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Por Dios, qué poco le apetecía irse. Sakura repasó con los dedos la seda azul del cobertor y los colgantes de terciopelo que rodeaban la cama de columnas donde había estado durmiendo.
Echaría de menos la dulce vida de privilegios que antaño daba por sentada, algo que no volvería a hacer nunca. Añoraría la amistad de lady Beckford, incluso sus conversaciones a menudo desconcertantes con el atractivo propietario del castillo. Pero sobreviviría sin ellos. Mientras tuviera su libertad, podría sobrevivir a casi todo.
Retiró la funda blanca bordada de la mullida almohada. La usaría para transportar la comida que había estado escondiendo los últimos tres días. Tendría que llevarse uno de los vestidos que lady Beckford le había dejado, junto con un par de zapatos y el camisón prestado, pero no podía evitarse.
Le hubiera gustado tener dinero para pagar la ropa o por lo menos unas cuantas monedas para el viaje, pero se negaba a tomar nada más de las únicas personas que habían sido amables con ella en casi un año. Se juraba que encontraría trabajo por el camino, algo para seguir adelante.
Tenía decidido ir a Cornwall, una zona rural donde podría encontrar algún tipo de empleo y ganar lo bastante para vivir y desaparecer. Se iría esa noche, ya tarde, en cuanto estuviera segura de que los demás dormían. Antes afirmaría tener dolor de cabeza y cenaría con una bandeja en su dormitorio. Necesitaba tiempo para reunir valor, tiempo para aceptar lo que debía hacer y prepararse para ello.
Con el corazón en un puño se dirigió al armario crema y dorado del otro lado del elegante dormitorio para cambiarse y ponerse el vestido más sencillo de los que le habían prestado, uno de lana verde oscuro y adornado con encaje de color crudo, pero una llamada a la puerta la interrumpió.
El mayordomo de nariz larga, Reeves, estaba en el umbral.
—Lord Litchfield solicita su presencia en su estudio.
—Es bastante tarde —objetó con un escalofrío—. ¿Está seguro de que quiere...?
—Desea verla. Eso dijo.
Sakura asintió con la cabeza, tratando de reprimir sus temores.
—Dígale que bajaré enseguida.
El mayordomo no se movió.
—Dijo que tenía que esperarla —insistió.
El miedo la invadió. Había algo implacable en la pose del mayordomo, algo que le advertía del estado de ánimo de Litchfield. Pero todavía faltaba un día por lo menos para que volviera el mensajero. Tal vez se tratara de otra cosa, algo simple, como planear una excursión para el día siguiente. Esperaba que fuera eso. Rogaba con todo su corazón que fuera eso.
Bajó las escaleras con no poca inquietud. El corazón parecía salirle del pecho y empezaron a sudarle las manos. Cuando entró en el estudio, el marqués estaba junto a la ventana, de espaldas a la puerta, con las piernas un poco separadas. La tensión en los hombros era evidente, aunque Sakura ansiaba estar equivocada.
Sasuke esperó a que el mayordomo cerrara la puerta, que sonó como al ponerle la tapa a un ataúd. Entonces se volvió, y sus ojos oscuros brillaban con una cólera inconfundible cuando fijó su vista en el rostro de la joven.
—¿Quién es usted?
Había tal amenaza en esa voz que, sin darse cuenta, Sakura dio un paso atrás. Quería echar a correr. Quería estar en otra parte, en cualquier otro sitio, en lugar de en ese estudio. Se humedeció los labios, pero no parecía lograr que se movieran.
—Permitió que enviara a mi mensajero a perder el tiempo por medio país —la acusó él—. Me mintió. Aceptó la amabilidad de mi tía y se aprovechó de mi generosidad. Ahora quiero saber quién es y por qué está aquí.
Entonces sí corrió, abrió la puerta de golpe y huyó como un cervatillo por el vestíbulo. Litchfield la atrapó antes de que llegara a la entrada. La agarró por la cintura e hizo que se volviera, con lo que Sakura se estampó con fuerza contra su pecho.
—No irá a ninguna parte —pronunció en un tono sombrío y bajo, mucho más terrorífico que si hubiera gritado—. No hasta que me diga la verdad.
Sakura notaba la forma de sus músculos bajo la camisa de volantes blanca, la firmeza de los muslos contra su cuerpo, y empezó a temblar. Se le humedecieron los ojos, pero parpadeó para evitar las lágrimas. Levantó la cabeza y contempló los rasgos duros de aquel rostro.
—Siento haberle mentido. Iba a marcharme esta noche. Mañana ya no estaría aquí. Dios mío, no quería mentir, en especial a alguien que me ha ayudado. No quería engañarle. ¡No tuve otra elección!
—Ahora la tiene —afirmó con una sonrisita implacable. Se separó de ella, aunque sin soltarle la mano, y la llevó por el vestíbulo hacia el estudio—. O me cuenta la verdad o la entrego a las autoridades. Ésa es su elección, señorita Haru.
Sakura forcejeó un momento para intentar liberarse, pero la agarraba con fuerza. No la soltó hasta que volvieron a estar en el estudio y cerró la puerta. Giró la llave y quedaron encerrados los dos. Después, se volvió hacia ella.
—Muy bien, señorita Haru, ¿qué elige? ¿La verdad, o las autoridades? —Se cruzó de brazos, lo que le hacía parecer todavía más alto e imponente que antes—. Puede estar segura de que hablo en serio. Y sabré de inmediato si me cuenta otra historia falsa.
Sakura miró esos rasgos duros y decididos, y una sensación de derrota se apoderó de su ser.
—¡Dios mío! —exclamó, mientras se dejaba caer en el sofá de piel marrón enfrente de donde estaba él, y contra su voluntad se le llenaron los ojos de lágrimas—. ¿No puede dejarme marchar? Más adelante, ganaré el dinero para pagarle lo que he comido. No tengo ropa, pero seguro que podría darme algo viejo que...
—Escúcheme —la interrumpió el marqués con algo más de dulzura—. Sea lo que sea que haya hecho, no puede ser tan malo. Si ha robado algo, si ha herido a alguien, dígamelo y encontraré el modo de ayudarla.
Ella se limitó a sacudir la cabeza.
—Tengo que saberlo, Sakura. Dígame qué ha hecho —insistió él.
Sakura se puso de pie de un salto, con los puños cerrados y temblando.
—¡Yo no he hecho nada! ¡Nada!, ¿me oye?
—¿Y por qué huye?
Se mordió el labio tembloroso. Quería contárselo, quería con toda su alma confiarle la verdad. El marqués la agarró por los hombros y la zarandeó.
—¡Hable, maldita sea! —la apremió.
—Muy bien. —Levantó la mirada hacia él, con un peso terrible en el pecho—. Le diré la verdad con una condición.
—No estoy de humor para aceptar condiciones —soltó Litchfield con el entrecejo fruncido. Sakura no dijo nada, simplemente se mantuvo firme—. De acuerdo, ¿qué condición?
—Después... —Se humedeció los labios temblorosos—. Después de escuchar mi historia, si decide que no quiere ayudarme, me dejará ir.
—¿Espera que la deje marcharse de aquí, sin dinero ni ningún lugar a donde ir?
—Sí.
Litchfield apretó las mandíbulas. Se veía que no le gustaba nada la idea, pero por fin asintió:
—Muy bien, le doy mi palabra.
Sakura tomó aire y se obligó a recuperar el valor que la había abandonado.
—No soy Sakura Haru, sino lady Sakura Haruno. Mi padre era el conde de Milford.
—¿Haruno conde de Milford era su padre? —se sorprendió el marqués.
—¿Lo conocía?
—De oídas. Sus pares tenían muy buena opinión de él.
—Era un buen hombre, un padre maravilloso —aseguró Sakura con una sonrisa que mostraba algo de tristeza—. También era muy rico. Cuando murió hace cinco años, dejó un patrimonio enorme. Por desgracia, yo era su única heredera.
—¿Por desgracia?
—Me temo que sí. —Empezó a formársele un nudo en la garganta.
—Continúe, lady Sakura. —Hizo que volviera a sentarse en el sofá y se sentó él en una silla frente a ella—. Cuénteme su historia.
Sakura se alisó la falda y bajó la mirada hacia sus manos, que tenía en el regazo. Al empezar a hablar, le salió una voz áspera, quebrada:
—Cuando mi padre murió, mi madre ya estaba muerta, lo que implicó que mi herencia precisara un fideicomisario. Esa tarea recayó en las manos de mi tutor, el hermano de mi madre, Sandayū Asama, conde de Dunstan.
—Dunstan —repitió Litchfield, que se inclinó un poco hacia delante—. Sí, lo conozco bastante bien.
«Nadie lo conoce» —pensó Sakura—. «No como es en realidad.» Se limitó a mover la cabeza en sentido afirmativo. Oír su nombre le había llevado la imagen de ese hombre a la cabeza y tuvo que suprimirla.
—Al principio, le concedí un control ilimitado de mi dinero. Jamás se me ocurrió ni tan sólo preguntar qué hacía con él, cómo lo gastaba. Vivíamos en Milford Park e incluso yo sabía que mantener ese lugar sería carísimo. A medida que crecí, empecé a recelar. Descubrí que estaba despilfarrando la enorme fortuna de mi padre y que, si no hacía algo para detenerlo, acabaría con todo el dinero.
—Siempre pensé que él tenía mucho dinero propio —comentó Litchfield.
—Eso es lo que todo el mundo cree. Lo cierto es que el dinero que está gastando es mío y, cuando empecé a enfrentarme a él, a pedirle cuentas de mis fondos, me mandó lejos.
—¿Cuándo sucedió eso?
—Hace diez meses.
—¿Adónde la mandó? —preguntó el marqués con los ojos fijos en su cara.
La respuesta se le atragantó y tuvo que esforzarse en pronunciarla:
—Al hospital de Saint Bartholomew.
Litchfield abrió unos ojos como platos; su expresión se volvió incrédula.
—¿Dunstan la recluyó en Saint Bart?
—Sí —asintió Sakura desviando la mirada, temerosa de lo que vería reflejado en la cara del marqués.
—Por el amor de Dios, ¿qué adujo para ello?
—Les dijo que estaba loca. —Sakura parpadeó y las lágrimas le resbalaron por las mejillas—. Dijo que lo hacía por mi propio bien, que él no podía manejar a una demente.
Eso fue todo lo que se atrevió a contarle. Rogaba a Dios que él no descubriera nunca la última prueba que había decidido su futuro. El marqués se levantó de la silla, se acercó a Sakura, se agachó y le tomó la mano. Ella se dio cuenta de que le temblaba.
—Es usted única, Sakura, pero decir que está loca... —Le oprimió la mano y sacudió la cabeza. Sus ojos se veían lúgubres y adustos—. No puedo imaginar que un hombre le haga tal cosa a una mujer a su cargo.
—Por favor, lord Litchfield, le suplico que me ayude. No estoy loca. Nunca lo he estado. El tío Sandayū tiene amigos influyentes y dinero suficiente a su disposición con el que pagar lo que haga falta para lograr sus objetivos. Si me encuentra, me obligará a volver a ese lugar y..., y... —Tragó saliva con dificultad—. Esta vez, no podría soportarlo.
Se puso a llorar en serio, con unos sollozos incontrolables que le sacudían todo el cuerpo. Sintió que el sofá se hundía bajo el peso considerable del marqués cuando éste se sentó a su lado y la tomó entre sus brazos.
—No se preocupe, no llore. Aquí está a salvo. No voy a permitir que nadie le haga daño.
Notó que sus manos le acariciaban los cabellos; unas manos delicadas, con dedos largos y gráciles. Sentía la fuerza robusta de sus brazos y del tórax y la calidez reconfortante de su cuerpo. Pasaron los minutos. Litchfield no intentó calmarla. Simplemente la sujetó, dejó que se desahogara y, al cabo de un rato, el llanto cesó.
Sakura tomó aliento como pudo y se apartó un poco para mirarlo.
—No tengo ningún otro sitio adonde ir. ¿Me ayudará?
—Conozco a Sandayū Asama —dijo el marqués con el rostro adusto—. Jamás lo imaginé capaz de algo así, pero no es un hombre que me inspire confianza. Contrataré gente para que estudie el asunto, veré qué averiguo. Mientras tanto, puede quedarse aquí.
—Se lo pagaré. Si encuentra el modo de protegerme de mi tío, le pagaré todo lo que cueste. No podré hacerlo en cierto tiempo, ni en unos cuantos años. Pero cuando cumpla los veinticuatro, Milford Park y la fortuna de mi padre por fin me pertenecerán y le pagaré la deuda.
—El dinero no es importante —Litchfield esbozó una leve sonrisa—. Lo que importa es que usted esté a salvo. Se quedará aquí, en el castillo de Running, hasta que este asunto se resuelva.
—Gracias. Muchas gracias. —Sakura se secó las lágrimas de las mejillas—. No sabe lo mucho que su generosidad significa para mí.
Litchfield asintió con la cabeza sin añadir nada más, pero la mirada de aquellos ojos duros y oscuros se había vuelto férrea. Sakura se alegró de que esa mirada estuviera reservada para Sandayū Asama y ya no se dirigiera a ella.
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Sasuke estaba sentado en una cómoda butaca de piel en un rincón de su estudio. Frente a él, su mejor amigo, Naruto Namikaze, el duque de Carlyle, estiró sus largas piernas. La chimenea estaba encendida y caldeaba la habitación para combatir el creciente frío de octubre.
—Y así es como la chica acabó aquí —terminó de contar Sasuke, recostándose en su asiento.
—Cuesta creer que incluso Dunstan sea capaz de hacer una cosa así —comentó Naruto—. Se me ponen los pelos de punta de sólo pensarlo.
Era un hombre corpulento, un poco más alto que Sasuke y más musculoso, con el tórax y los hombros más anchos. Tenía el pelo rubio, largo hasta los hombros, y lo llevaba recogido detrás con una fina cinta negra. Sasuke y él eran amigos desde niños, ya que las propiedades de ambas familias no estaban a demasiada distancia. Sasuke sabía que contaba siempre con Naruto. No tenía miedo de confiarle sus secretos y ni siquiera su vida, llegado el caso.
—Si hubieras visto a esa pobre muchacha el primer día, te habrías hecho idea de lo que debe de haber sufrido. La pobre chiquilla...
—¿Chiquilla? —lo interrumpió Naruto—. Creí que habías dicho que tenía veinte años.
—Sí, bueno, supongo que no es ninguna chiquilla, pero prefiero pensar en ella de ese modo. Hace las cosas... más simples.
—Lo que supongo que significa que te sientes atraído por ella.
—Es preciosa —suspiró Sasuke.
—¿Debo recordarte que la chica con la que vas a casarte sólo tiene diecinueve años?
—Ashina es distinta. Yo no...
—¿Qué? ¿No la deseas como a lady Sakura? —Naruto sonrió burlón—. Quieres acostarte con ella, pero, como es pura, estás obligado a ignorar la atracción.
—No estoy seguro de que todavía sea tan pura como hace diez meses. Sólo Dios sabe lo que le hicieron en ese lugar. Pero el caso es que se trata de una dama y está fuera de mi alcance. Además de eso, estoy comprometido con Ashina y muy pronto nos casaremos.
—Eso no te ha alejado de la bonita viuda del pueblo.
Sasuke soltó un sonido áspero, antes de decir:
—Un hombre tiene necesidades y todavía no estoy casado. Y últimamente he dejado de verla incluso a ella.
—Quieres decir desde que llegó lady Sakura.
No lo negó, aunque no le gustaba oírlo expresado de esa forma. Lo cierto era que la viuda Kannonji no le interesaba desde la aparición de Sakura Haruno en el castillo de Running. Inquieto ante esa idea, volvió al problema que tenía entre manos:
—No puedo evitar sentir lástima por ella. En una ocasión visité Bedlam. Era una escena sacada del mismo infierno.
—Ya lo sé. De hecho, hay visitas a la ciudad que te llevan a verlo. Dios mío, ¿puedes imaginar que haya gente que paga dinero para ver ese tipo de sufrimiento?
—No. Ni el terror que esta chica debe de sentir todos los días, angustiada por si van a volver a mandarla ahí.
—¿Qué piensas hacer?
—Lo que haga falta. Primero, necesito reunir toda la información posible.
—Quizá Temari pueda ayudar.
La esposa de Naruto, un ciclón de mujer de baja estatura y cabellos de color rubios, era el gran amor de su mejor amigo. Que Naruto perdiera la cabeza por Temari Sabaku, algo que casi lo condujo al desastre, fue lo que había convencido aun más a Sasuke de no querer enamorarse nunca.
—Temari tiene un amigo —prosiguió Naruto—, el jefe del Colegio de Médicos de Londres. De hecho, es un viejo amigo de su abuelo. Tal vez él tenga forma de obtener de Saint Bart el historial de Sakura.
—¿Está segura de poder confiar en él? Si se filtra el paradero de Sakura antes de que estemos preparados, no tendremos forma de evitar que se la lleven de vuelta.
—Temari conoce al doctor Nolan desde que era pequeña. Es un amigo de confianza de la familia desde hace años.
—Muy bien, empezaremos por ahí. Mientras tanto, he pedido a mi abogado que averigüe qué camino podríamos seguir para lograr cambiar el tutor de Sakura.
—Buena idea. ¿Dónde está la dama en cuestión? Me gustaría conocerla.
—Ya me lo imaginaba —asintió Sasuke—. Está en el salón con tía Hana. Hemos quedado para tomar el té con ellas, aunque creo que puedo arreglarlo para tomar algo más fuerte.
—¿A qué esperamos? —dijo Naruto, sonriendo.
Recorrieron el vestíbulo hacia el Salón Verde, el favorito de tía Hana, y encontraron a las dos mujeres conversando animadamente. Hana sabía ya la verdad sobre la situación de Sakura y había adoptado una posición todavía más protectora que Sasuke.
Ambas mujeres levantaron la mirada al entrar ellos. Naruto se detuvo un momento en el umbral para examinar con sus ojos azules a Sakura Haruno de pies a cabeza y vio la misma belleza inusual que estaba viendo Sasuke. Incluso vestida como iba, con un traje de seda rosa, prestado y de corpiño demasiado grande, debido al pecho más generoso de la tía, Sasuke podía apreciar la forma pequeña y elegante de los senos de la joven, que poseían un atractivo distinto, más exquisito, incluso más apetitoso. Era evidente que Naruto también lo veía.
Sasuke frunció el entrecejo ante la idea. Avanzó hacia las mujeres y se detuvo delante de Sakura, cuya expresión se había vuelto precavida al entrar Naruto. El marqués le dirigió una mirada tranquilizadora y parte de la tensión desapareció de los hombros de Sakura. Por una cuestión de cautela debida a los criados, la joven fue presentada como Sakura Haru. Era una estratagema que seguirían usando hasta que ya no estuviera en peligro.
—Señorita Haru —saludó Naruto haciendo una reverencia muy formal sobre su mano delgada, enguantada—. Sasuke me ha hablado muy bien de usted. Como rara vez suele emplear términos tan elogiosos, espero que seamos muy buenos amigos.
—Lady Beckford me ha contado varias historias sobre usted y su Excelencia —correspondió Sakura sonriendo—. Es como si ya le conociera. Tengo muchas ganas de conocer a su esposa.
—Yo también estoy ansiosa por conocerla —dijo una voz alegre desde la puerta. Temari Namikaze entró en el salón con la energía de un remolino—. Encantada..., señorita Haru, ¿no?
—Sí.
—Mi esposa, la duquesa de Carlyle —completó Naruto la presentación.
Temari la observó de un modo distinto. La evaluó y después contempló fijamente a Sasuke, que desvió la mirada. Lo que fuera que viese en el semblante del hombre hizo que la mujer sonriese.
—Sí, señorita Haru, yo también estoy encantada. Sasuke es un amigo querido y leal. Estoy segura de que nosotras también seremos muy buenas amigas.
—Eso me gustaría muchísimo —afirmó Sakura con una sonrisa de oreja a oreja.
Sasuke pensó lo mucho que apreciaría una amistad así una mujer que había pasado casi un año alejada del hogar y de la familia, aunque esa familia fuera Sandayū Asama.
—Creía que habías ido al pueblo. —Naruto tomó la mano de su esposa y, en un gesto medio inconsciente, se la llevó a los labios.
—Regresé a casa poco después de que llegara la nota de Sasuke, pero ya habías salido hacia el castillo —le explicó Temari sonriéndole—. Como hacía bastante que no nos veíamos todos, pensé que podría venir a reunirme contigo.
«Y después de leer mi nota, que mencionaba un asunto de máxima urgencia, tu curiosidad no te habría dejado mantenerte alejada», se dijo Sasuke sonriendo para sus adentros. Incluso tras el nacimiento de sus dos hijos, Minato Naruto y la pequeña Ame Gen, Temari seguía siendo la misma joven impetuosa de siempre. No era la clase de mujer que él querría, pero ella y Naruto estaban hechos el uno para el otro. Gracias a Dios que se había casado con el único hombre que podía manejarla.
—¿Por qué no cerramos la puerta? —sugirió tía Hana interrumpiendo el ambiente de compañerismo que había surgido de modo espontáneo—. Sasuke nos ha reunido a todos con una finalidad. Sé que Sakura aca-ba de conocer a Naruto y a Temari, pero nos ha pedido ayuda y ahora debe confiar en nosotros para que se la brindemos del mejor modo que podamos.
Agradecido a su tía por ir al grano de la forma menos desagradable posible, Sasuke cerró la puerta y dijo:
—Como mi tía ha expresado con tanta elocuencia, estamos aquí con una finalidad. —Fijó los ojos en Temari—. Dado que el tema es sin duda desagradable para la señorita Haru, os lo resumiré brevemente. Después, uniremos esfuerzos para buscar la mejor forma de ayudar a nuestra dama en apuros.
Sakura levantó la mirada hacia él con tanta gratitud y esperanza en los ojos que Sasuke sintió una opresión en el pecho. Se dijo que cualquier hombre en su lugar estaría dispuesto a ayudarla. No tenía nada que ver con el deseo que sentía cada vez que la miraba. No era porque quisiera acostarse con ella, aunque eso se revelaba cada vez más cierto.
Se trataba simplemente de que Sakura lo necesitaba a él. No tenía a nadie más a quien recurrir, a nadie con quien contar salvo él. Lo necesitaba como ninguna otra mujer antes y él no iba a permitir que nadie la lastimara. Ni Sandayū Asama ni nadie.
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Al volver de una breve estancia en el castillo de Running con su doncella al día siguiente, lady Ashina Tatsushiro se desabrochó la capa, forrada de raso, y se la lanzó al mayordomo. Cuando entró veloz en el salón donde su madre estaba sentada redactando una carta, todavía tenía las mejillas encendidas por la cólera que la invadía. Sus dedos se clavaron en la bolsita de seda que llevaba en una mano.
Esperó a que el mayordomo cerrara con discreción las puertas del salón y su madre levantara la vista del pliego que escribía en su escritorio portátil. Una mirada a los angustiados ojos azules de su hija bastó para que la mujer devolviera la pluma al tintero.
—¿Qué te pasa, cariño? ¿Qué te ha alterado tanto?
—Oh, tú tenías razón, madre. Pasa algo. El marqués estaba fuera con esa..., esa mujer cuando llegué. Estaban hablando de filosofía. ¡Filosofía! ¿Qué mujer habla con un hombre de algo así? Eso no se hace.
Ashina cerró los ojos y todavía podía ver a la mujer esbelta y de cabellos rosas, Sakura Haru, paseando con Sasuke por el jardín. Ella decía una broma y él se regocijaba.
Sasuke decía que si Demócrito siguiera vivo se reiría. Y la mujer repetía el nombre de Demócrito como si todas las mujeres de Inglaterra lo conocieran. Y añadía que ése era el filósofo risueño y que Sasuke no hacía sino citar a Horacio. Y entonces Sasuke le sonreía con una admiración evidente... y algo más, una expresión que Ashina estaba segura de no haber visto nunca en su cara cuando la miraba a ella.
—¡Oh, mamá! ¿Qué debería hacer?
—Vamos, vamos, cielo. Estoy segura de que lo que viste era inofensivo. Lord Litchfield es un hombre de honor. Te ha pedido en matrimonio. No creo que sus intenciones hayan cambiado.
—Tú siempre dices que una mujer deber protegerse contra las traiciones de los hombres.
La baronesa enderezó su voluminosa figura, de modo que la sillita de palisandro que ocupaba crujió bajo el peso.
—No te estoy diciendo que no seas precavida. Lord Litchfield es un hombre atractivo y rico. Sería un excelente partido para una insignificante campesina sin título. Hasta que estéis casados como Dios manda, lo mejor es prevenirse frente a tal amenaza. —Lady Saint James se levantó con dificultad—. Tengo amigos en York. Les escribiré. Veremos qué saben de esa señorita Haru de Litchfield.
—Gracias, mamá. —Ashina sonrió; siempre podía contar con su madre. Se inclinó y besó la mejilla regordeta de su madre, cuyo sabor a polvos de arroz le hizo arrugar la nariz—. Creo que subiré a cambiarme para el té. Todavía tengo que estrenar el vestido amarillo, el de las enaguas de seda a rayas. Creo que me quedará muy bien.
—Seguro que sí, querida.
Cuando Ashina salió del salón, sus pensamientos volvieron a la mujer del castillo de Running. Ahora que su madre se encargaba de ello, lo averiguarían todo sobre Sakura Haru; sobre su familia y sus amigos, sobre su pasado, quizás incluso sobre sus planes para el futuro. A su debido tiempo, todos los secretos quedarían al descubierto. Ashina sonrió. Su madre sabría cómo tratar a una mujer que sin duda tenía los ojos puestos en su futuro marido. Ya no tenía por qué preocuparse. En absoluto.
Se dirigió a su habitación pensando en el nuevo vestido de seda que iba a ponerse y si no tendría que haber comprado también un par de zapatos amarillos.
