12

A la mañana siguiente, Sasuke se levantó tarde. Le dolía la cabeza de un modo terrible. Tenía mal sabor de boca y la lengua hinchada y seca como un pliego de papel viejo. Cuando entró en el saloncito soleado de la parte trasera de la casa, donde solía servirse el desayuno, la luz le hizo daño en los ojos y torcer el gesto. Deslumbrado un momento, casi chocó con Sakura, que entraba en ese momento.

Cuando la agarró por los hombros para evitar que se cayera, su esposa soltó un grito ahogado y palideció un poco.

—Perdón, no esperaba verte. Como sueles madrugar siempre mucho... —se disculpó Sakura, que lucía ojeras y tenía los ojos rojos e hinchados.

Lo invadió un sentimiento de culpa y algo más que no supo discernir. Sakura parecía más frágil que nunca y, al pensar en la noche anterior, Sasuke apenas podía creer lo que había estado a punto de hacer.

Se aclaró la garganta, incómodo de repente.

—Sí, bueno, no ha sido una noche muy buena —comentó—. No he dormido demasiado.

—Yo tampoco —dijo Sakura en voz baja y desviando la mirada—. Tal vez esta noche sea mejor.

El arrepentimiento le oprimía el pecho. Estaba enfadado, era cierto, pero no quería lastimarla. Le tomó el mentón y lo inclinó hacia arriba. Le examinó el rostro, las cejas bien dibujadas, los labios inocentemente sensuales y los preocupados ojos verdes que lo miraban con incertidumbre.

—Sí —afirmó—. Estoy seguro de que esta noche será mejor.

Pensó que ella sonreiría al oír sus palabras tranquilizadoras, pero no fue así, y le vino a la cabeza una imagen de la Sakura que vio el primer día; una Sakura con el camisón sucio y andrajoso, que se enfrentaba a él con el valor y la compostura de una dama de su clase social; una Sakura que le rogaba darse un baño.

Saint Bart no había logrado quebrarla. La noche anterior, él casi lo consiguió.

—El criado está esperando para servirnos. —Luchaba contra la necesidad de reconfortarla y a la vez quería de algún modo disipar sus temores—. ¿Por qué no nos sentamos y comemos algo?

Sakura asintió en silencio, pero seguía pareciendo intranquila. Sasuke se maldijo. No había sido nunca cruel con una mujer, y ni siquiera la cantidad de alcohol consumida lo excusaba de su comportamiento.

Eran esos malditos deseos que aun sentía por ella. Incluso entonces, con sólo ver el movimiento de la falda sobre las caderas al cruzar el salón, empezaba a excitarse. La noche pasada, cuando la vio tumbada en la cama con el camisón azul transparente, casi había perdido el control. Él no era así. Lamentaba haberla tratado de ese modo brutal, pero por lo menos tenía una respuesta a la pregunta que lo había atormentado.

«Cuando me besaste, cuando me tocaste... fue mágico.» Esas palabras actuaron como un bálsamo. La pasión de Sakura no había sido un engaño. Su respuesta era tan real como la suya propia. Intentó seducirlo, sí, pero no era ninguna furcia y lo deseaba tanto como él a ella. Saber eso lo tranquilizaba, le hacía sentirse menos imbécil, aunque su matrimonio no saldría nunca bien.

Se sentaron ante una jarrita de chocolate caliente y una bandeja con bizcochos azucarados, que era todo lo que el estómago de Sasuke podía soportar en ese momento.

—¿Qué vas a hacer hoy? —le preguntó a Sakura, con la esperanza de mitigar algo su culpa, aunque no iba a disculparse ni así lo mataran.

Ella levantó la vista, sorprendida de que deseara conversar.

—Pues... no lo sé. Leeré un rato. La duquesa encontró un libro que creyó que me gustaría. Sobre las causas de las enfermedades, de un hombre llamado Morgagni. Lo encontró en la biblioteca de Carlyle Hall y tuvo la amabilidad de prestármelo.

Sasuke no pudo evitar fruncir el entrecejo. No entendía por qué se empeñaba en un pasatiempo tan vulgar. Si fuera su esposa de verdad, él acabaría con eso de una vez por todas.

—¿Y tú? —preguntó ella.

La miró. Iba a ir a Londres a ver a su amante, aunque no estaría bien que le dijera eso. Ya había sufrido bastante tiempo por desearla. Estaba decidido a desahogarse con una mujer cálida y bien dispuesta, y cuanto antes mejor.

—Tengo asuntos que atender en Londres. No volveré hasta finales de semana. —Si a ella le sabía mal que se marchara, no lo demostró. Y, por algún motivo extraño, eso lo molestó—. Estoy seguro de que sabrás distraerte mientras no esté, a no ser, claro, que quieras venir conmigo —añadió sólo para ser perverso, ya que sabía que, después de lo que había pasado la noche anterior, se negaría.

—Sólo te estorbaría —lo excusó Sakura desviando fugazmente la mirada a la ventana.

Sasuke tomó un sorbo de chocolate, notó que el estómago se le revolvía y dejó la taza en el platito.

—Tal vez tengas razón. En cualquier caso, nos veremos a mi vuelta.

Sakura no dijo nada y, unos momentos después, él se disculpó y la dejó, salió del salón y fue al piso superior para indicarle a su ayuda de cámara que le preparara una maleta para el viaje. Echaría una cabezada en el carruaje para librarse así del dolor de cabeza y, cuando estuviera con Anna, poder disfrutar de ella. Mabui Quintain era tan buena amante como bella, y Sasuke tenía la intención de tomarla con ganas y varias veces hasta alejar de su mente todos sus pensamientos sobre Sakura.

Estaba seguro de que funcionaría. Siempre funcionaba. El mejor modo de superar el deseo que sentía por una mujer era sustituirla por otra.

Y eso era exactamente lo que iba a hacer.

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De pie ante una aspillera a modo de ventana en el Gran Salón, su habitación favorita del castillo, Sakura contempló cómo el marqués subía al carruaje de los Litchfield. El corazón le latía débilmente. Cuando le vio golpear el techo con el bastón de empuñadura plateada para indicar al cochero que iniciara la marcha, sintió una dolorosa sensación de ansiedad.

Era impropio que un recién casado abandonara a su esposa el día después de su boda, pero a Sasuke no le importaba. No había disimulos respecto a este matrimonio. Si se tenía en cuenta que en menos de un año se terminaría, lo más probable es que fuera mejor así.

Pero, a pesar de cómo la había tratado la noche anterior, se sentía triste y sola sin él. Ya no le tenía miedo. Aunque estaba muy enfadado, no le hizo daño. Y esa mañana había visto el arrepentimiento en sus ojos.

Procuró convencerse de que era mejor que se fuera, que tal vez así no sentiría ese dolor en el corazón cada vez que lo veía. Quizás así no recordaría el aspecto tan viril que tenía cuando entró en su dormitorio con el pelo suelto y la camisa abierta, ni como por un instante, antes de verle la expresión dura de la cara, deseó que le hiciera el amor.

Se acercó a la gran chimenea de piedra, donde cabrían perfectamente cinco hombres adultos. Recordó el orgullo que contenía la voz de Sasuke al hablar del castillo, cuando le contó que Eduardo III se lo regaló a sus antepasados por su valor al servir al rey.

Se preguntó qué haría en Londres y una parte de ella lamentó no haberlo acompañado. Ya lo echaba de menos, y si hubiera viajado con él, podría haber visitado al pequeño Nawaki. La idea de regresar a Saint Bart le provocaba náuseas, pero lo haría por el niño.

Desde su huida del manicomio pensaba muchas veces en el pequeño. En los días inmediatos a su marcha, con su propia vida en peligro, no podía hacer nada por ayudarlo. Ahora que estaba libre, su determinación había ido aumentando.

Aunque Nawaki había sobrevivido en Saint Bart los siete años de su vida, Sakura no soportaba la idea de que tuviera que vivir en ese sitio tan horrible cuando creciera. Deseaba pedirle ayuda a Sasuke, pero después de los problemas que le había ocasionado no estaba en condiciones de hacerlo.

Cada vez más, buscaba la forma de ayudar al niño y rogaba que estuviera bien hasta que la encontrase.

Pensó en Nawaki y trató de no hacerlo en Sasuke, de no imaginar si iba a satisfacer con otra mujer el deseo que había visto en sus ojos la noche anterior.

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Sentado en la silla de raso azul en un rincón del recargado dormitorio púrpura y blanco de la casa que había alquilado en Londres para Mabui Quintain, Sasuke tomó un sorbo de brandy y apoyó un pie, sin quitarse la bota, en la otomana de raso azul que tenía delante.

Por un instante, Mabui frunció el entrecejo. Después volvió a sonreír.

—Ponte cómodo. Enseguida termino de cambiarme.

La mirada de Sasuke se posó en las curvas voluptuosas y en los cabellos largos y rubios que ella había soltado de las horquillas para permitir que le cayeran hasta la cintura.

—No hace falta que te des prisa —dijo mientras hacía girar el líquido de su copa—. Estoy contento con sólo ver el espectáculo.

Mabui soltó una carcajada, un sonido gutural y seductor que resultaba dulce como la miel. Lo había oído antes, por supuesto. Hasta ese momento no se había dado nunca cuenta de lo falso que sonaba.

Contempló sus movimientos mientras la mujer ponía una pierna bien torneada sobre el banco a los pies de la cama para quitarse las medias de seda. La mayor parte del resto de la ropa había ya desaparecido: el sombrero y los guantes, el vestido de seda y el miriñaque de ballenas. Sólo le quedaba el corsé y la camisa, las medias y las ligas.

Cuando también se los hubiera quitado, Sasuke se deleitaría los ojos con los pechos y con la mata de vello rubio de la entrepierna. Ya estaba excitado. Mientras observaba cómo iba quedando cada vez más parte de piel suave y perfecta al descubierto, sintió aumentar la dureza que lo incomodaba bajo los pantalones.

Su cuerpo tenía necesidades y Mabui Quintain se las satisfaría. Era su mente la que tenía un problema.

Vio que se quitaba las ligas de raso con puntilla y las medias, primero una y luego otra, y las lanzaba a una silla, antes de acercarse adonde él estaba sentado y darse la vuelta para que le desabrochara el corsé, que le erguía los senos blancos y voluminosos. Lo hizo con menos ganas de las que hubiera imaginado y después, esperó a que se quitara despacio la camisa bordada.

Ella estaba desnuda y él excitado. Su cuerpo quería tomarla, satisfacer sus deseos como no lo había hecho en semanas.

Su mente pensó en Sakura y se rebeló ante la idea. Maldijo en silencio; en ese instante odió a Sakura Haruno y deseó no haberla conocido nunca. Cuando se casó con ella, ni por un momento pensó que se sentiría culpable al acostarse con otra mujer.

Ni por un momento pensó que en realidad no querría hacerlo.

Mabui sonrió con su picardía de siempre, lo que hizo moverse el lunarcito negro de la mejilla.

—Ven, deja que te ayude a desnudarte —ofreció a la vez que lo tomaba de la mano para que se levantara.

Sasuke accedió con la esperanza de que le despertara el interés igual que lo había hecho con su cuerpo, pero en cuanto Mabui le rodeó el cuello con los brazos y lo besó, oprimiendo los senos flácidos contra su pecho, supo que la esperanza estaba perdida. El aliento de la mujer tenía un ligero olor a cordero y a vino, y su perfume fuerte lo envolvía. Le apretó un seno, pero le resultó demasiado lleno, demasiado pesado, y pensó en otro más pequeño, más delicado, más adecuado a su mano.

Mabui deslizó su lengua en la boca de Sasuke con gran destreza y él pensó en los besos vacilantes, inocentemente seductores de Sakura aquella noche en el pabellón. «Cuando me besaste, cuando me tocaste... fue mágico.» Mabui bajó la mano a la bragueta y le empezó a dar masajes, y Sasuke maldijo de nuevo en silencio y se apartó.

—¿Milord? —se sorprendió ella.

—Lo siento, preciosa. No funcionará. Esta noche no. —Ni cualquier otra noche en el futuro, añadió para sus adentros. Al parecer, el placer que encontraba antes en Mabui Quintain había desaparecido.

—Perdona si he hecho algo que te disguste. Si me das un momento... —Alargó la mano para acariciarlo de nuevo, pero él se dio media vuelta, con la entrepierna aun dura y ansiosa.

—No es nada que hayas hecho, Mabui. Ahora mismo tengo demasiadas cosas en la cabeza.

La mujer parecía afectada de verdad. Era la primera emoción real que mostraba desde que él llegó a la casa. Sasuke se apartó de ella, tomó el chaleco y sacó una bolsa de monedas del bolsillo y la dejó sobre el tocador.

—Cómprate algo bonito para la próxima vez que venga —le dijo.

Era mentira, porque no iba a regresar, pero les ahorraba a ambos una situación violenta. Por la mañana, avisaría a su abogado, Kakashi, para que le diera a Mabui una cantidad razonable y terminara con el acuerdo.

Le sorprendió sentir un ligero alivio.

Se dijo que no era por Sakura. Mabui Quintain había dejado de interesarle como antes y nada más. Visitaría el local de Madame Charmaine y encontraría otra mujer que lo motivara.

Salió al porche de la casa con las mandíbulas apretadas. Se estaba mintiendo a sí mismo y lo sabía. La mujer que deseaba vivía bajo su mismo techo, dormía al otro lado del pasillo del dormitorio principal del castillo de Running. El problema era que, una vez que se hubieran acostado juntos, cargaría con ella para siempre.

Apretó los dientes con tanta fuerza que le dolió la mandíbula. Sakura Haruno era la última persona a la que quería por esposa, la clase de mujer con la que había jurado no casarse nunca. Por unas cuantas noches de placer, se enfrentaría a una vida infernal con una arpía testaruda que se dedicaba a unos pasatiempos tan escandalosos que había terminado en un manicomio.

¡Por el amor de Dios, mutilar un cuerpo humano para averiguar cómo funcionaba! ¿Qué clase de mujer intentaría una cosa tan abominable? ¿Qué clase de mujer preparaba pociones y leía libros sobre enfermedades y heridas de bala? Fuera cual fuera esa clase, no era lo que él quería.

Lo que él quería era una esposa dulce y dócil, como Ashina Tatsushiro, un bomboncito que obedeciera sus órdenes y le diera media docena de hijos. En menos de un año estaría libre para encontrar otra mujer así. Lo único que tenía que hacer era mantenerse alejado de Sakura y, en poco tiempo, su vida volvería a estar en orden. Sus planes para casarse y tener un heredero seguirían como había previsto.

Se juró hacerlo, por difícil que resultara resistirse a una mujer bella.

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Desde la habitación de su dormitorio en el piso de arriba, Hanare Uchiha de Senju observó cómo su sobrino conducía su semental negro al establo y entregaba las riendas a un mozo. Tras su breve estancia en Londres, había vuelto al castillo más inquieto y retraído que antes. Salía a caballo cada día para inspeccionar sus propiedades, visitaba a los arrendatarios y se pasaba las noches en la taberna Quill and Sword, en el pueblo.

Por descontado, Hana sabía el motivo. Sasuke era un hombre joven, normal y viril, casado con una mujer joven y hermosa. Deseaba hacer el amor con ella.

El problema era que él mismo se negaba.

Dejó que la cortina de terciopelo verde volviera a su sitio, se giró y cruzó la habitación. Estaba decidida a hablar con él, a intentar hacerle entrar en razón. Salió y recorrió el pasillo. Ya casi había llegado al final de las escaleras que daban a la entrada cuando se abrió la puerta principal y entró Kakashi Hatake.

Hanare se detuvo en las escaleras para observar sus elegantes movimientos mientras se quitaba el tricornio y la capa de lana y los entregaba al mayordomo. Hatake levantó la mirada, la vio y sonrió.

—Me alegro de volver a verte —la saludó.

—Tienes muy buen aspecto, Kakashi.

«Y estás guapísimo con ese cabello plateado y esa mirada apreciativa», pensó. Los ojos tenían el mismo tono negro que ella recordaba, aunque ahora mostraban unas patas de gallo, producto de la risa. De joven era muy serio, y Hana se preguntó si el hombre en quien se había convertido habría aprendido a reírse de las singularidades de la vida.

—He venido a ver a tu sobrino. He iniciado el procedimiento para obtener la herencia de lady Litchfield. Creo que el marqués me está esperando.

—Le vi llegar a caballo. Ordenaré a Reeves que le diga que estás aquí. Mientras tanto, ¿por qué no lo esperas en su estudio?

Kakashi hizo una leve reverencia con la cabeza y ella lo acompañó al fondo del vestíbulo. Una vez dentro de la sala oscura, con paneles de madera y que olía un poco a humo de vela y a piel envejecida, Hana fue hasta el tirador de la campanilla y pidió té.

—Sasuke te recibirá de un momento a otro. Ponte cómodo.

Se dirigió hacia la puerta, pero la voz de Kakashi la detuvo:

—¿Serías tan amable de acompañarme mientras lo espero?

Hana se sonrojó. No debería hacerlo. Kakashi Hatake era demasiado atractivo.

—Claro —se oyó decir, y se estremeció por dentro.

Kakashi esperó a que se sentara en el sofá y después hizo lo propio en un sillón de piel.

—¿Cuánto tiempo hace, Hana? Según mis cálculos, casi veinte años.

«Casi veintiuno», pensó Hana. Nunca olvidaría la última vez que lo vio, el día en que su padre no le concedió su mano a Kakashi y decretó que se casara con Tobirama Senju, un vizconde acaudalado, más adecuado a su condición de hija de un marqués.

—Parece toda una vida, ¿verdad? Entonces éramos tan jóvenes... —contestó.

—Todavía eres joven, Hana. Pareces más una chica que la mujer en que te has convertido.

Hana desvió la mirada e intentó no sentirse halagada por sus palabras, a la vez que se esforzaba en no parecer nerviosa. Kakashi no dejaba de mirarla con esos ojos tan negros e intensos. Le hacía sentir cosas extrañas en su interior, le hacía querer salir corriendo de la habitación.

Le hacía querer quedarse donde estaba.

La miraba de un modo que le hizo recordar el pasado, los días en que era una joven ingenua que creía estar enamorada de él. Veinte años después, esos ojos negros seguían provocando un caos total, haciéndole hervir la sangre como cuando era joven.

El té llegó, pero Sasuke no. Hana sirvió una taza y se la pasó a Kakashi. Luego, sirvió otra para ella.

—He estado pensando en ti —afirmó Kakashi en voz baja—. Casi no he pensado en otra cosa desde la última vez que estuve aquí.

A Hana se le hizo un nudo en el estómago. La taza de té tintineó al dejarla en el platito.

—Como has dicho, hace muchos años que no nos vemos. Supongo que es natural que sientas curiosidad por mí —aventuró.

Kakashi frunció el entrecejo. Descruzó las piernas y dejó la taza en la mesa. Desde el sofá, Hana no pudo evitar notar los músculos de las pantorrillas bajo las medias blancas de seda ni los hombros anchos debajo de la levita entallada de lana marrón.

—Eso no es lo que quise decir —aseguró él.

—¿Qué querías decir entonces, Kakashi? —preguntó Hana, ruborizada.

La conversación estaba tomando un aire muy indecoroso. Esperaba haberlo entendido mal. Cuando eran jóvenes creían estar enamorados, pero eso fue muchos años atrás. Desde entonces, él había conocido a Shizune Katō y se casó con ella. Tenían por lo menos tres hijos mayores, quizás incluso nietos.

—Quiero decir que me gustaría mucho verte. Sé que lo que te pido te pilla desprevenida. Estoy seguro de que habría problemas, pero...

Hana se puso de pie, con la cara colorada de indignación.

—Te estás excediendo, Hatake. Sé que hubo un tiempo en que significábamos mucho el uno para el otro, pero eso fue hace mucho. —Omitió decir que antes de que él fuera el marido de otra—. Si crees, que estoy interesada en cualquier tipo de relación con un..., contigo, estás muy equivocado.

Kakashi apretó la mandíbula. Hizo un leve movimiento para asentir con la cabeza.

—Te ruego que me disculpes, milady. Perdona si te he ofendido.

Pero no parecía lamentarlo en absoluto, sino que tenía todo el aspecto de estar enojado. Hana ignoró el modo en que esos acusadores ojos negros le hacían sentirse.

—Buenas tardes, Hatake. Si me dispensas, tengo que atender unos asuntos.

Salió al vestíbulo y cerró la puerta con una sensación terrible, como si tuviera un peso enorme en el pecho. Kakashi siempre había sido un hombre de una moral elevada. Por lo menos, ella lo recordaba así.

Tiempo atrás creyó estar enamorada de él. Tal vez todavía se imaginaba que era un héroe galante, como lo consideraba entonces, en lugar del calavera sin escrúpulos en que se había convertido.

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Sasuke se encontraba en la parte trasera de los establos observando cómo Sakura y un mozo de cuadra cruzaban al galope los campos hacia el bosque. En las dos últimas semanas, Sakura había empezado a cabalgar a última hora de la mañana, sin importarle la humedad ni el frío. La noche anterior, una capa delgada de nieve había cubierto el paisaje, de modo que el rastro de las huellas de los caballos era claramente visible.

—Ensilla a Blade —le indicó a Kiba Inuzuka, que había vuelto a sus funciones de mozo de cuadra—. Tengo que hacer un recado en el pueblo. Creo que tomaré el atajo por el bosque.

—Sí, milord.

El joven larguirucho se fue a cumplir las órdenes de su señor. Mientras tanto, Sasuke contempló cómo Sakura desaparecía en el bosque, con el vestido de montar de terciopelo rojo oscuro destacando aquí y allá entre los árboles. Había descubierto que su esposa era una amazona excelente, y no cabía duda de que le gustaba el aire libre. No sabía qué lo impulsaba a seguirla, salvo que sentía curiosidad por saber adónde iba.

Desde que volviera de Londres la evitaba escrupulosamente, lo que no resultaba nada fácil. Sakura tenía más energía que dos mujeres corrientes. Adondequiera que él fuese se tropezaba con ella: en el comedor del desayuno, aunque él procurara llegar de lo más temprano; en la biblioteca, donde ella se escondía para leer sus malditos libros de medicina; en el invernadero, donde había plantado unas hierbas, y ahora en los establos.

Cada vez que la veía, descubría algo nuevo en ella: el modo en que sus pupilas se dilataban cuando él aparecía, el modo tan atractivo en que el viento le agitaba los cabellos alrededor de la cara, el modo en que el pecho se le movía bajo el corpiño del vestido. Cada vez que la veía, aumentaba su deseo por ella. Sin embargo, estaba decidido a ignorarlo.

Pero sentía curiosidad. Era su esposa, por lo menos de momento. Lo que ella hiciera repercutiría en él y, por lo tanto, era asunto de su incumbencia hasta que se separaran. Había varios muchachos atractivos en el pueblo y él había experimentado de primera mano el carácter apasionado de Sakura. No iba a permitir de ningún modo que tonteara con alguno de ellos.

Siguió su rastro entre los árboles y a campo abierto. En lugar de dirigirse al pueblo como él creía, se desviaba al oeste, hacia un pequeño terreno ocupado por uno de sus arrendatarios. Al llegar a lo alto de la loma, vio el caballo de Sakura delante de la cabaña, encalada y con tejado de paja, y al mozo sujetando las riendas mientras ella entraba.

Desde un grupo de árboles, vio salir a su esposa de la casa con una sonrisa en los labios y un saco de tela, que ató tras la silla de montar. Después de que el mozo la ayudara a montar de nuevo en la yegua de color alazán, le dijo algo e hizo dar media vuelta al caballo, lo espoleó y salió a toda velocidad colina arriba, con el joven desgarbado tratando de alcanzarla.

Cuando pasaron a toda velocidad por delante de él, Sasuke comprendió que echaban una carrera y le entraron ganas de sonreír. Oyó la risa de su esposa, que resonaba entre los árboles, y era evidente que se lo estaba pasando muy bien. Por un instante deseó ser él quien aceptara el reto que le había lanzado al mozo y correr con ella. En cambio, puso de nuevo al semental en marcha y bajó hacia la casa para descubrir qué se llevaba Sakura entre manos.

Cuando llamó, le abrió la puerta Tenten Hyūga con una niña de cabellos castaños oscuros pegada a las faldas. Sasuke le hizo el correspondiente saludo y preguntó por Sakura.

—Su Excelencia me trajo una poción para el niño —respondió Tenten Hyūga—. El pequeño Tadashi tenía un cólico desde hacía casi una semana cuando me encontré por casualidad a su esposa en el camino del pueblo. Fue tan amable que me ofreció ayuda.

—Si el niño necesitaba un remedio, hay un boticario en el pueblo —soltó Sasuke con el entrecejo fruncido—. ¿Por qué no fue a verlo?

—Oh, ya lo hice, milord. No parecía servir de nada y costaba tres chelines el pote. —Sonrió y dejó al descubierto el agujero donde le faltaba un colmillo —. La poción de su Excelencia le fue de maravilla. Dijo que estaba hecha de semillas de angélica, miel y agua. Hoy me trajo un poco más, por si volvía a darle.

Sasuke no hizo ningún comentario. Gracias a Dios que la maldita poción había tenido mejores resultados con el niño que la que preparó para Ajisai Asama. Dio unos pasos hacia atrás en el porche.

—Gracias, señora Hyūga. Dígale a Neji que si necesita ayuda para reparar el cobertizo le enviaré a mi tonelero con mucho gusto.

—Se lo diré, milord —agradeció la mujer con una sonrisa.

Sasuke se despidió con una inclinación de cabeza y montó en su caballo para subir por la colina de vuelta al castillo. El sol le calentaba la espalda al cruzar los campos, pero hacía más fresco a la sombra de los árboles. El semental se adentraba en el bosque por el camino serpenteante cuando su vista captó algo rojo más adelante, en el suelo.

Inquieto, apremió al caballo para que galopara con rapidez por el sendero irregular y vio a Sakura, que yacía en el suelo rodeada de terciopelo rojo, y su vistoso sombrerito a unos metros de distancia. Tenía los ojos cerrados y no había rastro de la yegua ni del mozo.

El corazón de Sasuke se saltó otro latido. Desmontó del semental antes de que se detuviera y corrió hacia su mujer, tumbada junto a un árbol caído. Su capa la cubría, pero el suelo estaba tan frío que la hacía tiritar. Abrió los ojos al oír pasos rápidos sobre la fina capa de nieve.

—¡Sakura! Por el amor de Dios, ¿qué ha pasado?

—Ha sido culpa mía —respondió con una sonrisa animosa—. Estábamos echando una carrera y no vi una rama. Perdí el conocimiento y le di un susto de muerte al pobre Joey. Lo envié al castillo a pedir ayuda.

Sasuke se quitó los guantes de cabritilla y se arrodilló a su lado.

—Maldita sea. Eres lo bastante lista como para saber que no hay que echar carreras en un sitio como éste. Es demasiado peligroso.

Las mejillas de Sakura perdieron algo de su palidez al sonrojarse.

—Ya lo sé. Pero nos lo estábamos pasando tan bien...

Sasuke sintió una punzada de irritación. Se lo pasaba bien cabalgando con un mozo de cuadra en lugar de con él. Era su marido y aun así no disfrutaba de ninguno de los placeres que acompañaban al dudoso título. Sofocó ese sentimiento.

—Veamos si hay algo roto.

—No creo, pero me he magullado las costillas. Y me debo de haber torcido el tobillo.

Sasuke le palpó con suavidad los dos brazos buscando magulladuras o fracturas. Después, siguió con la caja torácica, lo que motivó una inspiración brusca de su esposa.

—Puede que tengas una costilla rota. Más vale que esperemos a que llegue el carro antes de intentar moverte.

—Quizá sólo estén magulladas. No me duelen lo bastante como para estar rotas.

Él movió la cabeza en sentido afirmativo, confiando en que tuviera razón y considerando que no había demasiadas mujeres que supieran tanto sobre costillas. Pensó en lo fino que ese cuerpo le resultaba al tacto y lo difícil que le resultaba dejar de tocarla, hasta que llegó a los pechos pequeños, atractivos y en forma de cono.

—Echemos un vistazo a ese tobillo —dijo.

Le levantó hasta las rodillas la capa, la falda de montar de terciopelo y las sucesivas enaguas, intentado no prestar atención a la muestra femenina de ligas de encaje y medias de seda blanca.

—Es el izquierdo —indicó Sakura sin mostrar la vergüenza virginal que habría mostrado otra mujer.

Le desató la bota de montar de cuero, se la quitó con cuidado y no pudo evitar admirar la belleza de aquel pie.

—Está muy hinchado. —Movió el tobillo con suavidad para comprobar su estado, pero procurando no hacerle daño—. No creo que esté roto.

Oyeron que se acercaba el carro con tía Hana en el asiento junto a Kiba Inuzuka, mientras que el joven Joey Hampton, el mozo de Sakura, cabalgaba detrás.

—¡Sasuke! —Hana se puso de pie tan deprisa que casi se cayó del carro —. Gracias a Dios que estás aquí. ¿Cómo está? ¿Se ha hecho daño?

El carro se detuvo y Sasuke acudió para ayudarla a bajar.

—Se ha lastimado las costillas y se ha torcido un tobillo. Llamaremos al doctor Fredericks en cuanto lleguemos a casa.

Sakura trató de sentarse y, ante la punzada de dolor en el costillar, volvió a echarse.

—No necesito ningún médico. Si me envolvéis el tobillo con algo de nieve y no lo apoyo, estaré bien en un par de días. Podemos vendar esa parte cuando estemos en casa.

—¿Médico cúrate tú mismo? —Sasuke fruncía el entrecejo—. Si eso es lo que estás pensando, señora mía, más vale que lo olvides.

—Dios cura y el médico cobra los honorarios —le replicó ella—. Te digo que estaré bien.

—Eres mi esposa —insistió Sasuke con el gesto torcido. No podía evitarlo. Era demasiado—. Y mientras lo seas eres responsabilidad mía. Por lo tanto, harás lo que yo diga.

Sakura no se lo rebatió, aunque hizo un mohín testarudo mientras dejaba que la levantara del suelo. Rodeó el cuello de Sasuke con los brazos y en ese momento sus ojos se encontraron. Algo pasó entre los dos, algo ardiente e intenso que no tenía nada que ver con las heridas de Sakura, sino con la última vez que Sasuke la había llevado así hasta el sofá del pabellón, donde él tenía intención de saborearle a ella, muy despacio y a conciencia, su precioso cuerpo.

Sakura desvió de inmediato la vista mientras Sasuke, excitado, maldecía en silencio. Apretó la quijada para olvidar la tensión que sentía bajo los pantalones, depositó con cuidado a su esposa sobre el montón de mantas de la parte trasera del carro y partieron hacia la casa.

Sasuke estaba impaciente por llegar. Cada día que pasaba le costaba más cumplir su promesa de ignorar a Sakura Haruno. Echó una última mirada al carro, agarró sombrío las riendas y montó a lomos de su caballo.