14

La nieve, o más bien el aguanieve, flotaba en el aire y se derretía en cuanto llegaba al suelo. Aun así, entre los árboles soplaba un viento frío que se filtraba por las ventanas de la taberna Quill and Sword.

Sentado ante una mesa de madera en un rincón, Sasuke sorbía distraídamente una jarra de cerveza. El bar era oscuro y estaba lleno de humo, con paredes gruesas de piedra y techo bajo de madera. Olía a cerveza agria y a tabaco viejo.

A pesar de todo ello, era su escondrijo secreto, un lugar adonde iba cuando quería escapar de sus tareas en el castillo de Running, como esa noche. Echó un vistazo alrededor del bar y observó un poco a sus ocupantes: un par de soldados uniformados, de permiso en casa y ya medio borrachos de ron; el herrero de los establos, que jugaba una partida de cartas; la tabernera bien dotada, que siempre le hacía saber que estaría dispuesta a darse un revolcón con él si se le ocurría la idea, y sin compromiso ninguno.

No había aceptado nunca la oferta. Con lo caliente que estaba desde que se acostó con su esposa, en ese momento llegó a planteárselo fugazmente.

Suspiró en aquel interior lleno de humo y mal iluminado. ¿Cómo diablos se había metido en ese aprieto? Era un buen imbécil. Aunque no estaba de humor para beber, dio un sorbo de cerveza por hacer algo. Recostó la silla contra la pared de atrás, estiró las piernas y pensó en lo mucho que su vida había cambiado desde que conoció a Sakura Haruno.

Su suspiro se perdió en medio del ruido del bar. ¿Por qué todo el mundo a su alrededor parecía tan alegre, mientras que él se sentía tan triste? Estuvo un rato allí, en silencio, hasta que la puerta se abrió y dejó pasar una corriente de aire frío. Sasuke levantó la vista y vio que una conocida figura musculosa se agachaba para entrar en la taberna.

A la luz de la chimenea vieja de piedra, Naruto Namikaze repasó a los ocupantes del bar, sonrió y se fue hacia él. Acercó una silla, le dio la vuelta y se sentó a horcajadas.

—He ido a verte —le informó—. Como nadie parecía saber adónde habías ido, me imaginé que estarías aquí.

Sasuke se enderezó, puso bien la silla, se recostó en ella y dejó la jarra casi llena de cerveza en la mesa.

—Bueno, me has encontrado. Éste es el único sitio al que se me ocurriría ir para mantenerme cuerdo.

—¿Problemas en casa? —Naruto arqueó una ceja.

—Ni que lo digas.

—¿Peor que la noche que fui a jugar al ajedrez? Te oí golpeando la puerta de Sakura. Imagino que entraste.

Su amigo no contestó y eso fue respuesta suficiente para Naruto.

—Me hubiera gustado estar ahí —añadió, sonriendo—. Me hubiera encantado ver la cara de tu mujer cuando entraste arremetiendo contra la puerta como un toro furioso.

Sasuke gruñó recordando muy bien la escena.

—Baste con decir que Sakura es ahora mi mujer de verdad. No habrá anulación.

La tabernera, Samui Jenson, llegó en ese momento e interrumpió la conversación.

—¿Qué le pongo, Excelencia? —le preguntó a Naruto, que también era conocido en el local. Se trataba de una muchacha bonita de un modo empalagoso, con los cabellos rubísimos y las caderas anchas, pero redondeadas, firmes y atractivas al andar.

—Ponme una jarra de lo que está tomando mi amigo —pidió él con un movimiento de cabeza hacia Sasuke.

—Muy bien, enseguida —asintió Samui, que se alejó seductora por el bar, seguida por la mirada de Sasuke. Observó que Naruto no la miraba. Era evidente que su amigo, a diferencia del marqués, estaba bien servido en casa. Eso le resultó inquietante.

—Has dicho que me buscabas. ¿Querías algo, o viniste sólo a ver cómo me iba con mi esposa? —ironizó Sasuke.

—De hecho, Temari me pidió que viniera. Espera que pueda convencerte de que tú y Sakura, y tu tía, claro, os unáis a nosotros en una pequeña fiesta familiar en Nochebuena. Ya sé que debes de tener planes ahora que tienes familia propia, pero...

—¿Familia? Yo no lo llamaría así.

La tabernera apareció, dejó la jarra de cerveza en la mesa, le sonrió a Sasuke y se marchó discretamente.

—Bueno, ahora tienes esposa, por lo menos. Por ahí se empieza.

—La atracción física no ha sido nunca parte del problema.

—Entonces, ¿qué rayos es? —preguntó Naruto con el entrecejo fruncido.

Sasuke se pasó una mano por los cabellos y se apartó del rostro algunos mechones sueltos.

—No lo sé. Cada vez que la miro, la deseo. No es en absoluto como había imaginado que fuera una esposa, pero la deseo igual. Lo extraño es que, cuanto más la deseo, más me mantengo alejado.

Naruto reflexionó sobre eso, tomó un trago largo de cerveza, se secó la espuma de los labios con el dorso de la mano y volvió a dejar la jarra en la mesa.

—¿Sabes qué pienso? Te da miedo. Es inteligente, culta y de carácter muy apasionado. Te hace sentir cosas que no quieres sentir y te mueres de miedo.

—Eso es ridículo. Apenas es una mujer, poco más que una chiquilla.

—Es valiente y entusiasta. Es terca y decidida y no le da miedo plantarte cara. No esperabas eso en la mujer con quien te casaras. Querías alguien como Ashina Tatsushiro, una mujer a la que pudieras darle palmaditas en la cabeza e ignorarla. No puedes hacer eso con Sakura.

—Estás tan loco como ella.

—No está loca y lo sabes. —Naruto sonrió—. Estoy de acuerdo en que tu esposa tal vez sea un poco excéntrica, pero eso no tiene nada de malo.

—¿Excéntrica? —Sasuke arqueó una ceja—. Ayer vino a mi estudio y me preguntó que si podía montar su laboratorio en la cabaña de piedra que hay junto al río. ¡Su laboratorio, por el amor de Dios! Es la marquesa de Litchfield y quiere ser una especie de maldita curandera.

Naruto se rió entre dientes.

—No cabe duda de que no es la señorita tímida y retraída que a ti te gustaría —se burló.

—Una mujer tiene que estar en casa cuidando de su marido y sus hijos, no andar vagando por el campo y proporcionando hierbas, la mitad de las cuales tienen los efectos opuestos a los que ella pretende.

—¿Le permitiste usar la cabaña? —preguntó Naruto, que tomó otro sorbo de cerveza.

—No.

—Ella cuenta que su madre y su hermana murieron y nadie pudo hacer nada por ayudarlas. Es evidente que esas muertes la afectaron mucho.

—Sakura ha sufrido mucho en su vida —reconoció Sasuke, recostado de nuevo en la silla—. No necesita sufrir más. Y eso es lo que pasará si sigue intentando ayudar a todos los vagabundos de Inglaterra. Espero que con el tiempo entrará en razón y dejará esta idea ridícula de que tiene algún tipo de misión.

—Te deseo suerte, amigo mío —afirmó, Naruto con la jarra levantada hacia Sasuke—. Vas a necesitarla.

Sasuke no dijo nada más. Por lo que a él respectaba, el tema de Sakura Haruno Uchiha estaba cerrado. Quizá si seguía sus órdenes y, a partir de ahí, cumplía sus deseos empezarían a tener un matrimonio que pudiera parecer normal.

Lo esperaba de todo corazón. No estaba seguro de cuánto tiempo resistiría lejos de la cama de su linda esposa.

—¿Lo has visto? —Nadare Rōga estaba en la penumbra, al otro lado de la ventana de la taberna Quill and Sword. Se subió el cuello de la chaqueta de lana raída para protegerse del frío.

—Sí. Lo he visto. Está hablando con ese duque amigo suyo.

—Madre de Dios, Dokuraku. No podemos encargarnos de ese tipo enorme. Lo más seguro es que nos mate.

Nadare, un hombre bajo y fornido, se golpeó el cuerpo con los brazos para entrar en calor. Mawashi Dokuraku siguió vigilando por la ventana.

—No tendremos que hacerlo. El duque se larga. Parece que el dichoso marqués se queda.

—Entonces, es hombre muerto —soltó Nadare con una sonrisa que dejó al descubierto el hueco entre sus dos incisivos.

Mawashi gruñó. Era más alto que Nadare. Había sido conductor de carro y tenía brazos fornidos y piernas fuertes, y una vena mezquina que le mantenía los bolsillos siempre llenos de monedas. Hizo un movimiento oblicuo con la cabeza al decir:

—Venga. Lo esperaremos ahí detrás. Tarde o temprano tendrá que ir a buscar el caballo.

Nadare se frotó las manos para calentarlas. Llevaba puestos unos mitones que no le servían de mucho contra el frío. Siguió a Mawashi hacia la parte trasera de la taberna y tomaron posiciones entre las sombras.

No tuvieron que esperar demasiado. El sonido de unas pisadas de bota en la tierra helada los advirtió de la presencia de alguien.

—¡Es él! —susurró Nadare, y las palabras le salieron siseantes por el hueco de los dientes.

—Cállate —ordenó Mawashi—. ¿Quieres que sepa que estamos aquí?

Esperaron hasta que el marqués se acercó, dio la vuelta a la esquina y se metió en la penumbra. Entonces, Mawashi avanzó y lo golpeó con fuerza en la espalda con un madero.

Litchfield era un hombre alto, delgado y fuerte. Recibió el impacto y se desequilibró, sacudió la cabeza, se revolvió y su puño conectó como un martillo en la mandíbula de Mawashi. Éste soltó un taco y se tambaleó hacia atrás hasta aterrizar sentado en el suelo nevado. Nadare aprovechó ese momento para atacar, y la hoja de su navaja brilló a la luz de la luna.

—¡Joder!

El marqués esquivó el arma con mucha más agilidad de la que Mawashi hubiera esperado, retrocediendo justo a tiempo y pareciendo volverse más alto cuando se enderezó para recobrar el dominio de sí mismo. De pie, con las piernas separadas para lograr un mayor equilibrio, Litchfield se quitó la bufanda que llevaba al cuello y se envolvió con ella el brazo para protegerlo de la navaja.

—¡Agárralo! —gritó Nadare, que intentó acuchillarlo de nuevo.

El marqués evitó sin problemas la navaja, pero Mawashi se le acercó por detrás y lo empujó hacia la hoja afilada de acero. Nadare lanzó el arma hacia arriba, a lo largo del pecho del marqués, y le hizo un corte a través de la chaqueta de lana y la camisa de batista blanca, rasgando además la carne musculosa.

Litchfield gruñó de dolor y se giró para pelear con Mawashi. Ambos cayeron y rodaron por el suelo, primero uno arriba, luego el otro. Lanzó varios golpes fuertes a la cara de Mawashi y después se incorporó y se volvió para enfrentarse a Nadare, que en ese momento lo atacó de nuevo con la navaja y le clavó la hoja en el brazo. Un siseo agudo de dolor rasgó la noche y, acto seguido, Litchfield lanzó la pierna hacia delante y golpeó con la bota la muñeca de Nadare, cuya navaja salió disparada en medio de la penumbra.

Mawashi tenía los labios hinchados y sentía un dolor terrible en la cabeza. Le salía sangre por la nariz y la boca. Jadeante, buscó a Nadare, pero el muy cobarde había huido.

El marqués retrocedió para reunir fuerzas con vistas al siguiente ataque.

—Si sabes lo que te conviene —advirtió a Mawashi con un tono durísimo—, seguirás los pasos de tu amigo.

—¡Y una mierda! —soltó él con desdén. No iba a salir corriendo y dejar que un aristócrata lo dejara en ridículo. Describió un círculo, con los ojos en su presa, y detectó el cuchillo que Nadare había perdido. Se agachó para recogerlo y lo levantó como un trofeo—. Voy a rajarte esa cara tan bonita. Y voy a disfrutarlo.

A la luz de la luna que asomaba entre las nubes, las líneas de la cara de Litchfield parecían talladas en piedra. Mawashi se humedeció los labios. La mano con la que sujetaba la navaja le sudaba. Cuando aceptó el trabajo, no esperaba que el marqués fuera un contrincante tan temible. Había creído que ya tenía en el bolsillo la otra media libra que cobraría por matar a ese cabronazo.

Ya no estaba tan seguro.

—Todavía puedes irte con vida —le aconsejó Litchfield con un suave tono de amenaza, como si, en caso de quedarse, Mawashi tuviera la muerte garantizada.

El tipo se echó para atrás el pelo grasiento que le había caído sobre los ojos y siguió describiendo un círculo alrededor de su presa.

—Estás sangrando como un cerdo —se envalentonó—. No tienes fuerzas para luchar conmigo. Te mataré y me iré.

—Yo no estaría tan seguro —replicó Litchfield, casi sin mover los labios.

Mawashi notó cómo el sudor le bajaba por el tórax. Observó que el marqués tenía cuidado con el brazo herido y vio la sangre que le bajaba por la manga de la chaqueta azul de montar. Aun así, había algo en los ojos negros de ese hombre, algo que indicaba que ni siquiera la navaja bastaría para detenerlo.

Un sonido de voces llegó a sus oídos. ¡Alguien se acercaba! Fue el incentivo que Mawashi necesitaba para mover las piernas. Se volvió, salió a toda velocidad hacia el establo y lo rodeó para llegar a donde tenía atado el caballo. Corrió lo más rápido que pudo, seguro de que el marqués le pisaba los talones. No perdió tiempo: se montó a lomos del caballo, le giró la cabeza con las riendas y clavó los tacones en el huesudo costillar del animal.

No miró atrás, sino que siguió cabalgando hasta llegar a la seguridad de los árboles. Allí se detuvo, pero sólo un instante. Al volver la vista hacia la silueta de la taberna, lanzó un taco rabioso por haber fracasado.

Pero el dinero todavía no estaba perdido. Seguía esperándolo. La siguiente vez que se encontrara con ese cabrón de la nobleza, estaría mejor preparado.

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.

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Sakura se inclinó sobre la barandilla en lo alto de las escaleras que daban a la entrada. Un alboroto en la planta baja la había arrancado de la soledad de su dormitorio. Vio a una mujer de pechos generosos que, vestida con una falda, la típica blusa escotada de una campesina y el peto de una tabernera, entraba en el vestíbulo. Tras ella, dos hombres llevaban casi a cuestas entre los dos a un tercero, con un brazo alrededor de los hombros de cada uno.

Sakura gritó para sí horrorizada al percatarse de quién era el herido:

—¡Sasuke! ¡Oh, Dios mío!

Se levantó la punta de las faldas para bajar las escaleras corriendo, con el corazón a punto de estallarle en el pecho. Tenía tanta prisa por llegar abajo que casi tropezó, y resbaló al detenerse frente a ellos.

—Pero, por Dios, ¿qué ha pasado? ¿Está muy herido? ¿Podrían llevarlo arriba? —Se volvió hacia el mayordomo—. Reeves, avise enseguida al médico, por favor.

—Ya lo he hecho, milady.

En ese momento, Sasuke gruñó y abrió despacio los ojos. Tenía uno hinchado y casi cerrado por completo, y el labio, partido, le sangraba.

—Estoy bien —se esforzó en decir, con un tono de dolor en la voz—. He tenido un ligero problema al salir de la taberna.

—Marty y yo lo encontramos inconsciente cerca de los establos —explicó la rubia bien dotada—. Ha perdido mucha sangre, milady. Lo mejor sería meterlo en la cama.

—Sí, sí, claro. Síganme, por favor.

La siguieron por las escaleras. Aunque Sasuke trataba de orientar sus pasos, los hombres tuvieron que cargarlo hasta el piso de arriba. La sangre le goteaba de la chaqueta. Tenía el puño colorado, y Sakura contuvo una oleada de miedo.

El hombre llamado Marty, un joven larguirucho y de cabellos rubios, largos y rizados, habló:

—Lo acuchillaron. Tiene cortes en el brazo y en el pecho. Los muy cabrones. —Se sonrojó—. Perdone, milady.

Sakura tenía el corazón en un puño. Ocultó su preocupación con el enfado:

—No pasa nada. Eso es exactamente lo que son.

El joven le dirigió una sonrisa de gratitud mientras conducían a Sasuke por el pasillo y lo dejaban bajo el dosel azul de su cama. Con manos temblorosas, Sakura le abrió la chaqueta de montar sucia y rota, rasgó la camisa de batista blanca y dejó el torso al descubierto. Después, procuró tranquilizarse para examinarle el corte que tenía en el pecho.

—¿Es muy grave, milady? —preguntó la muchacha bien dotada desde los pies de la cama.

—La herida del pecho es sólo un rasguño.

Al ver la cantidad de sangre que empapaba la manga, decidió que la otra herida era más preocupante. Quitó el vendaje improvisado que le habían puesto en el brazo para detener la hemorragia y rasgó la manga de la destrozada chaqueta lo suficiente para observar el corte profundo en la piel.

—La herida del brazo es importante. Tendré que cosérsela.

—¿Está segura de que no sería mejor esperar al médico? —insinuó la tabernera, con una ceja arqueada.

—El doctor Fredericks está por lo menos a dos horas de camino. Hay que detener la hemorragia y yo sé coser una herida tan bien como él.

La mujer rubia no dijo nada más, pero miró a Sakura con cierto respeto.

—¡Oh, Sasuke! —Con un grito aterrorizado, tía Hana entró en el dormitorio como una exhalación, apretándose los labios con sus esbeltas manos—. ¿No estará...? ¿No estará...?

Sasuke abrió de golpe el ojo sano y se mostró sarcástico:

—Te aseguro que todavía no estoy muerto. Puede que lo esté después de que mi esposa intente practicar en mi maltrecho cuerpo su técnica de sutura.

—No digas eso —le advirtió Sakura—. Y no te atrevas a enfrentarte conmigo en esto, Sasuke. Tenemos que detener la hemorragia y soy perfectamente capaz de hacerlo.

Podría haber discutido la cuestión si no hubiese detectado el brillo de las lágrimas en los ojos de su mujer.

—Si esa preocupación que veo es por mí, supongo que tendré que consentir —aceptó Sasuke con una levísima sonrisa.

Violenta, Sakura parpadeó y se secó las mejillas con el dorso de la mano.

—Muy bien —dijo, y se dirigió a los demás—: Tía Hana, necesitaré mi maletín. Lo encontrará en mi dormitorio, debajo de la cama. Necesitaré agua caliente para limpiar la herida y tiras de tela limpia para vendarla. Y también una licorera con brandy. —Intentó esbozar una sonrisa y añadió a quienes habían acompañado a Sasuke—: Los demás tendrán que marcharse. Les estoy muy agradecida por haberse ocupado de mi marido. Con mucho gusto les pagaré las molestias...

—No, milady —le interrumpió la mujer—. Su Excelencia ha hecho mucho por la gente del pueblo. Procure que se recupere.

—Lo haré —asintió Sakura—. Y gracias otra vez.

Los dejaron solos y, unos segundos después, tía Hana volvió con el maletín que contenía los preciados objetos médicos. Sakura rebuscó entre su contenido y sacó un frasco, que contenía vulneraria para detener la hemorragia, y también aguja e hilo para los puntos. Encontró después un bálsamo de cinoglosa, digital y ortiga blanca para evitar que la herida se pudriera.

En aquel instante apareció un criado con una jofaina con agua humeante mientras otro llegaba con una licorera con brandy y una bandeja con vendas.

—Quizá debería usted sujetarlo, tía Hana.

—Oh, vaya.

La voz de Sasuke les llegó desde la cama:

—No voy a moverme. No necesito la ayuda de mi tía ni de nadie. —Le dedicó una sonrisa agotada a la tía—: Lo mejor será que esperes abajo hasta que Sakura haya terminado.

Hana parecía tan aliviada que Sakura no lo contradijo. Supuso que no todo el mundo estaba hecho para ese tipo de cosas.

—Váyase —estuvo de acuerdo—. No tardaré mucho.

—Bueno, está bien. Si estás segura de que no me necesitas...

Sakura asintió con la cabeza. En cuanto la mujer salió de la habitación, tomó el brandy, sirvió un poco en una copa y se la dio a Sasuke, que se bebió el contenido de un solo trago. Volvió a llenar la copa y se la tendió, pero su marido sacudió la cabeza.

—Te juro que no había tomado nunca tanto alcohol como desde que te conozco.

—Te ayudará con el dolor —le explicó Sakura sin prestar atención a la pulla, pero él siguió sin querer beber más.

—Lo aguantaré.

Esperando que fuese verdad, Sakura dispuso las cosas que necesitaba en una bandeja cubierta con tela, junto a la cama. Acto seguido, colocó la jofaina de agua caliente al lado.

—Primero tendremos que quitarte esta ropa sucia.

La primera chispa de interés brilló en aquellos ojos negros y plateados.

—Si no supiera que me iba a doler a rabiar, me encantaría que me ayudaras a desnudarme.

Sakura notó una sensación cálida al recordar la noche en que hicieron el amor. Esas palabras eran la primera referencia de tipo sexual que él hacía desde que se acostaron juntos. Como Sakura estaba segura de que ella había sido una decepción total en ese sentido, decidió pasarlas por alto.

—Quizá debería llamar a tu ayuda de cámara. Holcomb podría ayudarme a levantarte.

—No estoy inválido, Sakura. Tengo un corte sin importancia en el brazo. Puedo quitarme esta dichosa chaqueta yo solo.

No lo contradijo ni mencionó que la herida no era sin importancia. Ya era bastante que le dejara curarlo. Se inclinó, desató la venda que había vuelto a colocarle en el brazo y le pasó una mano por la espalda para incorporarlo mientras él intentaba desvestirse. Costó un poco, pero, por fin, pudo ayudarlo a quitarse la chaqueta ensangrentada y la camisa rasgada y sucia. Con el torso desnudo, Sasuke volvió a echarse en la cama, con la herida del brazo sangrándole mucho otra vez.

Sakura se mordió el labio inferior para tranquilizarse. No solía ponerse nerviosa, pero de algún modo esta vez era distinto. La sangre que manchaba las sábanas pertenecía a Sasuke y ella no soportaba ver que sufría. El corazón le latía con fuerza y tenía que esforzarse para evitar que le temblaran las manos. Tomó la tela, la hundió en el agua de la jofaina y limpió la herida. Después se sentó junto a su marido con la aguja y el hilo que había preparado.

—Como tú has dicho, va a dolerte.

—Adelante —la animó él.

Sakura inspiró a fondo y concentró su atención en la tarea que la esperaba. Aunque Sasuke no se estremecía ni movía un solo músculo, cada vez que empujaba la aguja a través de la piel, ella sentía el dolor como si fuera propio.

—Ya casi estoy —le anunció.

—Pues no sabes cómo me alegro —dijo él.

Le entraron ganas de sonreír.

—Un punto más y habré terminado.

Tiró del hilo, lo anudó y, por último, lo cortó de un mordisco. Limpió la herida del pecho, aplicó el bálsamo medicinal a ambos cortes, colocó una hoja de vulneraria en el brazo y se lo vendó.

Cuando hubo acabado, le sonrió con el corazón lleno de preocupación y de amor. Había intentado luchar contra sus sentimientos, pero, al verlo así esa noche, supo que lo amaba más incluso de lo que había pensado. Lo amaba a pesar de que eran tan poco adecuados el uno para el otro. Se maldijo por ser tan imbécil, pero no podía hacer nada para evitarlo.

—Has sido muy valiente —le comentó, retirándole un mechón de pelo negro de la cara—. Estoy orgullosa de ti.

Una vez atendidas las heridas, se desplazó a los pies de la cama y le quitó las botas y las medias. Los pantalones eran harina de otro costal. Con sólo pensar en lo que había bajo la tela se acordaba de cuando hicieron el amor, en lo que experimentó cuando Sasuke estaba dentro de ella, y sintió un cosquilleo cálido por todo el cuerpo.

Se humedeció los labios, que de repente parecía tener tan secos como los polvos que usaba para el ungüento curativo.

—Me parece que el resto se lo dejaré a Holcomb. —Intentaba no pensar en Sasuke desnudo e ignorar el calor que le descendía hasta el vientre.

—Lo llamaré en un minuto —dijo Sasuke cuando ella volvió al lado de la cama. Movió el brazo bueno y le tocó la mejilla con la mano—. Pareces casi tan cansada como yo. ¿Por qué no te echas un rato a mi lado?

—No debería. —Y era extraño cómo deseaba hacerlo—. Tenemos que desnudarte para que puedas dormir un poco. Por la mañana podrás contarme cómo sucedió todo.

«Y tal vez reúna el valor para preguntarte por la rubia», pensó.

—Dormiré mejor si te quedas... sólo un rato.

—Muy bien —accedió en voz baja. Le acarició los cabellos—. Me quedaré. Sólo un rato.

Se echó en la cama a su lado y Sasuke la atrajo hacia sí. Descansó la cabeza en su hombro y notó que la rodeaba con el brazo. Debería irse, llamar a Holcomb y encargarle que lo acostara cómodamente. En lugar de eso, permaneció junto a él absorbiendo el calor de su cuerpo, impregnándose del ligero olor a tabaco y a piel, observando cómo los músculos se movían sobre las costillas cada vez que inspiraba y espiraba.

Estaba enamorada de él. Una sola noche de pasión no cambiaba las cosas. En menos de un año, su matrimonio habría terminado. Era lo correcto, lo adecuado para ambos.

Sakura sintió una angustia que le oprimía el corazón. Sólo esperaba que, llegado el momento, tuviera el valor para dejarle ir.