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Sakura durmió como no recordaba haberlo hecho nunca. La noche anterior había comido hasta casi reventar, después se metió bajo las limpias sábanas blancas, que olían a lavanda y a almidón, y descansó la cabeza en una mullida almohada de plumas.
Su dormitorio en Milford Park, el hogar donde vivió hasta ser recluida en Saint Bart, era más elegante aun. Su ropa estaba confeccionada con las sedas y los encajes más finos y la comida que tomaba era abundante y cara. Su padre era el conde de Milford y, como hija suya, ella daba por sentados todos esos lujos. Después de entrar en el mundo inmundo y brutal de Saint Bart, comprendió lo afortunada que había sido.
Echó un vistazo al vestido prestado de batista de color verde musgo y estampado con unas florecitas amarillas, que llevaba puesto, y se le humedecieron los ojos. Era precioso y, salvo sobrarle un poco en el busto, le quedaba casi perfecto. Un año atrás, ni siquiera se habría dado cuenta, pero ahora..., ahora veía la vida de un modo totalmente distinto. Se sentó en un escabel tapizado, frente a un espejo con el marco de marfil y dorado, y se cepilló los largos cabellos mientras le daba gracias al giro afortunado del destino que la había llevado al castillo de Running.
Y al relato que convenció al marqués alto y sombrío de hospedarla. La historia de ser vendida a la prostitución tenía más de real que de ficción; era un relato que le contó una de las mujeres de Saint Bart. Por desgracia, a diferencia de lo que Sakura había contado, la joven no logró huir de sus secuestradores. En lugar de eso, perdió un poco la razón, debido a la crueldad a la que se vio sometida en el burdel al que la llevaron, y acabó en el manicomio.
Sakura se estremeció al pensar en ello, o en la parte de la historia que era cierta. Escapó de los guardias como lo había explicado: el gordo la metió en una habitación junto a la cocina para violarla mientras el alto esperaba fuera su turno. Cuando el primer hombre se peleaba con los botones de los pantalones, ella lo golpeó en la cabeza con un orinal y salió por una ventana de la cocina hacia la oscuridad de la noche.
Se obligó a guardar ese desagradable recuerdo en lo más profundo de su mente. Como el marqués había dicho, en el castillo de Running estaba a salvo y se quedaría en él tanto como la providencia y su Excelencia permitieran. Imaginaba que sería una semana por lo menos. El viaje en posta de correo duraba un mínimo de tres o cuatro días de ida y otros tantos de vuelta y eso era lo que tardaría el mensajero de Litchfield en llegar a Ripon, descubrir que no había ningún párroco llamado Haru en la iglesia local ni en ningún otro lugar de los alrededores y volver al castillo con la noticia.
Para entonces ella ya se habría ido.
De momento, tenía intención de disfrutar de la comodidad y la seguridad del castillo de Running. Necesitaba tiempo para recuperarse de los terribles meses que había pasado en Saint Bart y, lo que era más importante, para planear el futuro. No estaba segura de lo que iba a hacer, pero de algún modo encontraría la forma de salir adelante por sí misma.
Por desgracia, sin un lugar adonde ir ni dinero para llegar, la idea de marcharse no la entusiasmaba. Pero temía mucho más enfrentarse al marqués de Litchfield cuando descubriera que lo que le había contado era falso.
Tomó una horquilla y la hundió en el moño que se había hecho en la parte posterior de la cabeza mientras se preparaba para enfrentarse a su Excelencia en el comedor del desayuno, a donde él le había pedido que fuera para conocer a su tía. Observó que le temblaba la mano. Cada persona que conociera suponía una amenaza a su seguridad, cada una era un enemigo que podía hacerle regresar al manicomio. Se estremeció al pensar en ello.
No conocía a la tía del marqués, no sabía qué clase de mujer sería ni si se creería la historia que había inventado. Si no..., ¡oh, Dios! Si convencía al marqués de que llamara a las autoridades...
Se obligó a no pensar tal cosa. Interpretaría su papel lo mejor que pudiera y, si la señora era tan compasiva como su sobrino, seguro que podría quedarse.
Inspiró a fondo, temblorosa, se alisó la tela del vestido prestado, valorando su tacto lujoso como nunca antes, y se dispuso a bajar.
Sasuke Uchiha la estaba esperando, vestido para montar con unos ceñidos pantalones marrones y una camisa de batista blanca y manga larga. Colgada en el respaldo de su silla había una chaqueta de delicada lana marrón. Cuando Sakura entró, se levantó, le sonrió a modo de saludo e inclinó la cabeza hacia la atractiva mujer que se encontraba sentada a su lado.
—Me gustaría presentarle a la hermana de mi padre, Hanare Uchiha de Senju; vizcondesa de Beckford, te presento a la señorita Sakura Haru.
Sakura hizo una reverencia. Le sudaban las manos y sentía una opresión en el pecho.
—Encantada de conocerla, lady Beckford.
Lady Beckford sonrió. Era una mujer de cuarenta y pocos años, con el cabello verde opaco, que empezaba a encanecer en las sienes, y unos ojos hundidos, claros y de color caramelo que parecían albergar una gran compasión, como si deseara poder compensar a Sakura de algún modo por lo que hubiera sufrido. La ternura se reflejó en su rostro y eso afectó a Sakura, que por un momento se sintió mareada. Le vino a la cabeza la cara hermosa de su madre y durante un segundo horroroso creyó que se desmoronaría, se lanzaría a los pies de la pobre mujer y le revelaría la verdad.
La noche anterior se había mostrado fuerte. No tenía otro remedio si quería sobrevivir. Pero esa mujer de ojos llenos de dulzura le hacía pensar en el hogar y la familia y desear que hubiera alguien a quien poder recurrir, alguien que la ayudara.
Le costó una gran fuerza de voluntad calmarse, limitarse a devolverle la sonrisa.
—Por favor, acompáñenos, señorita Haru —la invitó lady Beckford, que la observaba con sus ojos sabios y educados—. Mi sobrino me ha contado lo que pasó. Pobrecita, me imagino lo que habrá sufrido.
«No» —pensó Sakura—. «No puede imaginárselo. Ni en sus peores pesadillas.»
—Doy gracias a Dios por haberme encontrado con lord Litchfield y porque él es tan amable de ayudarme —comentó Sakura mientras el marqués la sentaba junto a él, frente a su tía. Casi podía notar esos fascinantes ojos oscuros fijos en ella.
—No podía dejar de ayudarla. Sasuke es un caballero. Quizás intimide un poco al principio, pero cuando se lo conoce mejor se ve que es bastante inofensivo.
—¿Inofensivo? —soltó el marqués con una ceja arqueada—. No me parece una descripción nada halagadora, tía Hana.
Ni correcta, de eso Sakura estaba segura. El hombre alto y de cabellos negros, sentado a la cabeza de la mesa, con las mandíbulas fuertes y unos severos ojos negros, era cualquier cosa menos inofensivo. Se estremecía por dentro al pensar lo que pasaría cuando averiguara que lo había engañado.
«Me habré ido» —se dijo con firmeza—. «Para entonces estaré a kilómetros de distancia.»
—Coma algo, querida. Está pálida y demasiado delgada. Necesita sustento después de lo que le ha pasado.
Sakura sonrió. A cada momento que pasaba, le gustaba más esa mujer, pero seguía sin saber si podía confiar en ella.
—Tiene un aspecto delicioso —aseguró al recibir el plato que un lacayo llenó y le entregó.
Era una comida más consistente que la que solía servirse tan temprano, y Sakura la atacó como si no fuera a probar bocado nunca más, olvidando por completo dónde estaba. Levantó la vista y vio que el marqués la observaba con unos ojos llenos de duda, mientras que la mirada de lady Beckford rebosaba lástima.
—Lo siento, yo... —Dejó la servilleta a un lado; había perdido el apetito de repente—. No me daban demasiado de comer.
Eso era cierto. Unas gachas aguadas y un poco de pan duro con alguna que otra tajada de carne con gusanos.
—No se preocupe —la tranquilizó el marqués con una dulzura sorprendente—. Mi tía tiene razón. Necesita recuperar fuerzas.
Miró los huevos que quedaban en el plato y la suculenta tajada de perdiz asada y se le hizo la boca agua. Tomó otro bocado y luego otro, con cuidado de comer más despacio esta vez, más como la dama que había sido en su día. Aun así, se terminó hasta la última migaja del plato.
—¿Más? —preguntó Litchfield.
—Ya he comido más que suficiente, gracias —contestó Sakura sacudiendo la cabeza.
—Muy bien —dijo lady Beckford—. Si ya ha acabado, iremos a pasear por el jardín y podrá contármelo todo sobre usted.
A Sakura se le revolvió el estómago y pensó por un momento que iba a vomitar la deliciosa comida que acababa de tomar. ¡Por Dios, pasear con esa mujer y conversar sobre sí misma era lo último que deseaba hacer! Tendría que volver a mentir y no quería. Tragó saliva con dificultad, debido a que los nervios le agarrotaban la garganta. Quizá todo iría bien. Quizá, si se acercaba a la verdad sólo hasta donde se atreviera. La noche anterior le había funcionado.
A pesar de que el corazón le latía atemorizado, se obligó a sonreír y responder:
—Me encantaría.
—El castillo tiene unos jardines preciosos. Tal vez lord Litchfield quiera acompañarnos.
El marqués sonrió con indulgencia, se levantó y las ayudó a las dos a ponerse en pie.
—Lo siento, tendrá que ser otro día. Tengo que atender unos asuntos de negocios. —Su mirada se desvió hacia Sakura y pareció entretenerse en su boca—. Disfrute de su paseo, señorita Haru.
—Gracias, milord. Lo haré —dijo Sakura, que se humedeció inconscientemente los labios mientras el corazón se le aceleraba de un modo extraño.
Cuando volvieron a la casa unas horas después, estaba mucho menos tensa y podía sonreír con cierta sinceridad. Lady Beckford le había hablado como si fueran viejas amigas e insistió en que Sakura la llamara tía Hana igual que su sobrino. Le habló de su marido, que había fallecido un par de años atrás, y, al mencionar su nombre, los ojos se le llenaron de lágrimas.
Sakura también había llorado. Intentó no contar demasiado y procuró decir generalidades, pero las preguntas sobre su familia la llevaron a hablar de su madre y su hermana, muertas desde hacía diez años, lo que le recordó a su tutor, el despiadado tío Sandayū, y su año infernal en Saint Bart. Le caían las lágrimas a borbotones y lady Beckford la abrazó, convencida de que lloraba por los sufrimientos a los que se había enfrentado con sus secuestradores.
Pero en realidad no importaba. El interés de la mujer le sirvió a Sakura de consuelo y, para cuando regresaron a la casa, se estaban haciendo amigas.
Los días se esfumaron. Sakura veía al marqués en el almuerzo y a menudo en la cena, pero pasaba la mayor parte del tiempo con tía Hana o sola. Como había dicho lady Beckford, los jardines eran preciosos, así que se pasaba en ellos todo el tiempo que le era posible.
La biblioteca del castillo era amplia, y el reconfortante mundo de los libros la atrajo como siempre. A Sakura le encantaba leer: poesía, novelas y, sobre todo, filósofos, como Sócrates, Platón, Aristóteles y Descartes. Un día dio con una sección de la biblioteca que contenía obras médicas, con libros de medicina, curación y hierbas, y a partir de ese día pasaba todas las horas libres enfrascada en ellas.
Al cuarto día de estancia en el castillo, el marqués la encontró ahí. Al ver su silueta alta en el umbral, Sakura cerró con rapidez el libro que estaba leyendo, se lo escondió bajo la falda y tomó otro.
Cuando Litchfield leyó el título del que sostenía, arqueó sus finas cejas negras.
—¿La filosofía de Descartes sobre la existencia del hombre? No es corriente que una mujer se interese por estas cuestiones.
—La filosofía me ha interesado siempre. —Se encogió de hombros—. Platón dice: «La vida que no se analiza no vale la pena vivirla.»
—«Sólo hay una cosa buena, el saber, y sólo una mala, la ignorancia» —replicó el marqués con una sonrisa.
—Sócrates —supuso correctamente ella devolviéndole la sonrisa—. También dijo: «Sólo sé que no sé nada.»
El marqués se rió con eso. A Sakura le pareció una risa agradable; nada brusca, sino grave y melodiosa; una risa fluida, como si la usara siempre que lo deseaba.
—¿Y ese otro libro que está leyendo?
—¿Qué..., qué otro libro? —Se puso tensa.
—El que esconde bajo la falda. Más vale que confiese, señorita Haru. Sé que hay algunos libros aquí que se considerarían poco adecuados para que los leyera una joven, pero no creo que haya nada tan inaceptable como para que me escandalice saber que usted lo lee.
No había más remedio que entregarle el libro. Y así lo hizo, aunque muy renuente.
—¿Sobre el movimiento del corazón y la sangre en los animales, de William Harvey? —Parecía sorprendido.
—Tiene una colección muy buena de libros de medicina y hierbas curativas. Sé que el libro del señor Harvey está algo anticuado, pero pensé que quizá me serviría para comprender... —Sus palabras se quedaron en el aire cuando el marqués arqueó aun más las cejas.
—Pensó que le serviría para comprender ¿qué, señorita Haru? ¿Por qué iba a interesarle leer un libro como éste? No se puede decir que esté de moda.
Notó que se ruborizaba. El desagrado del marqués era evidente en la postura de sus hombros, en la mirada fría de sus ojos. Leer un texto tan gráfico era algo que, sencillamente, no hacía una mujer.
—Mi hermana y mi madre murieron de unas fiebres cuando yo tenía diez años —explicó y, al contarle la verdad, esperaba que la entendiera—. Me quedé destrozada, por supuesto. Me sentí totalmente inútil. Ninguno de los médicos pudo hacer nada por ayudarlas. Nadie podía. Unos años más tarde, empecé a estudiar las hierbas y sus aplicaciones curativas. Mi interés por la medicina viene de ahí.
—Ya veo.
Pero Sakura se preguntó si veía algo aparte del hecho de que era un tema muy poco adecuado para una mujer. La mera mención de las partes del cuerpo estaba mal vista. Que una joven soltera estudiara diagramas de anatomía y leyera artículos sobre las arterias, los vasos y el bombeo de la sangre era sin duda sospechoso, como ella había estado segura de que lo sería.
—Bueno, supongo que sobre gustos no se puede discutir —comentó el marqués devolviéndole el libro—. Mi biblioteca está a su disposición mientras esté aquí, señorita Haru.
—Gracias, milord.
La dejó sola y no volvió a verlo hasta la cena. Como lady Beckford no se encontraba muy bien, comieron solos. Por suerte, cuando Sakura llegó al salón y el marqués la acompañó al comedor, él volvía a estar de buen humor y le sonrió con una nota de indulgencia.
—Espero que haya disfrutado con los libros.
—Sí. Siempre me ha gustado mucho leer.
—Creo que es usted única, señorita Haru. Rara vez conoce uno a una mujer cuyos intereses abarquen desde Descartes hasta la anatomía.
La ayudó a sentarse en la mesa larga y tallada, iluminada por un candelabro de plata.
Sakura tomó un sorbo del exquisito vino tinto que el lacayo le había servido.
—Aparte de la filosofía, ¿qué le interesa, milord?
Litchfield se quedó con la copa de cristal en la mano a medio camino de sus labios. Su mirada descendió hacia la turgencia de los senos de Sakura y se entretuvo en la piel que dejaba al descubierto el escote. Ella contuvo la respiración y sintió algo extraño en el estómago.
Entonces, el marqués se dio cuenta de lo que estaba haciendo y volvió a dirigir su atención a la cara de Sakura.
—Me interesan bastantes cosas, señorita Haru. Me gusta gestionar mis propiedades. Me resulta apasionante hacer mejoras en las tierras y observar cómo las cosechas responden a ellas. Me gustan las carreras de caballos. Me gusta cazar. Seguía el deporte del boxeo hace algún tiempo.
—Un hombre de gustos variados.
—Sí, me gustaría creer que sí.
—Parece ser un hombre muy ocupado.
—Pues sí, muy ocupado.
—¿Demasiado para tener esposa y familia? Su tía me dijo que no está casado aun.
El marqués tragó el bocado de codorniz asada que tenía en la boca.
—¿No le dijo también que esa situación iba a cambiar pronto?
—No, debió de olvidársele —respondió Sakura, que se incorporó un poco en la silla.
—El caso es que estoy comprometido con lady Ashina Tatsushiro. Contraeremos matrimonio en menos de dos meses.
Sakura sonrió, lo que le resultó sorprendentemente difícil.
—Felicidades, milord.
—Gracias. Lady Ashina y yo nos conocemos desde hace cinco años. Hace poco, decidí que había llegado el momento de buscar cónyuge y dedicarme a la tarea de tener un heredero. A lady Ashina le pareció bien la idea.
Que le pareciera bien no era como ella describiría lo que podía sentir quien se casara con el atractivo e interesante marqués de Litchfield. Se preguntó si los sentimientos de la dama por su futuro marido serían tan lánguidos como los de éste parecían ser por ella.
Lo descubrió al día siguiente.
A primera hora de la tarde llegó un carruaje. Al oír un alboroto en el exterior, el corazón de Sakura empezó a latir con fuerza. Por Dios, ¿la habrían encontrado? Su primer impulso fue remangarse las faldas prestadas y correr hacia la puerta. En lugar de eso, ignoró su pulso acelerado y permaneció donde estaba sentada, en el sofá de brocado de color melocotón.
Durante la última media hora había estado sentada en el salón con lady Beckford tomando una taza de té y escuchando historias sobre la juventud del marqués, sobre las desventuras que compartió con su mejor amigo: Naruto Namikaze, el duque de Carlyle.
Ahora las palabras de lady Beckford se perdían, sepultadas bajo el miedo que recorría las venas de Sakura y el sonido de voces en el vestíbulo.
Hana levantó la vista hacia la puerta.
—Deben de ser lady Ashina y su madre, la baronesa Saint James. Visitan el castillo bastante a menudo, ya que la propiedad del barón está a pocos kilómetros de distancia.
La tensión desapareció del cuerpo de Sakura, que casi se mareó de alivio. No le sonaban los nombres, así que no había forma de que la conocieran.
—No sabía que esperaban visitas.
—Supongo que debería haberlo mencionado —suspiró Hana, sacudiendo la cabeza—, pero me parece que esperaba que no viniesen. Me pongo enferma con todas esas risitas sobre la boda, qué clase de decoraciones habrían de elegirse para las mesas del banquete, de qué color tendría que ser el vestido de lady Ashina. Chismes sobre los invitados, quién debe asistir y quién no. No son más que tonterías, pero el pobre Sasuke se lo consiente. Aunque, en realidad, preferiría estar recorriendo sus propiedades.
—Lady Ashina es su prometida. Estoy segura de que a él le gusta pasar el tiempo con ella.
Hana le lanzó una mirada que decía: «Si la conociera no diría eso». Suspiró y sacudió la cabeza.
—Lo siento. Sé que debería ser más discreta, pero esa chica sólo es un bomboncito con un lazo. Mi sobrino se arrepentirá de unirse a ella y así se lo he dicho en más de una ocasión.
Sakura reflexionó un momento mientras sorbía el té.
—Tal vez está enamorado de ella —sugirió.
Hana entornó los ojos y se sopló un rizo de cabellos verdes opacos que le colgaba en la frente.
—Mi sobrino no sabe el significado de esa palabra. No ha estado jamás enamorado y, tal como lo educaron, dudo que sea algo que desee experimentar. Por si no lo ha observado, lord Litchfield prefiere una existencia ordenada. Es un hombre con un dominio de acero y está decidido a seguir siempre así. El amor logra que el hombre pierda la cabeza. Es lo que le pasó a su padre, con resultados desastrosos, y mi sobrino no lo ha olvidado nunca. Al casarse con lady Ashina puede cumplir sus deberes como heredero sin correr ningún tipo de riesgo.
Sakura no respondió, pero la idea le pareció muy triste. En cuanto a ella, siempre había soñado con enamorarse. Esperaba casarse algún día con un hombre que la amaría tanto como ella a él. Ahora sabía que era probable que eso no llegara a ocurrir, puesto que la mera supervivencia exigía su total atención.
—Vaya por Dios, vienen hacia aquí —dijo lady Beckford.
Sakura se armó de valor. Había pensado que el marqués no querría que se supiera que estaba allí, pero, al parecer, no tenía tales reservas. O quizá sí, porque, cuando las mujeres entraron, lord Litchfield no las acompañaba.
—Lady Beckford, qué gusto verla.
Vestida con una creación de seda rosa y encaje blanco sobre un miriñaque ancho, que le levantaba la falda hasta los tobillos enfundados en unas medias, la joven rubia y con carita de porcelana parecía una muñeca hecha de azúcar. Era más baja que Sakura, más redondeada y tierna en todos los lugares indicados. Con su piel pálida y las mejillas sonrosadas, encarnaba la imagen de la perfección femenina.
Sakura sintió una punzada no deseada de celos. Siendo más alta y de complexión demasiado delgada, se sintió larguirucha y torpe en comparación. La chica era sin lugar a dudas una belleza. No resultaba extraño que el marqués la hubiera elegido como futura esposa.
El mayordomo pidió el té y se hicieron las presentaciones correspondientes. Sakura fue presentada como la señorita Haru, una amiga de lady Beckford, de York.
Incluso así, la baronesa la observaba con cierto recelo. Era todavía más baja que Ashina, o quizá fuera su complexión voluminosa lo que la hacía parecer así.
—¿Entonces no está aquí para visitar a su Excelencia? —preguntó con una voz que sonó demasiado perspicaz.
—De hecho, lord Litchfield y yo apenas nos conocemos —aseguró Sakura, que se obligó a sonreír—. Ha estado ocupado la mayor parte del tiempo. Lo cierto es que casi no lo he visto.
Por primera vez, lady Saint James sonrió. Aceptó la taza de té que Hana le entregó y la dejó en la mesa.
—¿Dónde está ahora? Esperaba nuestra visita. Supuse que estaría aquí cuando llegáramos.
—Mis disculpas, señoras. —Litchfield cruzó la puerta, tan sombrío e imponente como siempre—. La reunión con mi administrador duró más de lo previsto —explicó, y se inclinó para besar la regordeta mano de la baronesa —. Espero que me perdonen.
—Por supuesto, milord —le sonrió encantada lady Ashina—. Un hombre de su posición tiene muchas responsabilidades. Mamá y yo lo entendemos.
Litchfield le lanzó una de sus sonrisas indulgentes. Por un instante, levantó los ojos por encima de la cabeza de su prometida y los fijó en Sakura. Su mirada era sombría e indescifrable, pero la sostuvo un segundo más de lo debido y Sakura sintió que algo se removía en su interior. Acto seguido, él volvió a dedicar su atención a la belleza vestida de rosa:
—En su nota indicaba que quería comentar un asunto importante. Quizá prefiera hacerlo en privado. Si es ése el caso...
—Oh, no, milord —le interrumpió lady Ashina, dejando la taza con el borde dorado en la mesa—. Se trata sólo de la cuestión de lord Tinkerdon. Lo que ha hecho no es ningún secreto, de modo que no es necesario ser discretos.
—¿Tinkerdon? ¿Qué tiene que ver Tinkerdon conmigo?
La baronesa se inclinó hacia delante y su figura regordeta se tensó contra el corpiño ajustado de su vestido de seda azul. Su complexión robusta y su pose rígida exudaban un aire de autoridad.
—Seguro que ha oído la noticia. Tinkerdon ha perdido su fortuna al invertir en un proyecto de gran envergadura para extraer plata del plomo, que resultó ser una estafa. Sus acreedores se han presentado para reclamar el pago de las facturas, pero al parecer el hombre está en la miseria. Seguro que le prohibirán la entrada en el Almack's. Nadie querrá tener nada que ver con él.
—¿Y?
—¡Lo hemos invitado a la boda! —exclamó lady Ashina, como si el hombre fuera un asesino convicto en lugar de alguien simplemente sin fortuna.
—Ya se han enviado las invitaciones —intervino la baronesa—. Lady Ashina esperaba que usted, como hombre discreto, se pondría en contacto con lord Tinkerdon y le sugeriría que estuviera demasiado ocupado para asistir al evento.
—Si lord Tinkerdon asiste o no a la boda no puede considerarse importante —discrepó Litchfield con el entrecejo fruncido—. Ha perdido su fortuna, pero sigue siendo miembro de la aristocracia. Han invitado ustedes a medio Londres. Su presencia o su ausencia apenas se notará.
Sentada junto a él en el sofá, lady Ashina le puso una mano en el brazo.
—Por favor, milord. ¿Dónde lo sentaríamos en el banquete de bodas? Tal vez alguien se ofendiese y se produjera un incidente. Algo podría malograr la celebración y no queremos que eso pase.
Por un instante, Sakura pensó que el marqués cedería a la súplica ridícula de lady Ashina y empezó a reconsiderar su opinión sobre él. Pero Litchfield dio unas palmaditas en la mano enguantada de su prometida.
—Lo siento, querida. Todavía es usted joven. Con el tiempo aprenderá que la cantidad de dinero que posee una persona no es siempre lo más importante a tener en cuenta. Puede recurrir a su padre si lo desea, pero imagino que él pensará como yo. Mientras tanto, sugiero que se dedique a asuntos más importantes que la falta de dinero de Tinkerdon, que es exactamente lo que voy a hacer yo.
Se levantó, lanzó una última mirada rápida a Sakura y se dirigió a la puerta mientras decía:
—Espero que me disculpen, señoras.
No esperó respuesta. Cruzó la habitación con sus largas piernas y abrió las puertas del salón. El sol le brilló en los cabellos negros, que llevaba recogidos en la nuca. Sin mirar atrás, desapareció en el vestíbulo. Al oír cómo se alejaban sus pasos, Sakura sintió un creciente respeto por él y tuvo la fuerte sospecha de que la valoración de lady Beckford sobre el inminente matrimonio era muy sagaz.
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Sasuke no lograba dormir. No dejaba de soñar con la indigente andrajosa que se había escondido en la parte trasera de su carruaje. La veía una y otra vez, sucia y desaliñada y, aun así, enfrentándose a él con la dignidad de una reina.
Después, la ensoñación cambiaba y la veía con su aspecto posterior, la preciosa cara limpia y reluciente, los ojos de un intenso verde musgo y la boca carnosa y tentadora. Llevaba un vestido de seda y aparecía sentada en un salón lujoso, como si estuviera en su ambiente. Sólo lo que leía, un libro grueso de anatomía sobre arterias, vasos y sangre, resultaba incongruente con la imagen.
Se despabiló sobresaltado. Seguía dándole vueltas a la cabeza, alterado por las imágenes contradictorias, preguntándose por qué no encajaban. Se recostó en la almohada con un suspiro, todavía con la cara de Sakura en el pensamiento. ¿Qué partes del relato faltaban? ¿Cuánto se había callado? El instinto le decía que la joven sólo contaba parte de la verdad. Se preguntó qué cantidad sería mentira.
Fuera cual fuera la respuesta, tenía intención de averiguarlo. Había enviado a su mensajero un día antes de lo que le dijo a Sakura. Sabría las respuestas, y pronto.
El viento soplaba con fuerza y golpeaba las ventanas. El frío de mediados de octubre empezaba a dejarse notar. Una luna escuálida lucía en medio de un cielo negro como el azabache, oculta tras una capa fina de nubes. Desnudo, como solía dormir, se levantó y se puso el batín de seda negro. Ya que no podía dormir, leería algo.
Encendió el candelabro del tocador y bajó por las escaleras. Al ver la línea amarilla que asomaba por debajo de la puerta de la biblioteca, se detuvo. A tía Hana no le gustaba demasiado leer. Sólo otra persona estaría ahí a esas horas de la noche.
Abrió con cuidado la puerta mientras con los ojos examinaba el interior, tenuemente iluminado, hasta encontrar la figura delgada que, con la bata de raso de su tía, se sentaba sobre sus piernas en el asiento junto a la ventana. Abierto y descansando a su lado bajo la luz de una sola vela, había un libro viejo, encuadernado en piel y con páginas de bordes dorados.
—¿No podía dormir, señorita Haru?
Sakura soltó un grito ahogado al oír su voz y levantó de golpe la cabeza del libro que estudiaba. Estaba tan enfrascada en la lectura que no le había oído entrar. Los cabellos, sueltos, caían sobre los hombros y le llegaban hasta pasada la cintura. Eran abundantes y relucientes, y rosa.
—Tuve una pesadilla —respondió Sakura—Decidí que prefería leer a repetirla.
Sasuke se acercó a la joven, captando las puntas firmes de sus pechos, que se perfilaban bajo la bata, y la faja que marcaba la circunferencia del diminuto talle.
—¿Ya había tenido antes ese sueño?
Ella se mordió el labio y sacudió la cabeza.
—Antes era real —respondió tan bajo que casi no se oyó.
—Se refiere a su secuestro.
Asintió con la cabeza, un poco demasiado rápido, y desvió la mirada.
—Por supuesto. —Pero sus palabras no sonaron ciertas.
Sasuke se detuvo junto a ella y le observó la cara, desde tan cerca que el raso de la bata de la joven le rozaba la seda negra del batín. La imagen era erótica y notó que su cuerpo empezaba a adquirir rigidez. Maldijo para sus adentros y se alejó un paso.
—¿Qué está leyendo ahora, señorita Haru?
Notó el cambio en sus rasgos, en su expresión. Quería esconder el libro. Podía verse en sus ojos. Sasuke alargó la mano y lo cerró para leer el título, con cuidado de usar el dedo índice a modo de punto.
—La comadrona inglesa, ampliado —leyó, y siguió con el subtítulo en letras más pequeñas—: Con instrucciones para las comadronas. Se explica lo más necesario para practicar sin riesgos su ciencia. —Frunció el entrecejo y dirigió la mirada al rostro de Sakura. Una decena de pensamientos le cruzó por la cabeza, pero destacaba uno inquietante—. Dijo usted que los hombres que la secuestraron no..., que la dejaron en paz. Si no fue así, no es culpa suya. Si la preocupa poder estar embarazada, no tema decírmelo, señorita Haru.
Incluso bajo la tenue luz de la vela, vio cómo las mejillas de la joven se sonrojaban.
—Esos hombres no... No sucedió nada de eso. —Sakura se enderezó un poco en su asiento y levantó el mentón—. Sólo estoy interesada en el tema, eso es todo. Como ya le dije, la ciencia médica me interesa desde que era pequeña. Vi estos libros y quería leerlos. Usted dijo que podía hacerlo.
Él la observó un momento largo, en silencio, preguntándose si eso sería verdad o una mentira más.
—Es cierto. Léalos si lo desea, señorita Haru. No se lo impediré. Y tampoco le advertiré que sea discreta. Parece saber que no está bien visto que una mujer estudie tales cosas.
—Lo sé, pero no estoy de acuerdo —asintió ella enderezándose un poco más—. Creo que cualquier persona, sea hombre o mujer, debería poder estudiar lo que le interese. Pero tendré en cuenta su consejo y seguiré actuando en consecuencia.
Sasuke asintió a su vez. Su atención había empezado a desviarse de lo que le estaba diciendo hacia el pie delicado, desnudo, que asomaba ahora bajo la bata de raso. Era pálido y estaba bien formado, con el tobillo esbelto, hermoso. Volvió a sentir la excitación que reprimió con anterioridad, así que se volvió, rebuscó entre los textos del estante, encontró el libro que había ido a buscar y se dirigió a la puerta.
—Quizás esos libros sean el origen de sus pesadillas, señorita Haru.
—Supongo que sí —dijo Sakura con una ligera sonrisa—. Pero también son mi salvación.
Sasuke no contestó. Era una muchacha extraña. Demasiado inteligente para gustar y, sin embargo, tenía un atractivo extraño. Lo molestaba que, en los pocos días que llevaba en el castillo de Running, hubiera empezado a desearla cada vez más. Estaba prometido a otra mujer; tenía que recordarlo.
Tan sólo deseaba que Ashina Tatsushiro fuera capaz de excitarlo con tanta facilidad como Sakura Haru con sólo verle el tobillo.
