A veces una planta echa pequeñas raíces como promesa de vida y esperanza. Almas nobles miraban hacia la Grustveria con la luz de esa promesa en la mirada.
Pero hay tierras tan áridas y violentamente frías en donde aquello no puede ser.
Uchiha Sasuke era un hombre fuerte y de muy buena salud. Su recuperación fue sin contratiempos y antes de lo esperado ya estaba bien. Los ciudadanos de Indragrado se reunían a diario en las plazas para recibir noticias de su rey. Los oradores habían sido reemplazados por los nuevos, anunciaban noticias de interés como quiénes eran destituidos de cargos públicos y quiénes los asumían, comenzando por el General Nagato Pain. Al principio todo esto era tomado con recelo puesto que las destituciones de un momento a otro se efectuaron masivamente, pero los oradores eran tan carismáticos que pudieron lidiar con ello. Toda la atención se desplazó hacia el estado crítico de su monarca. Un sentimiento colectivo de preocupación y añoranza de su presencia se fue moviendo sobre las masas como un vapor caliente que los hacía aclamar. ¿Qué sería de un pueblo sin su querido rey, sin la dinastía que los cobijaba paternalmente desde que la antigüedad es antigua?
Como corderos se apiñaban en las plazas empedradas y nevadas y pedían casi a gritos más y más detalles. Los oradores tuvieron mucho más trabajo que los antiguos, se reunían a las diez de la mañana y a las cuatro de la tarde para soltar a la gente bocados de noticias, a veces triviales, como cuál era el semblante del Uchiha de ese día, si pudo comer sus cuatro comidas del día, si lo hizo solo, y por supuesto, quién lo cuidaba. Tales eran las ansias del pueblo por mantenerse informados.
Algunos astutos notaron que por más amoroso que fuese el pueblo, este trabajo era arduo no solo para los oradores, quienes bebían a borbotones el sagrado liker para mantener sus voces fuertes, sino también para ellos mismos, pues estar en las plazas de pie era agotador. A veces nevaba demasiado y la gente sentía que se perdía de algo importante desde sus casas. La necesidad de información se hizo voraz.
Los astutos convencieron a algunos soldados del palacio de que dieran alguna información exclusiva. Con lo que consiguieron hicieron que niños comenzaran a hacer folletos a mano a las dos de la mañana, tantos como pudieran, y los repartieron a las nueve por todas partes. Tiempo más adelante los hombres de Suigetsu Hozuki le informarían de esto a los hermanos Hozuki y a Neji Hyuga, y aunque Neji y Mangetsu hubiesen tomado medidas drásticas, pues ambos se encargaban de la seguridad e información y les preocupaba esa filtración, el joven Suigetsu mostró que no lo habían elegido para dirigir la División de Imagen Real por nada. En ese futuro no tan lejano al de nuestro relato, el Hozuki menor habría de llamar a los pobres hombres, les daría un susto y luego se reiría en sus caras para ofrecerles el negocio de sus vidas: masificar lo que hacían y hacerlo oficial. El sello real estaría en cada uno de esos folletos, podrían cobrar por ello a las familias que desearan saber las noticias de su querido monarca. Serían financiados por la misma División que él comandaba, recibirían las noticias de primera mano y así todos estarían felices. Los oradores podrían seguir trabajando aunque ya no cargarían con todo y los folletos tendrían que encontrar la manera de circular por todo el Hielo.
Aquello fue audaz de su parte pero era tan carismático y vivaracho que logró convencer hasta al miembro más anciano de la Corte. Suigetsu parecía un adulto joven anquilosado en una adolescencia eterna, irresponsable y juguetón, pero había sorprendido a todos mostrando ser también un visionario. Lo único que le faltó fue ponerle el nombre de lo que nosotros conocemos como periódico.
Sin saberlo había comenzado contundentemente con la prensa. Su invento más genial, sin duda. El que llevó adelante el proyecto real.
Y el que lo condenaría tiempo después.
En una de esas tardes agitadas los oradores anunciaron la completa recuperación del joven rey. La gente celebró, esa noche las tabernas estaban a rebosar y los niños encendían velitas en sus casas. La voz se corría tan deprisa como se podía, los pueblos y ciudades iban enterándose de aquellas buenas nuevas y se unían. En una semana la fiesta se extendió hasta Grust, y de ahí hacia arriba, abajo y los lados. En un mes todos lo sabían. También se había anunciado una extensa gira para que el Uchiha pudiera saludar a todos los pueblos de su nación, empezando por una reunión en la plaza central de la capital, Indragrado. La gente se apiño furiosamente sobre lo que pudieron. Esa mañana era soleada como pocas y las mujeres ya se habían resignado a que los niños corrieran como perros entre las piernas de la multitud.
Los ancianos más ancianos se sentían vitalizados, nunca habían visto que un monarca fuera tan aclamado. Es verdad que el Hielo solía profesar un amor fiel a la corona pero aquel amor nunca había tomado esa forma, todo sucedió tan de repente, quizá fueron muchas cosas a la vez, como el atentado, el repentino acercamiento por medio de la difusión de noticias... El caso era que la congregación colectiva también los hacía sentir unidos.
Sasuke había pasado muchas tardes con Suigetsu antes de ese evento. Estaba sorprendido de los resultados, lo alegraba que la idea de Pain resultara tan fructífera, eso lo hacía sentir que había tomado la decisión correcta al nombrarlo General. Era brillante.
Y tan de buen humor estaba que incluso no era tan cerrado a las visitas de Suigetsu. Lo sacaba de quicio, por supuesto, y prefería no tener que hacer todo lo que él le decía que hiciera, pero el vigor que le dio su descanso sumado a los buenos aires de esas novedades le abrió un poco más la mente. Esta era una nueva etapa para él y para el Hielo, lo viejo debía seguir envejeciendo y lo nuevo debía tomar las riendas.
Aún así se sentía totalmente ridículo con Suigetsu desvergonzadamente sentado en su cama mientras él estaba frente al espejo practicando un discurso. El otro no ayudaba al carcajearse por la rigidez y la postura sombría con la que hablaba. Sus burlas desfilaban una detrás de la otra:
—¿Quién eres, nuestro querido rey, el papaíto, o un hechicero de la colina?
—Quiero que el público se ponga a llorar de amor, no que hagas asustar a los niños.
—Le diré a la gente que lleve sus camas a la plaza pública para que puedan dormir a gusto.
A veces Sasuke terminaba tan harto que lo sacaba a patadas de los aposentos pero siempre lo hacía volver tras recobrar el sentido. Necesitaban esto. Aunque ya era lo bastante humillante, al menos solo estaban los dos, nadie más. Naruto fue vetado en esos días para que no pudiera enterarse o burlarse y Sakura se iba a quién sabe dónde.
Y el gran día llegó. Por primera vez no iban en una carroza sino que se habían montado sobre caballos para poder ser vistos. A Sakura le eligieron un gran corcel blanco que le hacía total justicia a su aspecto. Estaba muy nerviosa por todo aquello, no se sentía segura de cómo iba a tratarla la gente pues seguía siendo la extranjera, pero obedeció a todas las órdenes e instructivos que le dieron. También Suigetsu le había indicado cómo comportarse para mostrar su lado más servil y afable hacia la corona que ella misma representaba.
Había un largo pasillo de gente desde la entrada del palacio hasta la plaza. Nadie había visto a tanta gente junta de esa manera. Sakura estaba embelesada por aquel espíritu tan festivo, por los rostros sonrojados y las sonrisas. Le encantaba ver a los niños intentando tocar un doblez de su vestido o gritando su nombre. Era simplemente único.
Ya en la plaza pudo sentarse en una cómoda silla de frente a todos. La vista de un montón de cabezas observándola era espectacular. Cerca estaban sentados Pain, Naruto y Suigetsu, y los hombres de negro, claro. La atención de la reina estaba en las múltiples expresiones que alcanzaba a divisar, todas ellas afables y añorantes. Aquello calentó su pecho.
Sin embargo, cuando el Uchiha se paró al frente de la multitud a sus pies, la atención de todos viró hacia él, incluyéndola. Su voz potente y segura resonó y todos sintieron la necesidad de callar y escuchar.
—Durante mi recuperación todo lo que podía imaginar era estar aquí un día como hoy, con salud y fuerza para guiar a esta gran nación...
Y la gente aplaudía y gritaba cada vez que finalizaba una frase emocionante. Él se veía imponente, altísimo, incluso glorioso. No llevaba su corona y aún así tenía aspecto de rey. Su tono era muy él, muy fuerte, sereno y seguro, atrayente. Sus manos grandes se movían lo suficiente para que los anillos recibieran los dorados rayos solares y resplandecieran. Era un hombre joven, muy joven para ser rey, pero era su glorioso rey, el símbolo de la grandeza del Imperio, su papaíto. Para Sakura fue evidente que era todo un éxito también entre las mujeres, y es que cómo no serlo: apostaba a que ni siquiera necesitaba ser rey o tener un título o dinero para eso, su atractivo físico era algo que no podía pasar inadvertido. A veces, cuando todo estaba demasiado tranquilo y en paz, hasta ella podía apreciar eso, después de todo era también una chica, no estaba ciega. Le gustaba mucho su aspecto, aunque todo eso quedaba atrás cuando él la miraba con indiferencia o sospecha.
¿Qué pensaría él de ella? Seguramente no cosas buenas. Sin embargo, cuando se recordaba esposa de él se preguntaba si, de ser todo diferente, ¿a él le gustaría, la encontraría bonita?
—... Debo decir también que a pesar de la alegría que me daba saber que todos ustedes estaban pendientes de mi estado, hay algo que me preocupó todo este tiempo... —La gente esperaba saber qué era aquello—: los hijos rebeldes del sur han despreciado el amor que la casa real les ha brindado, rechazando su linaje como hijos de esta tierra que amamos. Nos han dado la espalda.
Aquello produjo una reacción dramática. La gente aspiró y se miraban unos a otros. Suigetsu abrió los ojos ampliamente, no esperaba que él hablara de ello, había seguido cada una de sus instrucciones y todo iba de acuerdo a lo planeado hasta ese momento. ¿Qué pretendía? También para Naruto era extraño, pudo ver la reacción del alvino a su lado y no le gustó.
—Es doloroso para mí ver la manera cruel en la que se han portado, como hijos pródigos que prefieren ver a su padre muerto. Han renegado de su propia sangre y han decidido unirse al gran monstruo del sur, Roov, el Sonido. Cortaron con desprecio sus alas de águila para convertirse en serpientes rapaces.
Suigetsu comenzaba a ver hacia dónde iría todo eso.
Sakura no entendía muy bien. Sabía de la existencia de Roov, el tercero de los gigantes. Uno era Konoha, el otro el Hielo. También sabía que entre Orochimaru, el rey del Sonido y los Uchiha había un conflicto bastante antiguo pero era difícil para ella medir de qué se trataba, parecía una historia complicada. Nunca se había interesado por esos conflictos, tampoco era como si alguien se lo hubiera explicado. Ahora, con todo lo importante que parecía en realidad y en vista de que ella era nada más y nada menos que la reina de esa nación en guerra, debía enterarse. ¿Habría en la biblioteca documentos que hablaran de eso...?
—... pero el dolor que siento no se compara con la satisfacción de saber que no todos los corazones están corrompidos. Daríamos la vida por esta nación al igual que lo hizo el rey Fugaku y el príncipe Itachi. Somos más. Día a día se desata una batalla dura en las fronteras, nuestros mejores hombres van allá y pelean por este hogar y por el honor de nuestro linaje grustvo mientras los roovers amenazan nuestra forma de vida. No me queda más que pedirles que resistan y correspondan a la lealtad que esta casa real tiene con ustedes. El frío inclemente no ha podido vencernos y sé que tampoco lo harán los rebeldes y traidores del sur.
El silencio se sentó como polvo espeso. Las palabras eran meditadas, algunos murmuraban procesándolo todo. De pronto, en medio de la multitud un muchacho se trepó por unas vigas y gritó, agitando todo el cuerpo, obteniendo toda la atención. Algunas señoras se espantaron de miedo, pues podía caer.
—¡Señor! ¡Yo le juro por mi vida y por mi madre que también defenderé nuestra patria! ¡Iré a alistarme hoy mismo para luchar en la frontera!
Suigetsu sonrió. Sasuke era un genio. La reacción fue en cadena, la voz de casi todos los hombres jóvenes resonaba prometiendo su propia sangre por la seguridad. El escándalo de saber que habían almas débiles de honor allá en el sur que se doblegaban y vendían su lealtad a Roov les hizo sentir ejemplares y grandes. Ellos no lo serían, ellos eran diferentes. Ellos eran hijos de un solo señor.
La familia real abandonó la plaza. Sakura avanzaba escoltada por los hombres sombríos al igual que el resto de personas de renombre a su alrededor. La multitud más cercana a ella también le prestaba atención, tanto mujeres como niños y muchachos esperaban a que pasara cerca para poner rosas en sus manos, había una sonrisa en sus rostros. Pronto ya no pudo recibir más, así que todos los hombres que la acompañaban excepto el rey la ayudaban a cargar los ramos que podían, ella las recibía personalmente hasta depositarlas después en los brazos de sus ahora ayudantes.
—Vaya, creo que la reina es popular también —dijo el de cabellos blancos al rubio. Este sonrió viendo toda la atención favorable hacia ella, los niños que tímidamente le decían que era bonita, las muchachas que suspiraban satisfechas al realizar sus fantasías amorosas con el rey por medio de ella, las señoras deseándole el más próspero de los reinados.
La sonrisa de Naruto no pasó desapercibido a los ojos del General.
Sasuke tenía un almuerzo agendado con el anciano Homura. Se encontraba agotado de alguna manera, tener tanta gente cerca lo había drenado por completo.
—¡Muchacho, aquí estás!
Se saludaron y tomaron asiento mientras les servían y probaban la comida. El anciano comentaba detalles sobre lo saludable que se veía ahora, sobre el evento de la mañana, sobre los nuevos hombres... Sasuke escuchaba y respondía parcamente, no era fan de las conversaciones pero le profesaba un respeto profundo, después de todo, había sido consejero de su padre en sus tiempos.
Saltaba de tema en tema como si no hubiese hablado con alguien en mucho tiempo, hasta que uno de ellos le llamó la atención.
—Jovencito, tengo que decir que este asunto de la reina lochka aún nos preocupa a varios.
—No se preocupe, se encuentra vigilada las veinticuatro horas del día, se demostró que no quería matarme y además hizo un juramento de lealtad al Imperio y a mí al casarse. Usted estuvo ahí, todos.
—Y no dudo de que así sea, al contrario, me parece que has actuado bien. Sé que todos nos volvimos un poco locos con ese asunto, pero a pesar de tu edad has demostrado ser de cabeza fría, muchacho. Tu padre estaría orgulloso. —Sasuke, casi atorado por ese último comentario, carraspeó—. A pesar de eso tengo que darte un consejo, no como miembro de la Corte, sino como... un casi abuelo para ti, ¿correcto? —Sasuke asintió.
—Lo escucho.
—Yo estoy viejo y he vivido mucho, y de una cosa puedo estar seguro: las mujeres son seres de bastante cuidado.
—¿O sea...? —repentinamente incómodo, repentinamente inseguro.
—Claro, un día pueden estar tranquilas haciendo lo que tienen que hacer, y al otro día se enojan y lo destruyen todo. Lo he visto muchas veces, mientras que nosotros nos guiamos por la razón ellas lo hacen por el corazón.
El joven perdió su mirada en la nada, pensando las implicaciones de eso. ¿Realmente estaban tan locas?
—¿Eso significa que nada de lo que haga impedirá que un día...?
—Todo lo contrario, ¡te estoy dando la solución a tus problemas! —Sasuke ya no entendía nada—, mira: digamos que un día sus sentimientos la nublan, decide hablarle a su padre y comienza una guerra entre nosotros...
—¿Y eso es una solución...? —preguntó desmoralizado por completo y un poco en pánico. ¿En qué se había metido?
—Escúchame: eso es exactamente lo que no hará jamás si te ganas su lealtad. No debes solo llevarte bien con ella o complacer sus caprichos, ella tiene que estar completamente enamorada, tanto que sea impensable que te traicione.
Esa era una de esas pocas veces en las que Sasuke se quedaba con la boca abierta. ¿Enamorarla? Eso iba totalmente en contra de todo lo que él imaginaba como una vida pacífica. Ya se había hecho a la idea de convivir con ella, podían respetarse desde lejos e ignorarse mutuamente, así estaba muy bien, ¿pero eso? Las palabras del anciano resonaron por toda su cabeza creando infinitos escenarios en donde ella hacía un berrinche y mandaba todo al demonio. Necesitaban esa alianza, solo dos de los Grandes unidos podían vencer al tercero, ese era todo el maldito plan. Ahora la solución que él había hallado se presentaba como un obstáculo.
—Te conozco bien y sé que es difícil para ti pero vas a tener que hacerlo, de otro modo pondrás en riesgo la alianza. Quisiera decir que lo pienses y decidas, pero no tienes opción.
Estuvo todo ese tiempo meditando sobre eso. ¿De verdad no tenía opción? Cómo odiaba cuando no tenía más que un movimiento. Era más patético cada vez que lo imaginaba. ¿Cómo se enamora a una mujer, qué tendría que hacer? Confesaba que podía llegar a ser sencillo la mayoría de las veces, él nunca hacía nada y aún así casi cada día tenía a una mujer cerca para recordarle lo mucho que lo amaba, pero dar un paso en esas cuestiones era algo que nunca había querido hacer.
Dio una caminata por las afueras del palacio, los hombres lo seguían de lejos para no incomodarlo, necesitaba aire. En eso notó que la persona menos relajante en el mundo se le acercaba, acababa de llegar.
—¡Hombre, nunca habías hablado tanto en tu vida! Debes de estar a punto del colapso.
Lo que faltaba.
—¿Qué haces aquí?
—Oye, pero no te desquites conmigo, ¿no ves que soy uno de tus fans? —gimoteó burlándose obviamente del creciente amor recibido por la mañana.
—Escogiste un mal momento para venir a fastidiarme.
—Te equivocas, vine a fastidiar a alguien más. Sakura está esperándome... —Y comenzó a caminar de largo. Sasuke quedó quieto por unos segundos ante ese nombre, ese que ahora ocupaba el puesto de problema más problemático, hasta que lo tomó del brazo impidiendo que siguiera.
—¿Por qué?
—Quiere aprender a leer, iré a enseñarle. Está en la biblioteca.
—No puedes.
—¿Qué, por qué no?
—Yo... tengo una tarea para ti en este momento.
Sakura estaba vibrante, ese día había sido sin duda el mejor. Se había sorprendido con el trato de la gente, esperaba que fuera como la Corte pero por razones que no entendía la habían hecho sentir querida. Recibió tantas flores que la servidumbre tuvo que idear en dónde ponerlas, estaban por todos lados recordándole a cada momento los lindos momentos del día. Todo eso, el contacto con la gente, su nueva gente, había despertado en ella el deseo de hacer mejor las cosas. Ya no quería seguir sintiendo que estaba en una torre de marfil ignorando el resto del mundo, quería ayudar de alguna manera. Aprender a leer era el primer paso, así comenzaría a comprender mejor la dinámica de las cosas.
Esperaba emocionada en la biblioteca, tenía rollos y rollos de papel listos para ser manchados con su letra. Naruto había prometido ser puntual pero no estaba por ninguna parte. Por un momento imaginó con temor que la dejaba plantada, temor que se disipó cuando la gran puerta se abrió. Sakura se puso de pie para recibirlo cuando alguien inesperado entró.
—¿Alteza?
Capítulo largo porque no existen las reglas para míMe gustó mucho escribirlo, a decir verdad ya pasan cosas en este mundo que yo no me esperaba como por ejemplo lo de la prensa. Creo que ya tomó vida propia este universo, casi que se escribe solito.Ojalá les guste xD el momento que todas esperan desesperadamente se va acercando más.
