instante dentro de la Instrumentalización cuando vio el pasado y la procedencia de Asuka. Más allá de verla deambulando sola por un bosque helado y vacío, sin nadie que la cuidase y jugase con ella, lo que más lo impactó fue la visión de cientos de copias de Asuka encapsuladas y encerradas en tubos con LCL.
Todas ellas, durmiendo en tanto esperaban su turno por ser despertadas, únicamente lograrían sobrevivir si superaban las crueles e inhumanas pruebas a las que serían sometidas, y sólo una de ellas, siendo la Asuka que acabó conociendo, logró salir con vida. Las demás, muriendo una tras otra, terminaron desechadas y destruidas como si fuesen herramientas defectuosas e inútiles.
Atrozmente, para los ojos de los científicos de Nerv Alemania, eran justamente eso.
– Veo que tu hermano y tú son muy unidos, me alegra saberlo.
Debatiendo con él mismo, teniendo un dilema moral y ético en sus manos, Shinji pensó que era injusto que la Asuka que yacía ante él no tuviese ni idea de su predecesora ni del mundo al que alguna vez pertenecieron. Se sentía mal por mentirle y ocultarle lo que él sabía, de serle posible, Shinji borraría sus propios recuerdos al respecto. Al creer que moriría al sacrificarse, no consideró una contingencia así.
Por otro lado, respondiéndose en silencio, hacerle saber a Asuka las tragedias y desgracias que tanto daño le causaron en aquel entonces, traicionaría, en su totalidad, el ideal de darle un nuevo comienzo en libertad donde pudiese ser feliz. Así pues, por más que no le gustase tener que guardar ese secreto, Shinji, poniendo por encima de todo el bienestar de Asuka, juró nunca decirle nada sobre aquello.
– Mi hermano siempre ha sido muy cercano a mí–bebiendo el último rastro de vino en su copa, Asuka le aseveró–cuando salí por primera vez con un chico en la secundaria, Kenken estaba por ahí vigilando que él no se pasara de listo conmigo. Más que ser mi hermano, en ocasiones parecía ser mi guardaespaldas.
– Supongo que si tu hermano supiera que te invité a cenar, él estaría rondando cerca de aquí dispuesto a romperme los dientes si fuese necesario–recordando al Kensuke adulto que le dio hospedaje en la villa, suponiendo que debía lucir idéntico en esta realidad reescrita, Shinji sabía que él no dudaría en hacer lo que fuese con tal de cuidar de la pelirroja–pero no dudo que debe ser un hombre muy agradable; que él te cuide tanto, es prueba que te quiere muchísimo.
– Hace mucho que no nos vemos en persona, desde que él se enlistó en el ejército sólo nos comunicamos con llamadas telefónicas o con correos electrónicos–reclinando su barbilla en una mano, Asuka vio en su mente el rostro de su hermano–a Kenken siempre le encantaron todas esas tonterías militares, de niño coleccionaba maquetas de aviones y soldaditos de plástico. Antes de que yo tomara la decisión de venir a Japón, me telefoneó para decirme que lo ascendieron al rango de Mayor y que lo enviarían a una base en Múnich.
No habiendo sabido nada de Kensuke desde antes que el Impacto Final se llevase a cabo, para Shinji fue una sorpresa muy grata enterarse un poco sobre el destino actual de su viejo camarada. Kensuke siempre fue un chico muy valiente, mucho más que él, por ello no le sonaba extraño ni descabellado que haya decidido enrolarse en el ejército. Por ende, algún día, Shinji esperaba poder verlo otra vez.
– ¿Eso de ahí es un violonchelo?
Interrumpiéndolo, haciéndolo olvidar a Kensuke, Shinji vio como Asuka le señalaba un rincón de su casa, donde, reclinado en una esquina, reposaba el chelo que Mari le regaló poco después de haber despertado en la estación de trenes. Según Mari, lo mejor para él era ir recuperando aquellos gustos e intereses que alguna vez disfrutó, antes que Nerv y los Evas, apareciendo ante él, le robaran la paz.
– Sí, es un violonchelo. Llevé lecciones cuando era niño, nunca lo tomé muy en serio, pero a veces suelo tocarlo de nuevo.
– Mi padre es violinista, en sus ratos libres llena la casa con la música de su violín–añorando su hogar al otro lado del orbe, Asuka echaba de menos algunos detalles de su vida en Europa– ¿podrías tocar algo para mí?
– ¿Qué?
– Toca algo, por favor. Si no es mucho pedir, por supuesto.
El Shinji de hace muchísimo tiempo hubiese buscado cualquier excusa para negarse; sin embargo, ya no siendo víctima de aquellos temores que le impedían relacionarse con los demás, Shinji, obsequiándole una sonrisa, asintió con la cabeza previo a levantarse para ir por su viejo instrumento musical. Hacía bastante que no practicaba; aún así, queriendo cumplirle su petición, regresó a su asiento con él.
Una vez que se puso cómodo, al acabar de verificar la correcta afinación de las cuerdas, Shinji colocó el arco en posición pensando en qué melodía interpretaría. Si bien conocía varias, teniendo como invitada a una dama de origen alemán, una en especial, compuesta por Johann Sebastian Bach, fue su elección definitiva. Y Asuka, reconociéndola sin problemas, se sintió como si estuviese de vuelta en Berlín.
Aquella fue la primera gran obra musical que su tutor le enseñó antes que viajase a Tokio-3 para reencontrarse con su padre, era casi poético que la Suite No°1 haya marcado un punto de no retorno en su antigua existencia, convirtiéndose, en la entrada, para el triste porvenir que le esperaba. Ahora, volviendo a marcar una línea en su vida, dicha canción profetizaba que cosas mejores estaban por llegar.
Estando demasiado enfocado en no equivocarse al tocar, Shinji, completando su interpretación, recordó que no se hallaba solo cuando el ruido de unos aplausos le hizo levantar la mirada. Asuka, felicitándolo y agradeciéndole por haberle cumplido su pequeño capricho, lo miró con un semblante genuinamente alegre que, al compararla con la Asuka huraña y rota que solía ser, era, sin duda alguna, un gran cambio.
Él, en el mundo anterior, fue el responsable de arrebatarle su sonrisa. Hoy en día, teniéndola de regreso, era su responsabilidad devolvérsela y asegurarse que nunca más vuelva a perderla.
– Muchas gracias por la cena, Shinji. Estuvo deliciosa, eres muy amable.
– Fue un placer, Asuka. Gracias por haber venido.
Acercándose la media noche, luego de un par de horas de charla y mutua convivencia, Shinji la escoltó hasta la puerta de su departamento viéndola abrir su cerrojo para entrar. Era más hermosa de cómo la recordaba, mil veces más. Sus ojos azules, libres de cualquier infección angelical, lo observaron por un segundo que le pareció durar una eternidad. Al irse a la cama a dormir, sin dudarlo, soñará con ellos.
– Buenas noches, Shinji.
– Buenas noches, Asuka.
Regresando a su rutina normal, habiendo pasado poco menos de dos semanas desde que cenaron, Shinji vio con desilusión como las estrellas no se alineaban de nuevo para que tuviesen un "cita" similar una vez más. El incidente del refrigerador descompuesto de Asuka fue un golpe de suerte a su favor; sin embargo, al igual que un rayo que no cae dos veces en el mismo sitio, aquello no se repetiría.
Por ende, si quería continuar fortaleciendo el puente que edificó entre ambos en aquella cena, Shinji entendió que deberá a hacer lo que jamás hizo en su vida anterior: ser audaz e intentar ganarse su corazón al ir por él. Si él mismo fue capaz de lograr tal hazaña, sin darse cuenta que Asuka se enamoró de él, ahora, siendo consciente de ello, no tendría por qué tener problemas en conseguirlo nuevamente.
No obstante, dándose cuenta que no sería tan fácil, Shinji se rompió la cabeza pensando hasta que evocó una de las tantas historias, que Mari, cuando vivieron juntos, le narró sobre Asuka. Makinami, teniendo la capacidad para leer a la pelirroja como si fuese un libro abierto; aunque Asuka se empeñase en cerrarse, se percató que Shikinami en verdad extrañaba el sabor de la comida inundando su paladar.
Pero no cualquier comida, sino la de alguien en específico. Shinji, cuando escuchó ese relato, esbozó una triste sonrisa recordando lo inmaduro y caprichoso que fue en la aldea, forzando a Asuka, al no dejarle otro remedio, que alimentarlo en contra de su voluntad ante su terca negativa para comer. Si ella no lo hubiese ayudado de esa manera, por más violenta y salvaje que fue, hubiera muerto de inanición.
Fue allí, al reflexionar sobre el significado de algo tan común como lo es alimentarse, que Shinji se vio tentado por una idea que no vaciló en aceptar. Asuka nunca fue una mujer que gustase de la cursilería ni de los recurrentes trucos que generalmente usaban los hombres para cortejar, ella era distinta y única; por ello, rezándoles a sus padres donde estuviesen que estén, Shinji esperaba que su plan funcionara.
Actuará como él mismo, y a la vez, mejor.
– Así que le has estado dejando paquetes con comida en su puerta. No es la manera más tradicional de ganarse a una chica, pero reconozco que es muy original–Mari, ya viéndose como una señora de edad, le comentó mientras comía una de las galletas de nuez que Shinji le regaló al visitarla–y si esta nueva princesa se parece a la que conocí, entonces no dudo en que caerá encantada ante tu comida.
– Esa es mi esperanza; aunque tampoco quiero hacerme ilusiones, estoy mentalmente preparado para escucharla decirme que sólo soy un amigo para ella. Y si eso ocurre, lo aceptaré.
– Me encantaría ser como esas brujas en los cuentos de hadas y conjurar un hechizo de amor sobre ustedes dos, pero tengo el presentimiento que ella volverá a amarte como lo hizo una vez–ajustándose sus gafas para leer, Makinami, ya no teniendo aquella explosividad de antaño, extendió una mano para tomar otra galleta del paquete que Shinji le entregó–creo que no hace falta que te diga que estoy muy feliz porque tomaste la decisión correcta, cachorro. Me muero de ganas por volver a ver a la princesa, por la forma en que la describes, sin duda es ella, pero con leves diferencias.
– Así es, pero no importa en qué universo o realidad vivamos; Asuka es Asuka.
– No tengo más consejos para darte, ya te he contado todo lo que sé sobre la princesa. Ahora depende de ti, cachorro. Mi fe está en tus manos.
Cocinar, en un inicio, fue una necesidad para él al no recibir mucha atención del tutor que su padre le asignó para cuidarlo. Más adelante, al mudarse con Misato, topándose con los terribles y desagradables gustos gastronómicos de ella, Shinji, poniendo en práctica sus conocimientos culinarios, fue quien mantuvo alimentados a los miembros de la artificial familia Katsuragi durante su estadía en Tokio-3.
Una vez que toda la pesadilla con los Evas se acabó, y pudo comenzar desde cero en este mundo restaurado, la cocina se volvió un pasatiempo casi olvidado al meterse de lleno en su vida laboral. Empero, teniendo un renacido interés por retomar y ampliar aquel talento innato, Shinji comenzó a comprar revistas de recetas, buscando, entre sus páginas, las mejores para continuar con su plan.
Asuka, por su lado, no respondió a sus ofrendas durante el tiempo en que Shinji siguió dejándolas a los pies de su puerta. Aún así, al no recibir una negativa de su parte, Shinji, dejándose llevar por su creatividad, horneó galletas, hizo croquetas, preparó pastelillos, elaboró caramelos y demás cosas que esperaba fuesen del agrado de ella. Y así, al cumplirse seis meses de ser vecinos, Shinji dejó otro regalo.
Le tomó casi toda una tarde terminarlo, pero al colocarle la última rebanada de fresa como decoración, el antiguo piloto de la Unidad 01 se maravilló ante el pastel de chocolate que sus propias manos crearon. Lo empacó con cuidado teniendo la precaución de no arruinarlo, y al revisar que no se veía a nadie en el pasillo exterior, Shinji, al igual que en las ocasiones anteriores, se acercó al hogar de Asuka.
– Desde que encontré el primer paquete supe que se trataba de ti; aunque no había podido verte en persona.
Justo cuando se hallaba arrodillado colocando la caja con su más reciente obsequio, una voz inconfundible, hablándole a sus espaldas, casi lo hace saltar como una liebre al ser descubierto. Asuka, quien le miraba con una ceja levantada, le dio la oportunidad de decir algo, pero Shinji, viéndose despojado de su don del habla, no pudo hacer más que balbucear. Ante esto, ella retomó la palabra.
– Ya que estás aquí, al menos deberías acompañarme adentro. De seguro traes algo delicioso en ese paquete.
– ¿No estás enfadada conmigo por hacer esto? –Levantándose, sosteniendo la caja con cuidado, Shinji le preguntó a la pelirroja que abrió la puerta de su departamento–estoy consciente que esto podría malinterpretarse como "acoso", pero te juro que esa no es mi intención.
– Lo sé, si pensase que eres un loco peligroso ya hubiera llamado a la policía. O mejor aún, le habría pedido a mi hermano que viniese hasta aquí y te diese una golpiza.
– Considerando que tu hermano es un soldado entrenado, no dudo en que me haría puré.
– Ha pasado un tiempo desde aquella noche cuando cenamos, así que ahora es mi turno de ser la anfitriona–entrando en su casa, volteándose a mirarlo, la germana le hizo un ademán para que la siguiera–entra, sea lo que sea que traigas en ese paquete, lo comeremos juntos.
Sin nada que objetar, ahora siendo él el invitado, Shinji entró en el apartamento de Asuka escuchando como ella cerraba la cerradura detrás de él. Ya que todos los aposentos habitaciones eran exactamente iguales en el condominio, salvo las diferencias decorativas por los muebles y adornos que yacían allí, Shinji, con rapidez, se sintió como si estuviese en su propio hogar.
Asuka, dejando su bolso en uno de sus sofás, le hizo otra señal a Shinji para que viniera a la cocina, donde, situando la caja en la mesa, se mantuvo callado. Shikinami, llenando el ambiente con el eco de sus tacones al caminar, empezó a soltar el nudo que mantenía el paquete cerrado, el cual, al abrirlo, le hizo dibujar una expresión sorprendida y complacida al observar su misterioso contenido.
– Hacía mucho que no horneaba un pastel, así espero que tenga buen sabor…
– ¿Por qué haces todo esto por mí, Shinji? –Mirándolo directamente a los ojos, con un tono tranquilo, pero urgido de respuestas, Asuka le cuestionó–sé que los japoneses siempre tratan de ser amables con los extranjeros, pero jamás había conocido a alguien que tuviese tantas atenciones conmigo. Confieso que al principio pensé que eras alguna clase de demente, pero luego de seis meses de vivir aquí, no he visto nada que me haga pensar que eres un peligro para mí.
Por un instante, sintiéndose como el Shinji taciturno que se escondía en las ruinas de la aldea, el Shinji actual quería decirle la verdad; aunque no sabía cómo.
– Quiero agradecerte por todos los bocadillos que me has obsequiado, han estado muy sabrosos–mientras hablaba, buscando algunos platos, Asuka tomó los implementos necesarios para cortar un par de rebanadas y servirlas–no le he contado nada de esto a mis padres ni a mi hermano, si él lo supiese, no dudo que ya estaría saltando desde un paracaídas para estar aquí.
Imaginándose a un Kensuke fornido y con su equipamiento militar completo, Shinji, no sabiendo si reírse o asustarse, solamente consiguió quedarse mudo ante la idea.
– Así que dime, por favor–ofreciéndole una porción, Asuka, con muchísima calma, reiteró su pregunta– ¿por qué haces esto?
– Porque me gustas, Asuka.
Pudo haber mentido; pudo haber elaborado toda una compleja mentira para eludir la pregunta, pero fue honesto. Teniendo muy vivo el recuerdo de ambos en aquella playa, no deseando cometer las mismas equivocaciones, Shinji se despojó de las falsedades y recurrió a la franqueza. No la obligará ni la forzará a nada, respetando lo que ella pensase de él, abrió su alma como Mari le enseñó a hacerlo.
– Me gustas mucho…
– Pero si nos conocemos desde hace muy poco–No mostrando asombro, como si se esperase esa respuesta, ella continuó con su interrogatorio–y disculpa que diga esto, pero nunca he creído en eso del "amor a primera vista".
– No me lo vas a creer, pero para mí, es como si te conociera de toda la vida.
Alzando la mirada, estudiando su rostro, Shinji se dio cuenta que se veía igual de sonrojada y sorprendida que cuando le confesó que también le gustaba antes de despedirse; empero, no escondiéndose ni ladeándose para que no la mirase, la Asuka de hoy permaneció quieta sin dejar de mirarlo. Shinji, escuchando su corazón latir con fuerza, casi saliéndose de su pecho, le dijo algo más:
– Si deseas que deje de traerte paquetes o si no quieres volver a verme, puedes decírmelo ahora mismo y te doy mi palabra que buscaré otro lugar donde vivir–si bien nunca fue un hombre religioso, Ikari, casi implorando por un milagro, esperaba que ella no lo rechazara–pero si me concedes la oportunidad de demostrarte lo que siento por ti, haré lo que sea por hacerte feliz.
Pasaron algunos minutos sin que ninguno dijese ni una palabra, la afonía que los envolvió se tornó incómoda; así pues, creyendo que lo más correcto era retirarse, Shinji se dispuso a irse.
– ¡Aguarda! –deteniéndolo, sin perder el rubor, la germana extendió una mano sujetándolo de un brazo–no te vayas, ni siquiera hemos comido una rebanada del pastel. Además, quisiese un poco de compañía.
Estático, quedándose justo donde se encontraba, Shinji se giró hacia Asuka muy lentamente observando como ella lo sujetaba. Asuka, dándose cuenta de lo que acababa de hacer, lo soltó al sorprenderse por sus propias acciones. También impresionado por la reacción de Asuka, dispuesto a continuar adelante hasta el final del camino, Shinji, todavía callado, volvió a sentarse bajo la vista atenta de la pelirroja.
– Gracias por quedarte. No creo que pueda comerme yo sola todo este pastel.
– Con gusto…
Aún con la incomodidad sintiéndose entre los dos, cada uno comiendo su rebanada de pastel sin mirarse, Shinji se moría de ganas por reanudar la plática donde se había quedado; pese a que le preocupaba que no terminase como él quisiese. Para Shinji no era normal ver a Asuka comportándose inquieta y dubitativa, la Asuka que recordaba siempre se veía decidida y segura de qué hacer.
Sin embargo, también sabiendo que aquello sólo era un mecanismo de defensa para no mostrar debilidad, la Asuka ante él, no teniendo la necesidad de fingir fortaleza, estaba mostrando con sinceridad sus sentires. Ella no era la misma de antes, eso lo supo desde el primer instante en que la vio; por ello, sin presionarla, la dejó pensar y procesar su contestación. Aunque tardase todo un milenio.
Empero, sorprendiéndolo ella a él, Asuka no necesitó de mil años para replicar a su afirmación.
– Esta no es la primera vez que he estado con un chico, he tenido muchas citas en el pasado–dejando la cuchara sobre su plato vacío, Asuka, habiéndose acabado su rebanada de la torta de chocolate, le habló nuevamente–tuve un par de relaciones durante y después de salir de la universidad, con sus momentos felices y amargos. Cometí muchos errores de niña tonta y aprendí lecciones valiosas. No soy ninguna chiquilla que se enamora con facilidad; de hecho, siempre he detestado las cursilerías.
Al igual que ella, acabándose su trozo de pastel, Shinji la vio levantarse de su asiento para acercarse a una de las ventanas del departamento. Ella, mirando hacia afuera, se veía nerviosa. Shinji, irguiéndose, se le acercó manteniendo una respetuosa distancia con ella.
– Pero no entiendo por qué me resulta tan familiar estar contigo, nunca me había sentido así con alguien antes. Esto no es natural; no es normal–volteándose con levedad, ella, enviándole un mensaje cifrado con sus ojos, le comentó–en las últimas semanas, desde que cenamos aquella noche, he tenido la sensación que te conozco de alguna parte. He intentado recordar de dónde, pero no puedo. Quiero saber quién eres; quiero conocerte…
– Mi nombre es Shinji Ikari. Perdí a mis padres hace muchos años, soy contador y vivo frente a tu puerta–acercándosele más, Shinji, entendiendo el mensaje en clave que ella le envió inconscientemente, le contestó al pararse frente a ella–y a mí también me gustaría conocerte.
Evocando su efímera relación con Mana años atrás, Shinji, más ilustrado en el tema, no tuvo la audacia de robarle un beso a Asuka como sí lo hizo con Mana. Era claro que besarla allí mismo hubiese sido algo mágico, propio de una de las muchas películas románticas que tanto adoraba Mari; no obstante, mantenido su convicción de ir un paso a la vez, Shinji se limitó a rodearla con sus brazos para abrazarla.
La besará, lo presentía. Le demostrará cuán valiosa es ella para él al acariciarla con sus labios, pero ese momento no era ahora. Aún no. Asuka, quien seguía sorprendiéndose segundo a segundo por el hombre que la acompañaba, no opuso resistencia y permitió que él la envolviera, mientras ella, viendo como su cuerpo reaccionaba por sí mismo, le regresó el gesto como si temiese perderlo una vez más.
¿Perderlo una vez más?
La teutona no entendió de dónde provino ese sentimiento, pero al saber que era auténtico, se aferró a él con más vigor. Shinji Ikari era un misterio, y Asuka Shikinami, intrigada, deseaba resolverlo.
– Le hablé a mi tía Mari sobre ti hace unos días, ella me dijo que le encantaría conocerte en persona–sintiendo la respiración de Asuka en su cuello, Shinji, abrumado por la emoción de estar así de cerca de ella, quiso ofrecerle su más franco cariño–si no te molesta, me gustaría invitarte a visitarla mañana por la tarde. Mi tía tiene una personalidad muy singular, pero es muy agradable.
– Claro, estoy disponible mañana.
Shinji alargó aquel abrazo hasta donde le fue posible, y al soltarla, como si estuviese diciéndole "adiós" otra vez en aquella playa de arenas blancas y aguas rojas, no escondió la tristeza en su faz. Pese a eso, sabiendo que no se estaban despidiendo como esa vez, ambos se dieron las buenas noches pactando encontrarse mañana por la tarde para tener su segunda cita; aunque no la llamaron de ese modo.
De vuelta en su hogar, casi llorando de la alegría, Shinji no se contuvo y telefoneó a Mari de inmediato, contándole, con lujo de detalles, absolutamente todo lo que ocurrió. Mari, casi dejándolo sordo al gritarle en el auricular, se comportó como la excéntrica y alocada chica que conoció antes que el Impacto Final se concretara. Así pues, pensando en sus padres, Shinji aguardó ansioso por el amanecer.
– ¿Qué te ocurre?
– ¿Dijiste algo?
– A eso me refiero. Parece como si estuvieses en la Luna.
Contemplando a la mujer de cabellos escarlata que le habló a su izquierda, Shinji, acabándose de comer los bocadillos que ella misma le sirvió mientras pasaban el día en el parque de la ciudad, se vio fuera de sus recuerdos, otra vez, para retornar al presente. Asuka, arqueando una ceja como siempre lo hacía cuando notaba que algo no iba bien, se dispuso a averiguar qué le ocurría.
– Has estado muy distraído últimamente. Primero tardaste una eternidad en comprar un simple helado para Aki, ahora es como si no estuvieras aquí.
– Lo siento, solamente estaba pensando en algunas cosas del pasado.
– ¿Qué cosas?
– En ti, en mí antes de conocerte y en nosotros juntos–extendiendo una mano, Shinji tomó la de Asuka que, como la suya, era adornada por una sortija de bodas–también pensé en mis padres, los echo mucho de menos. Me gustaría que ellos estuvieran aquí; que te conocieran a ti y a Aki.
Regresando la mirada hacia el frente, viendo como Mari jugaba con Aki en la distancia al volar juntas uno de los tantos papalotes que llenaban el cielo soleado y despejado, Shinji se dio cuenta de lo mucho que ha avanzado desde que despertó en aquella estación de trenes una década atrás. Aceptó sus yerros, enmendó sus faltas y se perdonó a sí mismo; empero, todavía sentía que le faltaba más por hacer.
Aún se encontraba lejos de ser un anciano, pero era evidente que la juventud ya lo había abandonado tiempo atrás. Una terca barba, que se empeñaba en volver tan pronto como la afeitaba, se negaba a desaparecer de su rostro dándole un aspecto casi exacto al que Gendo Ikari tuvo alguna vez. Asimismo, hallándose a muy poco de entrar en sus cuarenta, confiaba en vivir lo suficiente para ver a Aki crecer.
Saber que tomaría el deber de ser padre lo asustó en demasía cuando se enteró; sin embargo, contando con el apoyo incondicional de Mari, Shinji supo que cuidaría de Asuka y su hija con toda su alma.
– ¡Cachorro, bienvenido!
– Hola Mari, me alegra mucho verte otra vez.
– ¡Siempre tan considerado con tu vieja tía!
Presentándose en la casa que lo acogió por un lustro entero, Shinji, no estando solo, no se sorprendió de la actuación de Makinami al verlo frente a ella. Para Mari, sobreactuar era un don innato en ella; por ende, verla comportarse de esa manera, simplemente lo forzó a contener sus ansias por reírse.
– Tía Mari, antes que entremos quiero presentarte a la amiga de quien te hablé.
Señalándose a Asuka con un ademán, Shinji, haciendo notar a su invitada, esperaba que Mari se comportase con cierta normalidad al reencontrarse con ella. No obstante, comprendiendo ya muy tarde lo tonto que fue al pesar aquello, Shinji se quedó mudo al ver como Mari se abalanzó sobre la pelirroja para obsequiarle un caluroso recibimiento. Asuka, por su parte, apenas consiguió sonreírle con pánico.
Una vez dentro, tomando un poco de té en tanto Shinji realizaba las presentaciones formales, Mari tranquilizó su efusividad sabiendo muy bien cómo era Asuka; aún así, comprobándolo por ella misma, Makinami pronto se percató que esta Asuka no era exactamente igual a la que alguna vez conoció. Tal y como Shinji aprendió de sus tropiezos y maduró, Asuka, lejos de ella, hizo lo mismo y cambió para bien.
A Mari le dolió saber que Asuka no recordaba ninguna de las vivencias que compartieron juntas. A pesar de los días duros que tuvieron al estar en medio de la guerra contra Nerv, Makinami sabía que no todo fue malo. Pero entendiendo que haber tenido una segunda oportunidad para renacer de sus cenizas fue lo mejor para ella, Mari, dedicándole su más cálida sonrisa, se alegraba por verla sana por completo.
– Fue por eso que decidí estudiar arquitectura; aunque mi madre quería que estudiara medicina como ella–acabándose su segunda taza de té, Asuka, conversando con Mari mientras Shinji las escuchaba, cumplió con responder a otra de las interminables preguntas que Makinami tuvo para ella–luego de graduarme, trabajé con mi padre por un tiempo antes de hacer mis maletas y venir aquí.
– Shinji me comentó que extrañabas el país. Viviste aquí muy poco cuando eras pequeña; según me dijo también.
– Así es, señora. Sentí una gran nostalgia por Japón. Aún no termino de entenderlo, pero sentía que necesitaba venir aquí.
– Puedes llamarme Mari, cariño. No es necesaria tanta formalidad entre nosotras, incluso, si lo prefieres, también puedes decirme: "Cuatro ojos" –jugueteando con sus lentes, riéndose de ese modo que es único en ella, Mari le guiñó un ojo.
– Como gustes, Mari…
– Lamento si te parezco un fastidio, es que eres una chica demasiada encantadora, pareces una princesa de un cuento de hadas–tomando otro sorbo de su té, viendo que su bebida estaba agotándose, Mari se giró hacia Shinji– ¿podrías preparar un poco más de té, cachorro?
– Claro, iré a la cocina a calentar la tetera–levantándose de su asiento, presintiendo que esto no era más que una jugarreta de Mari para estar a solas con Asuka, Shinji no la delató y le siguió el juego–volveré pronto, no me tardo.
Ambas mujeres, observando como Shinji salía de la estancia para ir a la cocina, se voltearon a mirarse, antes que la alemana, con curiosidad, le echase un vistazo a los muchísimos libros que abarrotaban los estantes.
– Me doy cuenta que te encanta leer. Mi padre también tiene una enorme colección como esta.
– Siempre he amado los libros. Los libros son la máxima demostración de la sabiduría humana–halagada, Mari le afirmó al ver con orgullo su biblioteca personal–mi sueño imposible es leer todos los libros del mundo, pasados y futuros. Leeré cualquier libro que caiga en mis manos, por eso trabajo como bibliotecaria.
Aprovechando que Asuka no dijo nada, Mari, comportándose más como la señora de edad que era, dejó de sonreír para verse más melancólica.
– Quiero disculparme contigo por mi forma de ser tan efusiva, sé que puedo ser muy asfixiante; Shinji me lo ha dicho varias veces.
– No se disculpe, no me ha molestado…
– Gracias, princesa. Hace muchos años dejé de ver a una muy querida amiga mía que se veía idéntica a ti, por supuesto que ella y tú no son exactamente iguales, pero el parecido es asombroso–mirándola detenidamente, asimilando que Asuka se veía como toda una mujer adulta y llena de energía, Mari se alegró por dentro al verla libre de la maldición que la aprisionó en su otra vida–ambas vivimos muchas cosas buenas y malas durante los años en que trabajamos juntas, y desde el día que tomamos caminos separados, no he dejado de pensar en ella.
– ¿Por qué su amiga y usted dejaron de verse?
– Ella necesitaba ir a casa; necesitaba encontrar un hogar–bajando la mirada, mirando sus manos envejecidas, Mari no pudo olvidarse de las miles de batallas que ambas afrontaron una junto a la otra–como ella misma lo dijo la última vez que nos vimos: quería un lugar al cual pertenecer. Y cuando te vi aparecer ante mi puerta; no pude contenerme, ahora sé que mi amiga halló el hogar que tanto deseó.
Asuka, confundida, teniendo la impresión como si le hablara sobre ella y no de otra persona, se quedó en blanco por un instante. La pelirroja pretendía hacerle una pregunta al respecto; aunque, apareciendo antes de tan siquiera formularla, Shinji entró en escena al regresar de la cocina.
– Ya está listo el té.
– ¡Espléndido, cachorro! –Levantando su taza para que Shinji la llenara, Mari, dirigiéndose a Asuka, se prestó a hablarle otra vez– ¿princesa, has probado la comida que Shinji prepara?... ¡es una maravilla!
La visita se extendió por unas horas más, donde Mari, interpretando el papel materno que recayó sobre ella, no vaciló en contar historias que fuesen vergonzosas para Shinji, pero divertidas para ella y Asuka. Cenaron en casa de Mari antes de marcharse, y Makinami, despidiéndose de Asuka con otro abrazo lleno de afecto, le pidió que viniese en otra ocasión a visitarla ya sea sola o con Shinji.
– Ten valor y no dudes…
Susurrándole al oído de Shinji, esperando que Asuka no la haya escuchado, Mari le sonrió con picardía antes de verlos partir a los dos. Mientras viajaban en tren de vuelta a sus departamentos, cuestionándole Asuka qué tan veraces fueron los relatos de Mari sobre él, Shinji, riéndose y sonrojándose, le confirmó que todos ellos eran verdaderos; sin embargo, muy exagerados por Mari.
Y sin darse cuenta en un principio, pero no importándoles al notarlo, ambos lucían como una pareja casada ante los ojos de los demás pasajeros en el vagón. No por el simple acto de ir conversando o de compartir el mismo asiento; sino por el hecho de estar tomados de la mano. Ninguno recordaba quién tomó a quién, pero Asuka, sintiéndose cómoda con él, no rechazó la familiaridad que Shinji le transmitía.
Por ende, sin soltarse, los dos caminaron de ese modo sin importarles tampoco que los otros inquilinos del condominio les mirasen y especulasen sobre ellos. No obstante, hallándose en el punto exacto donde se conocieron meses atrás, en el pasillo que separaba las puertas de sus apartamentos, lo quisiesen o no, tendrían que despedirse. Pero Shinji, recordando el susurro de Mari, intentó algo más.
Empero, demostrando que no importaba en qué mundo o realidad estuviesen, Asuka, siempre estando un paso por delante de él, fue quien se aventuró a besarlo cuando Shinji apenas consideraba la idea. Y si bien fue ella quien emprendió la ofensiva, teniendo experiencia previa en su haber, Shinji supo cómo responderle regresándole el beso sin que le preocupase que alguien pasase por ahí y los viese.
Con calma, al tenerla sujetada de su cintura, Shinji la arrinconó suavemente contra una de las paredes del corredor, en tanto sus labios, arrebatándole el control de la situación a Asuka, le dijeron a la pelirroja con sus movimientos que ahora era su turno para atacar. Honestamente Shinji no se esperaba que al concluir su travesía acabasen de ese modo, pero las mejores cosas de la vida eran las inesperadas.
Pese a que esta Asuka nunca piloteó un Eva y no sabía lo que era luchar en una guerra, todavía llevando consigo el mismo espíritu combatido y luchador que la caracterizará en cualquier universo, no se dejó dominar como una novata, y enseguida, como si fuese una leona hambrienta, se encargó de hacerle ver a Shinji Ikari la clase de mujer que era Asuka Shikinami cuando se dejaba llevar por el instinto.
Por desgracia para los dos, necesitados de respirar, aquel combate tuvo que esperar otro día para continuar, ya que, por el momento, ambos contendientes tuvieron que conformarse con un empate.
– Me divertí mucho hoy, gracias por todo.
– Gracias a ti por haberme acompañado.
Aquello fue lo único que sus bocas dijeron al separarse, pero sus miradas y la agitación en sus respiraciones, fueron mucho más explícitas. De haber estado en un escenario similar muchos años atrás, ninguno de los dos hubiese sabido cómo proceder. Tanto ella como él, sintiéndose demasiado heridos y rotos por dentro como para expresar con claridad lo que sentían el uno por el otro, habrían fracasado.
"Todo sucede cuando debe suceder", aquella había sido una frase que Mari le recitó a Shinji varias veces mientras él iba liberándose de sus tormentos. Hoy en día, habiendo gozado de la oportunidad de enderezar sus senderos y superar los obstáculos, eran dos personas adultas que se conocían a sí mismas a la perfección, y que disfrutando de su mutua compañía, quisieron descubrir qué más les esperaba.
Así fue como las citas y los paseos comenzaron a hacerse recurrentes; como la confianza se tornó duradera y como la intimidad los arropó al compartir su desnudez. Sin embargo, llegar a ese nivel, les llevó tiempo. Necesitaron, en un inicio, derribar cada invisible pero firme Campo AT que todavía se empeñaba en distanciarlos. No fue hasta que el último colapsó que hacer el amor fue más que un decir.
Para Shinji, quién recordaba el dolor que Asuka soportó por casi tres quinquenios a raíz de sus errores, estar con ella de tal manera fue la ocasión idónea para saldar sus agravios hacia ella. Por cada herida que ella recibió en batalla, él la honró con una caricia. Por cada noche que ella no pudo dormir, la él laureó con sus besos. Por cada amargura que ella padeció, él la premió con su más absoluta devoción.
Siempre recordará el rostro sonrojado y sudoroso de Asuka al estar debajo de él. Contemplar la forma curvilínea de su cuerpo desnudo, retorciéndose de placer por sus acciones, será una imagen que vivirá en su memoria hasta el final de sus días. Aún así, más allá del disfrute carnal de anidarse entre sus piernas, el poder oírla descansar sobre su pecho al abrazarla era lo que más valor tenía para Shinji.
Su padre, en el pasado, estuvo a punto de destruirlo todo sólo para recuperar a la mujer que amaba, ahora, comprendiendo en carne propia lo que él sintió por su madre, Shinji deseaba tener toda una vida con Asuka. Quería reír con ella; soñar con ella, llorar con ella y vivir con ella.
– Tranquila, ya verás que todo saldrá bien.
Y por supuesto, tener una vida como la que él deseó, implicaba aceptar retos y asumir responsabilidades.
– Para ti es fácil decirlo, soy yo la que hará todo el trabajo…
Ver el resultado inapelable de la prueba casera de embarazo, marcó, para ambos, el comienzo de su siguiente etapa en su ya consolidada relación, pero, a diferencia de las anteriores, ésta la escribirán página a página con la bendición del matrimonio consagrándolos. Después de casi tres años de noviazgo, compartiendo el mismo departamento y teniendo una rutina sólida, Shinji se atrevió a ir por más.
No cualquiera se hubiese aventurado a pedir la mano de su novia personalmente ante sus suegros, pero ya teniendo planeado un viaje vacacional a Alemania para que conociese a los padres de Asuka, Shinji, contando en secreto con la ayuda de Mari, compró un anillo de compromiso que no dudó en mostrárselo a la pelirroja, en tanto miraban justos, al recorrer sus calles, el cielo nocturno de Berlín.
Aquellas vacaciones de dos semanas fueron inolvidables para Shinji. Conoció otro país, se presentó ante los miembros de la familia Langley y ratificó su vínculo con Asuka frente a la Puerta de Brandeburgo. Igualmente, reencontrarse con Kensuke, quien, irradiando respeto con su uniforme repleto de medallas, lo llenó de felicidad por saludar a un viejo amigo. Así como recibir, de él, el deber de cuidar de Asuka.
Su boda, sencilla pero en compañía de su círculo familiar más cercano, fue otro momento inefable que perdurará en sus recuerdos. Y si bien ninguno de ellos estuvo allí presente, llevándolos en su corazón, Shinji supo que tanto Gendo como Yui Ikari estuvieron ahí también. Mari, recordándole aquellas lecciones de baile que ella le impartió, se enorgulleció por verlos bailando como un cuento de hadas.
– Su estado de salud es muy bueno, señora Ikari. Su esposo tiene razón, sólo conserve la calma.
– ¡Hombres! –Protestó Asuka al sentir el incremento en las contracciones que, sin lugar a dudas, indicaban el inicio de su labor de parto– ¡todos son unos grandísimos estúpidos!
Viendo como las enfermeras se llevaban a Asuka con ellas, Shinji, riéndose nervioso al escuchar los insultos y los ruidosos berrinches de la germana, se volteó a un costado para ver al Doctor Suzuhara que le prometía que todo saldría bien. Haberse reencontrado con Toji en aquel hospital cuando Asuka comenzó con sus controles prenatales, fue una sorpresa agradable y tranquilizadora para Shinji.
Si antes de la reescritura del mundo, Toji Suzuhara se lamentaba por no ser un médico con todas las de ley, verlo actualmente como un galeno en plena potestad, fue un motivo más de dicha para Shinji, quien, pensando en Rei y Kaworu, se preguntó cuándo volvería a saber algo de ellos.
– ¿Ya decidiste un nombre?
– Para serte sincero, no se me ha ocurrido ninguno.
Luego de la hora más emocionante y tensa que ha vivido en muchísimo tiempo, Shinji, quien aguardó a que se le permitiese entrar en la habitación donde Asuka dio a luz, al fin logró acercarse a ella que permanecía acostada luciendo extremadamente agotada. Aún así, debajo del sudor y del dolor físico palpable en su cara, Shinji pudo ver la satisfacción y la alegría de haber consumado el milagro de la vida.
Ya lo sabían previamente gracias a los exámenes clínicos que vigilaron la salud de Asuka durante su embarazo; no obstante, ver con sus propios ojos a la niña que Asuka cargaba en sus brazos, superó con abundancia a cualquier ecografía que hubiese visto con anterioridad. Mirar su diminuto rostro lo dejó sin habla, sencillamente no fue capaz de describir lo que observaba frente a él.
¿Acaso todos los hombres, al ser padres por primera vez, llegaban a sentir lo mismo?
¿Su padre, en su nacimiento, habrá experimentado aquella misma sensación?
Un par de manos, marcadas por la edad y la vejez, rompieron sus pensamientos al posarse en sus hombros. Mari, quien curiosamente estuvo apoyando a Yui cuando Shinji nació, hizo acto de presencia para hacer lo mismo con Asuka. Mirándola, obsequiándole un abrazo, Shinji le dio las gracias por todo, asombrándose, a sí mismo, de lo importante que ella llegó a ser para él.
De ser una total desconocida, pasó a ser como su madre.
– A mí tampoco se me ocurre ninguno, tengo menos de diez minutos de ser madre y ya empecé mal.
– No digas eso, princesa. No saber cuál nombre elegir es algo normal.
– Pensaba en llamarla: Yui…–volteándose hacia Mari, Shinji pensó en la opción que le sonó más lógica.
– Es un bonito nombre, cachorro. Sé muy bien lo que significa para ti, pero algo me dice que Yui hubiese querido que su nieta tuviese su propio nombre para que fuese única y especial.
– ¿Qué tal suena: Aki? –ganándose las miradas de ambos, Asuka, quien no apartaba la vista de su hija recién nacida, todavía no terminaba de creer que ella fuese real.
– ¡Me encanta ese nombre, princesa!
– A mí también, no se me hubiera ocurrido uno mejor.
– Entonces está decidido. Su nombre será: Aki Ikari.
Desde ese instante, al saber cuál era el nombre de su hija, Shinji supo que de ser necesario moriría por ella. De la misma manera en que sus padres se sacrificaron por él para que pudiese vivir, él lo haría por Aki. Los días posteriores al nacimiento de Aki fueron un caos controlado y divertido. La familia de Asuka, desde Alemania, telefoneaba a diario para saber hasta el más ínfimo detalle de la recién llegada.
Asimismo, queriendo que Aki gozase de los beneficios de ambos países, Shinji y Asuka iniciaron todos los trámites burocráticos para que Aki fuese reconocida tanto en Japón como en Alemania. Ella, tal y como su madre, llevará consigo una parte de cada país en su ser. Pero sin importar la nacionalidad que tuviese, para Asuka y Shinji era meramente su hija. Y para Mari, sin duda, era una nieta a quien mimar.
– Iré a decirle a Mari que ya es hora de irnos, la acompañaremos a su casa antes de ir a la nuestra.
– De acuerdo, yo recogeré nuestras cosas.
A su vez que Asuka se alejaba hacia donde Mari y Aki seguían jugando, Shinji, poniéndose de pie, tomó la cesta de mimbre para guardar los restos de comida que él y las demás degustaron al asistir al festival de verano. Aki estaba creciendo con demasiada rapidez, más de la que cualquier libro sobre crianza de infantes le hubiese advertido. Dentro de muy poco, en unos meses, empezará a asistir al jardín de niños.
Asuka y él todavía no habían decidido en qué escuela la inscribirían; aún así, haciéndolos sentir muy orgullosos, Aki ya era capaz de pronunciar algunas palabras en alemán y japonés. Riéndose, imaginándose a sus futuros maestros lidiando con una chiquilla bilingüe y enérgica, Shinji anotó en su libreta mental que más adelante tendrán que hablar con Aki sobre qué cosas decir y que no.
Especialmente aquellos términos que fuesen groserías e insultos, como los que Asuka, impulsivamente, frecuentaba vociferar al perder la paciencia. Con esa idea merodeando en su cabeza, Shinji, recogiendo la típica manta colorida que se utiliza en un pícnic, alzó la vista sin imaginar lo que vería a unos metros ante él. Tal hallazgo, desafiando la normalidad que ha vivido por una década, lo dejó pasmado y atónito.
– Padre, madre…
La última imagen que recordaba de Gendo y Yui Ikari, era la de ellos sacrificándose por él para terminar con la locura que representaba el Impacto Final. Sin importar que haya sido un acto desesperado de amor, lo hecho por Gendo era un crimen contra toda la humanidad que nunca podrá ser perdonado con facilidad. Fue por eso, al cargar el peso en su espalda, que Shinji pensó en pagar el precio por sí mismo.
Empero, asumiendo sus padres la responsabilidad de tal crimen, ellos se despidieron de Shinji con una sonrisa antes de reparar los daños que se extendieron por la faz de la Tierra. La contaminación rojiza, que carcomió los mares y los continentes; así como las vidas inocentes que fueron tomadas, acabaron por ser revertidas. Gracias a eso, al reescribirse la realidad, la esperanza volvió a florecer una vez más.
Y ahora, exactamente diez años después de aquella despedida, Shinji, incrédulo por lo que presenciaba, los vio otra vez. Ahí estaban los dos, refugiados debajo de la sombra de un frondoso roble, parados el uno junto al otro mirando directamente hacia él.
– Vive…
Tanto Gendo como Yui se mantuvieron inmóviles, como si fuesen una pintura sostenida en un delgado rayo de sol; sin embargo, escuchándolos claramente, Shinji consiguió oír sus voces resonando al unísono. Y por ese efímero instante, sintiéndose de nuevo aquel niño que los vio partir para siempre hacía tanto, Shinji sintió sus ojos humedecerse ante la impresión.
– ¡Papá!
Otra voz, una imposible de ignorar para él, provocó que Shinji se ladease y observase a la niña que se aferraba a una de sus piernas con sus diminutas fuerzas. El otrora piloto de la Unidad 01, todavía sin salir de su asombro, se arrodilló para tomar a Aki en sus brazos anidándola contra su pecho. Y al sostenerla, regresando su atención al mismo árbol, Shinji descubrió con tristeza que nadie se encontraba allí.
– ¿Ocurre algo malo? –Asuka, quien venía acompañada por Mari, le cuestionó–te ves muy pálido, pareces un fantasma.
– No es nada.
– ¿Cachorro, te sientes bien?
– No se preocupen, el calor me tiene un poco mareado. Sólo necesito refrescarme.
– Bien, entonces vámonos ya.
Así pues, mirando hacia atrás una vez más, Shinji contempló sus alrededores hallando solamente a personas felices disfrutando del verano. De haber estudiado con más detenimiento a aquel gentío, hubiese notado a un par de individuos con peculiares cabelleras azules y plateadas, que, también viéndolo a él en la distancia, intuían que su reencuentro con Shinji yacía a la vuelta de la esquina.
Shinji, por su parte, continuó caminando con su familia ansioso por seguir haciendo lo que sus padres dijeron, y que es, justamente, lo que ha hecho desde que despertó en este mundo renacido: vivir. Ya no era el Shinji Ikari que alguna vez piloteó una bestia mecánica gigante para luchar. No, ahora era Shinji Ikari, el marido de Asuka Shikinami y padre de una niña inquieta que llevaba la mitad de su alma.
Ya no era un chico solitario, ni un soldado con más batallas por pelear. Simplemente era alguien forjado por su pasado, agradecido con su presente y esperanzado por lo que le trajese el futuro.
Fin
Hola, les agradezco mucho por leer esta historia. Quiero disculparme con ustedes por la enorme extensión del fic. Sé que es muy agotador leer algo tan sumamente largo, la historia cobró vida propia y terminó convirtiéndose en lo que ya leyeron. En un comienzo pensé que sería algo corto, pero a medida que fui narrando, fue obvio para mí que tendría que detallar algunas escenas y el fic acabó creciendo.
Supongo que muchos de ustedes ya saben de dónde tomé el nombre "Aki" para nombrar a la hija de Asuka y Shinji. Para quienes no lo sepan, ese nombre proviene de unos los fanfics Asushin más antiguos y famosos de la pareja: The 2nd try escrito por el autor JimmyWolk. Este es uno de los primeros fanfics Asushin que leí al entrar al fandom, si alguno de ustedes no lo ha hecho, se los recomiendo muchísimo.
Los personajes de Mayumi Yamagishi y Mana Kirishima no son invención mía, ellas son personajes que aparecen los videojuegos Neon Genesis Evangelion: 2nd Impression y Neon Genesis Evangelion: Girlfriend of Steel, respectivamente. Ambas, tanto Mayumi como Mana, tuvieron el rol de "novias" para Shinji en esos juegos; igualmente, en varios fanfics se les suele dar ese mismo papel a ellas dos.
Para concluir, como ya lo he mencionado en el pasado, me encanta escuchar música mientras escribo y una vez más, la fantástica banda sonora de la película me hizo compañía, en especial una canción que me pareció perfecta para el fic. Si desean escucharla; aunque sé que ya debieron hacerlo hecho, pueden buscarla en You Tube con este nombre: Evangelion 3.0+1.0: Thrice Upon a Time - Voyager.
Muchas gracias por leer y hasta la próxima.
