Cuando Senkuu ganó la apuesta que le había hecho a Kohaku, jamás pensó que se la tomara de esa manera.
El juego consistía en que, si él ganaba la competencia de aritmética que se daba cada septiembre en la universidad, ella se disfrazaría de leona para la fiesta de Halloween. Y era en realidad útil para ambos: principalmente porque sería tan gracioso para él que la leona apareciera así en público, como para ella vergonzoso, y los incentivaba a ambos a dar todo de sí para ganar.
Siempre habían sido rivales en las matemáticas, aunque ella fuese una excelente deportista pero mala científica, y él todo lo contrario. Muchas veces habían empatado, y en esta ocasión, a la altura de la penúltima pregunta, todo parecía llegar al mismo fin, hasta que Kohaku cometió una pequeña equivocación que la hizo quedar en segundo lugar, aunque siempre digna.
Senkuu no había pensado en un principio en las implicancias de su apuesta hasta que vio a Kohaku aparecer de lado de Minami y Yuzuriha vestida con un corto y apretado atuendo dorado de una pieza con una cola colgando, tacones altos, unas orejas de leona y una nariz y bigotes dibujados en su nariz y pómulos.
En realidad, no esperaba ni siquiera que hiciera caso a su apuesta, pero allí estaba: inesperadamente temprano e indescriptiblemente… ugh.
Senkuu solo tragó saliva cuando su cabeza se negó a procesar que tan solo, quizás, estaba babeando por la leona. Por la misma chica -ahora, mujer- a la que había molestado por años antes de hacerse su amigo en el extraño día en que la vio llorar y decidió hacer todo lo posible para curar la enfermedad de su hermana mayor.
De eso habían pasado dos años. Y aunque se llevaban más bien que mal, aún esa rivalidad lo tenía cegado con respecto a sus verdaderos y problemáticos sentimientos.
Le gustaba Kohaku. Siempre le había gustado.
-Woah… ¿esa es… la gorila? -la voz de Chrome interrumpió la corriente de pensamiento del científico.
-Sí, Chrome. Tu cuñada, de hecho. -Ukyo le respondió, con una voz reprobatoria aunque con la mirada fija también en Kohaku.
-Senkuu-kun… -el mentalista, que volvía de recolectar un par de bebidas, se coló en la conversación inmediatamente.
-Qué. -replicó el peliverde secamente, apartando su mirada de la leona como si le estuviese quemando solamente verla.
-No estoy intentando forzarte a nada, pero si deseas decirle algo a Kohaku-chan, creo que ahora es el momento.
-¡Así es! ¡Muéstrale tu medalla del primer lugar!
El científico miró con molestia la falsa sonrisa de Gen, así como su inclinación a mirar a la rubia de pies a cabeza constantemente. Al parecer, todos se habían puesto de acuerdo en que tenían el derecho de inspeccionarla y evaluarla como si se tratase de un objeto.
Sin embargo, sabía que el mentalista tenía razón. Era hora de ponerle fin a esta ridícula competencia: debía disculparse con ella primero, y comenzar a actuar de acuerdo a sus verdaderos sentimientos de una vez por todas, si quería algo de su atención.
El problema era que, cuando Senkuu dirigió la mirada hacia ella nuevamente, no pudo evitar congelarse en su lugar, viendo cómo varias personas se acercaban a donde estaba la leona para conversarle u ofrecerle algo de beber.
Rápidamente, dio media vuelta para alejarse de la fiesta, hasta llegar a un banco alejado del ruido de la música, furioso consigo mismo.
-¿De qué se supone que estás disfrazado tú? -una voz familiar aplacó su rabia rápidamente, sin siquiera intentarlo.
-Leona…
-Já. Aprovecha que esta es la única oportunidad en que te diré que sí lo soy. -Kohaku se sentó a su lado, al otro extremo de la banca, cruzando sus brazos y sus piernas para protegerse del frío y, probablemente, también las miradas.
-Soy Albert Einstein. -Senkuu le dirigió la mirada, usando su clásica sonrisa sardónica para aparentar que todo estaba más que bien.
Era un disfraz bastante simple. Senkuu solamente se había alborotado un poco más el cabello, se había pegado un bigote falso y se había colocado unos gruesos anteojos redondos y su clásica bata de laboratorio sobre ropa formal.
Kohaku lo miró con curiosidad.
-¿Son lentes reales?
-No. Compré estos en una tienda de disfraces.
La rubia asintió lentamente, y se acercó a él en menos del tiempo que Senkuu alcanzó a darse cuenta para quitarle los anteojos y colocárselos ella.
-Te ves ridícula. -rio el científico.
-No más que tú. -replicó ella, con una sonrisa burlona en su rostro.
Sin embargo, la sonrisa de Kohaku murió cuando Senkuu, sin pensar mucho en ello, le llevó la mano hacia el rostro para quitarle los anteojos, y un discreto suspiro salió de su boca cuando el científico, consciente de lo cerca que estaban, rozó su mejilla con la yema de los dedos.
-B-bueno. -la leona enderezó su cuerpo, alejándose ligeramente del científico. -¿Estás feliz con tu victoria, bastardo?
-Sinceramente, creo que me salió el tiro por la culata. -Senkuu observó ahora sus zapatos, que por alguna razón le parecieron sumamente interesantes, sobre todo cuando Kohaku lo miraba como pidiéndole explicaciones.
-¿Tengo que adivinar por qué?
-No.
-¿Entonces?
Senkuu inspiró profundamente.
-Primero, quiero pedirte perdón por hacerte pasar por esto, sabiendo que te sientes incómoda.
-Mentira. Sé que estás disfrutándolo. -Kohaku replicó, aunque no tan segura como solía hacerlo.
-Segundo, es que quizás lo disfruto más de lo que debería. A eso me refiero con que me salió el tiro por la culata: quería reírme y terminé dándome cuenta de lo enamorado que estoy de ti.
-¿¡Qué!? -la leona exclamó, y la sintió removerse en la banca.
-Y mierda, creo que lo he estado por años, Kohaku.
Ahí estaba. Finalmente lo dijo. Ahora solo quedaba esperar por una respuesta, por cualquiera que fuera.
-Senkuu. -la leona habló, luego de unos segundos que al científico le parecieron eternos. -Mírame.
El peliverde obedeció, y armándose de valor, volvió a mirarla a los ojos. Por cómo sus bigotes ahora eran una irregular mancha oscura, asumió que había estado llorando silenciosamente.
Senkuu sabía que Kohaku solo lloraba de emoción.
-Esta noche me vestí para ti. -le dijo, simplemente. -No por perder una estúpida apuesta, sino porque quería que alguna vez me miraras de otra forma.
El científico sintió su cuerpo calentarse solamente por la idea de que ese traje tuviese el único objetivo de llamar su atención. Sin embargo, le costaba procesar el hecho de que una mujer como ella quisiera la atención de un tipo como él, que no había hecho tanto más que romperle los ovarios sin razón aparente.
-Eso es diez billones por ciento ridículo. -rio Senkuu, nervioso.
-Pero funcionó, ¿no?
-Definitivamente.
Kohaku sonrió ampliamente.
Kohaku besó a Senkuu con desesperación una vez que ambos cruzaron el umbral de su puerta. Tenía un indescriptible y adictivo olor que percibió tan pronto como lo tuvo cerca, e hizo que todo su estómago se revolviera en un sinfín de emociones.
No entendía cómo algo como eso podía tenerla tan desesperada por él. No entendía por qué esta aumentaba cuando Senkuu intentaba torpemente seguir el ritmo de sus besos, ni tampoco por qué luego de un rato dejó de querer llevarle la delantera en todo y lo dejó guiar, gimiendo cuando la lengua del científico buscó la suya y, cuando se encontraron, la apoyó de espaldas a la pared para continuar probándola, como si no pudiese cansarse de ella.
Kohaku jamás se lo admitiría, pero se equivocó a propósito en el torneo de matemáticas para perder su apuesta y llegar vestida así a la fiesta de Halloween, esperando acaparar la mirada de su eterno rival.
No sabía desde cuándo había comenzado a desarrollar sentimientos por quien alguna vez catalogó como "el hombre más despreciable del planeta Tierra", pero no fue tan difícil después de que Senkuu salvó a Ruri. Desde ese entonces su sonrisa no le parecía macabra, sus ojos rojos no le recordaban al mismo diablo, y su voz, en lugar de irritarla, podía estremecerla de pies a cabeza.
Su olor, ahora al alcance de su nariz, lograba un efecto narcótico en ella.
La joven quiso proponer que fueran a su habitación en lugar de desordenar el espacio común con sus compañeras de piso una vez que Senkuu se despegó de su boca, pero todo murió antes de si quiera salir de esta cuando el científico se dirigió a su cuello y la mordió con inusitada fuerza antes de calmar el dolor con la misma lengua, soplando sobre el espacio afectado y provocándole un escalofrío que la recorrió por completo.
-¿Estás marcándome? -Kohaku rio guturalmente, respirando con agitación.
-¿Algún problema? -Senkuu respondió sobre su cuello, con su voz profunda.
-N-no. -la rubia balbuceó, y tembló de anticipación cuando sintió la mano del científico, anteriormente en su cintura, recorrerla y agarrarle el trasero, atrayéndola hacia él para dejarle sentir con detalle su erección por sobre la tela del pantalón.
Era difícil imaginar en qué terminaría la noche de ese día. Kohaku jamás había tenido dificultad en cautivar a las personas que quería, pero con Senkuu era diametralmente distinto: sentía que era más probable que nada pasara.
Sin embargo, todo comenzó a fluir rápidamente una vez que lo siguió fuera de la fiesta y él, sin muchos preámbulos, le confesó sus sentimientos. De ahí en adelante solamente caminaron sin un rumbo aparente por el campus desierto mientras hablaban de proyectos científicos, deportes, y desafíos matemáticos.
Kohaku no esperaba que Senkuu decidiera esa misma noche mirarle los labios intensamente cuando la acompañó a la puerta de la habitación que compartía con Minami y Yuzuriha, pero allí estaba: de pie frente a ella, sin dar un paso adelante, pero tentándola a más no poder. Como si supiera el efecto que tenía en ella.
Lo primero que Kohaku hizo fue quitarle el ridículo bigote y las gafas, para luego lanzarse a él para darle un beso casto en los labios, que esperaba que él interpretara como una invitación a entrar a su habitación cuando abrió la puerta, contoneando sus caderas exageradamente mientras se deshacía de sus tacones y entraba en ella.
Ahora, con Senkuu besándole el cuello y tocándola no tan delicadamente, Kohaku sentía que todos sus esfuerzos habían dado frutos. De alguna manera había logrado acumular tanto deseo en él, que no parecía querer soltarse de ella nunca más.
-¿Puedo…? -Senkuu murmuró gravemente sobre el oído de la rubia cuando sus dedos encontraron el cierre de su disfraz, en la espalda baja de Kohaku.
-¿Quitármelo?... s-sí… -la voz de la chica sonó desvanecida, de pura ansiedad.
No habían ni pasado de la puerta cuando Kohaku estuvo desnuda frente a Senkuu, respirando agitadamente por la manera en que la exploraba con la mirada cuando su traje cayó al suelo. Solo entonces recordó que solamente se había colocado sus bragas esa noche, y sus pechos se encontraban completamente a disposición del científico.
Senkuu miró a Kohaku algo anonadado con la abrupta realización de que estaba desnuda y apoyada contra la pared mientras él simplemente se servía de ella sin muchos reparos, sin siquiera moverse de donde comenzaron. También se mezcló en ese proceso mental la erótica imagen que era la leona, sobre todo cuando se detenía a admirar el pequeño pero notorio tatuaje de gato en su cadera izquierda, asomándose por la ropa interior.
-¿Todo bien, Senkuu? -la leona lo sacó de su trance, mirándolo con evidente preocupación.
-Me preocupa que me hayan drogado y esté alucinando.
Kohaku rio suavemente, llevando una mano hacia la mejilla del peliverde.
-Esto es diez billones por ciento real. -confirmó la leona.
Senkuu no esperó otro segundo para volver a besarla, introduciendo su lengua dentro de la boca de Kohaku impetuosamente, mientras la sentía quitarle la bata, deshacerle la corbata, juguetear con los botones de su camisa, y finalmente, recorrer con su mano el evidente bulto entre sus piernas con suavidad, como si quisiera torturarlo.
-Leona… -el científico se quejó sobre la boca de la rubia, provocando que esta riera con burla.
-A mi habitación… -Kohaku murmuró simplemente, empujándolo de espaldas a lo que él suponía que era su cuarto, sin dejar de juguetear con el bulto de su pantalón.
Y probablemente habrían llegado allí si no fuera porque Senkuu decidió vengarse de la leona, jalándola del antebrazo hasta que ambos cayeron sobre el pequeño sofá a medio camino: él sobre este y ella encima de su regazo.
-Bastar… ¡ah! -la leona gimió cuando el peliverde succionó de su pezón derecho sin intentar ser delicado, incapaz de controlarse mucho más y queriendo hacerle sentir la misma desesperación que él.
Las caderas de Senkuu se levantaron involuntariamente cuando Kohaku se acomodó con ambas piernas a cada lado de su cuerpo y se sentó parcialmente sobre su erección, y luego echó la cabeza para atrás, dándole más acceso a su cuerpo.
Era difícil hacer todo lo que habría deseado hacerle en ese momento, viendo a la rubia respirar agitadamente mientras lo miraba con lujuria y parecía no poder controlar los movimientos de su pelvis, que había comenzado a deslizarse a lo largo de su miembro cubierto por el pantalón.
-Yuzuriha… y Minami… llegarán en cualquier momento. -la leona articuló con dificultad, sin dejar de moverse.
Senkuu entendía que eso era un indicador para que se dirigieran a su habitación, y tener más privacidad. Pero sabía también que podía aprovechar la intensidad del momento para mandar a la mierda toda norma social y comenzar a delinear con sus dedos el tatuaje de la leona, corriendo de paso sus bragas lentamente hasta que, al encontrarse con su humedad, algo en Kohaku pareció hacer click, y comenzó a desabrocharle el cinturón y el pantalón con agilidad hasta que lo desnudó hasta las rodillas.
El científico observó atentamente a la deportista cuando se quitó la última prenda de ropa, de pie frente a él, sin poder decir nada en absoluto. Le parecía un momento sumamente surreal: hacía solo unas horas, apenas tenía una vaga noción de que podía estar perdidamente enamorado de Kohaku, y la completa certeza de que no sería correspondido por ella.
Pero quién sabía desde cuándo la leona había planeado esto. Quién sabía desde cuándo estuvo esperándolo, y él postergando sus sentimientos por ella.
Senkuu estaba completamente listo cuando Kohaku volvió a sentarse en su regazo, pero su curiosa mirada lo distrajo de todo el contexto en el que estaban para fijarse en el brillo de sus ojos celestes.
-Te amo, Senkuu. -la leona murmuró, de manera que solo él podía escucharla, antes de rodearlo con una mano y guiarlo directo a su entrada.
El científico aguantó la respiración cuando Kohaku comenzó a hundirlo dentro de ella, experimentando su estrechez y su calor sin barreras. Sus dedos se incrustaron involuntariamente en la piel de las caderas de la leona para intentar sobrellevar la presión y aplazar su inminente orgasmo.
-Kohaku… -el peliverde interrumpió. -Prometo que… la próxima vez iremos a tu habitación.
La leona rio fuertemente.
-Pensé que dirías algo lindo.
-¿Qué? ¿Que te amo? -Senkuu la miró divertido. -Pues bien, te amo, Kohaku.
-Oh, bien por ti. -la rubia sonrió ampliamente antes de darle un corto beso en los labios.
Y Senkuu decidió cortar esa sonrisa con un rápido movimiento de sus caderas fuera de ella, para volver a entrar con más velocidad, haciéndola gemir sobre su boca e incrustarle los dedos en los hombros.
Estar así con ella parecía algo instintivo, y no era muy distinto a su competitiva dinámica habitual: cuando Senkuu hacía algo, Kohaku lo devolvía con más fuerza, y así avanzaban hasta que el científico sentía las paredes de la leona estrujarlo más de lo habitual. Entonces, ella se detenía; lo miraba suavemente, y lo besaba con tanta dedicación que lograba distraerlo por unos momentos, hasta que comenzaba a moverse nuevamente sobre él.
Era la tercera vez que lo habían hecho así cuando Kohaku comenzó a respirar de manera errática, mientras su interior se humedecía aún más: mojando el espacio entre las piernas de ambos y provocando un erótico sonido cada vez que chocaban. Senkuu no entendía cómo no se había corrido aún, estando al borde de hacerlo tantas veces, y con ella tan estrecha, húmeda y caliente alrededor de él, pero una vez que escuchó un ahogado grito de la leona, supo que ya no podría darle más, y llevó sus dedos inmediatamente entre ellos para hacer presión sobre su clítoris.
Kohaku se vino con él dentro de ella con un temblor que le recorrió todo el cuerpo, y los ojos al borde de un llanto histérico. Senkuu sabía que sería quizás muy rápido asumir que le había dado un orgasmo fenomenal, pero disfrutó de verla desmoronarse así, como si estuviese dándose por vencida.
De todas maneras, siempre había sido su rival.
Y probablemente, por la misma razón, debía esperar que se retirara de su lado cuando él estuvo a punto de correrse. Después de todo, no estaba usando ninguna protección.
Pero luego lo llevó al límite nuevamente con su mano, mientras le susurraba al oído que, para la próxima, y si estaba de acuerdo, podría correrse en su boca.
Lo primero que hizo Senkuu luego de su éxtasis fue recoger las cosas de ambos, para después jalar a Kohaku del antebrazo hasta su habitación, empujarla hacia la cama, y follarla hasta que su cuerpo ya no se pudo mantener despierto.
