10

Hasta entonces, por lo que Sakura podía imaginar, su plan funcionaba según lo previsto. Solicitó una cita urgente con Sasuke para la noche del día 20 y recibió una nota en la que éste aceptaba ir. Llegaría a cenar a las ocho, como le había pedido. La respuesta decía que comentarían ese asunto que ella consideraba tan importante.

Por el tono de la nota era evidente que Sasuke no deseaba ir. Accedía a regañadientes. Sakura sabía que lo preocupaba que se repitiera lo sucedido con anterioridad, y con razón. Ella tenía intención de asegurarse de que fuera así.

¿Pero cómo iba a lograrlo?

¿Y hasta qué punto estaba dispuesta a llegar en su seducción?

«Hasta donde sea necesario», le decía una vocecita en su interior.

Era una idea incómoda, pero haría lo que tenía que hacer. Esperaba que su tío llegara mucho antes de que pasara nada.

La noche del 20 llegó como un viento lúgubre del norte que la enfrió con una gélida sensación de terror. Sakura caminaba arriba y abajo por el salón, con el vestido de seda de color malva ondeando alrededor de sus tobillos. La doncella, Kaede, lo había arreglado a petición suya; le bajó el escote cuadrado para dejar al descubierto más cantidad de pecho. No llevaba miriñaque, sólo la enagua y el corsé rígido de ballenas que hacía que sus senos adquirieran una tentadora forma redondeada sobre el corpiño escotado. Se había dejado el pelo suelto, sujeto a ambos lados de la cabeza con unas peinetas de concha.

Echó un vistazo al reloj de la pared, cuyo largo péndulo de metal oscilaba sin cesar a un lado y a otro. Las ocho y cuarto. Sasuke ya tendría que haber llegado; solía ser muy puntual. El marqués era un hombre de disciplina rigurosa y que se enorgullecía de una vida ordenada y precisa. Contempló el reloj, vio pasar los minutos y notó que el sudor empezaba a resbalarle entre los senos. Seguro que había pasado algo. ¿Cuál sería el motivo de la demora?

Se tiró de la cutícula del pulgar, tan nerviosa que le hacía encontrarse mal. Seguro que iría. Lo había prometido y jamás faltaba a su palabra. Trató de tranquilizarse, recordó lo importante que era que todo pareciera normal cuando él llegara, pero empezaron a temblarle las manos. Estaba hecha un manojo de nervios y no sabía si huir del pabellón, mientras todavía tuviera esa posibilidad, o rogar que Sasuke llegara antes de que fuese demasiado tarde.

Diez minutos después llegó, y Sakura a punto de llorar de alivio al verle entrar en la cañada y cruzar el patio para llevar a Blade al establo. Cuando por fin se presentó en la casa, ella casi había perdido el control. Esbozó una sonrisa, inspiró a fondo para calmarse y abrió la puerta en cuanto llamó.

—Mi caballo se clavó una piedra —le explicó sin más—. Cojeaba mucho. Tuve que caminar el último kilómetro y medio.

—Tenía miedo de que hubiera pasado algo. Pasa, por favor. Debes de estar muy cansado.

Sasuke entró con el entrecejo fruncido y Sakura notó que su pose denotaba cierta tensión.

—Sé que estás ocupado. Te agradezco que hayas venido.

—Dijiste que era importante. Por el tono de tu mensaje, no podía negarme. —Echó un vistazo a la habitación buscando a la doncella y Sakura se sonrojó un poco—. ¿Dónde está Kaede?

—Le he dado la noche libre —contestó tras humedecerse los labios, que tenía rígidos y secos—. Necesitaba hablar contigo en privado. Creí que era mejor que estuviéramos solos.

El marqués frunció aun más el entrecejo y apretó las mandíbulas. Sakura trató de sonreír, aunque no le salió demasiado bien.

—Sé que seguramente habrías preferido no venir, pero necesitaba verte. —Se acercó a la mesa, donde descansaba un jarro con cerveza junto a una jarra de peltre—. Debes de tener sed después de un viaje tan difícil. Tengo brandy y jerez. La madre de Kiba me envió la cerveza.

Sasuke soltó el aire con fuerza y se relajó un poco, o quizás aceptó que ya que estaba allí no podía irse sin ser un maleducado.

—Una jarra de cerveza me iría de maravilla.

Sakura llenó la jarra de peltre y se sirvió una copita de jerez. Tomó un buen sorbo con la esperanza de que la ayudara a relajarse.

—La cena está lista —anunció—. Podemos hablar después de comer.

Fue hacia la chimenea, donde se calentaban las empanadas de venado, pero Sasuke la detuvo a medio camino y la obligó a enfrentarse a él agarrándola por la muñeca.

—Quiero saber qué pasa. ¿Por qué me hiciste venir? ¿Qué era tan importante que casi insististe en que viniera? ¿De qué quieres hablar?

Sintió una opresión terrible. ¿Qué podría decir para que él se lo creyera? ¿Cómo se le ocurrió tratar de engañarlo? Tenía el estómago revuelto. Las cosas se estaban complicando y se le acababa el tiempo. No iba a conseguirlo, y entonces llegaría su tío y su vida habría terminado.

Unas lágrimas inesperadas le asomaron a los ojos. Parpadeó para intentar contenerlas, pero le resbalaron por las mejillas. Quiso tranquilizarse y el cuerpo empezó a temblarle sin poder impedirlo.

—Sé que no querías venir. Sé que fue una imposición terrible, pero...

—Dime qué pasa —la apremió Sasuke con más suavidad que antes, levantándole la cara por debajo del mentón y mirándola directamente a los ojos llorosos.

—Estoy muy asustada. —Sakura sacudió la cabeza—. Me digo que todo saldrá bien, pero, por mucho que lo intento, no consigo creerlo. Va a venir, sé que lo hará. Me encontrará y me llevará de aquí. Tengo ganas de salir corriendo, pero no tengo adónde ir. Me siento atrapada y confusa y tú... eres el único a quien puedo recurrir. —Se le quebró la voz al pronunciar esta última frase y algo brilló en los ojos de Sasuke.

—Sakura...

Una sola palabra y ya estaba en sus brazos. Sasuke la abrazó y Sakura se le colgó del cuello y apretó su cuerpo contra la figura alta y esbelta del hombre. No le había dicho nada de lo que había planeado. Se había limitado a soltar la verdad.

—Lo siento, Sasuke. Sé que sólo te he causado problemas —se disculpó.

Sintió la presión suave de los labios de Sasuke en la coronilla. En el fondo de su corazón, no soportaba la idea de implicarlo en su plan.

—No es culpa tuya —la tranquilizó el marqués—. Nada de esto debería haberte pasado.

Sakura echó la cabeza hacia atrás y, al mirar a los ojos oscuros y penetrantes de Sasuke, captó el brillo plateado alrededor de las pupilas. Vio pasión en ellos, un ansia que ya había visto con anterioridad en esa mirada.

—¿Me das un beso, Sasuke? —pidió en voz baja—. Sé que está mal, pero no me importa. Te necesito, Sasuke. Te necesito tanto...

De la garganta de Sasuke escapó un sonido grave. La estrechó con una fuerza casi dolorosa y la acalló con su boca, con un beso tan ardiente que la dejó sin aliento además de sin palabras. Hundió las manos en los cabellos sueltos y la mantuvo inmóvil mientras con la lengua le saqueaba la boca y la saboreaba profundamente, de un modo que hizo que a ella le fallaran las piernas. El beso fue brusco, ardiente, apasionado. Fue salvaje, violento y, de un modo extraño, de lo más tierno. La habitación giró alrededor de Sakura. Las paredes parecieron desaparecer. Se tambaleó y habría caído si él no la hubiese estado sujetando.

El beso se volvió más profundo y apasionado. Sasuke buscó con la mano un pecho, lo levantó con suavidad a través de la seda brillante y con el pulgar acarició el pezón, que enseguida adquirió rigidez, con unas pulsaciones que seguían los latidos del corazón de Sakura. Ella se estremeció en su interior y sintió calor en el vientre, un calor que se extendió a las piernas y se infiltró en lo más íntimo, dejándola húmeda y ansiosa.

—Sasuke... —susurró.

Le devolvió el beso con la misma pasión, sorprendida ante la ansiedad que surgía en sus entrañas. Lo necesitaba como jamás había imaginado. Entrelazó los dedos en los cabellos oscuros de Sasuke y, al quitarle la cinta que los recogía en la nuca, él gimió. Tomó aire con fuerza cuando los largos dedos del marqués se deslizaron bajo el corpiño del vestido y le cubrieron un pecho mientras le recorría el cuello con los labios. Los besos ardientes y húmedos de Sasuke le quemaban en la piel, y las gentiles manos la acariciaron y la instigaron hasta que creyó que se desmayaría.

Él desabrochó los botones de la parte posterior del vestido, uno a uno, y después lo fue dejando caer desde los hombros hasta dejar al descubierto el corsé y la camisa. Besó la desnudez de los hombros y siguió hacia abajo, hizo deslizarse la camisa por los brazos y tiró de los lazos del corsé. Los aflojó lo suficiente para bajarlo y entonces atrapó un seno con la boca.

A Sakura empezaron a temblarle las piernas. El suelo pareció abrirse a sus pies y tragársela. Se le escapó un sollozo bajo; no había imaginado nunca que existiera un placer tan intenso. Parecía como si unas lengüecitas cálidas la lamieran por dentro siguiendo el recorrido de los besos de Sasuke. Echó la cabeza atrás, y eso permitió a Sasuke acceder mejor primero a un seno y luego al otro para lamerlos, saborearlos, rodear las puntas rígidas y volver después a cubrirlos por completo con la boca.

Ardía en deseos por él. Todo su cuerpo se estremeció y un dolor débil le brotó fulgurante entre las piernas. Había querido seducirlo y jamás sospechó que, al hacerlo, ella también acabaría seducida. Vagamente, se preguntó cuánto tiempo habría pasado, pero Sasuke volvió a besarla y el pensamiento se esfumó, sepultado bajo la apasionada destreza de la boca y las manos del marqués.

Casi ni se dio cuenta de que el vestido caía al suelo, de que le quitaba la enagua, el corsé. La camisa se arremolinaba alrededor de las caderas. Apenas fue consciente de que Sasuke la cargaba en brazos y la llevaba al sofá, y sólo de un modo confuso alcanzó a ver que él también tenía el torso descubierto.

La volvió a besar y se puso encima de ella. Los senos desnudos quedaron en contacto con las franjas lisas y duras de la musculatura de Sasuke. Tenía un torso espléndido, fuerte como el suelo de piedra de debajo del sofá. Sakura recorrió los tendones rígidos con los dedos y después con la lengua. Comprobó al tacto la elasticidad del vello del pecho y palpó un pezón plano, sorprendida al notar que se contraía y oír el aire que se escapaba siseante de la garganta de Sasuke.

Él la besó de nuevo, haciendo que todo su cuerpo se estremeciera. Los pezones le dolían de deseo y tenía lo más íntimo de su feminidad húmedo y caliente. En algún rincón de su mente surgió la idea de que ya era de sobra el momento de detenerlo. No formaba parte de su plan que la seducción llegara tan lejos. Tenía que terminar con ese juego peligroso antes de que fuera demasiado tarde, pero no logró reunir la suficiente fuerza de voluntad.

Sasuke le separó las piernas y se colocó entre ellas. Se estaba desabrochando los pantalones y levantándole la fina camisa, que todavía la cubría desde la cintura hasta los muslos, cuando la puerta del pabellón de caza se abrió de golpe y su tío entró seguido de tres de sus hombres y del alto, canoso y circunspecto obispo Homura.

Por un instante, Sasuke se quedó inmóvil.

—Por el amor de Dios, ¿qué rayos...? —Dunstan no tuvo que acabar la pregunta. Era más que evidente lo que estaba pasando.

Sasuke soltó un taco mientras volvía a subirle la camisa a Sakura para taparle el pecho y agarraba su chaqueta y le cubría con ella el cuerpo casi desnudo. Apretó la mandíbula y se puso de espaldas para abrocharse los botones de los pantalones y recuperar su camisa.

—Esperad fuera —ordenó Dunstan a sus hombres, que se quedaron un momento boquiabiertos y, después, se marcharon cerrando la puerta tras ellos—. Así que después de todo fue usted —acusó a Sasuke con una mueca—. No creí que tuviera la frescura de hacer eso.

—¿Qué significa esto? —quiso saber el obispo—. Usted es Litchfield, ¿verdad? Creo que nos conocemos.

—Soy Litchfield —asintió Sasuke con frialdad. Se pasó la camisa por la cabeza pero no se molestó en apretar la cinta que cerraba la abertura del cuello—. El obispo Homura, si no me equivoco. ¿Por qué están ustedes aquí, en mi propiedad, sin permiso?

El obispo no contestó. Se limitó a sacar la nota que Sakura había escrito de un bolsillo de la sotana. Sasuke la leyó y se la devolvió, con una expresión todavía más adusta.

—Recibí esto hace tres días —le explicó Homura Mikotado—. Como puede ver, no está firmada, pero, al parecer, era muy exacta.

El obispo lanzó una mirada a la joven, acurrucada bajo la chaqueta de lana y con la cara muy colorada. Sakura suponía que iba a resultar difícil, pero era mucho peor de lo que había imaginado. La mirada del obispo regresó a Litchfield y ya no se apartó de él.

—¿Se da cuenta de que se trata de lady Sakura Haruno, hija del difunto conde de Milford?

—Sí —respondió Sasuke, que apretaba con fuerza las mandíbulas.

—Muy bien. Entonces también debe de saber lo que esto implica. Ha seducido a una joven pura, la hija de una familia noble y de arraigo. Lo único que puede hacer es casarse con ella.

—¿Casarse con ella? —Dunstan sacudió la cabeza al oír esas palabras y abrió unos ojos como platos, asombrado—. Esperen un momento...

—Como ya he dicho, la chica es pura —se dirigió el obispo a Sasuke como si el conde no hubiera hablado—. Usted, sin embargo, tiene fama de libertino. Ha echado a perder la reputación de la chica. Ahora, su honor le obliga a casarse con ella.

La mirada dura de Sasuke se desvió hacia Sakura y, en un sólo momento de claridad, supo exactamente lo que ésta había hecho. Supo que ella había escrito la nota, que planeó para que pasara precisamente eso. Supo que estaba atrapado sin remedio y que ella era la culpable, y aunque comprendía el porqué de su acción, estaba furioso por haber sido manejado de una forma tan perversa.

Se le tensó un músculo de la mandíbula. La cólera imprimía un color rojo oscuro a su rostro. Tal vez iba a responder algo, pero Dunstan intervino justo entonces:

—No podéis pedirle a este hombre que se case con la chica. La pobre está loca.

El obispo mantenía la mirada fija, implacable, en el marqués.

—¿Es eso lo que usted cree, milord? ¿Cree que lady Sakura está loca? Ha habido rumores de que usted trataba de lograr que ella dejara el hospital de Saint Bar-tholomew, que estaba usted convencido de que no estaba loca en absoluto, sino totalmente cuerda. ¿No es así, milord?

Sakura contuvo el aliento. Si decía las palabras adecuadas, Sasuke todavía podía escapar a su suerte. ¿Estaba tan enfadado como para abandonarla al destino que su tío tuviera reservado para ella? Se mordió el labio inferior, temblorosa, y rogó que no.

Sasuke contestó mirándola a ella fijamente:

—Lady Sakura no está loca.

«Ni mucho menos» —decían sus ojos—. «Es una furcia maquinadora y embustera, dispuesta a usar su cuerpo para lograr lo que quiere, pero no está loca.» Sakura sintió esa mirada glacial como un cuchillo que le atravesara el corazón.

El obispo dio unos pasos adelante, con la sotana flotando a su alrededor.

—Si cree que está cuerda, su deber es casarse con ella —sentenció.

—La chica es peligrosa —rebatió Dunstan—. Trató de envenenar a mi hija. Trató de...

—¡No es verdad! —soltó Sakura, que se arrodilló en el sofá sin dejar de cubrirse con la chaqueta de Sasuke—. Intentaba ayudarla y tú lo sabes.

—¿Tiene miedo de la chica, milord? —preguntó el obispo con calma.

—No —respondió el marqués, y un músculo se le tensó en la mandíbula—. No creo que lastimara a nadie adrede. —Pero su expresión feroz indicaba que acababa de asestarle a él un golpe mortal.

—Entonces avisaré al arzobispo por la mañana. No estamos demasiado lejos de Canterbury. El matrimonio debería celebrarse en un par de días.

—¡Eso es absurdo! —exclamó Dunstan a la vez que avanzaba con el tricornio sujeto con fuerza bajo un brazo—. La muchacha no está en su sano juicio. Os digo que está...

La mirada de advertencia del obispo lo detuvo.

—Es su tutor. Su padre la dejó a su cuidado porque confiaba en usted. Su deber es hacer lo mejor para lady Sakura. ¿De veras cree que casarse con el marqués de Litchfield sería peor para ella que volver a Saint Bart?

—Bueno, no —admitió el conde tras aclararse la garganta. Tenía la cara colorada y movía los ojos como un animal arrinconado—. Claro que no, pero...

—Entonces está decidido. El matrimonio se celebrará en cuanto pueda obtenerse una licencia especial.

Dunstan no dijo nada más, pero la expresión de furia de su semblante indicaba que el asesinato habría sido mucho más de su agrado.

—Mientras tanto, con el permiso de lord Litchfield, lady Sakura y yo lo acompañaremos a su casa, donde permaneceremos hasta que se haya celebrado la ceremonia. Tengo intención de hacer los honores en persona. Se lo debo al padre de lady Sakura.

El conde apretó con tal fuerza la mandíbula que sus dientes emitieron un ruido áspero. Asintió con la cabeza, se volvió y salió de la sala. Sakura oyó cómo gritaba órdenes a sus hombres. Después, sonó el chasquido de la correa de una silla y el tintineo de bridas y bocados, seguido del repiqueteo de los cascos que se alejaban a medida que él y sus hombres se marchaban.

—Tengo el carruaje al final del camino. Si me acompaña, lord Litchfield, concederemos un momento a lady Sakura para que se arregle.

Sasuke asintió sin decir nada. Era difícil saber qué estaba pensando con exactitud porque se había vuelto a poner su careta de autocontrol. Pero Sakura lo adivinaba con facilidad. Si la cólera pudiera embotellarse y almacenarse, el marqués habría llenado toda una bodega. Al pensar en su amistad, en los besos ardientes y apasionados que se habían dado antes de la llegada de su tío, sintió un dolor en su interior.

Se casaría con ella, pero ya no estaba segura de que llegara a perdonarla nunca. Lo había traicionado del modo más cruel y perverso, y era evidente lo resentido que él estaba.

«Sólo hiciste lo que tenías que hacer», decía la vocecita en su interior. Pero la culpa le oprimía el corazón y pensó, como debería haber hecho antes, que el marqués de Litchfield no era un hombre que perdonara con facilidad.

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Naruto Namikaze estaba sentado en el sofá del Salón Rojo, en el castillo de Running, con su mujer, muy nerviosa, a su lado. Habían llegado unos minutos antes y Reeves, el correctísimo mayordomo de Sasuke, los condujo de inmediato, con el rostro sombrío, a aquella habitación tan elegante.

—Estoy preocupada, Naruto. —Temari tomó la mano de su marido—. Debe de pasar algo terrible.

Naruto no respondió, distraído por el sonido de las puertas de roble que se abrían. Se levantó cuando su mejor amigo entró y el mayordomo las cerró tras él. Ante la presión de las mandíbulas de Sasuke y la expresión dura de su rostro, era evidente que su esposa no se equivocaba.

—Hemos venido en cuanto recibimos tu mensaje —dijo Naruto, avanzando hacia él—. Decías que era urgente. Resulta obvio que ha pasado algo. Espero que no tenga nada que ver con lady Sakura.

La boca de Sasuke esbozó una sonrisa que no era más que una mueca.

—Tienes razón, amigo mío. Ha pasado algo. Y tiene que ver con lady Sakura Haruno y con nada más.

—¡Dios mío! —exclamó Temari, que se levantó de golpe—. ¿Averiguaron que se ocultaba en el pabellón?

—No exactamente —respondió Sasuke, cuyos rasgos se endurecieron.

Se acercó al aparador y empezó a servirse una copa con movimientos rígidos y marcados, debido a lo que Naruto comprendió de repente que era ira. Iba vestido de un modo más formal de lo habitual, sobre todo para una hora tan temprana de la tarde. La chaqueta de terciopelo azul marino, el pañuelo blanco y los pantalones de raso azules eran impecables. La puntilla que le colgaba de los puños destacaba sobre sus manos de dedos esbeltos. Llevaba el pelo recogido en una cola y empolvado, algo que no era habitual en él.

—¿Queréis tomar una copa? ¿Un brandy o un jerez, quizá? —preguntó, pero Naruto y Temari negaron con la cabeza.

—Dinos qué pasa —le pidió su amigo.

—Lamento abusar así de vosotros —contestó con un gesto irónico a modo de sonrisa—. Sé que os he avisado con poco tiempo, pero os he invitado para un acontecimiento especial. Vais a asistir a una boda.

—¿Una boda? —repitió Temari—. ¿Quién se casa?

Sasuke torció el gesto y se tomó el brandy de un trago, como si fuera agua.

—Yo.

—Por el tono de voz, veo que no estás lo que se dice contento —comentó Naruto arqueando una ceja, sorprendido—. Creía que querías casarte.

—Sí. Pero, por desgracia, la novia no es de mi elección. Voy a casarme con Sakura Haruno a las dos en punto. —Consultó el reloj—. Es decir, exactamente en cuarenta y cinco minutos.

—¡Madre mía! —exclamó ahora Temari, en un tono más agudo de lo normal, y se llevó la mano a la cintura de su vestido de viaje, de terciopelo de color burdeos, como si le doliera el estómago—. Me parece que me tomaré esa copita de jerez.

—Yo te la serviré —se ofreció Naruto—. Creo que yo también necesito una.

Se acercó al aparador, quitó el tapón a una licorera y sirvió un par de copas.

—Todavía no me lo creo —aseguró Sasuke, que empezó a caminar de un lado a otro—. Esa arpía maquinadora y embustera me atrapó con la mayor habilidad del mundo. Me engañó como si hubiera nacido para ello, me sedujo para obligarme al matrimonio como a un muchachito imberbe, y yo nada puedo hacer para evitarlo.

A continuación les explicó lo que pasó en el pabellón de caza, y Naruto imaginó acertadamente que omitía muchos detalles. Sólo contó que lady Sakura y él fueron descubiertos en una situación comprometedora. La reputación de la dama estaba echada a perder y el obispo insistió en que se casaran.

—Fue todo un maldito plan, obra suya. Después de todo lo que he hecho por ayudarla, cuesta de creer.

Temari se acercó a él y le puso una mano en el antebrazo.

—Estaba asustada, Sasuke. El miedo de tener que volver a ese sitio terrible la tenía desesperada. Hizo lo único que se le ocurrió para protegerse.

—Yo la habría protegido. La habría llevado a un sitio seguro si hubiera confiado en mí. En lugar de eso, la muy idiota ha arruinado nuestras vidas.

—Tal vez no sea tan terrible —intervino Naruto—. Yo no quería casarme con Temari, por lo menos eso creía en su día. Y ahora estoy muy contento de haberlo hecho. Ha sido lo mejor que me ha pasado nunca.

—No es lo mismo y tú lo sabes. Sakura y yo no estamos hechos el uno para el otro, ni mucho menos. Y aunque quisiera casarme con ella, que no es el caso, no quiero tener nada que ver con la clase de mujer que usaría su cuerpo como un arma para conseguir lo que quiere.

Se acercó al aparador para volver a llenar de brandy la copa, y Naruto pensó que pocas veces había visto a su amigo tan a punto de perder el control.

—No eres un hombre fácil de embaucar. Seguro que tienes alguna salida, si es lo que de verdad deseas.

—Es una chica lista —aseguró Sasuke con las mandíbulas apretadas—. Lo tenía todo planeado hasta el último detalle. Tuvo suerte de que su maldito tío llegara a tiempo o yo habría acabado como es debido con su virginidad. No creo que se sintiera tan satisfecha de sí misma si me hubiera dado tiempo de llegar todo lo lejos que yo quería.

Naruto lo observó con atención y vio el resentimiento que reflejaban esos ojos sombríos y furibundos.

—Aun estás a tiempo de librarte de ella —afirmó en voz baja—. Si les dices que está loca, no pueden obligarte de ningún modo a casarte con ella.

—¡Naruto! —exclamó Temari—. ¿Pero qué estás diciendo?

—La verdad. Podría librarse de ella para siempre. Sólo tiene que decir una palabra. —Naruto examinó los rasgos de su amigo, seguro de su respuesta.

Sasuke se tomó el contenido de la copa, con los dedos oprimidos con fuerza alrededor del cristal y de un solo movimiento brusco, debido a su cólera. Le apareció un tic en la mejilla. Aun así, sacudió la cabeza.

—No puedo hacer eso. Nadie merece ese tipo de castigo. No tengo intención de que este matrimonio sea legítimo, pero me niego a permitir que Dunstan le haga todavía más daño.

—¿Has hablado con ella? —preguntó Temari, aliviada—. ¿Qué dice Sakura al respecto?

—Sólo hemos hablado brevemente, lo que nos ha dejado el obispo. Dentro de un año, Sakura cumplirá veintiuno y podrá casarse sin el consentimiento de su tío. Según ella, una anulación nos dará entonces a ambos la posibilidad de casarnos con quien queramos. Por desgracia, no es probable que lady Ashina espere, si tenemos en cuenta la vergüenza que sufrirán tanto ella como su familia gracias a las maquinaciones y los engaños de Sakura.

Temari inclinó la cabeza hacia atrás para mirarlo. La diferencia de estatura entre ambos era tal que la mujer parecía un duendecillo a los pies del marqués.

—Si Ashina te ama, esperará. Perdonará tu indiscreción pasajera y esperará para que te cases con ella.

Sasuke la miró sombrío al decir:

—Si hubiesen encontrado a Naruto en un abrazo apasionado con una mujer medio desnuda, ¿lo habrías perdonado?

—Me habría costado —contestó Temari desviando la mirada—. Mi orgullo se negaría, pero sí que lo habría hecho si hubiera creído que era a mí a quien quería en realidad y no a ella.

—Bueno, yo no estoy enamorado de Ashina Tatsushiro ni ella de mí —se burló Sasuke—. Sin embargo, deseaba una vida larga y cómoda con ella como esposa, una vida que ahora me han arrebatado sin piedad. Sakura Haruno es culpable de ello y no se lo perdonaré nunca.

La expresión dura de su rostro confirmaba sus palabras. El camino que Sakura Haruno había elegido no sería fácil. Naruto pensó que quizá la chica se había equivocado al enfrentarse al marqués de Litchfield. Sasuke era el mejor amigo que podía tener nadie, y el peor enemigo.

—Casi son las dos —dijo Naruto, y apuró su copa—. Conociéndote como te conozco, sé que no querrás llegar tarde a tu propia boda.

—Al contrario —replicó su amigo con una mueca despiadada—. No veo por qué tengo que darme prisa, y necesito otro brandy. Si eso significa que voy a llegar tarde, la novia tendrá que esperar.

Naruto gimió para sus adentros y sintió mayor ansiedad aun por Sakura Haruno. Si conocía bien a su amigo, el año venidero iba a ser un infierno para la mujer que lo había traicionado.