El siguiente capítulo tiene contenido sexual y escenas sumamente fuertes y explícitas de violencia. Lee bajo tu propia responsabilidad o no lo hagas.


"Solo lo que todavía no ha pasado no envejece nunca" —Schiller.


Finalmente hoy es el día en que se unen dos vidas que no tenían nada que ver. Es preciso decir que a pesar de que estaban en una muy buena temporada climática, razón por la cual las visitas en las ciudades anteriores habían escaseado en tormentas de nieve y el cielo estaba lustroso y lavanda, lo que concernía a esta nueva ciudad era todo diferente. Indragrado estaba en el centro como ya sabemos, pero la Grustveria se encontraba hacia el nororiente, era considerada por la humanidad como una de las cuatro esquinas del mundo, el lugar más helado sobre la tierra y el más alejado de cualquier otro reino, si se lograba llegar más hacia el norte o el oriente todo lo que había era una masa de agua medio congelada infinita, un océano hacia ninguna parte. Quizá esto explique por qué Grust era como era, estaba tan alejada de todo que lo único con lo que podía llegar a estar en contacto era exclusivamente con la cultura del Hielo, no como otras ciudades más cerca de la frontera con los otros reinos. Ser la primera capital en la historia les daba un sentido de la conservación de las costumbres tan fuerte como no lo tenía nadie más, ellos se tenían a sí mismos como la cuna de lo puramente grustvo, desde el linaje de sangre hasta la manera de ser.

Una tormenta azotaba a esta antiquísima ciudad, sus casas apiñadas y negruzcas parecían viejitas jorobadas que se acurrucaban entre sí para no morir de frío. Pese a esto todos habían preparado religiosamente el recibimiento para el rey y la reina. Si los otros anfitriones se habían dejado la vida en ello, para estas personas era algo de otro mundo. Con lo que sabemos de los grustvos ya es fácil adivinarlo. Los otros nobles los habían recibido con fiestas, pero para los grustvos todo debía ser solemne y ceremonial.

La caravana de los reyes estaba algo retasada debido a la tormenta, habían tenido que refugiarse detrás de una ladera de roca negra y alta mientras la tormenta daba tregua. Es por esta razón que este relato no iniciará con su llegada sino con la de alguien más.

Viajaba desde el sur, iba solo y no tenía opción de refugiarse en ningún lado, el único punto más cercano a la seguridad era la ciudad, ya tenía idea de en dónde quedarse pero todo estaba por verse. Esa tormenta era el mejor momento para llegar, la Guardia ni siquiera podría verlo entrar y tampoco le harían preguntas, era sumamente peligroso para él, debía llegar a aquella casita sin dejarse ver de nadie y luego rogar a todos los cielos que lo dejaran quedarse allí.

Tal y como pensó ni un alma se atrevía a salir, él mismo se sentía morir. Por suerte las calles no habían cambiado mucho desde la última vez que estuvo allí y logró ubicarse bien, es difícil medir el tiempo cuando el cuerpo está tan al límite pero finalmente se halló frente a esa puerta. La golpeó. No abrieron enseguida.

—¿Quién es?

—Soy yo.

Unos segundos bastante prolongados después la puerta se abrió un poco, la cabeza castaña de un muchacho del que ya hablé en el pasado se asomó con un gesto incrédulo en la cara.

—¡¿Shino?! —susurró. Shino había sido su amigo de la infancia, un grustvo como él que un día simplemente se fue sin que nadie supiera por qué, había cambiado mucho pero él podía reconocer en todos lados a su amigo, aún cuando tenía la cara tan cubierta.

—Kiba, necesito ayuda.

Kiba Inuzuka, un chico de gran corazón, volteó hacia atrás algo dubitativo, su madre estaba en la habitación dormitando. No podía dejar a su viejo amigo a merced de la tormenta, debía preguntarle a su madre pero era seguro que se quejaría, ella siempre lo hacía.

—Shhh, pasa.

Caminaron de puntitas atravesando la cocina y un corto pasillo que daba a un cuarto diminuto que solo contaba con una ventanilla, cerraron la puerta bien y se sentaron en las cobijas arremolinadas de la cama. Kiba tenía mucho que preguntar.

—¿No puedes primero darme un poco de agua caliente, por favor? No te lo pediría pero...

—¡Claro!

Luego de ir a preparar la leña para eso volvió, Shino tenía sobre la cama su pequeño equipaje abierto. El castaño se dedicó a examinarlo esta vez, tenía la cara cubierta hasta la nariz y ocultaba su pelo con vendas, y aunque podía ser por el frío, había algo allí que no cuadraba.

—¿Qué es eso?

—Son cosas, cosas que escribimos.

Se aproximó, en las manos del visitante estaban pedazos de libros de tamaño pequeño y algo deshojados. También vio un montón de hojas apiladas y sueltas. Tomó una y en cuanto lo hizo deseó arrojarla.

—¡¿Qué... qué mierda haces con esto?!

—Shhh, baja la voz.

Kiba era el menor de los dos, extrovertido, fanfarrón, mientras que Shino siempre había sido calmado y le recordaba si estaba siendo imprudente. Esta vez se sintió como en esos tiempos.

—Habla ahora, Shino. Estás en mi casa y merezco saberlo, tengo una familia, hermano, ¿lo entiendes? Mi mamá, mi hermanita...

Se sintió culpable por completo pero no era como si hubiese llegado allí sin saber eso o sin sentirlo, no tenía muchas opciones.

—Está bien, pero promete que me escucharás hasta el final sin decir nada.

Cuando Kiba aceptó él comenzó a relatar que se había ido con unos viajeros hacia el sur en busca de oportunidades, era bien sabido que Shino no tenía familia, se había criado gracias a que se quedaba en distintas casas desde muy pequeño, incluyendo la de los Inuzuka. A los 14 años sintió que ya no podía seguir dependiendo de nadie por lo que buscó suerte hacia abajo con la esperanza de encontrar algo para él. Lo que pasó allí será algo que por ahora no puedo contar, será tarea de otros ojos el ver y describir esto que sucedió que lo hizo cambiar.

Kiba no sabía qué pensar de todo eso, estaba algo catatónico. Quería reclamarle por no haberse despedido, por haber desaparecido como un muerto, por haber vuelto y ponerse en peligro a sí mismo y a esa casa, pero nada de eso salía de su boca.

—Te ruego que me perdones, te lo digo en serio. No vengo a obligarte a nada, si algo sucede yo mismo me entregaré y aquí no ha pasado nada, le diré a la Guardia que yo te amenacé o...

—No, no... Estoy enojado contigo pero... entiendo.

—Esto es más grande que nosotros, Kiba, ¿lo entiendes? —Este asintió.

—¿Y... entonces a qué has venido?

Para Shino era difícil explicar tanto, nunca estuvo acostumbrado a hablar mucho.

—Vengo a repartir estos volantes —se refería a las hojas sueltas que aterrorizaron a su amigo— no son muy obvias, creí que podrían pasar desapercibidas pero veo que ya las conoces.

—¿Es una broma? La primera llegó aquí hace meses, ya se corrió la voz y todos sabemos qué significa.

Los volantes amarillentos parecían tan siniestros desde tan cerca, tocarlos era como tocar algo peligroso, como jugar con fuego. ¡Y habían docenas en su cama!

—¿Realmente lo saben? A ver, explícamelo.

—¡Claro! Es el símbolo de los traidores del sur. El dibujo de la rama y las dos hojas y esto que dice... acá...

Shino se rio internamente por la cara de confusión de su amigo

—No sabes leer aún, ¿o sabes lo que dice esa frase?

—... no, ¿pero eso qué cambia?

—Dice "tras el deshielo vendrá la primavera". Qué diabólico.

Kiba se molestó por la broma.

—Eso no dice, seguro dice otra cosa.

—No, no es así, luego te enseño a leer. Por ahora debo decirte que mi misión acá es repartir esto a las almas más sensibles de Grust, corazones que están cansados pero ansiosos —Kiba casi enloqueció. Antes de permitirse gritarle tan silencioso como fuese posible fue a la cocina a traer el agua caliente.

—¡Estás chiflado! —Le entregó la pequeña olla— ¡No puedes hacer eso, ¿acaso no sabes cómo son las cosas acá?! Hay una nueva guardia, estas personas han castigado a los traidores y nadie te haría caso, por miedo o porque esta ciudad odia a los traidores. Te delatarán y serás enviado a la horca, ¡y si lo hacen también iré yo y mi familia! ¡No, no puedes! ¡Y para que sepas, escogiste el peor momento posible para venir, la caravana de los reyes está en camino, nos harán una visita! ¡Tienes que irte!

—Precisamente por eso no puedo irme ahora mismo, créeme, me enteré hace poco de que los reyes venían, llevo casi un mes viajando desde el sur y no lo sabía. Kiba, por favor, tienes que escuchar lo que digo...

—Lo lamento, Shino —Se puso de pie— puedo decirte en dónde puedes quedarte mientras la marea baja, pero aquí no puedes y tan pronto como los reyes se vayan y la tormenta cese, te irás y no volverás. No puedes, es por tu bien.

El fugaz huésped se sentía frustrado pero lo entendía, había llegado allí sin garantías de nada y agradecía que su amigo fuese compasivo y bueno, y que a pesar del temor que ahora sentía, pensara en su seguridad.


Ya era fatalmente bien sabido por la Corte entera que el rey y la reina se escapaban esporádicamente hacia los bosques para buscar fauna y agregarla a la colección de la reina pero no habían podido volver a hacerlo por la tormenta. Cuando esta se calmó tan solo prosiguieron con el viaje.

En ese momento Sakura solo quería distraerse de su confusión y tristeza causados por el brusco cambio de su esposo hacia ella así que decidió concentrarse en la nueva ciudad. No era cualquiera, había leído de ella en esos silenciosos últimos viajes y su curiosidad al respecto era genuina.

La multitud era diferente, esta esperaba en silencio haciendo un largo pasillo como dos cuerpos oceánicos a cada lado del sendero, habían preparado estandartes con el escudo real y así, callados, contemplaban el paso de los viajeros reales. Sakura vio desde su caballo que los niños no corrían, se quedaban tan tiesos como los adultos junto a sus padres, no le sonreían con afabilidad sino que bajaban la mirada con respeto.

Iban de camino al antiguo palacio real, aquel que Indra había abandonado siglos atrás.


Luego de que almorzaran la pareja real fue dirigida a los aposentos para que pudieran descansar de la entrada y el viaje, toda la Corte reposaría porque en la noche habría un evento. Sasuke ya estaba harto, su carácter se resentía cada vez que tenía que ir de aquí para allá, le urgía estar solo en su oficina y tomar el mando como sabía hacerlo: en silencio, sin discursos.

Se notaba que ese palacio había sido habitado por reyes pero era más modesto que el suyo y algo pasado de moda, no podía importarle menos, no solo porque estuviera cansado o fuera una persona extremadamente práctica, sino también porque apreciaba el valor histórico: el rey Indra, uno de sus modelos a seguir, había estado allí.

Con ese pensamiento se puso cómodo, se acostó en lo que fue su cama y se cubrió con las cobijas para luego cerrar los ojos. Sakura, desde la puerta, lo vio hacer eso con una mezcla de admiración y tristeza. Esperaba que pudieran hablar en cualquier momento pero entendía que estaba agotado, ella lo estaba. Quizá solo se acostaría y ya vería después.


Despertaron al tiempo cuando las muchachas tocaron a su puerta para prepararla, solo había pasado una hora y media.

—Sasuke... me gustaría hablar contigo antes de prepararme para el banquete —le susurró.

—¿Sobre qué? Es mal momento, te están esperando.

—Lo sé, les diré que esperen, pero si no entonces tendré que esperar hasta mañana...

—¿Y no puedes?

—No... Es importante.

Él, algo dubitativo, aceptó y ella corrió a decirle a las mujeres que volvieran después. Volvió a la cama y se sentó bastante nerviosa y sin saber cómo empezar.

—... Solo quería que habláramos de la razón por la que estás tan... —Sasuke se incorporó con los brazos cruzados y un rostro confundido, Sakura se intimidó, ¿tenía derecho a reclamar? Debía ser cuidadosa al hablar— distante.

—¿Distante?

Quería acabar con esa charla en ese mismo momento, claro, no esperaba que ella le dijera algo al respecto, solo que lo dejara ser hasta que volviera a intentar algo nuevo después.

—Sí, esa vez en el bosque cuando te pregunté sobre... ya sabes, tu familia, desde ahí has actuado diferente conmigo.

—Te he acompañado.

—Sí, pero ya no es lo mismo. Es como si... Ah, bueno... Es como si no quisieras estar conmigo —soltó por fin.

—Te equivocas, siempre te he tratado igual.

No, siempre la había tratado mal excepto después de su repentino cambio e interés hacia ella, tenía muy claro cuáles habían sido los matices y contrastes en cada momento de esa relación y ahora se sentía como si tuviera mucho que explicarle respecto a cómo había percibido las cosas entre los dos.

—No es así, ahora me tratas como al principio.

Para Sasuke aquello era inexacto, al principio era abiertamente rudo con ella y desconfiado. Le frustraba que ella no pudiera verlo, como si todo su esfuerzo por hacer las cosas diferentes fuesen en vano. Había intentado por todos los medios que ella no se diera cuenta de que aún desconfiaba de ella, incluso había ablandado la vigilancia de la guardia con ellos para que no sintiera que estaba bajo lupa y se abriera fácilmente.

—Todo era muy diferente antes.

—Pero ahora las cosas volvieron a ser parecidas. Sigues tratándome como si no me quisieras contigo, como si yo te hubiese presionado para casarte conmigo —Sasuke se mostró perplejo. Jamás de los jamases se hubiera imaginado que Sakura llegaría a tanto como para reclamarle nada, y se veía que se contenía al hablar, pero lo hacía. ¿Acaso le había perdido el respeto?

—¿Cómo te atreves...?

En ese momento Sakura sintió un impulso de cobardía, era cierto que ahora se sentía más en confianza con él pero ahora se sentía ofendido, ¿se había pasado de la raya o...? ¡Debía retroceder? Tuvo ganas de hacerlo, de pedirle perdón y decirle que lo olvidara, debía hacerlo y mantener las formas con él, su esposo y rey.

—Estoy cansada de sentir que te estoy obligando a ser mi esposo, yo no elegí esta vida.

Pero no pudo hacerlo, en ese momento descubrió que cuando su nivel de frustración tocaba los cielos ella no podía dominarse.

Sasuke estaba incrédulo ante lo que oía, le enojaba que hablara con tanta libertad y razón. Pero... ¿que ella no había elegido esa vida?

—Es una gran mentira, por lo que sé yo debía haberme casado con tu hermana mayor, es evidente que tú no eras la heredera legítima de Konoha. Habrás hecho algún arreglo con tu padre y tu hermana para quedarte conmigo en su lugar.

Sakura abrió los ojos con horror, nunca se había sentido más herida. Temblaba, esta vez no sabía decir si era de frustración, tristeza, frío o ira.

—No... ¡no! ¡No fue así! —Ya no podía controlar su voz, esta había subido varias escalas— ¡Mi padre... él nunca...! ¡No fue así!

—No tienes ningún derecho de gritarme. Ubícate, Sakura.

Sasuke también quería ponerse a gritar, pero ¿eso en dónde y cómo lo dejaba? Él no estaba a su nivel, no podía rebajarse, él no era una mujer sentimental, alborotada y fuera de control como ella. Aunque si no lo era, ¿por qué casi estaba por arrancarse los cabellos?

Sakura se levantó como si la cama quemase. Lo miraba con algo que logró impactar al Uchiha, era una mezcla de incredulidad, shock, ira, decepción, tristeza... Podía seguir pero dudaba que conociera tantos colores de esa gama de sentimientos, era la primera vez que veía esa expresión en la cara de alguien y más aún, dirigida hacia él, causada por él.

A Sakura le pasó lo que le pasa a las personas que tienen mucho que decir: no dijo nada, no sabía ni por dónde empezar, todas las palabras se ahogaron en su garganta con un nudo y cuando menos se dio cuenta unas humillantes lágrimas se escurrían pesadas por su cara. No, no quería llorar en ese momento, por primera vez se sentía temblar ante las infinitas ganas de defender un orgullo que no sabía que tenía pero no podía hablar. Respiraba alterada, Sasuke la miraba tan aparentemente calmado, únicamente con una mirada filosa y el ceño fruncido. Si seguía un segundo allí ya no podría soportarlo.

Fue así que se volteó, se calzó y salió de allí casi azotando la puerta, casi corriendo.

—Maldita cría.


La vieron en los pasillos alterada y corriendo mientras las lágrimas rodaban. Las nobles corrieron hacia las muchachas de la servidumbre para informarse, no supieron dar más razón que aquellos gritos que escucharon sin entender qué decían. El grupo de la Corte que más se interesó por esta inmediata información fue el de peores intenciones. Se reunieron con prontitud a improvisar un plan; ese era el momento perfecto, el destino por improbable que eso hubiese sido había abierto una brecha que les permitiría poner a rodar su plan, este era el momento que tanto habían esperado.

Una chica armó un escándalo por una joya perdida y le ordenó a todos los guardias cercanos, incluyendo a Zabuza, que la ayudaran a buscarla o los acusaría de robo.

Por su parte y aprovechando el escándalo y que la guardia no los escucharía, uno de los miembros de la Corte, Kabuto, vio y escuchó todo lo que se estaba orquestando.

—Oigan, ustedes, ¿qué carajos están haciendo?

Ellos intentaron negárselo pero este era demasiado inteligente y astuto como para que eso funcionara. Tuvieron que contarle todo tan rápido como pudieron, no había tiempo que perder.

—Esto también te beneficiará a ti.

—Van a detener esto ahora mismo o lo haré yo, ¿en qué mierda se están metiendo ustedes? ¿Matar a la reina?

—Kabuto, si tú nos delatas diremos que fue idea tuya.

Él no podía creerlo. Tampoco es que le sorprendiera tanto que esas personas llegasen tan lejos pero no podía permitir que le hicieran algo a la reina.

—Créeme, Kabuto, te hundiremos bien hundido si interfieres. Solo tienes que callar y hacer como que no has visto nada.

Él, impotente, fue el único testigo de todo eso.

Uno de los matrimonios corrió hacia donde les habían dicho que estaba la reina. Ella solo caminaba deprisa sin saber a dónde ir, lamentaba no haber pensado en ponerse una capa encima antes de salir corriendo. Su cabeza tan solo repetía las palabras del Uchiha una y otra vez en un juego de tortura interminable, cada vez adquirían más significado. ¿Era esa la razón por la que la despreciaba? ¿Él estaba esperando casarse con su hermana, acaso por eso era infeliz con ella? ¿Y entonces por qué había sido bueno, por qué cambiar?

Ella tampoco entendía por qué su padre la había escogido para casarse con el rey, la explicación más lógica era que había querido deshacerse de ella, Karin era invaluable para Konoha y para Danzō, era brillante y junto a Sai era una líder prometedora. Ella, carente de toda cualidad para su padre, había sido arrojada a tierras desconocidas; si algo le pasaba no pesaría demasiado para él.

Se sintió pequeña ocupando un lugar que le correspondía a su hermana mayor, quizá el Uchiha le profesaba un amor secreto a esta y la había pedido en matrimonio, decepcionándose después de recibirla a ella a cambio. Era su prisión, sus sentimientos no eran correspondidos en lo absoluto por él, quizá todo había sido un espejismo, un intento de él por cubrir ese equívoco, o resignación. Peor aún: ella era una barrera que lo había separado de quien él realmente deseaba que fuera su esposa.

Lo peor de que fuera su mente la encargada de torturarla era que lo sabía todo de ella misma, en dónde dolía más.

—¡Alteza, espera!

Se interrumpió de golpe cuando fue llamada, detrás venía corriendo una pareja de esposos con los que no había hablado pero que identificaba dentro de la Corte, se veían agitados.

—Por todos los cielos, ¿qué te pasó, cariño? —Se acercó la mujer y la estrechó en sus brazos, apenas pudo corresponder aún sorprendida y mareada por su fuerte perfume—. Te vimos llorando y nos preocupaste.

—Alteza, ¿todo en orden? —preguntó él quitándose su capa para cubrirla, se notaba que tenía frío e hipaba.

—Sí... No... Es decir, no es nada, no se preocupen.

—Uno no llora por nada, cariño, tranquila, puedes contarnos. Somos tus servidores pero también tus amigos.

Los miró alternativamente, su instinto desconfiaba de ellos pero por otro lado estaban siendo considerados y buenos, parecían preocupados por saber qué le pasaba y en ese momento realmente necesitaba desahogarse con alguien por primera vez en mucho tiempo.

—Alteza, tranquila, puedes contarnos con calma. Vamos a dar un paseo, sabemos que disfrutas de ir al bosque de vez en cuando para conseguir plantas; en Grust las plantas son especiales porque sobreviven al peor frío de todos, ¿qué tal?

—¡Sí! Vamos, tomarás aire fresco y así podrás sentirte mucho mejor, ya verás.

Se sentía culpable de pensar mal de ellos así que aceptó.

—Está bien, gracias.


Naruto llegó corriendo a los aposentos del rey, ni siquiera tocó la puerta sino que la azotó sobresaltando a Sasuke.

—¡Sasuke, ¿qué pasó?!

—¿De qué?

—¡Dijeron que Sakura salió llorando de acá, ¿ahora qué has hecho?!

—¡Nada, no hice nada, le dije que se calmara!

—¡Nunca le digas que se calme a alguien que necesita calmarse, nunca lo hacen!

Ambos se embarcaron en una discusión sin sentido, Sasuke se encontró exasperado luego de esa pelea y ahora las acusaciones de Naruto no ayudaban.

—Estaba alterada por nada, es mejor que se haya ido, me faltó al respeto y necesita poner sus emociones de mujer bajo control.

—Bueno... Puede que tengas razón, pero no creo que se alterara por nada. Por norma general tú eres el menos capacitado para captar cuando le haces daño a alguien. ¿Qué pasó?

Sasuke procedió a contar lo que habían dicho y por qué ella le había reclamado, empezando por la pregunta por su familia en el bosque. Naruto tuvo que hacer uso de toda la empatía del mundo para poder entender a Sasuke, lo conocía más que nadie pero tenía una manera tan enredada de procesar los pensamientos y actuar, a veces tenía que enseñarle a ser una persona normal, bueno, cuando se dejaba. Quiso regañarlo, golpearlo, gritarle todo lo que estaba mal con él pero se contuvo, él evidentemente no era consiente de eso, no era el mejor poniéndose en el lugar de otras personas y más aún, le había contado todo eso por algo: porque confiaba en él y en el fondo reconocía que necesitaba su ayuda. Lo peor que podía hacer era ponerse a juzgarlo, él nunca más volvería a acercársele para contarle cualquier cosa.

Le explicó con paciencia lo que creía que pasaba en la cabeza de Sakura.

—Entiendes que debes ir a disculparte, ¿verdad?

—Aún no entiendo por qué, ella fue la que se salió de sus casillas.

—Tú le dijiste cosas crueles y fuiste distante y lo sabes. La confundes, te dije que no la confundieras, no lee tu mente.

—¡Pues que lo haga!

Y como lo conocía tan bien sabía que iba a ser un terco incorregible, al menos por ahora. Quizá también necesitaba calmarse.

—Bien, no te disculpes hoy, pero hablaremos mañana de esto o hasta que reflexiones.

—Ella es la que tiene que reflexionar, no puede gritarme como si fuera su asqueroso sirviente.

No planeaba cambiar de opinión. Ella volvería sabiendo que cometió un error y le rogaría perdón, y él no se lo daría de no ser porque aún tenía el maldito plan detrás. Ahí vio más claro que nunca que realmente era necesario que ella estuviera ciegamente enamorada de él, resultó ser una fiera temperamental.


Kiba se encontraba confundido, se sentía mal por haber sacado a su amigo de su casa y haberlo hospedado en una pocilga de mala muerte pero era lo único que podía pagarle con su dinero, era un hombre de familia modesta, trabajaba duro por las dos mujeres que tenía a su cuidado y las amaba más que a nada. No podía arriesgarlas por las ideas descabelladas de Shino, había perdido la cabeza. No, esas cosas que decía de la corona era completamente descabelladas y lamentó realmente que él fuese víctima, sí, víctima de esa temida y criticada enfermedad de la que tanto se hablaba ahora: la rebeldía del sur.

Lo conocía, no era una mala persona, solo alguien confundido, sin familia ni nada, sin un estructurado sistema de valores como él que le indicara que la lealtad lo es todo en el mundo, lealtad a aquel que te cuida, a la corona.

Estaba en su cama mirando al techo, confundido y asfixiado por ese espacio que había presenciado su desilusión. Tenía que salir de allí. Tan mal se había sentido que ni siquiera fue con su madre o su hermana a ver a los reyes, eso solo le traería a la memoria las calumnias y desvaríos de Shino. Aguardó, ya era tarde y no había almorzado pero no le hacía falta, aún estaba saliendo del pánico que le había provocado el tener esos folletines en su casa. Habría bastado con algo pequeño para que todo saliera mal y los hombres de negro hubiesen tomado su vida como un traidor.

Salió, las mujeres apenas volvían a la casa para preparar la comida, las vio a lo lejos y se escabulló. El mejor lugar al que podía ir en esos momentos era el bosque. Notó que otra tormenta se aproximaba, esta sería más fuerte incluso, para cuando estaba a mitad de camino esta ya había comenzado, quizá lo mejor era volver pero no tenía ganas de eso, conocía una cueva en una montaña del bosque en la que podía refugiarse en caso de que se pusiera realmente violenta, era una decisión estúpida pero él sabía cómo cuidarse, era su hábitat natural.

Al llegar vio un poco a lo lejos el palacio, no quería ver ese lugar, allí estaban los reyes. Se sentía sucio de solo haber interactuado con las malditas hojas por lo cual apuró su paso y se adentró en la pesada masa de madera que era ese bosque. Caminó pensando en cosas infinitas, sus botas eran perfectas para ese terreno y había trabajado realmente duro para ahorrar y comprar una capa tan buena como esa.

Ya estaba bastante alejado del palacio, se había adentrado bien en el bosque y la tormenta, como pensó, pasaba de fuerte a insoportable. Tendría que pasar quién sabe cuánto en la cueva así que se encaminó hacia allí.

Algo, sin embargo, detuvo su paso, un bulto café un poco cubierto por la nieve a lo lejos. ¿Un muerto? Se acercó para comprobarlo, era común encontrar cadáveres de vez en cuando, aunque seguía siendo extraño puesto que los grustvos sabían que con el frío, igual que con el fuego, no se juega. Se dio cuenta de que la capa café que cubría al cuerpo era de la mejor calidad, era la mejor capa que había visto, ningún noble de Grust tenía una tan fina y buena. ¿Y si tenía joyas... estaría mal llevárselas? ¿De quién eran? Estuvo lo suficientemente cerca para retirar la capa y ver el cuerpo, solo que se dio cuenta de que no era solo un cuerpo: era una mujer de extraordinario cabello rosado que parecía más inconsciente que muerta. Él entró casi en estado de shock, era sabido de sobra quién poseía ese color de cabello y esa belleza; no podía ser otra que la reina, lo veía en sus ropas y sus accesorios.

¿Qué hacía ahí, qué le había pasado? Y aún más importante... ¿estaría viva?


Creyó que se aparecería en una hora o dos para comenzar a prepararse pero no fue así. Tampoco apareció a las tres horas. Las mujeres poco a poco se fueron acercando hacia él para preguntarle, la última en hacerlo fue la menor de las sirvientas, una castaña de unos quince años que ya no podía ocultar su preocupación.

—Alteza, perdone si es imprudente de mi parte, pero ya han pasado tres horas y nadie ha visto a la reina, si no aparece no podremos alistarla a tiempo.

—Entonces no irá al banquete y se quedará sin cenar —le respondió este con desdén. Matsuri estaba impresionada, como si la imagen del romance perfecto entre esos dos se despedazara frente a ella, ¿acaso no le importaba?—. Retírate.

Ella obedeció sin opción. Sasuke, sin embargo, no estaba tan indiferente como lucía. La primera hora seguía furioso por su berrinchudo comportamiento, la segunda también, pero ya más calmado y considerando las palabras de su amigo y lo peligroso que era que ella estuviera furiosa. Ahora, antes de que todas empezaran a preguntarle por ella, empezó a notar que la incomodidad que sentía ya no era tanto por el enojo sino por otra cosa que no sabía descifrar, se sentía mal por haber dicho esas cosas pero se sentía estúpido por ello, Naruto le había sacado un sentido completamente diferente al suyo y eso lo enojaba pero también le molestaba que ella hubiese pensado lo mismo.

Cada vez que recordaba ese asunto un incómodo remordimiento se iba alimentando de él y se instalaba en su pecho como un huésped viral.

"Ya vendrá y me pedirá perdón".

"Ya vendrá y yo la dejaré pedirme perdón".

"Ya vendrá y puede que le diga que se olvide de eso".

"Ya vendrá y no diremos nada".

"Ya vendrá y le diré que no me refería a eso".

"Ya vendrá y le diré a qué me refería".

"Ya vendrá y le diré que me perdone".

Y así fueron escalando sus pensamientos hasta que el remordimiento se hizo insostenible y con ello la preocupación. ¿A dónde fue, en dónde se escondió?

Miró a la ventana, ya estaba oscureciendo.

Reunió a cada persona en el palacio y preguntó si alguien la había visto, tan solo lo avergonzaron respondiendo que ella salió corriendo y llorando de la habitación luego de escucharla gritar y que se había escabullido por los pasillos. Sasuke, furioso, se dirigió a Zabuza quien no supo darle una razón.

—¿Entonces qué carajos haces trabajando para mí? ¿Qué mierda estabas haciendo?

—Señor, una joya se había perdido y me ordenaron que la buscara.

—¿Quién?

El hombre señaló a la muchacha intentando mostrarse arrepentido mas no cobarde. La chica, por su parte, había perdido todos sus colores.

—Alteza, ¡no la encontraba! Esta es la joya familiar de...

—¡Cállate!

Sasuke sentía la furia acumulada de meses a punto de explotar. No soportaba a nadie en ese recinto, a la Corte con sus infantilerías, a los empelados con sus chismorreos y ahora a los guardias con su ineptitud. No le cuadraba para nada esa "coincidencia". Miró a Naruto quien entendió también que había algo raro y asintió con sus grandes ojos azules en una mirada decidida. Perfecto, no estaba loco.

—Lo que va a pasar ahora es que todos van a buscarla, no me importa cómo, y créanme que si no aparece van a comenzar a rodar cabezas hasta que lo haga.

Todo el mundo estaba sumamente ofendido, jamás les habían hablado de esa manera, pero también temieron. Zabuza miraba al frente cada vez más descompuesto, sentía auténtico pánico de que la primera en rodar fuera la suya. Tendrían que encontrarla, pero aún si era así, ¿qué tan a salvo estaría él?

Pronto toda la ciudad se unió la la búsqueda. Era difícil debido al tamaño de esta, pero en sus corazones había auténtica preocupación por hallarla pronto, ya quedaba poca luz y era preocupante la inmensa tormenta que se había venido encima. Por suerte, ahora caían los copos con la suficiente moderación como para ver unos metros adelante, pero eso parecía que no iba a durar mucho.

Un grupo de guardias decidió empezar por el bosque, llevaban fuego con ellos y rogaban por poder llevar buenas nuevas o estarían en problemas. Llevaban unos cuantos metros dentro del bosque cuando vieron una masa informe cargando algo de camino hacia ellos.

—¡Oigan, ayuda! ¡Ayúdenme!

Ellos corrieron y la vieron, ella estaba en brazos del muchacho, quien había aprovechado que la tormenta se había calmado un poco para acercarse tanto como pudo a la ciudad.

Su cabello rosa inconfundible despertó en ellos todo su sistema de alerta, el castaño desconocido se veía agotado por lo cual uno de ellos la tomó en brazos para comenzar a caminar. Él ya no sentía mucho las extremidades y caminó a paso torpe detrás. Había recorrido el largo camino y por suerte ya quedaba poco para llegar, al menos al palacio.

Al llegar a las puertas de este todos se apiñaron alrededor mientras los guardias gritaban anunciando que la habían encontrado. Uno de ellos mientras tanto volteó hacia Kiba.

—Ven con nosotros.

Sasuke y Naruto salieron tras escuchar la noticia, la vieron inconsciente siendo cargada por uno de los hombres de negro. De inmediato Sasuke la tomó y la llevó hacia adentro apresurado, necesitaban quitarle la ropa mojada, encender todas las chimeneas que pudiesen y hacer que entrara en calor pronto, también un doctor. Daba órdenes a diestra y siniestra mientras caminaba y todos se ponían en camino.

Las mujeres la recibieron y otras preparaban agua caliente para ella. Él no tenía tiempo que perder. Ahora debía solucionar lo demás por su cuenta.


Todos aguardaban en el salón en gélido silencio, los corazones les latían rápido. Incluso Tenten se sentía intimidada por todo eso, temía que empezaran a inculparla de algo, después de todo, no tenía la mejor reputación y sería fácil ensuciarla. Solo Neji estaba ausente de todo eso, él estaba con la guardia mientras que Suigetsu observaba con gran interés todo el espectáculo, eso no iba a acabar bien.

Cuando el rey llegó todos los sentados se pusieron de pie preguntando cómo estaba ella.

—Hipotermia.

Luego de eso, ¿qué decir? ¿Intentar mostrarle que no debía actuar paranoicamente y que todo era un accidente? Porque eso había sido para la mayoría. Naruto no sabía qué iba a hacer Sasuke, en verdad temía qué medidas tomaría, notaba que estaba alterado.

—¿Saben algo? Por siglos la corona se ha portado bien con ustedes, les hemos dado todo lo que han pedido. ¿Querían fiestas? Se las dimos. ¿Dinero? No les falta. ¿Comida, extravagancias...? Todo.

Y les era tan extraño todo aquello, alguien de la Corte no había sido regañado nunca ni por sus propios padres, probablemente.

—Alteza, creo que todos estamos muy alterados... —comenzó una de las mujeres que había urdido el plan.

—¿Me estás llamando paranoico?

—¡No, para nada!

—Ustedes van a tener que aprender que a partir de hoy hay nuevas reglas. Primero: nadie vuelve a abrir la boca a menos que yo lo diga —Muchos miraron hacia abajo—. Segundo: ya no voy a ser complaciente con ustedes, montón de cerdos traidores. Tercero: van a pagarlo caro esta vez, así que no perdamos el tiempo y díganme quién fue.

Un silencio se prolongó casi sin fin. Un hombre de mediana edad algo nervioso levantó la mano, Sasuke le cedió la palabra.

—¿Puedo preguntar... por qué creemos que no fue un accidente?

—Porque no confío ni en uno solo de ustedes —Él paseó la mirada sobre todos— ¿qué sigue? ¡No! Mejor, ¿quién sigue? ¿Quién más va a tener que estar en peligro de muerte? ¿Yo? No, esperen, a mí ya me tocó una vez aquella ocasión, ¿alguien lo recuerda?

Mierda, pensaron todos. La verdad era que sí sería muy estúpido de su parte no creer que fue una conspiración, un atentado más.

—Debería expropiarlos a todos ustedes de todo, sus títulos y riquezas, ¿y por qué no? Matarlos a uno por uno, honestamente no tengo ganas de hacer un interrogatorio. Hagamos eso, ¿correcto? —le dijo a los guardias— aunque después irían ustedes.

La sala entera no pudo evitar murmurar aterrada, eso iba a ser peor de lo que pensaban.

—Sasuke... —intervino Naruto.

—Naruto, ve a decirle a todo el mundo que se reúnan en la plaza más grande y preparen el verdugo, no sé si usaremos la horca o...

—¡Alteza, por favor, esto es una locura! —exclamó Tayuya angustiada. Si iban a matarla, ¿qué importaba lo que dijera?

—¿Sabes qué es una locura, Tayuya...? —Se acercó a ella lenta y peligrosamente hasta que estuvo tan cerca que a ella no le quedó más que retroceder. Las personas detrás se apartaron hasta que ella tocó la pared, entonces el rey alzó su mano izquierda y la puso en su cuello para comenzar a apretarlo con fuerza. Sus ojos atónitos lo miraban con terror, ni siquiera había podido gritar— Que no pueda estar putamente tranquilo ni en mi propio palacio porque un montón de sirvientes de primera categoría no saben qué es lealtad.

Pudo escuchar que a su alrededor todos estaban impactados ahora gritándole con terror que se detuviera, incluyendo a Naruto, quien se acercó a él y lo tomó del brazo.

—Detente, Sasuke, es suficiente.

Pero él solo miraba fijamente el rostro de la chica hinchándose y pasando del rojo intenso al morado. Sus manos poco a poco dejaban de luchar contra la de él y su mirada se inyectaba de sangre.

—¡Yo sé quién fue!

Tan solo eso bastó para retirar su mano, ella cayó al suelo respirando la bocanada de aire más profunda y dolorosa de su vida, las personas a su lado no sabían si correr hacia ella para sujetarla y abrazarla para que llorara o si quedarse en su lugar.

—Habla —Se volteó el rey por completo.

—Quiero decir... Ellos me preguntaron hacia dónde había ido la reina y la siguieron, no vi nada más pero quizá ellos... —Hablaba una muchacha lívida apuntando hacia el matrimonio.

Ellos temieron como nunca lo había hecho, ¿los mataría con sus propias manos como lo había intentado con la inocente Tayuya?

—No sé por qué sigues aquí, Naruto, te di una orden.


En la plaza pública había salido casi todo el mundo, eran tantos que desbordaban con creces el lugar, sin importar si la tormenta se había intensificado un poco más. El cielo azul Prusia oscuro contrastaba con el naranja de las antorchas que iluminaban los rostros ansiosos de las personas. En cuanto se habían enterado del escándalo fue claro para ellos que lo único que debía hacerse era justicia, justicia para la reina y la monarquía en general.

El verdugo era el carnicero más famoso de Grust, un tipo gigante y robusto, tenía talento al porcionar la carne y sacar lo mejor de los animales dado que amaba practicar con ellos y también con los cadáveres de sus reos, usaba un saco de tela negro con dos agujeros para ver y su delantal blanco manchado y aguardaba con su hacha favorita, la cual siempre mantenía afilada para ocasiones especiales como esa.

Cuando subió las escaleras de la plaza y se posicionó frente a todos en la tarima la multitud por primera vez aclamó de júbilo. Él celebraba el clamor de la justicia elevando con sus brazos llenos de músculos aquella pesada arma, el rey y los mandos subieron después de él mientras que la Corte era puesta a un lado. Sasuke fue al centro mientras el verdugo esperaba atrás junto a un tronco ancho de madera cortada.

—¡Gente de Grust, escuchen todos! —comenzó con su característica voz potente— El día de hoy se ha cometido el crimen más grande de todos, aquel que tanto repudia nuestra casta: la traición. Nuestra reina yace en una cama inconsciente y con hipotermia luchando entre la vida y la muerte igual que yo lo hice un tiempo atrás. Hoy doce miembros de la Corte y un guardia presentarán para ustedes la muestra de lo que sucede cuando el interés personal y egoísta se intenta poner por encima del Imperio. Nada, absolutamente nada, ni siquiera yo, está por encima de eso, y es por esa razón que estamos aquí para honrar la pureza del alma del Hielo —Hizo una pausa mientras ordenaba con un ademán que mostraran a los doce, estos subieron vistiendo harapos blancos que apenas los cubrían, temblaban y sus cabezas estaban cubiertas por bolsas de tela negra. Él ordenó que mostraran sus caras, estas estaban amoratadas por los golpes y exudaban hilos escarlata—. Deben saber que el Hielo, a pesar de todo, es como una madre compasiva con sus hijos rebeldes, pues los acogerá cuando mueran en su blanco lecho aunque no lo merezcan.

Dio la orden y se retiró a un lado para sentarse en el trono dispuesto para que presenciara el espectáculo. A su lado también se sentaron los altos mandos como Neji, Suigetsu y Naruto, este último con el estómago revuelto.

—De rodillas —ordenó el verdugo retirando con gentileza el paño de la boca de la primera, la muchacha que delató a los demás, quienes fueron cayendo como fichas de dominó después de la revelación. Su error fue no haber hablado antes, lloraba en estado de shock mientras el hombre la miraba a los ojos inclinado delante de ella—. No te preocupes —susurró mientras le acariciaba el rostro y peinaba sus cabellos endurecidos por la sangre coagulada— yo purificaré tu sangre de tu error.

Y al igual que ella, todos fueron confortados con la noticia de la purificación para después poner sus caras contra la madera del tronco dejando expuestos sus cuellos.

En nuestro universo, el gran invento de la Revolución francesa fue la guillotina. Esta se consideraba humanitaria pues hacía cortes limpios y la víctima no sufría lo que padecieron estas personas de la Corte, porque por más fuerza que tuviese el verdugo y por más afilado que fuera el hacha, las manos humanas son imprecisas para la tarea de traerle la muerte a otros seres.

Al final las cabezas fueron atravesadas por estacas para ser exhibidas mientras que los cuerpos se retiraron para ser enterrados en una fosa común. La roca brillaba de rojo y las personas ardían en furor, aclamaban justicia para la reina.


Así sucedió todo, este en definitiva fue el día en que Kiba llegó ante su madre lleno de moretones.

—¿En dónde estuviste, Kiba?

Y sí, fue así que terminó ese día con esa mirada causada por todo lo que había vivido recientemente, una mirada que se imprimió en la mente de aquella modesta mujer y que habría de recordar en su lecho de muerte, tiempo después.

—¿Hijo...? —Se acercó con un hilo de voz—, no me digas que ellos...

—Sí.

—¡¿Pero cómo es posible?! Somos buena gente. Somos leales... Nadie nunca podría decir nada malo de ti y de mí... ¿Qué hemos hecho mal?

—Lo siento...

Ella quiso curarlo de inmediato pero él la detuvo diciendo que no tenían tiempo, le rogó que no pidiera explicaciones por ahora y que se fueran muy lejos, tan lejos que no pudiesen encontrarlos. La mujer, naturalmente, estaba por protestar pero él se lo impidió tan solo explicándole que ya no estaban seguros viviendo allí y que podrían buscar cómo ganarse la vida en otro lado, que sabía de alguien que podía llevárselos muy lejos y que en el camino le contaría.

La hermana, quien dormía, fue despertada y empacaron todos juntos lo más esencial, se pusieron la ropa mejor abrigada y esperaron a que la noche se hiciera más negra para salir. Kiba se sentía miserable al hacerlas pasar por todo eso, no era justo y se odiaba por ello.

Cuando llegaron frente a la posada a donde se dirigían el castaño hizo una bola de nieve y la arrojó a la ventana en donde calculaba que se encontraba el cuarto de Shino, este se asomó con temor de ser visto sorprendiéndose al ver quién era. Bajó en silencio las escaleras y salió.

—¿Shino? —preguntaron sorprendidas las dos.

—Shhh... Luego les explico. Shino, por favor, debemos irnos de aquí. Llévame a donde sea que vivas ahora.

—¿Qué, por qué, qué pasó? —Estaba intrigado, su estado de ansiedad al estar en Grust era tan grande que ni siquiera se había puesto cómodo para dormir por si en algún momento debía huir despavorido.

Kiba no se sentía bien hablando de eso frente a ellas por lo que lo tomó del brazo y se apartaron para hablar más a solas. Estando así de cerca Shino comprobó que tenía la cara completamente magullada.

—¿Qué te pasó, quién te hizo eso? ¿Fue la guardia? —Kiba, reprimiendo las lágrimas, solo asintió— ¿Qué hiciste?

—Nada... No hice nada, o al menos nada malo. La reina desapareció hoy —Shino asintió, en la calle se gritaba básicamente—, yo la encontré, tenía una herida en la cabeza y estaba inconsciente en el bosque, se iba a morir de frío así que la tomé y nos resguardé en la cueva, ¿la recuerdas...? Sí, eso hice, tan solo eso, lo juro.

—Te creo, ¿por qué no lo haría?

—Después de que la llevara al palacio los guardias me hicieron esto y luego me soltaron, dijeron que yo era sospechoso y que pagaría las consecuencias —Shino aún tenía la capacidad de impresionarse por las decisiones de la guardia, sintió tanta impotencia que el temblor de su cuerpo comenzó a deberse a eso, Kiba ya no controlaba los mojados surcos transparentes de sus mejillas—. Si no fuera por el sujeto de las marcas en las mejillas yo estaría... puede que... la plaza pública.

Shino no necesitaba más, era obvio que no podían seguir allí. Debían partir, quizá eso significaba que había fracasado en su misión principal, pero también se daba cuenta de que ese no había sido su verdadero propósito. ¿Y si no hubiese ido nunca? Kiba no tendría a dónde ir sin él.

Esa noche partieron, y de ellos no se sabrá en mucho tiempo.


Cuando volvió al palacio el cielo ya estaba bien oscuro, lo que sucedió en la plaza pública había sido breve, su cabeza ya no ardía en rojo, los traidores estaban muertos y ahora la muda e irracional ira se convertía en una piedra que pesaba sobre él. En el fondo todo era su culpa quizá indirectamente al haberse peleado de esa manera con ella. Mientras la cargaba inconsciente en sus brazos se sintió furioso con ella, también había sido irracional y ahora estaba en grave peligro. Había pasado por todo: preocupación, remordimiento, enojo, ira, sed de venganza, incluso odio... Pasó por casi cada matiz que las emociones humanas más terribles pueden ofrecer, ahora solo tenía ganas de derrumbarse. No estaba satisfecho, deseaba revivir a esas personas para repetir el proceso de tortura y sacrificio una y mil veces hasta hacer que esas emociones murieran.

Algo más grande seguía preocupándole: la había dejado con las sirvientas sin conocer bien su estado, sin siquiera saber si viviría. Pensando en esto corrió hacia su destino, necesitaba saberlo.

—Alteza —Lo recibieron todos, incluyendo el doctor— está en delicado estado, fue expuesta al frío por demasiado tiempo y tiene una herida en la parte posterior de la cabeza, es probable que fuese herida a traición y abandonada. Por suerte su capa la protegió de la tormenta, seguro fue rescatada por el muchacho cuando no había pasado mucho.

—¿Qué muchacho?

—Un chico castaño que dijo haberla encontrado, cuando la tormenta se desató él no pudo volver con ella en ese momento así que se refugiaron en una cueva.

—¿En dónde está?

Los guardias se miraron entre sí.

—Obedeció al mandato de lord Uzumaki y se perdió en la multitud en la plaza pública.

Sasuke suspiró, lo mínimo que podían haber hecho era recompensarlo por lo que hizo pero ya no había caso a menos que apareciera al día siguiente.

—Es probable que ella esté mejor, esperamos que despierte. Mientras tanto no hay nada que pueda hacer, hay que hacer que recupere su temperatura normal. Le sugiero que la ayude con su calor corporal, Alteza, eso y la chimenea ayudarían muchísimo.

La mandíbula de Sasuke casi se desencaja mientras que los demás procedían a hacer una reverencia para retirarse y dejarlo dormir. La habitación se vació y entonces solo quedaban ellos dos. Por primera vez se acercó a verla, sus labios estaban algo azules, tocó sus dedos sintiendo lo fríos que se encontraban al igual que sus mejillas. Solo su respiración lenta le decía que ella estaba viva.

Intentó olvidar su ansiedad repitiéndose que estaba dormida o inconsciente mientras se desvestía pero ayudaba poco, buscó un pantalón para dormir y se acercó a la cama con millones de dudas. El decidido rey que mandó a ejecutar a doce personas minutos atrás se había escondido dando paso a un inseguro y preocupado hombre. Y mil veces culpable.

Quitó las cobijas para acostarse a su lado, primero lejos, luego más cerca, luego un poco más cerca y de lado hasta que imaginó que el frío que sentía era mil veces peor para ella y pasó su brazo izquierdo sobre su abdomen en un abrazo endeble. Pudo sentir lo helado de su piel a través de la tela de su camisón, ella yacía de lado dándole la espalda.

Era estúpido intentar insistir en mantener una distancia cuando ya la tenía tan cerca, la acunó contra su pecho desnudo y buscó cubrirla mejor con las mantas.

Muchos guerreros con mucha más grasa corporal y músculos que ella morían en noches sin tormentas, ¿qué probabilidades habían de que ella lo hiciera? Básicamente nulas. ¿Y si ese tal muchacho no hubiese pasado por allí? ¿Y si el golpe en la cabeza hubiese sido más fuerte de lo que fue? Qué frágil era la vida, qué frágil era el pequeño cuerpo de Sakura, cuerpo que se las había arreglado para sobrevivir literalmente en el peor frío de todos. Ella era muy delgada, eso era fácil de notar desde lejos, pero justo allí se daba cuenta de lo increíble que era que hubiese sobrevivido, qué cerca que había estado la muerte de ella.

No dejaba de sorprenderle también lo mucho que se había preocupado, la verdad era que después de convivir con ella y a pesar de todo, incluso de la pelea, le había tomado algo de aprecio. Sí, no le desagradaba como ser humano, tampoco era su persona favorita pero le molestó bastante la idea de que algo malo le hubiese sucedido. No podía negarse lo mal que se sentía, el clima de su piel era como una marca sobre la suya que le recordaba que era su culpa. Incluso si él tenía la razón y ella no, la verdad era que las consecuencias las había pagado demasiado caras.

El hilo de sus pensamientos se hizo más ininteligible conforme se quedaba dormido, el cansancio emocional lo venció y por primera vez desde el primer aleteo su cuerpo reposó amoldado al suyo sin impedimentos.


En el pasillo las sirvientas pasaban junto a él como borrosas sombras, se dirigía a su habitación en donde la reina lo esperaba, la noticia de que había despertado llegó a oídos de todos. Llegó a la puerta, el pasillo ya estaba vacío, sentía preocupación y no sabía cómo actuar; cuando se ve a alguien que estuvo cerca de morir es como si fuera la primera vez. Aspiró para infundirse ánimos y empujó lentamente la puerta, por el pequeño espacio comenzó a adivinar en dónde estaban los muebles, siguió abriendo hasta que pudo verla, ella estaba sentada frente al tocador igual que la vez en que le obsequió el libro. Ella se miraba al espejo sin percatarse de él, sus dedos ahora rosados alcanzaron ambos lados de su cara, se examinaba con detalle. Sus ojos verdes hicieron un recorrido de su imagen que él siguió, comenzando por estos, bajando por su nariz, ascendiendo a su frente y luego el cabello. Sus dedos peinaron las hebras brillantes, el rosado pálido de estas era un color suave a la vista, estaba libre de todo adorno. Ni siquiera tenía joyas o un vestido pomposo, ahora que lo notaba, solo un vestido blanco tan sencillo que probablemente serviría para usar en un clima caluroso.

Debía decir mucho pero no tenía fuerzas para ello, quería permanecer ahí, viendo lo que ella veía, preguntándose qué opinaba de su reflejo. Ella tomó su cabello entero y se lo llevó hacia delante descubriendo su cuello alto y elegante, ella se peinaba tan distraída que se preguntó si sería tan sedoso como parecía, seguramente sí, y se concentró tanto en ese pensamiento que cuando sus manos abandonaron el cabello para subir por su cuello él no supo qué hacer. Estaba mal.

O no, no pasaba nada malo.

Los dedos bajaron tocando sus hombros estrechos, el vestido suelto se dejó arrastrar por estos fácilmente hasta quedar descubiertos. Mal, muy mal, la estaba espiando. Tenía que hacerle saber que estaba allí pero no se movió ni un milímetro, antes bien, su respiración instintivamente se redujo al máximo como si se protegiera de ser escuchada. ¿Qué estaba haciendo? Era una pérdida de tiempo, intentó pensar.

Ella, mientras tanto, cerraba sus ojos mientras mimaba sus hombros cansados, se veía agotada, él lo estaba. Masajeó un poco mientras las mangas largas se desajustaban de sus brazos, sus ojos estaban ahora cerrados y su cabeza se balanceaba perezosamente para desentumecerse.

Y cuanto más bajaba la tela por su espalda más peligroso se sentía, estaba en pleno pasillo y podían pasar mil cosas que lo delatarían, pero le costaba concentrarse en esas cosas, sus reservas eran como una visión lejana al final de un pasillo oscuro e interminable, sus piernas estaban congeladas en su lugar, y el vestido no hacía más que descender a un ritmo tan imposiblemente lento que él creyó que no caería nunca. Respirar tan bajo fue una tortura, aunque no sentía frío los vellos de sus brazos se erizaron como nunca y sus pupilas se dilataron debido a una especie de vértigo que desconocía, su vientre hormigueaba y ascendía por su espalda hasta su garganta.

Estando así pudo ver lo que sus ojos apenas captaron la primera vez que vio su espalda desnuda, el surco arqueado de su columna que se volvía sinuoso conforme bajaba, el color cremoso, la silueta de su cintura que se dibujaba con más detalle.

En su estado ya era imposible reflexionar sobre lo mal que estaba y lo extraño que se sentía, envió al demonio sus regaños cuando ya no podía impedir el ruido que hacían sus pulmones, se recargó contra el marco de la puerta sin fuerzas, quería avanzar hasta ella, apartar sus manos tiernas y acariciar sus hombros como ella lo hacía. Se le ocurrió que si podía ver su espalda entonces al frente...

Arrastró sus ojos por su piel, solo unos centímetros más y vería lo que nunca había deseado ver, unos centímetros más y esa vez y para siempre se lo permitiría, unos centímetros...

¿Qué era ese olor? ¿Cereza? ¿Algo rojo y dulce...? Algo familiar en lo que nunca había tenido tiempo de reparar. Cerró los ojos por un momento para sentirlo.


Al abrirlos estaba oscuro, el mundo se le vino encima no solo con los recuerdos de ese fatídico día sino con lo que con horror había descubierto que había sido un sueño.

Jamás en toda su vida había sentido tanto calor, ardía, ardía incontrolablemente. Su orgullo se destrozó cuando un temblor lo atacó al darse cuenta de que estaba abrazado a ella, tal y como se había dormido. Ya no estaba helada, el color había vuelto a su piel y él se horrorizó cuando sus ojos demoraron magnéticamente sobre esta para comprobarlo.

Se alejó, tenía que irse de allí.

Corrió fuera de la cama, tomó una vela para encender los candelabros en la estancia del baño. Cuando el lugar se iluminó pudo verse en el espejo, jamás se había sentido tan débil y patético, no podía controlar sus manos. Sus ojos se entrecerraron molestos cuando vio su pantalón húmedo, tenía tanto calor que, a pesar de estar en Grust, el lugar más frío del mundo, deseó hundirse en agua helada y eso haría.

Aunque en el fondo su cuerpo quería arder en llamas hasta consumirse.