5
Hanare Uchiha de Senju miraba por la ventana de su dormitorio. En el jardín, Sasuke caminaba por los senderos de grava con lady Sakura Haruno. Hana sabía que la chica atraía a su sobrino y comprendía esa atracción. Ambos eran personas inteligentes, tenaces; personas que sabían lo que querían, y no les daba miedo tratar de conseguirlo.
Sakura estaba decidida a proseguir sus estudios médicos, aunque la sociedad prohibiera algo tan poco adecuado. Su infancia, la pérdida de su hermana y de su madre, habían despertado en ella una fascinación que no podía ignorar. Ya llevaba sufrido mucho por culpa del camino elegido, pero Hana creía que ni siquiera su experiencia terrible en el manicomio bastaría para acabar con su sed de conocimientos.
Los deseos de Sasuke eran igual de fuertes. Quería proteger el título de los Litchfield, aumentar la productividad y el valor de sus tierras y propiedades y construir un futuro para sus hijos. Había hecho planes con tal fin y, por muchos problemas que surgieran, eso era lo que iba a hacer.
Que Sakura no encajara en la imagen de esposa que su sobrino se había creado servía sólo para que le resultara más fácil seguir el curso que él mismo se había trazado. Sasuke desaprobaba el interés de la joven por lo que él consideraba temas indignos de una dama. Hana creía que quizás, en el fondo, seguía albergando cierta animadversión hacia su madre. Mikoto Ōtsutsuki Uchiha también fue una joven inteligente que se negó a seguir los dictados de la sociedad.
Su singularidad había despertado el interés del padre de Sasuke desde que la conoció, y se enamoró loca y perdidamente de ella. Pero, a diferencia de Sakura Haruno, Mikoto era egoísta y malcriada. De niña quiso ser actriz, una idea escandalosa si se tenía en cuenta que era hija de un conde. Pero Mikoto ansiaba tanto ser el centro de atención como alguien sediento anhela beber agua, y habría hecho cualquier cosa para conseguirlo. Al final, se fugó con un conde italiano, abandonando a un hijo de doce años y a un marido enamorado que se volvió adicto al opio y murió demasiado joven.
Lady Beckford pensaba que cuando Sasuke miraba a Sakura veía la clase de mujer fuerte que su madre había sido, sentía la misma atracción que su padre por ese tipo de mujer, recordaba las terribles consecuencias e, inconscientemente, se rebelaba.
A Hana le parecía una lástima, sobre todo al recordar el amor que ella misma encontró con Tobirama. Aunque su marido no era un hombre apasionado y su sobrino sí, aunque nunca le lanzó esas miradas ardientes que Sasuke dirigía a Sakura Haruno, fueron felices juntos. Hana añoraba la intimidad, la unión que jamás tendría con otro hombre.
Se alejó de las cortinas de terciopelo con un suspiro. A su propio modo, llegó a querer a su marido. De joven, incluso se había enamorado una vez.
Al mirar a Sasuke, pensó en Ashina Tatsushiro y se preguntó si su sobrino llegaría a saber nunca el significado de la palabra amor.
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Sasuke desmontó del semental árabe negro y entregó las riendas al mozo de cuadra que se acercó con rapidez a él.
—Ya me encargo yo, milord.
Sasuke dio unos golpecitos en el cuello esbelto del animal, todavía húmedo de sudor tras su galopada de la tarde.
—Ha sido un día largo para él, Timmy. Refréscalo bien y dale una ración extra de grano.
—Sí, milord.
El caballo relinchó mientras Sasuke salía de los establos, ambos contentos de estar de vuelta tras pasarse el día visitando arrendatarios y supervisando los campos. Se estaban cosechando los últimos rastrojos de maíz para cebar a las ocas y a las demás aves de corral. Se mataba a los puercos, por cuyas cerdas se pagaba un buen precio para hacer cepillos y cuya grasa era también un producto valioso.
Sasuke se dirigió a la casa, dispuesto a disfrutar de una buena comida caliente y de una tarde tranquila. Quizá jugaría al ajedrez con Sakura. Había descubierto que ella jugaba bien y el día antes, de hecho, le había ganado.
Sonrió al pensarlo. Nunca hubiera imaginado que llegaría el día en que una mujer le ganase al ajedrez. Miró hacia la puerta y su sonrisa se desvaneció. Reeves corría hacia él y los faldones de la librea aleteaban. Tenía la cara colorada.
—¡Venga deprisa, milord! Hay unos hombres en la casa y... —Se detuvo para tomar aliento, con la empolvada peluca medio ladeada.
Sasuke lo agarró por el brazo.
—¿Qué pasa? ¿De qué se trata?
—Un policía. Él y sus hombres han venido a buscar a la señorita Haru. Intenté...
No esperó a oír el resto. Corrió y cruzó a toda velocidad la puerta de roble; el corazón le sonaba con tanta fuerza como las botas, y tenía los puños cerrados por la cólera. Cuando llegó a la entrada, la casa era un caos. Sakura se encontraba rodeada de un grupo de cinco hombres, la tía Hana estaba junto a ella y la tenía sujeta del brazo para impedir que se la llevaran. Uno de los policías intentaba levantarle los dedos a Hana para que la soltara.
—¿Qué diablos está pasando? —La voz de Sasuke cayó como el disparo de un cañón sobre el tumulto. Se detuvo a unos pocos pasos del hombre fuerte que parecía estar al mando—. Están invadiendo mi hogar —siguió diciendo con su tono más severo—. Están atacando a una invitada mía. Suelten enseguida a la señorita Haru.
Todavía no había mirado a Sakura y no tenía intención de hacerlo. Sabía el terror que vería en su rostro y cómo eso lo afectaría. No podía permitirse un momento de debilidad. Necesitaba toda su concentración.
—Perdone las molestias, Excelencia. Soy Fuyukuma, de la policía —se presentó el hombre fuerte de ojos grises y duros y cabello muy empolvado—. El hombre a mi derecha es Manabu Akado, el jefe de ingresos del hospital de Saint Bartholomew. —Era más delgado, con la nariz larga y fina y los cabellos peinados hacia atrás, realzando una cara demacrada y algo cetrina—. Esta mujer es lady Sakura Haruno. Hace cierto tiempo que la estamos buscando. Tras un esfuerzo considerable descubrimos que estaba aquí. Hemos venido para volver a llevarla al hospital.
Sakura emitió un gemido, pero Sasuke siguió sin mirarla.
—Esta mujer se llama Sakura Haru. Es una invitada de mi tía. Como parece evidente que ha habido un error, les aconsejaría que se marcharan.
—Lo siento, Excelencia, no podemos hacer eso. El doctor Akado conoce a lady Haruno desde hace más de diez meses. La ha identificado como la mujer que usted conoce por Sakura Haruno.
Entonces la miró y vio cómo se inclinaba hacia la tía Hana, que la seguía tomando del brazo. Dos vigilantes la retenían prisionera entre ambos mientras un tercero se situaba a unos pasos de distancia. Sakura tenía la cara lívida y los ojos muy abiertos y vidriosos, como una piedra cubierta de musgo en el fondo de un arroyo.
—Le digo que hay un error. Le exijo que se marche ahora mismo. —Los hombres no se movieron ni soltaron los brazos de Sakura. Sasuke quería arrancarla de esas manos y alentarla para proporcionarle seguridad. En lugar de eso, aplacó su formidable genio y conservó su cuidadoso control—. Se lo advierto, caballeros. Si persisten en su intento, no les gustarán las consecuencias.
—Me temo que no lo entiende, milord. Esta mujer es un peligro para usted y para su familia. Casi mató a la hija del conde de Dunstan. Por su bien y por el de ella misma, tiene que volver a Saint Bart.
—¡Nooo! —La voz de Sakura, aguda y quejumbrosa, retumbó en el vestíbulo. Forcejeó con los vigilantes y Sasuke cerró los puños sin darse cuenta—. No intentaba matarla —gritó Sakura—. Se puso enferma, eso es todo. Fue un accidente. Lo juro.
—Llévensela —indicó Fuyukuma a sus hombres.
—¡No! —Sasuke se situó delante de la puerta—. No se la llevarán a ninguna parte. Es una invitada de esta casa y no se irá.
—Somos cinco, lord Litchfield —advirtió Fuyukuma con una expresión dura—. Le reduciremos si es preciso. Esta mujer es un peligro para la sociedad. Tenemos órdenes de devolverla al hospital y eso es lo que vamos a hacer.
—¿Sasuke? —La cara preocupada de la tía Hana se volvió hacia él buscando una solución. Aparte de pelearse con un policía, un médico y tres vigilantes experimentados, a él no se le ocurría ninguna. E incluso, aunque llamara a los sirvientes, los hombres volverían otro día. Era mejor enfrentarse al asunto y resolverlo de una vez por todas. Se dirigió hacia Sakura, que estaba con la cabeza gacha, derrotada.
—No permitiré que se quede allí —le prometió—. Iré a Londres enseguida. La sacaré del hospital en uno o dos días.
Sakura contemplaba el suelo como si él no hubiera hablado, con los ojos más vidriosos que antes. La agarró por los hombros.
—Escúcheme, maldita sea. No permitiré que la lastimen. Iré a buscarla. La sacaré de ahí en cuanto pueda arreglarlo —insistió él.
Aunque ella lo miró, no parecía verlo.
—No soportaré estar otra vez en ese lugar —susurró y clavó sus ojos en los de Sasuke—. Prefiero la muerte a volver. ¿Me ha oído? ¡Prefiero la muerte!
El significado de sus palabras estaba más que claro. Un miedo que no había sentido nunca oprimió el pecho de Sasuke. Sabía lo que la joven quería decir y le creía. Volver a aquel lugar sería su muerte, aunque tuviera que provocársela ella misma.
Fuyukuma hizo un gesto hacia la puerta para ordenar a sus hombres que se la llevaran. Cuando empezaron a avanzar en esa dirección, Sasuke se situó delante de Sakura impidiéndole el paso. Le sujetó el mentón con las dos manos, le levantó la cara y le dio un beso apasionado y feroz en los labios.
—Escúcheme, Sakura. Iré a buscarla, le doy mi palabra. No haga nada hasta que yo vaya, ¿entendido?
Sakura se pasó la lengua por los labios y notó el sabor de Litchfield en ellos. Lo miró por primera vez como si lo viera realmente.
—Encuentre la forma de sobrevivir —le rogó Sasuke—. La sacaré de ahí. Le prometo que encontraré la forma.
Sakura miró fijamente y, por fin, asintió con la cabeza. Después, desvió la mirada. Sasuke oyó que su tía lloraba de fondo y eso acabó con el poco control que le quedaba.
—Le hago personalmente responsable del trato que reciba esta mujer —le soltó con una durísima mirada de advertencia a Akado—. Si le pasa algo, cualquier cosa, iré a buscarle. Y ni una brigada de vigilantes le salvará de mi ira.
El rostro del médico adoptó un color tan gris como el de sus cabellos empolvados, pero asintió.
—Me encargaré de que reciba los mejores cuidados posibles, Excelencia.
Lo que en un lugar como Saint Bart no significaba nada. Sasuke sintió náuseas. Mientras veía cómo Sakura subía al carruaje, quería estampar el puño en la cara pretenciosa y moralista de Akado. Se volvió hacia Reeves, que estaba entre las sombras del vestíbulo con un aspecto casi tan consternado como el de su tía.
—Disponga que traigan mi carruaje. Esta noche saldré para Londres.
—Sí, milord.
La tía Hana se acercó y le puso una mano en el brazo.
—Iré contigo. Sakura puede necesitarme y, si es así, quiero estar allí.
Sasuke no la contradijo. La mirada en los ojos de Hana y las lágrimas en sus mejillas le advirtieron de que no serviría de nada.
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Con un vestido raído de algodón blanco, que lucía una banda roja en el cuello, Sakura recorrió el pasillo hacia su celda. No prestó atención al hedor fétido de cuerpos sucios, orina y excrementos. Mantuvo la cabeza alta para combatir el peso aplastante de la derrota que se había instalado en su pecho. Se juró no llorar, ni entonces ni nunca. No les daría esa satisfacción.
—Muévete, muchacha —le espetó la matrona corpulenta con un empujón—. No tengo todo el día para cuidar de la gentuza como tú ahora que has vuelto a donde debes estar.
Sakura no le hizo caso y siguió andando.
—¿Qué le pasa, Excelencia? ¿No hay sirvientes que la lleven en una maldita silla de manos? ¿Ningún mayordomo que le sirva la comida en bandeja de plata? —continuó la mujer.
Le propinó otro empujón y Sakura tropezó, pero logró mantener el equilibrio, irguió los hombros y siguió adelante. Ya casi llegaban a su celda cuando oyó el ruido de unos pasitos apresurados y que alguien gritaba su nombre:
—¡Sakura! ¡Has vuelto, Sakura! —En aquel universo inmundo y deprimente, era ése el único sonido que le alegraba oír.
Se volvió delante de la puerta de su celda y recibió el pequeño peso que se arrojó en sus brazos. Las lágrimas volvieron a amenazarla y esta vez casi cedió, pero eran lágrimas de alegría al sentir el cuerpecito cálido de Nawaki abrazado a ella con fuerza. Por Dios, no se había dado cuenta de lo mucho que lo había extrañado.
La matrona retrocedió unos pasos con el entrecejo fruncido, pero les concedió un momento. Ni siquiera la señorita Wiggins era inmune a Nawaki. Sakura lo estrechó con fuerza y después se separó para examinarlo de arriba abajo.
—Dios mío, Nawaki. ¡Mira cómo has crecido!
El pequeño le sonrió encantado, con un mechón de cabellos castaños de punta en lo alto de la cabeza. Le habían vuelto a cortar el pelo, muy corto alrededor de la cara para que no se le enredara.
—¿De veras lo crees? —preguntó.
—Creo que eres unos cinco centímetros más alto por lo menos —contestó Sakura con una sonrisa.
Nawaki se rió a sabiendas de que era mentira, pero con el deseo de que fuese verdad.
—Cuando haya crecido —afirmó lanzando una mirada a la matrona—, me iré de aquí y no podrán detenerme.
—Si no te largas ahora a ocuparte de tus asuntos, recibirás un coscorrón —soltó la matrona, pero no había cólera en su voz. Eso lo reservaba para Sakura.
La señorita Wiggins la empujó hacia la celda y la puerta se cerró de golpe con un ruido estremecedor.
Sakura se acercó a la ventana y miró entre los barrotes. La matrona se iba. Al caminar, su complexión voluminosa hacía que la falda de lino marrón se balanceara atrás y delante alrededor de sus gruesos tobillos. Nawaki se quedó en el pasillo mirando a Sakura desde más abajo de los barrotes.
—Creí que te habías largado —dijo—. Creí que ibas a ser libre.
—Yo también, Nawaki —aseguró Sakura, que parpadeó para evitar las lágrimas y forzó una sonrisa—. Casi lo logré. Ojalá hubieras podido venir conmigo.
La sorprendió lo en serio que lo decía. Quizá si el marqués conseguía liberarla sacara de allí también al niño.
Sintió que la invadía una sensación de opresión terrible. Había vuelto al punto de partida y la vida se extendía sin esperanza ante ella. Pero había hecho un amigo en el mundo exterior, quizá más de uno. Litchfield le había dado su palabra de que la ayudaría, prometió sacarla de Saint Bart. Quería creer que eso pasaría. Sólo Dios sabía lo mucho que quería creerlo. Pero la esperanza resultaba una emoción peligrosa, incluso mortal, en un lugar como Saint Bart. Era mejor resignarse, encerrarse en uno mismo para evadirse de los terrores del hospital.
Y, sin embargo, en el fondo conservaba la esperanza como nunca desde que fue encerrada. El marqués era el hombre más fuerte y más honorable que había conocido. Si alguien podía ayudarla, era él.
Recordó el modo en que se separaron, el beso inesperado y ardiente que logró conectar con ella como nada más lo habría hecho. Se pasó la lengua por los labios y pensó que, si cerraba los ojos, todavía notaría su sabor, todavía oiría sus palabras, su promesa de liberarla y la convicción de su voz al decirlo.
Esa promesa y el recuerdo de aquel beso la mantendrían viva, por lo menos un tiempo. Hasta que el dolor y la humillación fueran imposibles de soportar. Entonces, decidiría qué hacer.
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Sasuke estaba sentado frente a su abogado, Kakashi Hatake, en el despacho de éste en Threadneedle Street. Eran las seis de la mañana. Llovía y una espesa niebla envolvía la ciudad con un frío que calaba hasta los huesos.
Tras su escritorio, Kakashi tenía ojos soñolientos y llevaba la ropa arrugada como si hubiese dormido con ella, lo que Sasuke pensó podría ser el caso si se tenía en cuenta la presión a la que había estado sometido.
Cinco días atrás, Sasuke llegó a la casa de Kakashi, en West End, a una hora igual de intempestiva, lo sacó de la cama y le exigió que se pusiera a trabajar de inmediato para encontrar un modo de liberar a lady Sakura Haruno de su reclusión en el hospital de Saint Bartholomew.
Desde entonces, durante cinco días largos y difíciles sus esfuerzos habían sido en vano.
—Me gustaría tener algo positivo que decirle, milord. —Kakashi era un hombre atractivo, próximo a los cincuenta años, de complexión y altura medianas, y cabello de tonos plateados. Unos anteojos de montura dorada le cubrían la nariz recta y bien formada—. Lo cierto es que Dunstan está totalmente en contra de la liberación de lady Sakura, incluso bajo custodia de alguien tan respetado como usted y su tía. En cuanto fue informado de sus intenciones, empezó su propia campaña para frustrarlas. Es un hombre poderoso, Sasuke. Mientras que usted ha rehuido siempre la política y las intrigas sociales, Dunstan se mueve con total desenvoltura en ellas. Tiene amigos en las más altas instancias y dinero para llenar los bolsillos de cualquier persona que pudiera oponérsele.
—Dinero de lady Sakura —puntualizó Sasuke sombrío, pasándose la mano por los cabellos para alisarlos hacia la ancha cinta negra que los recogía en la nuca.
—Quizá. No hemos podido averiguar el origen de los fondos del conde. Tengo a un hombre trabajando en ello, aunque en realidad da lo mismo de quién sea el dinero, siempre y cuando él tenga el control legal.
Sasuke sintió un ligero temblor. Se reclinó en la silla. Llevaba varios días sin comer bien. Cada vez que pensaba en Sakura encerrada en ese sitio, sufriendo sólo Dios sabía qué, el apetito le desaparecía por completo. No conseguía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, imaginaba a los guardias desnudándola, los imaginaba mirando con lascivia sus senos pequeños y respingones. Recordaba su grito agudo pidiendo auxilio y el sonido lo atravesaba y lo despertaba si había logrado dormirse. Cambió de posición en la silla de piel.
—¿Cómo supieron dónde estaba? —preguntó.
—Por las habladurías de los sirvientes. Había varios la tarde que llegó al castillo. Por lo que usted me contó, fue un acontecimiento bastante memorable.
Sasuke se limitó a asentir con la cabeza; él había llegado a la misma conclusión. Había creído, como un iluso, que nada llegaría a oídos de Dunstan hasta que él tuviera el asunto controlado.
—¿Cuál es el siguiente paso? —quiso saber, rogando que hubiera alguno.
—No estoy seguro. Cuanta más información tengamos más probabilidades hay de encontrar algo que nos sirva. He tratado de localizar a ese doctor Yakushi que lady Sakura mencionó, pero no hemos tenido suerte hasta ahora.
—Ha pasado casi una semana —comentó Sasuke, que tensó un músculo de la mandíbula—. Tengo que verla, convencerla de que tenga paciencia. Necesita saber que no hemos abandonado el asunto, que todavía queremos ayudarla.
—No le dejarán. —Kakashi sacudió la cabeza—. Dunstan se muestra inflexible al respecto. No permiten ninguna visita. Es demasiado peligrosa; eso es lo que Dunstan y el doctor Akado dicen.
—Akado —repitió Sasuke apretando los dientes—. Esa rata despreciable tendrá suerte si no la mato. En cuanto a Dunstan, todavía no he pensado un castigo que sea bastante cruel para él.
Kakashi se quitó los anteojos, los plegó y los depositó sobre los papeles que tenía delante.
—Tranquilícese, Sasuke. Usted y su tía son la única esperanza de esa chica. Tienen que mantener la calma. Dunstan es astuto. Utilizará en su contra cualquier cosa que usted haga mal.
Sasuke suspiró. Se sentía totalmente exhausto.
—Creía que sería fácil. Creía que ya la habría sacado hace mucho. No sé cuanto tiempo más podrá resistirlo.
Kakashi se levantó de la silla y se inclinó hacia delante con las manos apoyadas en la mesa.
—Está haciendo usted todo lo posible. No se puede pedir más.
Pero no era suficiente. Ni mucho menos. Tenía que ayudarla de algún modo. No estaba seguro de cómo Sakura Haruno había llegado a significar tanto para él. En cualquier caso, la consideraba amiga suya, y no era un hombre que abandonara a sus amigos cuando lo necesitaban.
—Gracias, Kakashi, por todo el trabajo que ha hecho.
—Faltaría más —respondió éste en voz baja—. Las injusticias me gustan tan poco como a usted, en especial cuando afectan a una joven inocente. Y no me gusta Sandayū Asama.
Sasuke casi sonrió. En cambio, asintió en silencio y se volvió para dirigirse a la puerta.
—Lord Litchfield.
Se detuvo y miró hacia atrás por encima del hombro.
—Trate de dormir un poco —le recomendó Kakashi—. Y quizá también debería comer algo. No podrá hacer demasiado por la chica si se pone enfermo.
Sasuke abrió la puerta y salió al pasillo. Kakashi tenía razón. Tenía que cuidarse mejor. Se dijo que iría a Saint James Street, visitaría White's, su club, y comería algo. La idea empezaba sólo a tomar forma cuando le vino a la cabeza una imagen de Sakura, hambrienta y sucia, con los ojos llenos de miedo y desesperación. La apartó de su pensamiento y subió a su carruaje, pero no se dirigió a Saint James Street.
De repente, la idea de la comida le revolvía el estómago.
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Pasaron ocho días. Ocho días interminables, humillantes, sin noticias de Sasuke. Quizás el marqués se había olvidado de ella. Quizá no tuvo nunca intención de ayudarla. Quizás había hablado con su tío y Sandayū Asama lo convenció de que sí estaba loca.
Fuera cual fuera la razón, la esperanza a la que se aferraba empezaba a desvanecerse. Sólo el pequeño Nawaki la animaba. Su risa, que retumbaba en las salas sucias y mal iluminadas, le daba fuerzas y voluntad para seguir adelante. No entendía la desesperación que le pesaba como un yunque de hierro. ¿Por qué era mucho peor esta vez que la anterior?
Tal vez porque había vuelto a vivir la clase de vida que llevaba antes de la muerte de su padre. Se había despertado cada día entre amigos en una casa cómoda y cálida. O tal vez era tan sólo que su huida fallida la obligaba a ver la verdad. Aunque se escapara, por lejos que fuera, por mucho que corriera, su tío la encontraría. Él no podía arriesgarse a perder el control. Necesitaba el dinero y haría todo lo que estuviera en sus manos para conservarlo.
Oyó pasos de hombres que se acercaban por el pasillo. No tenía miedo de los guardias como antes. El marqués había logrado algo el día de su separación, había aterrorizado al doctor Akado con sus amenazas. A su vuelta a Saint Bart, dio instrucciones estrictas para que ninguno de los guardias la tocara. Ya no tenía miedo de que alguno de ellos pudiera forzarla, lo que no significaba que no recibiera algún bofetón si se atrevía a decir lo que pensaba o que no tuviera que soportar la lengua afilada de la matrona.
O algo mucho peor, como descubrió el día en que protestó por el mal trato que uno de los hombres infligía al pequeño Nawaki. Trabajaba ella en la lavandería, encorvada sobre una enorme olla de hierro llena de agua hirviendo, para remover con un palo largo de madera la lejía con que se limpiaban centenares de camisones todavía más sucios que el que ella llevaba puesto, cuando oyó la voz aguda de Nawaki incluso antes de verlo:
—¡Vete a la mierda, cabrón!
Sakura se estremeció ante esas palabras. El pobre Nawaki se sabía todas las palabrotas del mundo. También había adquirido el acento barriobajero de los guardias. Se imaginaba lo que sería su vida si salía alguna vez al mundo real, al otro lado de las paredes del hospital.
A través de la puerta abierta, le vio doblar el pasillo y correr hacia ella. Un guardia fornido apareció tras él a toda velocidad y gritando insultos igual de ofensivos:
—¡Ven aquí, gilipollas! Te voy a dejar el culo morado con el cinturón cuando te atrape.
Los pies de Nawaki siguieron moviéndose, pero su rostro palideció. Sakura llevaba perdida la cuenta de las palizas recibidas por el pequeño, la mayoría por las travesuras más insignificantes. Siempre pensó que aquel hombre, Otis, buscaba una excusa. Parecía divertirse lastimando a alguien más pequeño que él. Y miraba a Nawaki de un modo extraño.
Como si quisiera algo del chico y estuviera esperando el momento oportuno para conseguirlo. Sakura había oído hablar de hombres que preferían estar con otros hombres antes que con mujeres. No estaba muy segura de qué hacían exactamente, pero se preguntaba si Otis sería de este tipo de hombres y si era posible que tuvie-ra esa clase de pensamientos con respecto a un niño pequeño.
Nawaki corrió a su lado con la respiración entrecortada y se agarró del camisón con la manita mientras se escondía detrás de ella.
Otis entró unos segundos después. El pecho se le movía con cada jadeo.
—¡Ese jodido ladronzuelo me ha robado el monedero!
—¡No es verdad, embustero de mierda! —soltó Nawaki, asomando su cabeza castaña desde detrás de Sakura.
Otis fue a agarrarlo, pero Nawaki volvió a esconderse de modo que Sakura quedara entre él y el hombre.
—Nawaki dice que no se lo ha robado. —Sakura se enderezó para obstruir más el paso a Otis—. ¿No será que usted no recuerda dónde lo dejó?
Otis la miró a ella.
—El mocoso se viene conmigo. Ya le enseñaré yo a no robar a Otis Cheek. —Trató de rodearla, pero Sakura se lo impidió.
—Estoy segura de que no lo hizo. Tal vez si volviera a mirar...
Otis le golpeó la cara con fuerza.
—No te metas en esto, ¿me oyes? —Miró hacia abajo, en dirección a la cabeza de Nawaki y algo sórdido le brilló en los ojos—. El chico se viene conmigo.
—¡Nooo! —chilló Nawaki, y Sakura pensó que él también había visto algo en la mirada de Otis. Estaba muy asustado y el temor que ella sentía por él empezó a resonarle en los oídos. Lo escondió aun más tras su cuerpo.
—No se lo llevará a ninguna parte. No se lo permitiré.
—¿No me lo permitirás? —soltó Otis con la sonrisa más malvada que le había visto—. ¿Tú y cuántos más?
—¡Y yo! —gritó Nawaki a la vez que le arreaba una patada al hombre en la espinilla.
Otis gimió, se abalanzó sobre el crío y lo agarró de un brazo con tal fuerza que lo alzó del suelo.
—¡Suéltelo! —le ordenó Sakura.
Levantó el palo que había estado usando para remover la ropa en la olla y se lo estrelló en la cabeza con todas sus fuerzas. El hombre rugió como un león herido y se volvió hacia ella, con lo que Nawaki tuvo la oportunidad de zafarse. Otis soltó un taco y la abofeteó. Nawaki chilló, soltó a su vez otro taco y se abalanzó sobre la espalda del hombre para golpearlo con sus puñitos huesudos.
Había brazos y piernas por todas partes. Se oyeron gritos y tacos por encima de los pasos rápidos de tres matronas que cruzaron veloces la puerta de la lavandería. Al ver a Sakura blandiendo todavía el palo, empezaron a gritar órdenes y se apresuraron a actuar. Sin apenas darse cuenta, Sakura estaba en el suelo de piedra, rodeada de matronas y guardias, y una de las mujeres se llevó a Nawaki, que no dejaba de vociferar.
«Por lo menos está a salvo», pensó Sakura mientras forcejeaba para librarse del peso que la oprimía contra el suelo. Unas manos rudas le abrieron la boca y alguien le vertió algo amargo en la lengua.
No recordaba gran cosa después de eso, sólo vagamente cómo la condujeron de vuelta a su celda. Se desplomó en un rincón con una gran sensación de ligereza y algo mareada. Le pesaban los párpados. Lo veía todo algo borroso. Era extraño, por primera vez desde que regresó al manicomio se sentía bien..., casi contenta. Acurrucada en su camastro sucio de paja, le pareció que las paredes de la celda retrocedían y se vio en el césped suave de Milford Park. Los problemas y el dolor de Saint Bart desaparecieron y sólo le quedó una vaga sensación de aturdimiento.
Se apoyó en la pared, sin notar la piedra fría en la espalda ni la paja rígida que le atravesaba el fino camisón de algodón. Cerró los ojos y se entregó a esa agradable sensación. Pensó en Sasuke y sonrió.
