Todos despertaban tarde debido a la fiesta de la noche anterior. Aún así, la princesa Sakura charlaba desde las 6 con Doth, sin salir de la habitación para no enfadar a su padre. Esperaban el almuerzo.

Pero lo que tocó a la puerta no fue un almuerzo, sino un ejército de señoritas con cajas en las manos. Sakura no entendía nada. Le dijeron que debía estar lista a las 4, y procedieron a quitarle el vestido. Sakura, acostumbrada a las órdenes, hizo lo que le pedían. Unas mujeres preparaban la tina con esencias y rosas —única especie de flor capaz de vivir en ese clima—. Pensó que quizá a esa hora habría un banquete majestuoso que reemplazaría el desayuno. Tenía hambre, pero le dio vergüenza pedir algo.

Tras bañarse le pusieron un vestido blanco, un tipo al que no estaba acostumbrada. Era... demasiado. Demasiado elegante y hermoso. Le gustaban las perlas, pero esta vez la intimidaban. El encaje de las mangas se desplazaba hasta sus dedos, donde se sujetaba como un anillo. Era ceñido en las partes justas. Dos costureras lo ajustaban, mientras otras se encargaban de su largo cabello. Lo dejaron suelto, con perlas en él. Una chica maquilló un poco sus ojos y labios, y otra le ponía zapatos. Tanta atención la incomodaba, pero estaba acostumbrada; Doth, como siempre, le hablaba tratando de hacer todo más ameno. Estaba encantada probándose maquillaje y telas.

Pero algo cambió todo. Algo que la dejó helada, que le hizo abrir los ojos y darse cuenta de lo que allí estaba pasando.

Un velo.


El lugar era majestuoso. Una gran audiencia vestía sus mejores atuendos. El sacerdote ya estaba en su lugar, al igual que el novio, quien portaba la corona imperial de las cuatro cruces, su atuendo militar y la capa monárquica roja. Lucía como lo que era.

Muchas mujeres no dejaban de lamentarse de la boda, habían conservado hasta el último momento la esperanza de ser desposadas por él, sobre todo las más poderosas. Todos se preguntaban en qué momento aquel huraño rey había dejado de lado su indiferencia para conocer a la princesa de la Hoja, como para después desposarla. Se habían enterado días antes. Muchos se horrorizaron con la idea. ¿No tenían el Hielo y la Hoja una relación hostil? Quizá no eran enemigos declarados, pero eran dos naciones muy grandes que desde tiempos remotos compartían tensiones. ¿Estrategia política? Claramente sí, decían los más astutos.

Uno de ellos era el heredero Hyuga, un joven castaño que vigilaba a ese dichoso rey. Muchos nobles eran escépticos. Sin embargo, estas intrigas no corresponden a este momento del relato.

La novia tardaba. La gente ya murmuraba.

—Esto no me está gustando —se acercó su rubio amigo—, pero tranquilo, si viajaron es porque habrá boda.

Tenía que haberla, por supuesto. Danzo Shimura no era un hombre de bromas, de hecho estaba furioso. Quizá ella había hecho un berrinche al enterarse de todo. Se dijo mil veces a sí mismo que cuando pudiera le daría una lección. Estaba manchando la reputación de la corona con semejante atraso.

—Padre, esta es la vergüenza más grande de mi vida. No se lo perdonaré —comentó ofuscada su hija mayor.

—Esta es la última insolencia que cometerá contra nosotros.

—Papá, —lo veía fijo, mientras él miraba a todas las direcciones desde la banca principal, estresado—, yo no te hubiese hecho esto...

—Karin... —por fin la miró—, tu hermana nunca me sirvió para nada, solo se parece a tu madre. Tú eres inteligente, astuta, y naciste con mi carácter. Pensando, supe que esta es la única manera que había para redimir su nombre de esa falta de carácter y que sirva de algo al reino. —Karin lucía tenebrosamente seria—. Sabes que te necesito en la Hoja. Tú y Sai son mis herederos, ¿o cómo crees que serían las cosas si tu hermana está en casa cuando yo muera?

—Es... una mosca muerta. Siempre se hace la inocente, pero cuando eso pase, sacará las garras, padre. Querrá quedarse con todo.

—Exacto. Por eso no puedo dejarte aquí. Además, con lo bella que eres encontrarás a alguien de buena posición que te guste y se case contigo. Este Uchiha solo es uno entre muchos, —acarició su cabello—, puedes tener lo que quieras en el mundo, pero necesito que esto lo dejes de lado.

"Dejarlo de lado...", y de solo pensarlo la furia la invadía. ¿Dejar de lado a ese hombre que había visto años atrás una vez, furtivamente, y del cual se enamoró? Se había quedado en su cabeza como un muchachito, un amor platónico que de vez en cuando recordaba cuando desocupaba su mente. Pero al enterarse de que precisamente ese muchachito ya no lo era, y se casaría con su hermana menor...

"Karin Shimura no deja de lado nada".