Creyó que podía soportar las pesadillas cada noche... Que si vivía una corta vida, podría adaptarse al terror de dejarse llevar demasiado por el sueño. No se conciliaba con ser solo un humano. Quería ser una cosa menos blanda y vulnerable. Hasta el animal más bajo y despreciable le parecía menos rastrero.

Entrenar con su espada era de las pocas cosas que lo aliviaban; demandaba la totalidad del espíritu, serenidad, soltura en sus miembros digna de un sedoso chorro de vino derramado en el aire, y precisión para manejarse a él y a la extensión de su cuerpo: sus armas.

—Hoy estás peligroso, y eso que no te vi muy amargado esta mañana.

Responder era innecesario, prefería dejarlo con el filo en el cuello al final.

Su oponente se lanzó con la espada en alto. Sasuke se preparó para recibir el golpe sin esperar el cambio de dirección de Naruto, que de un salto cortó una rama mediana encima de su amigo, y cayó sobre la cabeza de este. Sasuke soltó un quejido.

—Imbécil.

—¿Un imbécil usaría la fuerza de la naturaleza para vencer a su rival? —respondió victorioso.

—No lo hiciste, y darme en la cabeza con una rama no es usar la fuerza de la naturaleza.

—Dejarse ganar con una simple rama tampoco.

Anochecía. Decidieron volver al palacio antes de que las hambrientas bestias del bosque buscaran la cena. Cabalgaron por las laderas hacia arriba, donde un palacio extendía sus murallas desde la cima y se derramaban como brazos infernales hasta más allá de lo que el ojo del hombre puede ver. Tras la muralla unos mensajeros los esperaban.

—El rey de la Hoja, Danzo Shimura, y una gran caravana de al menos 8.000 personas y animales vinieron a verlo, según dicen, en son de paz. Si desea, nosotros...

—Harán tocar las campanas y prepararán el palacio. Vamos a recibirlos —sentenció, dirigiéndose al palacio. La orden congeló a los hombres.

—Pero... señor...

—Es una orden. Háganlo ya. Quiero mucha comida, y liker —Con eso, los hombres procedieron con prisa y duda.

Con tocar las campanas se refería a un sofisticado y curioso sistema que solo podía haber nacido en un reino con las características del Hielo, que era supremamente centralizado —la capital del Hielo, Indragrado, estaba justo en la mitad—. ¿Eso facilitaba la comunicación con las demás ciudades y capitales?, lo hacía siglos atrás, pero a ese punto de expansión alcanzado ya era imposible. Las órdenes llegaban tarde, los mensajeros demoraban hasta meses en llegar de un lado al otro, y recorrer esas distancias abismales en tales condiciones climáticas era muy complicado, incluso para nativos.

En una época dorada para el Hielo, la reina de ese momento, su Majestad Imperial Naori Uchiha, diseñó un sistema de comunicación basada en campanas nacido de su gusto musical y la crisis que estaba generando la incomunicación. Habían muchos campanarios en cada rincón del reino, hizo que cada campanero aprendiera códigos sonoros con un significado específico u orden; si la campana más cercana sonaba replicaban el toque. El sonido metálico se oía a kilómetros comunicando en cadena los mensajes, moviéndose de un lado al otro del mapa.

La nación era muy atractiva para los viajeros, entre otras cosas, por ese tipo de bellezas que solo podían presenciar en tierras tan duras y despiadadas. Cierta chica, por ejemplo, jamás había salido de su palacio y estaba fascinada con cada una de las maravillas de ese nuevo mundo: el clima azul, las montañas, la nieve...

—Sí que hace frío aquí. No imagino lo que sería estar en medio de esas laderas. Ni el sol se mete allí, ¿no, Sakura? —preguntó una dulce chica que la acompañaba. Estaban en una carroza más o menos cálida y cómoda. Llevaban meses encerradas allí, día y noche, viajando. La caravana que las acompañaba reposaba, hicieron un campamento para aguardar, pero era más cómodo dormir en aquella carroza.

—Es muy bonito. No conocíamos la nieve —respondió Sakura sin dejar de ver esas laderas fascinantes. Quiso tener una cuchara para postres para comerse los copos como un helado.

—No sé, es sombrío. La Hoja es cálida, verde y colorida. Aquí es gris y azul —replicó su amiga. Era castaña, de ojos grises.

—Doth, cierra la boca una vez. Tú igual, Sakura.

Esta vez quien habló fue una chica mayor que ellas, de cabello y ojos intensamente rojos. Las menores obedecieron, cabizbajas.

El sol se ponía a pesar de que tan solo eran las 4. Conforme se acercaban al Hielo notaron que cada vez anochecía más rápido, las horas de sol eran pocas. Llevaban casi una semana allí, y había sido un descanso para tan largo viaje; estiraban las piernas cuando querían.

De pronto, un rumor grueso, lejano, atrayente. Las tres escucharon atentas. Se acercaba.

—Campanas —murmuró la pelirroja.

—Es una hermosa canción... En la Hoja no suenan las campanas así —dijo Doth. Sakura miraba por la ventana la tenue luz solar desaparecer, dejando su espectro de colores apagados por las nubes en el cielo.

Después comenzaron a alistarse para continuar. Un servidor se acercó a la carroza y les avisó que ya podían cruzar la muralla del Hielo. Era terrorífica, inmensa, de piedras negrísimas y acorazadas en hielo puro. Sin duda ella no se esperaba ni imaginaba lo que estaba por ocurrir, que la vida le iba a cambiar para siempre. Porque tras el muro se encontraba lo que sería su mayor tormento, y también su mayor deseo.


Hola a todos. Espero que les guste esta nueva historia, llevo años imaginándola. Pronto van a encontrarse, me da emoción xD.