Disclaimer eternal.
SIGO VIVA
10
Eimi Katou
Sasori y Sakura llegaron por la madrugada a la casa de los Katou una semana después de que Sasori le implantara un par de piernas nuevas a Sakura.
Desde el inicio del viaje de regreso, Sasori había mantenido a Sakura en su espalda. La conversión en las extremidades bajas era mucho más complicado que la de los brazos. Sakura no sólo tenía que aprender a sostenerse a base de chakra, sino a regularlo para no hacer explotar sus recientes miembros. Apenas había conseguido mantenerse de pie unos segundos durante su entrenamiento individual.
Sasori no se había quejado cuando Sakura le propuso regresar en su espalda a la aldea. Ya se había dado a la idea cuando por primera vez Sakura le pidió que la llevara a un cuarto de baño.
La conversión había ocurrido a partir de la ingle, por lo que las funciones del aparato digestivo en Sakura seguían su camino. La incomodidad de Sakura había desaparecido luego de que Sasori le explicó que para él se trataba de un cuerpo al que tenía que trabajar; tenía sentido que el morbo estuviera ausente. Pues incluso cuando Sasori mencionó que las piernas de Sakura eran más largas de lo que había previsto, en sus ojos o en su voz no hubo atisbo de deseo o lujuria.
Así, ninguno de los dos se sintió incómodo durante el viaje de regreso. Sasori no podía tocar con sus hilos a Sakura hasta que ella aprendiera a controlar su nuevo flujo de chakra; lo que los dejaba con un Sasori que mantenía a Sakura sobre su espalda, sosteniéndola como cualquier civil a una mujer herida. Sorprendentemente, Sakura no había sido un gran problema ni siquiera cuando su estómago reclamaba por alimento.
Durante seis días, Sasori vio a la muchacha prepararse el alimento. Sentada en el césped, ya fuera con una fogata frente a ella o con un arrollo a su lado, Sakura tomaba una lata del pergamino creado antes de enfrentarse a Kabuto, y seguía las instrucciones que cualquier ninja conocía sobre la comida en misiones.
Descubrieron, a lo largo de esos días, que podían funcionar como un buen equipo si no se gritaban todo el tiempo. Una noche, incluso, Sakura se atrevió a preguntarle sobre su vida en Akatsuki y Sasori resolvió todas sus dudas.
—Van a atacar a Konoha con lo más fuerte que tienen, ¿no es cierto? —preguntó Sakura a pesar de saber la respuesta. Sasori asintió.
—Enviarás otra carta a Konoha sobre eso —adivinó Sasori. Antes ya la había descubierto escribiendo y antes ya había interceptado esas cartas para asegurarse de que no lo estaba delatando. Carta anónima con mensajes de nivel medio que presumían de ataques de Akatsuki; era lo único que había en la segunda. En la primera, una ubicación exacta a una de las guaridas de Orochimaru.
Nada de qué preocuparse, en realidad. Sakura ocultaba algo, pero mientras no afectara a Sasori directamente, no la obligaría a hablar.
Sasori saltó al jardín semidestruido de los Katou. Sakura apenas se aferró más de su cuello. Las luces encendidas en la cocina les indicaron que algo estaba sucediendo dentro de la casa. Sasori avanzó con precaución.
—En caso necesario, te arrojaré contra el enemigo. Lo golpearás con los puños mientras yo lo ataco directamente. No te dejaré caer. —Le dijo. Sakura asintió.
No obstante, al llegar a la puerta, ambos se miraron confundidos. Dentro podían escuchar ruido, mas era un ruido que nada tenía que ver con un ninja: trastes chocando contra cucharas y una silla de madera recorriendo la cocina. No había peligro: el intruso ni siquiera se había percatado de su presencia.
Sasori abrió la puerta que daba a la cocina para encontrarse de frente con la persona que aguardaba en el interior. Casi soltó a Sakura por la sorpresa: una niña de unos cinco años a lo mucho estaba de espaldas a ellos, montada en un banco de madera frente a la estufa encendida. Su cabello rojo y ligeramente ondulado se sostenía por dos coletas bajas, y su cuerpo estaba cubierto por un vestido aparentemente verde y un suéter rosado. Tarareaba una canción de cuna.
—Ella… ¿Es una niña? —preguntó Sasori sin poder creérselo. ¿Cómo era que una niña podía entrar a una casa con muros de más de dos metros y con ventanas de un grueso excesivo?
—Y está cocinando —agregó Sakura, asustada—. Eso es demasiado peligroso. ¡Eh, pequeña, aléjate de ahí! — gritó a un lado del oído de Sasori, quien apenas hizo mueca de molestia.
La infanta al fin se percato de que era observada. Sin precaución alguna, giró los pies y encaró a la pareja de ninjas que la miraba asombrada.
Sus ojos verdes, de un tono mas oscuro que los de Sakura, se iluminaron de inmediato. Juntó sus manitas y aplaudió.
—¡Mami y papi están en casa! —exclamó saltando hacia al frente.
—¿Quiénes? —preguntó Sakura, asustada.
—Esa niña… —dijo Sasori mientras la aludida se detenía a medio metro de ellos— Es hija de los Katou.
Sakura se tensó de inmediato. Parecía imposible siquiera de pensar, aunque tenía sentido: sus genes Uzumaki se reflejaban en ese cabello tan rojo como la sangre y sus ojos verdes eran la copia de los ojos que Sasori extinguió semanas atrás.
No obstante, si se trataba de su hija, ¿cómo había podido sobrevivir?, ¿dónde había estado todo ese tiempo?
¿Se había escondido de ellos cuando sin buscar más sobrevivientes, tomaron la mansión como suya?
—Es imposible —farfulló Sakura.
—Mami, hice arroz para ti y para papá. ¡Vengan! —dijo la niña, animada.
—Sakura, entiendes lo que debo hacer, ¿verdad? —inquirió Sasori sacando con hilos de chakra un pequeño pergamino.
La mente de Sakura trabajó rápidamente, al igual que sus músculos adormecidos: en menos de un segundo, Sakura ya estaba de pie frente a la pequeña pelirroja. Sus brazos se extendían a la altura de sus hombros y mostraban el escudo de chakra que Chiyo usó para protegerla meses atrás.
Encarándola, una marioneta mediana alzaba una espada de mediano alcance, suficiente para matar a la niña que Sakura resguardaba.
—Ella no tiene la culpa de nada, Sasori —espetó Sakura. Su cuerpo parecía haber olvidado que estaba en rehabilitación.
Sasori no respondió de inmediato. Estaba más concentrado en lo rápido y eficaz que Sakura trabajaba bajo presión.
—Ella puede delatarnos aun sin quererlo —respondió—. No es su culpa, pero tampoco es nuestra responsabilidad, Sakura.
—¡Sí que lo es! ¡Nosotros asesinamos a…!
El respeto y el dolor que sentía por la ahora huérfana niña la obligaron a detener sus palabras. Empero, la pequeña no se había inmutado siquiera un poco. Al contrario, sonrió y salió de la protección de Sakura para mirar de cerca a la marioneta de Sasori.
—¿Es tuyo, papi? —preguntó. Sasori y Sakura enfocaron su atención en la infanta. Por ignorancia o inocencia, no se sentía aterrada por el cuerpo que antaño era de un humano— ¡Es hermoso!
A pesar de que Sasori había buscado durante años a alguien que reconociera su arte como algo bello, no había esperado que una niña cumpliera su deseo.
—¿Cómo dices? —inquirió Sasori, sin saber si atacarla o no. Después de todo, se había colocado justo en el camino de la marioneta asesina.
—Dije que es hermoso. Mira, se siente bonito —dijo ella tocando el cabello del títere, demasiado cerca de la espada que sobresalía de sus brazos.
Sakura, por impulso, abrazó a la niña y la alejó del peligro.
—Ni siquiera sabe lo que es peligroso. Y el hecho de que nos llame de esa forma indica que ha perdido la memoria. Tal vez no nos delate; no creo que lo haga. Sasori, por favor…
Soltó un quejido antes de tumbarse cual marioneta rota en el suelo, aún abrazada a la hija de los Katou, quien de inmediato abrió los ojos asustada.
—¡Mami! —gritó y luego abrazó a Sakura para susurrarle al oído algo que no esperaba oír bajo ninguna circunstancia:— Fue papi de nuevo, ¿no? Él te castigó de nuevo, ¿no? Vamos a la recámara a escondernos, sé dónde no va a hallarnos.
Y como un buen ninja, Sasori también escuchó aquellas palabras. Su mirada se encontró con la de Sakura. Ésta, como Sasori esperaba, abrazó a la asustada niña.
—Tranquila, todo estará bien. —Le dijo sin mirar a Sasori.
Él suspiró. Luego bajó la marioneta al suelo y les dio la espalda a ambas mujeres, justo para escuchar más testimonios de maltrato:
—Eso dices siempre; pero siempre sangras más, mami.
—No somos tus padres, ya basta. —Le dijo Sasori con frialdad.
—¿Eh? —preguntó ella, mirándolo asustada.
—No soy tu padre ni ella tu madre, ¿de acuerdo? Ellos están…
—¡Sasori, no! —Le gritó Sakura.
—¡Papá, no digas eso porque hace llorar a mami! —exclamó la niña poniéndose frente a Sakura, como si fuera capaz de protegerla. Sus piernas temblaban y su voz no era lo suficientemente firme.
Ni siquiera Sasori fue capaz de imaginar lo que esa criatura había pasado para arriesgarse a tomar esa posición. ¿Quiénes habían sido las personas que habían asesinado?
Sakura, guiando sus pensamientos a los problemas mentales que había estudiado antes, se dio cuenta de lo que pasaba con la niña. Ella había olvidado rostros y voces, pero no olvidaba situaciones. Ella reconocía el peligro en la figura paterna, y debilidad en la materna. La niña necesitaba a sus padres, pero les temía.
Era menester que su mente sanara antes de que ese problema le generara disfunciones sociales. Sin desearlo, se perdonó e incluso se agradeció el haber matado al padre de esa niña.
De alguna forma, Sasori compartió sus pensamientos. Y con una mirada donde no cabía el sadismo, miró a Sakura:
—No pienses que de alguna forma es tu culpa. No la mataré, pero no la quiero aquí.
—¿Sugieres entonces dejarla en la puerta de alguna casa? Sasori, no se trata de un alimento, es una niña.
—No es una mascota por si planeabas adoptarla —espetó casi burlón.
—Al menos déjame llevarla a una aldea donde no la maten. Si aquí se enteran de quién era ella, van a maltratarla de nuevo —suplicó Sakura.
—No es nuestro asunto, ¡sólo déjala, Sakura!
—¿De qué sirve no matarla ahora si alguien más lo hará cuando abandonemos la casa? ¡Tenemos que protegerla, Sasori! ¡Somos los únicos que podemos…!
—Suficiente. —La interrumpió con verdadera ferocidad en la mirada— No tengo idea de qué te quieres probar. Salvar a una huérfana no cambiará el mundo, Sakura. No eres su madre, acepta que nunca lo serás. No te portes como si lo fueras y déjala en paz.
Los ojos de Sakura se cristalizaron ante las fuertes palabras del marionetista. Ella era consciente de que no sería madre y de que la pequeña que la protegía no era su hija, lo entendía bien; pero también entendía que no era necesario que los huérfanos sufrieran todo el tiempo. Ella había conocido a varios y ella había tratado con el dolor de la mayoría; si podía evitar una infancia arruinada, lo haría.
Así le declarara la guerra a Sasori, evitaría que la niña sufriera más. Trataría su mente y su corazón como si de un paciente se tratara; no como a su hija.
—Tendrás que matarme, pero no la dejaré hasta asegurarme de que está a salvo —aseveró tomando a la niña de los hombros. Rodeó su pecho con ambos brazos y advirtió con su mirada que lo atacaría sin dudar.
Sasori observó la escena. Ya sabía que Sakura haría algo así: era del tipo altruista y como tal, debía cometer cualquier estupidez para salvar a un inocente.
Suspiró. En realidad no necesitaba más problemas con Sakura.
—Como quieras. —Se rindió.
—¡Ganamos, mami! —exclamó la pequeña.
Sakura sintió en el pecho una punzada de dolor. Con cuidado y bajo un sudor frío en la frente, volteó a la niña y la miró. Sus facciones eran idénticas a las de la mujer que Sasori había asesinado; era bonita. Tenía un lunar en la nariz y pecas en las mejillas. Merecía más vida, sus ojos verdes merecían más vida.
—Cariño, voy a pedirte un favor especial, ¿de acuerdo? —Le preguntó Sakura, acariciando sus coletas. La pequeña asintió— Dime tu nombre completo.
—¡Katou Eimi! —respondió la aludida alzando los brazos con efusividad. Sakura le sonrió con tristeza.
—Muy bien, Eimi-chan. ¿Te gusta que te diga «Eimi-chan»? —La chiquilla asintió— Perfecto. Mi nombre es Sakura y el nombre de él —Señaló a su compañero— es Sasori. ¿No te gustaría llamarnos «Sakura-chan» y «Sasori-san» en lugar de «mamá» y «papá»? Así será más divertido.
Eimi abrió la boca, sorprendida. Sasori las observaba a unos pasos, recargado en la pared y con los brazos cruzados sobre su pecho; Sakura lo estaba metiendo en ese maldito proyecto que él había querido evitar.
—¿Puedo llamarte "Sakura-chan", mami?
—Por favor, hazlo —rogó Sakura con un nudo en la garganta. Sasori sabía el porqué de eso.
Eimi asintió una y otra vez, feliz porque hubiera alguien a quien llamar con ese honorífico.
Y como si hubiera olvidado la disputa anterior, se dio la vuelta y le sonrió a Sasori.
—¡Voy a dibujarnos, Sasori-san! ¡Iré por mis pinturas a mi habitación!
—Espera. —La detuvo Sasori. Eimi acató de inmediato— ¿Dónde está tu habitación?
—Donde siempre, Sasori-san: en el ático. ¡Me voy!
Los pasitos de sus pies apenas se hicieron notar cuando abandonó la estancia.
Sasori había recorrido varias veces la casona y nunca había notado que existiera un ático. En verdad los Katou habían mantenido en muy mal estado a su hija; la situación era peor que si se tratara de una mascota. Tenía una teoría de la razón, mas no justificaba el evidente maltrato:
Si se trataba de una familia con poder, era evidente que hubiera quienes desearan su imperio. Cuando se tiene un hijo, también se obtiene una forma de ser extorsionado. Muchas personas habían perdido todo por salvar a la carne de su carne… Los Katou fueron demasiado discretos como para siquiera mostrar la piel de esa niña. Y dado su conocimiento en la cocina, Sasori sospechaba que esa niña no recibía educación particular; sino que la estaban criando para que ni siquiera ella supiera sobre el mundo en el que vivía. Pero sí lo suficiente como para que ella les hiciera la comida… Quizá el aseo.
Ni Sasori ni Sakura se molestaron en apagar la estufa cuando el arroz en la cazuela se quemó y llenó de un desagradable olor la habitación. Ambos conocían la infancia de Gaara, el desprecio que su aldea e incluso su padre sintieron por él; pero no habían conocido un caso semejante al de Eimi. Si hubieran llegado dos años más tarde, la habrían encontrado mucho peor que a Sasuke o a Gaara a su edad. Porque ella no sabía que eso no era amor, porque ella no había conocido siquiera un trato diferente a la esclavitud y violencia intrafamiliar.
Sakura dedujo que hubo caricias y abrazos entre su familia y ella, pero que hubo más gritos y golpes; pues cuando Sasori y Sakura discutieron frente a ella, no hizo amago de sorpresa o dolor. Se había acostumbrado demasiado a ese ambiente.
—Quiero dejar de pensar en esto, Sasori —dijo Sakura rompiendo el silencio.
—Lo sé —respondió él—. Te dije que este mundo podría ser peor que el ninja. —Le recordó mientras caminaba a la estufa para apagar la lumbre en ella— Aunque no deja de ser repugnante.
—Es que no entiendo para qué querían una hija si…
—Negocios. —Se limitó a decir, con una mueca de desagrado en el rostro— Kakuzu nos dijo una vez que hay familias que venden a sus hijas a hombres con dinero. La castidad y la belleza valen mucho en estos mundos. Ya viste a la niña, es extravagante: ojos verdes, pelirroja, pecas. Detesto decirlo, pero se habría vendido bien.
Sakura sacudió la cabeza, asqueada. No podía creer que hubiera personas que se desinteresaran tanto de una vida humana. A su lado, Sasori podría pasar como sacerdote.
Trató de excluir el odio cuando se imaginó a los Katou entregando a Eimi a un viejo ambicioso, mas su bufido la delató.
—Será mejor que trates de dormir. Te daré un tranquilizante, si lo deseas. —Le dijo Sasori mirándola directamente.
—Que no sea muy fuerte, Eimi bajará en unas horas —concedió ella sin darse cuenta de que Sasori ya estaba frente a ella y se hincaba para alzarla en sus brazos—. ¿Qué haces? —preguntó repentinamente apenada.
—Te llevo al colchón. Ahí descansarás mejor, y Eimi no me acusará de que te maltrato. Ya he tenido demasiado por hoy —explicó.
Sakura evitó mirarlo durante los pocos segundos que duró su traslado al medio colchón en la sala de estar. Había alzado la voz de nuevo y de nuevo había dudado de él. Ahora estaba segura de que él tampoco hubiera querido abandonar a Eimi; menos aún cuando él conocía lo que sucedía en esas situaciones. No debía ser tan dura con él… Sasori sólo estaba siendo quien era y aún así la procuraba, la cuidaba como en esos momentos. Sakura debía agradecerlo, mas no sabía cómo hacerlo sin lucir como una patética niña berrinchuda.
Sasori la recostó en el colchón y se sentó a su lado. De sus bolsillos sacó un pequeño pergamino. Lo abrió e invocó lo que guardaba. Tres jeringas se presentaron de inmediato. Sasori tomó una de ellas antes de descubrir el cuello de la ninja. Sakura se dejó mover y no se quejó cuando, con maestría, Sasori insertó la aguja en su piel.
Eimi pasó por su mente incluso después de que el tranquilizante corriera por sus venas. No obstante, apenas sintió que el peso de Sasori desaparecía del colchón: el mundo de los sueños la transportó a un lugar donde parecía que nada de lo vivido ese día era real.
Y Sakura conocía ese mundo mejor que nada; era el tipo de mundos que había soñado desde que el cambio en su cuerpo comenzó:
Esta vez las escenas no parecieron ser devastadoras, al menos no las últimas. Un pequeño vistazo a dos brazos ensangrentados, seguidos por una risa que apenas distinguió. Un hombre de negro de pie en la salida a Konoha y una caricia en la frente con una promesa de esperanza. Una bufanda roja tejiéndose por manos blancas… Y luego oscuridad. Como siempre, oscuridad.
Sasori, acostumbrado ya a verla dormir, distinguió en los movimientos de la médico, que tenía «esos sueños» otra vez.
Tal vez algún día le preguntaría de qué se trataba todo eso. Tal vez algún día, fuera ella quien deseara revelárselo.
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La silla de la hokage tronó cuando Tsunade se dejó caer, impresionada ante la noticia que Yamato le acababa de dar.
—También muerto… Todos muertos —susurró.
En las manos tenía una carta, una de esas cartas anónimas que habían acertado a cada palabra. Antes habían sido noticias de precaución y aviso; ahora la noticia era diferente. Era información sobre lo que terminaba por confirmar los rumores: Orochimaru había muerto. Sin embargo, no sólo había sido él.
La carta explicaba que Kabuto, el ayudante de Orochimaru, también había muerto. Dejaba las coordenadas exactas de la guarida y una nota extra sobre un ataque a la aldea por parte de Akatsuki. Tsunade había preferido enviar a Sai y a Yamato a investigar las coordenadas en la carta.
Habían acertado. Empero, la información no era exacta: lo que ambos ANBU habían encontrado en la guarida no había sido un cadáver, sino cientos. Una masacre se había celebrado en ese lugar, hombres y mujeres de diversas edades, escondidos en habitaciones o esparcidos en pequeños pasillos.
Lo peor era que aunque eran demasiados los muertos, según los reportes que Sai encontró en una habitación en específica, faltaba cerca del diez por ciento de los habitantes en esa guarida principal: alguien había desaparecido los cadáveres. Y de acuerdo a los exámenes visuales de Yamato, los asesinatos habían ocurrido de forma discreta; había un maestro ninja a cargo de ello.
—Quienquiera que nos esté ayudando también podría hacernos daño —dijo Tsunade, mordiéndose el labio—. No confiaremos más en esta fuente hasta que se descubra quién es.
—¿El departamento de inteligencia no ha dicho nada? —preguntó Yamato.
Tsunade se abstuvo de darle la verdad. Shikaku le había dicho que era probable que se tratara de la misma Sakura; mas la noticia de Yamato acababa de desestabilizar la teoría. Sakura no era capaz de hacer eso, no de una forma tan sutil al menos. Y ella… ella no era una asesina. O al menos eso era lo que Tsunade quería pensar.
Sin embargo, no era culpa de Sakura que esta vez no tuviera la información exacta. Ella no había sido testigo de cómo, luego de que se desmayara tras la batalla contra Kabuto, Sasori buscó entre los prisioneros al material necesario para sus marionetas. Ella había estado inconsciente cuando Sasori se enfrentó a cada persona en la guarida. Ella no había sabido nada de cuando Sasori mató a más de veinte ninjas en un segundo. Ella no tenía idea porque ella no era la única que guardaba secretos en ese dueto.
Sin embargo, ese secreto había pasado a segundo plano cuando una pequeña criatura llegó a sus vidas a desequilibrar todos sus planes y pensamientos. La intención de Sakura había sido cambiar la vida de Eimi; pero no imaginó que sería Eimi quien le trajera el cambio que desvió para siempre su corazón.
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«Ella era dulce, era alegre. Aunque Sasori y yo nos enojáramos, ella no tomaba partido por nadie. Eimi… ella me enseñó más de Sasori que Sasori mismo.»
«Ambas se parecían. Eimi era feliz si Sakura lo era y Sakura era feliz cuando Eimi sonreía. En ese momento no lo comprendí, pero yo también fui feliz cuando ambas sonreían…»
