16
Las Navidades pasaron. Fueron días felices, cálidos, animados y alegres, como los que Sakura viviera de niña. Le regaló a tía Hana un chal de cachemir, precioso, y a Sasuke una bonita caja de rapé plateada, con sus iniciales grabadas en oro en la tapa. Sasuke la sorprendió con un exquisito collar de esmeraldas y diamantes, tan bonito que se quedó sin aliento.
—Oh, no puedo aceptarlo. Es demasiado valioso. En menos de un año me iré y...
—Eso será entonces. Esto es ahora. Te regalo el collar como amigo y quiero que lo aceptes.
Pero no la miraba como un amigo. Sus ojos estaban sombríos y ardientes y le hacían sentir un cosquilleo en el estómago.
Sin darse cuenta, Sakura se humedeció los labios y se clavó las uñas en las palmas de las manos para evitar acariciarlo. Cuando Sasuke le sonrió, la boca le pareció tan sensual que, si cerraba los ojos, podía sentir esos labios deslizándose sobre los suyos, mordisqueándole las comisuras y besándole el cuello como la noche en que hicieron el amor. Sintió un calor intenso que se apoderó de sus entrañas.
Al día siguiente, él la llevó a pasear en trineo sobre la nieve recién caída. Bajo la gruesa manta de viaje, Sakura estaba caliente y feliz, y Sasuke sonreía. Además, fueran a donde fueran, la observaba con sus ardientes ojos negros y plateados.
Se mostraba tan maravilloso, tan solícito que Sakura empezó a sentirse culpable por engañarlo desde hacía varias semanas, cuando le negó el permiso para usar la cabaña de piedra del bosque junto al río. Aunque su marido se lo había prohibido terminantemente, ella ignoró sus órdenes y se puso a trabajar en la cabaña. Al fin y al cabo estaban casados, por lo menos de momento. Eso le daba cierto derecho a usar lo que le pertenecía a él.
Sabía que la única razón que lo impulsaba a negarle el uso de la cabaña era que desaprobaba que, siendo mujer, se interesara por lo que él calificaba de «la práctica vulgar de la curación». Dedicarse a las hierbas y las pociones para intentar curar enfermos ya era bastante malo, pero interesarse por la anatomía resultaba inaceptable incluso entre los hombres más avezados. Se producían auténticos disturbios cuando la gente averiguaba que se impartían clases que incluían la disección de un cadáver humano. Se toleraba a los médicos. En cambio, se consideraba que los cirujanos, hombres que se dedicaban a cortar la carne humana, formaban parte de los peores elementos de la sociedad.
Sasuke le había dicho con firmeza que esos intereses no eran nada adecuados para la marquesa de Litchfield.
Sin embargo, se trataba del trabajo de su vida, lo único en lo que Sakura se interesaba de verdad. No era ella de esa clase de mujer que se sentaba a tejer o bordar o que manejaba acuarelas en un intento inútil de pintar. Sabía tocar el clavicémbalo bastante bien y hacerlo solía relajarla, pero su amor, su pasión era el estudio de las doctrinas ancestrales de las hierbas medicinales y su uso para curar enfermos.
Le encantaba aprender cosas sobre el cuerpo humano, tratar de entender cómo funcionaba. Quería saber cómo se soldaban los huesos, cómo corría la sangre bajo la piel, cuál era el mejor modo de curar las heridas, cómo tratar, o quizá prevenir incluso, las enfermedades.
Pero el marqués no era capaz de entenderlo. Quizá nadie lo fuese. No se trataba de un asunto que estuviera bien visto en una dama.
A Sakura no le importaba. Había encontrado su vocación y se había comprometido con ella. Incluso antes de montar su pequeño laboratorio secreto en la cabaña, administraba ya hierbas y pociones a algunas de las personas del pueblo. Al contar con un lugar propio, se corrió deprisa la voz de que podía ayudar, y varios campesinos locales habían ido a verla para recibir tratamiento.
Solía trabajar en la cabaña por la tarde, cuando el marqués se iba a supervisar los campos, trabajaba con los arrendatarios o repasaba con atención los libros de contabilidad.
Por supuesto, tía Hana sabía dónde estaba y, sorprendentemente, parecía aprobarlo.
—A veces mi sobrino es de lo más retrógrado. Siempre quiso tener una esposa dócil y obediente, pero una mujer así lo aburriría hasta decir basta. Haz lo que te diga la conciencia, Sakura. Tienes que hacer lo que sea mejor para ti. Con el tiempo, mi sobrino aprenderá a aceptarte como eres.
Pero Sakura no lo creía. Por eso estaba convencida de que lo mejor seguía siendo la anulación, a pesar de que el corazón se le partía cada vez que pensaba en irse del castillo de Running, cada vez que se imaginaba casada con un hombre que no fuera el marqués de Litchfield, lo que tendría que hacer si quería mantenerse fuera del alcance de su tío. Sería lo bastante mayor para casarse sin su consentimiento, pero hasta que no cumpliera veinticuatro años, si estaba soltera, seguiría siendo su tutor.
Pensó en el conde y se preguntó qué haría cuando la gestión de su fortuna pasara a manos del marqués y de su abogado, Kakashi Hatake. Ya se estaban preparando los documentos y, en el fondo, esperaba que su tío estuviera rabiando frenético, lleno de preocupación y de rabia. Si sus limitados fondos lo dejaban en la miseria, mala suerte. Sólo la preocupaba su prima, Ajisai, un títere en las manos autoritarias de su padre.
Tal vez hablaría con Sasuke sobre eso, para que la joven recibiera algún tipo de estipendio mensual y lo bastante para una dote apropiada.
Aparte de eso, no sentía lástima por el duque de Dunstan. Estaba segura de que algún día ese hombre ardería en el infierno.
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Sandayū Asama, conde de Dunstan, estaba sentado ante el escritorio de su muy bien amueblado estudio de Milford Park. Con los años, había llegado a considerar suya esa habitación masculina y con paneles de roble que perteneció al difunto conde de Milford. De hecho, en su apreciación todo Milford Park le pertenecía. Durante años se imaginó viviendo entre el lujo y las comodidades de aquel entorno parecido a un parque y que había dado nombre al lugar.
En cambio, gracias a su terca y maquinadora sobrina, pronto lo echarían de la casa como si fuera basura. Se vería obligado a valerse por sí mismo y a cuidar de su hija. Como ya se había gastado la mayor parte del dinero que había desviado del fideicomiso, para mantener su lujoso estilo de vida, no podría hacerlo durante mucho tiempo más.
Apretó la mandíbula y sus dedos aferraron el documento que había estado leyendo, de modo que arrugó el borde de las páginas. Se juró que no lo permitiría. No iba a dejar que esa mujerzuela embustera arruinara sus planes.
Cuando la visita que esperaba llamó a la puerta, se levantó y fue a abrir. El hombre del vestíbulo hizo una ligera reverencia a modo de saludo, entró en la habitación y se sentó frente al escritorio mientras Sandayū volvía a tomar asiento al otro lado de la mesa.
—Bueno, ya sabe lo que quiero oír —dijo Sandayū sin preámbulos—. ¿Qué ha hecho al respecto?
El administrador de sus bienes, Evan Sloan, un hombre delgado y de nariz afilada y pelo castaño claro, se recostó en la silla.
—Podría decirse que he hecho un pacto con el diablo.
Sloan llevaba años siendo empleado de Dunstan y había probado ser muy valioso en el manejo de sus propiedades, las propiedades de Sakura, como corrigió mentalmente, y en varias cuestiones de carácter más personal.
Y era leal hasta la exageración. Si se tenía en cuenta el dinero que Sandayū le pagaba y el hecho de que vivía en la comodidad de una casa solariega bien equipada, en un extremo de la finca, eso no era sorprendente.
—Así que un pacto con el diablo. ¿Y que tipo de pacto es ése?
—He ofrecido una recompensa, si se puede llamar así, por el fallecimiento accidental del marqués de Litchfield —explicó Sloan, con las manos estiradas ante sí y los dedos de una mano pegados a los de la otra.
Sandayū se levantó de golpe.
—Dios mío, ¿se ha vuelto loco? La mitad de Inglaterra intentará matarlo. Si relacionan ese asunto conmigo...
—No lo harán —aseguró Sloan con calma y autoridad—. Y sólo hay dos hombres implicados. Uno ya lo ha intentado. Unos «forajidos» atacaron a su presa al salir de la taberna Quill and Sword, en el pueblo cercano al castillo de Running. Por desgracia, el intentó falló. El segundo hombre está convenientemente al servicio del marqués. Me ha asegurado que puede efectuar el trabajo sin levantar sospechas.
—Supongo que la recompensa será para el que lo logre de entre estos dos hombres —comentó Sandayū, frotándose el mentón mientras reflexionaba al respecto.
—Exacto.
Sandayū volvió a sentarse y, con aire ausente, se puso a tamborilear sobre el documento.
—Muy bien. Tal vez sea buena idea. Veremos si ese pacto con el diablo da resultado.
—Lo dará, se lo aseguro. Los dos hombres son muy competentes a su manera. Sólo es cuestión de tiempo que uno lo consiga.
—Espero que no sea demasiado tiempo. Me han pedido que abandone la casa en los próximos treinta días —le informó Sandayū con una ligera sonrisa—. No tengo intención de mudarme.
Sloan se levantó, al interpretar correctamente esas palabras como una despedida.
—Yo tampoco, milord.
Sandayū se quedó mirándolo mientras salía. En cuanto la puerta estuvo cerrada, tomó los papeles que había recibido de Kakashi Hatake esa misma mañana. Con los dientes apretados los rompió por la mitad y, después, otra vez por la mitad. Sus labios esbozaron una sonrisa cuando los tiró a la reluciente papelera de metal.
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Sasuke estaba preocupado por su tía. Durante todas las fiestas navideñas se había mostrado retraída y eso no era normal en ella. Supuso que, una vez pasada la Navidad, recuperaría el buen humor habitual, y en gran parte así fue, sólo que, de un modo extraño, seguía pareciendo distante y un poco triste. Sakura también lo había notado, y la preocupación de su esposa, añadida a la suya propia, lo impulsó a averiguar el motivo.
Ver a Hanare era el motivo por el que había vuelto temprano esa tarde tras reunirse con uno de los arrendatarios. Todavía vestido con la ropa de montar, hizo llamar a su tía al Salón Rojo, un saloncito acogedor de la parte posterior de la casa y que parecía gustarle a Hana.
—Buenas tardes —lo saludó ella al aparecer en la puerta con un vestido de lana azul cielo—. Reeves me dijo que querías verme.
Sasuke le pidió que entrara y se sentara en un sofá ante el gran ventanal que daba al jardín. Él se sentó en una butaca de orejas frente a su tía y le indicó con un gesto la bandeja con té de la mesa.
—Hace frío fuera. He pensado que tal vez te gustaría tomar una taza conmigo. ¿Te importa servirlo?
—Encantada.
Sonriente, Hana se inclinó para realizar la tarea. Llenó dos tazas de porcelana y les añadió un poco de leche y un terrón de azúcar, como les gustaba a ambos. Le dio a él una de las tazas, tomó la otra y se acomodó bien en el sofá.
—Me temo que no sé muy bien por dónde empezar —dijo Sasuke.
Hana sonrió.
—Lo mejor suele ser ir directo al grano.
—De acuerdo. Déjame empezar diciendo que Sakura y yo estamos preocupados por ti.
Pareció sorprenderse. Arqueó las cejas y la taza de borde dorado se quedó a medio camino hacia sus labios.
—Dios mío, ¿y por qué estáis preocupados?
—Te pasa algo, Hana —contestó Sasuke mientras removía el té—. Puedo verlo en tus ojos, y Sakura también lo ha notado. Quiero que me digas qué es.
—Pero eso es... —La taza le tembló un poco en la mano—. Es ridículo. No me pasa nada.
Sasuke le tomó la taza y la depositó en el platito.
—Por favor, no me mientas, Hana. Como cabeza de esta familia, sobrino y amigo tuyo, sólo deseo lo mejor para ti. Confía en mí para decirme qué anda mal.
—Te lo diría si pudiera —confesó, con lágrimas en los ojos—. Pero no sería justo.
—¿Por qué no?
—Porque está relacionado con alguien que trabaja para ti. Si te digo lo que sucedió, podrías opinar distinto de él y no me gustaría que eso pasara.
—¿Ha hecho algo ese hombre que te haya lastimado? —quiso saber Sasuke, alertado por esas palabras—. Si te ha hecho daño de cualquier modo...
—No, no. No es nada de eso. En realidad es una tontería. Los hombres hacen insinuaciones a las mujeres sin parar. Debería sentirme halagada. Si fuera otro hombre, quizás habría sido así, pero... Bueno, supongo que yo creía que este hombre era distinto. Quizá lo que me ha molestado tanto es que no lo sea.
—Muchos hombres te encontrarían atractiva, tía Hana. Eres una mujer muy hermosa.
Se sonrojó un poco.
—Gracias.
—Quizás este hombre —siguió Sasuke, sonriendo débilmente—, quienquiera que sea, no pudo controlarse.
Hana desvió la mirada. Sus dedos jugueteaban con los pliegues de su bonito vestido azul.
—Está casado, Sasuke.
—¿Casado? —El marqués frunció el entrecejo—. Por un momento creí que se trataba de Kakashi Hatake, ya que es evidente lo que siente por ti. Pero, como Hatake no está casado...
—Por supuesto que lo está —soltó Hana, con la espalda muy rígida y el enfado visible en la cara—. Kakashi se casó con Shizune Katō dos años después de que él y yo... Es decir, Kakashi lleva casado con su esposa casi veinte años.
Sasuke sonrió con dulzura al empezar a comprender la situación.
—Shizune murió hace dos años, Hana. Creí que lo sabías. Estoy seguro de que Kakashi también lo creía. Ya sé que estás viviendo en el castillo desde hace sólo seis meses, pero como tú y Kakashi os conocíais de antes supuse que te habría llegado la noticia de la muerte de Shizune.
—¿Shizune está...? ¿Shizune está muerta? —Se puso de pie, las piernas le temblaban, ni se acordaba de su taza de té.
—Sí. Lo siento.
Hana se giró hacia el jardín, aunque en realidad no lo veía. Se agarró la falda con las manos, que también le temblaban.
—Si Shizune está muerta, entonces Kakashi está viudo.
—Eso es. Perder a Shizune le resultó bastante doloroso, pero en estos dos años se ha recuperado.
—Kakashi dijo... —Tragó saliva, sin dejar de mirar al jardín—. Kakashi manifestó su interés por mí..., por ini-ciar una relación, quiero decir. Creí que me hacía insinuaciones indecorosas. Creí... —Se volvió hacia él y Sasuke vio lágrimas en sus ojos—. Lo rechacé de un modo bastante grosero. Kakashi pensaría que lo hice por... Oh, Dios mío, ¿qué he hecho?
Se dirigió a la puerta y casi había llegado a ella cuando se dio cuenta de que Sasuke la seguía con la vista.
—Lo siento —se disculpó con su sobrino—, pero debo irme. Tengo que resolver un asunto importante en la ciudad.
—Sí, ya lo entiendo. —Sasuke dejó la taza de té y se levantó—. Haré los preparativos necesarios. Tú y tu doncella podréis iros a primera hora de la mañana.
Se acercó a su tía, ya en la puerta, y ella se secó con rabia las lágrimas de las mejillas.
—Preferiría salir hoy, si no te importa. Puedo tener el equipaje listo en una hora.
—No es buena idea, tía Hana. Cuando llegues a Londres será de noche. Me gustaría más que esperaras...
—Por favor, Sasuke —le rogó, apretándole la mano—. Tengo que ir. Te ruego que no me detengas.
No la había visto nunca tan descompuesta. Era evidente que había detalles del asunto que desconocía, pero, fueran cuales fueran, quizás ese viaje a Londres serviría para corregir la situación y su tía volvería a ser la de antes. Asintió con la cabeza.
—Enviaré contigo a un par de lacayos. Puedes partir cuando quieras.
—Gracias. —Hana le apretó de nuevo la mano, se volvió y salió con prisas de la habitación.
Sasuke se quedó mirándola, todavía algo preocupado, aunque feliz de haber participado en deshacer cualquier malentendido que hubiera surgido entre su tía y Kakashi Hatake. Ordenó que el carruaje acudiera a la puerta principal y no la vio ya hasta que ella estuvo en la entrada, a medio bajar la escalinata exterior.
—Que tengas buen viaje —le deseó Sasuke, que salió al porche a despedirla—. Nos veremos a finales de semana.
Hana le sonrió, lo saludó con la mano y siguió bajando los peldaños. Se detuvo al llegar abajo, cuando Sasuke preguntó:
—Por cierto, ¿adónde ha ido mi esposa esta tarde? Nadie parece saber dónde está. La he buscado por todas partes y no la he encontrado.
Las mejillas de Hana perdieron color. Durante un momento fugaz, desvió la mirada hacia el río que serpenteaba entre el bosque.
—Pues no lo sé —contestó sin mirarlo a la cara—. Quizás haya ido al pueblo.
—Será eso —convino Sasuke, pero no lo creyó. Ni por un instante.
Se le tensó un músculo de la mandíbula. Su tía estaba mintiendo y no lo hacía demasiado bien, sobre todo ahora que tenía la cabeza puesta en Londres. Encubría a Sakura, pero ¿por qué?
Hana subió al estribo de hierro del carruaje y se instaló junto a su doncella. Cuando el vehículo arrancó, saludó con la mano por la ventanilla, pero su mirada se desvió otra vez hacia el río.
Y entonces Sasuke supo con exactitud adónde había ido su mujer y una punzada de incredulidad y cólera le hizo sentir un repentino calor en la nuca.
—¡Joder! —Volvió a la casa y se detuvo un momento en la entrada—. ¡Reeves! Tráigame la capa, deprisa.
—Sí, milord.
El mayordomo regresó con la prenda de lana, que Sasuke se colocó sobre los hombros. Furioso con Sakura y maldiciéndose por ser tan imbécil, se fue a los establos a por su caballo.
No tardó en llegar a la cabaña de piedra que sirviera en otro tiempo de casa del encargado de la finca, y, en cuanto llegó a lo alto del montículo, comprobó que sus sospechas eran ciertas. La yegua de Sakura estaba a resguardo en el cobertizo de detrás y una columna de humo gris se elevaba de la chimenea.
Soltó un taco y descendió la colina.
—Espero que le vaya bien, señora Finch. Los furúnculos pueden ser muy peligrosos, por no decir nada de lo dolorosos que son.
—Ya lo creo, bonita —corroboró la mujer menuda y huesuda, con una sonrisa que le dejó al descubierto unas encías oscuras y las puntas de unos dientes medio podridos—. Ya no me duele tanto el trasero.
Sakura ya suponía que no. Le había aplicado un ungüento preparado sobre todo con trifolia y grasa de cerdo, un bálsamo que descubrió en el diario de un médico que había servido con el ejército en India. Les fue de maravilla a los soldados con los que empleó el ungüento, y Sakura esperaba que le fuera bien a la señora Finch.
Con su brazo huesudo, la mujer revolvió en la cesta que llevaba y localizó por fin una pequeña vasija tapada y se la entregó.
—Tenga, bonita. Le dejo una confitura de ciruela que hago yo misma. Y gracias otra vez.
—De nada, señora Finch. Adiós.
Sakura cerró la puerta con un suspiro de satisfacción y volvió al libro que estaba leyendo, una obra de remedios populares medievales de Sussex que la duquesa había encontrado en Carlyle Hall y le envió como regalo de Navidad.
Acababa de sentarse en la cómoda butaca de orejas frente a la chimenea cuando oyó el ruido de la puerta al abrirse de golpe y entrar el marqués como una exhalación. Sakura se levantó tan deprisa que el libro se le cayó del regazo y aterrizó a sus pies. Por un instante se quedó mirando las páginas dobladas del viejo manuscrito, pero no se agachó a recogerlo, sino que echó la cabeza atrás y miró directamente a los airados ojos negros de su marido.
Sasuke movía los músculos de la mandíbula y tenía los labios contraídos en un gesto sombrío. Su mirada se desvió del rostro de Sakura a los frascos y los cubiletes de la mesa estrecha que recorría la pared hasta las macetas de arcilla del alféizar de la ventana, donde unos brotes verdes de varias hierbas crecían en la tierra margosa. Sakura se encontró una mesa desvencijada y de madera en el desván y le pidió al tonelero que la apuntalara y le cortara un poco las patas para que quedara más baja. Le servía de mesa de reconocimiento.
Aunque la cabaña estaba limpia y caldeada con alfombras compradas a un vendedor ambulante en el pueblo, las pilas de libros cubrían casi todas las superficies disponibles, muchos de ellos trasladados desde la biblioteca del castillo. Sakura se estremeció cuando el marqués reconoció algunos libros suyos. Después, volvió a mirarla a ella.
—Quizás empiece a fallarme la memoria, pero, si no recuerdo mal, cuando me pediste permiso para usar este sitio te dije que no.
Ella tragó saliva y se obligó a mantenerle la mirada.
—Me doy cuenta de que he actuado en contra de tus deseos, pero...
—¿Actuado en contra de mis deseos? ¿Es una forma fina de decir que desobedeciste mis órdenes por completo e hiciste exactamente lo que quisiste?
Sakura se mordió el labio inferior para evitar temblar. El marqués era un hombre temible cuando estaba enfadado y en ese momento el adjetivo se quedaba corto.
—La cabaña no se usaba y yo necesitaba un sitio para trabajar. Esperaba que lo aprobaras. Como no lo hiciste, no me quedó otra solución.
—¿Es así como tú lo ves? ¿Que no te quedó otra solución que desobedecer mis deseos?
Apretó tanto la mandíbula que se le marcó un músculo en la mejilla. Sakura necesitó toda su fuerza de voluntad para no salir corriendo. Pero lo que hizo fue levantar el mentón y decir:
—Soy tu esposa, por lo menos de momento. Me pareció que eso me daba cierta libertad.
Los ojos de Sasuke la recorrieron, unos ojos ardientes que parecían abrasarla.
—Por lo menos en eso tienes razón. Eres efectivamente mi esposa. —Dio un paso inquietante hacia ella, de modo que quedaron a unos centímetros—. Mi error ha sido no asegurarme de que lo comprendieras del todo. Creo que ha llegado el momento de que ponga remedio a esa situación.
Sakura soltó un grito ahogado cuando Sasuke la agarró por los hombros y la atrajo con fuerza hacia él. Le aplastó los labios con los suyos y, por un momento, ella se quedó quieta, sintiendo el calor de aquella boca, la humedad cálida de la lengua al deslizarse entre sus dientes. Los brazos de su marido la rodearon con fuerza para acercarla aún más a él, y Sakura notó la dureza de su excitación.
La sorpresa se convirtió en sentimiento cuando algo cambió en la actitud de Sasuke, que subió las manos para acariciarle la cara y gimió. El beso se volvió dulce, empezó a seducir, además de exigir, y el deseo surgió de la nada como una brisa cálida. Cuando Sasuke le saboreó las comisuras de los labios y le deslizó la lengua por el labio inferior, Sakura sintió un cosquilleo por todo el cuerpo y un calor intenso la envolvió y se le concentró en el bajo vientre. El beso lento, lánguido, se convirtió de nuevo en apasionado y ella lo devolvió con una impaciencia fogosa, mientras su propio deseo crecía con cada latido de su corazón.
Inconscientemente, subió las manos por la solapa de Sasuke, las entrelazó alrededor del cuello y empezaron a temblarle las piernas. Él debió de notarlo, porque la empujó suavemente hasta hacerle tocar la pared con las caderas, lo que le sirvió de apoyo. Otro beso húmedo, ardiente, y Sakura gimió en voz baja. Su marido le besó un lado del cuello, le mordisqueó el lóbulo de la oreja y empezó a desabrocharle los botones de la parte posterior de su sencillo vestido de lana gris. Sin apartar esos abrasadores ojos negros de ella, le quitó una a una las horquillas del pelo y Sakura oyó el ruido que hacían al llegar al suelo de piedra y sintió el peso de la copiosa melena cayéndole sobre los hombros.
—Dios mío, Sakura.
Sasuke enredó los dedos entre los mechones ondulados, le echó la cabeza hacia atrás y la besó, violándole la boca, tomándola con la lengua. Sakura le devolvió el beso con la misma pasión ardiente. Se estremecía de pies a cabeza, acalorada, aturdida y debilitada.
Con movimientos diestros y decididos, Sasuke le bajó el vestido por los brazos, desabrochó las presillas de las enaguas y dejó deslizarse las prendas hasta el suelo. Con sólo la camisa, las medias y las ligas, ella se aferró a él cuando bajó la cabeza hacia sus senos y los besó a través de la tela, empapando el fino algodón con la lengua y observando cómo los pezones se erguían como si cobraran vida.
—Eres mía, Sakura —le susurró mientras le retiraba de un hombro el tirante de la camisa—. Eres mi esposa y lo seguirás siendo.
—Pero..., ¿pero qué hay de...?
La acalló con un beso apasionado y ansioso que le arrancó unos ruiditos lastimeros de la garganta. Después le acarició los senos desnudos, paseó la lengua alrededor de los pezones, y a Sakura le fallaron las piernas. Si no se cayó fue sólo porque él la sujetaba con fuerza. Cuando introdujo una rodilla entre las piernas para dejarla sentada a horcajadas sobre su muslo, Sakura sintió un dolor cálido y ardiente en su parte más íntima.
Sentía un cosquilleo por todo el cuerpo. Por Dios, estaba a punto, caliente y húmeda del modo más embarazoso, con la cabeza tan confusa que no podía pensar. Sasuke le aplastó los senos con las manos, los acarició, los tanteó, los saboreó. Sakura deslizó unos dedos temblorosos por los cabellos que su marido llevaba recogidos en la nuca, los soltó de la cinta y unos mechones sedosos le cubrieron las palmas de las manos.
Sasuke la besó mientras se desabrochaba los botones de la bragueta y, una vez liberada de los pantalones, oprimió la dureza rígida de su excitación contra el cuerpo de la mujer. Se abrió paso entre el vello rizado de la entrepierna y empezó a frotarse, primero con suavidad y después más intensamente. Sabía muy bien cómo tocarla, cómo darle placer. Unas sacudidas de deseo recorrieron el cuerpo de Sakura, que se oyó a sí misma exclamando el nombre de su marido.
Sasuke la acariciaba con pericia.
—Soy tu marido —susurró mientras con sus manos expertas aumentaba la necesidad de su esposa—. Dilo.
Sakura gimoteó.
—Dilo —insistió él en voz baja.
—Eres mi... marido.
Le separó las piernas y la penetró con un solo impulso que la levantó del suelo. Sakura se aferró a sus hombros y le clavó las uñas mordiéndose el labio inferior.
Sasuke se salió con suavidad, la penetró de nuevo y Sakura sintió que un placer intenso la invadía. Afuera y adentro, despacio, con intención; los músculos de Sasuke se flexionaban, se contraían, y los de Sakura seguían el ritmo de las pulsaciones. Sasuke la levantó en vilo, se colocó las piernas de Sakura alrededor de la cintura y volvió a penetrarla.
—¡Dios mío, te he deseado durante tanto tiempo!
La tomó profundamente, penetrándola despacio y con exquisito cuidado. Sakura intentaba pensar, pero no podía; a duras penas se acordaba de respirar.
Oyó la voz de Sasuke desde lejos, grave, pastosa y áspera:
—Me gustas tanto... Me encantas...
Esas palabras la aturdieron más aún. Se aferró al cuello de Sasuke, con todo el cuerpo temblando de deseo y necesidad y los músculos del estómago contrayéndose. Dos fuertes acometidas más y arañó los hombros de Sasuke sollozando su nombre. Se le tensó el cuerpo y se le relajó a continuación con una explosión de placer tan intenso que pensó que iba a desmayarse.
Sasuke la penetró un poco más y, después, su cuerpo se contrajo alcanzando a su vez el clímax, vertiendo su simiente en ella mientras le agarraba las nalgas con las manos. Tras el éxtasis, Sakura siguió aferrada a él pensando en lo mucho que lo amaba y en lo bien que se sentía estando con él de ese modo. Y pensó también en lo mucho que había deseado que pasara exactamente eso.
