4

Sakura contempló el precioso vestido de seda esmeralda que Hana le había llevado a la habitación. Insistía en que se lo pusiera.

—No puedo aceptar otro de sus preciosos vestidos —objetó Sakura a la vez que admiraba el exquisito corte de la tela y su intenso y reluciente tono verde.

Tía Hana se limitó a reírse. Luego, dijo:

—Tonterías. La mayoría de los vestidos que te he dado se me han quedado pequeños, aunque lamente decirlo. Sin embargo, a ti te quedan espléndidos ahora que les hemos achicado el pecho.

—Todavía me siento culpable. Quizás un día...

—No seas tonta. Ya te he dicho que me vienen pequeños. Éste ya me lo había tenido que arreglar y tengo encargados unos cuantos vestidos nuevos. Me alegra que estos viejos tengan alguna utilidad.

«Viejos». Vestida frente al espejo de cuerpo entero, Sakura alisó el corpiño de seda verde, cuya parte delantera tenía forma de uve. Las mangas, ajustadas hasta la mitad, se abrían en hileras de encaje blanco que caían en cascada del codo a la muñeca, y la falda flotaba a su alrededor, dispuesta sobre el miriñaque. El escote cuadrado se ajustaba sobre sus pequeños senos y realzaba los dos montículos pálidos y delicados que dejaba al descubierto.

Esa noche, el marqués tenía invitados: los duques de Carlyle. Cuando Sakura bajó para reunirse con ellos, se enderezó los plisados bajo la uve de la falda y notó que estaba un poco nerviosa. Trató de decirse que era debido a la presencia de los duques, pero sabía que no era cierto.

Era por el atractivo marqués, con ese brillo plateado en sus ojos, una chispa que parecía abrasar todo lo que tocaba. Siempre que estaba con él, se encontraba mirándole los labios, preguntándose si serían tan severos como parecían; de algún modo creía que no. Se preguntaba cómo serían sus besos y, después, la avergonzaba haberlo pensado. Estaba comprometido con lady Ashina. En menos de dos meses, estaría casado.

Aun así, no podía dejar de pensar en él, no podía dejar de oír su risa profunda, aterciopelada, no podía dejar de ver la expresión sombría y ardiente que adoptaba cada vez que miraba en su dirección. Le hacía contener el aliento y se le resecaba la boca, como en ese mismo momento, tan sólo de pensar que iba a verlo esa noche.

Se detuvo a los pies de la escalera, se echó un último vistazo en el espejo dorado y comprobó el grupo de rizos empolvados junto al cuello y la mancha negra en forma de corazón junto a la boca. No había ido nunca vestida tan formalmente en presencia del marqués y no podía negar que estaba nerviosa ni que esperaba gustarle.

Respiró a fondo una vez más y entró en el salón, donde sus nuevos amigos se encontraban de pie charlando mientras esperaban para ir a cenar. Sasuke fue el primero en verla. Por un instante, esa luz plateada pareció brillar en sus ojos.

—Señorita Haru —dijo. Se acercó a ella y se inclinó con garbo para besarle la mano—. Empezábamos a preguntarnos si habría encontrado usted una compañía más grata.

—Lo siento. No quería llegar tarde. Se me ha pasado el tiempo sin darme cuenta.

—Apenas llega tarde. Además, ¿no fue Pepys quien dijo aquello de «mejor ahora que nunca»?

Sakura sonrió.

—Sí, aunque suele estar mal citado. Creo que eso viene en su diario.

Sasuke esbozó una leve sonrisa, al tiempo que su mirada descendía hacia la parte superior de sus senos.

—Está deslumbrante..., señorita Haru.

Una punzada de emoción la recorrió, aunque hizo todo lo posible por ignorarla.

—Espero que un poco mejor que cuando nos conocimos —bromeó.

Sasuke soltó una de esas carcajadas suyas tan atractivas.

—La capacidad de reírse de uno mismo es la mayor de las cualidades.

—Lo siento —se disculpó Sakura con el entrecejo fruncido—, no logro recordar quién dijo eso.

El marqués sonrió encantado, y los rasgos angulares de su rostro parecieron más suaves, menos severos.

—Eso es porque soy yo quien lo dice. Es usted una mujer asombrosa, señorita Haru.

Sakura notó que se sonrojaba por el cumplido. No recordaba la última vez que un halago le había causado tal efecto. Incapaz de dar con una respuesta adecuada, agradeció que tía Hana llenara el hueco:

—Si mi sobrino está decidido a acaparar la atención de la señorita Haru, sugiero que nosotros pasemos al comedor.

—Buena idea —la secundó Naruto—. Me muero de hambre.

Se prepararon a degustar una suntuosa comida compuesta de cisne asado y ostras, mollejas de ternera, patatas rellenas y un delicioso pudin de naranja y manzana. Sakura se encontró sentada junto a Litchfield, lo que era extraño porque tendrían que estar dispuestos según el rango. La duquesa debía de tener la culpa del cambio, ya que, cuando el marqués se dio cuenta de lo sucedido, su mirada se dirigió hacia ella. Contenía una expresión divertida, empañada por una nota de advertencia.

Por un momento, Sakura sintió que sus mejillas volvían a sonrojarse, pues le gustaba estar sentada a su lado.

—Tal vez su Excelencia ha hecho bien al sentarnos juntos —comentó el marqués con soltura—. Quería hablar con usted. Hoy he tenido noticias de mi abogado. Ha estado haciendo algunas averiguaciones con discreción sobre su tutela. Uno de los jueces del Tribunal Supremo es amigo suyo. Cree que podría convencerlo de apartarla a usted del control de lord Dunstan.

—¿Me está diciendo que podría disponer que tuviera otro tutor? —preguntó Sakura esperanzada.

—Sí.

—Nada me gustaría más, por supuesto. Desgraciadamente, no se me ocurre nadie dispuesto a aceptar esa posición.

—¿Qué le parece los duques de Carlyle? —le propuso Naruto sonriendo, a la vez que se inclinaba desde el otro lado de la mesa.

Sakura podría haber gritado de alegría. En cambio, sintió un inesperado brote de lágrimas.

—Eso sería fantástico —exclamó—. No sé cómo agradecérselo.

—Todavía no tiene que darnos las gracias —le contuvo Naruto—. La opinión de un juez no es bastante para efectuar ese tipo de cambio si Dunstan se opone.

—Lo que es muy probable —sentenció Sasuke de modo lúgubre.

—Con el testamento de su padre apoyando su posición, no será fácil de lograr —apuntó la duquesa—. Pero estoy segura de que, con el tiempo, lord Litchfield lo conseguirá.

—Hasta entonces, aquí, con Sasuke y conmigo, estás a salvo —intervino Hana—. Hemos disfrutado muchísimo con tu compañía, ¿verdad, Sasuke?

—Sí —respondió éste con cierta brusquedad tras mirarla a los ojos un instante—. Por supuesto.

Al otro lado de la mesa, la duquesa miró a su marido, que fruncía el entrecejo, pero ella sonreía.

Después de la cena, las señoras se retiraron al salón mientras los hombres permanecían en el comedor para fumar en pipa o tomar rapé y disfrutar de una copa de brandy.

Sakura pasó casi una hora hablando con lady Beckford y la duquesa, quien insistió en que prescindiera de la formalidad y la llamara Temari y evitó con delicadeza hacer preguntas sobre los meses que Sakura pasó en Saint Bart. En lugar de eso hablaron de hijos y de matrimonio, y Sakura admitió que no tenía esa clase de pensamientos desde el día en que la encerraron.

—Bueno, ahora ya te has librado de ese lugar tan horrible —dijo Temari con sentimiento—. Y Sasuke se encargará de resolver el asunto para siempre. Es muy bueno en ese tipo de cosas.

A Sakura le vino a la mente una imagen del marqués como lo había visto esa misma mañana, cabalgando con una elegancia total por los campos, como si el esbelto caballo negro formara casi parte de él.

—Yo diría que el marqués es muy bueno en muchas cosas —afirmó.

—Te gusta, ¿verdad? —preguntó Temari, mirándola con curiosidad.

—Lord Litchfield ha sido muy generoso conmigo —contestó sonrojada.

—Sí, es un hombre generoso. —Temari sonrió—. También es atractivo, inteligente e increíblemente varonil.

Sakura se puso más colorada todavía. Había pensado en eso más de una vez. Dirigió los ojos a lady Beckford, que, como la duquesa, parecía estar interesada en su respuesta.

—Sí, supongo que lo es.

Temari miró a Hana, que arqueó un poco las cejas.

—Sasuke es un buen hombre —aseguró Temari—. Uno de los mejores. También puede ser testarudo, severo y malhumorado. Mi marido y él son hombres acostumbrados a salirse con la suya. Dan órdenes sin cesar y esperan ser obedecidos. Eso ha cambiado mucho en los años que Naruto lleva casado conmigo, claro. —Soltó una carcajada y se quitó un hilo de la falda de raso dorado mientras medía sus siguientes palabras—: Sasuke, aun más que Naruto, espera que su vida sea metódica y tal como la ha planeado. Cuando las cosas no salen así..., bueno, puede ponerse muy difícil.

Sakura frunció el entrecejo, tratando de entender la conversación.

—¿Me estás haciendo algún tipo de advertencia?

—Supongo que sólo estoy diciendo que la amistad de Sasuke puede costar cierto precio, pero sea cual sea ese precio, si lo que sientes es suficiente, habrá valido la pena.

Sakura contempló a ambas mujeres intentando descifrar esas palabras enigmáticas, pero incapaz por completo de hacerlo. Se sintió muy aliviada cuando el mayordomo apareció para anunciar que los caballeros se reunirían con ellas para tomar té y pastas.

Unos minutos después, su alivio se desvaneció cuando el marqués entró en el salón. Desde el momento en que llegó y durante el resto de la velada, notó su mirada puesta en ella. Y siempre se obligaba a apartarla, como si lo sorprendiera haberla dirigido de nuevo allí.

Cuando por fin terminó la noche, Sakura se alegró. Pensó que tal vez lord Litchfield también se habría alegrado.

.

.

.

La tarde siguiente, Sasuke caminaba arriba y abajo por su estudio. Daba unos pasos amplios, enojados, que lo llevaban de una punta a otra de la alfombra oriental y dejaban una marca en el estampado coloreado de la lana. El fuego de la chimenea estaba medio apagado, con sólo unas cuantas llamas temblorosas, de color naranja y rojo, que se levantaban de vez en cuando hacia la campana. Al otro lado de la ventana, soplaba un viento fuerte que golpeaba las ramas contra los cristales y se colaba por el alféizar, pero Sasuke no notaba el frío. Estaba demasiado enfadado.

Nada más oír que llamaban a la puerta, cruzó la habitación y la abrió de golpe. La cabeza de Reeves se enderezó ante la expresión adusta de su rostro.

—¿Me ha mandado llamar, señor?

—Traiga a la chica —ordenó—. Tráigala aquí enseguida.

—Sí, señor. Enseguida, señor. Volveré en un santiamén, su Excelencia.

—Hágalo y más vale que ella le acompañe.

—Sí. Por supuesto, milord.

Sólo pasaron unos minutos antes de que llamaran de nuevo a la puerta y ésta volviera a abrirse, aunque a Sasuke le pareció una hora. Reeves hizo pasar a Sakura Haruno a la habitación y se retiró, cerrando de inmediato la puerta.

Sasuke le dedicó una media sonrisa maliciosa.

—Qué amable al reunirse conmigo, señorita Haru. —Se acercó a donde estaba ella, con una mirada tan dura que pudo ver cómo palidecía.

—Está enfadado. ¿Qué he hecho?

—No es lo que ha hecho, milady, sino lo que no ha hecho.

—No lo entiendo. Le dije la verdad. Le conté quién soy. Le expliqué dónde he estado y cómo fui a parar ahí.

—Quién es y dónde ha estado, es cierto. No del todo cómo fue a parar ahí.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Sakura mientras empezaba a retorcerse las manos, que se sujetaba de modo inconsciente delante del cuerpo.

—Quiero decir que olvidó la parte en que intentaba envenenar a su prima, la hija de lord Dunstan. Eso quiero decir. También olvidó mencionar que el motivo por el que su tío la internó fue haberla encontrado mutilando un cadáver.

Sakura tenía los ojos desorbitados. Se llevó una mano a la garganta y abrió la boca, pero no dijo nada.

—¿Qué le pasa, lady Sakura? ¿Le ha dejado de funcionar de repente la lengua? ¿O está tan sólo tratando de inventar otra mentira? Si se trata de lo segundo, ya es demasiado tarde. Un amigo médico tuvo la amabilidad de obtener su historial. Lo tengo sobre el escritorio. Esas cosas pasaron, ¿no es cierto, lady Sakura? Ésta es la causa real de que la mandaran a Saint Bart.

De la garganta de la joven salió un sonido de dolor que atravesó por un instante el pecho de Sakura. Pero la lástima no tenía cabida en aquella conversación y el marqués suprimió ese sentimiento sin piedad. ¡Maldita sea, había tenido tanta fe en ella! Estaba furioso y se sentía traicionado porque esa mujer a la que había llegado a admirar le había vuelto a mentir; o, peor aun, porque quizás estaba loca en realidad.

—No me importa lo que ponga en esos papeles —aseguró Sakura por fin, con la cabeza inclinada hacia atrás para mirarlo—. La cosa no fue así. Da lo mismo lo que digan, no fue así.

—¿Me está diciendo que no trató de envenenar a lady Ajisai?

—¡Claro que no! Ajisai tenía fiebre palúdica y le di una poción para curarla, pero el medicamento la perjudicó y le trastornó mucho el estómago. Nadie había reaccionado nunca así en ninguna de las ocasiones en que utilicé esas mismas hierbas. No intentaba matarla, sino ayudarla. Lady Ajisai lo sabía y su padre también.

—¿Debo suponer entonces que el cadáver que mutilaba no era el de alguien con quien tuvo usted más éxito al matarlo?

Las lágrimas inundaban los ojos de Sakura, pero, aun así, de las pupilas parecían saltar chispas de cólera.

—Se trataba de un estudio, nada más. En nuestro pueblo había un médico, el doctor Yakushi. Como hacía algunos años que me interesaba la medicina...

—Desde la muerte de su madre y su hermana.

—Exacto. Debido a eso, el doctor Yakushi y yo nos hicimos buenos amigos. Teníamos un interés en común. Yo había estado estudiando las hierbas medicinales. El doctor me enseñó otras cosas. Me enseñó anatomía, cómo funciona el organismo humano, formas de tratar distintas enfermedades. A cambio, yo lo ayudaba con sus pacientes cuando podía escabullirme de la casa.

Sasuke reflexionó un momento. No le gustaba lo que oía, pero por lo menos era verosímil.

—¿Y qué hay de ese cadáver con el que la encontraron? ¿Dice que formaba parte de un estudio?

Sakura bajó los ojos hacia la puntera de sus zapatos de tacón bajo y, después, volvió a mirarlo a la cara.

—El doctor Yakushi era en realidad quien diseccionaba el..., el individuo. Conocía a algunos hombres que le suministraban... medios para proseguir sus estudios.

—Es decir, saqueadores de tumbas. Ladrones de cadáveres. ¿O eran asesinos consumados a quienes su amigo médico pagaba un importe considerable para que le suministraran medios con los que proseguir sus estudios? Se han dado casos así.

—No... No sé de dónde lo sacó. Pero el doctor Yakushi es un hombre de honor. Como quiera que obtuviese el... cadáver..., fue de un modo honesto. Me interesaba aprender más cosas sobre el funcionamiento del organismo y el doctor me dejó observar. —Cerró los ojos un instante para intentar ocultar el terror que sentía, el miedo por lo que él fuera a hacer.

Sasuke vio que le temblaban las manos. Estaba blanca como el papel y, por un momento, se sintió culpable. Pero se armó de valor para ahuyentar la culpa. Estaba harto de sus mentiras y medias verdades. Si iba a ayudarla, tenía que saberlo todo, sin importar lo temible que fuera.

—¿Me está diciendo que usted, una mujer joven, fue sorprendida a la tierna edad de, cuántos, veinte años diseccionando un cadáver?

Sakura palideció aun más. Se balanceó sobre los pies y el marqués tuvo que alargar una mano para que no perdiera el equilibrio. Ella se apartó y se esforzó en enderezarse.

—Yo sólo quería...

—No me lo diga. Proseguir con su formación —finalizó Sasuke.

—A algunas mujeres les gusta pintar o bordar —se defendió encogiéndose de hombros. Sus ojos expresaban una gran tristeza, y Sasuke vio también miedo en ellos—. A mí me gusta aprender formas de curar. ¿Por qué es tan terrible?

—¿Si sólo participaba en un estudio, por qué no salió en su defensa ese tal doctor Yakushi?

—Lo intentó. Mi tío lo amenazó. Sandayū Asama le hizo la vida tan difícil que, al final, se marchó del pueblo. No he vuelto a tener noticias de él.

—Suponiendo que eso sea cierto, ¿qué más ha olvidado contarme?

—¡Nada! —aseguró tras levantar con rapidez la cabeza con las pestañas llenas de lágrimas—. Se lo juro. No hay nada más. Le habría contado... lo demás, pero temía lo que pudiera pensar. Sé lo que opina de mis estudios. Tenía miedo de que no me ayudara y necesitaba su ayuda desesperadamente. —Fijó los ojos en los de él; unos ojos verdes llenos de dolor y desesperación—. Todavía la necesito.

Algo en esa mirada le llegó al alma a Sasuke. Sakura Haruno era, sin duda, la mujer más fuera de lo corriente que había conocido, pero le creía. Y sabía con certeza que no estaba loca. Era distinta, decidida, demasiado inteligente para su propio bien, pero no estaba loca.

—¿Y lady Ajisai? ¿Qué opina ella de todo esto?

—Nunca le gusté. Soy cuatro años mayor que ella y siempre ha sentido celos de mí, aunque no tengo la menor idea de por qué.

«Tal vez porque es usted bonita e inteligente y se entrega a sus creencias sin importarle adónde puedan conducirla», pensó Sasuke.

Era extraño. Aunque desaprobaba por completo que una joven distinguida se implicara en un tema tan inadecuado, la admiraba todavía más que antes.

—¿Hay algo más que desee añadir? —preguntó, y la miró con tal intensidad que Sakura no sabía dónde meterse.

—No, milord. —Sacudió la cabeza y añadió en voz baja—: Sin embargo, me gustaría recordarle que, si decide que ya no desea ayudarme, aceptó dejarme marchar. Le pediré que cumpla su palabra.

En la mente del marqués apareció una imagen de Sakura como la vio por primera vez, sucia y andrajosa, hambrienta y exhausta. No soportaba pensar que sufriría así otra vez. Se aclaró la garganta, que tenía agarrotada y le dificultaba hablar.

—Se quedará aquí como habíamos decidido. Con estos factores adicionales en su contra, Dunstan tendrá argumentos de mucho más peso, pero tarde o temprano encontraremos el modo de derrotarlo.

—¿Va a seguir ayudándome?

—Sí, lady Sakura. Voy a hacerlo.

—¿Cree que estoy loca? —preguntó más erguida aun que antes—. Tengo que saber la verdad.

—No importa lo que piense. Lo que importa...

—A mí me importa, milord.

—No, Sakura —aseguró Sasuke sacudiendo la cabeza—, no creo que esté loca.

Algo parecido al alivio se reflejó en el semblante de la joven. Asintió y se secó las lágrimas de las mejillas.

Sasuke se encontró mirándole los labios y la respiración empezó a acelerársele. Observó cómo un mechón de los largos cabellos rosas, que se había soltado del moño, acariciaba los montículos suaves de carne que el escote del vestido dejaba al descubierto. Empezó a sentir cierta rigidez bajo los pantalones y maldijo para sus adentros.

—Eso es todo, señorita Haru —dijo en un tono neutro, aunque nada más lejos de cómo se sentía en realidad.

—Gracias, milord.

No contestó. Mientras contemplaba cómo se iba, no dejó de pensar en aquellos lindos labios rosados y en los senos, pequeños y exquisitos, y lamentó el día en que esa mujer subió a su carruaje.

.

.

.

Sakura estaba acurrucada en el asiento junto a la ventana, su lugar favorito en la biblioteca. Se hallaba enfrascada en un libro titulado Sobre las heridas en general, de un hombre llamado Jean di Vigo. Muchos libros de la biblioteca tenían más de un siglo, pero los tratamientos médicos habían cambiado muy poco en los últimos cien años y todos los volúmenes contenían algo interesante que podía resultar útil.

Sus pensamientos se alejaron del libro que tenía en el regazo y se centraron en el marqués y su conversación de esa tarde. Aunque Litchfield la apoyaba de nuevo, algo por lo que le estaba de lo más agradecida, su desaprobación era más que evidente. Quizá su Excelencia tenía razón. Nunca sería médica, por mucho que estudiara, y en realidad no quería serlo. Lo único que quería, lo único que quiso siempre, era estudiar esa ciencia que había captado su interés de niña y ser capaz de ofrecer ayuda cuando fuera necesario.

Repasó las páginas del libro, que hablaba de que las armas de fuego provocan heridas venenosas debido a la pólvora y es preciso cauterizarlas con aceite de saúco hirviendo, mezclado con un poco de triaca. Un libro posterior que había leído, de un hombre llamado Pare, advertía de que no debían utilizarse estas medidas y sugería, en cambio, que se vendara la herida con una mezcla de yema de huevo, aceite de rosas y trementina, un procedimiento mucho menos doloroso. Deseaba que el doctor Yakushi estuviera a su lado para aconsejarle cuál era el mejor tratamiento.

Pero, bien mirado, un disparo no era algo que fuera a encontrarse pronto.

Siguió leyendo. El tictac del reloj sobre la repisa se fue desvaneciendo a medida que se iba haciendo tarde y le entraba sueño. Debió de dormirse, porque en algún momento, entre los escritos médicos de Vigo y sus pensamientos sobre Pare, empezó a soñar.

Volvía a estar en la celda mal ventilada de Saint Bart y había un niño con ella, el pequeño Nawaki Bartholomew, un escuálido huérfano de cabello castaño de siete años que llevaba el nombre que su madre había decidido y de un santo: Nawaki, a quien una de las mujeres había visto la noche en que el niño nació, pues esa mujer estaba segura de que el pequeño era un ángel enviado a la Tierra y no cabía duda de que lo parecía, con sus cabellos castaños y sus profundos ojos grises, aunque, al crecer, rara vez se portaba como tal; el apellido, Bartholomew, correspondía al nombre del santo que daba nombre al hospital donde había nacido, san Bartolomé.

Sakura le alborotaba los cabellos y notaba cómo el niño alargaba la manita para agarrar la suya. Su madre había muerto unos días después del parto y lo dejó al cuidado de una mujer llamada Cleo, una paciente del manicomio, que acababa de perder un bebé y todavía tenía leche. En su humilde piso de Londres, su hijo se había ahogado durante la noche, con la carita sepultada en el colchón de cáscara de maíz en el suelo. Cleo enloqueció por completo. Se arrancó la ropa, se mesaba los cabellos y corrió desnuda por las calles de Londres hasta que acabó en Saint Bart.

Hizo de madre del pequeño Nawaki durante los primeros cuatro años de su vida y, después, se retrajo por completo, negándose incluso a hablar con el niño al que consideraba su hijo, y dejó que las pacientes lo criaran. Sakura no sabía por qué Nawaki se sentía atraído hacia ella. Pero le parecía una suerte que así fuera.

—¿Has oído eso? —le preguntaba Nawaki, levantando la vista hacia ella—. Creo que se acercan los guardias.

—¿Qué? —Sakura se estremecía—. ¿Qué día es hoy?

—Es viernes —refunfuñaba Nawaki—. Jo, vienen a bañarnos.

—¡Dios mío!

Sakura odiaba el último viernes del mes, aunque ése era el único modo que tenía de contar el tiempo. De un terrible viernes al siguiente, un mes después. Era el último viernes de septiembre. Había marcado la fecha en la pared. Las llaves sonaban en la cerradura y la puerta pesada de roble se abría. Nawaki era el único al que se le permitía deambular con libertad por los pasillos y las celdas, así que salía disparado para escapar al destino que ella no podía evitar.

—Levanta el culo, encanto —le ordenaba una matrona corpulenta—. Sabes muy bien qué día es hoy.

¿Cómo podía gustarle tanto estar limpia y detestar tanto el procedimiento para estarlo? Se comprendía cuando la matrona la desnudaba a ella y a las otras mujeres y las obligaba a recorrer el pasillo con dos guardias fornidos hacia la sala donde restregaban a las mujeres.

—¡Quíteme esas sucias manos de encima! —le gritaba a uno de los hombres, cuya manaza le había apretado «sin querer» un pecho cuando no se desprendió lo bastante rápido del camisón.

—Calma, mujer, que sólo quería ayudarte. Más te vale ser educada, si sabes lo que te conviene.

Sakura apretaba la mandíbula para contenerse y no soltar el taco que le subía a los labios. En lugar de eso, caminaba por el pasillo en fila con las demás mujeres hacia las bañeras, donde la matrona les restregaría la piel y los cabellos hasta que tuvieran la piel enrojecida. La tocarían como si fuera un pedazo de carne y, por mucho que intentara que eso no la afectara, se sentía muy humillada.

—No —protestaba a la vez que sacudía la cabeza—. Soy una persona. Puedo lavarme sola. No dejaré que vuelvan a hacerme esto.

Soltaba un grito al recibir un sonoro bofetón que le quemaba la mejilla.

—Harás lo que yo te diga y, si vuelves a abrir la boca, fregarás el suelo de rodillas cuando hayamos terminado.

—No —susurró Sakura mientras el sueño seguía, y empezó a agitarse y moverse en el asiento junto a la ventana—. No puede hacerme esto. No se lo permitiré.

Sasuke la observó desde la puerta sólo un instante. Después, cruzó la biblioteca y se sentó junto a ella. Sabía que estaba soñando y era evidente que tenía una pesadilla desagradable.

—Despierte, Sakura. —La zarandeó con suavidad—. Tiene una pesadilla.

—¡No! —gritó ella en cuanto la tocó—. ¡Quíteme esas sucias manos de encima!

Se incorporó titubeante, pero Sasuke la agarró por las muñecas y la atrajo con firmeza.

—Tranquila. Está soñando. Soy Sasuke . No voy a hacerle daño.

Sakura abrió los ojos, parpadeó y se recostó despacio en él.

—Sasuke... —Era la primera vez que lo llamaba por su nombre, que sonó entrecortado y gutural en sus labios. Jadeaba y tenía la frente cubierta de gotitas de sudor. Temblaba.

—¿Quiere contármelo?

Ella suspiró, pero no se apartó, sino que siguió recostando la cabeza en su hombro, como si eso le diera fuerzas de algún modo. Sasuke esperaba que fuera así. Esperaba poder ayudarla, por poco que fuera, a olvidar su doloroso pasado.

—Había un niño, un niño castaño que se llamaba Nawaki. Era amigo mío.

—¿Estaba Nawaki en el sueño?

Asintió con la cabeza y él notó el movimiento de la cabeza contra su pecho. Algunos cabellos le rozaron la mejilla.

—Nawaki estaba allí cuando venían los guardias. Era final de mes. El momento del baño para las mujeres. Yo no soportaba ir sucia, pero detestaba todavía más lo que nos hacían.

Sasuke no dijo nada. El corazón le latía con fuerza. No quería oírlo, pero no la detuvo. Una perversa parte de él tenía que conocer el infierno que ella había soportado.

—Nos desnudaban ante los hombres. Nos trataban como si fuéramos ganado. Si discutíamos con ellos, nos golpeaban. —Tragó saliva con fuerza y Sasuke notó el movimiento contra su hombro—. Algunas mujeres se vendían para que las trataran mejor. La mayoría no estaba lo bastante coherente como para saber dónde estaba o para importarle lo que le hacían. —Levantó los ojos hacia él con una mirada sombría y atormentada—. No puedo volver ahí, Sasuke. Nunca. Preferiría la muerte.

Él sintió un peso en el pecho que le oprimía los pulmones. La sujetó con más fuerza, le acarició los cabellos, con el deseo de poder hacer algo para que olvidara. Sakura le rodeó el cuello con los brazos y reclinó la cabeza en su hombro.

—No tendrá que volver. Se lo prometo, Sakura —le aseguró Sasuke.

La joven no dijo nada, sólo inspiraba aire de modo entrecortado. Cuando se dio cuenta de lo íntimo de su abrazo, se separó, algo sonrojada.

—Lo siento. No quería molestarle con mi pasado.

—No es ninguna molestia.

Al fijar sus ojos en la cara del marqués, algo pasó entre ellos. Sakura se levantó y se alejó un paso. Sasuke sabía lo que ella sentía: el ambiente cálido y dulce que había surgido a su alrededor, la sensación que de repente vibraba como un ser vivo entre ambos; unos sentimientos que no tenían nada que ver con el consuelo y tenían todo que ver con el deseo.

Maldijo para sus adentros. Daba lo mismo que la deseara. Él tenía obligaciones, compromisos. Su vida estaba organizada tal como había planeado. Su futuro era tan inamovible como si estuviera escrito con tinta indeleble.

En él no había lugar para Sakura Haruno. Y, aunque pudiera haberlo, él se negaría. No era la clase de mujer con la que deseaba casarse. Él quería una mujer dulce, dócil y manejable, como Ashina Tatsushiro.

—Se hace tarde —dijo Sakura casi en un susurro—. Será mejor que suba a mi habitación.

—Sí, creo que haré lo mismo.

Pero se preguntó si conseguiría dormir. O si yacería en la oscuridad imaginando el tacto de los pezones firmes de Sakura Haruno, cuando se apoyaron contra su pecho, y la mirada tierna en sus ojos cuando pronunció su nombre.