15
Las Navidades casi estaban encima. La noche de la fiesta del duque de Carlyle, la preocupación de Sakura por Sasuke había desaparecido. Aunque tenía un ojo entre morado y amarillento, una parte del labio inferior cubierta de costras y el brazo en cabestrillo, se encontraba casi recuperado.
Le había preguntado por lo sucedido en la taberna y él le explicó que unos forajidos lo atacaron al salir del edificio y dirigirse a los establos.
—Supongo que querían mi monedero. La mayoría de la gente del pueblo sabe que soy el marqués de Litchfield. Mis agresores debieron de suponer que, como miembro de la nobleza, llevaría una cantidad importante de dinero.
Sentada junto a su cama, Sakura le limpiaba con habilidad las heridas para poner después un vendaje limpio en el brazo. Sasuke no llevaba puesto nada y la sábana le caía sobre las caderas. Una mata de vello negro y rizado le sobresalía del ancho y musculoso pecho y, cada vez que Sakura miraba a su marido, sentía un calor desmesurado.
—La mujer que te trajo a casa... —se atrevió a decir, con cuidado de no levantar la vista de su trabajo—. Parecía tenerte en mucha estima.
—¿De veras?
—Vas con regularidad a la taberna. Supongo que la conoces bastante bien.
—¿A cómo de bien te refieres? —preguntó él con una ceja arqueada.
—No es asunto mío. —Se había ruborizado—. Pero pensé... Es que parecía muy preocupada y, bueno, me preguntaba...
Los labios de Sasuke adoptaron un gesto divertido.
—Si quieres saber si me he acostado con esa muchacha, la respuesta es que no.
Sakura desvió la mirada, más avergonzada que antes. Le hubiera gustado que la noticia no le hiciera sentirse tan aliviada.
—Como digo, no es asunto mío. Después de todo, tú y yo tenemos un acuerdo y...
—¿Un acuerdo? —Un brillo plateado apareció en esos ojos que la miraban fijamente.
—Sí, bueno, es algo de lo que quería hablarte hace tiempo. Me doy cuenta de que... después de lo que pasó entre nosotros la otra noche... podrías pensar que estás obligado a seguir atrapado en nuestro matrimonio. El caso es que estoy segura de que no concebí. Por lo tanto, podemos obtener la anulación, como teníamos planeado.
—¿Sigue siendo ése tu deseo? —En lugar de parecer contento, Sasuke parecía enojado.
Sakura suponía que sí. Era lo correcto. Lo había obligado a casarse con ella. No la amaba. Tenía que dejarlo libre.
—Por supuesto. —Pero la idea le clavó una punzada en el pecho.
—Si es eso lo que quieres, así será —aseguró Sasuke con una expresión adusta.
Sakura asintió en silencio. Un nudo en la garganta le impedía hablar. Era ridículo sentirse así, pero no podía evitarlo. Ninguno de los dos habló mientras ella le ponía la venda limpia en el brazo y salía del dormitorio.
Los siguientes días, el médico de la familia, el doctor Fredericks, se presentó varias veces para examinar al paciente y supervisar los cuidados de Sakura, pero parecía contento con ellos y le rogó que siguiera dispensándolos. Sugirió sangrar al marqués una o dos veces y Sasuke se negó de plano, algo de lo que Sakura se alegró en secreto. Naruto y Temari lo visitaron en cuanto las habladurías sobre la agresión llegaron a Carlyle Hall. Los alivió ver que el marqués se recuperaba y pronto se levantaría.
Aunque estaba mejorando y ella le cuidaba las heridas, su marido no fue a buscarla hasta la mañana del día de Nochebuena.
—No habrás olvidado nuestros planes de pasar la velada con Temari y Naruto, ¿verdad?
Días atrás, él le había comentado la invitación del duque y la duquesa para que acudieran a una reunión de amigos a encender la chimenea que daría inicio a las fiestas navideñas.
—No lo he olvidado. No creía que te sintieras lo bastante bien como para ir.
«Y tras nuestra última conversación no tenía ni idea de lo que podrías pensar», añadió en su interior.
—Me encuentro bien. Quizá no esté muy guapo, pero si tú y Hana soportáis verme me encantaría asistir. —Sasuke sonrió y ni siquiera las magulladuras del rostro lograron ocultar la belleza de sus rasgos fuertes y marcados—. No hemos tenido demasiado espíritu navideño hasta ahora en la casa. Con los pequeños Namikaze correteando por ahí, quizá se nos pegue algo de alegría.
—Me gustaría mucho —aseguró Sakura, que le devolvió la sonrisa con el corazón un poco más acelerado de lo normal.
Hacía años que no disfrutaba como era debido de las fiestas navideñas, desde la muerte de su madre y su hermana. Sin ellas, la Navidad contenía tantos recuerdos tristes que su padre y ella no la celebraban. Después de que su padre muriera y su tío y su prima se trasladaran a Milford Park, las fastuosas fiestas de Dunstan no hicieron sino aumentar la sensación de soledad y desesperación de Sakura.
—No es demasiado lejos —estaba diciendo el marqués—, pero tendríamos que salir temprano si queremos llegar antes de que los niños se hayan acostado.
—Muy bien. Me aseguraré de que tía Hana conozca a qué hora quieres salir.
Él sonrió otra vez y dijo:
—Nos veremos un poco después de las seis, entonces.
Sakura asintió. Observó a Sasuke alejarse con pasos elegantes por el vestíbulo y notó una sensación dulce y suave en la zona cercana al corazón. Parecía distinto, menos hostil, más el hombre que era antes de casarse. En cuanto se metió en el estudio, Sakura se dio la vuelta y corrió escaleras arriba para buscar a Hana y decidir qué se pondría.
Ambas estaban animadas. Sakura no había estado nunca en la mansión lujosa que constituía el hogar palaciego de los duques de Carlyle. Y, después de todo, era Navidad. Ahora su vida era diferente. Tenía intención de pasárselo bien.
Se miró en el espejo una última vez. Sobre el miriñaque llevaba un vestido de terciopelo rojo, de escote elegante y con las mangas ajustadas hasta el codo, que caía después en capas de encaje ribeteado de terciopelo hasta más abajo de las muñecas. Se retocó los rizos que Kaede le había peinado a un lado del cuello, se apretó la manchita de color que, en forma de corazón, se había puesto junto a la boca y bajó por las escaleras.
El marqués estaba esperando abajo. Levantó la vista cuando la oyó, y algo oscuro y ardiente le brilló en los ojos. Era una mirada que Sakura había detectado desde hacía poco tiempo en más de una ocasión, pero se decía a sí misma que estaba equivocada.
Si la deseara, habría vuelto a su dormitorio. Le hubiese hecho el amor otra vez. Y no se mostraría de acuerdo en lo de la anulación. Aun así, cuando bajó los últimos peldaños y aceptó el brazo que él le ofrecía, no había confusión posible en el deseo que expresaban los ojos, evaluándola de arriba abajo, ni en la calidez del beso cuando le levantó la mano y se llevó el dorso de su guante blanco a los labios.
—Estás preciosa.
Ella se humedeció los labios, turbada por ese brillo plateado en los ojos, que parecía abrasarla bajo la ropa.
—Gracias.
La siguió mirando, con una media sonrisa perezosa, y Sakura no se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración hasta que Sasuke se volvió para fijar su atención otra vez en las escaleras.
Con un vestido azul cielo, ribeteado de piel, y los tirabuzones verdes que le caían de lo alto de la cabeza, Hanare Uchiha de Senju parecía sólo unos pocos años mayor que Sakura. Sasuke le sonrió con evidente orgullo y verdadero cariño.
—Esta noche soy el hombre más afortunado del mundo; me acompañan las dos mujeres más hermosas de Inglaterra.
Hana se sonrojó un poco. Dejó un instante de mirar a su sobrino para echar un vistazo al aspecto de Sakura y se sintió satisfecha con lo que vio.
—Me parece que somos nosotras las afortunadas. ¿No estás de acuerdo, querida?
Sakura sonrió, alegre de repente. Levantó la vista hacia Sasuke y percibió la atracción de esos intensos ojos negros.
—Sí, por supuesto. Ir acompañadas de un hombre tan atractivo... La fortuna nos ha sonreído esta noche.
Sasuke parecía dichoso. Su esposa se preguntó de nuevo a qué se debería el cambio de actitud, pero decidió limitarse a disfrutarlo. Aceptó su brazo, mientras Hana tomaba el otro, y dejó que las guiara hacia el carruaje y las ayudara a subir. Llegaron, bajo la luz de una luna temprana que iluminaba un camino largo y flanqueado de árboles, ante la entrada principal de la casa.
Carlyle Hall, una mansión elegante y rodeada de un paisaje, al parecer infinito, de campos abiertos y bosques, era todavía más espléndida de lo que Sakura había imaginado. Del estilo de Palladio y construida con piedra de Portland, en sus preciosas balaustradas y ventanas con frontón brillaban decenas de velas.
Un par de lacayos con librea roja permanecían en las puertas de acceso a la casa, dos hombres de igual altura y complexión y con idénticas pelucas plateadas. Sakura llegó a la entrada al lado de Sasuke y se detuvo bajo los techos pintados para saludar a los anfitriones.
—Estamos muy contentos de que hayais podido venir —los recibió Temari, que se inclinó hacia la mejilla de Sakura—. Estás preciosa.
—Gracias, Excelencia —correspondió Sakura con una reverencia, pero Temari sacudió la mano, sonriendo, para rechazar el saludo formal.
—Nada de eso. Esta noche no. Esta noche somos una familia y nos hemos reunido para celebrar las fiestas.
Conmovida, Sakura sintió unas inesperadas ganas de llorar. Hacía mucho tiempo que no tenía familia. Hasta ese instante no se había percatado de lo sola que se sentía. Recordó las Navidades del año anterior, encerrada en el manicomio, donde cenó patatas hervidas, una rebanada de pan basto de centeno y una tajada finísima de cordero; sin duda, un trato especial comparado con las gachas que componían su comida habitual. Se vio sentada en la paja sucia del suelo de su celda, añorando a sus padres, llorando por la familia que no volvería a ver nunca.
—Sakura —la llamó Sasuke en voz baja—. ¿Estás bien?
Al parpadear, notó que tenía lágrimas en los ojos y vio que Temari y Sasuke la contemplaban con una expresión preocupada.
—Lo siento. Por un momento me acordé de... —Trató de sonreír, titubeó—. No era un recuerdo agradable.
Sasuke le rodeó la cintura con un brazo y la atrajo hacia sí. La besó en la parte superior de la cabeza.
—Ahora ya estás libre de esos recuerdos. Esta noche crearemos otros nuevos. Recuerdos felices.
—Sasuke tiene razón —estuvo Temari de acuerdo—. Esta noche será el principio de los recuerdos felices que supondrán las Navidades a partir de ahora.
Estaba preciosa, con los cabellos rubios algo empolvados y su figura menuda y fantástica realzada por un vestido de seda ámbar, cuyo ribete de oro hacía juego con las motitas doradas de sus profundos ojos verdes azulados.
—Eres una amiga maravillosa, Temari Namikaze —afirmó Sakura, a la vez que se secaba discretamente una lágrima.
—Tenemos suerte de tenernos la una a la otra —aseguró Temari, apretándole afectuosamente una mano—. Ve a reunirte con los demás invitados. Los niños estaban deseando conocer a la esposa de su tío Sasuke.
Igual que Sakura a ellos.
Con una sonrisa, Temari volvió a sus deberes de anfitriona y se unió a su marido para saludar a los recién llegados mientras Sasuke conducía a Sakura al Salón de Roble, un salón oscuro y con paneles de madera en la parte posterior de la casa. Las alfombras persas que cubrían los suelos brillaban a la luz de las velas. El techo lucía un entramado de maderas talladas de roble y las paredes aparecían cubiertas de un exquisito papel con relieve de terciopelo rojo.
La sala, elegida sin duda por su ambiente cálido y alegre, estaba decorada desde el suelo hasta el techo con acebo, cubierto de bayas rojas, y muérdago. Unas ramas de hoja perenne envolvían la chimenea de roble, donde esperaba el gran tronco que iba a marcar el inicio de las fiestas navideñas.
En cuanto entraron en la habitación, un niño pequeño, vestido con una versión en miniatura del habit à la française de moda, que incluía pantalones de terciopelo azul hasta la rodilla y una chaqueta de terciopelo azul a juego, corrió hacia ellos. Minato Naruto Namikaze, una copia diminuta de su alto y atractivo padre, con una mata tupida de cabellos rubios y ojos verdes azulados como su madre, hizo una perfecta reverencia formal. Después, sonrió de oreja a oreja.
—¡Tío Sasuke! Esperaba que vinieras.
Sasuke hincó una rodilla en el suelo y el pequeño se lanzó a sus brazos.
—Es Navidad, ¿no? No podía faltar.
La pequeña Ame Gen, con un vestido de seda rosa claro sobre un minúsculo miriñaque, avanzó con pasitos tambaleantes. Tenía los cabellos rubios, mucho más brillantes que los mechones rubios de su madre. Se sacó el dedo de la boca, miró a Sasuke, soltó una risita y esbozó una sonrisa irresistible. Sasuke la besó en la mejilla e hizo las presentaciones:
—Minato y Ame, ella es vuestra nueva tía, Sakura.
Sakura volvió la cabeza hacia su marido con los ojos muy abiertos por la incredulidad y la sorpresa. Una cosa era que él, un viejo amigo de la familia, usara el cariñoso título fingido de un familiar y otra muy distinta que lo hiciera ella. En menos de un año se iría del castillo de Running. No era justo permitir que los niños establecieran lazos afectivos.
El marqués la animó sonriente:
—Di algo, cariño. Vas a asustarlos si te quedas ahí con la boca abierta.
La expresión afectuosa la envolvió y casi volvió a titubear, pero se agachó y tomó las manitas de ambos niños.
—Estoy encantada de conoceros. Vuestro tío Sasuke me ha hablado mucho de vosotros. Estoy segura de que seremos buenos amigos.
Minato soltó una risilla y la miró con sus adorables ojos azules, que la cautivaron al instante.
—Igual que su padre —bromeó Sasuke, que captó correctamente la expresión fascinada de su esposa—. Con sólo cuatro años roba el corazón a todas las mujeres que conoce.
«Igual que tú», pensó Sakura al observar que varias de las invitadas miraban al marqués como si fuera un sabroso pedazo de carne. Con disimulo, analizó el perfil atractivo y admiró las líneas bien marcadas. Sí, había algo distinto esa noche, lo hubo desde el momento en que lo vio a los pies de la escalera.
Quizá fueran sólo las fiestas navideñas y no tuviera nada que ver con ella. Sin embargo, los ojos de Sasuke se volvían para contemplarla una y otra vez, y ella no podía evitar el cosquilleo frenético que eso le provocaba en el estómago.
Sintió que alguien le tiraba de la falda y bajó la mirada.
—Casi tengo tres años —le informó Ame levantando dos deditos regordetes.
Sakura se echó a reír y la abrazó.
—Sí, cielo. Pero no tengas demasiada prisa por crecer. El tiempo pasa demasiado rápido ya de por sí.
Ame sonrió y se marchó corriendo a buscar a su hermano. Sakura siguió sus movimientos mientras sorteaba a los invitados y la imagen le trajo el recuerdo de otro niño, éste un poco mayor, castaño y de ojos grises, que compartía unas Navidades solitarias con los pacientes de Saint Bart.
Se mordió el labio inferior. Deseaba hablarle a Sasuke del niño y pedirle su ayuda, pero tenía miedo de lo que pasaría si se la negaba.
—Ya vuelves a hacerlo, cariño. Estás mucho más bonita cuando no frunces el entrecejo. —Sasuke le tocó el mentón con una mano—. Olvídalo, Sakura. Esta noche pertenece al futuro, no al pasado.
Sakura tragó saliva y asintió con la cabeza, pues su esposo tenía razón. Al día siguiente se enfrentaría a sus problemas, pero esa noche era Nochebuena e iba a pasárselo bien.
Sasuke observaba a su nueva esposa mientras la presentaba al pequeño grupo de amigos que Naruto había invitado: lord y lady Sarutobi, los condes de Uzuki, Kōza Kubisaki, famoso letrado londinense, y media docena más.
Sakura había conocido al abogado Kakashi Hatake en el castillo de Running y ya parecía caerle muy bien. El conde de Sabaku, abuelo de la duquesa, le provocó la risa con sus relatos de las desventuras de Temari y le hizo sentirse de inmediato cómoda. Después de eso, pareció relajarse y pasárselo bien, adoptando una vez más el papel de dama para el que había nacido.
Situado junto a Naruto, Sasuke vio que charlaba con tía Hana y el anciano conde mientras se servía un plato del gran surtido de comida dispuesto en una mesa tallada, de roble, que casi crujía bajo el peso de la carga que sostenía: un ganso asado y muy bien dorado, mollejas de ternera, estofado de pollo, salmón con salsa de gambas, y conejo a la florentina. Había pasteles de riñón y empanadas de carne, nabos, chirivías y zanahorias guisados con mantequilla, pasteles de carne picada, pan de jengibre, frutas confitadas y natillas.
Sakura no había dejado de comer, como si no lograra llenarse, desde que él la dejara en la mesa. Lo inquietaba pensar en los días que pasó sin alimentarse casi nada en el infierno de Saint Bart. Inconscientemente, se le tensó un músculo de la mandíbula.
—Es una mujer hermosa —comentó Naruto, siguiendo la dirección de su mirada.
—Sí que lo es.
En especial, esa noche. Con el pelo recogido arriba y los rizos rosáceos a un lado del cuello, estaba más bonita que nunca. El vestido de terciopelo rojo destacaba las mechas del cabello, y los senos formaban dos delicados montículos que suplicaban ser tocados.
A Sasuke se le tensó dolorosamente el cuerpo, lo que le recordó lo mucho que la deseaba. Se obligó a desviar la vista.
—Desde que vive en el castillo ha recuperado parte del peso que había perdido. Y antes sus mejillas no tenían el brillo de ahora.
Sin darse cuenta sonrió al pensar que él había tenido algo que ver en esa transformación, y al volverse vio que su amigo lo miraba de un modo extraño.
—De acuerdo, ¿qué pasa? Te he estado observando toda la noche. Ha pasado algo en ese cerebro insondable que tienes. Dime qué es.
—Supongo que podría decirse que ha pasado algo —concedió Sasuke con una ligera sonrisa—. Por fin he aceptado mi situación. Lo que sucedió en el pabellón es agua pasada. El caso es que estoy casado. Ha llegado la hora de seguir con mi vida y es exactamente lo que voy a hacer.
—¿Y qué significa eso?
—En pocas palabras: he decidido quedarme con ella. Sakura cree que vamos a pedir la anulación, pero yo he decidido que no.
Naruto sonrió abiertamente.
—De modo que por fin has entrado en razón.
—Puede que sí. Mientras me recuperaba de esa pequeña refriega que tuve en la taberna, tuve tiempo de reflexionar. Necesito una esposa y no es ningún secreto que me siento atraído por Sakura. He llegado a la conclusión de que la mujer con la que estoy casado me irá tan bien como cualquier otra, quizá mejor que la mayoría. Como tú dijiste, es inteligente y fuerte. Procede de una familia noble. En resumen, me dará buenos hijos y creo que será una madre excelente para ellos. Al verla hoy con Minato y Ame estoy todavía más convencido.
—¿Y qué pasa con el hecho de que se interese por temas que tú no apruebas?
—Tendrá que renunciar a ellos, por supuesto —respondió Sasuke encogiéndose de hombros—. En cualquier caso, cuando esté embarazada se olvidará de todas esas tonterías, sentará la cabeza y se portará como debe hacerlo una verdadera esposa. Ha llegado el momento de tener un heredero y me aseguraré de que sea lo antes posible.
Naruto parecía tener sus dudas, pero no las expuso.
—Si Sakura todavía quiere la anulación, ¿cómo tienes pensado convencerla? —preguntó.
La mirada de Sasuke volvió a fijarse en Sakura, que se reía de algo que había dicho lord Sabaku.
—No lo haré. Voy a seducirla.
Naruto soltó una fuerte carcajada que casi le hizo derramar el vaso de ponche caliente.
—Amigo mío —soltó—, no dejarás nunca de sorprenderme. ¿No sería más fácil decirle que no quieres terminar con vuestro matrimonio?
—Puede ser..., si estuviera del todo seguro de que iba a aceptar. Pero como no lo estoy, tendré que lograrlo de otro modo.
—Tal vez tengas razón —admitió Naruto, cuya mirada se desvió hacia Sakura, ahora junto a su esposa y sus hijos—. No vale la pena correr riesgos.
«No, por supuesto que no», pensó Sasuke. Sakura iba a ser suya y pronto. La quería en su cama. Quería empezar por donde lo dejaron la primera vez que hicieron el amor. Cada vez que la miraba, recordaba lo que sintió cuando ella se movía bajo su cuerpo, cómo su estrecho conducto se ajustaba a él como un guante.
Y, una vez tomada la decisión, quería dejarla embarazada. Lo sorprendió lo mucho que ansiaba que eso sucediera.
Hana Uchiha de Senju sorbía licor de frutas, de una copita de cristal que sostenía en la mano, y trataba de parecer indiferente, pero tenía los ojos puestos con disimulo en el espejo de encima de la chimenea. En el interior del marco dorado, un hombre atractivo y de cabellos plateados, y con ojos negros, al que reconocía como Kakashi Hatake, la contemplaba desde el otro lado de la habitación con una intensidad tal que casi la asustaba.
Era una sensación extraña: observar cómo Kakashi la observaba. Por el ángulo en que ella se encontraba, él no se daba cuenta de que podía verlo, y el modo en que la miraba le traía imágenes ardientes e íntimas a la mente; recuerdos que Hana creía olvidados, como la primera vez que se besaron, o el día en que se reunieron en secreto junto al río y él le pidió que se casaran; recuerdos de cómo una mirada del muchacho tímido y larguirucho que él era entonces lograba que su corazón ardiera en deseos.
Surgieron otras impresiones y no de Kakashi como un muchacho, sino de Kakashi ya como hombre; visiones de cómo ese beso habría cambiado, de cómo esos labios tan bellamente formados se moverían sobre los suyos para besarla de un modo distinto al de entonces, de qué sentiría ella si le tocara los senos, si se los acariciara con la lengua, de cómo sería yacer desnuda a su lado.
Retiró la vista del espejo y se ruborizó. Se obligó a sí misma a borrar esas imágenes, pero no podía negar que le habían pasado por la cabeza y eso la avergonzó.
—Vaya..., lady Beckford. Me preguntaba si estarías aquí esta noche.
Hana volvió a la realidad. No le había oído acercarse. Ahora parecía distinto, más severo, más inalcanzable que en el espejo. Levantó el mentón y trató de mirarlo por encima del hombro, lo que no resultaba nada fácil porque él era mucho más alto que ella.
—Hola, Hatake —fue lo único que logró que saliera de sus labios. Cada vez que lo miraba, se sentía culpable por haber tenido pensamientos depravados.
La mirada de Kakashi se deslizó por sus hombros hacia las suaves formas que dejaba al descubierto el escote del vestido. Permaneció allí un momento y después volvió a fijarse en el rostro.
—Espero que te lo estés pasando bien —añadió él.
Hana se llevó nerviosa una mano a la garganta. No se le había pasado por alto el tono burlón de la voz ni la mirada dura que le había lanzado.
—Sí..., claro que sí. ¿Por qué no iba a pasármelo bien? —Pero no era cierto. No lo había sido desde el momento en que vio a Kakashi Hatake charlando con Sasuke en el pequeño salón que daba al Salón de Roble.
—Pues no lo sé —dijo él en tono arisco—. Cuando hablabas con lord Cullinworth hace un rato, parecías divertirte bastante. Está en la bolsa matrimonial, según tengo entendido. Un conde, nada menos. Y muy rico. Son cualidades que una mujer con tanto criterio como tú seguro que encuentra atractivas. —Sus labios adoptaron la forma de una sonrisa que no era tal—. El conde es cliente mío. Si quieres, tal vez podría recomendarte.
—¿De qué estás hablando? —exclamó Hana, más enfurecida aún que antes—. No tengo el menor interés en Cullinworth ni en ningún otro. Y me ofende que insinúes que yo vaya detrás de su Excelencia por su título y su fortuna.
—Discúlpame —se excusó con una ceja arqueada, aunque no dejó de mirarla con dureza—. Pero no me dio la impresión de que fuera a ofenderte que su Excelencia deseara iniciar una relación contigo, como cuando yo te hice esa sugerencia.
—¡No es lo mismo y tú lo sabes! —explotó Hana, sorprendida ante el descaro de Kakashi.
—No, por supuesto que no —concluyó Kakashi, con la boca contraída—. Te ruego que me disculpes, lady Beckford.
Tras una reverencia altiva, se giró y cruzó la habitación sin mirar una sola vez atrás. No cabía duda de que todavía estaba enfadado por el último encuentro. Y ahora Hana también lo estaba.
«¡Qué frescura!» —pensó—. «¿Acaso esperaba realmente que aceptara algún tipo de relación ilícita?» Cuanto más lo pensaba, más enojada estaba.
Como de costumbre, no iba con su esposa, ni siquiera en Navidades. Se preguntó cómo la pobre mujer soportaba que la tratara tan mal.
Vio que Kakashi se unía a un pequeño grupo de gente junto a una mesa situada en el fondo del salón y hablaba y reía con una bonita mujer de cabello castaño rojizo, la hija de lord Briarwood. Le resultaba imposible imaginar que el hombre frío y desapasionado con el que acababa de hablar era el mismo joven de quien una vez creyó estar enamorada.
Aun así, tenía algo que la atraía, algo que hacía que su corazón se desbocara cada vez que se le acercaba. Se odiaba a sí misma por ello, pero parecía no poder evitarlo.
Durante el resto de la noche, procuró no prestarle atención, pero una y otra vez sus ojos se desviaban hacia donde él estaba, o escuchaba su bonita voz de barítono cuando se reía con alguna de las mujeres. Cada vez que eso sucedía, sentía unos celos irrazonables. Cuando por fin se encendió el tronco navideño y los pequeños de los Namikaze se acostaron, vio a Kakashi despedirse de los duques con un breve buenas noches antes de salir por la puerta.
Agitada, Hana cruzó la habitación, que parecía vacía sin él, y salió a la terraza para que el frío de diciembre la serenara. Se frotó los brazos para entrar en calor, aunque agradecía la sensación gélida. Todavía se notaba el cuerpo acalorado y los nervios a flor de piel, debido a su encuentro anterior. No era más que un bribón, un calavera sin principios ni escrúpulos y que sólo tenía en cuenta sus intereses egoístas.
Pero cuánto lo deseaba. No se había considerado nunca una mujer de fuertes pasiones. Tobirama fue un marido considerado, que acudía a ella en la oscuridad, que se marchaba en cuanto satisfacía sus necesidades y que dejó de acercarse por completo a su cama cuando se supo que no podría darle un hijo.
Jamás pensó en Tobirama del modo en que lo hacía antes en Kakashi, del modo en que pensaba en él ahora, con una ansiedad dulce y cálida que le ardía en las entrañas. Ella era tan depravada y tan pecadora como él.
Se estremeció. Quizás estuviera enfadada con Kakashi Hatake, pero lo cierto era que lo estaba mucho más consigo misma.
