Inuyasha le pertenece a Rumiko Takahashi.


Gama del color verde: esperanza en la confianza, #70B18F. Pueden hallarlo googleando.

Advertencia: mención de violencia física, psicológica y violación sexual.


Prevalecer

Al pasar por el Bosque de Inuyasha, saludó internamente al medio demonio que yacía suspendido en el Árbol Sagrado de forma inefable por una sencilla flecha que parecía desprender cierta aura pacífica y a su vez un halo de advertencia.

Siguió su camino, cansada, sí, pero alegre por la anticipación de lo que la esperaba.

El ambiente, lleno de humo y olor a especias rodeaba el área de la aldea donde se hallaban las cabañas, conectando de una forma etérea las épocas en la vida de la anciana Kaede, quien, desde lo alto de una colina y montada sobre su caballo, admiraba la escena con una media sonrisa.

Apenas y acababa de volver de una aldea lejana donde había prestado sus servicios. Habían pasado varios días desde su partida, quince exactamente. Qué bien se sentía estar de vuelta a su hogar.

Los niños que jugaban por las orillas del lago, cerca de los arrozales, fueron los primeros en notar su presencia, pronto con una serie de chillidos de alegría que dio aviso de su llegada hacia el resto de los habitantes, fueron a recibirla.

Su mente, un cúmulo de reminiscencias que oscilaban entre la vívida sensación de sus experiencias y esa particular creación de enlaces que aporta la imaginación y confiere vida a los recuerdos almacenados en su memoria, explotó como una supernova; brillando fuertemente, alcanzando recovecos muy lejanos.

Y Kaede, ya en una edad que exige mucho esfuerzo para moverse y tenacidad para no abandonar lo que más se ama y sabe hacer, viajó a través de ésta.

A las seis de la mañana era la hora en que partía hacia la dirección del sur, así que tomó un bolso mediano y luego depositó en él pequeñas bolsitas de diferentes ingredientes y para varios usos, identificándolos por el color del cordel con que las ataba.

Se trataban de algunos remedios caseros; eran hierbas trituradas y todo tipo de mezclas, otros eran polvos para combatir monstruos y distintas criaturas demoníacas. Cuando tuvo todo listo se colgó el bolso en el hombro y salió de su cabaña no sin antes cerrar la cortina de estera que hacía de puerta. Dirigiéndose al caballo que yacía detrás de la casa ya con su arco y su carcaj listo para montar, se quitó el bolso del hombro y lo puso a un lado de la silla, cerca de donde estaba puesta el agua y la comida para el camino.

Kaede, quien poco a poco fue desarrollando cada vez más sus poderes de sacerdotisa, aun cuando tuvo que continuar sola su entrenamiento por cierto tiempo, fue capaz conseguir su elemento y trabajarlo por su propia elección en pro de la comunidad.

Si bien su proceso de aprendizaje era muy rápido, no tenía el poder tan grande que su fallecida hermana había albergado, pero eso no fue ningún impedimento para lograr su cometido y realizarse como una sacerdotisa. La admiración hacia su hermana fue uno de sus primeros impulsos para llevar esa vida, luego de su muerte tan trágica, la madurez tan precoz que presentaba no hizo más que aumentar en ella, por lo que aplicó todo su sufrimiento en la búsqueda de un mundo mejor.

Al principio no todo fue tan fácil, pero la guerra contra los monstruos e incluso entre los mismos humanos era algo que había que enfrentar.

Tenía cierta atracción hacia las plantas y la destreza para explotar sus usos medicinales a medida que las estudiaba. Mientras iba creciendo fue indagando por cada lugar al que tenía la oportunidad de conocer; como no había otra sacerdotisa en su aldea, decidió seguir aprendiendo por su cuenta mientras encontrase una nueva mentora. Sin embargo, no le quedó más remedio que acudir a un templo para hallar algún sacerdote que le terminara de enseñar la labor.

Esto hubiese sido acertado sino fuera porque en el templo donde se aunó las cosas eran más truculentas de lo que se atrevían a contar tanto los discípulos como los maestros: vetando a quien se atreviera a hablar demás. Pero, ¿qué eran esas cosas que tan terriblemente no podían llegar a la luz pública? Maltrato físico, mental y sexual; hablar de las violaciones eran temas que estaban en todo sentido tubuizados. Fueron esas razones por las que Kaede abandonó el lugar, aunque ella nunca fue asaltada de ese modo; no todos los sacerdotes eran malas personas, no obstante, al callarse o permitir aquel comportamiento abusivo se le hacía repugnante: hacía que el ciclo siguiese su curso.

La verdad es que mucho no pudo hacer, más que tomar sus cosas y largarse después de haber visto y escuchado tanto. No pudo convencer a nadie más de que las cosas estaban mal, mucho menos cambiar la situación de las víctimas, quienes batallaban contra ellos mismos para decidirse entre seguir así o denunciarlo. Pero sí pudo hacer algo con la suya. No se fue ilesa, que no hubiera sido vapuleada tan directa y pérfidamente no significaba que salió librada de ello; los daños internos aún la acompañaban, eran como cicatrices invisibles que junto a varias pesadillas le originaban no solo miedo, sino una indescriptible ansiedad. Al principio no podía dormir bien, despertaba a todas horas con la sensación de pánico oprimiéndole el pecho, cuestión que avanzó a tal punto en que la invadieron terrores nocturnos donde sus compañeras eran atacadas e incluso hasta ella misma.

No dejaba de pensar en el asunto, y aunque el resto de los aldeanos cercanos a ella notaban que no todo estaba igual que cuando se marchó, nadie pudo entrever cuáles eran los males que la acechaban. Kaede tenía amistades, pero confiarle estos sucesos tan oscuros a alguien más, era una cuestión diferente. Algunas personas tendían a tomárselo como un invento, otros preferían vivir ignorándolo. Pues no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Pero Kaede era de raíces y tallo fuerte, una chica que libraba batallas a su modo. Además, tuvo una ayuda muy peculiar, fue así como consiguió salir adelante y enfrentar el mundo: sin olvidar lo malo y aprendiendo en el proceso de su lucha contra ello. Mas, cómo le costó caminar por ese sendero.

Poco después de dejar el templo se topó con Tsubaki, la excompañera de Kikyō, la sacerdotisa mala.

Su hermana mayor le había contado la situación con ella y posteriormente Kaede la había visto un par de veces, no obstante, era la primera vez en mucho tiempo que volvían a verse.

Kaede reposaba en el tronco de un árbol y, de un camino pequeño que se perdía en la espesura del bosque que la rodeaba, apareció Tsubaki.

Kaede abrió los ojos de par en par al reconocerla: estaba idéntica, no había cambiado nada en todos esos años y contradictoriamente se veía diferente, solo que en ese momento Kaede no podía descifrar qué era. Su cabello azabache lucía precioso, sus ojos azules, insistentes y perspicaces la taladraban con antipatía, pero también con ese algo que ella no supo comprender. Era, en definitiva, tan bella como peligrosa.

Había una serpiente observando, no muy lejos de Tsubaki. Kaede se aferró a su arco y ajustó su posición antes desenfadada, en una completamente alerta: la mano derecha dispuesta a tomar una flecha.

—Eres esa mocosa; la hermana de la maldita de Kikyō —señaló sin ceremonias.

—Mi hermana está muerta —anunció Kaede.

—Y todavía maldita.

Y cómo no iba a saberlo si ella misma la maldijo.

—¿Qué quieres? —Inquirió de una vez. Kaede estaba hambrienta, cansada y mentalmente hecha una mierda.

—De ti, nada. No mato basura que se arrastra como un gusano, pero no tolero un gusano en mi territorio.

Había tensión en el ambiente. Con buena velocidad, Kaede tomó una flecha y la disparó hacia Tsubaki, la última ni se inmutó.

Con un manotazo cargado de energía, Tsubaki la desvió.

—Ni siquiera has completado tu entrenamiento, qué pérdida de tiempo... —estaba diciendo, cuando otra flecha le rozó una mejilla. Le hizo un arañazo. Cuando iba a despotricar y lanzarle un ataque a Kaede, notó que la chica se había desmayado.

Más tarde, Kaede despertó sobresaltada en una especie de cueva-cabaña, enseguida buscó con la mirada su arco y flechas al tiempo en que recordaba lo sucedido con Tsubaki. Había una fogata en una esquina, una caldera encima de ésta hacía ruidos de ebullición. Había una especie de estantería que abarcaba toda una pared: pergaminos, vasijas y plantas la llenaban. Sus cosas estaban entre los estantes y la pared.

Si todavía estaba viva, por algo era, pensó inquieta. Se sentó, estaba sobre una especie de mesa.

—¿Por qué dejaste el entrenamiento a poco de terminarlo? —Tsubaki estaba en la esquina contraria a la caldera.

Llevaba la misma indumentaria; su ropa oscura más su rosario color verde, pero esta vez Kaede vio perfectamente un tipo de talismán que rodeaba una de sus muñecas.

—¿Qué vas a hacer conmigo?

—Contesta la pregunta, no me evadas.

—¿Por qué debería?

—Maldita mocosa.

Por un momento, Kaede pudo ver cómo una cicatriz se hizo visible alrededor de uno de sus ojos: el color de ésta se notaba diferente según cómo se mirase, pero las escamas de serpiente eran notables. Utilizaba pócimas y hechizos para mantenerse con ese aspecto juvenil y perfecto, comprendió.

—Contestaré tu pregunta si tú contestas la mía —la desafió, de todas formas, si decidía matarla, Tsubaki tenía las de ganar, pero hasta ahora la mantenía con vida y alguna razón debía albergar.

—A mí no me vengas con esas; te lo pregunto para constatar algo que ya sé.

El corazón le latió un poco más rápido a Kaede.

» Fue porque viste la verdad que se encierra en los templos y su dogma, ¿verdad?

Kaede tuvo una reacción que la delató; los signos de su mirada y la postura de su cuerpo filtraban a lo que Tsubaki se refería.

Kaede finalmente suspiró y asintió, dándose cuenta de que era lógico; Tsubaki y su hermana debían saber de primera mano lo que sucedía en los confines de un templo y su religión.

—¿Cómo pudieron seguir ahí mi hermana y tú? —quiso saber.

Tsubaki se acercó a ella y pareció rememorar aquel entonces para darle una respuesta.

—Tu hermana estaba determinada a culminar lo que empezó porque el fuego se combate con fuego, no quiso darles la satisfacción a esos cerdos de abandonar algo en lo que era asombrosamente buena. Y nuestro maestro no era como ellos, de hecho, era un hombre muy recto. Demasiado, diría yo. Por mi parte, mis raíces están enlazadas al mundo sacerdotal y quise explotarlo para ser libre, pero lo que no sabía es que hay mucho que sacrificar en él. Tu hermana salió físicamente ilesa, yo no. Me pasó antes de llegar a conocerla a ella y a mi maestro, pero seguí encontrándome con ese tipo de sucesos y me juré que los haría pagar por ello. He matado a muchos de esos hombres e incluso mujeres, pero parecen nunca acabar.

Kaede se quedó callada un momento, procesando aquello.

—¿Es por eso que te volviste mala? —y la mirada que le dirigió a Tsubaki decía que quería la verdad.

Tsubaki sonrió, había un dejo de tristeza y amargura en ella.

—En lo relativo a lo que tú llamas malo, no puedo darte con exactitud una respuesta hacia ese concepto. Hago lo que hago para sobrevivir —Tsubaki le dio una mirada determinada—. No me estoy justificando, sé dónde estoy metida y estoy consciente de lo que he hecho y aún sigo haciendo. Solo fue un conducto.

—Dijiste que no matas basura que se arrastra como gusano y en cambio llevas contigo un ser que se arrastra del mismo modo —recalcó la joven—. ¿Por qué no me mataste?

—No tengo ningún problema contigo, pero eres repugnantemente parecida a tu hermana y eso me molesta, sin embargo...

—¿Qué?

—Olvídalo, termina de recuperarte para que te largues, no dirás ni una palabra a nadie de dónde está este lugar o iré hasta esa sucia aldea y mataré al primero que encuentre. —Tsubaki le sirvió comida en un pequeño tazón, se lo puso a un lado de donde aún estaba sentada y luego se dispuso ojear sus pergaminos.

En ese momento Kaede no se imaginó lo que no quiso decirle Tsubaki. Mucho menos por qué no la mató. Pero lo que más la dejó anonada fue lo siguiente:

—¿Quieres terminar tu entrenamiento?

¿Acaso se estaba ofreciendo a ayudarla? ¿Qué pasaba por la mente de esa mujer? No entendía su modo tan extraño y voluble de ser. Y ella era otra loca que le seguía la corriente.

—Sí.

—Puedo enseñarte lo que aún no dominas, mis artes y mi estilo son diferentes, pero la raíz es la misma.

Kaede asintió.

Y durante el tiempo que estuvo al lado de Tsubaki entendió varias cosas, entre ellas, que Tsubaki había amado a su hermana, pero la competitividad no solo en belleza sino también en poder, y más la comparación, retorcieron la naturaleza de su amor, además de que Kikyō no la correspondió. También que se encaprichó con su maestro, y el que éste se refiriese a Kikyō como su mejor pupila no mejoró la situación.

Kaede tenía quince años cuando terminó su entrenamiento con Tsubaki, no hubo palabras de agradecimiento ni alguna frase de hasta luego. Sin embargo, cuando iba bastante lejos de aquel lugar, metió su mano en uno de sus bolsillos y encontró un parche de cuero impregnado con un hechizo protector.

Ahora tenía diecinueve y no habían vuelto a cruzar caminos desde entonces.

Un acuerdo tácito que Kaede respetó.


Kaede regresó al presente y se montó en su caballo, dirigiéndose hacia el camino que llevaba a las afueras de la aldea. Después de un rato escuchó una voz a su espalda, ella paró el trote de su caballo.

—¡Oiga, excelentísima Kaede! —la llamó con el respeto que le correspondía como una sacerdotisa un muchacho de su edad, quien se aproximaba en una yegua. Llevaba un saco en lomo del animal.

—Oh, Masao. ¿Hacia dónde te diriges? —le preguntó cuando la hubo alcanzado y retomó el trote.

—Voy hasta las costas a cambiar arroz por pescado de buena calidad —respondió con una sonrisa—. ¿Usted hacia adónde va?

—Al sur; tengo que realizar un trabajo.

—¿Sacar demonios? —concluyó él—. Esas cosas atemorizan a cualquiera, admiro su talante para combatirlos —dejó caer él.

—En este mundo hay muchas cosas que atemorizan, pero debemos ser capaces de armarnos de valor y enfrentar nuestros miedos, o al menos vivir llevando a cabo algún propósito que nos llene, de lo contrario nos volveríamos seres miserables.

—Mi trabajo no es precisamente el mejor o el más placentero, pero tengo lo necesario para vivir con lo que sé hacer.

—Me alegra oírlo. Mientras se tenga manos para trabajar y piernas para andar, el camino es más llevadero.

—Por cierto, espero no molestarla, pero, ¿no le es incómodo el solo ver por un ojo? —el semblante del joven era más serio ahora.

Por inercia, Kaede se llevó una mano hacia el rostro; con las yemas de los dedos se tocó el parche que le cubría el ojo tuerto.

—Ya me he acostumbrado, pero cuando era niña fue otra cosa: no nada más porque me hacía falta ese lado de mi campo visual, sino porque me hizo sentirme incompleta. Un miembro de tu cuerpo es una cosa muy valiosa en varios aspectos; el cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo nos ven los demás desde un punto de vista personal tiende a ser diferente. Todo cuesta más, si no te esfuerzas el doble no conseguirás nada, aunque es inevitable no sentirse dudoso, perder una parte de ti no es cualquier cosa, da tristeza y crees que no vales nada, pero no es así. Eso se aprende a medida que se avanza.

—Lo entiendo; una vez casi perdí mi mano izquierda, soy zurdo y además de hacer mi trabajo y valerme de ella para hacer las cosas por mí mismo, no me habría sentido igual, pensé que como si al faltarme esa mano me hubiera convertido en algo raro... no sé si me comprende. —Y se rascó la cabeza, avergonzado por pensar que no se sabía explicar de un modo más exacto.

Ella asintió de forma positiva.

—Completamente.

—Tuve la fortuna de no perderla.

—Así es.

Y siguieron galopando.


Los colores del cielo eran una mezcla de tonos naranjas, rosas, violetas y amarillos, los valles estaban verdes y húmedos por el rocío que lo cubre en la mañana. El río fluía como era usual, mientras que su sonido se unía al cantar de los pájaros y a las exóticas flores que despedían un olor delicioso. A Kaede todo esto le quedaría impregnado en su memoria, con dilección y orgullo.

Kaede amó a varios hombres en tiempos y lugares diferentes y de un modo diferente, quebrantó más de una ley moral de la época junto los designios de la monotonía. Curó a muchos y a muchos vio morir frente a sí, cuántos partos le tocó atender, cuántos maltratos le tocó ver, sentir la impotencia de no poder hacer nada cuando aún se movía templada por la ira y arremetía contra éstos. Más de un monstruo casi llegó a matarla, pero ahí estaba.

Estaba en una edad donde muchas personas la respetaban, bien fuese por conocimiento propio o por boca de otros, se hacían testigos de una vida de servicio y sacrificios. Cuando era joven le tocó ser protagonista de muchas desavenencias, las que poco a poco aprendió a lidiar. Mucho fue criticada y alabada por igual, las épocas van cambiando con la gente porque es la gente la que cambia, no el mundo, el mundo se rige por la humanidad. Pero las cosas se toman al modo de cada quien. Se erra y a cierta por separado, la vida no es sencilla y eso es fundamental a tener en cuenta cuando se vive, porque son las experiencias y las situaciones lo que forman a las personas.

Kaede no tuvo hijos, pero mira que una vida se satisface por diferentes frutos: no se rebaja ni disminuye a menos que lo que se quiera para sí, no se dé, y aun así, están aquellos que luchan por el día a día. También los que se rinden, tal es la agitación en una contienda contra un orbe de mucha zozobra.

Ya tenía casi sesenta años y quería vivir otros más, quería seguir haciendo su labor y ver las sonrisas de los niños, poder sanar a los enfermos y enseñar de su ocupación a quienes quisieran aprender.

Esa tarde rememoró a muchas otras y a ello le siguieron amaneceres muy parecidos. Recuerdos dentro de otros recuerdos que se enlazaban uno a través de otro.

Ya iba rumbo a su cabaña.

—Háganos el honor comer con nosotros, señora Kaede —se le acercó una mujer joven, con dos niños: un varón y una hembra; uno colgaba en su espalda atado con restos de tela, la criatura tendría como ocho meses. La otra la tomaba por el dobladillo de su ropa, con un poco de timidez y cierta picardía en sus ojos de niña. Se miraban preciosos y terribles a la par.

—El honor es mío. Déjenme poner esto en mi casa y lavarme —señaló todo lo que traía en el caballo—, enseguida me reuniré con ustedes, muchas gracias por tener la amabilidad de invitarme.

La brisa recorrió las montañas, se metió hasta llegar a las colinas y finalmente llegó a la aldea. Había caído el atardecer, los árboles, el cielo y el agua se veían maravillosos con ese fulgor de vida que emanaban.


NOTA

Si la memoria no me falla, la serie Cosmos, transmitida por National Geographic, explica que el color verde y el marrón fueron los primeros en existir en el principio de la Vida, y después fueron naciendo los demás. Ambos colores se asocian con el nombre de Kaede (que significa árbol de arce), y aunque no me tocase manejar el marrón, naturalmente influyen unos con otros. Pero no fue intencional al momento de elegir tanto la gama como el personaje principal de esta historia.