17

Pasaron los minutos. Sasuke besó con ternura a Sakura en el cuello y la dejó en el suelo. Su cuerpo estaba saciado y satisfecho como nunca desde hacía semanas. Percibía el aroma del perfume suave de su esposa, notaba aún el sabor de sus labios. Le gustaba la sensación de ese cuerpo delgado entre sus brazos.

Le dio un último beso, se agachó, recuperó la camisa de ella y se la dio. Sakura se la pasó por la cabeza mientras él se abrochaba los botones de la bragueta.

No era su intención haberla tomado, todavía no. Fue a la cabaña para encararse con ella, pero la cólera lo espoleó y el deseo lo impulsó a actuar. Al recordar lo increíble que era la sensación de estar dentro de ella, no lo lamentó en absoluto.

Le acarició la mejilla mientras su mente retrocedía hacia otros momentos, otras mujeres. Aunque no era un amante egoísta, con las otras se limitaba a obtener placer, las usaba como ellas a él, y no dejaba nada de sí mismo una vez que terminaba.

Con Sakura era distinto. Cada vez que la miraba, la deseaba. Cuando le hacía el amor, se perdía dentro de ella como no le había ocurrido nunca. Quería darle placer, quería absorberla en su piel, fundirse con ella hasta que no se supiera dónde terminaba él y empezaba ella. Sakura alimentaba en él una necesidad que ni siquiera sabía que la tenía, y esa necesidad parecía aumentar cada vez que hacían el amor.

Lo asustaba pensar que una mujer pudiera afectarlo tanto, pero, a pesar de eso, quería hacer el amor con ella de nuevo.

Se abrochó el último botón de los pantalones y vio que ella lo observaba con unos enormes ojos inquisitivos. La confusión había reemplazado la satisfacción perezosa de unos momentos antes.

—¿Y la anulación, Sasuke? Creía que estábamos de acuerdo en que era lo mejor. Es lo que ambos queríamos.

—¿Lo es? Puede ser que alguna vez pensara que era lo mejor, pero ya no. No va a haber ninguna anulación, Sakura. Estamos casados y lo seguiremos estando.

—Pero yo creía... Si querías que el matrimonio fuera de verdad, ¿por qué no volviste a mi dormitorio? Ya sé que esa noche fue algo..., que no te gusté..., pero esperaba que con el tiempo...

—¿Era eso lo que creías? ¿Que no me gustaste? Por el amor de Dios, Sakura, desde el día en que entraste en mi estudio no he pensado en otra cosa que no fuera en acostarme contigo. —E incluso entonces, al verla con los cabellos rosas sueltos y los labios hinchados por los besos, la deseaba de nuevo.

—Si eso es cierto, ¿por qué no volviste a mi dormitorio?

—¿Querías que lo hiciera? —preguntó él, pasándole un dedo por la mandíbula, lo que hizo que se estremeciera otra vez.

—Sí —afirmó Sakura, que desvió la mirada, algo ruborizada—. Me gustó cómo me tocaste, cómo me hiciste sentir. Sé que la mayoría de la gente cree que una mujer no debería desear a un hombre, pero yo no soy como la mayoría de las mujeres.

Sasuke no iba a discutir eso. Era distinta a todas las mujeres que él había conocido. Y precisamente esa diferencia lo inquietaba.

Soltó un suspiro, antes de reconocer:

—Tal vez por eso me mantuve alejado. Quería aclararme las ideas. Una vez lo hice, me di cuenta de que lo mejor era que siguiéramos casados.

—¿Por qué? Puede ser que me desees, pero no me amas. ¿Por qué quieres seguir casado con una mujer a la que no amas?

Incómodo con el tema, Sasuke se agachó y recuperó del suelo el vestido de lana.

—Levanta los brazos —le ordenó.

Sakura obedeció en silencio y él le pasó el vestido por la cabeza, se lo colocó bien en la cintura y se puso a abrocharle los botones, mientras decía:

—El amor es para los inocentes y los tontos, Sakura. Yo no soy ninguna de esas dos cosas. Compañerismo, objetivos comunes, paternidad. Ésos son los aspectos importantes a tener en cuenta en un matrimonio.

Ella no lo contradijo, pero había algo en sus ojos que indicaba que no estaba del todo de acuerdo. Sasuke se volvió, frunció el entrecejo al ver lo que lo rodeaba y empezó a recorrer el interior de la cabaña. El desagrado que sintiera antes regresó con una fuerza perturbadora.

—Sé que crees que lo que haces es importante, Sakura, pero sabes que no lo apruebo. —Levantó un plato de peltre que contenía un jarabe pegajoso—. ¿Qué es esto?

—Es un remedio que estoy preparando para la tos.

Sasuke se lo llevó a la nariz y, al olerlo, inhaló un aroma a regaliz y a algo dulce.

—¿De qué está hecho?

—Vino blanco, regaliz en polvo, azúcar cande, polvos de árnica y media docena de higos.

El marqués frunció el entrecejo y dejó el plato en la mesa.

—Eres la marquesa de Litchfield —dijo mientras proseguía la inspección levantando una botella medio llena aquí, un cubilete allá, y se dirigía por fin adonde ella estaba—. Preparar pociones y elixires no es lo que debe hacer una dama de tu posición.

—Ayudo a la gente. ¿Cómo puede ser eso malo?

—Tienes suerte de que no digan que eres una bruja, y todavía está por ver si ayudas o no a alguien. Roger Ferris contó que su mujer estuvo en cama tres días después de tomar una de tus pociones. Sólo Dios sabe el daño que podrías provocar en otra alma desafortunada.

—La mujer de Roger guardó cama como excusa para evitar sus deberes matrimoniales. Al parecer, su marido es bastante inepto a la hora de hacer el amor.

Se produjo un momento divertido, pero un nuevo vistazo de Sasuke a los cubiletes y los frascos que llenaban la habitación lo sofocó con rapidez.

—Me importan un comino Roger Ferris, su mujer o cualquier otra persona. Quiero que dejes esta tontería de inmediato.

—Es el trabajo de mi vida. Pedirme que lo deje es como pedirme que no respire.

—Pues ya puedes empezar a contener el aliento. Eres mi esposa y lo prohíbo. Y, por si no lo recuerdas, fuiste tú quien instigó este matrimonio.

—Y eres tú quien está decidido ahora a que los dos sigamos atrapados en él de un modo lamentable.

La miró con una expresión dura. Después, le levantó la barbilla con la mano, agachó la cabeza y la besó. Fue un beso lento, prolongado y maravilloso que impulsó a Sakura a aferrarse de nuevo a los hombros de su marido.

—Me parece que estar casada conmigo no te va a resultar demasiado desagradable —comentó él con un toque de arrogancia que no le pasó desapercibido a Sakura, cuyo rostro adoptó la expresión terca que el marqués había observado en ella más de una vez.

—Muy bien. Quieres que lo deje, pues lo dejaré. Pero me tienes que dar algo a cambio.

—¿Y de qué se trata?

—Hay un niño pequeño en Saint Bart. Te hablé de él en una ocasión, quizá lo recuerdes.

Sasuke hizo memoria y se acordó de la noche en que la despertó de una pesadilla en la biblioteca.

—Sí, recuerdo que una vez me dijiste algo sobre él.

—Se llama Nawaki Bartholomew y no está loco en absoluto, antes al contrario. Es inteligente y vital, y da gusto estar con él. Tuvo la mala suerte de nacer en ese lugar, es hijo de una mujer que sufrió una brutalidad de la que no llegó a recuperarse mentalmente.

Sakura le habló de Nawaki, le contó que la madre murió justo después de nacer él. Le dijo que no soportaba pensar que el niño creciera en un lugar tan horrible como Saint Bart.

—Es huérfano, Sasuke. No tiene adonde ir ni ningún futuro posible. Con lo terrible que es aquello, es un milagro que se hayan quedado con él en lugar de echarlo a la calle. Si lo hubieran hecho, ahora estaría muerto.

Sasuke estudió su rostro y vio en él ansiedad y la esperanza desesperada de que aceptara. No entraba en sus planes asumir la carga de educar a un huérfano, pero siempre le gustaron los niños, podía permitírselo sin problemas y, si a cambio obtenía la cooperación de Sakura, no era un intercambio tan malo.

—De acuerdo —asintió moviendo la cabeza—. Yo lo arreglaré para que suelten al niño y tú te mantendrás alejada de esta maldita cabaña y de todo lo que eso implica.

—Como desees —prometió Sakura. Aunque parte de la tensión había abandonado su semblante, permanecía en sus hombros. Era evidente que no le gustaba nada acatar esa orden, e igualmente obvio que se preocupaba mucho por el niño—. ¿Cuánto tiempo crees que llevará?

—No lo sé. Supongo que no mucho. Mandaré una nota a Kakashi Hatake para que ultime este asunto lo más rápido posible. —Recorrió a su esposa con la mirada y captó sus cabellos sueltos y brillantes, la ropa desarreglada, el rubor que cubría aún sus mejillas. El deseo que acababa de saciar reapareció con una fuerza sorprendente—. Mientras tanto, haré que trasladen tus cosas a los aposentos de la marquesa.

El rubor de Sakura se intensificó. Quizás ella no fuera de la clase de esposa que había imaginado, pero la deseaba y, puesto que el matrimonio era ya de verdad, tenía intención de poseerla. Fue a la puerta, la abrió y esperó a que se uniera a él. Al cruzar la sala, Sakura lanzó una mirada nostálgica alrededor de la acogedora cabaña. Por un instante, algo insondable le brilló en los ojos.

«¡Por Dios, no puede estar ya planeando volver!», pensó Sasuke apretando con fuerza la mandíbula ante la idea. Se juró que no se lo permitiría y al día siguiente se aseguraría de ello. Ordenaría que vaciaran y volvieran a poner en orden la cabaña, que desmontaran y eliminaran el llamado laboratorio de Sakura. Mientras tanto, la mantendría ocupada en su cama.

Ya era hora de tener un heredero. Sasuke iba a encargarse de lograrlo y cuanto antes mejor. Contempló a Sakura, sintió que su cuerpo se agitaba y pensó que tal vez esa misma tarde no sería demasiado pronto para volver a intentarlo.

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Hana daba vueltas y más vueltas en aquella cama grande y con cuatro columnas, incapaz de dormir y deseando que se hiciera de día para ir a ver a Kakashi. El viaje a Londres había transcurrido sin incidentes. Tendría que haber esperado hasta la mañana, como le sugirió su sobrino, pero quería estar allí cuando Kakashi llegara al despacho. De todos modos, y aunque llegó a la ciudad muy tarde, la casa londinense de Litchfield contaba siempre con el servicio completo y su habitación estaba preparada.

Gracias a Dios que no tenía ni idea de dónde vivía Kakashi, porque podría haberse deshonrado presentándose en su casa como cualquier mujer de la calle. En cambio, se retiró a su habitación con la esperanza de dormir un poco, aunque sabía que eso era imposible. A medida que las horas pasaban, yacía despierta mirando al techo, imaginando lo que Kakashi debió de pensar cuando lo rechazó de un modo tan rotundo.

Tal y como ya había sucedido antes.

Sus pensamientos retrocedieron más de veinte años, hasta una mañana en el castillo de Running cuando ella era una joven de dieciocho años, el día en que Kakashi fue a ver a su padre para pedir la mano de su hija. Hana esperaba la noticia arriba, rogando que su padre aceptara, sabiendo en el fondo que no lo haría.

—Eres la hija del marqués de Litchfield —la amonestó cuando la llamó a su estudio—. Kakashi Hatake es plebeyo. Sé que su familia es rica; su padre y yo somos amigos o no lo habrías conocido nunca. Personalmente, el muchacho me gusta. Es inteligente y decidido. Estoy seguro de que hará muy feliz a alguna joven. Pero no pertenece a la nobleza y eso no va a cambiar. Tú eres una dama, la única hija del marqués de Litchfield, y Kakashi no es el hombre con quien te casarás.

Hana se pasó días llorando, pero su padre no cedió. Todo lo contrario, le eligió por marido al vizconde de Beckford y, aunque ella amaba a Kakashi, las cosas eran así en la aristocracia y con el tiempo llegó a resignarse y hasta a convencerse incluso de que su amor por Kakashi tan sólo había sido un capricho de juventud.

Pero nunca lo olvidó.

Cerró los ojos recordando a Kakashi sentado en el salón del castillo de Running unas semanas antes, con ese aspecto suyo tan atractivo. «He estado pensando en ti, Hana. Me gustaría mucho verte.»

¡Por Dios, cómo lo había tratado! Sin duda, creyó que todavía no lo consideraba lo bastante bueno para ella. Lo cierto era que Hana nunca compartió esa opinión con su padre, pero, si no se lo explicaba, Kakashi no lo sabría.

Por fin llegó el alba y Hana se levantó de la cama más exhausta que cuando llegó a Londres la noche anterior. Aun así, se lavó como todas las mañanas y se vistió con cuidado. Eligió un vestido de tafetán azul oscuro con las enaguas festoneadas, varias capas de volantes en las mangas y cintas de terciopelo malva intercaladas en el peto. Un miriñaque ancho hacía que la cintura pareciera tan menuda como la de una joven.

Su doncella, Florence Tauber, le recogió los rizos verdes opacos en lo alto de la cabeza.

—Está preciosa, milady. —Flo, una mujer cuarentona de cara delgada y ojos amables, estaba al servicio de Hana desde que tenía dieciséis años.

—Gracias, Flo.

Se dio unos retoques ante el espejo de cuerpo entero. Esperaba que Kakashi no notara las ligeras ojeras que lucía en el rostro, el rastro de la hinchazón provocada por las lágrimas.

La doncella le cubrió los hombros con una capa ribeteada de piel que la envolvió con sus pliegues cálidos y suaves.

—Va muy arreglada, milady —comentó—. El hombre afortunado que la tiene tan alterada seguro que se da cuenta.

Hana notó que se ruborizaba. Desconocía cómo Florence adivinaba que había un hombre implicado, pero ésa era la verdad y no se molestó en negarla. Esperaba que Flo tuviera razón y Kakashi se diera cuenta. Más que eso, esperaba que la perdonara.

—¿Crees que ya habrá llegado el carruaje?

—Sí, estoy segura. —Flo sonrió comprensiva—. He despertado al pobre Harry antes del alba para asegurarme de que estuviera a punto.

—Dile que se lo agradezco, por favor —le pidió Hana, con una débil sonrisa y asintiendo con la cabeza.

Aunque era demasiado temprano y no estaba segura de que Kakashi hubiera llegado, subió al carruaje y recorrió las calles adoquinadas hacia el despacho de Kakashi en Threadneedle Street. No tardó mucho. No había demasiado tráfico a esa hora de la mañana; en su mayoría, vendedores y comerciantes, carros de carga y coches de alquiler que llevaban a sus pasajeros al trabajo.

El edificio estrecho de ladrillo parecía aletargado y deshabitado. Tras ordenar al cochero que la esperara, se dirigió a la puerta, que estaba cerrada. Levantó la aldaba, que era pesada y de latón, y llamó de todos modos, con la esperanza de que Kakashi hubiera ido temprano.

Para su alivio, él mismo abrió la puerta. Al ver quién era la visita, retrocedió sorprendido y la precaución le hizo adoptar un semblante inexpresivo.

—Lady Beckford. Te has levantado temprano esta mañana.

—Necesito hablar contigo, Kakashi —dijo ella, con los dedos aferrados a la parte delantera de la capa para sujetarla—. ¿Puedo pasar?

—Por supuesto. —Kakashi abrió más la puerta y una expresión de preocupación sustituyó a su frialdad indiferente—. Espero que no haya pasado nada malo. ¿No se encuentra bien lord Litchfield? ¿Ha habido algún tipo de accidente?

—No, no es nada de eso. —Lo observó de soslayo mientras la conducía a su despacho privado y cerraba la puerta. Lo encontró más atractivo todavía que la última vez que lo había visto, con el pelo plateado y los ojos negros—. No es una visita de negocios. Es totalmente personal. Necesitaba verte, Kakashi, yo...

Dejó la frase en el aire, tratando de encontrar las palabras adecuadas, y deseó haber sido capaz de encontrarlas durante las largas horas de la noche. Pero no lo logró entonces, y ahora parecían aún más esquivas.

—Quizá quieras tomar asiento, lady Beckford —sugirió Kakashi con una enorme formalidad, y la severidad de esa actitud desgarró el corazón de Hana.

—Prefiero decir lo que tengo que decir de pie, si no te importa. —Enderezó la espalda, decidida a dejar las cosas claras—. He venido a pedirte disculpas.

—¿Disculpas? —La sonrisa de Kakashi se volvió algo burlona—. ¿Por qué tendrías que pedirme disculpas? Si te refieres a las conversaciones que hemos mantenido últimamente, soy yo quien debería disculparse. Dije cosas fuera de lugar y me pusiste en mi sitio. Yo soy plebeyo mientras que tú, después de todo, eres la vizcondesa de Beckford.

Aunque habría quien le hubiera creído sincero, el sarcasmo de sus palabras no se le escapó a Hana. No había nada en Kakashi Hatake que diera la menor indicación de que se consideraba algo menos que su igual, y así era como Hana deseaba que fuese. Tragó saliva con dificultad, debido al nudo que tenía en la garganta.

—Me temo que no lo entiendes. Verás..., cuando te dije esas cosas... no sabía que..., no tenía ni idea de que... Cometí un error terrible, Kakashi.

—¿Un error? ¿Significa eso que de repente te sientes sola? ¿Has venido por eso, Hana? ¿Decidiste que necesitas un hombre en la cama, siempre y cuando nadie sepa quién es...?

—¡Basta! Esto no tiene nada que ver con el hecho de que no pertenezcas a la nobleza, nada en absoluto. Lo cierto es que no sabía que Shizune estaba muerta. No me enteré hasta ayer por la noche, cuando mi sobrino lo mencionó por casualidad. Hasta entonces, creía que estabas casado. Pensé que me estabas proponiendo... una relación sórdida y estaba..., estaba indignada. No creía... —Bajó la mirada—. No creía que fueras de esa clase de hombres y me dolió mucho pensar que lo eras.

Kakashi la miraba como si no acabara de creerla.

—¿Creías que estaba casado?

—Siento lo de Shizune. —Hana se esforzaba en contener las lágrimas—. En esa época me pasaba la mayor parte del tiempo en el campo. Debió de ocurrir justo antes de que Tobirama enfermase. Puede que él se enterara, pero, si fue así, nunca me lo dijo. Me parece que siempre estuvo un poco celoso de ti.

—Y pensaste que yo quería tener una aventura.

—Sí.

—Hana... —Le tomó las dos manos entre las suyas—. Dios mío, lo siento. Las cosas terribles que te he dicho. Las cosas terribles que he pensado.

—No es culpa tuya, Kakashi. —Una lágrima le resbaló por la mejilla—. La culpa es mía. No debí sacar conclusiones precipitadas. Puede que fuera porque me hacías sentirme mujer. No me sentía así desde hace años y me asusté. Me despreciaba a mí misma por querer estar contigo cuando creía que pertenecías a otra persona.

No supo cómo sucedió. Lo estaba mirando con lágrimas en los ojos y, de repente, se encontró entre sus brazos.

—Me volví medio loco en cuanto te vi en el castillo de Running —le confesó él al oído—. Era como si los años no hubiesen transcurrido, como si el tiempo retrocediese y fueras la misma chica de quien una vez me enamoré.

Hana se aferró a él, absorbiendo su calor, su fuerza.

—Yo sentí lo mismo, Kakashi. Quería verte y eso me hacía sentirme muy culpable.

—Di que me permitirás visitarte —le pidió apartándose para mirarla—. Sé que podría acarrearnos problemas a ambos. Trabajo para tu sobrino y es muy posible que él no lo apruebe. Es seguro de que otros de tu clase no lo harán. Tal vez podríamos adoptar medidas, alguna forma de facilitar las cosas.

—Soy una mujer adulta, Kakashi. No me importa lo que piensen los demás. Nunca me importó.

Kakashi le acarició la mejilla y ella se dio cuenta de que no la creía. Con el tiempo lo convencería. Observó sus ojos negros cuando Kakashi agachó la cabeza para besarla con mucha ternura. Notó que la envolvía por completo, que invadía sus sentidos lo mismo que antaño y, sin embargo, era totalmente distinto.

Kakashi terminó el beso antes de lo que ella hubiese querido y Hana supo que el hombre se contenía porque había sentido un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.

—Te iré a ver por la noche —propuso Kakashi—. Hay una posada muy tranquila en las afueras de la ciudad, donde nadie nos verá...

—No —se negó Hana con firmeza, con tanta alegría en el corazón que casi le dolía—. Aunque me gustaría muchísimo tenerte para mí sola, esta noche me apetecería más ir al teatro, si te parece bien.

Kakashi comprendió lo que significaban esas palabras: a ella no le importaba que los vieran juntos. Esbozó una sonrisa tan radiante que Hana casi se derritió.

—Iremos al teatro entonces —convino, aceptando por fin que carecía de importancia que fuera plebeyo—. Y después cenaremos en algún sitio tranquilo y nos pondremos al día de tantos años.

—Sí —asintió Hana, con la mano todavía en la de Kakashi—. Eso me gustaría, Kakashi. Me gustaría mucho.

«Más de lo que te imaginas» —pensó Hana—. «Mucho más.»

Por fin tendrían la oportunidad que les fue arrebatada tanto tiempo atrás. Y esta vez nadie iba a interponerse entre ellos.

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—¡Ay!

Sakura se chupó la gota de sangre de la punta del dedo y contempló la funda de almohada que estaba bordando. Las puntadas eran pequeñas y regulares, como las que empleó para suturar el corte en el brazo de Sasuke. Pero trabajar en un paciente era distinto a coser flores de colores en un pedazo de tela. No le gustaba bordar. No le había gustado nunca, lo encontraba pesado y aburrido.

Suspiró y dejó la funda de almohada a un lado. Se levantó de la silla, se acercó a la ventana y su mirada se dirigió hacia el río, que serpenteaba entre el bosque. Desde el día en que el marqués se enfrentó a ella en la cabaña de piedra, vivían en una frágil tregua. De día, Sasuke trabajaba en la gestión de sus propiedades y, mientras, Sakura no paraba quieta, aburrida y deseando volver a sus estudios.

De noche, Sasuke iba a su dormitorio y ella se olvidaba de su trabajo, de su necesidad de aprender. Un beso largo y ardiente, una caricia de esas manos diestras y hábiles, y Sakura pensaba ya sólo en Sasuke, en el placer que le daba, en lo mucho que lo deseaba. Hasta que no la dejaba al despuntar el día, ella no pensaba en absoluto en tanto amor al que Sasuke no correspondía, y Sakura sentía un dolor desgarrador en su interior.

Durante el día, no la buscaba nunca. No había miradas dulces ni ninguna expresión de cariño. Era como ella había temido: la deseaba, pero, aparte de eso, apenas existía para él.

Se le encogía el corazón al pensar en ello. Quería que la amara, que compartiera su vida con ella y compartir la suya con él. La entristecía pensar en los años sin amor que le esperaban. El matrimonio, que era ya un hecho, lo había instigado ella y no se podía negar que tenía la protección que tanto y de un modo tan desesperado necesitó. Se había librado de su tío, del manicomio; si tuviera su trabajo, podría soportarlo.

Con la ayuda de Kaede, su doncella, averiguó los planes del marqués de desmantelar el laboratorio y consiguió así frustrar los esfuerzos de Sasuke en ese sentido. Como había ayudado a algunos miembros del servicio con sus remedios, ellos se arriesgaron a la cólera de Litchfield empaquetando y almacenando con cuidado los objetos en lugar de deshacerse de ellos.

No había día en que no pensara en las hierbas que había plantado con tanto esmero, llenándose de polvo y marchitándose, y en las pociones que preparó de forma tan meticulosa y que no servían de ayuda a nadie. Había renunciado al trabajo de su vida para salvar al pequeño Nawaki, y saber que pronto estaría a salvo hacía que el sacrificio valiera la pena.

Se juró que no sería para siempre. Gracias a los esfuerzos del marqués, el niño llegaría al día siguiente de Londres. Una vez Nawaki estuviera en el castillo y a salvo, ella encontraría un modo de volver a sus estudios.

Junto a la ventana, contempló el río y su mirada siguió un palito de madera que viajaba arrastrado por la corriente, hasta perderse de vista cuando el río desaparecía entre los árboles. Añoraba la serenidad que encontraba en los libros que leía en la cabaña, la emoción de ayudar a alguien necesitado que fuera a verla. No podía vivir toda una vida clavando una aguja en un bordado o arrancando notas de un clavicémbalo.

Y, a pesar de lo mucho que adoraba al pequeño Nawaki, ni siquiera la presencia del niño en la casa le bastaría para seguir adelante. Necesitaba su trabajo tanto como el marqués el suyo. Sakura se juró, como había hecho desde que sus padres murieron, que pasara lo que pasase lograría ese objetivo.