13
Naruto Namikaze se detuvo ante el enorme castillo de piedra, situado a sólo cinco kilómetros al oeste de Carlyle Hall. Desmontó de la silla y entregó las riendas de su caballo negro al lacayo alto y delgado que se acercó enseguida a él desde el porche.
—Buenas noches, Excelencia —lo saludó el joven, con cuidado de no acercarse a los cascos inquietos de Blackie.
—No te preocupes, chico, se calmará en un minuto. Ha sido una buena galopada campo a través, pero nunca parece tener bastante. Cuídalo bien, por favor.
—Sí, señor.
El lacayo se llevó el caballo hacia los establos en la parte trasera de la casa y Naruto subió la escalinata de piedra que conducía a la entrada, ansioso ante su partida nocturna con Sasuke.
Siempre que podían, los dos hombres se reunían para jugar al ajedrez, a veces en Carlyle Hall, esa noche en el castillo de Running. Ocupado con unos documentos importantes que tenía que terminar, Naruto había avisado de que no cenaría con el marqués, como tenía por costumbre, pero sí iría para la partida. Aunque el aire era frío, el cielo estaba despejado, iluminado por la luna y las estrellas, con lo que el atajo que tomó por los campos fue fácil de recorrer.
Primero pensó en posponer la partida, ya que llegaría tarde a casa, pero Temari estaba preocupada por Sasuke y angustiada por Sakura, así que decidió que Naruto averiguara cómo iban las cosas entre la pareja.
Tras un breve movimiento de cabeza al mayordomo, Naruto cruzó el vestíbulo hacia el estudio de Sasuke. La puerta se encontraba abierta y el marqués tomaba una copa de brandy, sentado ante su escritorio.
Estaba claro que no era la primera.
—Para ser un hombre que suele beber con moderación, te estás convirtiendo en un borrachín —se burló Naruto, sonriente—. Aunque, bien mirado, quizá debería servirte otra; te va a costar mucho ganarme al ajedrez.
Sasuke gruñó algo y dejó la copa medio llena en el escritorio.
—Sólo es la segunda. No se me ha subido a la cabeza y esta noche voy a darte una buena paliza.
Naruto echó un vistazo al ajedrez, con las bellas figuras talladas en ébano y marfil esperando sobre un tablero negro e incrustado de madreperlas en la mesa situada frente a la chimenea.
—Muy bien, vamos. Empecemos. Aunque creo que antes tomaré una copa contigo.
Se acercó al aparador mientras Sasuke se instalaba en un sillón cómodo de piel a un lado del tablero.
—¿Cómo está Temari? —preguntó éste.
—Ocupada con los preparativos de las fiestas. A los niños les encantan las Navidades, y también es la época del año favorita de mi esposa. Su abuelo nos ha estado obsequiando con relatos de anteriores vacaciones familiares. Es sorprendente cómo el conde recuerda lo que pasó hace veinte años, pero no lo que sucedió en la cena de la noche anterior.
Sasuke asintió con la cabeza. Siempre le había gustado el conde de Haversham, el abuelo de Temari, aunque estuviera cada vez más olvidadizo.
—Mi tía ha estado refunfuñando por mi falta de espíritu navideño. Ahora que mi boda con Ashina es cosa del pasado, a tía Hana le apetecen las celebraciones. Supongo que tendré que ceder a su persistencia y permitirle planear algunas festividades.
—Parece una buena idea.
—Últimamente ha estado un poco pachucha —comentó Sasuke tras tomar un sorbo—. Imagino que se debe a las vacaciones y quizás a la falta de su difunto marido. Es su primera Navidad aquí, en el castillo. Quizás se animaría si lo decoráramos un poco, si le diéramos un toque de alegría.
Naruto sonrió y dijo:
—Estoy seguro de que sí, y a tu esposa también le gustaría.
La mano de Sasuke se detuvo a medio levantar un peón de ébano que iba a mover, y el encaje blanco del puño cayó con gracia sobre la figura que sostenía a unos centímetros del tablero.
—Sakura es mi esposa sólo de nombre. Lo que le guste o deje de gustarle no es cosa mía.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó Naruto, ignorando con habilidad el comentario.
Su amigo se encogió de hombros como si no le importara, pero su pose denotaba cierta tensión.
—Tuvo una caída fuerte mientras cabalgaba la semana pasada. Se torció un tobillo y se magulló las costillas. Por suerte, ya casi está recuperada. —Sus labios empezaron a esbozar una sonrisa—. No hay quien pueda con ella. Es una amazona muy buena. Se cayó al disputar una carrera con su mozo de cuadra por el bosque. Lo que es una buena estupidez, y puedes estar seguro de que se lo dije. Aun así, era todo un espectáculo verla con la falda roja ondeante y el muchacho galopando detrás.
—Por lo que he visto, esa dama tiene varias cualidades interesantes —observó sonriente Naruto, que dio otro sorbo a su bebida.
—Supongo que sí.
—Pero, aun así, sigues decidido a terminar con el matrimonio.
Sasuke movió otro peón dos escaques.
—No congeniamos en absoluto.
Naruto contrarrestó el movimiento con uno de su caballo de marfil.
—La deseas —comentó como sin darle importancia—. Te lo veo en los ojos cada vez que la miras.
El marqués miró a su amigo desde el otro lado del tablero. Su mirada se había vuelto dura como el acero.
—Esa mujer me engañó. Me dejó como un imbécil delante de media Inglaterra. ¿Crees que voy a olvidarlo así como así?
—Estaba desesperada. Tal vez tú habrías hecho lo mismo en su situación.
Sasuke no hizo ningún comentario, pero sus dedos aferraron el alfil al avanzarlo por la apertura que había creado en el tablero.
—Cuando me casé con Temari y me negaba a consumar el matrimonio me dijiste que era un idiota. Afirmaste que si fuera tuya pasaría las noches en tu cama. Bueno, pues ahora yo te digo lo mismo.
Su amigo apretó los labios para decir:
—Esa mujer me traicionó, maldita sea. Hasta donde yo sé, está loca. ¡Por el amor de Dios, hombre, si se escapó de un manicomio!
Un grito ahogado sonó desde la puerta y ambos hombres se giraron al unísono y vieron a Sakura en el umbral, vestida con una bata azul y los cabellos sueltos sobre los hombros. Le temblaban las manos y tenía la cara tan pálida como la vela que llevaba.
—¡Sakura!
Sasuke se levantó tan deprisa que tumbó el tablero y las figuras se desparramaron por el entarimado del suelo. Soltó un taco, pero no dejó de caminar con pasos rápidos hacia la puerta. Cuando llegó, Sakura ya no estaba. Sus pasos sonaban por el vestíbulo, con una cadencia irregular debido al tobillo lastimado.
—¡Sakura! —repitió Sasuke acelerando la marcha decidido a atraparla, y sus pisadas, más fuertes, retumbaron tras las de ella.
A medida que los sonidos empezaron a desvanecerse, Naruto suspiró y se levantó del sillón. Era evidente que la partida de ajedrez había terminado. Frunció el entrecejo al recordar la expresión de horror en el precioso rostro de Sakura y se imaginó el encuentro que iba a tener lugar entre los dos. Salió del estudio y se dirigió a la entrada, donde el alto y estoico Reeves le entregó el sombrero y la capa.
Desde el pasillo de arriba llegaban ruidos, pero Reeves los ignoró como era su obligación. Lo último que Naruto oyó cuando salió a buscar el caballo fue el golpe del hombro de su amigo contra la puerta cerrada de Sakura.
Esbozó una sonrisa burlona y siguió hacia los establos.
—¡Maldita sea, Sakura, déjame entrar!
Sasuke soltó un taco brutal, pero no le sirvió de nada. La puerta siguió cerrada y eso aumentó su empeño. Golpeó el hombro contra la madera una última vez y el pasador de hierro cedió, se arrancó por el otro lado y Sasuke apareció de golpe en la habitación.
Sakura soltó un grito ahogado de sorpresa y retrocedió un paso, con sus ojos verdes abiertos como platos en medio de la palidez de su cara. Como si el pestillo, cuyas piezas colgaban sin utilidad, no estuviera roto, Sasuke se detuvo para cerrar la puerta y siguió avanzando hacia su presa, que lo miraba a unos pasos de distancia con el mentón alto y los hombros rígidos. Bajo la luz parpadeante de la vela, vio que Sakura tenía lágrimas en las mejillas.
Sintió que algo se revolvía en su interior y resopló entre dientes. Pensó en todo lo que Sakura había sufrido y se odió por haberla lastimado otra vez.
—Lo siento —se disculpó en un tono suave y con ternura, avanzando como si ella fuese un animalito herido que pudiera decidir salir corriendo, lo que se correspondía a la perfección con su aspecto—. No quería decir eso, Sakura. Ya sabes que no. Estaba enfadado. Lo estoy desde aquella noche en el pabellón. Me engañaste y te guardo rencor por ello. Pero no quería decir lo que dije. No estás loca ni mucho menos.
—Sólo que no estás seguro, ¿verdad? —Sakura sacudió la cabeza mientras se secaba las mejillas—. No lo sabes con certeza.
Se la veía frágil y vulnerable, y el arrepentimiento oprimió el pecho de Sasuke.
—Claro que lo sé, maldita sea. Si creyera que estás loca, nadie en el mundo me habría obligado a casarme contigo.
Pero no pareció convencerla y volvió a lamentar esas palabras tan desconsideradas.
—Si pudiera volver atrás... —dijo ella mirándolo a la cara con sus grandes ojos verdes—. No te haría caer en esa trampa. Estaba tan desesperada... Y de verdad que creía que todo se arreglaría.
Él se acercó despacio y ella no echó a correr, sino que dejó que la atrajera y la rodeara con los brazos. Apoyó la cara en su hombro y, retorciendo los dedos sobre la solapa de su chaqueta, comenzó a sollozar, temblándole todo el cuerpo.
—No llores —susurró Sasuke acariciándole el pelo—. Lo hecho, hecho está. Llorar no solucionará nada.
—No quería herirte. Eres el mejor amigo que he tenido nunca.
Pero Sasuke pensó que no era sólo un amigo, sino su marido. Y el contacto del cuerpo de la esbelta mujer y la fragancia de su perfume suave le recordaron cuánto la deseaba. Los cabellos parecían de seda en sus manos y, bajo la bata, los senos le rozaban la pechera de la camisa blanca.
Le levantó la cara y secó las lágrimas con el pulgar.
—Vamos, cariño, no llores más.
Vio que el labio inferior de Sakura temblaba y que tenía las pestañas mojadas y los ojos luminosos. Estaba excitado y ansioso. El deseo le hervía en la sangre y empezó a crecer como una bestia en su interior. Acarició la mandíbula de Sakura con el pulgar y sintió la suavidad de la piel. Vio aquellos labios carnosos algo separados y recordó lo dulces que sabían aquella noche en el pabellón, lo bien que se amoldaron a los suyos. Recordó también cómo Sakura se fundió con él y cómo los dos cuerpos encajaban el uno con el otro, igual que piezas que faltaran en un rompecabezas.
Se inclinó, ladeó la cabeza y la besó como deseaba hacer desde hacía tanto tiempo. Fue un beso dulce, nada exigente. Pasada la sorpresa, que duró sólo un instante, Sakura cerró los ojos, le rodeó el cuello con los brazos y apretó contra él su esbelto cuerpo.
Sasuke gimió. Ardía en su interior. El deseo lo consumía. Se dijo que debía poner fin al beso, que eso sólo traería consigo el desastre; pero su cuerpo no lo obedeció. La sangre le martilleaba en los oídos y se le agolpó en la entrepierna. La necesidad se apoderó de él, ardiente e insoportablemente intensa. Los pequeños y firmes senos de Sakura se apoyaban contra su pecho. Pensó en lo erótico que era aquel contacto y su control se erosionó aún más.
Intensificó el beso y de la garganta de Sakura escapó un suave sollozo de rendición. Introdujo la lengua en su boca, profundamente, y sintió la respuesta de su lengua sedosa. Notaba sus pezones erguidos bajo la bata y ansiaba con desesperación tocarlos. Tiró de la cinta de la bata, desabrochó los botones de la parte delantera uno a uno y dejó resbalar la prenda por encima de los hombros para que cayera al suelo. Llevaba un camisón debajo, una fina barrera blanca que le recordó su pureza y a él le hizo enardecerse aún más en su pasión.
Se preguntó vagamente si se habrían aprovechado de ella en Saint Bart, pero su reacción dulce ante la pasión desencadenada en él le indicó que ella no tenía miedo, y el pensamiento desapareció bajo una oleada de ardor.
Le besó un lado del cuello y regresó a su boca, inclinando la cabeza primero a un lado y luego al otro, deseando más, incapaz de saciarse. Notó como si se ahogara, apenas capaz de respirar, pero se negó a tomar aire. Metió un muslo entre sus piernas y Sakura emitió un grito ahogado y le oprimió los hombros con sus dedos al notar la dureza en el cuerpo excitado.
La pasión devoraba a Sasuke. Volvió a besarla, de un modo casi salvaje, y ella devolvió el beso. Le tomó un pecho con la mano por encima del camisón de algodón, pero no era suficiente. Tiró de la cinta del camisón y se lo deslizó por los hombros, rasgándolo un poco con la prisa por librarse de él. La besó cuello abajo hasta llegar al pezón, erguido y tembloroso, lo lamió y después cubrió el seno con la boca.
Sentía un calor terrible en la entrepierna. Hizo resbalar el camisón de Sakura de las caderas al suelo, levantó el cuerpo desnudo en sus brazos y lo transportó a la cama.
—La puerta... —susurró Sakura, que echó un vistazo inquieto al pasador roto.
—Nadie se atreverá —replicó él, y tenía razón.
Volvió a besarla y se detuvo para quitarse la camisa. No quería esperar. Deseaba desabrocharse los pantalones, liberarse y hundirse en ese interior, penetrarla hasta el fondo y satisfacer la necesidad dolorosa que sentía. Pero se sentó y se quitó las botas, se desabrochó y quitó los pantalones y se acostó con ella en la cama. Cuando empezó a besarla otra vez, Sakura le apoyó una mano en el pecho para detenerlo.
—¿Estás seguro, Sasuke? ¿Estás seguro de que esto es lo que quieres? Si hacemos el amor, la anulación... No podremos...
La acalló con un beso largo y esmerado, siguió por un lado del cuello y, después, una oreja.
—Eres mi mujer —dijo en voz baja—. Te deseo y nada más importa.
Alguna parte remota de él le advertía que eso no era cierto, que lo que pasara esa noche importaba mucho, pero en aquel momento le daba lo mismo. Así que la besó, le acarició los pechos, pequeños y exquisitos, deslizó la palma de la mano por la zona lisa bajo el ombligo y le introdujo un dedo.
Sakura se puso tensa y cerró las piernas alrededor de su mano.
—Confía en mí. Deja que haga que nos guste a los dos.
Sus palabras parecieron tranquilizarla, pues se relajó un poco y Sasuke pudo situarse entre sus piernas. La acarició con suavidad primero y después más profundamente, de un modo rítmico que le hacía a Sakura retorcerse en el colchón con sus dedos clavados en la espalda del hombre.
—Sasuke, por favor, no puedo... No... No puedo más.
—Relájate, cariño. Tranquila. —Estaba dolorosamente excitado. Cambió de posición y oprimió la dureza rígida de su entrepierna contra la carne cálida y húmeda en la entrada del conducto—. Confía en mí y relájate.
La penetró con cuidado, procurando no lastimarla. Estaba húmeda y caliente, y era tan estrecha que Sasuke apretó las mandíbulas ante el placer insoportable que amenazaba con hacerle perder por completo el control. Cuando llegó al himen, cerró un instante los ojos aliviado. Se contuvo unos momentos más para permitir que Sakura se amoldara a él.
—Sasuke... —susurró ella vacilante y, aun así, movía impaciente el cuerpo bajo el de su marido.
Un beso ardiente y apasionado, y la penetró hasta el fondo. Sakura soltó el aliento con fuerza y después le devolvió el beso, a la vez que lo tentaba con las manos, acariciaba las costillas, palpaba los músculos y los tendones, como si quisiera aprendérselo centímetro a centímetro.
—Dios mío, Sakura...
La respuesta inocentemente apasionada de Sakura lo estaba volviendo loco. No podía contenerse más. Se había abstenido durante mucho tiempo y la deseaba demasiado. Retrocedió y volvió a penetrarla; afuera y adentro de nuevo, una y otra vez, tomándola profundamente, con embates sucesivos mientras sentía su propio ardor en la piel. Le faltaba poco para llegar al momento culminante y lo reprimió como pudo, conteniéndose a fuerza de voluntad, decidido a proporcionarle placer a ella.
Cuando Sakura se arqueó, de modo que él entonces pudo penetrarla más profundamente aún, le vino el estallido. Unos cuantos empujes más y el cuerpo de Sakura se apretó contra él, se combó debajo de él y alcanzó su propio clímax, tensada como un arco.
Aunque la intención de Sasuke era precisamente darle placer, la sensación de sorpresa lo abrumó. Sakura era virgen, pura e ingenua y, aun así, respondía con la pasión de una amante experta. Con lo franca que era, quizás él tendría que haber sospechado que ella disfrutaría con los placeres de la carne. Sin embargo, eso le recordó lo distinta que era del tipo de mujer con la que hubiera querido casarse.
Cuando las sensaciones ardientes menguaron y empezó a recuperar poco a poco los sentidos, no pudo evitar preguntarse cómo habría sido su noche de bodas con Ashina Tatsushiro.
En las últimas horas de la noche, Sakura yacía despierta en la cama de columnas contemplando la moldura de yeso del techo. Le dolía el cuerpo en sitios donde no le había dolido nunca, y el dolor suave que sentía entre las piernas le recordaba que ya no era virgen.
Sasuke le había hecho el amor. Le había hecho sentir un placer inimaginable. Había sido salvaje en su deseo y al mismo tiempo, tierno. Después, ella se quedó dormida en sus brazos.
Unas horas más tarde se despertó, desorientada al principio, hasta que se dio cuenta de dónde estaba y de que el hombre a su lado era su marido, también despierto y observándola con esos feroces ojos negros, apretado contra su cuerpo, deseando volver a estar dentro de ella.
Sakura se dio la vuelta y lo acogió, contenta de que la hubiera hecho su esposa, ansiosa por experimentar la increíble pasión que había conocido con él. Lo amaba. Quería demostrarle lo mucho que le importaba, compensarlo por los problemas que le había causado.
Pero él se apartó, le besó en la parte superior de la cabeza y la rodeó con sus brazos.
—Duérmete —le aconsejó en voz baja—. Por la mañana estarás dolorida.
En aquel momento creyó que procuraba no hacerle daño. Ahora, al ver el espacio vacío en la cama, recordó la ligera tensión en la mandíbula, el brillo de algo que no supo discernir en esos ojos negros con motitas plateadas.
Su marido se había ido y la inquietud se apoderó de su pecho. Durante horas, Sakura permaneció bajo las sábanas deseando que llegara el alba, deseando que no llegara. Deseando verlo, saber qué pensaba. Deseando no tener que enfrentarse a él y recordar las cosas íntimas que habían hecho juntos.
Por fin, la luz del día se coló por las ventanas y Sakura, con los músculos doloridos, salió con lentitud de la cama. Eligió un sencillo vestido de lana de color burdeos, llamó a Fanny para que la ayudara con los botones, se hizo una trenza, que se sujetó en lo alto de la cabeza, y bajó. Tenía que enfrentarse a los problemas que su conducta de la noche anterior hubiera podido provocar, y cuanto antes mejor.
Entró en el comedor de la parte trasera de la casa con la esperanza de que Sasuke estuviera ahí, pero sólo encontró a tía Hana. La esbelta mujer estaba mirando por la ventana con una expresión pensativa, tal vez incluso melancólica, y Sakura se preguntó en qué estaría pensando.
No tuvo tiempo de preguntárselo. Hana la vio y el momento se desvaneció.
—Pareces exhausta, querida —dijo, con el entrecejo fruncido de preocupación. Después sonrió—. Ah, pero supongo que era de esperar. Satisfacer las necesidades de un hombre viril como mi sobrino pondría a prueba a cualquier mujer.
—¿Cómo...? ¿Cómo se enteró? —preguntó Sakura ruborizada hasta la raíz de los cabellos.
¿Acaso tenía un aspecto distinto? ¿Podía Hana sospechar las cosas íntimas que el marqués le había hecho, lo que ella le había hecho a él?
Hana soltó una carcajada.
—Dios mío, querida, cuando un hombre derriba la puerta del dormitorio de una mujer, es lógico pensar que no tiene sólo intención de conversar.
Tal vez sí, pero al recordar que luego la abandonó, tuvo la terrible sospecha de que quizás él no hubiese logrado su objetivo. Sin duda, si le hubiera gustado, habría querido hacerle el amor otra vez.
Sakura se sentó a la mesa frente a Hana y el criado le sirvió un plato que no sería capaz de terminar: huevos con mantequilla, faisán asado, un trozo de queso de Gloucester y un poco de pan recién hecho. Tomó un bocado, vacilante, pero la comida le sabía a papel. La movió por el plato con el tenedor.
—¿Sabe adónde ha ido el marqués? —preguntó de un modo que esperaba que sonara despreocupado.
—Vaya, suponía que estaba contigo —respondió Hana con el entrecejo fruncido—. Por lo menos hasta que llegaste. ¿Quieres decir que no ha pasado toda la noche contigo?
—No, él... No —susurró, apenas capaz de pronunciar la palabra.
—Vaya por Dios. —Hana esbozó una sonrisa demasiado radiante, que no engañó a Sakura ni por un instante—. Bueno, seguramente será por algún asunto importante. Quizá tenía una cita a primera hora con uno de los arrendatarios. Ya sabes cómo es. Todo según lo planeado.
Pero su «noche de bodas» no había sido planeada y era evidente que lamentaba que hubiera tenido lugar. Sakura procuró tragar un poco más de huevo, pero le pareció frío y grasiento. Empujó el plato casi intacto y dejó la servilleta de nuevo en la mesa.
—Espero que no le importe, tía Hana. Creo que no me encuentro muy bien. Seguro que no es nada, quizá demasiada... agitación.
—Por supuesto, querida. —Hana sonrió comprensiva—. ¿Por qué no subes a tu dormitorio y descansas? Haré que te manden un baño. Después podrías dormir un rato. Le pediré a Fanny que te suba algo de comer un poco más tarde.
Sakura asintió en silencio. Sentía un dolor sordo en el corazón y una opresión en el pecho. Estaba más triste que antes. Parecía que cada vez que trataba de mejorar las cosas sólo lograba empeorarlas.
«Aunque estés casada con un hombre que no te quiere, por lo menos estás a salvo de Dunstan.»
Las palabras surgieron de la nada, unas palabras reconfortantes que sabía que eran ciertas. La idea la animó un poco. Estaba enamorada de un hombre que no la amaba, pero ella era joven y ahora estaba libre y contaba con toda la vida por delante. Tenía su propio futuro, sus propios sueños. Se negó a gastar su tiempo languideciendo por un hombre que no la quería.
Aunque le costó una gran fuerza de voluntad, enderezó la espalda. No necesitaba a Sasuke Uchiha para ser feliz. Tenía sus estudios, el reto de su trabajo, y ya había empezado a ayudar a otras personas en el pueblo. Aparte de eso, debía pensar en el pequeño Nawaki. De un modo u otro, su intención era liberarlo de Saint Bart.
Se irguió decidida. Había cuidado de sí misma desde la muerte de su padre. Salvo para protegerse de su tío, no necesitaba un marido. No quiso nunca tenerlo. Y, si después de la noche pasada no estaba embarazada, aún podían conseguir la anulación.
Si Sasuke no la quería, no pasaba nada. Estaba cansada de rogar su perdón, cansada de intentar compensar el error que había cometido al obligarlo a casarse con ella. A partir de ese mismo día, se mantendría alejada de Sasuke Uchiha. Si por ella fuera, el tipo podía irse directamente al infierno.
