"Querido padre" —iniciaba la carta que la reina había escrito esa misma mañana en la biblioteca con la compañía de Naruto— "no ha pasado mucho desde la boda con el rey Sasuke, pero imagino que esta carta tardará en llegar" —y aunque había pensado que necesitaría de su ayuda para redactarla pronto notó que ella sí sabía escribir, solo que no con su alfabeto. Era interesante ver por primera vez a una mujer en eso, la soltura con la que podía llegar a escribir, la caligrafía perfecta, el gesto de concentración.

"Espero que todo en Konoha esté marchando bien, y lo mismo para ti. He pensado que debió ser una decisión difícil la tuya, la de hacer una alianza con el Hielo, y aunque ha sido difícil para mí también creo que es algo que le debo a la casa real por todos los años que cuidó de mí. Prometo que hago lo mejor que puedo para adaptarme, después de todo es vital para que Konoha siga prosperando. El Hielo también lo intenta, me han acogido muy bien a pesar de todo.Salúdame a Karin y Sai, los extraño a todos.Con amor,Sakura."

Finalizó la carta sin sentir mucho lo que había escrito. Aún así, al ponerse a redactar y a pensar se dio cuenta de que tenía mucho en manos, más de lo que había creído. Había pasado el poco tiempo que llevaba ahí lamentándose de su destino, pero era crucial que todo saliera bien, de ella dependía esa alianza. Se dijo que ahora pasaría más tiempo pensando en ello para reorganizar sus prioridades. Al menos había iniciado con sus deberes como reina al informarle vagamente sobre el estado de las cosas, y ya que era el puente, más le valía ser uno estable. No quería iniciar un conflicto.

También aprovechó para acordarse de Doth, le reprochó por no haberse despedido —aunque imaginaba por qué, seguramente se la habían llevado para evitar espectáculos sentimentales— y le dijo también que todo iba bien para no preocuparla.

Ese día habían llegado las sombras negras al palacio, los hombres que había visto frente a la puerta del rey se multiplicaron y desplegaron por todas partes. Cada persona importante tenía a sus espaldas a dos de ellos, mientras que el rey tenía tres. Era inquietante, y aún más cuando uno se posó tras de ella como un buitre en un árbol de ramas esqueléticas como esperando carroña. Se presentó, dijo ser Zabuza Momochi, su escolta. Era todo menos cordial.

Muchas cosas se transformaron a partir de ahí. Lo tenía tras ella a cada momento, probaba su comida antes que ella para evitar que muriera envenenada —aquello le recordó cuando ella fue el sujeto de prueba, quizá el momento más humillante en su estadía, y aunque él no le agradaba, igual se sentía mal por él, pues no creía que fuera justo que muriera en su lugar si la comida resultaba ser peligrosa —, registraba cada pasillo y estancia antes de que ella llegara. A veces daba más la impresión de que no estaba ahí por protegerla, sino para mantenerla a raya, pues no olvidaba que el mismo Pain la había visto directo a los ojos al decir que todos eran culpables hasta que se demostrara lo contrario. La única manera de deshacerse medianamente de ese hombre era estando con el rey, porque entonces él tenía que aguardar con los otros afuera.


Aquella semana y media siguiente no hubo mucha novedad. Pasaba horas en los aposentos reales atenta a cualquier requerimiento de su esposo, por pequeño que fuera. Había aprendido rápido cómo cuidar de una herida a lo grustvo, y el médico pronto no fue necesario, tan solo se aparecía en el palacio para revisar o proveerla de los materiales para el cuidado. Ella era insistente con el aseo de la herida. Intentaba ser como un pequeño fantasma silencioso para no incomodar al pelinegro, atendía suavemente a los empleados que llegaban a entrar. Sasuke pasaba todo el día casi quieto con un libro en sus manos. Casi nunca le habló y cuando lo hacía era por razones estrictamente necesarias. Lo vio terminarse libros con la rapidez con la que se acaba un día y parecía relajado.

Y a pesar de que por su parte tenía mucho que hacer tras recuperarse, decidió tomar en serio los consejos de su doctor y su molesto amigo. Tomar reposo, llevarlo con calma, reponerse. Seguramente no habría sido así de no haber tenido la seguridad de que un hombre eficiente como Pain estaba cuidándole las espaldas. Lo más sensato era solo dejarlo en sus manos por ahora, así saldría pronto de esa molesta cama.

Algunas veces conseguía estar solo en su habitación cuando ella iba a asearse, a comer o a quién sabe dónde. Era un hombre que siempre elegiría la quietud y la soledad, pero debía admitir que esa mujer era soportable. No hablaba, tampoco lo miraba fijamente a escondidas como otras, tan solo se sentaba frente a la chimenea y se mezclaba con la quietud. Supuso que era de pocas palabras, igual que él. Debía ser muy aburrido para ella, pues al menos él podía leer, pero ella solo observaba las llamas y se alimentaba de su calor. Aunque también estaba ese robusto cuaderno de hojas soleadas que a veces tomaba. Por lo que ella había dicho, estaba lleno de diferentes tipos de hojas. Hasta cierto punto le resultaba gracioso, un hombre con una vida importante no se pondría a recolectar hojas, ¿qué utilidad tendría eso? Pero imaginó que una mujer como ella sí podría permitirse esas cosas, después de todo las mujeres cortesanas a menudo pasaban toda la vida intentando resolver qué hacer para matar el aburrimiento. Esa era la razón de ser de las fiestas, pero sin duda la solución favorita de las señoritas eran los romances turbulentos.

No podía entender con qué afán las personas se precipitaban sobre eso. Prácticamente esas cosas constituían un centro vital para todos en general, pues ¿acaso los pobres no disfrutaban también de una buena taberna y una buena mujer? ¿No soñaban las hijas de panaderos y herreros con él? Por supuesto que sí, lo notaba cada vez que pasaba por las calles de su ciudad. Todas soñaban con ser princesas, y las que ya lo eran soñaban con ser musas. Vanidades.

Él se sentía diferente. No era solo por ser rey, pues naturalmente su puesto le exigía que se concentrara en cosas más trascendentales. No, antes de imaginar que lo sería, a él no le preocupaban esas cosas. Toda la vida social que había llegado a necesitar estuvo en su hermano Itachi, y si acaso en Naruto. Era como un cactus que requiere mucha menos agua que un eucalipto. Aquello le gustaba. Pronto notó que el tiempo de vida social de los demás niños nobles absorbía ingentes e irrecuperables horas. A una corta edad, sin el brazo pesado de la necesidad social, ya había aprendido miles de cosas. Desde habilidades en batallas, estrategia, idiomas e historia. A su madre le preocupaba, de hecho, lo huraño que ya era a los seis. Siempre estuvo cerca intentando brindarle la calidez humana de la que solía perderse por hurgar entre libros y tableros de ajedrez. La amaba aunque a veces fuera algo molesta y pudo apreciar esa tibieza emanada por ella que lo acompañaba desde las sombras justo cuando ya no la tenía, cuando ella murió. Siempre se creyó sumergido en la soledad, pero cuando su familia murió se dio cuenta de que lo más profundo de la soledad estaba por experimentarlo a partir de ese momento.

Lo único que lo reconfortaba era su obsesión. En ocasiones como esa podía llegar a olvidarse hasta de él mismo y concentrarse en algo hasta el fin del mundo. El estudio no solo lo apasionaba, lo embriagaba. Al volverse rey tuvo que dejar muy de lado aquello para pensar en movimientos y planeación, cosa que también le encantaba, pero extrañaba los libros. Volver a estudiar desde su cama le sentó de maravilla.

Reparó en su acompañante una de esas veces en las que alzó los ojos de las páginas tras comprobar que ya había oscurecido y no podía ver las letras, se había dormido arrullada por el traqueteo de las llamas. ¿Estaría ella interesada en mundanidades como el resto? Recordó que una de las cosas que más le molestaba de tener esposa era saber que buscaría la oportunidad para tocarlo e insinuársele. Le irritaban los constantes intentos de las mujeres que lo rodeaban por obtener algo de él. Incluso recordó también cándidos episodios de su adolescencia en donde algunos muchachos nobles, en uno de los muchos intentos por interactuar con él, se habían burlado por su falta de interés en el sexo femenino. Por supuesto que estaban acostumbrados a mantener bajo vigilancia la hombría de los demás, mezclado con una extraña competencia en ese ámbito. Aún así, el hecho de que fuese callado y ratón de biblioteca no le quitaba lo violento e impulsivo. Esa tarde su padre lo miró con un deje de orgullo desde atrás mientras su madre lo regañaba por haberle hecho lo que les hizo a los muchachos.

El caso era que aquellos intentos de seducción a los que temía —aunque no por miedo, claro que no— no se habían presentado. El inicio había sido hostil de su parte, quizá por eso ella se había contenido. Aunque reconoció que había sido un poco injusto hacia ella no se arrepentía, le gustaba el resultado. Ella no interferiría en nada, todo lo contrario, le era servil. Resultó no ser tan peligrosa en realidad: tuvo la oportunidad de asesinarlo pero contra su pronóstico lo salvó.

Sí, quizá podían soportarse un poco.


Pain solía ir a visitar a su rey. Casi siempre lo encontraba con un libro en las manos y en la compañía de la señora Uchiha. No podía evitar dedicarle una mirada inquisidora cuando ese momento llegaba y ella cada vez tardaba un segundo más en desviar sus ojos, supo que sentía más que rechazo hacia él, pero él no estaba ahí para hacer amigos. Aunque su señor parecía menos precavido con respecto a ella desde el atentado, él aún no estaba convencido de ella. Intentaba buscar pruebas secretamente, sus hombres le informaban lo que pasaba y dejaba de pasar, si había algo sospechoso o no, y en ninguno de los movimientos sospechosos se encontraba ella. La carta que escribió a su padre y a su amiga parecían libres de complots, tanto que incluso la mandó a analizar para saber si había algún mensaje encriptado. Nada. Casi demasiado inocente para ser verdad.

Esa tarde le pidió que saliera de la habitación para hablar con el rey, y ella como siempre obedecía callada, casi demasiado sumisa para ser verdad. Pero él sabía que ese silencio no era obediente, ella lo retaba casi sin darse cuenta de ello, le hacía saber con pequeños gestos que no era bienvenido. Era una guerra secreta e invisible la que llevaban, y cada vez le resultaba más desagradable, pues su efecto sobre ella había pasado de ser intimidador a solo molesto. A pesar de ello, esa no era la peor parte. En momentos específicos llegaba a sacarlo de sus casillas la leve pérdida de concentración que le producía algo de ella. A veces el arco de su pie desnudo se asomaba para tomar una zapatilla y perderse allí. A veces, al acomodarse para ponerse de pie de mala gana, un ademán de infantil pataleta se le escapaba al echar su espumoso cabello hacia atrás. A veces mordía el interior de su labio inferior con reproche. Eran pequeños e insignificantes detalles que nadie notaría, pero que por molestas razones no se le escapaban. Cuántas veces quiso gritarle al rey "¡ahí está, es culpable y malvada! Mire el modo en el que pasa sus dedos por el interior de la muñeca, mire cómo la acaricia, la mano izquierda, es como un embrujo dirigido a usted y a mí, mire el pómulo esbelto, el ritmo de sus pulmones", pero todo eso sonaría ridículo. Notar todo eso solo lo hacía sentir culpable a él mismo de algo indecible, de pulsiones que no soportaba admitir ante sí o ante nadie. No, nada estaba por encima de su rey. Nada.

Y con cada día que pasaba le resultaba más urgente advertirle.

—... y mis hombres ya se desplegaron por todo el reino. Será cuestión de tiempo para que los antiguos campaneros sean reemplazados. También hemos intervenido el correo. Por ahora el asunto que me preocupa son esos trovadores de los que le hablé, pero ya nos encargaremos de ello.

—Bien... ¿y cómo está el asunto de la frontera?

—Sin novedad. Los hombres han montado un campamento en un llano, fuera de cualquier pueblo o ciudad. Cuando usted este bien de salud empezaremos campañas de acercamiento con el pueblo, y después de eso, comenzaremos la avanzada.

Sasuke meditaba todo esto, ansioso. Pain, por su parte, decidió aprovechar ese último tramo de conversación.

—Le recomiendo que tenga cuidado, Alteza.

—¿Con qué?

—La reina.

—Honestamente no creo que tenga intenciones de asesinarme, Nagato. Pudo haberlo hecho todo este tiempo.

Ahí estaba lo que temía, ¿acaso su rey había sido envuelto en el embrujo?

—Majestad... Por favor —suplicó. Por primera vez Sasuke distinguió algo más que un tono neutro en él, como desesperación y súplica, pero leve—, mientras que hallemos al culpable de su puñalada le pido que no baje la guardia con nada. Para serle honesto, no recomiendo que mis hombres aguarden fuera de la habitación con ella adentro.

—¿Qué intentas proponer, que se queden viéndome las veinticuatro horas del día directamente?

—Sé que es extremo, pero recuerde que son tiempos extremos.

Sasuke bufó mirando a un punto lejano. Las cosas iban tranquilas y bien así como estaban, ya tenía a cuatro escoltas tras su puerta y otros tantos por todas partes. Incluso sabía que a este punto ya era imposible que un hombre corriente anduviera por una calle de Indragrado sin toparse con uno de ellos. Ya eran como hormigas regadas por doquier.

—Ahora que nuestro enemigo interno ha visto a la guardia, ya está precavido. Sí, lo protegemos, pero también este ha sido un aviso para el o los traidores. Serán más cuidadosos a la hora de actuar.

Y aunque le parecía un fastidio, no pudo evitar hallarle razón. Su pánico del inicio volvió, la sombra de sus enemigos volvió a hacerse alargada y escalofriante.


Para cuando Sakura pudo ingresar de nuevo a la habitación, Pain dio la orden de que los demás entraran. La reina vio con sorpresa aquello.

—¿Qué...? —musitó sin tener palabras reales para decir.

—¿Le preocupa, alteza? —dijo el General con un tono retador. Vio complacido cómo ella había dado un paso atrás figurativamente, pues el efecto atemorizante se había hecho paso de nuevo. Aprovechó aquella grieta en su nueva armadura para arremeter—, no tiene de qué preocuparse, mi señora. La inocencia no tiene nada que temer.

Ella miró a Sasuke, como sintiendo que era el único pequeño aliado que tenía en ese lugar. Este la miraba como solía hacerlo antes de aquel incidente de la puñalada.

—Ya lo oíste.


Yo llego cuando nadie se lo espera, lol.

Quiero agradecer inmensamente al apoyo que le han dado a esta historia. Es hermoso ver que personas como ustedes la leen y disfrutan, en serio muchas gracias, y bienvenidas las nuevas lectoras, es un honor. También salu2 a los lectores fantasmas.

Perdón por el comunicado de la vez pasada, sé que muchas se ilusionaron pero necesitaba hacerlo. Incluso algunas pensaron que se venía lo suculento xD pero me temo que tendrán que esperar para ello. Hice clickbait sin darme cuenta, no me culpen, no soy tan malpensada :v

¿Qué opinan de este capítulo? Adioooos 3