9

Sakura inspeccionó los pequeños dominios del pabellón y se aseguró de que todo se encontraba en orden para la visita que estaba a punto de llegar. Esa mañana, Kiba Inuzuka le había comunicado que Sasuke iría a cenar con ella. Sería la primera vez que lo veía desde el día en que regresó al castillo.

Se agachó y levantó la pesada tapa de acero de la olla que colgaba sobre el fuego. La sirvienta que le había enviado el marqués, una muchacha llamada Kaede Yoshino, que era la hija del ama de llaves, había preparado un estofado de cordero, fruta, queso y pan recién hecho para la ocasión. Kaede se alojaba con la familia de Kiba en una casita en el bosque, no muy lejos, y volvería al pabellón por la mañana.

Aunque no era nada decoroso recibir sola al marqués, Sakura le dio permiso a la chica para retirarse pronto esa tarde. Había asuntos que quería comentar y quería hacerlo en privado. Además, en realidad ya no importaba. Su reputación quedó destruida el día que la recluyeron en Saint Bart. La poca que aún podía haber conservado acabó por los suelos junto con el camisón sucio la noche en que Sasuke la ayudó a bañarse.

Como siempre, Sakura se sonrojó al pensarlo. Y, muy en el fondo, sintió algo dulce y cálido que le hacía cosquillas en el estómago. Trató de convencerse de que era sólo la expectativa de recibir una visita tras tanto tiempo de reclusión, pero sabía que eso no era cierto. Aunque tía Hana había ido a verla y la duquesa de Carlyle le hizo una visita muy agradable e inesperada, echaba de menos la presencia del marqués más de lo que quería admitir.

Ansiaba ver a Litchfield y por mucho que lo intentara no era capaz de dominar sus nervios al pensar que iba a verlo pronto. Para estar lo más bonita posible, eligió un vestido de lana amarilla que le quedaba ajustado como un guante. Se recogió la trenza en un moño sobre la cabeza y se pellizcó las mejillas para darles color, suspirando por los días en que tenía colorete.

Se colocó un mechón de pelo en su sitio mientras comprobaba que el estofado no se quemara y esperó impaciente la llegada del marqués.

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Sasuke salió del castillo a última hora de la tarde para emprender el viaje de dos horas hasta el pabellón de caza. No veía a Sakura Haruno desde hacía casi una semana, desde su vuelta al castillo de Running. Su tía la había visitado, y Temari Namikaze fue a verla en cuanto Naruto le confesó haberla liberado de Saint Bart.

Según el duque, su impulsiva esposa se puso furiosa no por el papel que Naruto había desempeñado en la fuga de Sakura, sino porque había creído mejor actuar sin su ayuda.

Sasuke sonrió. Naruto tenía suerte de haber encontrado a una mujer así, alguien que encajara a la perfección con su temperamento voluble. Los gustos de Sasuke, sin embargo, iban en otra dirección. No quería una esposa obstinada, terca. Una mujer como Temari significaba demasiados problemas. Él quería una mujer de carácter dócil, obediente.

Y en menos de un mes tendría una. La boda estaba preparada y se habían enviado las invitaciones. Al principio, Ashina intentó convencerlo de que esperaran hasta después de primeros de año, hasta que llegara la primavera y empezara la temporada. Él se negó con educación, pero con firmeza. Quería llevar adelante el matrimonio y la cuestión de engendrar un heredero, y una vez elegida la que iba a cumplir la función de ser su esposa estaba a punto para llevarlo a cabo sin demora.

En realidad, sus necesidades físicas también pesaron en la decisión. Acostumbrado a dar rienda suelta a sus placeres tan a menudo como deseaba, ahora, con la boda tan próxima, se negaba a avergonzar a su prometida y a su familia arriesgándose a provocar habladurías con sus asuntos amorosos.

Los últimos días, tras los que había pasado en el pabellón, se hallaba más impaciente que nunca por celebrar la boda. Después de su reclusión con Sakura necesitaba una mujer; tenía la sangre más caliente de lo que recordaba haber tenido nunca. Gracias a Dios que en menos de tres semanas estaría casado y el problema se solucionaría.

Una imagen de su futura esposa le vino a la cabeza y sonrió. Ashina era una muchacha dulce, como un caramelo. Nunca había sentido pasión por la chica y sin duda no sentía por ella el deseo ardiente que sentía por Sakura Haruno, pero era joven y bonita y acostarse con ella no supondría ninguna carga, ni mucho menos.

Ashina era serena y estaba educada para ser una buena esposa. Tenía una reputación intachable y contaba con impecables antecedentes familiares. Se llevaría bien en sociedad y sería una marquesa muy adecuada. Le daría los hijos que necesitaba para asegurar el linaje de la familia, y él podría seguir con su vida como si nada hubiera cambiado demasiado.

Se enderezó en la silla de montar cuando una ráfaga de viento recorrió los árboles y levantó las hojas caídas del camino. Blade resopló y agitó la cabeza, de modo que su crin negra relució con el movimiento. Sasuke se inclinó hacia delante y pasó la mano enguantada por el cuello del animal.

—Tranquilo, chico, ya falta poco.

Estaban llegando al lugar del bosque que había procurado evitar desde su regreso al castillo. La culpa lo obligaba a volver, puesto que se lo prometió a Sakura.

Se había mantenido alejado por precaución.

Cada vez que pensaba en Sakura Haruno, veía su cuerpo esbelto y grácil desnudo junto a la bañera. Imaginaba los senos pequeños y en punta, el tacto de la piel suave bajo sus manos cuando la metió en el agua caliente, la cintura menuda y las piernas largas y torneadas. Recordaba cómo ella respondió a su beso, la dócil plenitud de los labios carnosos, el débil gemido de placer, el peso fascinante de uno de los pechos en su mano, la rigidez del pezón.

Cada vez que pensaba en Sakura, recordaba esas cosas y se excitaba.

Como en ese momento.

¡Maldición! Sasuke lanzó varios juramentos para sus adentros, mientras se acomodaba los pantalones negros intentado ignorar la ansiedad, tratando de encontrar cierta comodidad en su entrepierna, tan tensa y cargada. Era evidente que la deseaba. Por eso había permanecido alejado todo el tiempo posible.

Pero esa mañana la promesa que le hizo lo había impulsado a actuar. Rogaba que la doncella que envió al pabellón estuviera allí para que sirviera de acompañante y recordarle que no perdiera la cabeza.

Llegó al oscurecer y en las ventanas del pabellón de caza brillaba la luz tenue de unas velas. Siempre le había gustado esa casa de madera: una estructura sin pretensiones en una cañada aislada, donde podía desprenderse del boato de su posición, al menos por un tiempo. Cuando desmontó del caballo, vio la silueta de Sakura recortada en la ventana. Lo recibió en la puerta con una sonrisa que lo invitaba a entrar.

—Buenas noches, milord.

Los ojos de Sasuke la recorrieron de arriba abajo y captaron el tono sonrosado de las mejillas, el color saludable de la piel. Eso hizo surgir algunos recuerdos fastidiosos y su cuerpo se agitó, pero Sasuke los arrancó de raíz.

—Me alegro de verte, Sakura. Tienes muy buen aspecto.

—Me siento muy bien, gracias a ti —aseguró ruborizándose.

Sasuke agachó la cabeza para cruzar el umbral y entró, aspiró el aroma del pan recién hecho y de la carne cocida.

—No sé que tendrás en el fuego, pero huele delicioso. No me había dado cuenta hasta ahora de lo hambriento que estaba.

—Estofado de cordero y pan recién hecho. Una comida sencilla para lo que estás acostumbrado, pero para mí es el manjar de un rey.

Sasuke frunció el entrecejo al recordar cómo había vivido Sakura en Saint Bart.

—Me gustaría que estuvieras en el castillo. Pero, por ahora, me temo que tendrás que conformarte con esto.

Sakura sonrió y dijo:

—No me estoy quejando. Como he dicho, incluso esta vida sencilla me parece un lujo.

—Veo que tienes preparado el ajedrez —comentó Sasuke tras echar un vistazo a la mesa y las sillas situadas cerca del fuego—. Esperaba que pudiéramos jugar una partida.

—Tenía miedo que no te fuese posible quedarte hasta tan tarde.

Sabía que no debería. No, teniendo en cuenta que la encontraba sumamente atractiva. Ya sus manos ansiaban volver a acariciar esos senos pequeños y suaves, y empezó a excitarse. Se preguntó dónde estaría la doncella y se sorprendió deseando, contra todo sentido común, que hubiera terminado su jornada en la casa.

—No debería quedarme —confesó—. No es muy correcto estar aquí contigo, pero supongo que a estas alturas eso es discutible, y lo cierto es que echo de menos nuestras partidas.

Ella hizo una mueca sonriente y recitó:

—«De los placeres perdidos para no volver, qué doloroso es el recuerdo.»

Él se rió y comentó:

—Robert Blair. Ya veo que tus gustos abarcan obras más modernas, además de los clásicos griegos.

—Admito que leo casi de todo. Y por desgracia tengo una gran memoria para estas cosas.

—Yo diría que una memoria así debe de resultar útil con los textos médicos que tanto te interesan. —Como no habría hecho en casa, se quitó la chaqueta de montar y la dejó en una silla, de modo que se quedó en mangas de camisa—. Espero que no te importe. Me cuesta ser formal aquí.

—No me importa en absoluto. —Sonrió—. Y tienes razón, mi memoria me ha ido bien en mis estudios.

Sasuke no prosiguió con ese tema y ella pareció agradecerlo. No era una cuestión en la que estuvieran demasiado de acuerdo. En lugar de eso, él se sentó en una butaca de orejas mientras Sakura se acercaba a la chimenea para servir la comida.

—Cuéntame qué pasa con mi tío —le pidió hablando por encima del hombro—. ¿Has logrado algún progreso al respecto?

Al pensar en Dunstan, Sasuke tuvo que contener un taco fuerte.

—Ese hombre es indignante. Lo que haría para controlarte no tiene límites. Han venido policías a preguntarme cosas sobre tu desaparición y los jueces han advertido a mi abogado que retire nuestra solicitud para un cambio de tutela. Afirman que se opondrán a todo lo que presentemos ante los tribunales. He de admitir que no sé qué más puedo hacer.

A la luz de las llamas, vio cómo Sakura fruncía el entrecejo. El cucharón de estofado se quedó a medio camino, suspendido sobre la olla de hierro.

—Tal vez debería abandonar el país, irme a las Colonias —observó—. Podría empezar una nueva vida. No tendría que preocuparme de mi tío ni del poder que tiene sobre mí.

Sasuke se levantó de la butaca y cruzó la habitación hacia donde estaba ella. Detestaba darle más malas noticias. No quería inquietarla, pero era mejor que supiera la verdad.

—No estoy seguro de que pudieras irte aunque quisieras. Tu tío tiene hombres recorriendo el país. Todos los puertos están avisados. Saben que se busca a una mujer de tu descripción que podría intentar reservar un pasaje. Puede que ni el soborno bastara para garantizarte la huida.

—¿Ha llegado a tales extremos para encontrarme? —se sorprendió, y el color se desvaneció de sus mejillas a la vez que se le aflojaban los dedos y el cucharón caía dentro de la olla.

Sasuke le quitó el asa de las manos temblorosas y dejó la olla sobre la mesa.

—No tendría que habértelo dicho. Creí que querrías saberlo.

—Me alegro de que lo hicieras —afirmó Sakura tras tomar aire y enderezarse—. Tengo que saber la verdad si quiero protegerme. —Sin darse cuenta retorcía una punta del delantal que llevaba puesto sobre el bonito vestido amarillo—. No lo entiendo. ¿Por qué no deja que me vaya? Si me marchara del país...

—Tiene que tenerte bajo su control. Mientras seas libre, corre el riesgo de que la verdad salga a la luz, con lo que perdería el acceso a tu fortuna, por no decir nada del escándalo. Dunstan tiene aspiraciones políticas. No puede permitirse correr ese tipo de riesgo.

No añadió que su edad era otro factor a tener en cuenta. Una vez alcanzara la mayoría de edad a los veinticuatro años, si demostrara estar cuerda, su herencia pasaría de las manos de Dunstan a las suyas.

—Tengo que hacer algo. Tarde o temprano me encontrará. No puedo quedarme con los brazos cruzados esperando a que eso pase.

Sasuke alargó un brazo y le puso con suavidad la mano en el hombro.

—No pierdas la fe —dijo al notar que temblaba—. Tengo media docena de los mejores expertos legales de Inglaterra trabajando en esto. He contratado hombres para que investiguen a Dunstan. Averiguarán todos los detalles de su pasado y cualquier fechoría que esté cometiendo en la actualidad. Tarde o temprano, uno de ellos dará con algo que nos sirva.

—No puedo correr ese riesgo. —Sakura sacudió la cabeza—. Tengo que hacer algo. Tengo que encontrar un modo de protegerme.

Se volvió, no sin que él captara antes el brillo de las lágrimas. Le tomó el mentón y le hizo girar la cabeza para que lo mirara. Tenía los ojos cerrados, pero con las pestañas, largas y tupidas, empapadas de gotitas. La preocupación que Sasuke sentía aumentó y se convirtió en una necesidad terrible de protegerla.

—Confía en mi ayuda. Si no encontramos algo pronto, veré el modo de sacarte del país.

Sakura asintió con la cabeza, pero su garganta se contrajo y las lágrimas le resbalaron por las mejillas. La estrechó entre sus brazos y ella descansó la cabeza en su hombro y apoyó sus gráciles dedos en la pechera de la camisa. Sasuke notaba el latido del corazón de Sakura, sentía el calor y las curvas femeninas, percibía el olor a rosas del jabón que ella había usado para lavarse la cabeza. El deseo se apoderó de él, presto y ardiente, y su cuerpo se tensó.

Quería quitarle el vestido amarillo, verla desnuda como aquella otra vez. Quería quitarle las horquillas del pelo, pasar los dedos por él, enterrar la cara en los brillantes mechones rosáceos y aspirar el aroma a rosas.

En lugar de eso, se apartó y usó el pulgar para secarle las lágrimas de las mejillas. Sin darse cuenta, bajó la mirada hacia la boca, una boca tan tierna, carnosa y sensual. Imaginó ese tono rubí oscureciéndose bajo la presión de su beso y se vio incapaz de apartar la mirada. Sakura debió de percatarse porque se humedeció la comisura de los labios con la lengua, y Sasuke gimió cuando el poco control que le quedaba se desvaneció como si nunca hubiese existido. Tenía que saborear esos labios. Se moriría si no lo hacía.

Se inclinó hacia ella, ladeó la cabeza y besó a Sakura sin dejar de estrecharla entre sus brazos. Fue un beso cuidadoso, una exploración tierna. Entonces, esos labios cálidos y carnosos se separaron bajo los suyos y Sasuke estuvo perdido. El deseo se apoderó de él con una fuerza arrolladora. Los músculos del estómago se le contrajeron y todo su cuerpo se puso rígido.

La besó con pasión, con fuerza. Su lengua se deslizó en el interior para saborearla más profundamente mientras movía su boca sobre la de ella, primero a un lado y después al otro. Sakura emitió un ruido sordo con la garganta y le rodeó el cuello con los brazos. Sasuke notó cómo se estremecía, sintió el contacto suave de los senos y un nuevo estallido de pasión le invadió la entrepierna.

Acarició las nalgas de Sakura y gimió en voz queda al contacto de unas formas redondeadas y tersas, la apretó con más fuerza contra su excitación y aumentó la fuerza del beso, incapaz de saciarse, ajeno a lo que lo rodeaba.

Sólo Dios sabe qué habría pasado en los siguientes instantes de no ser porque llamaron con suavidad a la puerta. Sasuke se apartó de Sakura como si se hubiera quemado y ella titubeó con los ojos medio entornados y la boca húmeda y rosada por el beso. Él la sujetó con un brazo y se maldijo por lo que había permitido que sucediera, mientras se esforzaba en recuperar el control.

—Quédate aquí. Veré quién es.

Sakura no dijo nada. Su atención estaba concentrada en la puerta y el brillo del deseo se había apagado en su semblante para quedar sustituido por una expresión de terror. Sasuke avanzó hacia la ventana, echó una ojeada al exterior y, al ver que sólo se trataba de Kiba Inuzuka, dio gracias a los dioses de la fortuna por su oportuna intervención.

Levantó el pasador y abrió la puerta.

—Hola, Kiba. ¿Qué pasa?

El muchacho daba vueltas, nervioso, al sombrero de fieltro marrón que tenía en las manos.

—Su tía me envió a buscarle —anunció mirando hacia donde estaba Sakura, que lo escuchaba muy tensa—. Unos hombres de la policía han ido a verle. Ella les dijo que estaba usted fuera, por un asunto de negocios, pero tiene miedo de que vuelvan y pensó que podría querer estar allí por si regresan.

—Ya lo creo. —Sasuke se volvió hacia Sakura, vibrando aún por el ardor no liberado y agradecido por la oportunidad de escapar—. Como al parecer tu doncella te ha abandonado, Kiba pasará la noche en los establos. No quiero que te quedes aquí sola.

Sakura asintió incómoda. Aunque tenía la cabeza alta, estaba muy colorada. Sabía, como él, que lo ocurrido entre ellos dos no tendría que haber sucedido. Sasuke maldijo para sus adentros. Pensaba que debería disculparse, pero ya lo había hecho antes y eso no le impidió repetir la falta.

Maldición. En lo que se refería a esa mujer, tal vez fuera él quien estaba loco.

—No tienes por qué preocuparte —le aseguró—. Te haré saber si hay algún problema. —Forzó una sonrisa—. Siento perderme el estofado.

Sakura no dijo nada. Se quedó allí de pie, con aspecto frágil y vacilante, y Sasuke volvió a maldecirse. Decidió que se mantendría alejado del pabellón de caza.

Tendría que hacerlo por el bien de ambos.

Mientras tanto, se ocuparía de los policías.

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Sakura pasó una noche atormentada, llena de sueños agotadores del pasado y de terror por lo que podría depararle el futuro. Se despertaba con cada sonido, segura de que los policías la habían encontrado, deseando tener algún modo de protegerse si lo hacían. Cuando no tenía miedo, pensaba en Sasuke, dividida entre reprenderse a sí misma por lo que había hecho y lamentar que su encuentro hubiera finalizado tan pronto. El recuerdo de los besos ardientes y apasionados del marqués se sumaba a sus temores, y amaneció más tensa y consumida, más exhausta que cuando se marchó a dormir.

Hasta última hora de la tarde siguiente no llegó una nota de Sasuke. Afirmaba que los policías sólo querían preguntar algunas cosas más. No tenían idea de dónde estaba ella, aunque seguían buscándola.

«Estás a salvo, Sakura» —finalizaba la nota—. «No tienes por qué tener miedo.»

Pero tenía motivos más que suficientes para estar asustada y ella lo sabía. Estaba más desesperada que nunca por encontrar un modo de protegerse y, después de la última y apasionada visita del marqués, se le había ocurrido un plan.

Al principio pensó que lo mejor era decírselo, rogarle que la ayudara; seguro que aceptaría. Pero cuanto más vueltas le daba más se convencía de que jamás accedería a algo así. Era demasiado arriesgado. Demasiado temerario. Demasiado insensato.

Y también era total y claramente egoísta. No podía esperar que el marqués de Litchfield cancelara su boda para casarse con otra persona, aunque esa unión fuera a durar sólo un año. Y no sería un matrimonio tan simple porque, a no ser que una autoridad superior lo obligara a ello, su tío no daría nunca su permiso.

Recorrió una y otra vez la estancia de un lado a otro procurando convencerse de que era mejor olvidar esa idea. Sasuke no accedería nunca y sin su consentimiento aquello era impensable. Plantearse siquiera la posibilidad de traicionar al único hombre en quien podía confiar, un hombre que se había arriesgado por ella y que seguía haciéndolo día tras día para protegerla, resultaba de lo más despreciable.

Su conciencia le advertía que rechazara la idea, que permaneciera oculta y rogara que Sasuke descubriera un modo de ayudarla o de que no la encontraran.

Casi se había convencido a sí misma cuando Kiba Inuzuka llegó corriendo y golpeó como un loco la puerta con los puños.

—¡Los he visto, milady! ¡Los he visto en el pueblo!

Sakura abrió de inmediato.

—Por el amor de Dios, Kiba, ¿de qué estás hablando?

—De los hombres de la policía, milady. Los he visto en Gorsham preguntando cosas sobre usted.

—¡Oh, Dios mío!

—Están insistiendo mucho para obtener información. Allí nadie sabe donde está usted, claro, pero pensé que querría saberlo.

Sakura tragó saliva. Por supueso que quería saberlo. Las piernas empezaron a temblarle bajo la falda.

Kiba apretó el ala de su sombrero de fieltro marrón.

—Vigilaré bien, milady, no se preocupe. Si veo señal de que vienen hacia aquí, correré a avisarla. Podrá esconderse en el bosque hasta que traiga a su Excelencia.

—Gracias, Kiba —dijo Sakura tras humedecerse los labios, que tenía secos como la arena del desierto—. Has hecho muy bien.

El muchacho asintió con la cabeza y echó a correr hacia los árboles. Sakura cerró la puerta y se apoyó en ella con los ojos cerrados y el cuerpo tembloroso. Si antes ya estaba asustada, ahora sentía terror. Si cerraba los ojos, casi podía oír la risa lasciva de los guardias cuando le quitaban la ropa. En cualquier momento llegarían las autoridades al pabellón. La llevarían otra vez a ese sitio horrible y no podía hacer nada para evitarlo.

Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero las contuvo. No iba a quedarse con los brazos cruzados y permitir que la destruyeran. Esta vez se protegería. El plan que había medio tramado acudió a su mente con una fuerza inusitada y en ese instante supo lo que tenía que hacer.

Corría más peligro que nunca y se le acababa el tiempo. Antes de cambiar de idea, fue al aparador y abrió el cajón de abajo. Sacó pluma y tintero y varios pliegos de papel, se sentó a la mesa situada a un lado del salón y empezó a escribir la carta que había redactado mentalmente esa mañana. Le temblaba la mano y eso le hizo derramar gotas de tinta en la hoja.

Inspiró varias veces para tranquilizarse y empezó de nuevo, procurando que los rasgos de su escritura fueran amplios y enérgicos, a diferencia de los suyos habituales, más delicados. Escribía a un hombre que tiempo atrás fuera amigo de su padre, el obispo Homura Mitokado.

Aunque el obispo se creyó la historia de su tío cuando a ella la enviaron al hospital y se negó por desgracia a interceder en su favor, era un hombre de principios y una figura muy respetada en la Iglesia. Ostentaba uno de los veinticuatro asientos de los obispos en la Cámara de los Lores y tenía influencia entre todos los miembros de la nobleza.

Aparte de ser inflexible en sus creencias, el obispo era uno de los pocos hombres con poder suficiente para imponer su voluntad al duque de Dunstan. Sakura terminó la misiva, devolvió la pluma al tintero y la leyó:

Os escribo, obispo Homura, porque me he enterado de que fuisteis un buen amigo del difunto conde de Milford. Si deseáis ayudar a lady Sakura Haruno, llevad a su tío, lord Dunstan, a la aldea de Gorsham la noche del 20 de noviembre. En el bosque de Wealden se encuentra un pabellón de caza aislado, a un kilómetro de la carretera que conduce al pueblo. La encontraréis ahí a las diez en punto con el hombre responsable de su secuestro. En recuerdo de la amistad que os unía a su padre, no permitáis que Dunstan vaya a buscarla solo.

Sakura se tragó el miedo que acallaba su sentimiento de culpa. Si su plan funcionaba, el obispo viajaría a Gorsham con el conde y sus hombres. Llegarían al pabellón alrededor de las diez y encontrarían a lord Litchfield en una situación comprometedora con lady Sakura Haruno.

Esperaba que, con los esfuerzos recientes del marqués por liberarla de Saint Bart, su insistencia en que no estaba loca y el hecho de que ella era pura, el obispo insistiría en que Sasuke se casara con ella.

Y si su tío se negaba a permitir la unión se vería tan acabado ante los ojos de la sociedad como lo estaría el marqués de Litchfield.

Dobló la nota y la selló con una gota de lacre. Pediría a Kiba Inuzuka que pagara a uno de los chicos del pueblo para que la entregara.

Miró la carta y un escalofrío de terror le recorrió el cuerpo. Lo arriesgaba todo en la posibilidad más extrema. Si no salía bien, volvería a Saint Bart o a algún sitio peor, si eso era posible.

Pero si salía bien sería libre.

Reflexionó de nuevo sobre los términos de la custodia que la habían inspirado a tomar esa iniciativa: una cláusula que la liberaba del control de su tío en el caso de contraer matrimonio. Lo hubiera hecho años atrás para escapar del conde, pero como la herencia pasaría al marido, su tío no habría dado jamás su consentimiento.

Si el plan salía bien, no tendría más remedio.

Era un esquema brillante, suponiendo que funcionara.

Sasuke era la mosca en el pastel. No quería herirlo. Era un buen hombre, el amigo más leal que había tenido nunca. No quería involucrarlo en su vida más de lo que ya lo estaba, pero tenía a los policías prácticamente en la puerta y, cada día que pasaba, su tío se encontraba más cerca de encontrarla. Y cuando así fuera, y la enviaran de nuevo al manicomio, su vida terminaría.

Su conciencia entraba en conflicto con sus sentimientos hacia Sasuke, sentimientos que, lo confesaba, eran mucho más profundos que los de una amistad; pero racionalizó su propio papel en la destrucción de la vida que el marqués se había organizado con tanto cuidado. No estaba enamorado de Ashina Tatsushiro, al menos a ella le daba esa impresión. El beso apasionado de la noche anterior no era el de un hombre enamorado de otra mujer.

De todos modos, aunque lo estuviera, en menos de un año Sakura cumpliría los veintiuno, la edad legal para casarse sin el consentimiento de su tío. Sasuke podría obtener la anulación y ambos serían libres para casarse con quien quisieran. Con el atractivo de su herencia, Sakura no tendría dificultad en encontrar un hombre más adecuado con el que casarse.

Aun así, era un plan complejo y podían salir mal muchas cosas. Rogaba que no.

Le vino a la cabeza una imagen de Sasuke en una de sus diatribas y una punzada de miedo le recorrió la espalda. Se enfadaría; mejor dicho, se pondría furioso. Pero, una vez ejecutado el plan, seguro que ella lograría encontrar un modo de convencerlo para que la perdonara. Sin duda lo haría cuando se diera cuenta de que, más adelante, le sería posible volver a la vida que había planeado.

Mientras tanto, lo único que Sakura tenía que hacer era pensar en cómo atraer al marqués al pabellón la noche del 20 de noviembre. Cuando estuviera ahí, encontraría la forma de seducirlo o, por lo menos, de lograr que llegara lo suficientemente lejos en ese sentido para que pareciera convincente.

Su piel se estremeció con una extraña sensación de cosquilleo. Sakura se dijo a sí misma que era miedo y no la expectativa de lo que la esperaba.

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Tras el escritorio de su estudio, Sandayū Asama, conde de Dunstan, releyó por última vez la nota que el obispo le había entregado:

Os escribo, obispo Homura, porque me he enterado de que fuisteis un buen amigo del difunto conde de Milford. Si deseáis ayudar a lady Sakura Haruno, llevad a su tío, lord Dunstan, a la aldea de Gorsham la noche del 20 de noviembre. En el bosque de Wealden se encuentra un pabellón de caza aislado, a un kilómetro de la carretera que conduce al pueblo. La encontraréis ahí a las diez en punto con el hombre responsable de su secuestro. En recuerdo de la amistad que os unía a su padre, no permitáis que Dunstan vaya a buscarla solo.

Examinó la escritura enérgica, algo irregular, y se preguntó quién la habría redactado, aunque no le importaba lo más mínimo. Por fin, su búsqueda implacable había dado frutos. En cuestión de días, recuperaría a su exasperante sobrina, desaparecida desde hacía tanto tiempo. Una vez la tuviera en su poder, lo arreglaría de tal modo que sus problemas quedarían resueltos para siempre y sus intereses volverían a estar asegurados.

—¿Qué le parece, milord? —le preguntó el obispo Homura, un hombre majestuoso de cabellos plateados, que se levantó de la silla al otro lado de la mesa y apoyó en ella unas manos elegantes, con los huesos y las venas marcados bajo la piel.

Sandayū sonrió.

—Creo que habéis hecho un gran servicio al traerme esta carta —contestó—. Como podéis imaginar, estoy muy preocupado por la seguridad de Sakura.

—Así pues, ¿desea acompañarme, como sugiere la nota?

—¿Acompañaros? No hay ninguna necesidad de que os molestéis más. Saldré enseguida con un puñado de hombres y...

—Iré yo también, y seguiré las indicaciones del mensaje a rajatabla. Es nuestra mayor esperanza de encontrar a lady Sakura. Lord Milton fue un amigo muy querido. He sufrido muchas noches de insomnio debido a la decisión que tomó usted de enviar a esa joven a un lugar como Saint Bart. Sé que tenía sus motivos y, dadas las circunstancias, no los discuto. Pero le debo a mi mejor amigo hacer todo lo posible por su hija. Haré lo que pide la nota.

Dunstan apretó con fuerza la mandíbula. No quería la injerencia de aquel anciano, pero quizá tenía razón en lo de seguir las instrucciones de la nota. Llegar demasiado pronto podría asustar a su presa.

Suspiró para sus adentros. Sería mucho más fácil si pudiera matarla.

Por desgracia, si lo hacía, la herencia pasaría a unas primas, hijas del hermano menor del difunto conde. No, tenía que encontrar a la chica y encerrarla. Mientras estuviese loca y no muerta, él controlaría su dinero.

Se apartó los cabellos de la cara y se puso de pie para rodear el escritorio y situarse junto al obispo. Quizás esta vez, en lugar de enviarla a Saint Bart, pudiera encerrarla en una de las torres de Milford Park. Antes no había querido tomarse tal molestia, pero, si tenía en cuenta los problemas que Sakura le había causado, tal vez fuera la mejor solución. Con su sobrina cerca de su alcance, se aseguraría de que no se escapara y también de que siguiera con vida.

Por lo menos, durante cierto tiempo..., el suficiente para desviar el importe de su herencia sin que lo pillaran.

Sonrió al hombre alto y canoso que estaba de pie frente a él.

—Muy bien, obispo, actuaremos cómo digáis. Podéis pasar aquí la noche y saldremos por la mañana. Llegaremos al pueblo a primera hora de la noche siguiente, a punto para ir al pabellón a las diez en punto. Esperemos que quien envió la nota nos haya dado la información correcta.

—Muy bien, milord —asintió el obispo Homura, al parecer satisfecho con la decisión—. Ahora, si me dispensa, me gustaría retirarme.

—Por supuesto —dijo Sandayū—. Pediré al ama de llaves que prepare una habitación, y mi hija os acompañará arriba en cuanto esté a punto.

Observó cómo el obispo se alejaba con la espalda muy erguida. Era un hombre de dignidad y honor. Se había creído la historia de Dunstan y se horrorizó al pensar que la hija de su querido amigo estaba involucrada en algo que él consideraba muy cercano a la brujería.

Sandayū se reía por dentro al pensar qué diría la conciencia de ese anciano si supiera que los sufrimientos de la chica se debían a los prejuicios religiosos, a la incapacidad del obispo para ver las cosas más allá del ámbito de su querida Iglesia. Lo que cegó a aquel hombre fue el interés nada adecuado de Sakura por la medicina.

Y había sido lo bastante tonto para permitir que eso lo convenciera de una mentira bien inventada.