19
Fue pasando el tiempo. Aunque Sakura esperaba que surgiera la ocasión de visitar al doctor Yakushi, no pudo ser así. Se consolaba ocupando las horas con el pequeño Nawaki, que se había acostumbrado a la vida del castillo como si hubiera nacido en él. Tenía un tutor y una institutriz y, por deseo de Sasuke, vestía como si fuera el hijo de un lord en lugar de un huérfano sin hogar que el marqués había rescatado de Saint Bart.
Resultaba sorprendente el vínculo formado entre ambos. Al verlos juntos, Sakura se daba cuenta de lo mucho que a su marido le gustaban los niños y el maravilloso padre que sería. Sabía que eso era lo que Sasuke más deseaba en el mundo, y tal vez más después de que Nawaki le hubiese mostrado lo que significaría tener un hijo propio. Quería un hijo y un heredero, y se dispuso con ímpetu a lograr ese objetivo. Algunas veces, Sakura se sentía molesta por ello cuando, ya muy tarde por la noche, se abría la puerta de su dormitorio y entraba Sasuke.
Pero él la tocaba, la besaba, le susurraba palabras eróticas y ya estaba perdida. En esos momentos, olvidaba que sólo la usaba para tener un hijo y que, aparte de la pasión que compartían, ella no ocupaba ningún lugar especial en su vida, en su corazón. En realidad, durante la mayor parte del tiempo parecía hacer todo lo posible por evitarla, por protegerse de algún modo siempre que ella estaba cerca.
Afligida por ser incapaz de salvar la distancia que los separaba, buscó a tía Hana cuando ésta volvió de Londres. La encontró en el invernadero, sentada en un banco de hierro forjado y delante de un estanque con el fondo cubierto de musgo. Cuando Hana levantó la vista le sonrió, y Sakura vio en su semblante una dulzura, una serenidad, que no poseía la última vez que estuvieron juntas.
—Buenos días, querida. —Hana dio unas palmaditas al espacio vacío a su lado en el banco de hierro—. Apenas hemos tenido ocasión de hablar. ¿Por qué no te sientas conmigo?
—De hecho, la estaba buscando, tía Hana. Reeves supuso que la encontraría aquí.
—Preferiría estar en el jardín —se lamentó la mujer—, pero todavía hace bastante fresco. Además, me gusta mirar los peces.
Sakura se sentó en el banco, y la falda color melocotón se extendió a su alrededor.
—Parece distinta desde su vuelta. Más radiante que cuando se marchó. ¿Era mucho más feliz en la ciudad que cuando estaba aquí, en el campo?
—No seas tonta, querida, no tiene nada que ver con eso —negó la tía, haciendo un gesto con la mano para desechar la idea.
—¿Entonces qué es?
Por un momento, Hana dudó. Tiró un poco de la puntilla de la manga de su vestido de seda azul.
—Tengo algo que contarte. No estoy segura de lo que dirá mi sobrino al respecto, pero no creo que tú me censures.
—¿Censurarla? Por el amor de Dios, Hana, ¿por qué iba a hacerlo?
—Me he enamorado, querida —respondió sonriente, y su mirada volvió a llenarse de ternura—. Loca y perdidamente y sin la menor reserva. Estoy enamorada de Kakashi Hatake y él también me ama.
Sakura sintió sorpresa, felicidad y una punzada sorda de dolor. Estaba encantada por Hana y, sin embargo, la alegría en su rostro hacía parecer aún peor el vacío sin amor en el que ella misma vivía.
Se inclinó y abrazó a la mujer que se había convertido en una amiga tan querida.
—Eso es maravilloso, Hana. No sabe cómo me alegro por usted.
—Habrá quien dirá que estoy loca. Dirán que Kakashi es un cazafortunas, a pesar de que tiene dinero propio. Y pensarán que me caso con alguien inferior a mí.
—Pues yo digo que tiene suerte de haber encontrado una persona como Kakashi y que él todavía es más afortunado al haberla encontrado a usted —aseguró Sakura, que apretó con fuerza la mano de Hana.
—Es un tipo maravilloso, Sakura. Es amable y atento. Es generoso y bueno hasta la saciedad. Me ha pedido que me case con él y he aceptado. Desea hablar con Sasuke de ello, pero le he pedido que me deje comentárselo a mí primero.
—No creerá que vaya a oponerse a ese matrimonio, supongo.
Hana bajó la mirada hacia el agua y observó cómo uno de los peces desaparecía de su vista bajo un puentecito de cerámica.
—No estoy segura. Da lo mismo, porque voy a casarme con Kakashi diga lo que diga quien sea, pero Sasuke es mi familia y me gustaría mucho contar con su aprobación.
—Sé que aprecia mucho a Kakashi. Estoy convencida de que se alegrará.
—Me gustaría estar yo tan segura. Tengo una fortuna bastante considerable. Sasuke podría pensar, como mi padre hizo en su día, que debería casarme con un hombre de mi propia clase.
Sakura desvió la mirada al sentir que su propia situación cobraba una fuerza dolorosa.
—Sasuke no sabe lo que es el amor, usted misma me lo dijo. No sabe que no hay nada más importante en este mundo que amar a alguien y ser correspondido. —Parpadeó para contener unas repentinas lágrimas—. Lo amo tanto, tía Hana... Daría lo que fuera para que él me amara.
—Vamos, querida, no desesperes —la consoló Hana, que la rodeó con los brazos—. Mi sobrino es un buen hombre y creo que siente algo muy fuerte por ti. Jamás le había visto mirar a una mujer como te mira a ti. —Sacudió la cabeza mientras buscaba palabras para describirlo—. Su cara refleja un ansia terrible.
—¿Qué podría ansiar? —se burló Sakura—. Soy su esposa. Viene a mi cama siempre que quiere. Aparte de un heredero, no quiere nada de mí.
—Quizá quiere tu amor, querida. Mira, puede que mi sobrino no sepa lo que es el amor, pero eso no significa que no lo necesite, como todo el mundo. No sé lo que sabes de nuestra familia, pero Sasuke perdió a su madre cuando tenía doce años y su padre murió poco después.
Sakura se miró las manos, que descansaban en su regazo.
—Los sirvientes comentan cosas. He oído algunas habladurías. Su madre se fugó con otro hombre y eso destrozó el corazón de su padre. Al parecer, la amaba mucho.
—Fugaku la amaba, o por lo menos así lo creía él. En realidad, se trataba más bien de una obsesión. Mikoto era hermosa y testaruda, y mi hermano estaba decidido a tenerla. Pero ella no fue nunca de la clase de mujer que es feliz con un sólo hombre. Después de que se fuera, Fugaku se deprimió tanto que empezó a tomar opio. Murió un día que tomó demasiado.
Sakura sintió una oleada de pesar. Ella también había perdido a sus padres. Sabía lo que era sentirse tan solo.
—Debió de ser terrible para Sasuke. Ya había perdido a su madre. Perder a su padre tuvo que afectarlo muchísimo.
—Estoy segura de ello, pero nunca lo demostró. Mi padre, el abuelo de Sasuke, lo crió tras la muerte de mi hermano. Mi padre consideraba que la obsesión de Fugaku por Mikoto era una debilidad, y estaba decidido a que el nieto no se convirtiera en un hombre débil, como lo había sido el hijo, por el amor de una mujer. Sasuke fue educado para proteger sus emociones, para no revelar nunca sus verdaderos sentimientos, para ser totalmente independiente.
—Pues no cabe duda de que lo logró.
—Sí, es cierto. Demasiado para su propio bien. Mikoto era una mujer decidida, franca y resuelta. Creo que mi sobrino ve en ti algunas de esas cualidades y eso lo aterroriza. La diferencia es que, salvo por tu fortaleza, no te pareces en nada a Mikoto. Tal vez con el tiempo se dará cuenta de ello. —Hana tomó una mano de Sakura—. Mi sobrino habrá aprendido a ocultarlo, pero sé que a veces se siente solo, y siempre ha necesitado desesperadamente el amor.
—Quiere a Nawaki. Es de lo más protector con él.
—El pequeño es encantador y a Sasuke siempre le han gustado los niños. El corazón de mi sobrino rebosa amor. Pero no sabe como entregárselo a una mujer.
—¿Cree usted entonces que quizá con el tiempo...?
—Tienes que creerlo. Nunca hay que perder la esperanza.
Esperanza. Se había aferrado a esa palabra durante años. En lo referente a su marido, no estaba segura de cuánto tiempo más podría creer en esa posibilidad. Alejó ese pensamiento doloroso y devolvió su atención a Hana y a su inmediato matrimonio:
—Puede que mi marido no sepa lo que significa enamorarse, pero respeta a Kakashi Hatake y sé que quiere que sea usted feliz.
Unos pasos sonaron a su espalda en ese momento.
—¿Feliz? —Sasuke se acercó con una sonrisa—. ¿Cómo voy a ser feliz si mi tía favorita me abandona para vivir en la ciudad?
Había ido a cazar perdices con el duque y todavía llevaba la chaqueta de caza y las altas botas negras de montar. Estaba guapísimo, con los cabellos oscuros algo revueltos por el viento.
Hana se tocó nerviosa un mechón de pelo verde que se le había soltado de los rizos que llevaba recogidos en lo alto de la cabeza.
—Soy tu tía favorita porque no tienes otra, y espero que te sientas feliz por mí porque..., porque voy a casarme pronto.
—¡Vas a casarte! —Sus ojos se dirigieron a Sakura y, por un instante, hubo algo íntimo y perturbador en su mirada—. ¿Quién es el hombre afortunado? Más vale que sea Kakashi Hatake.
Hana soltó una exclamación de sorpresa y se puso de pie con una sonrisa radiante en lugar de la expresión solemne que mostraba un momento antes.
—Entonces, ¿no lo desapruebas?
—Claro que no. No se me ocurre ningún hombre que pudiera ser mejor marido que Kakashi, y sé lo mucho que significas para él.
Hana rodeó a su sobrino con los brazos y lo estrechó con fuerza.
—Gracias, Sasuke. Lo amo tanto y estaba tan preocupada... —Los ojos de Hana se llenaron de lágrimas—. Kakashi quería hablar contigo, pero yo no podía soportar la idea de que no aprobaras el matrimonio. Mi padre lo alejó de mí cuando éramos jóvenes. No soportaba la idea de que volviera a hacérsele daño.
—Estoy contento de recibir a Kakashi en la familia. Espero que se lo digas.
—Sí. Oh, sí, lo haré —aseguró mientras extraía un pañuelo de encaje del bolsillo del vestido y se secaba las mejillas—. No recuerdo haber sido tan feliz en toda mi vida.
Sakura sonrió y dijo:
—Mereces ser feliz, tía Hana.
Por un instante, su mirada se desvió hacia los ojos oscuros de su marido y vio en ellos algo insondable, que desapareció de inmediato. Se preguntó en qué estaría pensando, si habría la menor posibilidad de que un día la amara como Kakashi Hatake amaba a Hanare de Senju.
Conociéndolo como ya lo conocía, no creía que eso ocurriera nunca. Siguió sonriendo, pero el corazón le dolía de un modo insoportable.
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Sasuke clavó sus tacones en los flancos del semental negro para que galopara más deprisa por los campos. Se sentía inquieto, perturbado de una forma extraña. No estaba seguro de lo que era. Sólo sabía que Sakura era la causa.
Esos últimos días, desde que su tía volviera a Londres, algo había cambiado entre ellos. Sakura se mostraba apática y algo distante, encerrada en sí misma, y ni siquiera pasaba apenas tiempo con el pequeño Nawaki. Como había notado su retraimiento, aunque sin saber el origen, la había dejado tranquila y se alejó incluso de su dormitorio por la noche.
Por mucho que su cuerpo ansiara la satisfacción que estaba acostumbrado a obtener, se obligaba a no acudir a ella, con la esperanza de que recuperara su animación habitual. Hasta entonces eso no había ocurrido. Por la noche, cuando yacía solo en su cama, su cuerpo se resentía del deseo frustrado, pero era algo más que eso. Quería estar con ella, tenerla a su lado y abrazarla mientras dormía.
Le aterrorizaba pensar que quería de su esposa algo más que la compañía esporádica y el uso de su cuerpo, pero empezaba a creer que ése era el caso. Sin darse cuenta, trataba de oír su voz, el sonido cálido de su risa cuando recorría el vestíbulo. De día, se quedaba junto a una ventana que daba al jardín sólo para verla un momento y observar cómo el sol le destacaba el tono pelirosa del pelo.
Dos días antes le había comprado un librito encuadernado en piel con los sonetos de Shakespeare, confiando en que su lectura la sacara de la melancolía en que parecía estar sumida.
—¿Lo has comprado para mí?
Daba la impresión de no creerse que su marido pudiera hacer una cosa tan sencilla e insignificante por ella, y la idea le resultó de lo más perturbadora.
—Creí... Esperaba que te gustara —dijo él, tras aclararse la garganta—. Últimamente pareces no estar demasiado bien. —Por un instante habría jurado ver lágrimas en sus ojos.
—Gracias. Lo conservaré siempre. —Tomó el libro y lo apretó contra su pecho, como si fuera de oro en lugar de papel, y le dedicó una sonrisa tan dulce que él sintió que algo le oprimía el pecho con fuerza.
Sasuke condujo el caballo negro hacia campo abierto y aumentó la velocidad, de modo que pudiera saltar el muro de piedra que había un poco más adelante. El caballo era un saltador excelente y lo superó con facilidad, y Sasuke le hizo girar hacia un seto alto que bordeaba el río. El animal ejecutó el salto como el campeón que era; su amo le dio unas palmadas en el cuello, como recompensa, antes de dirigirlo hacia la casa.
Quedaban dos saltos más por el camino. Era agradable estar al aire cálido de la primavera, libre de sus pensamientos perturbadores sobre Sakura. El semental se acercó al obstáculo, una valla de piedra más alta que las demás y que suponía un reto que otro caballo podría haberse negado a salvar. Sasuke sabía que ése no era el caso de Blade. Cuando se acercaron a la valla, el animal se preparó, el jinete se inclinó sobre su cuello en el instante exacto y ambos volaron juntos por encima y, cuando ya casi estaban en el otro lado, se oyó un chasquido fatídico. La silla resbaló, cayó al suelo y Sasuke fue lanzado por los aires.
El caballo aterrizó con fuerza y algo desacompasado, de modo que casi se cayó a su vez. Sasuke chocó con el hombro contra el muro alto de piedra y sintió un ramalazo de dolor. Después, se dio con la cabeza en el suelo. Luchó contra la oscuridad que se cernía sobre él, su visión se hizo borrosa y el mundo se volvió negro.
No estaba seguro de cuánto rato había permanecido inconsciente, sólo un minuto o dos, nada más. Se levantó tambaleante, sacudió la cabeza para aclarársela y se apoyó en la piedra gris. La cabeza le dolía de un modo brutal. Se le estaba formando un cardenal en el hombro y tenía rasguños en los nudillos, pero, aparte de eso, no se había hecho daño. La camisa blanca le colgaba abierta hasta casi la cintura, y la chaqueta y los pantalones estaban cubiertos de tierra y hojas. Un relincho atrajo su atención hacia Blade, que se estremecía y resoplaba a unos metros de distancia con las riendas colgando. La silla estaba en el suelo, cerca del animal.
Sin hacer caso del mareo que sentía, Sasuke se acercó al caballo. Le habló en voz baja, le pasó la mano por los flancos y le dio palmadas en el cuello, además de comprobar si tenía heridas. Por suerte, no encontró ninguna y se agachó a examinar la silla. De inmediato vio el motivo de la caída: se había roto la cincha. Apoyó una rodilla en el suelo para examinarla más de cerca.
Al principio parecía que se trataba de una mera rotura de la piel, pero la silla no era vieja y siempre se había conservado bien. Comprobó los extremos partidos de la cincha de nuevo y esta vez observó unas pequeñas marcas circulares por donde se había roto. Una buena galopada, un momento de tensión al dar varios saltos, como había hecho ese día, y la cincha se rompería.
Maldijo en voz baja. No se trataba de una caída accidental. Y era la tercera vez en pocos meses que había estado a punto de morir. ¡Joder! Tomó las riendas del caballo, procurando sofocar la cólera que lo invadía, y empezó a caminar de vuelta a la casa.
Los sirvientes murmuraban. Al recorrer el vestíbulo camino de la cocina, Sakura oyó a un grupo que estaba tras la puerta. Entonces, la puerta se abrió de golpe y Kaede salió a toda velocidad, tan deprisa que casi chocó con ella.
—¡Milady! ¡Perdone! No la había visto.
—¿Qué pasa, Kaede? ¿Qué sucede?
La doncella echó un vistazo a su alrededor y llevó a Sakura hacia un rincón donde nadie pudiera oírlas.
—Es su Excelencia, milady. La cincha de su silla se rompió y tuvo una caída muy fuerte. Les dijo a los mozos del establo que no la inquietaran, pero todos creímos que debería saberlo.
—¿Dónde está? —preguntó Sakura con el pulso acelerado—. ¿Se ha hecho mucho daño?
—Joey dice que está bien, que sólo fue el susto. Y en cuanto a dónde está no lo sé seguro. Quizá siga en los establos.
Sakura no esperó a oír más, se remangó el vestido y salió disparada por la puerta de atrás. Cuando llegó al establo, encontró a Kiba cuidando de Blade, quitándole el sudor de la piel enjabonada. Pero no había rastro de Sasuke.
—¿Sabes dónde está su Excelencia, Kiba? Me han dicho que tuvo un accidente a caballo.
—Fue a la casa, milady. Pero estaba bien, sólo un golpe en la cabeza, nada grave.
Nada grave. Sakura sabía por experiencia que esas palabras eran la respuesta habitual que daban todos los hombres, independientemente de lo grave que fuera la herida. Se volvió para dirigirse a la casa, pero, al lado mismo de la puerta del establo, vio la silla de Sasuke y una sospecha desagradable empezó a tomar forma. Cambió de dirección y, al agacharse para examinar el equipo, vio que la cincha se había roto.
Al principio parecía que se trataba sólo de eso, de una rotura. Los bordes eran irregulares, no rectos como sería el caso si alguien hubiese cortado la piel. Soltó un suspiro de alivio, pero entonces detectó algo extraño en el modo en que los bordes estaban desgastados. No habían cortado la cincha, pero era posible que se hubieran hecho unos agujeritos en la piel para debilitarla. Cuando se rompiera, si nadie la examinaba con atención, el extremo parecería gastado, como si la rotura hubiese sido fortuita.
Un escalofrío de temor le recorrió la espalda. La sensación de pánico se apoderó de su garganta hasta el punto de que le costaba respirar. Se remangó el vestido y corrió hacia la casa, subió a toda velocidad por la escalera posterior, recorrió el pasillo y abrió de golpe la puerta del dormitorio de Sasuke sin molestarse en llamar.
El marqués, con las botas y los pantalones todavía puestos, se encontraba delante del espejo oval del tocador con el torso desnudo. Se echó un poco de agua en la cara y unas gotas brillantes le bajaron por el cuello y por el pelo rizado del pecho. Los músculos se relajaban y contraían con cada movimiento, tensos en el vientre liso.
Por un momento, Sakura se dedicó a admirar la piel fuerte y masculina de su marido, deseando tocarlo. Hacía casi dos semanas que no la visitaba en su habitación, y lo echaba de menos.
No se había dado cuenta de cuánto hasta que lo vio allí, medio desnudo.
Sasuke se secó la cara con una toalla y sus ojos se encontraron.
—Es evidente que te has enterado de que me caí. Te aseguro que estoy bien. He sobrevivido a varias caídas parecidas y ésta no ha sido más grave que las demás. Si has venido a fastidiarme con tus pociones y remedios, lamento tener que decepcionarte.
—¿Seguro que estás bien? Quizá debería echarte un vistazo.
—Estoy bien. —Su expresión se suavizó al ver la preocupación en el semblante de Sakura—. Me he magullado un hombro y me he golpeado la cabeza, pero ya me siento mucho mejor.
Sin darse cuenta, Sakura avanzó hacia él. Pensaba en la silla que había examinado y no sabía muy bien qué decir.
—Supongo que la cincha de la silla se rompió.
—Las noticias vuelan —comentó Sasuke algo tenso, mientras dejaba la toalla junto a la palangana y la jarra sobre el tocador.
—Podrías haberte hecho mucho daño.
—Supongo que sí. Estas cosas pasan.
—He visto la silla, Sasuke. No creo que fuera un accidente. Y me parece que tú tampoco lo crees.
—Sakura...
Ella se clavó las uñas en las palmas de las manos para impedir que le saltaran las lágrimas. Sasuke corría peligro y era culpa suya, otra vez.
—Lo siento —dijo—. No sabía que pasaría esto. Jamás se me ocurrió que ese hombre llegaría tan lejos. —A pesar de lo mucho que se esforzó en evitarlo, se le humedecieron los ojos y se le nubló la vista—. No me habría casado contigo. Sin importar lo que me hubiera pasado, no te habría puesto en este tipo de peligro.
Sasuke cruzó la habitación con pasos firmes y rápidos hacia donde ella estaba y la rodeó con los brazos.
—Tranquila, cariño. No pasa nada. No sabemos con certeza quién está detrás de esto y, en cualquier caso, la culpa no es tuya.
—Sí es culpa mía —insistió, apoyada en su pecho y deseando con toda su alma que no lo fuera.
—¿Y se puede saber por qué? —le preguntó Sasuke, que se había separado un poco de ella para mirarla a la cara.
—Por el testamento de mi padre. —La invadió una sensación terrible de tristeza—. Contiene una cláusula a la que no presté nunca demasiada atención. Dice que, si mi marido muriera antes de que yo alcanzara la mayoría de edad, volvería a estar bajo la tutela de mi tío. Aunque me quedara aquí en el castillo, él controlaría mi dinero hasta que volviera a casarme o cumpliera veinticuatro años. —Levantó la vista y lo miró entre lágrimas—. Está intentando matarte, Sasuke. Dios mío, ¿qué vamos a hacer?
Él volvió a estrecharla entre sus brazos, esta vez con más fuerza, y reconoció:
—Ya suponía que era cosa de Dunstan, pero no veía qué podía ganar con eso. En cuanto a lo que voy a hacer, todavía no estoy seguro. Pero te prometo que no voy a permitir que me mate —finalizó con una sonrisa llena de ternura.
Sakura tomó aliento con fuerza y asintió en silencio. Su temor empezaba a desaparecer. De momento, Sasuke estaba a salvo. Habían descubierto el plan de su tío y lo que lo inducía. Encontrarían la forma de detenerlo.
—¿Mejor? —preguntó Sasuke, levantándole el mentón con un dedo.
Asintió de nuevo y trató de sonreír, pero lo cierto era que no estaba mejor. Se sentía mal por lo que casi había ocurrido y culpable de ser la causa.
—Ya hablaremos de esto con más calma —la tranquilizó Sasuke. La soltó y se alejó un paso, como si quisiera poner cierta distancia entre ambos—. Mientras tanto, ¿por qué no descansas un poco antes de cenar?
Pero de repente Sakura no quería descansar. Quería estar con él. Quería tocarlo, besarlo, asegurarse de que estaba a salvo.
Se acercó, alargó una mano y se la puso en el pecho. Sintió cómo esos músculos fuertes se tensaban.
—Preferiría quedarme aquí —dijo en voz baja—. Ya sé que no eres de esa clase de hombre que necesita a una mujer, pero a veces yo te necesito. Ahora te necesito, Sasuke.
Se puso de puntillas, le deslizó una mano por la nuca y acerco la boca de su marido a la suya para besarla. Cuando Sasuke separó los labios, sorprendido, ella le introdujo la lengua en la boca y le oyó gemir.
Él la estrechó en sus brazos de un modo casi doloroso.
—Sakura...
—Te deseo, Sasuke. Te necesito.
Volvió a besarlo y un escalofrío recorrió el cuerpo de su marido, que le devolvió un beso rabioso. Profundo, húmedo, fogoso, apasionado. Después, las manos del hombre se movieron frenéticas por la ropa de la mujer desabrochando botones y presillas, quitando prendas y hasta desgarrando un poco la camisa en su prisa por deshacerse de ella.
La necesidad de Sasuke aumentó la de Sakura, que sintió un calor y un cosquilleo extraño por todo el cuerpo y se puso a jadear. Lo deseaba. Lo deseaba mucho. Posó una mano en la parte delantera de sus pantalones y notó su dureza, la rigidez de su cuerpo, y empezó a desabrochar los botones que lo mantenían prisionero.
Su miembro quedó libre, henchido, caliente y palpitante. Con manos temblorosas, Sakura lo acarició con suavidad y un sonido áspero escapó de la garganta de Sasuke, que la besó con fuerza y ansiedad; pero ella quería más. Le recorrió con besos tiernos el cuello, se detuvo un momento en el torso desnudo, donde dio unos besos dulces y húmedos, y descendió hacia el estómago. El cuerpo de Sasuke sabía salado, debido a su galopada matinal, y la piel estaba suave y caliente. Sakura le rodeó el ombligo con la lengua y su marido se estremeció, al mismo tiempo que ella se estremecía.
Él susurró su nombre mientras le quitaba las horquillas del pelo y dejaba que la melena cayera por la espalda.
Sakura se puso de rodillas y le besó más abajo, lo que hizo que Sasuke aspirara el aire con fuerza. Quería saborear su masculinidad, conocer esa parte íntima que usaba con tanta destreza. Besó la carne suave, que exhibía una excitación tan dura como el acero, y se la metió en la boca.
Notó que a Sasuke se le tensaba todo el cuerpo. Su voz sonó sorda y áspera:
—Sakura..., por el amor de Dios...
Pero se negó a ceder. Por primera vez era ella quien ostentaba el poder, un poder que acababa de descubrir. Notó cómo su marido se esforzaba desesperadamente por mantener el control mientras ella lo saboreaba, lo acariciaba y jugueteaba con él hasta que un gemido feroz y grave se escapó de su garganta.
Entonces, Sasuke la levantó del suelo, la llevó hasta la cama de plumas y la depositó en el centro. Se detuvo sólo lo suficiente para quitarse lo que le quedaba de ropa y se acostó junto a ella. Sakura abrió los ojos como platos cuando la subió encima de él y la sentó a horcajadas; la tomó luego por los cabellos y le bajó la cara para darle un beso devastador que la dejó sin aliento.
—Dime qué necesitas —le pidió en voz baja sin dejar de acariciarle los senos y de tirar con suavidad de los pezones.
Sakura trató de mostrárselo con el cuerpo, se movió impaciente sobre él y sintió todo su calor al situarse de forma más completa sobre su excitación.
—Dímelo —le ordenó él, decidido a oír lo que quería oír. La miraba con esos ojos oscuros que parecían devorarla—. Dime qué necesitas.
A ella le temblaban los dedos de las manos cuando acarició la hermosa boca de su marido y dijo:
—Te necesito a ti, Sasuke.
Con un gruñido, él la penetró hasta el fondo, y el calor recorrió las venas de Sakura como si fuera fuego.
—Haz lo que desees, mi amor —se sometió Sasuke—. Toma lo que necesites.
Esas palabras la excitaron todavía más de lo que ya estaba. La sensación de poder regresó a ella y con más fuerza que antes. Desnuda, empezó a montarlo.
El músculo poderoso se fortaleció en su interior. Sakura sentía la tensión de ese cuerpo delgado y robusto debajo de ella, el control que él ejercía para lograr proporcionarle placer. Una sensación calurosa le cubrió la piel y su parte más íntima se llenó de humedad. Se abandonó al placer creciente, lo absorbió, lo sintió en cada músculo y cada fibra. Cabalgó sin clemencia, tomando y tomando, echando la cabeza hacia atrás cuando el placer se volvió más intenso y todo su cuerpo se le tensó envolviendo el de su marido.
Sasuke le acarició los senos con las manos, la agarró por las caderas y empezó a moverse con ella, de modo que la penetró más profundamente aún. Sakura exclamó su nombre cuando alcanzó un clímax intensísimo, con el placer, la pasión y la necesidad fundidos en uno solo. Sasuke la sujetó y siguió penetrándola una y otra vez, profundamente, hasta llevarla a un segundo clímax desgarrador. Otro empuje fuerte y él alcanzó el suyo propio, temblando los dos debido a la intensidad lograda.
Ella se fue derrumbando sobre él y Sasuke la separó con delicadeza, la acostó a su lado y la rodeó con los brazos. Sakura cerró los ojos, agradecida por el sosiego que se desprendía del cuerpo varonil. No se sentía tan unida a él desde hacía semanas. En eso no había barreras entre ellos, sólo el deseo de proporcionarse placer el uno al otro. Con amor, una atracción física tan fuerte daría como resultado un matrimonio sólido y duradero.
Sin amor, la pasión acabaría por menguar y desaparecer. No pudo evitar Sakura preguntarse cuánto tiempo duraría ese vínculo, el único real que los unía. ¿Se rompería cuando estuviera embarazada? Le dolía pensar en ello; saber que, cuando perdiera la figura al llevar dentro un hijo, Sasuke se echaría una amante, como hacían otros hombres de su posición.
Aunque todavía sentía el cosquilleo del placer en el cuerpo, un dolor sordo le atravesó el corazón.
