Avanzó hasta donde estaba ella, la reacción de sorpresa era la esperada. Lamentó realmente no tener un plan, pues una cosa era mentirle a Naruto —eso también lo lamentaba— y otra muy distinta era... eso que tenía que hacer. Seguía sin tener ni idea. Comenzaba a molestarle la cantidad de nuevas ocasiones en las que tenía que ponerse en ridículo. En ese corto tramo de pasos seguía preguntándose si no habría otra posibilidad. Se plantó delante de ella a una distancia prudente sin saber qué decirle. Ella estaba igual, pero él no decía nada, ¿debía preguntar...?
—Naruto no pudo venir.
—Oh, entiendo... —Sakura intentó ocultar su decepción. Se giró hacia la mesa en donde estaban sus cosas y comenzó a recogerlas. Sentir el silencio y la mirada de él era inquietante, ¿qué pensaría de su nueva actividad? Esperaba que no dijera nada al respecto.
La parte que Sasuke más odiaba de las conversaciones era que las personas no podían leer su mente, siempre tenia que decir lo que quería que el otro entendiera. Es decir, de plano le era un fastidio. Si tan solo las personas captaran todo un mensaje sin tener que abrir la boca...
—Por hoy me pidió que lo reemplazara, ¿qué tanto han avanzado?
Sakura se puso rígida aún dándole la espalda, sus manos sosteniendo en una postura pausada los objetos. Menos mal no estaba de frente, o su expresión de asombro —asombro de veras— podría hasta haber sido grosera. ¿Él en serio estaba ahí? Habían tantas implicaciones en eso. Sabía lo ocupado que era, lo serio, asocial, cerrado e impaciente que era. Lo poco que sabía de él le ayudaba a imaginar que seguramente estaba deseando cortarse un dedo con tal de estar en otro lado haciendo otra cosa, ¿entonces qué hacía ahí?
Todas las razones que se le ocurrían eran descabelladas. Las únicas dos que parecían más probables eran también increíbles: él estaba ahí porque su amigo le pidió el favor y él no se puede negar a un favor, o él estaba ahí por su cuenta también, porque quería estar con ella. Risibles. Le dio vueltas y vueltas al asunto, lo armó y desarmó. ¿Por qué siempre la sorprendía? Incluso cuando ya sabía qué esperar de él, iba y cambiaba la dinámica. Dejó de meditarlo cuando lo escuchó carraspear desde atrás.
—Oh, bueno —dijo volteándose—, esta iba a ser la primera sesión.
Así que sería desde cero... Maldijo todas las veces que pudo la hora en que se le ocurrió hacer eso. Ni siquiera lo había pensado, tan pronto como Naruto dijo "Sakura" su cerebro le había ordenado que hiciera algo al respecto, sin plantarse a pensar qué. Ahora, por culpa de su maldito lado impulsivo tendría que lidiar con ello e improvisar.
¿Cómo se enseña a leer...? Su molestia iba en aumento. Tenía serios prejuicios sobre las capacidades femeninas para ciertas cosas. No es que las considerara inferiores especialmente —no, él creía que todos eran inferiores a él sin pararse a pensar en qué genitales poseían—, pero siempre había creído que las mujeres eran buenas para unas cosas y malas para otras. Casi se prometió abandonar la enseñanza si ella no le seguía el paso pero recordó que no podía retroceder ahora, no cuando tenía una misión. Era malo fingiendo, pero fingiría que soportaría cada desacierto como si de verdad...
Abrió uno de los libros que ella tímidamente le ofreció. Era el mismo libro que su hermano había usado para enseñarle a él... En ese instante miles de emociones lo golpearon, como un baúl viejo abierto que suelta el polvillo que solo se asentará a su tiempo. Casi fue como una ofensa que lo tuviera ella, que se lo diera con esa expresión ignorante del verdadero valor del libro y de los secretos de infancia que contenía. Era parte de su intimidad.
Tuvo que reprimir el enojo que surgió como producto de la última etapa de ese golpe de recuerdos. Debía tener en cuenta que estaba ahí para algo y que ella no sabía nada de él como para entender el por qué de su repentino humor, sería raro y desfavorecedor solo empezar a demostrarlo.
Requirió de todo su control tan solo tomar el libro con la mano firme y abrirlo. Claro, no sabía cómo enseñarle a alguien, pero sí que recordaba cómo le habían enseñado a él. No fue complicado, sin embargo, porque él aprendía esas cosas con más facilidad que otros. No era lo mismo enseñarle a él que a cualquiera.
Aunque en la cabeza de Sasuke todo estaba relativamente bajo control —al menos en el exterior—, la verdad era que no lo estaba tanto según Sakura. Sí podía notar su incomodidad y tensión. Naturalmente que empezaba a hacer teorías de por qué, llegando a conclusiones algo erradas.
—Hay tres tipos de letra...
Al menos el asunto central de esa reunión era un salvavidas, ambos se presionaron para concentrarse cuanto más pudieran en eso. Sasuke procedió a explicarle cómo se dividía su alfabeto, mostrándole con el dedo el aspecto de cada letra en las páginas. Sakura notó que había un tercer tipo de letras que su alfabeto no tenía, el de ella tan solo eran vocales y consonantes.
Ella preguntaba para qué servían las otras. Sasuke rápidamente notó lo familiarizada que estaba con todas las otras excepto esas.
—Sabes el alfabeto de tu tierra.
—Sí, ¿usted también?
—Sí.
No era usual. Es decir, lógicamente el mundo no solo estaba dividido entre los que tenían riqueza o no, sino entre hombres y mujeres. Esos saberes eran prácticamente inútiles en el campo de juego femenino por lo cual era extraño que un hombre le enseñara a una mujer. ¿Cómo lo aprendió? ¿Acaso las cosas habían cambiado tanto en la Hoja como para que la educación femenina fuera diferente? O quizá un pariente cercano... Como fuera, un hombre
De todas formas era extraño hacerse tantas preguntas al respecto. No era nada, después de todo, no era como si ese pequeño dato cambiara algo.
Pero lo que sí lo hizo fue que Sakura era una esponja. Nunca tenía que repetir lo que decía, le mostraba una vez algo y no lo olvidaba. Cuando llegó a la mitad del alfabeto a paso lento decidió ponerla a prueba y simplemente terminó el resto solo recitándolo con el dedo apuntando a las letras restantes. Hizo que ella escribiera todo sin ver el libro y lo hizo. Él ni siquiera tenía tan buena memoria.
Odiaba admitirlo pero era algo prodigioso. ¿Qué tantas cosas podría memorizar en tan solo unos minutos? ¿Cuánto durarían en su mente esas cosas? En todo el tiempo que llevaban juntos —no mucho pero sí lo suficiente como para comenzar a saber cosas del otro— ella no había dado indicios de eso o de nada en particular. Su esposa se le hacía plana, aburrida, sin algo que ofrecer. No veía personalidad, solo una sospechosa asustadiza que no hacía nada más de su vida que estar penando a su alrededor. Una molestia.
Pero ahora... desde luego que seguía siendo una molestia, incluso más con sus nuevas inquietudes, pero podía ver algo nuevo que se le había pasado. Había estado ocupado ignorándola o molestándose por su situación de hombre casado, pero había sido algo ciego al descuidar esas cosas. Después de todo ella era su enemiga, ¿no? De alguna manera lo era, quizá más bien su oponente u obstáculo. O molestia. No hay nada más peligroso que no conocer a detalle a eso que te amenaza.
Esa era una buena oportunidad para reunir datos. Cuanto más supiera de ella mejor sabría cómo actuar, en qué ser precavido. Ahora estaba ese primer dato que de por sí era monstruoso y una mala noticia: no era tonta.
Sakura pronto se distrajo del hermetismo natural que le producía el rey. Avanzaban muy rápido y ella cada vez tenía más ganas de hablar. Intentaba no hacerlo demasiado pero por dentro se moría por saber incluso cosas que no tenían nada que ver con aprender a leer, como por ejemplo la historia del alfabeto, por qué agregaron esas letras de tercera categoría, si existían letras en desuso...
Él también estaba centrado, por lo cual se sentía cada vez más cómoda. No lo hacía nada mal, se acoplaba a su ritmo y a pesar de ser de pocas palabras era conciso y claro.
Esa sesión no duró mucho, naturalmente. De hecho, Sasuke no veía qué más podía enseñarle al respecto. Quizá debía desenvolverse y familiarizarse con las nuevas letras, pero eso podía hacerlo por su cuenta. Eso era todo.
—Muchas gracias, Alteza, en serio... Esto significa mucho para mí —le había dicho luego de que la incomodidad del silencio volviera.
Y lo cierto era que, a pesar de que no había salido mal, Sasuke seguía sin saber cómo haría para cumplir su cometido real. Lo pensaba y lo pensaba y se le hacía simplemente imposible. Al menos veía que ella se había soltado un poco con eso. ¿Si seguía enseñándole se abriría más? Quizá si él se mostraba como lo hacía, ella se confiaría y daría el primer paso, no veía otro modo. Le abrumaba pensar en todo lo que eso conllevaba, no lo deseaba para nada, pero se consoló pensando en la célebre frase "un paso a la vez". Sí, luego se preocuparía de eso.
—Bien. Pasado mañana aquí, a la misma hora. —Y se fue dejándola con los ojos bien abiertos.
Algunas preguntas le rondaron todo lo que restaba de la tarde: ¿y Naruto? ¿Qué más iba a enseñarle? Se sentía tonta al repetir en su cabeza cada detalle de esa tarde. Desarmaba y armaba teorías y no podía llegar a ningún lado, lo bueno fue que esa tarde estuvo ocupada: las doncellas habían hecho su aparición y la habían ataviado por horas. Ser vestida era una larga ceremonia que resultaba difícil porque las chicas solían proceder en pesado silencio. Esta ocasión era diferente a las dos anteriores, cabe resaltar: ellas parecían más afables, incluso pudo ver cómo algunas rivalizaban en silencio por conseguir estar cerca de ella arreglándola, o quizá era su imaginación.
Esa noche habría una gran fiesta de la Corte para recibir oficialmente al rey. Bueno, no era como si las fiestas se hubiesen detenido, Sakura muchas veces se encontró pensando que era una falta de respeto que el rey hubiese sufrido un atentado y que su propia Corte estuviera celebrando una fiesta en ese mismo palacio pocas horas después. Naturalmente ella no se había aparecido por allí. Esta tarde era diferente, la reina debía comenzar nuevos hábitos sociales junto con el rey, le había dicho ese joven de cabello blanco. Se preguntaba qué clase de cosas se encontraría en esos eventos, los anteriores no habían sido agradables: uno celebraba su improvista e indeseada boda, y en el otro se sintió totalmente fuera de lugar cuando esa chica de cabello rojo se había mofado descaradamente de ella al lado del rey.
Sí, había tenido tiempo de pensar en eso también, aunque lo evitaba, pero los preparativos para la fiesta le hacían imposible el no pensar en eso. Si el rey tenía amantes y se las restregaba en la cara en eventos sociales, ¿ella cómo quedaría? No tenía nada que ver con un capricho sentimental de su parte sino con orgullo. No, no era justo que él hiciera aquello. Ella era el hazmerreír de la Corte por muchas razones, pero si podía evitar esa razón en concreto lo haría.
Solo que no sabía cómo.
En la vida de toda chica hay cosas sagradas, y aquello cambia dependiendo de qué tipo de chica seas. Para Tenten la pre fiesta era una fiesta, su momento de gloria. Un montón de jovencitas que querían ser como ella iban y venían a su alrededor. Comida, liker, sus mejores amigas y largas sesiones de belleza, aquello era como tocar lo inalcanzable. Era su pedazo de la corona real. En esos momentos, para las criadas y doncellas, ella era su reina.
Nada le gustaba más que codearse con las mujeres de más alta alcurnia del reino y del mundo. Cada día al levantarse de su mullida cama el primer pensamiento que llegaba a ella era sobre lo perfecta que era su vida: juventud, hermosura, clase, posesiones y popularidad. Ella era el sol de la Corte, las demás damas brillaban junto a ella como estrellas.
—¿Saben? No todas las nobles son como nosotras. Puedes ser noble de Roove, de Konoha o de cualquier otro pequeño reino pero nuestra Corte está en otro nivel —solía decir. Tayuya sonreía mirándose al espejo, alimentándose de esas palabras, sintiéndose en la cima de las cimas.
Y tenía algo de razón. Ciertamente la Corte grustva era diferente. Nadie vivía la vida tan al límite como ellos lo hacían, nadie vestía de esa manera. Nadie disfrutaba como ellos podían.
—La Corte lochka es aburrida. Cuando era pequeña mi familia interactuó con la Hoja, allá nadie se divierte. Los nobles son algo plebeyos y solo piensan en trabajar —estaba de acuerdo la pelirroja.
—¡Quizá por eso la rosadita es tan insípida!
—No lo dudo, no tiene alma para las fiestas. Y aunque la tuviera no es bienvenida.
Otras nobles llegaban al salón y se unían al coro de burlas. Incluso las doncellas, en un afán de agradar a las damas, reían.
Mientras tanto Matsuri alcanzaba accesorios en silencio. Ella soñaba con dejar algún día de ser una simple criada para ser al menos una doncella, pero eso era imposible. Las doncellas estaban ahí porque su linaje no era muy malo ni tampoco muy bueno. En comparación con el resto de grustvos, estas eran de la élite, pero dentro de la élite misma eran el escalón más bajo.
Si ella fuera tan solo eso.
Por eso disfrutaba de estar cerca de esas personas. Las primeras veces que escuchó las bromas y chismorreos sobre la reina ella también rio congraciándose inútilmente, pero claro, con el trato distante pero constante que iba teniendo con su Alteza fue notando que las cosas estaban algo desproporcionadas. Cada vez le desagradaba más.
En su casa era muy distinto. Lo que se decía en su círculo fuera del palacio era otra cosa, eran cosas favorables y que poco a poco le ganaban su empatía.
Pero no podía zafarse de eso. No cuando aquella muchacha castaña en medio de un capricho la miraba desde arriba y le sonreía. En definitiva, no podía dejar de sentir aversión por Tenten, y tampoco podía evitar querer que la aprobara.
Las damas de la Corte finalmente estaban listas. Puede que vivieran de fiesta en fiesta, tanto que era imposible recordar a cuántas habían asistido ya que era algo casi cotidiano. Sin embargo, cada una de esas noches era vivida como una ocasión especial, desesperadamente especial.
Caminaron por todo el recinto en dirección a uno de los salones dispuestos para la fiesta. Era cálido ver cómo las damas jugueteaban entre sí, cómo crujían sus vestidos al tocarse con complicidad, al escuchar los susurros y carcajadas.
En el salón todos los nobles volteaban hacia ellas con admiración. Aquello era una competencia de un modo u otro por ver quién atraía más ojos. Tenten disfrutaba de saber que siempre sería el centro de atención, ella podía permitirse los trajes más caros y los accesorios más exclusivos. Su cabello castaño lucía bien con cada peinado que se le hacía. Vivir como ha vivido le dio el porte y los modales para lucirse a sí misma. No había una persona más segura en el reino que ella.
Irónicamente, las personas así son las más inseguras, ella era la primera en saberlo. Lo supo cuando una corriente de lava espesa le recorrió la tráquea al ver que los ojos que tantas horas le había costado atraer se desviaron de ella.
Tras ella había llegado la reina lochka envuelta en un vestido azul cielo vaporoso, acompañado por piel blanca y perlas —al parecer las perlas eran lo suyo—. Era pesadillezco, lo que siempre la había hecho feliz era saber que sobre ella no había otra, pero ahora ni siquiera tenía la posibilidad de cumplir su sueño más anhelado. Lo único que le hacía falta para ser ahora sí inalcanzable era ser reina. Estuvo tan cerca de serlo, tan cerca cuando sus padres llegaban a decirle lo seguros que se encontraban de saber que el rey Sasuke no tenía una mejor candidata que ella. Se lo había creído, ella a quien nunca se le negó nada en la vida, por vez primera algo parecía decirle que no podía alcanzar eso que deseaba.
No podía lidiar con eso.
Tampoco podía disimular su humillación en ese momento.
Pero lo que más odiaba era el desinterés de esa mancha rosada en el salón. Ella era todo lo que Tenten estuvo cerca de ser y no pudo y aún así se daba el lujo de aparentar que no le interesaba. ¿Cuál era su maldito problema? Tantas veces pensó que preferiría que su rival fuera la harpía que sabía que era de frente, no una falsa con careta de buena.
—Ah, si yo fuera el rey...
Suigetsu y su maravillosa habilidad para echar sal en una herida. Tenten le dedicó su peor mirada demoniaca y se fue, no planeaba lidiar con él, no en ese momento. Y Suigetsu no era un tonto para nada, él sabía bien lo que pasaba con ella, la conocía muy bien. También sabía cómo solucionarlo, vaya que lo sabía. Solo no estaba seguro de emplear esa sucia carta, no por ahora, aunque tenía una motivación a favor de usarla.
La pelirroja y ardiente hermana de la reina.
Al momento entró el rey también intentando hallar ánimos de algún lado. Ese día era por completo un desastre para su hábitat natural, eran demasiadas personas por un día.
Los nobles ancianos se acercaron a él para saludarlo y mantuvieron una breve conversación. Homura había desaparecido por un momento del círculo, pero volvió enseguida tomando del brazo a la reina.
—Alteza, luce radiante esta noche.
—Muchas gracias —dijo con una reverencia. Los ancianos le abrieron un espacio.
—¿Sabe, alteza? —empezó con un tono que Sasuke conocía muy bien, era uno que lograba crisparle los nervios cuando aparecía— el rey Sasuke tenía razón, las perlas son la única joya de la naturaleza capaz de acompañar adecuadamente a una belleza sin igual como la suya.
Claro, debió imaginarlo. Lo bueno era que tenía una copa de liker en sus manos, así pudo atragantarse con él para pasar la incomodidad, así no pudo ver la expresión perpleja y desarmada de Sakura, el momento exacto en que un remolino de fresas pintaron las mejillas vainilla de la ahora halagada y avergonzada monarca.
Los demás nobles afirmaron y secundaron el halago. Para otro tipo de persona ese tipo de mentiras hubiesen impactado positivamente, quizá en alguien como la pequeña Tenten, tan acostumbrada a esas caricias verbales. Pero no para nuestra Sakura, quien a pesar de todo lo que los demás podían llegar a pensar, jamás había recibido un cumplido tan bello. El impacto era mucho mayor, exponencialmente mayor, algo trascendente y memorable, no solo unas palabras más.
Atesoraría esa mentira mucho tiempo, esa mentira que fue como una humilde gota de agua. Y es que esa gota de agua no significa nada en un terreno húmedo, pero en tierra árida hasta la semilla más reseca se aferra a lo que sea para brotar.
—Oh, ¿pero qué es esto? Me encanta esta pieza musical, la compusieron para la familia real hace cien años. Es la favorita de Sasuke, ¿por qué no la bailan? —continuó el astuto anciano.
"Maldito anciano celestino", gruñía Sasuke en su interior.
Sakura, que no salía de su estupor, seguía viendo al anciano sin poder controlar el brillo de sorpresa en sus ojos. El anciano se alegró en sus adentros, eso significaba que a la reina no le era indiferente el Uchiha. Si presionaba lo suficiente podría hacer que las cosas siguieran el curso que debían tomar, esa noche era perfecta para diagnosticar el estado de las cosas y qué tan difícil sería lograr el cometido. Los resultados eran más que buenos.
Tomó su mano y la acercó a la del pelinegro, empujándolos —arrojándolos, según Sasuke— a la pista de baile. Ninguno de los dos sabía qué hacer.
Sasuke venció su atolondramiento cuando toda la Corte se reunió en un círculo gigante a su alrededor esperando ver el primer baile de la pareja real. Evitando mirarla a los ojos, tomó sus manos y las acomodó, una sobre su hombro y otra en su propia mano. La sujetó por la cintura y comenzó lo que su mente llamó la danza de la vergüenza. Odiaba bailar. Bailar era una expresión de vida y libertad para cualquiera pero en su caso solo era una prisión, pues en ciertas ocasiones se vio obligado a hacerlo en contra de su voluntad. Él solo quería estar solo y ser dejado en paz pero eso era lo único en el mundo que un rey no podía tener.
Sakura por su parte se había bebido las palabras del anciano, de modo que estaba embriagada de significados. ¿Era eso? ¿Ella le gustaba y por eso había decidido acercarse repentinamente? Era extraño encontrar que esa era la posibilidad con más sentido dentro de todas. No fue cuando vio que todos la miraban que se dio cuenta de que realmente estaba pasando; estaba bailando con el rey Sasuke. ¿Pero por qué la alteraba tanto aquello? ¿Por qué tendía a sentir una revolución en su interior cada vez que algo se trataba de él? Lo había podido controlar hasta ahora, podía ignorar su lado hormonal gracias a que las cosas entre ellos nunca estaban en buenos términos, ¿pero ahora qué se lo impediría? ¿Cómo iba a lidiar con esas cosas que odiaba admitir que aparecían en su estado de ánimo? Era casi irreal pensar que en efecto estaba en los brazos de un hombre apuesto y poderoso, su esposo, quien no la había tratado precisamente mal en un buen tiempo, que parecía cortejarla a su extraña manera.
Pero Sakura no era la única que no sabía cómo controlar sus sentimientos. También lo hacía esa otra muchacha que los observaba, esa alma desterrada de lo que ella creía que era el paraíso, pero que en realidad era el infierno.
Quizá solo una persona no los observaba en la sala. Solo una persona aún mantenía sus perlados ojos en la castaña, pero esta no lo notaría, y si lo hiciera, tampoco le importaría.
La pareja real sí intuía que aquello era el infierno solo que de manera diferente. Para ella era un estado rojo, caluroso y tenso. Para él el infierno era un lugar congelado e inhóspito.
Aún no llegaba su momento de arder en él.
Feliz cumpleaños a mí, y las jamo.
