20

De pie ante el escritorio del despacho de Kakashi Hatake en Threadneedle Street, Sasuke firmó el documento y se lo devolvió a su abogado, quien le echó cuidadosamente polvo secante, lo dobló y lo selló con una gota de lacre.

—Está firmado, atestiguado por mí y fechado —dijo Kakashi—. Lo depositaré en mi caja fuerte junto con la cincha y los demás documentos que me has proporcionado. Si te pasa algo, me encargaré de entregarlo todo en el juzgado. —Levantó la vista del montón de papeles y se quitó de un tirón los anteojos de montura de metal de la nariz—. Por el amor de Dios, Sasuke. Intentó matarte. Deberían colgarlo del árbol más cercano por lo que ha hecho.

Sasuke se pasó una mano por la cara deseando que fuera tan sencillo.

—Nada me gustaría más, te lo aseguro. Sin embargo, ahora mismo tenemos pocas pruebas de que fuera Dunstan quien pagó a alguien para que me matara. Los hombres que me atacaron en la taberna Quill and Sword desaparecieron hace tiempo. No se creerán el testimo-nio de un mozo de cuadra antes que el de un conde, y menos de uno tan poderoso como Dunstan.

El testimonio jurado era el segundo documento sellado que Sasuke le había entregado a Kakashi. Se lo sacaron a la fuerza a un hombre llamado Oliver Weed, un mozo que trabajaba desde hacía poco para él. Kiba Inuzuka lo ayudó a descubrir la identidad del hombre. Weed figuraba en el grupo que trabajaba en el altillo cuando el cabestrante cayó y casi lo mató. Kiba recordó haberlo visto también manejando la silla de montar de Sasuke. En aquel momento pensó que estaba simplemente ocupándose de ella.

Capturado y obligado a admitir la verdad, confesó los intentos para acabar con la vida de Sasuke y nombró a su jefe: Evan Sloan, el administrador de Dunstan. Pero no había pruebas suficientes para acusar al conde, ni tan siquiera a Sloan.

—Estos documentos sólo serán útiles si muero de forma sospechosa —reconoció Sasuke—. Si eso pasara, Sandayū Asama sería acusado de asesinato.

—Pero seguirías estando muerto.

—Por desgracia, eso es cierto. —Sus labios esbozaron una leve sonrisa—. Pero no va a pasar, y menos cuando Dunstan se entere de la amenaza que suponen los documentos.

—¿Y cómo tienes previsto informarle?

—Mañana salgo para Milford Park. Dunstan debe abandonar la casa a final de mes, es decir, de aquí a unos cuantos días. Desde mi matrimonio con Sakura soy el propietario de esa casa y estoy decidido a hacer que se marche.

—Ve con cuidado, Sasuke. Ese hombre no tiene conciencia. No le importaría nada matarte. Mira lo que le hizo a su sobrina, que es de su propia sangre.

—Iré con cuidado. Y llevaré un amigo, por si acaso.

Kakashi se detuvo a medio ordenar los papeles en la mesa.

—¿Un amigo?

Sasuke sonrió.

—Sí. El duque de Carlyle. Con Naruto seguro que no correré ningún peligro.

—Tienes razón —estuvo de acuerdo Kakashi, ya más tranquilo—. Carlyle es perfecto para guardarle a uno las espaldas. —Rodeó la mesa y se situó junto a Sasuke—. Pero sigue siendo peligroso. Ten cuidado.

—Lo tendré, créeme. —Cruzó la habitación y abrió la puerta—. Y otra vez felicidades. Espero que sepas lo contento que estoy de que mi tía y tú os caséis.

—He estado enamorado de Hanare Uchiha desde que era un muchacho —afirmó Kakashi con una sonrisa.

Sasuke asintió con la cabeza, pero esa frase, dicha con tanta naturalidad, lo inquietó. ¿Por qué hombres como Kakashi y Naruto parecían aceptar estar enamorados sin el menor reparo? Era ridículo que un hombre adulto creyera en tal fantasía, y sin embargo... Cuando pensaba en Naruto y Temari, tenía que admitir que había algo en su relación que era distinto.

Y Kakashi y Hanare también compartían algo especial.

Sasuke pensó sin querer en Sakura. En lo bien que se sentía al hacerle el amor, en el instinto de protección que ella le despertaba, en lo mucho que le gustaba estar simplemente con ella.

¿Era eso amor?

Seguro que no. Él no era de los que se enamoran.

Pero la idea lo acompañó todo el viaje hasta el castillo de Running.

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El día era tempestuoso y frío, y un viento gélido sacudía los brotes de las hojas en las ramas de los árboles. El carruaje con el blasón de los Litchfield esperaba frente a la puerta principal. Sus cuatro caballos negros desprendían vaho al respirar, piafaban y sacudían la cabeza haciendo tintinear los arneses tachonados de plata.

Bajo la araña de cristal de la entrada, Sakura se colocó la capa ribeteada con piel de zorro alrededor de los hombros, con un manguito a juego en una mano y una bolsa de viaje en el suelo, a sus pies. Al otro lado del vestíbulo, Sasuke y Naruto salieron del estudio, y Sakura tomó fuerzas para la batalla que iba a librar.

Los ojos oscuros de su marido se abrieron de sorpresa en cuanto la vio.

—¡Sakura! ¿Qué diablos haces levantada a estas horas?

Era muy temprano. Ella sabía que tendrían que salir pronto para emprender el viaje de dos días a Milford Park. Se obligó a sonreír.

—Os esperaba.

Al ver la bolsa en el suelo, Sasuke se plantó delante de ella y frunció el entrecejo.

—Vas vestida para salir. Espero que no pienses que vas a venir conmigo.

—Eso es exactamente lo que pienso —afirmó ella con una sonrisa encantadora.

Unos pasos más allá, Naruto ocultó una sonrisa burlona.

—Es imposible —aseguró Sasuke, sombrío—. Ya sabes por qué viajamos a Milford. Tu tío estará furioso cuando se entere de que hemos frustrado sus planes. Quiero que estés lo más lejos posible de él.

—Quiero ver a mi prima Ajisai. Necesito saber que está bien.

—No —se negó Sasuke con rotundidad. Después, se giró para que Reeves le pusiera el sobretodo en los hombros—. Esta vez no.

—Puede que no haya otra ocasión —argumentó Sakura sin ceder un ápice—. Mi tío se va de Milford. Necesito asegurarme de que Ajisai está bien. Conociéndolo como lo conozco, debería haber ido a verla hace mucho.

—No tienes por qué preocuparte. Comprobaré por ti que tu prima esté bien. —El sobretodo ondeó cuando se volvió para irse. Ya de espaldas, le dijo por encima del hombro, con el duque a su lado—: Nos vemos de aquí a cuatro días.

Las siguientes palabras de Sakura los detuvieron en lo alto de la escalinata de entrada:

—Conozco el camino a Milford. Si no me llevas contigo, iré por mi cuenta. De un modo u otro veré a mi prima y no podrás detenerme.

—Si me amenazas, te encerraré en tu cuarto —soltó Sasuke, con la furia reflejada en el semblante y una mirada fulminante—. Si no quieres estar encerrada los cuatro próximos días, haz lo que te digo.

Sin prestar atención al tic de cólera en la mejilla de su marido, Sakura le sonrió con dulzura.

—¿Cómo puedes estar seguro de lo que haré si no estoy contigo? Recuerda: «Quien no se fía no sufre engaños». —La cita de Thomas Fuller casi hizo sonreír a Sasuke, pero su expresión de enojo no se suavizó. Sakura se acercó a él y lo agarró de un brazo—. No me acercaré a Dunstan, te lo prometo. Sólo quiero ver a mi prima. Si tú estás conmigo, no corro peligro. —Era cierto lo que había dicho de que tendría que haber comprobado antes la situación de su prima. Pero ver a Ajisai era sólo parte del motivo que la impulsaba a acompañarlos. No se fiaba de su tío y, a pesar de que lo acompañaba el duque, temía por Sasuke—. Por favor, te ruego que me dejes ir contigo.

Sasuke gruñó algo entre dientes y se doblegó:

—El señor Fuller tiene razón. Si tuviera la certeza de que te ibas a quedar aquí, no me plantearía ni un segundo que nos acompañaras. Por desgracia, sabiendo lo testaruda y obstinada que eres, no tengo más remedio que llevarte conmigo.

Sakura se sintió aliviada.

—Gracias —correspondió con prudencia, como si no acabara de chantajearlo para lograr lo que quería.

El duque seguía esbozando una sonrisa burlona.

—Para ya —le advirtió Sasuke—. Tú tienes una igual en casa.

—Touché —soltó Naruto, y lo acompañó de una carcajada.

Aunque Sakura no estaba segura de lo que ese intercambio de alusiones significaba, sí lo estaba de que iba a ir a Milford, y eso era lo único que le importaba.

Sasuke la ayudó a subir al carruaje y a acomodarse las enaguas de abrigo y se sentó a su lado, le cubrió las rodillas con una manta de viaje y se recostó en el asiento de piel. Cuando el duque estuvo instalado en el asiento opuesto del vehículo, hizo una señal al cochero para que iniciara la marcha.

Tras pasar la noche en una posada llamada The Dove, llegaron a Milford Park al día siguiente. Aunque el marqués esperaba encontrar al conde efectuando los preparativos de su marcha, no parecía existir tal actividad.

De hecho, Milford Park tenía un aspecto tan encantador y sereno como cuando Sakura salió de allí hacía más de un año. Siempre le había gustado aquella casa de ladrillo con su entorno exuberante, parecido a un parque. De niña se pasaba horas vagando por el bosque y merendando con su familia junto al río.

Pero la muerte de sus padres y la llegada de Dunstan acabaron con la tranquilidad apacible de la casa. Mientras estuvo bajo la tutela de su tío, su único deseo fue huir de ese sitio y de los recuerdos desagradables que le traía.

Ahora volvía como la marquesa de Litchfield y la casa parecía de nuevo la imagen de sus sueños de cuento de hadas.

El coche se detuvo frente al edificio y un lacayo abrió la puerta. Sasuke la ayudó a bajar y subieron la escalinata. Los llevaron al Salón Azul, con sus techos altos de molduras pintadas que recordaban un cielo encapotado. Dunstan los recibió con frialdad, y una tonalidad rojiza en las mejillas delataba su enfado. También tenía la nariz roja y algo venosa, pero Sakura recordó que siempre había sido así.

—De modo que han venido a ver si ya había abandonado su propiedad.

—Entre otras cosas —asintió Sasuke—. Supongo que conoce al duque de Carlyle.

—Excelencia —lo saludó Dunstan con una reverencia envarada.

—Mi esposa ha venido a ver a su prima. Imagino que está en casa.

—Pediré al mayordomo que anuncie tu llegada, Sakura. Puedes esperarla en el Salón Rosa.

—Muy bien.

Preferiría no verse obligada a dejar a los hombres hasta que Sasuke hablara con su tío y le detallara las pruebas que tenía en su contra, pero por lo menos estaba allí si pasaba algo malo. Se dirigió al salón del otro lado del vestíbulo y esperó a Ajisai, que, para su sorpresa, apareció sólo unos minutos después.

Sakura la recibió sonriente.

—Prima Ajisai. Me alegro de ver que tienes tan buen aspecto.

Durante el año que ella llevaba fuera, la chica había empezado a crecer hasta adquirir una complexión larguirucha. Era más alta incluso que Sakura, con huesos más grandes y cabello pelirrojo y de rizos quizá demasiado pequeños. Pero tenía unos bonitos ojos verdes, ya no era desgarbada y su figura lucía unas bonitas formas. Sakura le veía muchas posibilidades. Esperaba que Ajisai también las viera.

—Mi padre dice que querías verme. ¿Qué deseas?

Su recibimiento fue todavía menos cordial de lo que Sakura esperaba. El aspecto de Ajisai había cambiado, pero, al parecer, su temperamento no.

—Estaba preocupada por ti. Pronto te irás de Milford. Quiero asegurarme de que tengas lo que necesitas para que todo te resulte más fácil.

—Mi padre dice que no tendremos que irnos —replicó mirando a Sakura con desdén.

—Tu padre se equivoca. Mi marido y yo somos ahora los propietarios de Milford. Tendréis que volver a Dunstan Manor o vivir en otro sitio.

—No me gusta esa casa —soltó con una mueca desagradable—. Hay corrientes de aire y hace frío. No es adecuada para un pobre, y mucho menos para la familia de un conde.

—Eso es culpa de tu padre. Heredó mucho dinero cuando el viejo conde murió. Se lo gastó jugando y viviendo a lo grande. Ahora pagaréis los dos las consecuencias.

—Todo esto es culpa tuya.

—¿De veras? ¿Y de quién fue la culpa que me enviaran a un manicomio, Ajisai? Tú y tu padre tuvisteis que ver en eso. A nadie le importó lo que me pasaría. En realidad, no debería importarme en absoluto lo que te pase a ti.

—No tengo por qué escucharte —la rechazó Ajisai con los puños cerrados—. Mi padre se ocupará de ti, como hizo antes.

Se dio la vuelta y los rizos pelirrojos se movieron sobre sus mejillas. La voz de Sakura la detuvo en la puerta:

—Escúchame, Ajisai. He venido porque estaba preocupada por ti. Ya sé que no te caigo bien. Pero eres mi prima, uno de los pocos parientes que me quedan, y no quiero que te pase nada malo. Si alguna vez necesitas algo, ya sabes dónde encontrarme. Sólo tienes que decírmelo.

Con la mirada fija al frente, Ajisai abrió la puerta como si Sakura no hubiese dicho nada, salió al vestíbulo y cerró.

Sakura soltó el aliento que tenía contenido. La escena con Ajisai había resultado más perturbadora de lo que imaginaba. La chica le tenía una rabia terrible que Sakura no había comprendido nunca. Parecía envidiarla por el mero hecho de proceder de una familia cariñosa mientras que ella se había criado con su padre, que no le mostraba el menor afecto.

Con un suspiro de pesar porque las cosas no fuesen distintas entre las dos, se acercó a la ventana. Deseaba reunirse con los hombres, enterarse de qué sucedía en el Salón Azul; pero Sasuke se pondría furioso si les interrumpía, y ya lo había molestado hasta donde se atrevía. Entrelazó las manos y se puso a andar de un lado a otro de la habitación.

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—¡Esto es un atropello! ¿Ha venido para acusarme de intentar asesinarle? ¡Menudo disparate! ¿Cómo se atreve a insinuar...?

—Voy mucho más lejos aún, Dunstan. —Sasuke lo miró con una aversión que iba más allá del odio—. Le estoy avisando. Si sigue adelante con sus intentos, usted y su administrador, el señor Evan Sloan, serán acusados ante la ley. Y, si alguno de los dos, por una de esas casualidades de la vida, lograra provocar mi defunción, las autoridades vendrían a buscarlos de inmediato. Con la prueba que he depositado en lugar seguro, si me pasara algo, los condenarían a la horca por asesinato.

—Está loco —farfulló Dunstan con la cara colorada como un tomate. Era más de quince centímetros más bajo que Sasuke, a quien satisfacía que tuviera que levantar la cara para mirarlo.

—Sabe muy bien que estoy totalmente cuerdo, igual que sabía que lo estaba su sobrina. Pero Sakura no tenía entonces quien la protegiera y fue víctima de sus planes despiadados. A mí no me pasará lo mismo.

De pie junto a Sasuke, Naruto lanzó a Dunstan una dura mirada de advertencia y dijo:

—Será mejor que rece para que lord Litchfield tenga una vida larga y próspera. —Curvó los labios en una expresión de desagrado—. Como acaba de decirle, si le pasara algo, usted, amigo mío, iría directo a la horca.

Dunstan guardó silencio, pero sus ojos iban de uno a otro hombre.

—Haga caso de mis palabras —le aconsejó Sasuke—. Será mejor que detenga a sus secuaces, y deprisa. Cualquier otro intento de matarme hará que presente las pruebas que tengo ante los jueces. Aunque no fuera usted a la cárcel, quedaría desacreditado a los ojos de la sociedad.

Dunstan adoptó una postura beligerante, con las mandíbulas apretadas y los pies algo separados, pero no dijo nada más y Sasuke se dispuso a irse.

—Espero que haya abandonado esta casa a finales de la semana que viene. En caso contrario, la policía vendrá a echarle —le advirtió y esbozó una leve sonrisa—. Imagino que eso le resultaría un poco embarazoso.

Y tras girar el pomo plateado para abrir la puerta salió al vestíbulo y dejó a Dunstan contemplando cómo se iba. Naruto lo siguió y cerró la puerta tras él.

—Creo que ya te has librado de lord Dunstan.

—Lo he dicho en serio y él lo sabe —afirmó Sasuke, con un músculo de la mandíbula tenso—. Creo que nos dejará en paz.

Sus botas resonaron por el pasillo mientras se dirigía hacia la entrada con Naruto a su lado. Se detuvo en la puerta principal y habló con el mayordomo, un hombre bajo y rechoncho y con muy poco pelo.

—Puede informar a mi esposa de que estamos listos para partir.

—Me temo que no sé dónde está. Estaba hablando con lady Ajisai en el Salón Rosa, pero creo que la vi salir de ahí.

—Encuéntrela, y deprisa.

—Sí, milord —acató con una reverencia formal.

Pero no regresó deprisa. En realidad, tardó un buen rato. Sasuke empezó a fruncir el entrecejo a medida que pasaban los minutos y Sakura seguía sin aparecer. Por fin, oyó unos pasos femeninos y la vio acercarse con una sonrisa radiante que le iluminaba su linda cara.

—Perdona. He dado una vuelta por la casa. Había olvidado lo bonita que es.

Al mirarla, Sasuke se dio cuenta de que él también estaba sonriendo.

—Vamos, cariño —le dijo. Le tomó una mano y la posó en su brazo—. Ya regresaremos para visitar la casa cuando vuelva a ser tuya.

Sakura echó un último vistazo al único hogar que había conocido en realidad, asintió en silencio y dejó que él la guiara al exterior en dirección al carruaje que esperaba a la puerta.

—¿Cómo te fue con tu prima? —le preguntó Sasuke una vez estuvieron dentro, ya de camino hacia casa.

—No tan bien como esperaba —contestó Sakura con el entrecejo algo fruncido. Después suspiró—. Ajisai está molesta conmigo por algún motivo. Tal vez porque yo tuve una familia que me amaba. Mi prima no la ha tenido nunca.

—Tiene que soportar a un padre que sólo se interesa por sí mismo —opinó Naruto—. No puedo evitar sentir lástima por ella.

—La mayor parte del tiempo su padre la ignora —les explicó Sakura—. Ajisai desea ardientemente llamar su atención, pero cuando mi tío la busca suele ser para reprenderla. Es cruel y dominante. Lo extraño es que creo que, en el fondo, ella sabe la clase de hombre que es su padre en realidad.

—No la perderemos de vista —prometió Sasuke—. Ahora es de la familia, le guste o no. Quizá con el tiempo encontremos algún modo de ayudarla.

—Gracias —dijo Sakura y le dedicó una mirada llena de gratitud.

Sasuke se reclinó en el asiento del coche y se acomodó para el largo viaje a casa. Sakura contemplaba el paisaje por la ventana y, mientras las ruedas trepidaban sobre los baches del camino, la mirada de Sasuke se dirigía a ella una y otra vez.

Lo cierto era que estaba contento de haberla llevado con él. Disfrutaba con su compañía, y disfrutaba teniéndola cerca. Y la noche anterior, en la posada, en lugar de dormir solo en una habitación fría, compartió con ella su calidez y su cuerpo, y le gustaba la sensación de despertarse a su lado.

Al contemplarla ahora, con la luz del sol reflejada en sus hermosos rasgos y en las formas suaves de su pecho, empezó a excitarse. La deseaba, como le ocurría siempre, pero se sentía contento con sólo estar sentado junto a ella.

Se le ocurrió que, si eso era amor, quizá no fuera tan terrible como él creía. Quizá podría incluso acostumbrarse a la idea.

Sin darse cuenta, se quedó mirando a Sakura con una sonrisa en los labios. Y por el rabillo del ojo vio una expresión burlona en el rostro de Naruto.