18
Sasuke se apoyó en la barandilla en lo alto de las escaleras de piedra que daban al vestíbulo. Abajo, Sakura estaba junto al niño castaño, Nawaki Bartholomew. El pequeño la agarraba de la mano, aferrado como si fuera a perderse para siempre en las entrañas del castillo si se soltaba.
Había llegado en carruaje la noche anterior, acompañado de un lacayo de la casa de Sasuke en Londres. Kakashi Hatake se encargó de todo; por un módico esfuerzo, y una cantidad nada desdeñable de monedas, el pequeño abandonaba Saint Bart para pasar al cuidado del marqués.
Sasuke lo observó. Era un chiquillo menudo, delgado y castaño, y tenía unos enormes ojos grises, que abría sorprendido ante el cristal elegante, el mármol reluciente y los dorados brillantes que decoraban la casa. Sakura le contó que el niño apenas salía de Saint Bart, sólo alguna que otra vez cuando una de las matronas lo llevaba con ella a buscar provisiones. Al mirarlo era evidente lo poco que había visto del mundo.
—¡Dibujos! —exclamó señalando el techo pintado—. No había visto nunca dibujos en el techo. ¿Cómo crees que el tipo se subió ahí a pintarlos?
Sakura se rió y Sasuke tuvo ganas de sonreír. Mientras su esposa explicaba que el pintor había ido al castillo desde Italia hacía cien años, bajó las escaleras para reunirse con ellos. Cuando se acercó, ambos se volvieron.
—Buenos días, Nawaki.
Ya lo había conocido la noche anterior, pero el pequeño no dijo gran cosa, agarrado a la mano de Sakura mientras miraba a su alrededor como si hubiese llegado a la Luna.
—Buenos días, señor —contestó esta vez, levantando los ojos hacia Sasuke con casi el mismo asombro que le causaba el techo pintado.
—Tienes que llamar al marqués «Excelencia» —le explicó Sakura—. Deberías decir «buenos días, su Excelencia» o «buenos días, milord».
—Buenos días, Excelencia —repitió con la espalda muy recta.
Sasuke sonrió.
—Espero que hayas dormido bien, Nawaki.
Los dientecitos blancos del pequeño brillaron en una sonrisa que mostraba algo más de seguridad.
—Casi me ahogué, milord, con tanta pluma. Pero estuvo muy bien cuando me acostumbré.
—¿Habéis desayunado? —preguntó Sasuke, que tuvo que contener una carcajada—. Creo que la cocinera se ha superado hoy porque sabía que tenemos un recién llegado a la casa.
Sakura apretó la mano de Nawaki, levantó la vista hacia Sasuke y le sonrió con tanta gratitud que él sintió una opresión extraña en el pecho.
—De hecho, ahora nos dirigíamos al comedor —respondió Sakura—. Quizá quieras desayunar con nosotros.
—Sí, buena idea.
Esperó a que Sakura guiara al niño, pero antes de que llegaran a dar un paso Nawaki se soltó y se acercó a los pies de la escalera, adonde estaba él. Con timidez, la manita del pequeño le tocó el ribete de terciopelo de la levita de color burdeos.
—¿De qué es? No había tocado nunca nada tan suave.
Sasuke echó un vistazo al niño, a los burdos pantalones marrones y la camisa blanca que Kakashi Hatake le había proporcionado; sencillos, pero sin duda mucho mejores que los trapos sucios que debía de llevar en Saint Bart.
—El ribete es de terciopelo. Los pantalones están confeccionados con una tela que se llama raso.
Nawaki tocó la prenda que cubría el muslo para sentir el tacto del tejido suave y brillante.
—Son las ropas más bonitas que he visto.
—A veces las cambiaría por algo más sencillo, pero supongo que tienes razón, son bastante bonitas —comentó Sasuke con una sonrisa.
—Cuando sea mayor, quiero llevar unas como éstas.
—Seguro que sí, Nawaki —lo alentó Sakura, que se agachó y lo abrazó.
Sasuke tomó nota mentalmente de llamar a su sastre. Había que vestir al niño como era debido, y pronto; él mismo se encargaría de ello.
—Muy bien, ¿por qué no vamos a comer algo? —Sakura alargó el brazo y el pequeño se aferró a su mano.
—Espero que no sean gachas —murmuró.
Sasuke volvió a sonreír y le aseguró:
—Hoy no hay gachas. Veamos si te gusta el faisán asado.
A Nawaki Bartholomew le encantó. Y también la salchicha y los huevos cocidos, el queso Wilton y los pastelitos de manzana; pero, sobre todo, el chocolate a la taza, bien caliente. Sasuke no había visto nunca a nadie tan pequeño comer tanto. Pensó que quizá debería detener al pequeño antes de que se atiborrara hasta que le sentara mal, pero decidió no hacerlo.
Con el tiempo, el niño se daría cuenta de que habría comida abundante cada vez que se sentaran a la mesa. En cuanto a ese primer día, un poco de dolor de barriga sería un precio pequeño a pagar por deleitarse con tal banquete.
—He pensado que podría enseñarle a Nawaki el resto de la casa —dijo Sakura desde la silla situada a su lado, tras secarse los labios con una servilleta blanca de lino y volver a depositarla en su regazo.
El pequeño la observó con atención e hizo exactamente lo mismo. Sasuke tomó un sorbo de café.
—Buena idea. Hoy tengo que terminar unos asuntos, pero quizá mañana podríamos ir a los establos. Imagino que a Nawaki le gustará ver los caballos.
El crío lo miró fijamente con sus enormes ojos grises.
—¿Tiene caballos? —preguntó.
—Sí —asintió el marqués—. Todo un establo lleno.
—Me gustan los caballos. Los he visto muy bonitos tirando de coches elegantes cuando la gente viene a ver a los locos. ¿Cree que podré montar en uno? —Había tal ansiedad en la expresión del chiquillo que Sasuke sintió una punzada inesperada en el corazón.
—Imagino que podría arreglarse.
—¡Una casa tan elegante y también caballos! —Sonreía de oreja a oreja y tenía el semblante iluminado por la emoción—. ¡Dios mío, Sakura, no sabía que eras tan ricachona!
Sasuke casi se atragantó con el café y Sakura tuvo que contener la risa. «Sí, Dios mío» —pensó el marqués—. «¿Cómo he acabado con este par tan estrafalario?».
Sin embargo, cuando vio al niño levantarse de la mesa, alargar el brazo hacia atrás creyendo que nadie lo miraba, echarle mano a un trozo de salchicha y escondérselo bajo la camisa, no pudo evitar sentirse aliviado de que ya no estuviera en Saint Bart.
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Como el marqués había prometido, a la mañana siguiente Sakura fue con él y con Nawaki a los establos. Los tres habían pasado la tarde juntos. Nawaki comentaba sin cesar las cosas bonitas que veía en el castillo, movía los brazos y señalaba para describir cada elemento increíble. Le encantó la galería de retratos y su larga fila de cuadros de los nobles Litchfield, pero lo que más le gustó fue el Gran Salón, con sus armaduras medievales, espadas antiguas, escudos y hachas de aspecto temible.
Compartieron después una cena tranquila, lo que no harían a menudo cuando el niño estuviera instalado y encontrasen una institutriz adecuada. Tras un día tan apasionante, al crío se le cerraban los párpados durante la cena y se quedó dormido en cuanto se tragó el último bocado posible de alimento. Sasuke lo subió a su cama, en el segundo piso, en un dormitorio próximo al cuarto de los niños.
Por la mañana, cuando Sakura bajó se encontró a Nawaki con Sasuke en su estudio, de pie junto al escritorio. Los observó desde la puerta abierta.
—Estaba pensando, milord... ¿Cree que cuando yo sea mayor podré aprender a ser un señor elegante como usted?
Sasuke sonrió.
—Podrás ser lo que tú quieras, Nawaki. Sólo se necesita voluntad.
—¿Me enseñará?
—¿Enseñarte?
—Sí. ¿Me enseñará a hablar bien, como un caballero?
Sasuke dejó su trabajo y observó al niño con más atención.
—Supongo que podríamos hacer algo al respecto.
Nawaki le sonrió encantado y Sasuke le devolvió la sonrisa. Luego, desvió la mirada hacia donde estaba ella, en la puerta, y el aire pareció caldearse entre los dos. Sakura sintió un cosquilleo extraño en el estómago.
El marqués empujó la silla hacia atrás y se levantó.
—Buenos días —la saludó con una mirada larga y penetrante, como si recordara cómo la había dejado esa mañana, sobre un montón de sábanas revueltas, desnuda y adormilada tras su temprano encuentro amoroso.
—¿Podemos ir ya a los establos, milord? —preguntó Nawaki, tirando de la chaqueta de Sasuke—. Dijo que iríamos cuando Sakura «venía».
—No es venía, Nawaki. Es viniera. Ésa será tu primera lección. Tendrás que practicar un poco los tiempos verbales.
—Cuando Sakura viniera. Dijo que iríamos cuando Sakura viniera —se corrigió el pequeño con una amplia sonrisa.
—Y después de comer algo —le aclaró Sasuke. La comida no fallaba nunca para convencerlo de algo.
—No serán gachas, ¿verdad?
—Dudo que tengas que volver a tomarlas nunca —lo tranquilizó el marqués con el brillo de la risa en sus ojos.
—¡Hurra! —Nawaki levantó los brazos en el aire, dio unas vueltas sobre sí mismo, corrió feliz hacia Sakura y se detuvo a su lado en la puerta. Al principio, ella temió que los guardias le hubiesen hecho daño durante esas semanas en que ella no estuvo en Saint Bart, pero el temperamento alegre del chiquillo le indicaba que no había sido así—. ¡Se acabaron las gachas, Sakura! ¿Has oído lo que ha dicho el señor, esto..., su Excelencia? ¡No tendremos que comer más esa bazofia asquerosa!
Sakura se mordió un labio para evitar reírse y miró de reojo a Sasuke, convencida de que habría fruncido el entrecejo, pero hubiese jurado que lo que vio en su cara fue diversión.
—La segunda lección de hoy será que un niño de tu edad no debe dirigirse a las personas mayores por su nombre de pila. A partir de ahora llamarás a Sakura milady o Excelencia —lo reprendió suavemente él.
Sakura se estremeció por dentro. No había tenido el valor de corregir al niño, aunque sabía que tarde o temprano tendría que hacerlo. En el manicomio no importaba, pero ahí... Ahí la vida era totalmente distinta. Tendría que aprender a seguir las normas si quería abrirse paso en el mundo de la nobleza.
Nawaki levantó los ojos hacia ella, muy serio, y recuperó de inmediato su optimismo:
—Los guardias siempre decían que eras una dama. Seguro que no me cuesta nada.
Sakura se agachó y lo abrazó. Era un niño adorable.
Desayunaron juntos y, después, se dirigieron a los establos.
—¡Mira, Sakura! ¡Caballos! —Se soltó de su mano y salió disparado hacia el cercado junto al edificio de piedra de dos pisos, donde se guardaban los caballos. Un mozo de cuadra ejercitaba a uno de los sementales, que describía círculos al final de una cuerda—. ¿Podría montarlo?
—Ése no. —Sasuke se rió entre dientes—. Por lo menos, de momento. Es joven y engreído. Para empezar, necesitarás un animal más fácil de manejar.
Se dirigieron al interior sombreado del establo, donde percibieron el olor a heno y a caballos. Los rayos de sol que se filtraban por las ventanas estaban cargados de motitas de polvo suspendidas en el aire. Por encima de sus cabezas, unos hombres trabajaban con un gran cabestrante de metal para levantar sacos pesados de grano y depositarlos en el altillo.
—Creo que Robin será un buen caballo para empezar.
—¿Se llama Robin?
—Su nombre completo es Gray's Robin.
Mientras se acercaban al compartimiento, Nawaki observaba al pequeño caballo pinto con veneración.
—Gray's Robin. Es muy bonito, milord.
El caballo relinchó y Sasuke sonrió.
—Sólo mide catorce palmos y es manso como un perrito. Será un buen caballo para ti mientras aprendes a montar. —Se volvió hacia uno de los mozos de cuadra y Sakura vio que era Kiba Inuzuka—. Nawaki, te presento a Kiba. Sabe mucho de caballos. Él te enseñará a montar.
—Buenos días, chaval —lo saludó Kiba, que se agachó para darle la mano. Después, dirigió la mirada al caballo pinto y añadió—: Su Excelencia te eligió un buen caballo para cuando «venía».
Nawaki abrió la boca para corregirle el tiempo verbal, pero Sasuke sacudió con sutileza la cabeza.
—¿Cuándo podemos empezar? —preguntó entonces el crío.
Kiba miró a Sasuke, quien se limitó a asentir con la cabeza.
—Ahora mismo si quieres.
—¡Qué bien! —exclamó Nawaki dando brincos.
Sakura observó al niño mientras se marchaba con Kiba como si fueran amigos de toda la vida. Nawaki no había sido nunca tímido. Nació entre desconocidos y, en sus siete años de vida, ellos habían sido su vida, su familia.
—Has estado maravilloso con Nawaki —Le agradeció a Sasuke—. Quería sacarlo de ese sitio y que estuviera a salvo, pero no esperaba que lo acogieras hasta este punto.
—Se hace querer —se quitó importancia él, siguiendo al pequeño con la mirada—. Mañana, dispondré que venga un tutor para que pueda empezar a estudiar.
Sakura sonriendo dijo:
—Aunque no lo creas, estará encantado. Tiene ansia por aprender. Lo fascinan todas las cosas nuevas que ve.
—Me he dado cuenta.
Se giraron y echaron a andar. Sasuke le pasó un brazo alrededor de la cintura mientras salían de debajo del altillo. En cuanto llegaron al extremo del saliente, Sakura oyó el grito agudo de Nawaki:
—¡Milord! ¡Cuidado!
El niño corría como un loco para intentar alcanzarlos y eso hizo que Sasuke levantara la vista. El cabestrante de hierro se había soltado de la cuerda y le iba directo a la cabeza. Empujó a Sakura para quitarla de en medio y ambos rodaron por el suelo.
—¡Milord! ¡Milord! —Nawaki llegó junto a ellos con Kiba Inuzuka pegado a los talones—. ¡Casi le da! ¡Madre mía, casi le mata!
El pequeño temblaba, y Sakura también. Sasuke se puso de pie y se sacudió la tierra y la paja de la chaqueta y los pantalones.
—¿Estás bien? —le preguntó a su mujer mientras la ayudaba a levantarse.
—Sí. Sólo ha sido el susto, nada más.
Pero seguía temblando, lo mismo que Nawaki. Sasuke se agachó, lo subió en brazos y lo estrechó con suavidad contra su pecho.
—Estamos bien. Gracias a ti, Nawaki, los dos estamos bien.
El niño le rodeó el cuello con sus bracitos y apoyó la cabeza en el hombro. Nunca había tenido un padre y era evidente que ya había adoptado a Sasuke. Sakura sintió que un dolor le oprimía el pecho.
—No pasa nada, muchacho —lo tranquilizó el marqués—. Ha sido un accidente. Estas cosas pasan a veces.
Dejó al pequeño en el suelo y Sakura lo atrajo hacia sí mientras el marqués se daba la vuelta para inspeccionar el cabestrante caído. Era grande y pesado y, si le hubiera alcanzado, seguro que lo habría matado. Sakura se estremeció de sólo pensarlo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Sasuke mirando con dureza a los hombres que habían estado trabajando en el altillo y rodeaban ahora al cabestrante.
Uno de ellos avanzó con la cara tan pálida como la de Sakura:
—No lo sé seguro, milord. Hemos estado trabajando aquí toda la mañana sin ningún problema. Supongo que la cuerda se habrá gastado. Pero si fue así no nos dimos cuenta. —Se enderezó con la cabeza alta, aunque su semblante reflejaba una gran tensión—. Supongo que querrá despedirnos a todos.
Sasuke observó las caras afectadas de los hombres. Casi todos ellos tenían una familia que alimentar.
—Fue un accidente —los tranquilizó—. Como ya he dicho, estas cosas pasan. Asegúrense de que no vuelva a pasar.
—Gracias, milord. A partir de ahora iremos con más cuidado. No se arrepentirá de dejarnos quedar —afirmó el hombre con una sonrisa de alivio que suavizó sus rasgos curtidos.
Sasuke asintió con la cabeza y sólo dijo:
—Eso espero. —Se volvió hacia Sakura, le rodeó la cintura con un brazo de un modo más íntimo del habitual y sonrió al niño—. Ve con Kiba, Nawaki. Robin te está esperando.
Como suele ocurrir con los niños, Nawaki había olvidado ya el incidente. Enseñó su sonrisa, movió la cabeza arriba y abajo varias veces y se marchó muy contento con Kiba mientras Sasuke guiaba a Sakura por el camino que conducía a la casa.
—Nawaki tenía razón —dijo ella—. Podía haberte matado.
—Podía, pero no lo hizo —se mostró bromista Sasuke echando un último vistazo al cabestrante. Esbozó una sonrisa—. Pero siento una necesidad irresistible de procrear. Quizá podríamos ir arriba a echar una cabezadita.
—¿Cómo? ¿En pleno día?
El marqués sonrió.
—Ven, cariño. Tengo planes para ti que no incluyen a un niño de siete años.
Sakura se sonrojó un poco. El corazón se le aceleró al empezar a acudirle a la cabeza imágenes de fuertes músculos viriles y manos hábiles y expertas. Pero mientras su marido se la llevaba volvió la cabeza hacia el cabestrante caído y al grupo de hombres que lo rodeaba. En las últimas semanas el marqués había estado a punto de morir un par de veces. Seguro que no era pura coincidencia.
La asaltó una sensación de inquietud que la acompañó todo el trecho hasta la casa.
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El doctor Kabuto Yakushi tiró de las riendas de su faetón negro para que el caballo se detuviera frente al inmenso castillo de piedra. Había enviado una carta para avisar a Sakura Haruno Uchiha, ahora marquesa de Litchfield, de su próxima llegada, pero no estaba seguro del tipo de recibimiento que ella le dispensaría.
En vista de que le había fallado a esa mujer, a quien consideraba una querida amiga y, de un modo extraño, incluso una colega, no sabía lo que se merecía.
Echó el freno, inspiró para darse fuerzas, saltó del faetón y le entregó las riendas a uno de los mozos de cuadra, que acudió en cuanto le vio llegar. Todavía no había alcanzado la escalinata de entrada cuando la puerta se abrió y Sakura apareció en el umbral.
—¡Doctor Yakushi! —Sonrió de esa forma cálida y sencilla que se granjeara el cariño del doctor desde el momento en que éste la conoció—. ¡He estado tan nerviosa desde que recibí su carta! No puedo creer que esté usted aquí. Pase, por favor.
Kabuto se relajó un poco. Se quitó el tricornio, se enderezó la peluca gris, subió por las escaleras y entró en la casa. El mayordomo le tomó el sombrero y el sobretodo, y Sakura lo condujo a un salón suntuoso con adornos dorados y marfil.
—Siento que mi marido no esté —se disculpó Sakura mientras llamaba para pedir té—. Me hubiera gustado mucho que lo conociera. Por desgracia, surgió algún tipo de asunto en la ciudad y tuvo que irse un par de días.
Seguía teniendo el mismo aspecto lozano y encantador de siempre, sin huellas de su terrible experiencia en el manicomio. Su sonrisa era radiante y acogedora, el cabello rosa le brillaba y combinaba el color de las mejillas y hacía juego con el tono de su vestido de seda rosa.
—Se preguntará cómo he logrado encontrarla después de tanto tiempo. De hecho, supe de su paradero hace unas semanas a través del abogado de su marido, Kakashi Hatake. Por entonces, el señor Hatake intentaba junto con el marqués que la liberaran de Saint Bart. Vino para preguntarme sobre los acontecimientos que tuvieron lugar cuando su tío la recluyó. Le conté la verdad, que todo aquello fue mentira, aunque con pocas esperanzas de que eso sirviera para que le permitieran abandonar el hospital. Le pedí, sin embargo, que me informara de sus progresos. Cuando volví a tener noticias del señor Hatake, me comunicó su matrimonio con lord Litchfield y que podría encontrarla aquí.
Kabuto examinó los muebles caros, el sofá de brocado dorado y las colgaduras de terciopelo, muy distinto a la celda desnuda que debió de ocupar en Saint Bart.
Sakura lo tomó de un brazo y lo condujo hacia una cómoda butaca mientras decía:
—Que esté aquí ahora es un milagro y una historia muy larga. —Se sentó frente a él y un sirviente apareció con una bandeja de plata con el té y la dejó en la mesa que había entre ambos. Sakura le sirvió una taza y le puso leche y azúcar—. Baste decir que, gracias a los esfuerzos de mi marido, estoy fuera del control de mi tío y libre de Saint Bart para siempre.
—Lo que sucedió fue terrible —aseguró Kabuto sacudiendo la cabeza—. Sé que le fallé de manera lamentable. Ése es uno de los motivos de mi visita. Espero que pueda perdonarme.
—Estoy al tanto de que mi tío amenazó con arruinarle, Kabuto —lo excusó Sakura mientras removía el té meticulosamente y dejaba después la cucharilla con mucho cuidado en el platito—. Sé que tenía que pensar en su familia. No tuvo más remedio que guardar silencio.
—Fue mucho peor que eso. Lord Dunstan amenazó a Emi y a los niños. Exigió que me fuera del pueblo de Wilford. Insinuó que, si la defendía a usted de cualquier modo, yo no volvería a ver a mi familia.
—Mi tío es de lo más despiadado. —A Sakura le temblaron las manos sobre el encaje de la falda—. Me alegro de que no intentara oponérsele. —Sonrió, pero pareció forzado, como si el tema todavía le resultara doloroso—. En cualquier caso, todo eso ya pasó. Hábleme de usted. ¿Cómo van sus estudios?
—Ésa, querida amiga, es la segunda razón de mi visita. Hace poco he aceptado un puesto de profesor en una pequeña escuela de medicina, en Guildford.
—Eso es fantástico, Kabuto. Guildford no está demasiado lejos. Quizá podría venir de vez en cuando a vernos.
—Me gustaría mucho. —Tomó un sorbo de té—. Ya sabe lo difícil que resulta investigar en el campo de la anatomía humana, dada la opinión pública al respecto. Es uno de los motivos por los que he aceptado el puesto. La escuela es pequeña y muy discreta. Hasta ahora, los vecinos sólo han expresado algunas leves protestas por los temas que enseñamos, y es una de las pocas instituciones que tolera la disección humana como método de aprendizaje.
En épocas medievales, la Iglesia había prohibido la disección de cadáveres humanos. Incluso en esos días, cientos de años después, se seguía estando muy en contra del estudio del cuerpo humano. Los médicos recibían sólo la información más somera. La mayoría de los cirujanos se formaba en el ejército más que en las aulas, y su posición social no era mucho más elevada que la de un barbero, profesión que muchos de ellos desempeñaban también. Pero algunos médicos, hombres como Kabuto, creían que las respuestas a la curación se encontraban en un mayor conocimiento del funcionamiento del cuerpo humano.
—Me alegro de que haya encontrado por fin un sitio donde proseguir con sus estudios —afirmó Sakura.
—Hasta la fecha, ha resultado muy productivo. Pensaba que, si todavía le interesan esas cosas, quizá le gustaría venir a Guildford y echar un vistazo a parte del trabajo que hacemos allí.
Sakura levantó la cabeza con tanta velocidad que casi derramó el té.
—¡Oh, doctor Yakushi, me encantaría! No puede imaginarse hasta qué punto he echado de menos nuestras sesiones.
—Tendría que ser fuera de horas, por supuesto. Sería muy impropio que una mujer, en especial una de su posición social, fuera descubierta en tales circunstancias. Pero imaginé que le gustaría venir, y es lo menos que puedo hacer para compensarla por todo lo que ha sufrido.
—¡Oh, sí, Kabuto! Yo también he estado trabajando en varias cosas, en su mayoría remedios preparados con hierbas, pero algunos tienen posibilidades evidentes. He leído todo lo que he podido, aunque es difícil encontrar textos modernos y hay pocos sobre anatomía humana.
El cambio en su actitud hizo que Kabuto sonriera para sus adentros. Ya no era la dama digna de la casa, sino la joven vibrante que él conocía, desbordante de entusiasmo, dispuesta y ansiosa por aprender.
Le describió algunos de los proyectos en los que participaban. La investigación, por ejemplo, para desarrollar inoculaciones inocuas contra la viruela, pues en esa época, aunque podía salvarse al paciente, la persona inoculada era tan contagiosa que quienes la rodeaban solían caer enfermos y morir. Y sobre todo querían profundizar más en el funcionamiento del cuerpo humano, en la búsqueda de un método para evitar el dolor cuando era precisa la cirugía y en el estudio de cómo prevenir la putrefacción.
—Es muy interesante —concluyó Kabuto—, aunque no puede negarse que los progresos son lentos.
—Tengo muchas ganas de ir —aseguró Sakura.
—¿Y su marido? ¿Vendrá también el marqués?
Por primera vez, Sakura pareció inquieta.
—Me temo que mi marido desaprueba mi interés por la medicina casi tanto como mi tío. —Sonrió, al parecer de Kabuto con algo de tristeza—. Sin embargo, no es probable que me recluya si descubre que he ido a visitar a un viejo amigo que resulta ser médico.
—Me alegra oír eso. —Kabuto le devolvió la sonrisa. Dejó la taza de té sobre el tablero de mármol de la mesa situada junto a su butaca—. Y como no hay duda de que ahora está en buenas manos debería marcharme ya. Mándeme una nota para indicarme cuándo le va mejor venir. —Se levantó y Sakura hizo lo mismo—. Tenemos una casa bonita y espaciosa a la salida del pueblo. Hay sitio de sobra y sé que Emi estará encantada de recibirla.
Sakura le tomó el brazo y lo acompañó hasta la puerta. Kabuto casi podía sentir el funcionamiento vertiginoso del cerebro de aquella joven. No había visto nunca un alumno más interesado por aprender ni más decidido a ello. Era una lástima que fuera mujer. Aun así, él deseaba darle algo a cambio del dolor que le había causado sin querer, y sabía que la educación era lo que ella más apreciaba.
—Adiós —le dijo—. Espero volver a verla.
—Yo también, doctor. Quizá tarde algo, pero lo dispondré todo a la primera oportunidad que tenga.
La dejó en la entrada y volvió a su faetón, se subió y se dirigió hacia la carretera de Guildford. Sabía que volvería a verla, y pronto. Sakura Haruno Uchiha era una mujer apasionada en todos los aspectos de la vida, y sus estudios figuraban entre ellos.
Pensó en el marido y confió en que él fuera consciente de la joya que tenía en casa. Pocas veces se encontraba uno con una mujer con tanta fuerza y valor. Ni siquiera las crueldades a que la sometía su tío lograban quebrantarle el ánimo.
Sonrió al recordar los estudios que estaban efectuando en la escuela y le entraron ganas de compartir con su antigua alumna parte de los conocimientos que había adquirido en los meses transcurridos.
