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SIGO VIVA


11

El valor de ti

Jiraiya no era un hombre que le gustara mostrar su altruismo; se trataba de un hombre reservado y que hacía las cosas por su cuenta. Desde que Orochimaru se convirtió en un traidor, Jiraiya fue así.

Sin embargo, había una sola cosa que lo obligaba a quedarse en Konoha de vez en cuando para buscar siempre a la misma persona: su responsabilidad como padrino de Naruto.

Por ese motivo, Jiraiya frunció el entrecejo cuando Tsunade le contó todo lo que había sucedido desde la partida de Sakura. Jiraiya tenía una suposición, mas prefirió guardársela: no quería provocar un caos donde quizá no lo había.

—Así que por eso no encontré a Naruto en el campo de entrenamiento o en el puesto de ramen —comentó. Tsunade, sentada frente a él mirando por la ventana, asintió—. ¿Te ha llegado otra carta?

—Sí, habla de otros Akatsuki, pero no confiaré en esto hasta que se descubra quién es el escritor. La última estaba errada a grandes cantidades —explicó la hokage, con un dejo de dolor en los ojos. Jiraiya, no obstante, reveló el secreto que escondía esa mirada.

—Creo que ambos sabemos quién podría ser esa persona. Incluso, podríamos asegurarlo.

—Sakura no es ninguna asesina. —Se apresuró a decir Tsunade.

—Lo mismo dijiste de Orochimaru hace varios años. —Le recordó.

—¡Esta vez es diferente! ¡Sakura no es como Orochimaru! ¡Ella no pudo asesinar a todos los sobrevivientes de la guarida, no sin una razón! —La defendió ya de pie— ¡¿Cómo te atreves a pensarlo, siquiera?! ¡¿Qué harías si fuera tu alumno el acusado?!

—Afrontarlo. Si uno de mis alumnos fuera un asesino, entonces lo enfrentaría para evitar que lastime a las personas que aprecio —respondió como si conociera su destino, destino que pudo ser evitado.

Tsunade apretó los dientes y luego le dio la espalda. Detestaba sentirse débil y detestaba que fuera ante Jiraiya que se sintiera débil. Mas no había forma de defenderse porque sabía que él tenía razón; pero era demasiado difícil afrontar que Sakura pudiera convertirse en lo que siempre odió…

—Como sea, estoy aquí para despedirme —dijo Jiraiya. Tsunade reaccionó de inmediato y se giró para mirar a su amigo. Una corazonada le impidió hablar—. He encontrado información sobre el escondite principal de Akatsuki y quiero investigarlo por mi cuenta.

—¿Dónde es? —preguntó Tsunade recordando ciertos detalles de la última carta.

—En la Aldea de la Lluvia —respondió el sannin.

El corazón de Tsunade latió con fuerza; debía de ser una simple coincidencia, tenía que serlo. De no ser así, entonces él…

—Entonces me voy. Apuesta a que pierdo, por favor —bromeó Jiraiya con una sonrisa de confianza.

Tsunade se congeló aún después de que la puerta se cerrara. Había recordado una frase que Shikaku había traducido para ella:

«No lo dejes ir o no volverá.»

Sakura supo que el aceptar a Eimi implicaba el cuidar de la alimentación de una niña de su edad, así como también sabía que necesitaría atención. Sin embargo, estaba dispuesta a hacer lo necesario.

Transcurrida una semana, en la que también entrenó con sus nuevas piernas, procuró atender a Eimi en cada una de sus inquietudes. Sasori nunca se entrometía en sus actividades, ni siquiera cuando la niña le entregaba dibujos o le jalaba la ropa para que mirara sus propias creaciones.

—El papel no es para crear arte, no sirven de nada tus dibujos. —Le dijo una vez.

—No es que sirvan, Sasori-san, es que son bonitos y quiero dártelos —contestó la niña, igual de terca que Sakura.

—Ah, «son bonitos»; ésa es tu excusa —replicó Sasori tomando los dibujos que Eimi le ofrecía—. Interesante.

—¿Puedes no tomártelo tan a pecho? —Lo regañó Sakura mirando cómo Sasori analizaba con ojo crítico el regalo de la pequeña— Tiene cinco años, no sabe a qué obsesivo del arte le dice eso.

—De cualquier forma, es mi aprobación la que busca con este tipo de acciones. Debe tener presente que es mi opinión la que vale. —Se defendió Sasori colocando el dibujo en una de las esquinas de la mesa. Sabía que si Eimi no estuviera en esa habitación, Sakura ya le habría arrojado uno de sus shuriken de aire que tanto le gustaban.

La ninja, enojada por la suposición de Sasori, se levantó con cierta dificultad y, apoyada en la pared, avanzó hasta la mesa donde Sasori trabajaba en sus marionetas –sin importarle un poco que el cuerpo de un muerto estuviera presente en la misma habitación que una niña de cinco años.

—Ella busca tu aprobación porque le interesas, no porque crea que eres un genio del arte. Los niños pueden ver lo más puro de las personas, incluso de las que no tienen nada de puro. Deja que al menos crea que eres agradable.

—El permitir que ella se encariñe conmigo de alguna forma, sólo hará más difícil el que acepte quedarse en otra aldea —explicó Sasori sin darle mucha importancia—. Y no es como si me interesara lo que esa niña piense de mí.

—Yo creo que es agradable —dijo Eimi parada de puntitas para ver cómo trabajaba Sasori—. Ésos son tus juguetes, ¿verdad, Sasori-san? Son bonitos.

—No son «bonitos», son «sublimes». —La corrigió Sasori ante la mirada atónita de Sakura.

—¿Qué es «siblime»? —inquirió la niña mientras acercaba su manita derecha a uno de los bisturís de Sasori.

De inmediato, Sasori tomó su bisturí para alejarlo de ella, al mismo tiempo que Sakura tomaba a Eimi de los hombros y la apartaba del peligro.

—¡No toques eso! —exclamaron ambos ninjas. Eimi rió.

—Ustedes son graciosos. Me gustan.

—No te habría dado risa si te hubieras cortado la mano con esto. —La reprendió Sasori con el entrecejo fruncido. Eimi dejó de reír— No toques nada de lo que hay en esta mesa.

—¿Me dirás qué es «siblime» si no hago eso?

—Es «sublime», no «siblime» y no, no te enseñaré nada. Te cortaré la mano si te vuelves a acercar.

—¡Sasori! —exclamó Sakura, abrazando a Eimi.

Momentos como ése, donde Sasori parecía preocupado por el bienestar de Eimi y segundos más tarde se comportaba como si detestara su presencia, se repetían con mucha frecuencia. Quizá fue eso lo que más atraía a Eimi a buscar a Sasori.

Luego de una semana y media, Eimi vio que las personas que ahora estaban con ella no se parecían a las otras personas que se llamaban «papá» y «mamá». Estas nuevas personas discutían entre sí al mismo tiempo que «jugaban» en el jardín. Eimi, sin saberlo, veía cómo Sasori ayudaba a Sakura a entrenar. Sin saberlo, presenció una de las escenas que ambos ninjas recordarían más tarde como una de sus razones para continuar.

Sakura era consciente de que sus habilidades se despertaban con mayor rapidez si se sentía presionada o en peligro. La adrenalina que recorría su cuerpo en esos mismos momentos de vulnerabilidad era suficiente para que su memoria y la de sus nuevos músculos recordaran el cómo moverse.

Sin embargo, también sabía que entre más tiempo pasara con Sasori, menor era el temor de que la lastimara de verdad. Él no la necesitaba para seguir con sus matanzas irracionales, aunque sí sentía más que curiosidad por terminar su trabajo con ella; así que no atacaría con la fuerza para matarla. Por esa razón, Sakura no podía tomarse en serio los entrenamientos; su inconsciente se sentía segura frente a Sasori.

Por otro lado, Sasori ignoraba que los fracasos que Sakura tenía cuando intentaba correr eran causados por la capa de confianza que ya existía entre ambos luego de casi medio año de estar juntos. Ignoraba que no importaba cuántas herramientas le arrojara, ella ya no le tendría miedo; pues de ser así, habría reforzado sus armas hasta que ella mejorara.

Las cosas continuaron fallando sin cambio alguno durante tres días y medio. Sakura se dedicaba a atender a Eimi durante las mañanas y a escuchar los planes de Sasori para salir en cuanto ella pudiera caminar con ligereza; Sasori pasaba la mañana creando sus famosas marionetas, a veces en la soledad de un estudio y a veces en la mesa de siempre. Ambos se habían acostumbrado medianamente a la presencia de Eimi y de sus preguntas y ella, inocente como cualquier niño, agradecía el cambio en las personas que vivían con ella: nadie la obligaba a levantarse temprano y nadie la obligaba a hacer la comida. A excepción de la amenaza de Sasori a su mano, nunca sintió verdadero miedo a causa de ellos. Las cosas no sólo eran diferentes para Sasori y Sakura; sino que Eimi poseía una vida mucho más confortable.

Así, por las tardes, Sakura y Sasori salían a su ya usual «jardín de juegos» a entrenar. Eimi siempre los observaba detrás del cristal que daba al jardín. A veces reía y a veces gritaba; pero Sakura le mostró que realmente no se hacían daño, por lo que la niña dejó de preocuparse por los ninjas.

No pasó un día en el que no le dijera a Sasori que le gustaban sus marionetas.

—Levántate. —Le dijo Sasori a Sakura una tarde de entrenamiento. Sakura apenas había avanzado unos centímetros de su posición antes de volver a caer al jardín casi destrozado.

Ella lo miró desde abajo; Sasori ya estaba frente a ella y la miraba ceñudo.

—Otra vez fallé —musitó ella bajando el rostro.

—Así es —corroboró él—. Ahora, de pie —ordenó.

Sakura se apoyó en las palmas de sus manos, pero no consiguió nada más que volver al suelo. Era imposible mientras no encontrara un verdadero peligro.

Sasori no tardó demasiado en darse cuenta de ello. Y con un plan poco ortodoxo, giró la cabeza a sabiendas de que Eimi obedecería a cada una de sus órdenes.

—Eimi, ven aquí. —La llamó. Sakura alzó de inmediato el rostro.

—¿Qué demonios haces? —espetó. Sasori no respondió.

Con pánico, Sakura observó a Eimi salir sonriendo al encuentro de Sasori. Lo miraba con fe, como si él hubiera hecho algo por ella, como si él hubiera cambiado su vida. Sakura olvidaba que en efecto, eso había hecho su compañero.

—Quiero que te vayas a esa esquina. —Le indicó el marionetista señalando a su izquierda.

—¿Qué estás haciendo? Eso la pondrá en peligro. —Se quejó Sakura.

—Lo sé —respondió Sasori al tiempo que Eimi acataba la orden.

—No estarás pensando en usarla como señuelo, ¿verdad?

—Eso pienso, precisamente.

Sakura palideció.

—¡No! ¡Detente! —exigió ella tratando de levantarse, sin éxito.

Sasori ya no la miraba a ella; sino a la niña. Porque el inconsciente de Sakura también sabía que esa pequeña no significaba nada para Sasori, sabía que no tendría problema en deshacerse de ella, sabía que Eimi sí corría peligro.

De esta forma, cuando vio a Sasori alzar sus filos en dirección a Eimi, sus piernas reaccionaron bajo un impulso. Sasori apenas hizo un movimiento para que sus armas corrieran hacia Eimi; Sakura corrió por primera vez en la semana.

Eimi no sintió que el peligro llegaba a su dirección, pero sí vio un reto por parte del pelirrojo. Instintivamente, hizo un par de sellos ante el asombro de ambos ninjas y abrió la boca para dejar escapar un río de oro fundido. Un río en el que Sakura pronto estaría hundida; a la velocidad a la que iba, no le sería posible evitarlo.

Sasori lo vio, vio el peligro en el que Sakura se encontraba. Lo vio y temió.

—Sakura… —musitó jalando los filos hacia sí mismo.

Los ojos de Sakura, que seguían los filos e ignoraban sin temor al oro que podría quemarla, notaron el cambio de rumbo de los filos. Sasori movió las manos para tomar la espalda de Sakura con sus hilos de chakra, pero Sakura no accedió a ese movimiento: ahora ella también lo veía, ahora ella también temía.

El rumbo que los filos tomaban era el que los llevaría directamente al núcleo del marionetista.

Sakura ignoraba que Sasori ya tenía medida la distancia entre él y sus propias cuchillas; ignoraba que en cualquier caso, podría saltar o desviar el curso de su ataque; ignoraba que él no planeaba dejarse atacar de una forma tan patética. Para Sakura sólo había una cosa clara en esa situación: Sasori peligraba.

Arrastrada por el mismo sentimiento que él al querer alejarla del oro fundido a sus pies, Sakura se movió a una velocidad tal, que cuando Sasori se dio cuenta de su hazaña, apenas tuvo oportunidad de jalar sus cuchillas. Inevitablemente, la espalda de la ninja fue rasgada profundamente a pesar de los esfuerzos de Sasori por evitarlo.

Eimi fue testigo de cómo Sakura se trasladó hacia Sasori aún más rápido que cuando ella estaba en peligro; fue testigo de cómo arqueaba la espalda cuando fue herida para proteger al hombre que había jalado las armas; fue testigo de la imposible palidez en el rostro de Sasori al seguramente ver los gestos de dolor de su propia compañera. Pero más que eso, fue testigo de cómo Sasori se apresuró a llegar a Sakura antes de que ésta cayera al suelo, sosteniéndola de los hombros. Sobre todo fue testigo de la forma como la miró antes de tomarla entre sus brazos, mientras ella perdía la consciencia.

—Chica tonta, hiciste un esfuerzo en vano. —Le dijo al tiempo que se levantaba con la cabeza de Sakura recargada en su clavícula.

—No pienso resucitarte una vez más —contestó ella en hilo de voz. Eimi vio a Sasori sonreír levemente, quizá asombrado de que aun en su situación, Sakura fuera capaz de bromear.

—No voy a morir sólo con eso —aseveró antes de clavar su atención en la niña que veía atentamente la escena—. Entra a la casa. —Le indicó.

Para cuando Eimi reaccionó, Sakura ya se había dejado vencer por el agotamiento y el dolor. Lo último que Sakura sintió fue el lento latir del corazón artificial de Sasori, que se contrarrestaba con las rápidas palpitaciones del corazón envuelto en chakra que ahora tenía ella en el pecho. Contrarrestaban los sonidos, así como contrarrestaban los ninjas que los poseían. Lo hacían de una forma un tanto curiosa: dentro de ese contraste y dentro de esas diferencias, existía una melodía de por medio, existía una armonía agradable. Una armonía donde movimiento y quietud, donde muerte y vida, donde moral e inmoral, recreaban la más dulce de las melodías.

Ante la curiosa mirada de Eimi, Sasori colocó a Sakura boca abajo, en el colchón que yacía en la sala de estar. Tomó de su riñonera unas vendas y agua oxigenada. Pero antes de usar esos artefactos, hizo memoria de una semana en la que su abuela, Chiyo, insistió en que él aprendiera por lo menos lo básico de la medicina ninja. Sasori había accedido por beneficio propio, como siempre. En realidad no recordaba muy bien la teoría; la práctica había dejado de ser útil quince años atrás, cuando su cuerpo dejó de necesitar un tratamiento médico constante. Mas reconocía que si sólo cubría las heridas de Sakura sin antes asegurarse de que las cuchillas no hubieran dañado órganos internos, Sakura no sería eficiente e incluso podría morir por mala atención. Por supuesto, ella como ninja médico, se daría cuenta de las fallas en el proceso una vez recobrara la consciencia; empero el orgullo de Sasori y su propia preocupación, no querían retrasar más la curación de Sakura.

Si Sasori podía hacer algo más que sólo envolverla en vendas, entonces lo haría. Pues esa tarde había visto el movimiento más rápido de Sakura, había visto su esfuerzo mayor y había sentido su preocupación al verla a los ojos. Con todo eso en mente, Sasori se preguntó cuándo fue la última vez que en verdad se esforzó de esa forma, cuándo fue la última vez que anheló algo con tanta fuerza y cuándo fue la última vez que salió herido por proteger a algo o a alguien a quien apreciaba.

Molesto por no tener la respuesta a ninguna de esas preguntas, se arrodilló a un costado de Sakura y creó un sello de manos. Sintió el chakra unirse en un punto de sus manos, vio la sangre correr de las heridas de su compañera y la cubrió con ambas manos. Casi de inmediato, una luz verde iluminó sus palmas. Nervioso, cerró los ojos mientras trataba de encontrar con el ninjutsu médico las repercusiones de las cuchillas. Atravesaron costillas, perforaron un riñón; pero no tocaron pulmones.

—Debo regenerar el tejido perdido para evitar un derrame interno, además, debo crear los glóbulos rojos suficientes para la recuperación de sangre. —Se dijo en un intento de recuperar el aplomo— Tengo que ser preciso o podré romperle un hueso o lesionar un órgano. —Resopló— Esto será complicado.

—¡Vamos, Sasori-san, hazlo! ¡Quiero verlo! —Le animó Eimi tomando la tela de su playera.

Sasori apenas le dirigió una mirada a la niña. Bajo el apoyo de Eimi y su responsabilidad hacia Sakura, comenzó el difícil trabajo de la curación.

Al tratarse de un inexperto, el proceso tardó cerca de diez minutos. Los huesos y el riñón de Sakura fueron sanados correctamente, más la producción de glóbulos rojos aunque no fue mala, tampoco fue eficiente para cerrar por completo las heridas. Sería necesario limpiar y vendar como Sasori lo había previsto.

—Abre este paquete mientras yo limpio —indicó Sasori a Eimi entregándole una venda alargada.

La pequeña pelirroja, feliz por ser útil, obedeció. Al terminar su tarea, se encontró con la mirada de Sasori sobre ella. La miraba como si fuera un enigma ya descubierto. Eimi sonrió al entregarle la venda.

—Eres de la quinta generación. —Le dijo Sasori sentando con sus hilos de chakra a Sakura. Cuidó que su cuello no se moviera y alzó sus brazos.

Mirando la espalda de Sakura, desprendió con el mismo material, la blusa roja de Sakura y su sostén deportivo; ambos, desgarrados por la parte trasera. Y lentamente para no lastimarla o despertarla, envolvió la parte superior de su cuerpo con la venda. Sakura jamás sintió en su espalda y vientre los suaves roces de los dedos de Sasori al desenvolver la venda. Y Sasori, por su parte, mantuvo la mente concentrada en hacer lo posible por aliviar el dolor que su futura pieza de arte podría sentir.

Él no lo notó en ese momento, pero el sentimiento que lo llenó al verla arriesgarse inútilmente por él, no fue simplemente sorpresa; fue gratitud. A pesar de su vida como ninja de La Arena y luego como miembro de Akatsuki, jamás alguien le había demostrado la importancia que Sakura en ese día. Él ignoraba el sentimiento altruista que gobernaba en la Aldea de la Hoja y aunque lo supiera, no le importaba; Sakura había mostrado algo que él no había visto antes dirigido a él: era valorado por su compañera de equipo.

Inevitablemente, eso lo llevó a preguntarse si él también consideraba valiosa a Sakura como persona y no sólo como objeto artístico. Se preguntó si acaso le importaba salvar a la mujer detrás de la capa de cerámica y no sólo a la ninja en su fuerza de voluntad. Atorando el extremo de la venda en uno de los pliegues de la misma, se cuestionó qué lo había llevado a él a querer alejar a Sakura del ninjutsu de Eimi.

La respuesta no llegó a él ni siquiera tras pasar doce horas, en las que Sakura pasó descansando por los arduos entrenamientos, por los terribles fracasos y por sus propias heridas. Eimi, al antes haber sido medianamente independiente en cuestiones de cocina, permitió que el marionetista permaneciera a un lado de la médico ninja mientras ella se preparaba un cereal como cena. Derramó leche en la mesa y tiró unos cuantos gramos de cereal, pero cenó tranquila y sin un verdadero inconveniente.

—¿Puedo dormir aquí, Sasori-san?—preguntó al cuarto para las once, ya ataviada de su pijama morado con detalles de shuriken estampados.

Sasori había mirado a Sakura descansar desde que terminó de vendarla; así que al mover su cuello artificial a Eimi, sintió cómo uno de los músculos en su tejido de chakra se tensaba.

—No hagas ruido y no te muevas demasiado —condicionó. Admitía que sentía curiosidad por la pequeña, mas ahora lo que le importaba era responder sus propias dudas y el ver a Sakura levantarse sin complicaciones.

Si Sasori esa noche hubiera prestado atención a su alrededor como siempre lo hacía, si hubiera preparado sus hilos de chakra para inspeccionar el área, hubiera percibido de inmediato al grupo de ninjas disfrazados que habían visto parte del espectáculo presentado horas atrás. Si su mente no hubiera viajado tan lejos en dirección a la muchacha frente a él, se hubiera adelantado a los planes que los ninjas de mediano nivel estaban planeando a favor de la captura de la heredera de la quinta generación. Si Sasori no se hubiera distraído de sus usuales actividades, Eimi, la portadora del inusual elemento oro, jamás hubiera peligrado como lo hizo dos noches más tarde.

Pero esa noche Sasori no tuvo oportunidad de pensar en otra cosa que no fuera Sakura; esa noche, sólo existía ella en su mundo.

«No puedo explicarlo, pero ese hombre que me auxilió esa noche, era distinto al que conocí en la cueva. Ese día encontré en Sasori lo que necesitaba para continuar: se convirtió en mi inspiración.»

«Aún no sé qué me atrajo ese día a Sakura; las respuestas no han sido claras a ninguna de mis preguntas sobre lo que ella me inspira. Creo que es eso lo que más me atrae: Sakura es el enigma que más he disfrutado descubrir.»