11

En la capillita de piedra cubierta de hiedra que había detrás del castillo, las velas iluminaban un vitral secular sobre el altar del fondo. Sakura oyó el viento que aullaba al otro lado de las paredes y sintió un escalofrío helado. Una contraventana suelta golpeaba sin cesar, y una rama sin hojas rascaba los montantes de los cristales y le ponía los pelos de punta.

Vestida con un elegante vestido de seda de color crema, con el cuello y las mangas ribeteados de encaje dorado, Sakura esperaba la llegada del novio junto a tía Hana, con el estómago tan revuelto que temía vomitar.

Se ajustó nerviosa el miriñaque, que parecía confeccionado de piedra en lugar de con ballenas y le oprimía la cintura. ¿Dónde estaba Sasuke? Tendría que haber llegado hacía ya diez minutos, pero no daba señales de vida. Intentaba no mirar hacia la puerta de roble, pero sus ojos no dejaban de tomar esa dirección una y otra vez.

—Vendrá, querida —la animó tía Hana con unas palmaditas en la mano—. No te preocupes.

Sakura trató de sonreír, pero tenía la cara rígida y los labios apenas se le movieron. Los minutos pasaban con lentitud. Empezó a preguntarse si el marqués habría cambiado de parecer sobre la boda y no iría. En ese caso, ella quedaría a merced de su tío, que estaba sentado en uno de los relucientes bancos de nogal y la observaba con ojos glaciales y una expresión tal de maldad que el estómago le dio a Sakura un vuelco y se notó sabor a bilis en la boca.

Sólo lord Dunstan, el obispo Tallman, tía Hana y los duques de Carlyle estarían presentes. El marqués no había fingido estar contento con el matrimonio, ni siquiera ante los sirvientes. No era una ocasión feliz y estaba decidido a que todos lo supieran.

Los dedos de Sakura apretaron el pañuelo de encaje dorado que sujetaba con una mano húmeda. De todas las bodas imaginables, jamás había previsto un día tan triste como ése.

Suponiendo que Litchfield llegara a presentarse. Una segunda oleada de náuseas la invadió. Rogó en silencio para que el marqués apareciera, que la apoyara esa última vez.

Sabía que sería la última. Lo había traicionado y ahora estaba segura de que no la perdonaría nunca.

El obispo se aclaró la garganta.

—Parece que el novio se demora —comentó con una mirada terrible hacia la puerta—. Me pregunto dónde...

Pero no tuvo que preguntarse más. Sasuke llegó detrás del duque y la duquesa, cuyas expresiones preocupadas reflejaban a la perfección la de Sakura, aunque las suyas contenían algo de lástima. Los ojos de la novia se posaron en el hombre que los seguía por el pasillo, el hombre que iba a ser su marido. Alto, elegante y guapísimo; frío, con una mirada dura y más enfadado que nunca, Sasuke avanzó hacia su posición junto al obispo y tía Hana, al fondo de la iglesia.

—Ah, estás aquí, amor mío. —Cada palabra rezumó sarcasmo y la mirada era afilada como una hoja de acero. De modo burlón, hizo una ligera reverencia—. Espero no haberte hecho esperar. Tenía que atender unos asuntos importantes.

Con lo que daba a entender que la boda no lo era. Sakura volvió la cabeza al oír esas palabras dichas adrede para lastimarla, parpadeó y contuvo las lágrimas. Se lo merecía, del todo. Pero le causaba un dolor inmenso que le desgarraba el corazón.

—Cuando gustéis, obispo Homura —dijo Sasuke tomando la mano temblorosa de Sakura y depositándola en la manga de su chaqueta de terciopelo azul marino—. Creo que tenéis que celebrar una boda.

El obispo asintió con la cabeza, y el cabello relució a la luz de las decenas de velas que flanqueaban ambos lados de la capilla.

—Exacto —convino el celebrante, y todos lo siguieron hasta el altar.

Estaba hecho de madera tallada y cubierto con una tela de seda de color marfil, donde reposaba una inmensa Biblia abierta. El obispo empezó a leer, pero Sakura apenas lo oía. Notaba la presencia poderosa de Litchfield a su lado y sentía la fuerza de su cólera como si fuera algo tangible.

Los instantes dolorosos pasaron, pero no parecía poder concentrarse en lo que se estaba diciendo. El corazón le latía con tanta fuerza que amenazaba con salirle disparado del pecho. Tenía la boca tan seca que casi no fue capaz de repetir las palabras del obispo. Sasuke las pronunció con una calma mortal que se equiparaba a la expresión asesina de su rostro. La furia le destellaba en sus ojos oscuros, como un mortífero relámpago, cada vez que miraba en la dirección de Sakura.

Por fin, la ceremonia, breve y carente de emotividad, llegó a su fin, pero, en lugar de besar a la novia, Litchfield le hizo una envarada reverencia como confirmación de que estaba casado con ella, y se volvió para irse. El grito ahogado de horror que llegó de la puerta abierta lo detuvo en seco.

Sakura casi se cayó al ver a Ashina Tatsushiro, a lady Saint James y al padre de Ashina, el barón, a la entrada de la capilla. Dunstan giró la cabeza para mirarlos. Carlyle los contempló y la duquesa soltó un grito ahogado de espanto. Sakura se sujetó al altar con una mano temblorosa para mantener el equilibrio.

Al otro lado de la iglesia, la voz estruendosa del barón acabó con el silencio petrificado de los invitados:

—Por el amor de Dios, Litchfield, ¿qué ultraje es éste? ¿Qué diablos está pasando?

Era un hombre corpulento, de tórax fornido y pantorrillas consistentes bajo las medias blancas. Avanzó por el pasillo de la iglesia como un toro enloquecido, con la inmaculada levita de terciopelo verde ondeando a cada paso, y se detuvo frente a Sasuke, que, media cabeza más alto, tenía los hombros rígidos. El barón inclinó el cuello hacia atrás para mirarlo a la cara.

—Dígame que los ojos me engañan. Dígame que no acabo de presenciar su matrimonio.

—Le envié una nota —contestó Sasuke—. Le pedía reunirme con usted y su familia en su casa mañana a las dos. ¿No recibió mi mensaje?

—Lo recibí. Cuando se lo mostré a mi esposa, me rogó que no esperara. Ibara creía que estaba pasando algo indigno. Temía que estaba implicado usted de algún modo con esa loca de Saint Bart. —Lanzó una mirada dura hacia el altar—. Si la mujer con la que acaba de casarse es lady Sakura Haruno, parece evidente que mi esposa estaba en lo cierto.

Ashina agarró la mano de su madre y de su garganta salió una voz trémula:

—Sasuke, milord, no se ha casado de verdad con ella, ¿no?

Observó a Litchfield con los ojos llorosos y lágrimas en las mejillas. Llevaba puesto un vestido de viaje de seda azul oscuro y se la veía pálida y afectada, por lo que el sentimiento de culpa volvió a invadir a Sakura.

Sasuke avanzó por el pasillo, dejando a su espalda al barón, y se detuvo ante Ashina con todo el cuerpo tenso. Hizo una ligera reverencia y le tomó la mano enguantada y temblorosa.

—Lady Ashina. La he perjudicado gravemente. No fue nunca mi intención herirla de ningún modo, pero, al parecer, eso es lo que ha sucedido. No basta con decirle que lo siento. No le pido que me disculpe, pero espero que con el tiempo llegue a perdonarme.

—¿Perdonarle? —Le retiró la mano y se llevó un pañuelo de encaje a la nariz—. Me ha destrozado la vida. Me ha convertido en el hazmerreír de todo Londres. ¡No le perdonaré nunca!

Se volvió, se sujetó la falda amplia de seda azul y salió corriendo de la capilla con el taconeo de sus zapatos azules a juego sobre el suelo de piedra.

Su madre, con la cara colorada de enojo, lanzó una mirada a Litchfield y espetó:

—¡Usted y esa..., esa mujerzuela! Sabía que pasaría algo así. Si esa furcia no hubiera venido...

—Señora —la advirtió Sasuke con calma—. Comprendo que esté trastornada, pero le recuerdo que habla de mi esposa.

—Usted no es ningún caballero —soltó ella. Jadeaba con fuerza y se volvió para salir en pos de su hija, sin molestarse en cerrar la puerta de la capilla.

El resto de los invitados permanecía sentado en un silencio fascinado y presenciaba la escena como si una excelente tragedia de Shakespeare se estuviera interpretando ante sus ojos.

El barón miró con dureza a Litchfield.

—Debería retirarle la palabra por esto.

—Está en su derecho —admitió Sasuke, cuyo rostro adquirió de repente un aspecto demacrado—. Por supuesto, correré con todos los gastos en los que haya incurrido en relación con la boda y permitiré que cuente lo que ha pasado del modo en que usted y su hija estimen conveniente. —Su pose perdió algo de tensión y la fatiga pareció asentarse en sus hombros—. Lo siento, Kuroma, se lo aseguro. Siempre he valorado su amistad. Me duele mucho saber que la he perdido.

Por un instante, el hombre mayor no se movió, con la mandíbula apretada. Después, soltó un suspiro cansado y asintió levemente con la cabeza antes de pasar junto a Litchfield y salir de la iglesia con el cuello algo caído hacia delante.

El marqués lanzó una mirada a Sakura, quien pudo ver la turbulencia en sus ojos, la humillación. El arrepentimiento la atravesó como un puñal. Ella no quería que pasara nada de eso. Sólo había intentado protegerse. Creyó que todo saldría bien y que, en un año, Sasuke podría casarse con quien quisiera. Ahora se daba cuenta de que los planes que tenía el marqués habían quedado destruidos para siempre. Se preguntó si el precio valía la pena.

No se percató de que estaba llorando hasta notar el brazo de tía Hana alrededor de sus hombros.

—Dale tiempo, querida. El tiempo lo arreglará todo.

Pero Sakura no lo creía así. Ya no. Y mientras observaba al hombre alto y atractivo con quien acababa de casarse cruzar la puerta comprendió con una claridad inesperada y dolorosa que había perdido algo más que un amigo. No sabía con exactitud lo que Ashina Tatsushiro sentía por el marqués de Litchfield, pero, en ese instante final en que contempló la cara enfadada de su marido, Sakura había descubierto con horror que estaba perdida e irrevocablemente enamorada de él.

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Sentado en un sofá de piel de su estudio mientras llovía con una intensidad constante, Sasuke levantó su copa de brandy y la vació, volvió a llenarla, se la tomó y la llenó otra vez.

Hacía años que no estaba tan borracho y le importaba un comino. Su desastre de boda había terminado. Por fin, era un hombre casado.

Se mofó de la idea. Sí, estaba casado, atrapado por una chiquilla que lo había embaucado con su cuerpo tentador. Sakura Haruno era una furcia y una mentirosa, nada que ver con Ashina Tatsushiro, y ahora era su mujer. Al pensar en la escena con Ashina en la iglesia, torció el gesto y tomó otro trago. Se sentía culpable por haberla herido, aunque lo que su ex prometida había sufrido era sobre todo decepción y vergüenza. No lo amaba, y él no estaba seguro de que fuera del tipo de mujer capaz de sentir esa clase de emoción. Ésa era una de las cosas que más le gustaban de ella.

No le preocupaba el futuro de Ashina. Con su carita de ángel y su figura extraordinaria, además de la dote considerable que su padre le había concedido, no pasaría demasiado tiempo antes de que volviera a estar prometida, casada y fuera de la bolsa matrimonial para siempre.

La idea le dio dentera y la cólera volvió a apoderarse de él. Se sentía enfadado con la mujer que estaba arriba, y enfadado consigo mismo por haber sido tan imbécil.

La culpable era Sakura. Fue ella quien lo provocó todo. Se consoló al recordar que era su esposa sólo de nombre. Pasado un año, se libraría de ella. Encontraría otra chica como Ashina, una joven dulce y distinguida que fuera una buena madre para sus hijos.

Dejó la copa en la mesa frente al sofá, todavía enfurecido. Alargó el brazo por encima del tablero de mármol, echó mano de una cajita de rapé con incrustaciones de madreperla, levantó la tapa y tomó un pellizco. La puntilla blanca del puño le rozó la mandíbula al inhalar el tabaco fuerte y algo dulce.

Rara vez se excedía en nada. Esa noche, su noche de bodas, tenía intención de hacerlo y al diablo con Sakura Haruno.

Le vino a la cabeza el recuerdo de la muchacha aquella otra noche en el pabellón, su fingida pasión y la respuesta fogosa, los besos inocentes que parecían tan reales que él sucumbió al desastre.

En lugar de quedarse ahí sintiendo lástima por sí mismo, lo que debería hacer era subir y tomar lo que Sakura Haruno le había ofrecido de modo tan convincente, aquello que le brindó a cambio de la seguridad de un nombre. Cerró con rabia la tapa de la caja de rapé y la lanzó sobre la mesa. Unos mechones de cabellos despeinados le cayeron sobre la mejilla. Se arrancó la cinta de la nuca y la tiró, y el pelo le quedó suelto alrededor de la cara.

Tomó otro trago y se recostó en el sofá de piel pensando en el cuerpo tierno de Sakura, recordando la suavidad de sus labios y deseando hacérselo pagar.

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Sakura estaba silenciosa en el centro del mismo dormitorio azul que ocupara con anterioridad en el castillo. No la habían instalado en los aposentos de la marquesa, como le correspondería ahora que era la esposa de Litchfield. Pero tampoco ella esperaba eso.

La boda había terminado y estaba casada. Bueno, casi casada. Los votos no se habían consumado ni se consumarían jamás. Nunca sería la esposa de Sasuke y, en realidad, daba lo mismo. Ella estaría enamorada de él, sí pero él jamás correspondería a su amor. El marqués quería una esposa dulce y dócil, como Ashina Tatsushiro. Sakura no era nada de eso. Sasuke desaprobaba sus estudios, no comprendía su decisión de aprender más cosas sobre las enfermedades y los tratamientos; sin embargo, esto era algo que la consumía, algo a lo que no podría renunciar nunca.

Cruzó la habitación y se sentó junto a la ventana, donde escuchó el ruido de la lluvia fría, que repiqueteaba contra los cristales. Cada vez que cerraba los ojos, veía la escena terrible de la capilla, las lágrimas en los ojos de Ashina Tatsushiro y la cólera en el rostro de Sasuke.

—Lo peor ha pasado —había dicho la duquesa cuando Sakura y tía Hana salían juntas de la capilla—. Es una lástima que pasara así, pero lo hecho, hecho está. A partir de ahora, las cosas sólo pueden mejorar.

—Me odia —replicó Sakura sacudiendo la cabeza—. He arruinado sus planes para casarse con lady Ashina y lo he avergonzado delante de sus amigos. No me perdonará nunca.

—Hiciste lo que creíste que tenías que hacer. Quizá con el tiempo...

—Me equivoqué. Fuera lo que fuera lo que hubiese podido pasarme, no debí hacer esto; y, desde luego, no debía hacérselo a él, después de todo lo que ha hecho para ayudarme.

—Sasuke no estaba enamorado de Ashina Tatsushiro. —Temari le puso una mano en el hombro—. Me lo dijo él mismo. Y no creo que ella lo amara. Dale tiempo, Sakura. Siente algo por ti, desde el primer día. Tal vez con el tiempo pueda dejar todo esto atrás.

Sakura sintió una nueva punzada de dolor. Le había pasado tantas veces desde la boda que casi era un dolor constante.

—Lo traicioné. No quería, pero lo hice. Ojalá tuviera alguna forma de recompensarle.

Precisamente tía Hana entró en el dormitorio en ese momento y ello puso fin a las reflexiones de Sakura, que se levantó. Todavía vestida con el traje malva, los cabellos verdes de Hana brillaban a la luz de la chimenea. Cruzó la habitación con una sonrisa y una sensación de dominio que Sakura agradeció. Por lo menos podía contar con tía Hana.

—Vamos, querida —le dijo—. Ha llegado el momento de quitarte esas ropas. Después de todo, es tu noche de bodas.

Sakura sintió una sacudida bajo las costillas. Unas lágrimas inesperadas le asomaron a los ojos y resbalaron por las mejillas. Trató de ocultarlas, pero Hana las vio.

—Vamos, vamos, niña. No debes llorar, esta noche no. Si todo va bien, mañana una parte por lo menos de la cólera de mi sobrino habrá desaparecido.

—¿De qué me habla? —preguntó Sakura levantando la cabeza.

—Hablo del lecho matrimonial. No hay mejor lugar para aplacar la ira de un hombre. —Sonrió—. Ya lo verás.

—No habrá noche de bodas —aseguró Sakura con la mirada perdida al otro lado de la ventana—. Es un matrimonio de conveniencia. De aquí a un año, nuestro matrimonio quedará anulado y el marqués se casará con otra.

—Tonterías, querida —la contradijo Hana—. Eres su esposa y la mujer ideal para él. Además, estás enamorada. Seguro que no desearías que se casara con otra.

A Sakura de repente le fallaron las piernas. Alargó la mano para sujetarse a la columna de la cama.

—No estoy... No estoy enamorada de él y él no lo está de mí. No soporta ni verme. No vendrá a mi cama.

—Ése es el problema con mi sobrino —comentó la tía con el entrecejo fruncido. Hizo que Sakura se girara y empezó a desabrocharle los botones de la parte trasera del vestido de seda crema—. Una nunca sabe lo que está pensando.

Pero fue cuestión de minutos que Sakura lo averiguara. Llamaron a la puerta y apareció un lacayo que llevaba una bandeja plateada con una nota doblada encima, escrita con la letra enérgica de un hombre.

—¿Qué pone? —preguntó Hana mirando por encima del hombro de la joven.

Sakura abrió nerviosa la nota y leyó las palabras de su marido:

«Prepárate. Esta noche reclamaré lo que me ofreciste con tanto entusiasmo en el pabellón.» La firmaba simplemente como «Litchfield» .

—Dios mío —suspiró Sakura con el corazón en un puño. Ni siquiera se dio cuenta de que lo había dicho en voz alta. El marqués estaba furioso porque lo había engañado para obligarlo a casarse con ella. Ahora quería reclamar sus derechos matrimoniales tanto si ella quería como si no. Levantó la vista hacia Hanare de Senju—. Quiere tener su noche de bodas, como usted decía.

Sakura se dejó caer en el banco tapizado de terciopelo a los pies de la cama, ya que las piernas se negaban de repente a sostenerla. Pero tía Hana sonrió.

—Ya lo ves. No habrá anulación y con el tiempo todo irá bien.

Pero no iría bien, no después de lo sucedido en la capilla, no cuando era evidente lo mucho que el marqués la despreciaba, no cuando sólo quería castigarla por obligarlo a contraer matrimonio.

Pero no lo dijo en voz alta. Lo que había pasado entre ellos no era de la incumbencia de nadie. Y fuera cual fuera el castigo que Sasuke le impusiera se lo merecía. Se entregaría a él, si era eso lo que quería. Le debía eso y mucho más.

Se tragó los temores y dejó que tía Hana la ayudara a ponerse un camisón de seda azul cielo que sacó de su, al parecer infinito, guardarropa. Después, se sentó en el taburete tapizado frente al espejo dorado mientras Hana le quitaba las horquillas del pelo.

—¿Hay algo que necesites saber, querida? —preguntó Hana, que tomó el cepillo plateado del tocador y lo pasó por los cabellos rosáceos de Sakura para dejarlos caer sobre los hombros.

—Estaré bien —aseguró, pero le temblaba la mano y la puso sobre su muslo para dominar el movimiento.

Hana se agachó y la besó en la mejilla.

—Mi sobrino puede ser muy duro a veces y no perdona con facilidad. Procura no juzgarlo con demasiada severidad por lo que pueda pasar esta noche.

Sakura contuvo un escalofrío. En cualquier momento llegaría Sasuke. Iba a tomar lo que quería y esa vez no habría ternura en su tacto ni besos tan apasionados que la aturdieran y la dejaran rendida. Usaría su cuerpo como quisiera, obtendría placer y se iría, y si ella intentaba detenerlo las consecuencias serían aun peor.

Luchó contra su creciente desesperación, tan inmersa en su sufrimiento que no oyó que tía Hana se marchaba, sólo el ruido sordo de la puerta al cerrarse y dejarla sola, esperando su destino.

Pasaron horas. La tensión creció hasta tal punto que Sakura brincaba con cada sonido. Un ratón en las paredes, el crujido de las vigas, el roce de las ramas contra los cristales. El marqués seguía sin aparecer.

Caminó de un lado a otro durante un rato hasta que la fatiga se apoderó de ella y las piernas empezaron a temblarle. Se echó sobre la cama, pero no se atrevió a dormirse. Permaneció allí como una piedra, atenta para escuchar los pasos de Litchfield y con el estómago hecho un nudo.

Pasó otra hora. El agotamiento hizo mella en todos sus músculos y huesos. Si no había llegado aun, eso quería decir que no iría. Los párpados empezaban a cerrársele cuando la puerta se abrió y entró Sasuke.

Los ojos de Sakura se abrieron de golpe y su corazón empezó a latirle con fuerza. A la luz de la única vela que todavía ardía junto a la cama, vio que se había quitado la chaqueta y el pañuelo y llevaba la camisa blanca abierta hasta casi la cintura, dejándole al descubierto el fuerte pecho con una mata de pelo negro y rizado. Tenía los cabellos algo despeinados y le caían sueltos sobre los hombros.

Cerró la puerta firmemente a su espalda y el golpe sonó como un toque de difuntos.

—Espero no haberte hecho esperar, amor mío.

El modo en que dijo esas palabras, sin la menor sinceridad, hizo que Sakura se encogiera por dentro. Sasuke se acercó y fue evidente por su aspecto desaliñado que había estado bebiendo. Sin embargo, no parecía borracho. Cuando se detuvo a los pies de la cama, una ligera sensación de miedo recorrió la espalda de Sakura. La mirada de Sasuke examinó su cuerpo, aprovechando la transparencia del camisón de seda azul, y en un acto reflejo ella se cubrió los senos con los brazos.

—¿La novia sonrojada? —se burló Sasuke con una ceja arqueada—. No te habrás vuelto tímida de repente. Si no recuerdo mal, la última vez que estuvimos juntos no lo eras en absoluto. —Rodeó la cama y se detuvo junto a ella. Sakura evitó la mirada dura de sus ojos—. Ah, pero aquella noche estabas fingiendo.

Sakura frunció el entrecejo, confundida por esas palabras. El marqués le pasó un dedo por la mandíbula.

—Quizás podrías repetirlo ahora —prosiguió—. Quizá facilitaría las cosas.

Ella juntó las rodillas a la barbilla, acurrucada para protegerse. Deseaba reunir la fuerza suficiente para salir corriendo, pero no podía. No le gustaba ese Sasuke. No lo conocía y le tenía miedo.

—¿De qué estás hablando?

Su marido esbozó una sonrisa que no era tal, y el color blanco de sus dientes brilló a la luz de la vela.

—Estoy hablando de disfrutar del cuerpo que he pagado con mi futuro. Quítate la ropa, Sakura, para que pueda ver lo que mi pacto con el diablo me ha proporcionado.

Sintió un escalofrío de terror. ¿Quién era ese hombre al que una vez consideró su amigo, ese hombre que la besaba con una ternura tan ardiente? Sacudió la cabeza y retrocedió hasta que le chocó la espalda con la cabecera de madera tallada. Sus ojos se encontraron con los de Sasuke bajo la luz parpadeante. Tenían un aspecto frío e implacable. A Sakura se le clavaron las uñas en las palmas de la mano.

—Sé que estás enfadado —se atrevió—. Tienes todo el derecho a estarlo. Lo que hice estuvo mal. Tenía tanto miedo de que mi tío me encontrara que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para salvarme. Sé que fui egoísta. Creí que con el tiempo todo se arreglaría. Me equivoqué y lo siento. Si estuviera de nuevo en esa situación, no haría lo que hice.

—¿Lo que hiciste? —La mirada adquirió mayor dureza—. Pero si no hiciste nada, querida. Sólo lo fingiste. Por eso estoy aquí. Esta vez voy a tomar lo que fingiste ofrecerme.

Alargó el brazo, le agarró el camisón y retorciendo el puño lo desgarró por delante con brutalidad. Sakura chilló y pensó en alejarse de allí, pero no tenía donde meterse. Trató en vano de taparse, apretó su casi desnudez contra la cabecera y lo miró, incapaz de creer que ese hombre frío e insensible fuera el mismo que la había besado con tanta pasión aquella otra noche en el pabellón.

—Voy a tomarte, Sakura. Más vale que te resignes.

Ella sacudió la cabeza con furia y temblándole todo el cuerpo. El miedo la devoraba. Había decidido someterse, pero se daba cuenta de que no era capaz. La cólera que emanaba del cuerpo tenso de Sasuke le daba pánico.

—Así no —susurró—. Por favor, Sasuke, así no.

Algo cambió en la expresión del marqués. Se detuvo a medio desabrocharse la bragueta. Sakura bajó la vista y, al ver la dureza tensa bajo la ajustada tela azul marino, se ruborizó.

—Fuiste tú quien hizo el trato —le recordó, con una mirada feroz—. Ya fingiste sentir pasión antes. Puedes volver a hacerlo.

La sorpresa la sacudió y alejó algo de su miedo.

—¿Que yo fingí? ¿Crees que esa..., esa noche en el pabellón estaba fingiendo?

Sasuke se detuvo en otro botón y la miró.

—¿Me estás diciendo que no?

Sakura tragó saliva con fuerza, a pesar de la sequedad de su garganta. Sentía una opresión en el pecho y un dolor agudo cerca del corazón.

—Mandé la carta al obispo Homura. Quería que pareciera que habías comprometido mi virtud, pero lo que pasó entre nosotros esa noche no fue... Yo no... No estaba fingiendo. —Parpadeó y desvió la mirada, incapaz de seguir viéndole los ojos—. Cuando me besaste —susurró—, cuando me tocaste... fue mágico.

Una emoción dolorosa brilló en los ojos de Sasuke. Los cerró un momento y pareció retraerse, serenarse. Cuando volvió a mirarla, su expresión había perdido algo de dureza.

—No estabas fingiendo —repitió como si necesitara estar seguro de sus palabras.

—Esa noche era distinto —le indicó Sakura, que recordaba la escena con mucha claridad—. Entonces me deseabas. Ahora sólo quieres castigarme.

Pasaron unos largos segundos antes de que Sasuke reaccionara. Cuando volvió a hablar, su voz sonó pastosa y áspera:

—No hay duda de que te deseo, Sakura. Lo he hecho desde el primer día en que entraste en mi estudio. Pero quizá sea mejor así. —Se volvió, cruzó el dormitorio y abrió la puerta—. He descubierto que, esposa o no, no me apetece tomar a una mujer contra su voluntad. Además, si te dejara embarazada, la anulación sería imposible.

Sakura contempló cómo salía al pasillo y cerraba la puerta. Echó un vistazo a los restos destrozados del camisón de seda, aun temblando de dolor y miedo, y pensó que, después de todo, Litchfield había logrado su objetivo.

La castigaba, que era lo que él quería. La hacía sufrir y, sin embargo, dejaba su pureza intacta. Los votos seguían sin consumarse. En un año, se anularía el matrimonio.

Sakura se tumbó en la cama, hundió la cabeza en la almohada y se echó a llorar por primera vez desde la llegada de su tío al pabellón.