Con qué facilidad viajan y se contagian cosas tan livianas como el amor... o una hoja de papel.

La habitación estaba casi vacía. La Corte se había ido furibunda tras la orden del rey. "Que se disponga lo que el General diga". Sasuke sentía cierta satisfacción al haber dado por fin una orden después de tantas horas. Le encantaba el alcance que podía llegar a tener el poder que su familia había forjado por siglos. Aún en su estado seguía siendo la cara de dicho poder. Sin embargo, tal peso le cayó encima cuando se vació el lugar.

Tan solo permanecían el doctor, Naruto y Sakura.

—Todos pueden irse.

—Pero Sasuke, ¡alguien tiene que cuidarte! ¡Mírate, eres carne molida!

De haber tenido energía seguramente le hubiese partido los dos brazos.

—No se preocupe, lord Uzumaki. El momento más crítico ya ha pasado.

—El doctor estará instalado en el palacio por si se necesita. Ahora todos váyanse —Naruto abrió la boca para gritar su inconformidad—. No te atrevas a contradecirme.

Naruto estaba dispuesto a salir y quedarse escondido cerca de los aposentos solo para estar al pendiente, en parte desobedeciendo, pero entonces vio que la única que no se movía era la reina. Cruzaron sus miradas por segunda vez. Recordó todo el espectáculo de esa madrugada. Por alguna razón, su intuición se negaba a darle la razón a la Corte. Sabía que era el tipo de persona que siempre buscaba ver lo mejor de los demás —y vaya que necesitaba abusar de eso cuando se trataba de Sasuke—, pero pudo verlo claramente. Era inocente. Por primera vez reparó en lo que podía estar viviendo aquella mujer. La vida cortesana a veces era tan demandante que detalles como esos se le escapaban. Se prometió tomar un respiro para pensar en ello.

—Dije que todos.

—Pues tendrás que decidir quién te dará de comer en la boca, si ella o yo.

Sakura se impresionó de ese comentario. No pudo evitar soltar una pequeña sonrisa que solo el rubio pudo ver.

—O se largan ya, o...

—Alteza Imperial, perdón. Yo creo que... si me permite decirlo, la reina debe permanecer acá. Ella puede avisarme si algo va mal. O si prefiere una criada...

Sasuke suspiró harto. No dijo nada. El silencio lo tomaron como una aprobación.


Estaba impresionada. ¿Era posible que alguien durmiera tantas horas seguidas? El sueño del rey había empezado a las siete de la mañana. Ya eran las diez de la noche y este no había despertado ni para pedir de comer. Pudo percibir que seguramente llevaba días desgastado, y sumándole a eso el atentado, era lógico que estuviera así. A veces se quedaba tan quieto que le daba miedo que hubiese fallecido, así que se acercaba para comprobar si estaba bien. La primera parte del día había necesitado de más mantas, pues quizá debido a la pérdida de sangre la temperatura corporal había disminuido. También pidió que alguien encendiera la chimenea. Algunas mujeres entraban para abastecerla de comida y preguntaban si debían traer algo más.

En todo ese tiempo no le había quitado los ojos de encima. Con el pasar de los años había aprendido que era capaz de concentrarse y hasta obsesionarse con algo si tenía que hacerlo. Agradecía que ese fuera uno de sus rasgos, pues ahora toda su atención estaba dispuesta para aquella tarea que le había sido encomendada. Cuidar al rey. Se preguntó qué pensaría la Corte de eso. A su manera, todo ese peso de responsabilidad la inquietaba. Había crecido toda su vida a la sombra de sus hermanos, creyendo que nunca tendría nada de suma importancia que hacer. Eran tiempos cómodos. Ahora, arrojada a ese mundo, tenía una vida más compleja de lo que nunca imaginó. Tampoco ignoraba que estaba en peligro. El rey parecía respetado por todos, notaba que cada vez que los súbditos se dirigían a él lo hacían con veneración, o al menos las pocas veces que lo vio. ¿Quién pudo haberse atrevido a eso? ¿Acaso alguien que deseaba hacerse con la corona? Y sobre todo... ¿Qué le esperaba a ella, la reina odiada por todos?

Ahora se sentía cansada. Tampoco había dormido, prácticamente lo había olvidado. A esa hora el frío era tan penetrante que ni siquiera la chimenea, la ropa abrigada y la manta la protegían. Además, se sentía incómoda. Decidió ir al baño a cambiarse y así meterse a la cama. Lo cuidaría desde ahí.


Abrió los ojos en una inmediata señal de alerta. Se había dormido sin darse cuenta, pero antes de que pudiera regañarse a sí misma el sonido de unos quejidos le robaron la atención. Se incorporó para revisarlo. Se removía inquieto con el temor impreso en el rostro, como buscando una escapatoria de su propio interior. El sudor frío le indicó que tenía fiebre. Sakura había pedido paños y agua fría, imaginando que algo así podía llegar a ocurrir.

Salió de la cama para tomarlos y regresó con todo preparado. Quitó todas las mantas y puso sobre su frente el primer paño. Se sintió culpable imaginando cuánto tiempo había pasado desde que la fiebre comenzó. Él aún estaba inquieto, su respiración agitada y el leve temblor en su cuerpo la asustaban. Si se ponía peor, tendría que llamar al médico.

Por ahora esperaría, quería ver si podía bajar la fiebre.

No supo en qué momento comenzó a acariciarle el cabello con suavidad, intentando calmarlo. ¿Qué más podía hacer? En ese momento todo lo que eran se había borrado. Ya no era la reina y él el rey. Ya no estaba cuidando de un hombre que la despreciaba por todos los motivos y por ninguno. Ahora era solo alguien que atendía a otro alguien profundamente dormido, sin pasado ni futuro. Solo una criatura más enredada en el tormento de la fiebre. Y aunque sabía claramente la clase de carácter que tenía su paciente, en ese instante era como uno de esos animalillos que ella asociaba con su pasado en la Hoja. Como aquella vez que cuidó de un ciervo con una pata rota, y este, sin remedio, se dejaba hacer.

Miró su rostro. Aún se veía trastornado por lo que sea que su imaginación estuviera proyectando —¿qué sería?—, pero había algo que le hizo sentir a Sakura por primera vez que estaba frente a un humano y no un rey. Porque eso era antes que todo, ¿no? Y aquello se preguntaba una y otra vez, mientras ese semblante nuevo se mezclaba con los pocos recuerdos de un furibundo Uchiha. Por primera vez aquel hombre no le evocaba la curiosa coincidencia que había entre el hielo y su carácter. Al tocarlo sintió la inesperada sensación de tocar prado, vivo y creciente prado verde.

Cambiaba los paños y los ponía de nuevo sobre su frente. Comenzó a notar que su temperatura bajaba un poco, y antes de que pudiera volver a poner su mano sobre su cabeza, Sasuke entreabrió los ojos. Su forma de mirar le recordó a la mirada que tenía cuando lo encontró desangrándose, no la que estaba llena de fiereza, sino una que no pudo descifrar, la que vino después de esa. Sus ojos negros brillaban, y ella pudo detallar por unos instantes esa imagen que quizá jamás volvería a ver, antes de que todo volviera a la normalidad.

—Me... duele.

Sakura no dudó ni un segundo y comenzó a deshacer el vendaje con cierta dificultad, ayudándose de unas tijeras. La herida estaba allí, al lado inferior izquierdo del vientre, con un color rojizo. Sin embargo, esta ya no sangraba, solo se encontraba irritada. ¿Qué podía hacer?

—No te preocupes —le dijo suavemente—, llamaré al doctor.

Se levantó y salió de la habitación para ver si encontraba a alguien que lo llamara. Grande fue su sorpresa al ver al hombre de pelo naranja allí.

—¿A dónde va?

—Yo... necesito al doctor. El rey se ha despertado y le duele.

Pain la miraba fijamente evaluando si eran ciertas sus palabras. Y aunque en otro momento eso la hubiese intimidado, por alguna razón algo dentro de ella comenzó a arder de impaciencia.

—Lo necesito pronto.

El General tan solo se giró y en silencio fue a buscarlo.


Pero no llegaba, y eso la preocupaba. La herida estaba al aire y si no hacía algo pronto podría infectarse, si es que no lo estaba ya. Un inesperado mal humor la hizo comenzar a buscar alternativas.

Cuando se le ocurrió, corrió hacia su cuaderno, casi demasiado feliz. Ojeó hasta que llegó a las páginas deseadas. Arrancó una serie de hierbas y hojas y buscó agua limpia para lavarlas. Estaban secas, pero se conservaban casi intactas en medio de las páginas. Recordaba que esas eran las plantas que su madre sacaba de varios frascos para preparar ungüentos cada vez que ella se raspaba. La sensación de frescor y alivio era casi inmediata, y la ayudaban a sanar más rápido. Con ingenio y cuidado preparó la mezcla, aunque lamentando que le faltaran algunas cosas útiles como miel. Trituró minuciosamente los ingredientes y se ayudó con el agua. Después de unos minutos razonables y con uno de los paños, filtró el agua y logró conseguir un poco de líquido verduzco que la dejó satisfecha.

Se sentó junto a él, y con otro paño impregnado comenzó a esparcir el líquido por la herida. Aquello tomó desprevenido al Uchiha, quien abrió los ojos en medio de un quejido de dolor.

—¿Qué... haces? —dijo con dificultad.

—Tranquilo, esto te hará sentir mejor.

Y aunque dolía como un infierno, y aunque ella era quien era, la princesa lochka, su esposa extranjera, una sospechosa más, algo en su voz apacible lo hizo ceder en esos momentos. No tenía más alternativas.

Ella lo hizo suave, entendiendo cuánto debía de doler. Al acabar, fue a lavar el paño ensangrentado. Mientras tanto Sasuke sentía algo de frescor. Aún dolía, pero dejaba de sentir la herida caliente poco a poco. Sakura volvió a sentarse cerca.

—¿Mejor?

—¿Y el doctor?

—No lo sé... He pedido que lo llamen, pero aún no aparece.

Sasuke cerró los ojos. Ambos se quedaron en silencio, pero esta vez no era uno incómodo. No supieron cuántos minutos más pasaron antes de que por la puerta entrara el doctos. Se le veía algo...

—Perdón, Alteza. Se lo ruego...

—¿Qué...?

—Yo solo fui por algo de cenar, y entonces tomé una pequeña copa, no fue nada, la verdad. Y se me pasó el tiempo... Le juro por la nieve que nos cubre que yo pretendía abusar de su hospitalidad ni descuidarlo, Alteza. —El hombre, visiblemente sonrosado y con un par de tragos encima se disculpaba como si la vida de él y toda su familia dependieran de ello.

—Ahora no me importa lo que estuviera haciendo.

—Doctor, el rey se despertó con fiebre y dolor en la herida —dijo Sakura economizando tiempo y palabras. Era la segunda vez que un hombre en esa madrugada la impacientaba.

—Tendremos que bajársela y...

—Ya está hecho.

—Entonces la herida...

—La revisé y estaba irritada.

Y procedió a explicarle. El doctor estaba impresionado por la cantidad de plantas medicinales que ella había usado. Sobra decir que eran casi imposible de conseguir en climas como esos. Ella le explicó que las traía consigo en el cuaderno.

—Interesante... Me parece que ahora que ha limpiado la herida solo tendré que poner un ungüento que también lo ayudará, y vendaremos. También le daremos un té contra el dolor de cabeza, lo ayudará a relajarse y dormir. Pero antes conviene que coma un poco más, no lo hace desde esta mañana.

Así se hizo.


—Esto no me gusta nada.

—A mí tampoco, pero por ahora es lo que hay. El rey se empeñó en darle a ese hombre el cargo de general, y ahora hará lo que quiera.

Suigetsu y Tenten hablaban, descansando del baile mientras bebían vino.

—¿Crees que esos hombres que llegaron sean de la nueva guardia personal? —preguntó ella bebiendo lo que quedaba.

Suigetsu volteó a mirar. En cada esquina del salón se encontraban tres hombres de pie. No los conocían, no bailaban. Tan solo estaban ahí, mirando como águilas. Todos habían notado esa extraña presencia, intentando ignorarla para seguir disfrutando de la fiesta.

—No lo sé. Deberían estar con el rey. —Pero no queriendo ponerse solemne esa noche, tan solo sonrió y subió los hombros en un gesto despreocupado—, pero se están perdiendo de la fiesta.


La nieve y el cielo se mezclaban como dos bóvedas blancas. Ya se hacía de día. La gente comenzaba a moverse de un lado al otro, preparaban sus trabajos y deberes. No se atrevían a salir antes del sol. No todos.

Y aunque Grust no era como la capital, era una ciudad importante, llena de vida y movimiento.

Un hombre humilde caminaba para ir por el pan. Una escena cotidiana, de esas que se borran en la mente de cualquier mortal, pero que constituyen un momento vital. Pero algo en la cotidianidad a veces se rompe y no solemos notarlo. Lo que esta vez era diferente del resto de días en la vida de ese hombre fue un pedazo de papel en el suelo. Lo pisó. Levantó el pie al notarlo, encontrando que el papel estaba mojado. Aún así, distinguía el dibujo de una rama con dos hojas, y una inscripción sencilla: "tras el deshielo vendrá la primavera". Pero esto no pudo leerlo, pues no sabía más que el oficio de toda su vida. Lo dicho: una ruptura insignificante en la cotidianidad. Insignificante al menos para él. Algo que no recordaría sino hasta dentro de unos meses.

Porque con qué facilidad viajan y se contagian cosas tan livianas como una hoja de papel.


Hola a todas :'3 sé que me repito como el ajo, pero no puedo parar de agradecerles por las palabras tan bonitas que siempre me ponen, por leer, por los votitos. Ya las quiero.Quería poner otra escena, pero decidí ponerla en el siguiente capítulo, pues es algo compleja. ¿Qué les parece este nuevo capítulo? ¿Más dudas, alguna menos? :'v sé que no, porque aquí más que aclarar, quise poner un momento SxS, por algo tenemos que empezar.Y ya para irme, quería poner por aquí unos memes que hice sobre la historia. Ojalá se rían con alguno.