La llegada de la novia causó conmoción. El velo cubría su rostro, pero podían notar que no estaban ante cualquier belleza, sino ante una excepcional. Estaban absortos contemplando el cabello rosado de la princesa; era algo nunca antes visto. Todos los colores en ella lucían pálidos: el vestido, su piel aperlada y sumamente nívea, aquellas hebras sobrenaturales... No, jamás habían visto tal cosa ni ahí, ni en otro lado.
La reacción —o no reacción— del novio es otro tema. Tenía la mirada perdida en los mosaicos del recinto, en la historia registrada pictográficamente allí. Pensaba en sus motivaciones, su reino y su estrategia, en lo que le ayudara a pasar por esa tortuosa ceremonia. Con el rumor colectivo supo que ella había llegado. Estaba molesto por aquella pérdida de tiempo.
Pero algo no estaba bien, todos susurraban. Respirando hondo para infundirse ánimos, decidió ver qué pasaba. Ella estaba en la entrada acompañada de doncellas que sostenían la pesada cola del vestido. Su rostro estaba cubierto, pero llegó a entender el por qué de la reacción. No es que fuese solo bonita a la vista: había algo en ese vestido, el porte, quizá en su figura... Algo que no quiso saber qué era. Por alguna razón empezó a sentir que todo era mil veces más solemne. ¿Cómo describir ese sentimiento colectivo de respeto, o admiración, o introspección? Ninguna de estas tres palabras eran adecuadas.
Por suerte no acostumbraba a perder la compostura o a demostrar lo que sentía en su rostro. Fue una rápida mirada. Algunos, pendientes de la reacción del novio, comprobaron la teoría del matrimonio por conveniencia a partir de lo que denotaba su rostro: nada.
Seguía congelada —como de costumbre últimamente—. Al principio su mayor temor era la cantidad de personas que la miraban solo a ella, o el hecho de que iba a casarse, pero pronto el foco fue esa figura imponente frente al altar. No supo si era temor o reverencia lo que sentía. El oro y púrpura que lo rodeaban resaltaban la majestuosidad de sus formas. Alto, piel blanca y rebelde cabellos negrísimos; sumamente atractivo, lo cual la puso más nerviosa todavía. Pero lo que definitivamente la alarmó fue su postura indiferente. Ni siquiera la había mirado, parecía absorto en algo más importante. Se había dado ánimos diciéndose que quizá él era un hombre agradable, o al menos cordial. Quizá lo juzgaba mal, pero su lenguaje corporal era hostil. No se sentía bien recibida.
No podía quedarse mirando. Avanzó mientras un coro cantaba. La situación la hacía sentir pequeña, pero pararse junto a él la hizo sentir insignificante. La ceremonia comenzó. Temían que acabara, no querían saber qué vendría luego. Cuando el sacerdote empezó con las argollas, ella ya temblaba. Extendió su mano temblorosa hacia el rey, quien con firmeza puso el anillo en su dedo; ella también lo hizo. El sacerdote los bendijo.
—Puede besar a la novia.
Sakura se sintió morir. Sabía que el momento llegaría, y había decidido no verlo de reojo en toda la ceremonia en un intento de conservar la calma. Pero ahora que lo tenía de frente, a un velo de distancia, sintió que se desmayaría. No quería eso. No quería estar ahí.
Sasuke tampoco se sentía bien. Por decirlo de algún modo, era el hombre más desdichado del mundo. Por un segundo, mientras sostenía el velo por la punta, estuvo a punto de soltarlo y salir corriendo. Casarse solo se le ocurrió meses atrás, cuando supo que debía hacerlo si quería comenzar su venganza, aquello lo estaba matando, pero que el diablo se lo llevara si no era así, no tenía más opción.
En un arranque pequeño de confianza, levantó el velo. Ya nada le impedía ver el rostro de esa dichosa muchacha. Se abrumó en ese mismo instante.
Ella tenía los ojos cerrados —"parece que no soy el único incómodo"—. Fue un segundo en donde se permitió verla. El aspecto de su piel era suave, sus rasgos perfectamente proporcionados, como si todo hiciera juego con todo. Y el cabello era efectivamente rosa. En medio de todo, no había detallado nada de eso. Había escuchado alguna vez rumores de que la princesa de la Hoja tenía un inusual cabello rosa y ojos jade. Cuando los escuchó casi le dieron ganas de reír. ¿Cabello rosa y ojos jade? ¿Por qué? Incluso la había compadecido. Pensó que una persona con tales características no haría más que destacar en donde fuera como un bicho raro. Y no es que supiera mucho de colores, pero en su mente definitivamente esos dos no debían estar juntos nunca.
Ella se envalentonó y abrió sus párpados, revelando —sí— un par de ojos jade. Sasuke estaba de alguna manera petrificado, y se tragó sus viejas palabras al ver que en realidad no existía una combinación de colores más perfecta que esa. Nuevamente se prometió solo darse un segundo para procesarlo. Solo uno, en donde dedujo muchas cosas, como que no era solo el —mil veces maldito— color, sino también la forma, o las pestañas largas, o quizá...
Finalizó su segundo, y volteó a mirar a su gente; estaban esperando. El Uchiha decidió salir del paso con un apretón en el hombro de la ahora señora Uchiha, finalizando el evento. La gente, aún extrañada, aplaudió.
Lo siguiente fue una fiesta, por supuesto. Sakura necesitó salir a tomar aire en algún lado. Logró escabullirse por los pasillos. No había comido nada en todo el día, pero el hambre solo desapareció. Estaba destrozada, definitivamente sería una pesadilla para ella, lo supo al verlo a los ojos: eran inmensamente oscuros, sin luz, sin nada. La miraban con lo que ella identificó como desprecio.
Toda su vida había soñado con su boda, con que finalmente alguien la vería a los ojos sin esa expresión que todos le dedicaban. Su familia no la quería, lo sabía, y su única amiga en el mundo era Doth. Soñaba ingenuamente con un príncipe azul que la sacara de ahí. Ahora que estaba casada lo único que deseaba era estar en su antiguo palacio. Se sentía abandonada. Su padre ni siquiera le había hablado en todo ese tiempo para explicarle nada.
Pero algo más la aterraba profundamente, que no quería aceptar: ese vuelco en el estómago y el corazón que involuntariamente la atacó cuando por fin vio al rey de frente, a los ojos. Porque como conocemos bien, aquello no significa más que problemas.
