PEQUEÑAS HISTORIAS DE MIEDO Y OTRAS COSAS
Por Cris Snape
Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.
Esta historia participa en el Reto #58: "Títulos de terror" del foro Hogwarts a través de los tiempos.
Título escogido: El visitante.
Nivel de dificultad: Medio. Drabble de exactamente 500 palabras.
Andrew es un nacido de muggles cualquiera.
EL VISITANTE
Andrew no era un niño como los demás. Físicamente pudiera parecer normal y corriente, con su cabello pajizo y sus ojos claros, pero desde pequeño fue capaz de obrar grandes prodigios.
Cuando era bebé sólo tenía que llorar para que los juguetes levitasen hasta su cuna o el pañal quedara limpio. Si se aburría, se cortaba el pelo con las tijeras del colegio y por la mañana volvía a estar como siempre. Una vez casi le atropelló un coche, pero apareció al otro lado de la acera como por arte de magia. Y entendía a los animales. Siempre cuidaba de Bobby, el pastor alemán de la familia. Lo sacaba de paseo, le compraba su pienso favorito y le decía al veterinario qué parte de su cuerpo le dolía.
A Andrew le gustaba hacer todas esas cosas. Al principio, sus padres se asustaron, hasta que se dieron cuenta de que no era peligroso para nadie. De hecho, todo aquello que lo volvía especial servía para mantenerlo a salvo y para ayudar a los demás. Si hubieran sido personas religiosas, hubieran pensado que se trataba de un milagro.
A Andrew le hubiera encantado desentrañar ese misterio. A sus ocho años, era una criatura curiosa. Prefería enterrar la nariz entre los libros antes que jugar en el parque. En ese momento estaba leyendo El Conde de Montecristo, aunque su madre pensara que no era una lectura adecuada para su edad. Andrew estaba entusiasmado. La historia de venganza resultaba fascinante y la prosa de Alexandre Dumas lo tenía subyugado. No quería dejar de leer. El grueso tomo reposaba sobre sus rodillas y movía sus labios, saboreando las palabras entre susurros.
Alzó la cabeza cuando llamaron al timbre. Escuchó los pasos de su madre y no prestó más atención. Serían el cartero o alguno de los vecinos. No le costó ningún esfuerzo sumergirse en la mansión de Edmond Dantès, en sus intrigas, en su filosofía de vida. Tal vez por eso dio un respingo cuando aquella mujer penetró en la habitación. Llevaba puesta una túnica oscura que la cubría de pies a cabeza. Su rostro era pálido y unos rizos oscuros se le escapaban debajo de su capuchón. Con la mano derecha sostenía un palo de madera. Con la izquierda, algo que parecía una máscara plateada.
—¿Quién es usted?
No le respondió. Se fue acercando a él muy despacio, mientras lo escrutaba con atención. Andrew empezó a ponerse nervioso.
—¿Qué hace aquí? ¿Dónde está mi madre?
Se levantó, preparado para encararla. La recién llegada sonrió y, con un movimiento veloz y brusco, le clavó las uñas en la cara.
—Cállate, asqueroso sangresucia.
Andrew se removió, ansioso por liberarse de su agarre. Alzó la voz.
—¡Suéltame! ¡Mamá!
—Tu madre no va a venir. Está muerta. La he matado yo.
No logró entender lo que le decía. La mujer le empujó, tirándolo al suelo. Alzó la varita y pronunció dos palabras:
—¡Avada Kedavra!
Los ojos del pequeño Andrew permanecieron abiertos mientras se sumía en un sueño eterno.
