6
Sandayū Asama, conde de Dunstan, estaba sentado tras el escritorio enorme de palisandro de su estudio. Fuera, el césped de Milford Park se extendía como una elegante alfombra y descendía hacia un río rumoroso que serpenteaba junto a la casa de ladrillos. Casi todos los árboles habían perdido sus hojas y un viento frío de noviembre soplaba entre las ramas, pero la casa conservaba un aire de esplendor que el clima no lograba mancillar. La belleza de sus líneas y la solidez de su fachada eran obra del arquitecto Robert Lyminge y de un joven Inigo Jones, que la diseñaron ciento cincuenta años atrás.
Sandayū se sacó la cajita de rapé tachonada de diamantes del bolsillo del chaleco y tomó un pellizco. Estornudó varias veces y alejó la mirada de la ventana para dirigirla de nuevo a los papeles que reposaban en la mesa. En casi todos ellos figuraba el nombre de su sobrina, Sakura Haruno.
Con sólo pensar en ella, apretó los dientes. Hacía cinco años que se había convertido en su tutor; fue un golpe de buena suerte que el difunto conde, el padre de la chica, no hubiera empezado a sospechar de él cuando le otorgó ese honor. Desde entonces, la muchacha se mostró obstinada, terca e imposible de manejar. Pero su fortuna era inmensa y valía la pena el esfuerzo, y más si se tenía en cuenta que su exiguo patrimonio propio había quedado reducido casi a la nada.
Empezó a rebuscar entre los papeles el montón de cheques bancarios que su contable le enviaba con el fin de que los firmara, librados para pagar al sastre y al zapatero; una suma considerable, ya que él llevaba sólo la mejor ropa. Había un cheque por su nuevo carruaje y una cantidad importante gastada al jugar en el local de juego de madame Duprey.
Nadie le cuestionaba cómo usaba los fondos, nadie salvo Sakura. Los demás estaban bien pagados para mirar a otro lado y, al fin y al cabo, su sobrina todavía poseía una exorbitante cantidad de dinero.
Sonrió al levantar la carta que había recibido del doctor Akado, el jefe de ingresos de Saint Bart. A su regreso, Sakura se había enfrentado a uno de los guardias y volvió a mostrar su naturaleza violenta e inestable. Pero la carta aseguraba que lord Dunstan no tenía por qué preocuparse. Su sobrina fue sometida sin dañarla y ya se hallaba de nuevo bajo control. Akado afirmaba que no volvería a producirse ningún otro incidente así y que lady Sakura estaba bien atendida.
La carta no contenía la menor insinuación sobre otra «contribución» al médico en gratitud por sus servicios. Sabía que Sandayū la enviaría ahora que la chica volvía a estar bien controlada. No hacía falta decir que no podría volver a escaparse del hospital.
La posibilidad había pasado y todos los intentos del marqués de Litchfield a favor de la joven habían sido frustrados silenciosamente. «Todo está en orden», pensó Sandayū satisfecho. Su mundo había recuperado la normalidad.
Oyó que llamaban con suavidad a la puerta y, al levantar los ojos, vio a su hija, Ajisai, de pie junto al mayordomo, que había ido a buscarla a petición suya y ya se retiraba despacio hacia el vestíbulo.
—Buenas tardes, querida.
—¿Querías verme, padre?
Se movió inquieta y enderezó un poco su pose habitual. Era algo más alta que Sakura, demasiado para ser mujer. Tenía los cabellos pelirrojos y muy rizados y pecas en la nariz y en las mejillas, imposibles de ocultar por mucho que lo intentara. No era bonita como Sakura. Ajisai se parecía a la madre de su difunta esposa, pero se trataba de su hija, sangre de su sangre. Y, a diferencia de Sakura, había aprendido a obedecer sus órdenes.
—De hecho, querida, sólo quería saber qué hacías en casa de Enko Onikuma la semana pasada con ese abominable chico de los Osgood.
Ajisai se puso colorada, lo que le hizo desaparecer un poco las pecas.
—Sai es sólo un amigo. Fue allí a visitar al hermano de Enko.
—Muy bien. Me alegra oírlo. Después de todo, sólo es un segundo hijo. No tiene un centavo ni lo tendrá nunca. No es para ti.
Sus miradas se encontraron sólo un momento antes de que Ajisai la dirigiera al suelo. Era una chica corpulenta, no del tipo que estaba de moda, pero con sólo dieciséis años tenía las curvas definidas de una mujer y no había duda de que resultaría útil en la bolsa matrimonial.
—Ya puedes irte. —Alargó la mano para ajustarse la peluca blanca con trenza y, después, se quitó un poco de pelusa de la levita dorada—. Recuerda que tengo planes para ti y que no incluyen a un don nadie sin título, como ese Sai Osgood.
Algo brilló en los ojos de su hija, aunque desapareció acto seguido. Por un instante, Sandayū imaginó que era rebeldía, pero sacudió la cabeza ante una idea tan ridícula.
—Lo recordaré, padre —dijo Ajisai, muy dócil.
Se volvió para marcharse y Sandayū se ocupó de nuevo de los papeles que tenía en la mesa. La vida seguía otra vez su rumbo, el futuro estaba otra vez asegurado. Ni siquiera lo inquietaba la intromisión de un hombre tan poderoso como Sasuke Uchiha. Dunstan lo tenía todo controlado.
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Naruto Namikaze dejó atrás la niebla al entrar en la casa que Sasuke tenía en la ciudad, en Grosvener Square. Los últimos tres días había estado lloviendo, de modo que el viaje desde Carlyle Hall resultó embarrado y difícil. Se desabrochó el cuello de la capa, que ondeó hacia el mayordomo lanzando gotas de agua al suelo de mármol pulido.
—¿Dónde está, Reeves? —preguntó.
—En su estudio, Excelencia. Apenas sale estos días. Lady Beckford está muy preocupada por él.
Naruto asintió y apretó las mandíbulas. Dio media vuelta y recorrió deprisa el vestíbulo, llamó brevemente a la puerta del estudio y la abrió sin esperar a que Sasuke le diera permiso. A pesar de saber lo inquieto que debía de estar su amigo, se sorprendió al ver al hombre demacrado y desaliñado que estaba sentado detrás del escritorio, encorvado sobre la mesa.
—Por todos los santos, tienes un aspecto terrible —dijo acercándose a él a grandes zancadas. Al llegar a la mesa, se inclinó y apoyó las manos en ella—. ¿Cuándo fue la última vez que comiste? Por tu aspecto debe de hacer quince días. Y seguramente tampoco duermes demasiado. ¿Qué pretendes, matarte?
Sasuke se enderezó y se pasó una mano por los cabellos, que en contra de lo habitual llevaba sueltos y le caían sobre los hombros. Se veían tan apagados como sus ojos.
—¿Qué pretendo? Sea lo que sea, no lo estoy logrando. No he conseguido nada desde que estoy aquí.
—Por Dios, hombre. No es culpa tuya que esté allí. Tú no la encerraste; fue su tío.
—Le di mi palabra. Le dije que la sacaría de ahí. De eso hace casi dos semanas. ¿Te imaginas lo que puede haberle pasado en dos largas semanas? —Se reclinó en la silla con aspecto cansado—. Por cierto, ¿qué rayos haces tú aquí?
—He venido a verte. Tu tía Hana nos informó de lo que pasó en el castillo. Creí que a estas alturas ya lo habrías resuelto y estarías de vuelta en casa. Cuando no recibí noticias tuyas y vi que no habías regresado, pensé que quizá necesitarías ayuda.
—He contratado la mejor ayuda que se puede pagar con dinero. No ha servido de nada.
Naruto se sentó en la silla de piel frente a él y estiró las piernas.
—Es probable que Dunstan tenga en el bolsillo a la mitad de las personas con las que tratas de negociar. Ni siquiera sabemos quiénes son todas, así que difícilmente podemos ofrecerles más dinero.
—No, supongo que no. Es una pena. —Sasuke se frotó la cara con las manos; llevaba barba de un día. En todos los años que hacía que lo conocía, Naruto jamás lo había visto tan cansado—. Te lo aseguro, Naruto, estoy desesperado.
—Sé que puede sonar algo extraño, ya que estás prometido a otra mujer, pero ¿por qué no te casas con ella y listos?
—Sakura no puede casarse conmigo ni con nadie —replicó Sasuke sacudiendo la cabeza—. Por lo menos en un año. Hasta que no cumpla los veintiuno, necesita el permiso de su tío y, teniendo en cuenta que su marido pasaría a controlar su fortuna, no creo que Dunstan esté dispuesto a dárselo.
Naruto se recostó en la silla y apoyó el mentón en los dedos entrelazados de ambas manos.
—De camino hacia aquí, tuve tiempo de darle vueltas a la cabeza —dijo—. Pensé que, si tú no encontrabas el modo de sacar a lady Sakura, Temari y yo no podríamos hacer mucho más.
—¿Temari está aquí también? —Sasuke parecía sorprendido.
—Quería venir, te lo aseguro. Si el niño no hubiera contraído el garrotillo, no habría conseguido detenerla.
—No, supongo que no —asintió Sasuke con una media sonrisa.
—Llegué ayer por la noche. Sabía que eres muy madrugador y quería hablar contigo lo antes posible. Me alegró que Temari no pudiera venir, porque quería hablar contigo a solas.
—¿Desde cuándo le ocultas cosas a tu mujer? —preguntó Sasuke arqueando una ceja.
—Desde que decidí sugerirte que hiciéramos algo muy ilegal.
—¿Ilegal? ¿De qué estás hablando?
—Estoy hablando de introducirnos en Saint Bart y rescatar a tu dama.
Sasuke emitió un ruido áspero con la garganta.
—No es mi dama —lo contradijo—. E introducirse en Saint Bart es totalmente absurdo.
—¿Entonces te resignas a dejar a Sakura ahí?
—De hecho, estaba pensando en ir a ver a Dunstan. Pensé que si lo amenazaba a punta de pistola...
—Eso sí que es absurdo.
—Ya lo sé. —Sasuke sonrió por fin—. Pero cada día estoy más desesperado.
—¿Lo bastante desesperado para unirte al antiguo Kurama, El Zorro? Si no recuerdo mal, tienes un pabellón de caza oculto en el bosque, bastante cerca del castillo de Running. Sería el lugar ideal para esconder a lady Sakura hasta que encontremos el modo de librarla del control de Dunstan.
—Hablas en serio —afirmó Sasuke con el entrecejo fruncido.
—Tanto como si lo hiciera de una epidemia de peste.
—¿De veras crees que puede hacerse? —Los rasgos marcados de Sasuke reflejaron una chispa de interés.
—No sería tan difícil como crees. No suele suceder que alguien quiera colarse en Saint Bart. No esperan ese tipo de problema. Lo único que tenemos que hacer es averiguar dónde tienen a Sakura y sacarla.
—Seguramente estará encerrada. Necesitaríamos una llave.
—Iremos preparados. Quizá tardemos unos días en reunir la información que necesitamos, pero si Dunstan consigue cohortes dispuestas a ayudarlo por unas cuantas monedas, nosotros también. Lo planearemos todo bien. Usaremos caballos para ir, pero tendremos un carruaje esperando en las afueras de la ciudad. —Sonrió de oreja a oreja—. Confía en mí, amigo mío. Puedo volver a interpretar el papel de caballero gracias a ti y a Temari, pero un hombre no olvida las cosas que se ha visto obligado a aprender y éste es un tema que domino a la perfección.
—De acuerdo. —Algo brilló en los ojos oscuros de Sasuke—. Si estás dispuesto a hacerlo, yo también.
Y con esas simples palabras su expresión vacía y derrotada pareció esfumarse para quedar sustituida por una firme resolución.
—Preferiría no informar a mi esposa —dijo Naruto—. No quiero que se involucre en esto. Ambos sabemos que podría ser peligroso.
—No le diremos nada, tampoco a mi tía —estuvo Lucien de acuerdo—. Tanto por su bien como por el nuestro.
—Muy bien, pues, manos a la obra.
Naruto lanzó una última mirada a su amigo, que parecía otra vez el hombre imponente, tenaz y seguro de sí mismo que era. Fuese lo que fuese lo que su amigo sentía por Sakura Haruno, no era un hombre que faltara a su palabra y esta vez resultaba evidente que pensaba cumplirla.
Se sonrió para sus adentros, preguntándose adónde conduciría la preocupación de su amigo por lady Sakura, más seguro que nunca de que estaba haciendo lo correcto.
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Sakura volvió la cabeza y un poco del líquido oscuro y amargo le resbaló por el mentón hacia el cuello.
—No. No quiero... tomarlo.
—Cierra el pico y haz lo que te digo —ordenó la matrona, que le pellizcó sin piedad el brazo. Después, le apretó la mandíbula hasta que Sakura abrió la boca.
El brebaje le cayó en la lengua y bajó por la garganta, lo que la obligó a tragar. Detestaba el sabor asqueroso del líquido, pero lo cierto era que le gustaba cómo se sentía tras tomarlo, tan lánguida y cálida, tan ajena a todo.
—Muy bien, así está mejor —aprobó la matrona secándole la cara y el cuello—. Por fin aprendes a portarte bien. Con un poquito de ayuda —agregó levantando el vaso vacío que había contenido los polvos oscuros, mezclados con agua, que le daba a la reclusa todos los días—. Tienes una visita; el pequeño Nawaki ha venido a verte.
Sakura se esforzó en recordar el nombre. Poco a poco la imagen del niño se formó en su mente.
—¿Nawaki...?
Por un momento había creído que podría tratarse de Sasuke. Durante los últimos días lo veía en sus sueños. Revivía su beso, notaba su sabor en los labios. En el sueño, iba a buscarla. Aparecía entre la penumbra como un caballero andante para llevársela de Saint Bart. En el sueño, la besaba una y otra vez. ¡Oh, qué bien le hacía sentirse eso!
Pero la alegraba ver a Nawaki. Lo había añorado los últimos días... o tal vez eran semanas..., no estaba segura. Los minutos y las horas parecían iguales. Tenía la cabeza demasiado aturdida, demasiado descentrada para saber dónde acababa un día y empezaba el siguiente. Y, la verdad, ya no le importaba.
—Sakura. —Nawaki se sentó en el camastro de paja junto a ella—. Ya nunca sales a jugar. ¿Estás enfadada conmigo, Sakura?
—No..., Nawaki..., claro que no. —No le recordó que nunca había salido a jugar, que andaba siempre ocupada fregando suelos, haciendo la colada, remendando la ropa de las matronas o trabajando en la cocina. Pero sí que charlaban mientras ella realizaba esas tareas, y Nawaki jugaba a alguna cosa cerca—. Es que estoy... un poco cansada..., nada más. La señorita Wiggins... me ha dejado... descansar.
Junto a la puerta, la corpulenta matrona farfulló algún tipo de respuesta.
—Golpea los barrotes cuando quieras salir, Nawaki —le indicó al crío antes de cerrar con llave la celda, aunque Sakura no había pensado escaparse en ningún caso.
—¿Quieres oírme cantar? —preguntó Nawaki, todavía sentado en la paja—. He aprendido una canción nueva. Si quieres, te la canto.
Sakura asintió con la cabeza. Recordaba que cantaban mientras ella trabajaba y así ahogaban los gritos de una de las pacientes al otro lado del pasillo. Ella le enseñó un trozo de la romántica Greensleeves y, en el pasado, la habían cantado juntos.
Nawaki empezó a cantar su nueva canción, con su voz aguda y titubeante, y supliendo cualquier posible gallo a base de su entusiasmo:
«Había una doncella en Sark
que paseaba conmigo por el parque.
Le puse una mano en la rodilla,
ella me acarició la espinilla.
Nos echamos sobre la hierba,
me quedé con el suelo a mi espalda
y ella rió cuando le levanté la falda.»
—Nawaki... —Incluso en su estado confuso, Sakura comprendió que la letra subida de tono no era del tipo de las que debía cantar un niño—. Nawaki..., no debes... cantar canciones como ésta. No está... bien.
—¿Por qué no? —Levantó la cara para mirarla, con el entrecejo fruncido—. Me la enseñó Metoro Konjiki. —Era uno de los guardianes—. Antes era marinero.
Sakura intentó aclarar sus ideas, concentrarse en lo que el niño le decía, pero los pensamientos se le escapaban y volvían a dirigirse hacia Sasuke, volvía a recordar el sabor de su beso.
—¿Quieres que juguemos a las cartas? —preguntó Nawaki tirándole de la manga del camisón.
—¿Qué?
—Que si quieres jugar a las cartas. —Se metió la manita en la camisa y sacó una baraja sucia y vieja—. Metoro me enseñó a jugar. Dijo que puedo practicar con éstas. Seguro que te gano.
Sakura no le contestó; tenía demasiado sueño para jugar a las cartas, estaba demasiado cansada para notar que Nawaki volvía a tirarle del camisón.
—¿No quieres jugar?
—Ahora no, Nawaki.
—Ya no quieres jugar nunca. Ya no eres divertida.
Le pareció que le oía golpear la puerta, que oía cómo la puerta se abría; pero le pesaban los párpados y no logró levantarlos lo suficiente para verlo.
Se acurrucó aun más en la paja sucia y apoyó la cabeza en la pared. Llevaba el camisón enrollado por encima de las rodillas, pero no tenía fuerzas para bajarlo. Se notaba seca la boca. Se humedeció los labios, entumecidos de un modo extraño. Se miró las manos y vio que le temblaban.
Se sentía ligera y distante, pero sus sueños..., sus sueños eran muy agradables. Cerró los ojos y se entregó a la cálida sensación del beso del marqués.
