8

Sakura se despertó sobresaltada. Parpadeó varias veces, sin lograr enfocar, y miró lo que la rodeaba. Estaba en un dormitorio con el techo inclinado y de madera y el suelo también de madera.

Unas cortinas arrugadas de muselina colgaban en las ventanas y había una cómoda de roble junto a la pared, con una palangana de porcelana azul y un sauce dibujado y una jarra sobre ella. Pasó una mano por la colcha azul de la cama y, después, se miró el camisón y vio que la manga no estaba deshilachada, como recordaba. Estaba inmaculado, y ninguna banda roja ribeteaba el cuello como si estuviera manchado de sangre.

Dondequiera que estuviese, no era Saint Bart, y una sensación de alivio borró su incertidumbre.

Frunció el entrecejo mientras intentaba reunir las piezas, los fragmentos de memoria que surgían aquí y allá. Le dolía muchísimo la cabeza y tenía las ideas borrosas y desenfocadas. Sentía la lengua como pegada a la boca y el estómago revuelto.

Se concentró más y recordó estar viajando a alguna parte en un carruaje. Retrocedió algo más y se acordó de los brazos fuertes de un hombre que cargaban con ella. ¡Sasuke! La certeza le llegó de golpe y una sensación extraña se apoderó de su corazón.

Él había ido a buscarla. La había llevado a ese sitio para que estuviera a salvo. Seguro que andaría cerca.

Sin hacer caso de su corazón desbocado fue a levantarse, pero sufrió un mareo. Se quedó sentada un momento. La cabeza le daba vueltas y se sentía las extremidades débiles, con un temblor extraño. Hizo un repentino esfuerzo, se puso de pie y se fue detrás del biombo para vaciar la vejiga, apoyada en la pared para no caerse.

Cuando terminó, vertió agua en la palangana de la cómoda y se lavó lo mejor que pudo. Llevaba el pelo limpio y recogido en una trenza. Se preguntó quién la habría ayudado a bañarse.

Levantó el pestillo y salió de la habitación. Desde allí, contempló la acogedora sala única de la planta baja. Sasuke estaba frente a una gran chimenea de piedra, con la cabeza inclinada sobre una cacerola de hierro y removiendo algo.

Ella debió de hacer algún ruido, porque en ese instante él levantó la mirada y la vio.

—¡Sakura! —Corrió escaleras arriba y le rodeó la cintura con un brazo para que no perdiera el equilibrio—. No deberías levantarte. Estás demasiado débil.

—Viniste a buscarme —ratificó, observando la preocupación que se reflejaba en el rostro de Sasuke—. Me sacaste de ese sitio horrible.

La mirada de Sasuke se encontró con la suya para evaluarla de algún modo.

—¿Recuerdas qué pasó?

—No mucho, sólo una imagen aquí y allá.

Parte de la tensión pareció desaparecer de los hombros de Sasuke. Sonrió a Sakura, y los rasgos duros de su rostro se suavizaron.

—Tenía que ir. Te había dejado ahí demasiado tiempo —aseguró. Le levantó una mano para besarle la palma y un estremecimiento cálido le subió a Sakura por el brazo—. «Mi siempre valorado deber me impulsa a actuar.»

Sakura frunció el entrecejo intentando llevar el nombre del autor de la cita a la mente, pero sus pensamientos eran demasiado confusos.

—Lo conozco, pero no consigo recordarlo bien.

—Shakespeare —dijo Sasuke con una suave presión sobre su mano—. Ya lo recordarás más adelante.

—¿Más adelante? ¿Qué me ha pasado, Sasuke? ¿Qué me hicieron? —De repente, una oleada de vértigo la hizo balancearse y se mordió el labio. Sasuke alargó el brazo para evitar que se cayera—. Me dieron algo. Ahora me acuerdo. Al principio no quería tomarlo, pero pasado cierto tiempo me daba igual. En cierto modo, empezó a gustarme.

—Era una droga —le explicó Sasuke, que le pasó un brazo por detrás de las rodillas y la levantó para llevarla de vuelta a la cama—. Con el tiempo se te pasarán los efectos.

—¿Qué clase de droga?

—Opio. ¿La conoces?

—Se usa a veces para aliviar el dolor —contestó con el entrecejo fruncido—. Debería haber sospechado algo así. Debería haberme imaginado qué era. Me habría resistido más.

—No pensabas con claridad. Y no podrías habérselo impedido aunque lo hubieras intentado. —La dejó sobre el colchón de plumas, la ayudó a meterse bajo las sábanas y la tapó hasta el mentón.

—¿Dónde estamos?

—En mi pabellón de caza. Es imposible de encontrar a no ser que sepas dónde buscarlo. Aquí estarás a salvo hasta que te libremos de Dunstan.

El tambor que le retumbaba en la cabeza sonó con más fuerza y Sakura volvió a sentir náuseas.

—Sé lo que hace el opio en pequeñas dosis. No sé lo que le sucede a alguien que ha tomado tanto como yo.

—Naruto dice que tu cuerpo necesitará la droga —le informó Sasuke tras sentarse en la silla que había junto a la cama. Le miró las manos y vio que le temblaban—. Me parece que ya la necesitas.

—¿Quieres decir que me sentiré enferma? ¿Me pondré muy mal?

—Tendremos que esperar para saberlo. —Se encogió de hombros—. No sé demasiado sobre estas cosas.

—Oh, Dios mío. Ya te he causado tantas molestias...

—No es ninguna molestia. Y pronto estarás tan fuerte como antes.

Sakura sacudió la cabeza, que seguía doliéndole como si le golpearan con un ariete en su interior.

—Quizá tengas suerte —añadió Sasuke con una mirada de ánimo que le dio a ella algo de esperanza.

Era una persona sana. Tal vez su cuerpo eliminaría la droga sin demasiados problemas.

Pero no tuvo suerte y, a la mañana del día siguiente, estaba desesperada de dolor. Tenía el cuerpo bañado en sudor y el corazón le latía frenético. Jadeaba y sentía calor y frío sucesivamente. Le dolían los músculos, que se contraían. Estaba tan agitada que se retorcía en la cama sin poder estarse quieta.

Sasuke entró en el dormitorio varias veces, pero ella le pedía que se fuera, avergonzada de que la viera en ese estado. Unos minutos después, él regresaba con uno u otro pretexto y el semblante angustiado y reflejando lo que Sakura creía que podía ser una especie de rabia muy arraigada.

De nuevo volvió a llamar a la puerta y la abrió sin esperar el consentimiento, al suponer acertadamente que no se lo daría.

—Tengo una taza de caldo para ti. Kiba lo ha traído con algo de pan y carne. Lo siento, pero no sé cocinar nada de nada. —Bajó la mirada a la taza, por la que ella no mostró el menor interés—. Tal vez podrías tomar un poquito.

Sakura sacudió la cabeza. El estómago se le revolvía de sólo pensarlo, pero el marqués no le prestó atención, se sentó en el borde de la cama y le puso la taza en los labios. Sakura apartó la cabeza. El vapor del caldo provocó que le empezara a gotear la nariz. Sorbió primero y después se secó con la manga del camisón. Estaba colorada de vergüenza.

Sasuke no hizo caso y se limitó a tomar un pañuelo del cajón superior de la cómoda, se lo entregó y esperó a que se sonara.

—Márchate, por favor.

—No estás en condiciones de quedarte sola.

Empezó una nueva tanda de escalofríos, que le sacudían el cuerpo con tal fuerza que apenas le permitían hablar.

—Estaré bi-bien en cuanto elimine la droga. Tú mi-mismo lo dijiste.

—Seguro que sí.

—Entonces, déja-jame sola, por favor.

Sasuke se dio la vuelta, con los puños cerrados.

—Malditos sean. Malditos sean todos ellos. —Se dirigió a la puerta, la abrió y la cerró con fuerza tras de sí.

Sakura se acurrucó acercándose las rodillas al mentón. Su cuerpo se retorcía espasmódicamente y los escalofríos volvieron con más fuerza. Esta vez ni siquiera el montón de mantas que el marqués le había colocado encima bastaba para mantenerla caliente. Le castañeteaban los dientes tan fuerte que estaba segura de que ese ruido fue lo que a él le hizo subir de nuevo.

La puerta se abrió y entró Sasuke. Frunció el entrecejo al verla tiritando en la cama.

—Te estás helando. Maldita sea, sabía que tenía que haberme quedado contigo.

—Te-tengo ma-mantas como para to-todo un regimiento de soldados. No pa-parecen servir de nada.

Sasuke reflexionó un momento. Después, se acercó a ella, se sentó en la cama y se quitó las altas botas negras.

—¿Qué esta-tás haciendo?

—Darte calor, pero tendrás que moverte un poco para que pueda meterme en la cama.

Sakura empezó a protestar. No le parecía correcto dejar meterse a un hombre en su cama, sobre todo alguien tan atractivo como el marqués de Litchfield. Pero otra tanda de escalofríos la sacudió y Sasuke no le dio opción alguna; le instó con firmeza a desplazarse hacia el otro lado de la cama al tiempo que levantaba las sábanas y se acostaba junto a ella. Incluso a través de la camisa de lino y los ceñidos pantalones negros, Sakura notaba el calor y la consistencia de aquel cuerpo. Litchfield pasó un brazo por debajo de ella, la envolvió con su calor y su figura alta y delgada y tiró de las mantas para taparse ambos. Sakura no había estado nunca tan cerca de un hombre, nunca tan apretada a uno de ellos. Estaba segura de que pocos hombres habría tan bien formados, tan bien musculados. Notaba el endurecido relieve de los músculos sobre las costillas y la plana hendedura del estómago. Los muy nervudos muslos presionaban los suyos y la musculatura de los brazos y los hombros se abultaba cada vez que él se movía. A pesar de lo enferma que se encontraba, aquella sensación provocó en ella un escalofrío de placer y se preguntó qué aspecto tendrían esos músculos libres de la ropa.

Era un pensamiento no deseado, así que lo reprimió para concentrarse en el calor que emanaba de ese cuerpo. En unos minutos, las convulsiones empezaron a ceder. Se dio cuenta de que estaba cansada, exhausta. Le pesaban los párpados, hinchados, y se le fueron cerrando hasta que se durmió.

Y soñó. Veía imágenes. Viajaba en el carruaje del marqués, sentada en su regazo mientras el vehículo rodaba con gran estrépito. Se vio pidiéndole que la besara no una vez, sino sin cesar. El sueño cambió y Sasuke la desnudaba y la metía en una bañera llena de agua caliente, enjabonaba una toalla y se la pasaba por el cuerpo. Soñó que la llevaba arriba y la dejaba en la cama. En el sueño, la besaba por fin, apoderándose de su boca, y le acariciaba con suavidad un seno.

La invadió una espiral de calor que se asentó en el bajo vientre. Se despertó sobresaltada, con la cabeza llena aun de imágenes inconexas. Sasuke ya no estaba a su lado ni en la habitación. Tomó aire para tranquilizarse, todavía débil y algo aturdida, aunque parecía que la mayor parte de los efectos secundarios de la droga habían desaparecido. Se levantó con las extremidades pesadas y los párpados como arenosos.

Se puso la bata de seda que encontró a los pies de la cama, se lavó la cara, deshizo la trenza y se cepilló el pelo, aunque el revoltijo de ideas no desapareció.

«Sólo es un sueño» —se dijo—. «Quítatelo de la cabeza.»

Pero algo se lo impedía y, de repente, supo qué. Con repentina claridad comprendió que no era un sueño.

¡Era un recuerdo!

Un recuerdo dulce y cálido.

Un recuerdo de lo más embarazoso. ¡Por Dios!

Unos minutos después le oyó subir las escaleras y su cuerpo se tensó. La terrible idea le vino a la cabeza: le había pedido que la besara y él la complació. ¡Por Dios!, ¿Qué más habían hecho?

Litchfield llamó a la puerta, pero no entró, sino que esperó pacientemente a que lo invitara. Sakura se tragó la inquietud y abrió la puerta. Se sonrojó al verlo.

Iba vestido con unos pantalones ceñidos y una camisa blanca de manga larga, con volantes en los puños y en la pechera. Llevaba los cabellos oscuros sin empolvar, como de costumbre, y recogidos detrás con un lazo negro.

La observó y se percató del color que teñía sus mejillas, del cabello, cepillado y recogido con una cinta amarilla que había encontrado en el tocador.

—¿Cómo te encuentras?

Sakura desvió la mirada, pensando en su beso, incapaz de mirarlo a la cara. Era primera hora de la mañana y por la ventana se veía los rayos del sol atravesando las agujas de los árboles de hoja perenne del bosque.

—¿Cómo me encuentro? —Le costó lograr que las palabras le salieran suaves—. Como si me hubiera atropellado un carro lleno de carga. Aparte de eso, estoy bien. —Se obligó a mirarlo y vio que sonreía un poco.

—Me parece que estás mejor. ¿Te apetece comer algo?

En ese momento le sonaron las tripas. Al parecer, sí se encontraba mejor.

—Muy bien. Siempre que no sea nada fuerte —aceptó.

—¿Unas gachas de avena y una taza de chocolate caliente? La madre de Kiba es muy buena cocinera.

Ella asintió con la cabeza, pero desvió de nuevo la mirada. Litchfield se marchó y volvió unos minutos más tarde con una bandeja, que dejó en la mesa que había junto a la cama. Del cuenco con las gachas salía humo y el chocolate parecía sabroso y espeso.

—Ven. Siéntate en la silla y come. —Alargó la mano en su dirección, pero Sakura se alejó—. ¿Qué pasa? ¿Qué tienes? —preguntó Sasuke con el entrecejo fruncido.

Lo miró a los ojos pensando en el beso, avergonzada, aunque decidida a saber qué más pasó que pudiera habérsele borrado de la memoria.

—Me besaste, ¿verdad? La noche en que me trajiste de Saint Bart.

—Así que por fin te acuerdas —dijo él, con los pómulos colorados.

—Recuerdo que te pedí que me besaras, así que supongo que fue culpa mía, no tuya.

—No seas ridícula —soltó con los labios apretados en un gesto de autorreproche—. No fue culpa tuya. Estabas drogada; no eras tú. La culpa es mía y te pido perdón. No quería aprovecharme. No sé cómo, pero sucedió.

Sakura se mordió el labio inferior, temerosa de preguntar más.

—No... No hicimos nada más, ¿verdad? —quiso saber.

—¡Por Dios, no! No creerás que yo...

—¡No! No quería decir eso. Es que pensé... No estaba segura de lo que podría haberte animado a hacer.

—No niego que me siento atraído por ti, Sakura —confesó Sasuke, mirando a otro lado—. Pero supongo que sabes que no haría nada que pudiera lastimarte.

Sakura suspiró y se sentó en la silla junto a la cama. Se sentía mejor, segura de que el marqués era el caballero que ella creía. Al recordar su habitual control, sintió cierta satisfacción por haber conseguido tentarlo.

—Lo siento —se excusó—. Me parece que todavía no pienso con mucha claridad.

Él pareció satisfecho con eso y volvió a sonreír.

—Te he hecho traer las cosas aquí, la ropa que llevabas cuando estabas en el castillo.

—Gracias.

—Ahora que ya te encuentras mejor, volveré a casa. Enviaré a alguien para que te cocine y te sirva de doncella, alguien de confianza. Nadie te encontrará aquí. Estarás a salvo hasta que descubramos un modo de librarte del control de tu tío.

Estaba fuera de Saint Bart y, por lo menos de momento, a salvo gracias al marqués de Litchfield. Entonces, ¿por qué se sentía triste? Porque Sasuke se iba. ¡Por Dios, quería que se quedara! «No niego que me siento atraído por ti, Sakura.» Y lo cierto era que ella se sentía muy atraída por él.

Quizá sí estaba un poco loca. Ese hombre no era para ella; estaba comprometido con otra persona. Y aunque no lo estuviera, no estaban hechos el uno para el otro. Sasuke desaprobaba todo aquello en lo que ella creía, todo aquello por lo que había trabajado.

—Te estoy muy agradecida por todo lo que haces por mí. No podré pagarte nunca tanta generosidad.

—Verte a salvo es suficiente. —Sonrió—. Sin embargo, quizá quieras darle las gracias al duque de Carlyle cuando todo haya terminado. Fue suyo el plan y su ayuda me permitió sacarte de ese sitio, con no poco riesgo para él.

—Y no poco riesgo para ti —concluyó Sakura en voz baja, con la certeza de que era verdad y dándose cuenta por primera vez del peligro que debieron de correr—. Podrían haberos detenido o quizás incluso matado.

—Bueno, no fue así y tú estás a salvo —replicó Sasuke sonriendo de ese modo suyo tan desconcertante. Después lanzó una mirada a la bandeja de comida—. Y ya estás casi recuperada, lo que significa que deberías tomarte el desayuno antes de que se enfríe.

Sakura asintió en silencio, tomó la cuchara y empezó a remover las gachas.

—Si no necesitas nada más, me iré. Kiba está aquí. Trabajará fuera. Si necesitas algo, díselo. Te enviaré una sirvienta en cuanto pueda organizarlo sin peligro —agregó Litchfield.

Ella se sirvió chocolate en una tacita de porcelana.

—¿Cuándo volveré a verte? —preguntó, con los ojos puestos en la taza, y, acto seguido, levantó la vista—. Quiero decir..., esto está bastante alejado y estaré muy sola. Tal vez podrías visitarme de vez en cuando.

—Seguro que mi tía vendrá en cuanto regrese de Londres. Y yo me pasaré por aquí cada dos días.

Sintió un alivio enorme. Era sorprendente cuanto. Tomó un sorbo de chocolate, agradecida por tener algo con que disimular.

—¿Cuánto tiempo crees que llevará solucionar el asunto de mi tío?

Sasuke suspiró antes de contestar:

—Me temo que podría ser bastante. Lo siento, pero las cosas están así.

Sakura volvió a asentir en silencio. Pasara lo que pasara, estaba libre y pensaba seguir así. Pero el peligro al que se habían enfrentado sus dos protectores le recordó el peligro al que ella seguía enfrentándose cada día. Si su tío la encontraba, como la otra vez...

Se estremeció al pensarlo.

No podía permitirse esperar a que el destino se desviara en su dirección. Ya había seguido antes ese camino. Esta vez, tenía intención de agarrar al destino y llevarlo, aunque fuera a rastras, por el sendero que le permitiera seguir a salvo.

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Ashina Tatsushiro estaba frenética. Primero, su prometido salía corriendo para Londres, como alma que lleva el diablo, tras Sakura Haru. No, no Sakura Haru, sino lady Sakura Haruno; no una plebeya, sino una aristócrata. Ashina casi se desvanecía al pensar cómo esa mujer los había engañado. ¡Que Dios los protegiera de Sakura Haruno; era una enferma mental que había escapado del manicomio de Saint Bart!

Ahora que lord Litchfield había vuelto y estaba tan sumido en un negocio secreto, apenas le dedicaba una mirada. Era frustrante. Era aterrador. Ashina estaba segura de que lo perdía por momentos, y esa mujer terrible era la causa.

Había oído contar la historia. La doncella de su madre, Ino Yamanaka, era amiga de una de las sirvientas que trabajaba en el castillo de Running. Para ganarse el favor de la baronesa, y por unos cuantos chelines más en la paga, Ino se dedicaba a contar los chismorreos que oía en el castillo desde el compromiso de Ashina, y hacía poco que había revelado uno bastante sabroso.

—No se lo va a creer, milady —contó Ino, cuyos ojos abiertos como platos recordaban los del juego de té que la baronesa tenía sobre la mesa—. Fue un escándalo. La casa, plagada de policías; su Excelencia, gritando, ordenándoles que se fueran. Le dijeron que la chica era peligrosa, eso es lo que dijeron. Que había intentado matar a su prima, la hija del conde de Dunstan. Después se la llevaron a Saint Bart, de vuelta al manicomio, y fue despotricando como una loca todo el rato.

Eso había sucedido hacía más de tres semanas. Esa misma noche, Sasuke se marchó a Londres y acababa de regresar. Desde entonces, Ashina sólo lo había visto una vez y, aparte de unas cuantas palabras para asegurarle que lady Sakura no era la mujer demente que se decía por ahí, se negó en rotundo a hablar de ese tema.

Y ahora había más malas noticias.

—No me lo puedo creer, mamá. Debe de haber un error. —Ashina recorría de un lado a otro la habitación donde la baronesa estaba sentada ante un escritorio francés ordenando invitaciones de boda grabadas que ya llevaban escrita la dirección, a punto para ser enviadas.

—Estoy segura de que es verdad —sostuvo su madre—. Ino dijo que dos hombres fueron ayer al castillo. Le contaron al marqués que unos forajidos entraron en Saint Bart y secuestraron a lady Sakura. Dijeron estar preocupados por la seguridad de esa mujer en manos de unos desconocidos y le preguntaron al marqués si sabía algo que pudiera ser de ayuda o si tenía idea de dónde podían haber ido.

—¿Cómo iba a saber el marqués algo así? ¿Y quién iba a secuestrar a una loca?

—Pues no lo sé. Pero estoy muy decepcionada. Desapruebo totalmente la implicación de su Excelencia, por pequeña que sea, en un asunto tan escandaloso. Tu padre y yo tuvimos una larga conversación al respecto esta mañana.

Ashina se detuvo ante el gran espejo dorado, situado sobre la chimenea, para comprobar su aspecto.

—¿Y? —Se enderezó el miriñaque de ballenas bajo la falda de seda de color melocotón, que tenía la longitud exacta para dejar ver un poco las medias.

—Y tu padre está de acuerdo en investigar el asunto, con discreción por supuesto. Si el marqués tiene algo que ver con la desaparición de lady Sakura...

Ashina inspiró con tal brusquedad que su madre se interrumpió a media frase.

—¿No estarás sugiriendo...? Papá y tú no creeréis que el marqués está detrás del secuestro de lady Sakura, ¿verdad? ¿Por qué iba a hacer tal cosa?

—No estoy diciendo que sea el responsable. Pero no cabe duda de que se opuso a que la encerraran.

—Te equivocas, madre. Sasuke no se involucraría en algo así —aseguró, pero lo cierto era que no estaba segura.

¿Qué sabía ella en realidad del marqués de Litchfield? Aparte de que era guapo, rico y noble, que era el soltero más codiciado de Londres y que casarse con él la convertiría en la envidia de todas las mujeres de la sociedad, apenas sabía nada de su prometido.

—Sea como sea —dijo su madre—, pronto sabremos la verdad. Tu padre le ha encargado a un agente de Bow Street que averigue los detalles del asunto. El barón hará lo que sea necesario para proteger tu nombre y el de tu futuro marido.

Ashina se relajó un poco al oír eso. Sabía que sus padres deseaban ese matrimonio. Su padre admiraba al marqués y quería que ella gozara de los lujos que un aristócrata noble y rico le proporcionaría. Su madre anhelaba el prestigio que ganaría cuando su hija se casara con un hombre así.

Fueran cuales fueran las razones, sus padres se encargarían del problema, como siempre. Ashina podía volver a concentrarse en la lectura del libro para chicas que estaba de moda, confiando en que todo saldría bien.

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Hanare Uchiha de Senju bajó del carruaje particular negro y sin distintivos que se detuvo ante el pabellón de caza de Sasuke. Había dado sólo dos pasos cuando la puerta se abrió de par en par y Sakura Haruno se precipitó al exterior.

Hana se limitó a abrir los brazos y, sin un momento de duda, Sakura se arrojó en ellos.

—¡Me alegro tanto de verla! —exclamó con un abrazo tan fuerte que a Hana se le saltaron las lágrimas—. Sasuke..., quiero decir, el marqués me dijo que usted vendría, pero yo no estaba segura.

—No seas tonta. Cómo no iba a venir. —Se dirigieron a la casa agarradas del brazo—. Lo habría hecho antes. En realidad, todavía estoy enfadada porque mi sobrino no me contó que tenía intención de hacerte desaparecer.

Sakura sonrió. Tenía un aspecto saludable, con las mejillas sonrosadas. Ya no estaba pálida y lánguida por los efectos de la droga que Sasuke le había descrito.

—No olvidaré nunca lo que el marqués ha hecho por mí.

«Ni mi sobrino podrá olvidarte con facilidad», pensó Hana recordando los esfuerzos decididos de Sasuke por ayudarla y la preocupación constante que trataba de ocultar. Siempre fue un hombre bondadoso, muy leal con quienes consideraba amigos, pero Hana no lo había visto nunca como entonces.

En el interior del acogedor pabellón, Sakura le indicó con un gesto el sofá que había delante de la chimenea.

—Desde su regreso al castillo, el marqués ha estado en contacto constante con su abogado —le contó Hana—. Kakashi Hatake es un hombre muy competente.

—¿Lo conoce?

Hana sintió que un calor inesperado le subía a las mejillas.

—Lo conocí cuando yo era joven. No lo había visto en años. La semana pasada vino al castillo a comentar el asunto de tu tutela.

Y seguía tan atractivo como siempre. Más aun, quizás, una vez desaparecida ya mucho tiempo antes la locura de la juventud y con ese toque plateado en los cabellos. No tenía nada de la timidez juvenil tan característica de él cuando era un muchacho. Kakashi Hatake era un hombre decidido, competente y, sin lugar a dudas, atractivo.

Tal vez fuera la forma en que él la miró lo que hizo que Hana se diera cuenta de ello: como si todavía fuera una mujer apetecible, atractiva. La molestaba pensar que ella había respondido a esa mirada, ya que Kakashi estaba casado.

—Póngase cómoda, tía Hana. Le prepararé un té. —Sakura se inclinó para llenar una tetera de la olla de agua hirviendo que colgaba de un gancho sobre el fuego—. Mientras tanto, puede contarme qué progresos hacen los hombres.

—No muchos, me temo. —Hana suspiró—. Todas las vías legales parecen bloqueadas, o lo están en cuanto las descubren. Tu tío es un hombre muy poderoso.

Un escalofrío recorrió la complexión esbelta de Sakura aunque la habitación estaba bien caldeada. Lanzó un puñado de hojas de té en la tetera de cerámica y volvió a poner la tapa para dejarlas reposar.

—El conde dispone de mi dinero a su antojo, y hay mucho. ¿Tiene idea lord Litchfield de lo que podríamos hacer?

—Está frustrado, te lo aseguro. —Hana se inclinó para tomar la taza de té humeante que Sakura le había servido—. Pero no va a abandonar.

Sakura suspiró a su vez y se hundió junto a ella en el sofá, con una taza de té en el regazo.

—Me siento inútil. No puedo quedarme parada sin hacer nada ni puedo vivir aquí eternamente. Tarde o temprano, mi tío averiguará dónde estoy. Cuando eso suceda... —Sakura no terminó la frase. Lo que hizo fue quedarse mirando las llamas de la chimenea.

Hana lo sentía mucho por ella. No podía ni imaginar las cosas terribles que Sakura habría sufrido en un lugar como Saint Bart. Pero Sasuke le había contado algo de lo que vio y era más que suficiente. Dejó la taza en la mesa, frente al sofá, alargó el brazo y tomó la mano de Sakura.

—No desfallezcas, querida. El marqués encontrará el modo de ayudarte. No abandonará hasta lograrlo.

Sakura trató de sonreír, pero su rostro había palidecido de repente.

—No sabe usted cómo era estar ahí dentro —dijo—. No volveré. Nunca. Cueste lo que cueste. Haré lo que sea para protegerme.

—Sasuke encontrará la forma —aseguró Hana con firmeza, apretándole cariñosamente la mano.

Pero, por mucho que quería creerlo, no podía estar segura.