7

Vestido con unos ceñidos pantalones negros, unas botas altas y negras y una chaqueta negra que le tapaba la camisa de batista blanca y manga larga, Sasuke caminó junto a Naruto, que también iba de negro, hacia los establos de la parte trasera de su casa londinense.

La luna menguante, apenas un hilo dorado, ocultaba su tenue luz tras una densa capa de nubes que cubría la ciudad. Ambos hombres montaron en silencio sus caballos: Blackie, el gran caballo castrado de Naruto, y Blade, el valioso semental negro de Sasuke. Tomaron las calles secundarias de las partes más sombrías de Londres para dirigirse al hospital de Saint Bartholomew, una estructura inmensa de cuatro plantas que estaba situada en una loma de las afueras de la ciudad.

Más allá del hospital, en la carretera que los conduciría a Surrey, los esperaba un carruaje preparado para llevar con rapidez a lady Sakura Haruno a la seguridad del pabellón de caza de Sasuke en los bosques del castillo de Running.

Lo único que tenían que hacer era llegar a él.

Sasuke apretó las mandíbulas. ¿Con qué se encontrarían al llegar a Saint Bart? Si habían maltratado a Sakura... Si alguno de los supuestos guardias le había puesto las manos encima... Maldijo en silencio. Había hablado en serio. Si Akado había permitido que la lastimaran de cualquier modo, se enfrentaría a la cólera de Sasuke y los resultados no serían agradables. No se preguntó por qué le importaba tanto ni pensó, ni siquiera por un instante, cómo había logrado Sakura salvar la distancia que mantenía entre él y el resto de la gente. En ese momento, lo único que le preocupaba era sacarla de allí.

Blade respingó cuando un perro marrón y blanco salió de un callejón con la cola entre las piernas. Un tabernero rechoncho apareció por una puerta, levantó una piedra y la lanzó a las ancas del perro, que gimoteó.

—¡Y no vuelvas, desastre de perro! —gritó el hombre, blandiendo un puño regordete en el aire antes de volver a meterse en la taberna y cerrar la puerta de golpe.

Sasuke espoleó a su caballo y Naruto hizo lo mismo con el suyo. Los animales revolvían el barro con los cascos al avanzar por el piso de tierra. En esa parte de la ciudad no había adoquines, sólo callejuelas estrechas con baches y montones de basura. El olor a despojos putrefactos cargaba el aire y Blade resopló a modo de protesta. Había mendigos apiñados en los umbrales y marineros borrachos que se tambaleaban por la calle entonando canciones subidas de tono.

Siguieron y, más adelante, la zona empezó a cambiar. Cada vez había menos edificios y las calles no estaban tan sucias. Al borde de la calzada crecía hierba. En la loma que tenían enfrente se elevaba una estructura enorme en medio de la noche: el hospital de Saint Bartholomew.

No era la primera vez que Sasuke lo veía. Dos días atrás habían ido de día para examinar el terreno y elaborar un plan. La puerta trasera del edificio parecía ser la mejor opción para entrar. Naruto señaló en esa dirección y Sasuke espoleó al semental. En la verja sólo había un guardia. Estaba apoltronado en su puesto, medio dormido. Como Naruto había dicho, no muchas personas tenían interés en colarse en Saint Bart.

Naruto desmontó, indicó a Sasuke que hiciese lo mismo y ataron los caballos bajo un árbol que quedaba fuera de la vista, entre las sombras.

—Cuenta hasta cincuenta —le ordenó Naruto. Su figura alta, con capa, parecía un espectro en la penumbra—. Después, cruza la verja y sígueme. Para entonces, no habrá peligro.

Sasuke asintió con la cabeza y Naruto desapareció sin hacer ruido. Mientras empezaba a contar en silencio, Sasuke desató una capa de lana de detrás de la silla de montar y se la colgó de un brazo. Hacía frío y Sakura necesitaría algo para abrigarse hasta llegar al carruaje. Terminó la cuenta y se sumergió más en la penumbra.

Cuando llegó a la verja, el guardia estaba sentado junto a ella con la cabeza inclinada sobre el pecho, como si durmiera. Sasuke sospechó que seguiría así después de que ellos se fueran de Saint Bart. Cruzó la verja y encontró a Naruto, que lo esperaba justo al otro lado de la puerta de entrada al inmenso edificio de piedra.

—Nuestras fuentes estaban en lo cierto. No está cerrada con llave. Esperemos que el resto de la información también sea correcta —comentó Naruto.

Sasuke esperó que así fuera. Cada minuto que pasaba aumentaban las probabilidades de que los pillaran. Se imaginaba el bochorno que sufrirían un duque y un marqués si los detenían por colarse en un manicomio. Peor aun sería saber que le había fallado otra vez a Sakura.

Para ella, esta vez el incumplimiento de su promesa sería fatídico.

La puerta de roble se abrió sin ruido. Sasuke agradeció a quienquiera que mantenía las bisagras tan bien lubricadas. Se detuvo un instante en el vestíbulo y echó un vistazo alrededor para asegurarse de que no había peligro. El olor le impactó como un golpe en el estómago: hedor de cuerpos sucios, pestilencia nauseabunda a excrementos. Apretó las mandíbulas y trató de no pensar que Sakura vivía cada día en ese lugar tan inmundo.

Recorrieron el vestíbulo y sus botas resonaron en la piedra gris, pero el ruido quedó mitigado por los sonidos fantasmagóricos que los envolvían. Algunas de las celdas eran más espaciosas que otras. Los pacientes gemían y daban golpes; algunos hablaban, a pesar de que era bien entrada la noche y no había nadie que escuchara. Una mujer sollozaba en voz baja a la luz tenue de un farol. Un hombre que roncaba con fuerza se rascó dormido y entre convulsiones se hizo después un ovillo sobre la paja sucia de su camastro.

A Sasuke le vino a la mente la imagen de Sakura y algo le oprimió el pecho. Estaba allí, obligada a vivir en ese sitio horroroso, indigno de cualquier animal. El olor a orina y vómitos cobró más fuerza a medida que se adentraron en el edificio, y la bilis le subió a la garganta. La ira empezó a avivarse en él hasta quemarle las entrañas. Sakura no se merecía eso. No creía que nadie lo mereciera.

¿Qué clase de hombre encerraría a una joven inocente en un lugar espantoso, asqueroso y hediondo, como Saint Bart?

—Dunstan. —Casi escupió la palabra. No se dio cuenta de que la había pronunciado en voz alta hasta que notó el sabor amargo en su boca—. Juro que mataré a ese cabrón.

Naruto le dirigió una mirada; era evidente que estaba pensando lo mismo.

—Ya te encargarás de Dunstan más adelante. De momento, tu dama es más importante.

Sasuke iba a corregirle, pero decidió que eso podía esperar. Habían llegado a la escalera que conducía al primer piso de celdas y un guardia vigilaba en la parte inferior.

—Déjame éste a mí —pidió Sasuke, y avanzó sin hacer ruido.

Naruto no lo detuvo. El brillo de furia en los ojos de su amigo fue suficiente para advertirle de que no lo hiciera. Naruto sabía que encargarse del guardia le serviría para desahogarse un poco.

Sasuke se acercó con pasos silenciosos a aquel hombre alto y delgado, de pelo castaño y con una cicatriz en la mejilla. Le dio unas palmaditas en el hombro y, cuando se volvió, le lanzó un puñetazo que le acertó en pleno mentón. El tipo se desmoronó como un títere al que le han cortado las cuerdas y Sasuke lo sujetó antes de que cayera al suelo.

—Escondámoslo bajo la escalera —sugirió Naruto a su espalda.

Sasuke arrastró al hombre en esa dirección y lo depositó en la oscuridad que reinaba debajo de las escaleras. Subieron deprisa al primer piso y empezaron a recorrer la hilera de celdas. Sakura se encontraba a la derecha, hacia la mitad. Ésa era la información que una de las matronas había proporcionado encantada, junto con una llave y a cambio de una bolsa repleta de monedas, a un hombre al servicio de Sasuke.

Se detuvieron en la puerta. El corazón le latía a Sasuke de un modo alarmante y el sudor le empapaba la frente. Una mirada al interior le indicó que había alguien, pero estaba demasiado oscuro para ver quién era.

—¿Sakura? —la llamó en voz baja, pero quienquiera que estuviese dentro no contestó. Quizás estaba dormida—. Dame la llave.

Naruto se la dio y Sasuke la introdujo en la cerradura de hierro. Pasillo abajo se oyó el ruido de unas cadenas y el lamento del hombre que las llevaba. Con la mandíbula apretada, Sasuke hizo girar la llave. La puerta se abrió con un chirrido. Sasuke se sumió en la oscuridad y Naruto se quedó vigilando fuera.

—Sakura, soy Sasuke.

Seguía sin haber respuesta. Avanzó hacia la delgada figura que permanecía acurrucada en la paja sucia y vio que era una mujer, vio que era Sakura, y el corazón le dio un vuelco. La luna asomó tras una nube y, por un momento, consiguió verla; el blanco camisón sucio y con la amplia banda roja, los cabellos largos y rosas que caían enmarañados sobre la cara. Tenía el camisón enrollado hasta los muslos, con las piernas desnudas. Cuando la tocó, notó la piel fría como el hielo y maldijo en voz baja.

—Sakura, ¿me oyes? —La zarandeó con cuidado y vio que abría despacio los ojos.

—¿Sasuke...? —Se incorporó con lo que pareció ser un esfuerzo titánico, se balanceó y él la sostuvo contra su cuerpo—. ¿Eres... realmente... tú?

Por Dios, se sentía como el peor de los villanos.

—Habría venido antes. Debería haberlo hecho. Creí que encontraría otro modo. —Se refería a un modo legal, pero, al verla así, la ilegalidad parecía carecer de importancia.

—¿Vas a... llevarme... a casa?

Sasuke cerró los ojos para contrarrestar una punzada de dolor.

—Sí —dijo en voz baja—. Eso es exactamente lo que voy a hacer.

Tomó la capa que llevaba en el brazo, la extendió y se la colocó. Después la ató, no muy ajustada, y envolvió con la suave tela de abrigo el cuerpo de Sakura. Cuando ella se recostó en su pecho, Sasuke notó lo débil que estaba y entonces, al recordar como había hablado, cayó en la cuenta del modo extraño en que arrastraba las palabras.

Lo traspasó otro ramalazo de ira. Akado. También se encargaría de ese médico. Se inclinó adelante y con cuidado la levantó en brazos.

—Agárrate a mi cuello. Yo haré el resto —le indicó.

Le pareció que tal vez asentía. Notó los delgados brazos de Sakura alrededor de su cuello y el roce de los cabellos cuando descansó la cabeza en su hombro. Tenía los pies desnudos y helados. Quería calentárselos con las manos. Quería quitarle ese camisón sucio y comprobar si tenía magulladuras, asegurarse de que nadie le había hecho daño.

—¿Se encuentra bien? —preguntó Naruto con el entrecejo fruncido en cuanto Sasuke salió de la celda.

—No estoy seguro. —Se le tensó un músculo de la mandíbula—. Salgamos de aquí.

Naruto hizo un gesto afirmativo y emprendió camino hacia abajo. Se deshizo en silencio de otro guardia y, en unos minutos, salieron por la puerta trasera en dirección a los caballos. Naruto sostuvo a Sakura mientras Sasuke montaba en Blade y, después, se la entregó a su amigo, que la sentó de lado en la silla, delante de él, y la envolvió con su capa sin olvidar cubrirle los pies.

Naruto montó en su caballo negro, que sacudió la cabeza, ansioso por emprender la marcha.

—Vámonos de aquí de una vez —soltó, y espoleó al caballo hacia la carretera con Sasuke pegado a sus talones.

En unos minutos galopaba por el camino con Sakura recostada a salvo contra su pecho. La rodeaba con un brazo para sujetarla con fuerza y podía notar su respiración regular y el latido lento del corazón. La muchacha no habló en ningún momento, sólo abría de vez en cuando los ojos y parecía no verlo. Sasuke comprendía que le pasaba algo, y su inquietud aumentaba con cada kilómetro. ¿Qué diablos le habían hecho? ¡Por Dios que se lo haría pagar, a todos ellos!

Siguieron cabalgando a un ritmo rápido y regular hasta llegar a su destino. Un carruaje sin distintivo alguno y con cuatro caballos negros les esperaba en la posada March Goose, exactamente donde Sasuke había ordenado que estuviera. Desmontó del caballo, bajó a Sakura y la transportó con cuidado en sus brazos. El cochero, que estaba junto al carruaje, abrió la portezuela antes de que llegaran y Sasuke subió al estribo de hierro, agachó la cabeza y metió a Sakura. Se sentó y la colocó sobre su regazo, la envolvió bien con la capa de lana y le puso una manta de viaje en las piernas. En cuanto Naruto estuvo dentro, golpeó el techo del carruaje. El cochero sacudió con las riendas a los caballos y éstos tensaron los tirantes y se pusieron en marcha.

Faltaban horas para llegar al pabellón. Habían decidido que Naruto los acompañaría hasta allí, por si se presentaba cualquier problema a lo largo del camino. Luego, regresaría a Carlyle Hall junto a Temari. Sasuke tenía previsto regresar al castillo una vez Sakura estuviera instalada. Enviaría a una criada para que permaneciera con ella hasta que tía Hana llegara de Londres, donde estaba decidida a quedarse mientras Sakura no se hallara libre.

Llegado el momento, la avisaría, le diría que la joven se encontraba a salvo; pero aun no. Quería asegurarse de que estaba bien, y necesitaba tiempo para considerar qué iba a hacer a continuación.

Mientras tanto, seguía ahí sentado, sujetando su leve carga y preocupándose por ella, deseando saber qué le pasaba. Sentado frente a él, Naruto la examinaba con sus penetrantes ojos azules, al parecer con pensamientos muy parecidos.

—¿Qué le sucede?

—No lo sé. Deben de haberle dado algún tipo de poción para dormir —contestó Sasuke, que inconscientemente la sujetó con más fuerza. La miró y vio que tenía los ojos sólo medio abiertos—. Sakura, soy Sasuke. ¿Me oyes?

—Sasuke... Soñé que vendrías —dijo ella, con una débil sonrisa. Se movió en su regazo, se inclinó y le besó con suavidad en la mejilla. Sasuke se sorprendió a la vez que un ligero calor le recorría el cuerpo—. Rogué... que vinieras.

—¿Cómo te encuentras?

—De maravilla... —contestó arrastrando las palabras con un tono gutural—. Ahora que estás... aquí.

Volvió a relajarse, apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos.

—¿Qué rayos le han hecho? —se exasperó Sasuke.

—Opio —afirmó Naruto, con las mandíbulas apretadas—. Lo he visto antes.

—¿Opio? Por el amor de Dios, ¿qué le hará eso?

—Depende del tiempo que haga que se lo daban. Es muy adictivo. Mientras siga tomándolo, estará como ahora.

—Como una marioneta adiestrada, quieres decir. Alguien a quien se puede controlar.

—Exacto.

—¿Qué pasará ahora que ya no lo toma?

—Con el tiempo volverá a la normalidad.

—¿Cuánto tiempo? —quiso saber Sasuke con el entrecejo fruncido—. ¿Y qué pasa entre ahora y entonces?

—Cuando se acaben los efectos, se pondrá enferma. Su cuerpo necesitará la droga y hasta que el organismo no la haya eliminado por completo lo pasará muymal.

Sasuke trató de contener su ira, pero ésta parecía dominarlo por completo:

—¡Malditos cabrones!

—La querían dócil, fácil de manejar. Podrían haberla tenido así durante años.

—Gracias a Dios que no esperamos más.

—Gracias a Dios que salió bien.

Sasuke miró por la ventana, pero las cortinas de terciopelo rojo estaban corridas para mantener oculta la luz del farol del interior del carruaje.

—Pensaba dejarla sola en el pabellón cuando llegáramos. Iba a enviarle una doncella por la mañana para atenderla.

—Me temo que no será tan fácil.

Sasuke bajó los ojos hacia la cabeza de Sakura. Incluso sucios y enredados, los cabellos relucían rosáceos a la luz de la llama. Ella debió de notar que la observaba, porque inclinó hacia atrás la cabeza y abrió despacio los ojos. Lo miró y sonrió.

—¿Me darás... un beso? Me gustó... cuando me besaste... antes.

Sasuke gruñó y Naruto se rió entre dientes y bromeó:

—Creía que sólo era una amiga.

—No fue lo que piensas. Se la estaban llevando. No lograba que me escuchara. Yo... ¡Oh, maldita sea, da igual! No lo entenderías.

—Sasuke... —susurró Sakura, y el nombre sonó suave, grave y curiosamente atractivo.

—¿Qué quieres? —soltó con brusquedad, aunque contrariado y arrepentido en cuanto las palabras le salieron de la boca.

Sakura no pareció notar el tono.

—En mis sueños... me besabas... una y otra vez. ¿Lo harás... ahora?

Tardó un poco en contestar, porque incluso con el camisón sucio, con la cara manchada y los cabellos enredados deseaba hacerlo. Sentía los senos pequeños de Sakura contra su pecho y la forma redondeada de sus nalgas en su regazo y notó que se excitaba.

—Esto es una locura —rezongó.

—Parece que te espera una noche interesante —comentó Naruto y soltó una carcajada—. O lo que queda de ella por lo menos.

—No seas ridículo. No sabe lo que dice.

—Estoy seguro de que no. Pero el opio tiene tendencia a sacar a relucir la verdad.

Sasuke no le hizo caso. Sakura necesitaba su ayuda, nada más. Le había fallado una vez, pero eso no volvería a pasar.

Viajaron en silencio la mayor parte del trayecto. Sakura abría los ojos de vez en cuando y en varias ocasiones volvió a pedirle con dulzura un beso. Cuando llegaron al pabellón de caza, en el bosque de Wealden, Sasuke tenía los nervios a flor de piel.

Naruto no dejaba de sonreír de ese modo burlón que le daba a su amigo ganas de pegarle.

Por suerte, el pabellón estaba limpio y preparado como el marqués había dispuesto. Aunque la noche había llegado casi a su fin, en las ventanas brillaban velas y la chimenea estaba encendida. Kiba Inuzuka, un muchacho alto y delgado que trabajaba para él desde hacía algunos años, esperó junto a la puerta mientras él metía a Sakura. De rostro angular y pelo castaño, el chico se estaba convirtiendo en un joven atractivo.

—Todo está a punto, milord, como pidió.

Kiba, hijo de un arrendatario, había cumplido los diecisiete y era uno de sus mejores mozos de cuadra y uno de los empleados de más confianza.

—Gracias, chaval. Eso será todo de momento.

El muchacho salió en silencio y Sasuke acercó a Sakura al fuego. Como recordaba su afición por la limpieza de cuando su primer encuentro, había dado instrucciones a Kiba para que tuviera a punto un baño. Frente a la chimenea estaba instalada una bañera humeante. Sobre el fuego se calentaba más agua, y una pastilla de jabón con perfume a rosas descansaba en el suelo junto a la bañera y a un montón de toallas limpias de lino blanco.

—Parece que todo está a punto —comentó Naruto tras un rápido repaso de la habitación.

—Un baño... —dijo Sakura con un suspiro nostálgico cuando Sasuke la dejó en el suelo—. ¡Qué maravilla!

Se inclinó hacia la bañera y se habría caído dentro si Sasuke no la hubiera sujetado por la cintura y atraído de nuevo contra su pecho.

—Calma. No querrás meterte de cabeza.

Ella le sonrió con los ojos medio cerrados y las pestañas tupidas y tiró de la cinta del cuello del camisón, que le resbaló despacio dejando un hombro al descubierto.

—Estoy muy sucia. Tengo ganas de... estar... limpia.

Se inclinó de nuevo hacia la bañera, pero las rodillas parecieron fallarle. Sasuke la sujetó con más fuerza y la volvió a poner de pie.

Naruto se rió entre dientes y su amigo le dirigió una mirada durísima.

—¿Qué diablos voy a hacer? —se irritó.

Naruto sonrió y dijo:

—Te he dicho que la noche sería interesante.

Abrió la puerta y, tras salir, la cerró con firmeza. Sasuke oyó cómo se reía mientras se montaba a lomos del caballo de refresco que lo esperaba en el establo. Se oyó el ruido de unos cascos y Naruto desapareció. Se habían quedado los dos solos.

Sakura contemplaba ansiosa la bañera y volvió a mirarlo a los ojos.

—Parece que... tengo ciertos... problemas.

—Ya lo veo —soltó Sasuke con sequedad, intentando no fijarse en la cantidad cada vez mayor de piel que mostraba el cuello del camisón. La abertura era tan grande que, en cualquier momento, la dichosa prenda caería hasta la cintura.

—¿Crees que podrías... ayudarme?

Sasuke apretó la mandíbula; sabía que no tenía otro remedio. Trató de dominar esa parte de él que se excitaba ante la perspectiva de verla desnuda. Por Dios, siempre se había considerado a sí mismo un caballero. No recordaba que nunca su atracción hacia una mujer hubiera alterado su cuidadoso autocontrol.

Sakura se balanceó hacia la bañera. Sasuke logró sujetarla, pero el camisón se le escapó de las manos y resbaló hasta los pies.

—¡Maldita sea!

Era ágil y flexible, de piel suave y formas curvadas; alta para ser una mujer, pero encajaba a la perfección bajo el mentón de Sasuke. Pasó los brazos alrededor del cuello de éste para recuperar el equilibrio y él la sujetó por la cintura con las manos. Era increíblemente pequeña, con las caderas suavemente ensanchadas. Sasuke cerró los ojos un instante, tomó aire para tranquilizarse y la metió en la bañera.

El agua hizo sonreír a Sakura, que se sumergió en el calor ronroneando suavemente de placer, y unas burbujitas le lamieron los senos. Sasuke vio que tenían forma cónica y eran más plenos por la parte inferior, con los pezones de color rosa oscuro, pequeños y tersos, de lo más erótico.

Logró dominarse. No era un hombre que se aprovechara, y Sakura no se encontraba en un estado de ánimo apropiado como para ir más allá. Además, estaba comprometido con otra mujer; casi era un hombre casado. En realidad, no sabía cómo había permitido que su relación con Sakura llegara tan lejos, ni siquiera estaba seguro de por qué se estaba tomando tantas molestias por ella, salvo que Sakura se había convertido de algún modo en su amiga y no se abandonaba a los amigos cuando tenían problemas.

Adoptó su aire más formal, enjabonó una toalla y le lavó el cuello y los hombros. Sakura se lavó la cara, tomó algo de agua con la boca, la escupió al aire y, cuando cayó el chorrito en el suelo, le hizo una mueca pícara a Sasuke. Él puso los ojos en blanco.

—Será mejor que te lavemos el pelo —decidió.

Sakura asintió con la cabeza y se sumergió con su ayuda bajo el agua. Sasuke enjabonó los cabellos con el jabón con perfume a rosas y la ayudó a aclarárselos.

—Qué... gusto —dijo Sakura sonriendo.

Y tanto. Sus cabellos parecían de seda y la piel era tan suave como los pétalos de una flor. Para cuando terminó y la sacó de la bañera, Sasuke estaba excitado y ansioso. Se sentía furioso consigo mismo por su impropia falta de control y disgustado con el destino, que lo había puesto en esa situación.

La sujetó con una mano mientras la secaba con la otra y comprobaba que el cuerpo no presentara signos de ningún daño que pudiera haber sufrido. No vio marca alguna, sólo las curvas redondeadas de las nalgas, las piernas largas y torneadas y la línea grácil del torso desde el cuello hasta las caderas. Era sumamente preciosa, de formas deliciosas y muy femenina. Se esforzó en ignorar la palpitación de su ingle y se le ocurrió pensar que era él quien sufría, y muchísimo.

—Me siento mucho... mejor —musitó Sakura.

—Estoy seguro de ello —consiguió decir él tras aclararse la garganta.

Junto a la bañera había un camisón blanco y limpio. Se lo pasó por la cabeza con movimientos rápidos y eficientes y suspiró de alivio cuando la joven volvió a estar decentemente tapada.

—Y ahora... ¿me besarás? —le pidió ella con una sonrisa.

¡Por todos los santos!

—Escúchame, Sakura. No sabes lo que dices. No quieres que te bese. Es algo que soñaste. Por la mañana verás las cosas con más claridad. Mientras tanto, te llevaré arriba para que duermas un poco.

—Pero... ¿y mi pelo?

—¿Tu pelo? ¿Qué pasa con él?

—Tenemos que... desenredarlo.

Tenía razón, claro. Sasuke soltó un gruñido en voz baja. Tendría que cepillárselo, pasar las manos por los mechones mojados, ver cómo brillaba a la luz del fuego mientras se secaba. Sacudió la cabeza, furioso por el derrotero que seguían sus pensamientos.

Depositó a Sakura en el sofá, recostada en el brazo, y se puso manos a la obra. Tardó una cantidad considerable de tiempo, pero no lo notó, absorto como estaba en su tarea. Una vez quitados los nudos, cuando empezó a cepillar el pelo para secarlo, Sakura soltó débiles gemidos de placer y él no pudo evitar sonreír encantado. Le peinó con los dedos los mechones ondulados y empezó a arder en deseos. Los sofocó y se apresuró a hacerle una trenza.

No estaba interesado en Sakura Haruno, por lo menos en nada que no fuera acostarse una o dos veces con ella, maldita sea. Tenía la vida dispuesta como quería, como la había planeado durante años. Y, aunque no fuera así, sería la última mujer con la que pensaría en casarse. Era obstinada y tenaz, demasiado lista para su propio bien y demasiado independiente para ser mujer. No podía evitar pensar en su padre, en el terrible error que cometió al casarse con una mujer de ese tipo.

Él quería una esposa dócil, una palomita agradable y manejable, como Ashina Tatsushiro. Ashina obedecería todos sus deseos, educaría a sus hijos como él lo creyera conveniente y le concedería a él libertad para vivir su vida como quisiera. Si eso significaba tener una amante, si significaba tener doce, lo haría si le apetecía. No se imaginaba a Sakura Haruno aceptando sumisa ninguna de esas cosas.

Cuando llegaron a lo alto de las escaleras, Sakura volvió la cabeza y lo miró.

—Sasuke.

—¿Sí, bonita?

Entraron en el dormitorio y la dejó con suavidad en el borde de la cama.

—¿Vas a... besarme... ahora?

Se excitó de nuevo al instante y notó una presión terrible contra la parte delantera de sus pantalones. Sakura le sonreía. Tenía los ojos verdes como un bosque oscuro y el cuerpo suave y flexible donde estaba en contacto con el suyo.

«¿Qué daño haría eso?» —pensó él—. «Un beso de nada. ¿Qué daño puede hacer?»

Inclinó la cabeza y le cubrió con suavidad la boca con la suya. Tenía labios carnosos y muy suaves, que encajaban a la perfección con los suyos. Le tomó el labio inferior entre los dientes, le besó la comisura de los labios y éstos se separaron un poco, lo que le permitió introducir la lengua. No había previsto que eso sucediera, pero ahora podía saborear aquella dulzura de mujer, mezclada con el ligero gusto a cobre de su propio deseo.

Sakura le rodeó el cuello con los brazos y le devolvió el beso, y una oleada de calor recorrió el cuerpo de Sasuke, que intensificó el beso moviendo sus labios sobre los de Sakura, primero hacia un lado y después hacia el otro. Le sujetó la cara entre las manos y la besó con más pasión aun. Un gemido de placer escapó de la garganta de Sakura cuando él buscó sus senos, atrapó uno con la mano y la tela raspó el pezón donde él lo acariciaba con el pulgar. Sasuke notó un inmenso calor en el bajo vientre. La necesidad le bullía en la sangre.

Se apartó de un salto, como si se hubiera quemado, y lanzó una furibunda palabrota:

—¡Joder! ¿Qué rayos me estás haciendo?

Sakura frunció el entrecejo, como si se planteara la pregunta. Se tocó los labios húmedos e hinchados por el beso y lo miró.

—Creía que... querías besarme.

—¡Claro que quería besarte, maldita sea! Eso es sólo el principio de lo que me gustaría hacer. —La tapó con las mantas hasta la barbilla—. Duérmete antes de que acabe de perder la cabeza y haga algo que ambos lamentaríamos por la mañana.

Se volvió, se dirigió hacia la puerta y la abrió de golpe, pero no pudo resistir lanzar una última mirada por encima del hombro. Sakura tenía los ojos cerrados y le pareció que ya se había quedado dormida.

—Buenas noches..., Sasuke —susurró ella, con los ojos aun cerrados y una apenas perceptible sonrisa en los labios.

Sasuke soltó el aire y se alisó los cabellos, que se le habían soltado de la cinta de la nuca. Cerró la puerta con un fuerte suspiro y se fue a buscar la cinta de terciopelo perdida, decidido a ordenar algo su persona y sus ideas.

Mientras bajaba por las escaleras, apretó la mandíbula. No le gustaba el modo en que deseaba a Sakura Haruno. No le gustaban los instintos protectores que despertaba en él. Perdía el control como no recordaba que le hubiera ocurrido nunca, y eso era lo que menos le gustaba de todo.

—¡Maldición! —exclamó.

¿Qué hacía mezclado en los asuntos de esa mujer? ¿Cómo había llegado hasta ese punto su relación con ella? Tenía sus propios problemas, una boda que preparar, tierras y propiedades que gestionar, una tía que dependía de él. Sakura no tenía derecho a inmiscuirse en su vida de esa forma.

Y, sin embargo, sabía que seguiría ayudándola. Estaba sola y asustada y no tenía a nadie más a quien recurrir. Pensó en ella, arriba, en la cama, y trató de suprimir la imagen de su cuerpo tan femenino, de cómo le miraba los labios cuando le pidió que la besara.

No podía negar que la deseaba. Sólo esperaba que por la mañana la muchacha se despertara siendo la de siempre y él no tuviera que sufrir más la agonía de la tentación. Si seguía con su incitación inocente, Sasuke no estaba seguro de cuánto tiempo le duraría el poco control que le quedaba.