21

Tras semanas de espera, por fin llegó la ocasión. Sakura dobló otro camisón y lo metió en el pequeño baúl de piel. Ansiosa por emprender el viaje, se detuvo junto a la ventana para ver qué tiempo hacía. Aunque era muy temprano, una capa de nubes se desplazaba ya por el cielo. El viento aplastaba la hierba recién crecida que brotaba de la tierra, y el aire estaba cargado, como si la tormenta que se avecinaba estuviera impaciente por llegar.

Aun así, su marido se había ido a Londres y ella, por fin, saldría para Guildford. Echó un vistazo al patio y sonrió al ver a Nawaki corriendo hacia el establo. La amenaza de lluvia no preocupaba al pequeño, que se apresuraba para acudir a su lección de montar con Kiba. Nawaki estaba más entusiasmado que nunca desde el último regalo de Sasuke. Su marido malcriaba al niño sin mesura, pero Sakura no se lo recriminaba. Nawaki estaba siempre tan encantado, tan agradecido, tan contento...

Y el día anterior había ocurrido lo mismo.

—¡Sakura! ¡Sakura! —gritaba el crío, tan animado que olvidaba que debería llamarla milady—. ¡Ven, rápido! Ven a ver la silla que me ha comprado su Excelencia. ¡La han traído desde Londres para mí! Por favor, Saku..., milady. —Le tiró de la mano para sacarla del salón y llevarla sin tregua hasta el establo—. Rápido, tienes que venir a verla.

Se dejó conducir con una carcajada y, de camino, vio a su marido, cuya expresión de placer le hizo sonreír. Cuando se percató de ello, Sasuke se sonrojó, avergonzado de que volviera a pillarlo mimando al pequeño una vez más.

—A un niño de este tamaño le cuesta dominar una silla normal —le explicó con brusquedad y un tono rosado en las mejillas—. Es importante que tenga el equipo adecuado.

—Por supuesto —aceptó Sakura la explicación, conteniéndose las ganas de echarse a reír.

Nawaki se había ganado el cariño del marqués por completo. Sasuke lo adoraba y haría cualquier cosa por él.

Así que ensillaron a Blade para Sasuke y colocaron la nueva silla de Nawaki a lomos del pequeño caballo pinto, al cual el niño idolatraba cada vez más, y ambos salieron a dar un paseo. De pie junto a la ventana, Sakura recordó sus caras sonrientes, una muy morena y la otra muy blanca, y sintió un amor tan grande que se le hizo un nudo en la garganta. En las últimas semanas, Sasuke parecía distinto, menos distante, más abierto. Tal vez era por Nawaki, que de algún modo lo conmovía y derribaba el muro que el marqués se había levantado con tanto cuidado a su alrededor para aislar sus emociones.

Si no estuviera tan inquieta, tan ansiosa por reiniciar sus estudios, por seguir el rumbo que volvería a enfrentarlos, Sakura se habría permitido creer que las cosas podrían funcionar entre ellos.

Pero no le era posible seguir el rumbo actual, sintiéndose tan enjaulada, tan inútil, tan reprimida. La vida de esposa mimada de un noble la ahogaba y la aburría. Necesitaba sus estudios, su interés por la medicina y la curación, lo que fuera su razón de vivir durante tantos años. Necesitaba el trabajo que había estado haciendo en la cabaña junto al río y, aunque no deseaba convertirse en médico, quería utilizar de alguna forma los conocimientos que tanto le había costado adquirir.

Así pues, se alejó de la ventana y regresó junto a la cama para terminar de empacar las últimas cosas que quería llevarse. Ya le había escrito a Kabuto Yakushi contándole la intención de Sasuke de viajar a Londres, y todo estaba preparado. El marqués le había explicado que todos los años, por esas fechas, pasaba una semana con su abogado para repasar los recibos, los éxitos y los fracasos del año anterior y las previsiones para el ejercicio siguiente.

—Puedes venir conmigo si quieres —le dijo—. De hecho, me alegrará que me acompañes. Por desgracia estaré ocupado la mayor parte del tiempo. Tendremos pocas oportunidades de divertirnos. Tal vez sería mejor que volviéramos los dos en un par de semanas y nos quedáramos allí parte de la temporada. Las habladurías nos hubieran causado problemas al principio, pero ahora que eres la marquesa de Litchfield no tardarán mucho en aceptarte en el redil.

Su marido estaría ausente. Sakura vio la oportunidad que andaba buscando y se aferró a ella con júbilo:

—Preferiría ir para la temporada, si no te importa. Ya es hora de dejar de esconderme y acabar de una vez por todas con el escándalo. Tarde o temprano tendremos hijos. Tenemos que pensar en lo mejor para ellos.

Como Sakura había imaginado, la idea de tener hijos hizo sonreír a Sasuke.

—Entonces, mientras esté allí haré los preparativos para nuestra estancia.

Le tomó la mano y le besó la palma. Por un instante, cuando miró a los ojos oscuros y ardientes de su esposo, ella deseó acompañarlo.

Mientras terminaba de empacar la ropa, cerraba el baúl y llamaba a un criado para que lo bajara, Sakura pensó en su marido. Se marchaba con emociones encontradas. Por una parte, estaba eufórica ante la perspectiva de estudiar de nuevo con el médico; por la otra, afligida por lo mucho que su marido desaprobaría lo que iba a hacer si lo descubriera.

Ojalá hubiera algún modo de hacerle comprender.

Pero Sakura sabía que no.

El ruido sordo de un trueno resonó en la entrada y la araña de cristal tintineó en el techo. El leve resplandor de un relámpago iluminó el cielo, aunque estaba a kilómetros de distancia y no llovió. El viaje a Guildford le llevaría casi todo el día, pero las carreteras estaban despejadas y viajarían por delante de la tormenta.

—El coche la está esperando, como usted lo pidió, milady. —Reeves la observó con un aire de desaprobación. Era evidente que ella no le había hablado de ese viaje a su marido, ya que él lo hubiera mencionado, y, aunque tenía a Sakura en buena estima, el mayordomo era muy leal a su señor—. Si llegara su Excelencia, ¿cuándo debo decirle que espere su regreso?

—Estaré de vuelta antes de que él llegue.

—¿Y si necesitara ponerse en contacto con usted?

Sakura se mordió un labio. Pensó en mentir, pero su conciencia se negó al instante. No estaba haciendo nada malo, sólo visitaba a un viejo amigo y a su esposa durante un par de días.

—Estaré en Guildford. Tengo ahí un conocido, un médico llamado Kabuto Yakushi. Estaré con él y con su esposa.

—Que tenga buen viaje, milady —le deseó Reeves, asintiendo con la cabeza y algo menos tenso.

—Gracias, Reeves.

Esperó a que le colocara la capa de lana sobre los hombros y, luego, bajó hacia el coche que la esperaba ante la casa. Era un vehículo cómodo, no tan lujoso como el carruaje de viaje del marqués, pero sí cerrado y acogedor, y bastaría para llevarla a Guildford.

Tardó casi todo un día en llegar al pueblo concurrido, pero sencillo, y situado en la carretera que conducía al norte de Londres. Según había indicado el doctor Yakushi, cruzaron la población hacia la zona norte, donde Kabuto y Emi vivían en una bonita casa solariega de piedra con dos pisos.

Cuando el carruaje se detuvo ante la puerta, sus dos amigos salieron al porche a recibirla: Kabuto, con su habitual peluca plateada, se abrochaba los botones del chaleco, mientras que Emi, más baja que él, pero de complexión igual de robusta, llevaba los cabellos castaños recogidos en un moño. Los niños estaban en el internado, donde como era de esperar destacaban ambos en sus estudios.

Con un gran despliegue de entusiasmo, acompañaron a Sakura al interior de la casa y a su dormitorio, una habitación sencilla, aunque inmaculada, en el piso superior y con una colcha azul cielo en la cama y unas cortinas también azules que colgaban de la buhardilla.

Tras la cena, consistente en estofado de liebre y empanadas de venado, tuvo la primera ocasión real de hablar con Kabuto sobre su trabajo. Emi sonreía comprensiva mientras ambos charlaban de temas que significaban poco para ella, pero que cautivaban a su invitada y a su marido.

—Mañana no podrá venir a la escuela hasta que las clases hayan acabado —le indicó Kabuto—. Mientras tanto, tengo algunos textos que la mantendrán ocupada. Puede reunirse conmigo cuando los alumnos se hayan ido y le enseñaré parte de nuestro trabajo.

—Me apetecía mucho venir —aseguró Sakura, animada—. No se imagina lo que supone verse obligado a ignorar aquello que más lo apasiona a uno.

—Creo que puedo imaginarlo —asintió sombrío Kabuto—. Sus ansias de aprender son como una llama que arde en su interior y no puede apagarse.

Sakura sonrió ante la descripción, agradecida de que hubiera por fin alguien que parecía comprenderla.

—He traído una lista de preguntas. Espero que en los próximos días podamos ahondar un poco en ellas.

Kabuto movió la cabeza en sentido afirmativo, aparentemente satisfecho con tanto entusiasmo. La conversación se prolongó hasta bien entrada la noche. Emi escuchaba con educación, sin oír nada en realidad, mientras sus dedos regordetes trabajaban con destreza en la labor de punto que tenía en el regazo.

Al día siguiente, Kabuto se fue a la escuela de medicina de Guildford a cumplir con su trabajo y Sakura se quedó en casa con los libros. Después, se reunió con él y se dirigieron al laboratorio, situado en el sótano debajo de una de las aulas.

—No se quede ahí boquiabierta —dijo él, cuando Sakura titubeó un momento en el umbral al ver la mesa cubierta con una tela en el centro de la sala—. Ya ha visto antes un cadáver. Si quiere aprender anatomía, no hay mejor modo de hacerlo que éste.

Sakura inspiró a fondo. Su mente retrocedió veloz a la última vez que participó en esa clase de estudio que se consideraba poco respetable. Después, se enderezó y entró, decidida a aprender todo lo que pudiera en el breve tiempo que permanecería allí.

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Sasuke tenía la extraña sensación de que algo no iba bien. Durante dos días, había tratado de librarse de ella, pero cada vez era más fuerte. Como su sexto sentido rara vez le fallaba, decidió abreviar sus reuniones con Kakashi Hatake y volver al castillo de Running.

Tras un viaje tenso desde Londres, llegó a casa de noche y sólo se sorprendió a medias, aunque se enojó mucho, al descubrir que su mujer no estaba.

—¿Dónde está? —le preguntó al mayordomo, que, responsable como siempre, había tenido el sentido común de averiguar adónde había ido.

—Su Excelencia ha ido a Guildford, milord. Está visitando a un conocido, un médico y su esposa, un hombre llamado Kabuto Yakushi.

Yakushi. Sasuke reconoció el nombre de inmediato y supo con exactitud quién era. También supo por qué su esposa había ido a verlo y que volvía a dedicarse otra vez a sus malditos estudios de medicina.

Desafiando su prohibición expresa.

Si las carreteras no hubieran estado tan embarradas y él no se encontrara tan cansado del viaje, saldría a buscarla en ese mismo instante. En cambio, se dirigió furioso a su estudio y se sirvió una copa de brandy con la esperanza de que lo ayudara a dormir. A continuación, subió a su dormitorio.

Por la mañana iría a Guildford a buscar a su errante esposa. Sakura sabría lo que era su cólera y tendría que abandonar de una vez por todas esa ridícula obsesión por un tema que no era nada adecuado para una dama de su posición.

Sasuke apretó la mandíbula. Se juró acabar para siempre con ese asunto, le gustara o no a Sakura.

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El alba tiñó de gris el cielo. Incapaz de dormir más, Sakura encendió las velas que tenía junto a la cama, se echó encima la bata para protegerse del frío de la mañana y se puso a trabajar, enfrascada en otro libro grueso de anatomía que Kabuto le había prestado. Le gustaría que las obras fueran más completas, que se conociera mejor el funcionamiento del cuerpo humano. Tal vez se lograría si no hubiera tanta gente anclada en la Alta Edad Media, que consideraba que cualquier tipo de manipulación de los muertos era un sacrilegio y equivalía a un acto satánico.

Suspiró al pensar que su marido no era mucho mejor. Su idea de la corrección era tan estricta que jamás le hubiese permitido ir a Guildford de haber sabido el motivo de su viaje. Se estremeció al pensar lo que diría si la viera trabajando con Phineas, el nombre que le habían puesto al cadáver del sótano de la escuela.

Echó un vistazo al reloj de la repisa de la chimenea, donde un sirviente estaba colocando una nueva capa de carbón en el fuego. Había llegado el momento de arreglarse. Era domingo. Asistirían al servicio matinal en la pequeña iglesia parroquial y después se irían a la escuela a trabajar.

Al día siguiente regresaría al castillo de Running.

Frunció el entrecejo porque sabía que lo haría con emociones encontradas. Había extrañado a su marido todos los días desde su marcha, pero, cuando volviera, echaría de menos los estudios. Volvería a quedar relegada a una vida de costura, acuarelas y jardinería, una vida que encontraba aburrida e inútil.

Apagó las velas de un soplo, puesto que el sol ya había salido, y se puso un vestido de lana amarilla, decidida a no pensar en problemas que carecían de solución. Según lo previsto, asistieron al servicio en la iglesia local de Guildford, pero a Sakura le costaba concentrarse. La cabeza no dejaba de darle vueltas preparando preguntas sobre cosas que esperaba que Kabuto supiera explicarle mientras trabajaban en el laboratorio.

Tras los saludos obligados al párroco y a su familia, huyeron por fin, y Emi volvió a la casa mientras Sakura y Kabuto se iban directamente al laboratorio del sótano.

Con un delantal atado sobre el vestido de lana, Sakura examinó el cuerpo que yacía sin vida en la mesa. Kabuto le había contado que el hombre murió de un disparo accidental desde corta distancia y le mostró la parte del costado que la bala le había arrancado. El disparo había fracturado las costillas de la víctima y abrió orificios en las cavidades del tórax y el abdomen. El diafragma se hallaba lacerado y la cavidad del estómago estaba perforada.

—Era un caso sin esperanza desde el momento en que se produjo el accidente —comentó Kabuto—. Aunque el hombre vivió milagrosamente varios días.

Sakura no preguntó de qué modo logró la escuela obtener el cadáver; no quería saberlo. Como Sasuke dijo en su momento, había hombres sin escrúpulos que se dedicaban a proporcionar cadáveres a la comunidad científica. Los ladrones de cadáveres no eran mejores que los saqueadores de tumbas. Pero Sakura respetaba a Kabuto Yakushi y confiaba en que habría seguido los canales legales. Y estaba convencida de que esos estudios eran vitales para lograr que la medicina avanzara.

El doctor Yakushi se ajustó los anteojos que llevaba en la punta de la nariz.

—Mire cómo los alimentos del estómago habían empezado a entrar en el intestino —indicó, inclinado sobre la mesa. Sakura tragó saliva ante el fuerte olor del líquido que se usaba para conservar el cadáver y concentró su atención en la ruta que le señalaba él con el escalpelo—. Mire el...

El doctor Yakushi se interrumpió en ese momento y ella siguió su mirada hacia la puerta. Su cara adquirió el mismo tono pálido del hombre que yacía en la mesa al ver a su marido a los pies de la escalera que conducía al sótano.

—Recoge tus cosas —le ordenó Sasuke con una voz tan tensa y grave que era más terrorífica que si hubiera gritado. Tenía los ojos inexpresivos y fríos, y ni siquiera la cólera que lo invadía lograba darles calor—. Te vas de Guildford ahora mismo.

—Te presento a mi amigo, el doctor Yakushi —se arriesgó Sakura tras humedecerse los labios—. Esperaba que tuvieras la ocasión de conocerlo. Me ha ofrecido la oportunidad de...

—Puedo ver qué habéis estado haciendo. Te he dicho que recogieras tus cosas. Ya he ido a casa del doctor y me he llevado el resto. Te sugiero que hagas lo que te digo, a no ser que quieras que te saque de aquí a rastras.

La humillación de Sakura se unió a su enfado. Empezó a discutir, a decirle que se negaba a recibir órdenes, pero Kabuto le puso una mano en el brazo.

—Vaya con su marido —le aconsejó con tacto.

—Pero no voy a...

—Quizá con el tiempo vea las cosas de otro modo. De momento, es mejor que haga lo que le pide.

Sasuke se mantuvo callado, sólo la miraba con una expresión de gran control. Sakura se volvió para no ver la acusación de esos fríos ojos oscuros, tomó la capa y se la colocó sobre los hombros.

—Le agradezco su hospitalidad, Kabuto. Por favor, dé las gracias a su esposa de mi parte —se despidió.

Fue a la puerta y Sasuke se la abrió y la siguió por las escaleras de piedra hasta salir a la calle. El coche de Sasuke esperaba delante de la escuela. Él la detuvo antes de llegar.

—Creía que tenías más sentido común. ¿Tienes la memoria tan corta que no recuerdas las consecuencias de la última vez que tuviste que ver con este tipo de comportamientos?

—Claro que no, pero quería...

—Ya sé lo que quieres, o por lo menos lo que crees que quieres. Te lo he advertido, Sakura, una y otra vez. Y, aparte de eso, me diste tu palabra.

—Te dije que no volvería a la cabaña del río y no lo hice —replicó con el mentón en alto.

—Ya sabes lo que pienso de este asunto. Esperaste a que me fuera porque sabías que no lo aprobaría.

—Es parte de mi vida, Sasuke. No puedes pedirme que renuncie a ello.

—No te lo estoy pidiendo, Sakura. Te lo estoy ordenando. —Su mirada, dura y sombría, se desvió hacia el sótano—. Eres mi esposa, la futura madre de mis hijos. No volverás a participar nunca en esa clase de abominación. ¿Me has entendido?

Sakura no contestó y su marido la agarró por los hombros y le clavó unos ojos furiosos.

—¿Me has entendido? —repitió.

Sakura asintió sin decir nada. Tenía un nudo en la garganta y le costaba hablar.

—Sí —susurró por fin—. Te he entendido perfectamente.

Ésas fueron las últimas palabras que se dijeron en todo el viaje hasta el castillo de Running.

Incluso después siguió existiendo una gran tensión entre ambos. Aunque Sakura solía notar los ojos de su marido fijos en ella, el marqués hablaba poco y todavía no había vuelto a ir a su cama. Sabía que tarde o temprano lo haría. Lo que más quería Sasuke en el mundo era un heredero y, si ella interpretaba el papel de marquesa cómo él creía que debía, llegaría a perdonarla.

Pero a Sakura le costaba perdonarlo. Su vida era un caos y se sentía sola y desesperada. Estaba perdidamente enamorada de un hombre que no la amaba, un hombre que desaprobaba la mujer que era y que sólo deseaba usar su cuerpo. Esa noche Sasuke había salido sin decir adónde iba. Mientras yacía en su cama vacía mirando al techo, Sakura se preguntó cómo la vida que llevaba podía ser tan distinta al futuro que había imaginado.

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Envueltos en el humo que llenaba la estancia, Sasuke estaba sentado frente a Naruto en la taberna Quill and Sword, adonde habían acudido para disfrutar de una tranquila noche de evasión.

—De algún modo me siento como el peor de los villanos —afirmó Sasuke pasándose una mano por la cara—. Al mirarla, cualquiera diría que le he robado la razón de vivir.

—Puede que, desde su punto de vista, lo hayas hecho.

—Sakura es muy despierta y decidida. He conocido pocos hombres con tantas ganas de aprender.

—Pero sigues negándote a consentir su interés por la medicina.

—Es una mujer. No tiene que dedicarse a ese tipo de pasatiempo.

—Y sospecho que eso es lo que le dijiste cuando llegaste a Guildford.

Sasuke no contestó, lo que hablaba por sí solo.

—Imagino que no la has perdonado aún —prosiguió Naruto.

—Sakura cree que todavía estoy enfadado —dijo Sasuke, tras soltar el aire con aspecto cansado—. Quizá lo esté, pero sólo un poco. Es difícil estar enfadado con ella mucho tiempo. —Sus labios esbozaron una tímida sonrisa—. Puede que no apruebe sus estudios, pero tengo que admitir que, en cierto sentido, la admiro. Y la deseo como no había deseado nunca a ninguna otra mujer.

—¿Por qué no se lo dices?

Su amigo desvió la mirada. No podía imaginarse diciéndole esas palabras a Sakura, aunque en el fondo deseaba hacerlo.

—Admítelo. —Naruto sonrió—. Estás más que contento de haberte casado con ella.

—Siempre quise una esposa dócil —contestó Sasuke, reclinado en su silla—. Ashina Tatsushiro lo habría sido, pero tengo que admitir que Sakura me interesa mucho más de lo que Ashina lo habría hecho nunca. No puedo decir que lamente cómo han ido las cosas.

Naruto le hizo un gesto a la tabernera para que les sirviera otra cerveza.

—Parece ser que tu esposa no es de las que se conforman con coser y tocar un instrumento. No será feliz si no encuentra otro tema que le interese, algo que la desafíe.

Sasuke reflexionó sobre las palabras de Naruto; era algo que él había pensado en más de una ocasión. Miró a los clientes del bar: los marineros que jugaban en el rincón; el hijo de Chōza, Chōji, que se reía de la broma subida de tono de un amigo; uno de los jóvenes del pueblo, que flirteaba con Samui Jenson.

—Esperaba que a estas alturas ya estaría embarazada —confesó—, pero hasta donde yo sé no es así. Tal vez Temari podría echar una mano.

—Se lo preguntaré si quieres.

—Te lo agradecería. Puede ser que Sakura le haya mencionado algo que le resultara interesante.

—A Sakura le encantan los niños. Como has dicho, un bebé iría muy bien. —Naruto tomó un sorbo de cerveza mirando a Sasuke por encima de la jarra—. Imagino que seguirás intentándolo.

Sasuke pensó en la boca suave y las curvas femeninas de Sakura, en cómo le gustaba abrazarla.

—Puedes estar seguro de ello.

Pero esa noche volvió demasiado tarde y Sakura ya dormía. Se dijo que al día siguiente. Sólo que, por desgracia, iba a ser demasiado tarde.