22

Sakura sólo durmió a ratos. Por fin logró conciliar el sueño y se despertó mucho más tarde de lo que quería. Cuando bajó, Sasuke había salido a caballo y lo único que podía hacer ella era pasear apática y decaída por la casa. Preparó el menú semanal con la cocinera, pero eso estuvo hecho en un santiamén. Llevar la casa era algo automático para una mujer cuya madre había muerto cuando tenía diez años, y la tarea le proporcionaba poca satisfacción.

Miró nostálgica por la ventana hacia el río que se adentraba en el bosque y se acercaba a la cabaña de piedra que fuera su refugio. Pensar en ese sitio le hacía latir con fuerza el corazón. Entonces se dio cuenta de que el martilleo no era sólo en el interior de su pecho; una visita llamaba a la puerta principal. Fue hacia allí y esperó en la entrada a que Reeves abriera.

Cuando Sakura vio la complexión robusta y los cabellos empolvados del policía Fuyukuma, sintió un nudo en el estómago.

—Lady Litchfield —la saludó Fuyukuma, que se quitó el tricornio y la capa y se los entregó al mayordomo—. El agente Nivens y yo querríamos hablar en privado con usted y su marido.

Sakura se humedeció los labios, que de repente parecían secos y pegados entre sí. Concentró su atención en el mayordomo:

—Mire si su Excelencia ha vuelto de su galopada, Reeves. Dígale que los agentes Fuyukuma y Nivens están aquí y lo esperan en el Salón Dorado.

—Muy bien, milady.

Reeves miró a los hombres con desdén y desapareció de inmediato a pasos largos y rápidos mientras Sakura conducía a los hombres por el vestíbulo. Al llegar al Salón Dorado, llamó para pedir té; intentaba por todos los medios demorar la conversación hasta que Sasuke llegara. Una cosa era que siguiese enfadado, pero siempre la había apoyado y confiaba en que esta vez también la ayudaría.

Indicó al criado dónde dejar la bandeja del té y se dispuso a preparar las tazas y los platitos. Esperaba parecer tranquila, aunque temblaba por dentro.

Por Dios, ¿qué querrían esos hombres? ¿Habían ido a buscarla? ¿Se habrían enterado de algún modo de sus transgresiones en la escuela de medicina? ¿Importaría eso en realidad? O quizás iban a buscar a Nawaki. En cualquier caso, por la expresión sombría de sus caras, el asunto era grave.

Les sirvió el té a los dos esperando que no le temblaran las manos.

—Mi marido llegará de un momento a otro —dijo, rogando que fuera cierto. Nunca había necesitado la fortaleza de Sasuke como ese día.

—Tal vez podríamos empezar sin él —sugirió Fuyukuma, que se puso de pie sin prestar atención a la taza humeante que Sakura le había puesto delante.

Sakura detestó tener que levantar la mirada para hablar con él:

—Preferiría esperar, si no les importa.

Ansiaba tanto conocer el motivo de la visita que no estaba segura de cuánto tiempo lograría controlar su miedo. Aumentaba por instantes y hacía que le temblaran las manos y el pulso le latiera con fuerza. ¿Dónde estaría Sasuke? Seguro que no había por qué tener miedo.

Pero no estaba tan segura, y el pánico creciente le tensó más el cuerpo. Se humedeció los labios secos y empezaba a hablar cuando las puertas correderas se abrieron. Aliviada, vio que era Sasuke.

—Señores —dijo el marqués a modo de saludo.

Todavía vestido con ropa de montar, vio de inmediato el terror que su esposa se esforzaba tanto en ocultar y avanzó hacia ella, que sintió un agradecimiento tal que la aturdió. Tanto Fuyukuma como Sakura se levantaron para recibir al marqués. Temblándole las piernas, ella redujo la distancia que la separaba de Sasuke y éste le pasó un brazo por la cintura. Su contacto fuerte y tranquilizador le infundió valor y, en ese momento, Sakura pensó que no lo había amado nunca tanto.

—Muy bien —prosiguió Sasuke—. Ahora que ya he llegado, ¿por qué no nos dicen qué pasa?

—Si le parece, iré al grano. Hace ocho días, Sandayū Asama fue envenenado en su casa, en Milford Park. —les informó Fuyukuma, hablando con una ceja arqueada.

—¿Envenenado? —La palabra salió de la garganta de Sakura con un sonido quebrado, ahogado. Hacía ocho días que ellos habían visitado Milford Park—. Es..., es imposible.

—Imposible del todo —la secundó Sasuke—. Hace ocho días, lord Dunstan era la imagen de la salud personificada.

—Eso es correcto, milord. —Nivens se quitó un poco de pelusa de la manga de su levita de color burdeos. Era un hombre delgado, de tez cetrina, con unos ojos astutos y acusadores—. Durante su visita, su Excelencia se encontraba bien de salud y de estado de ánimo. La noche de su partida, sin embargo, cayó muy enfermo. Su médico, el doctor Harris, atribuyó la causa de esa enfermedad a una dosis mortal de veneno.

El semblante de Sasuke se mantuvo impasible, pero se le tensó un músculo de la mandíbula.

—¿Nos está diciendo que el conde de Dunstan está muerto?

—Todavía no —aclaró Fuyukuma—. Aunque el doctor Harris opina que es sólo cuestión de días, como mucho. Se cree que la causa es el brandy de la licorera de su estudio. El médico dice que estaba mezclado con una gran cantidad de extracto de belladona. —Sus gélidos ojos se posaron en Sakura—. No es ningún secreto que su esposa posee amplios conocimientos de las hierbas y las plantas útiles en medicina. Tuvo el motivo y la oportunidad, ya que su tío fue quien la recluyó en Saint Bart y, según el mayordomo, desapareció un rato durante la visita.

Unos puntos oscuros bailaron un momento frente a los ojos de Sakura. Sintió como si el suelo hubiera desaparecido bajo sus pies y tuvo que agarrarse al brazo de Sasuke para evitar caerse.

—Mi esposa no envenenó a su tío. No tienen modo de saber cuánto tiempo llevaba contaminado ese brandy y, si buscan un motivo, pregunten a las decenas de personas de las que lord Dunstan se ha aprovechado a lo largo de los años.

—¿Aprovechado? ¿De qué modo?

—De cualquier modo que le resultara beneficioso. Dicho en pocas palabras, ese hombre es despiadado. No hay forma humana de saber cuántos enemigos se habrá creado a lo largo de su vida.

—En ese caso, quizá podría proporcionarnos algunos de esos nombres.

—Si rastreo un poco, estoy seguro de ello. Y mi esposa también podrá aportar algunos.

Fuyukuma se dirigió a Sakura:

—¿Hay alguien en Milford Park que pueda responder de su paradero durante el tiempo que permanecieron ustedes allí?

—Estuve con mi prima Ajisai.

—Ya lo sabemos. ¿Y después de que ella la dejara?

—Paseé por la casa. No había estado desde hacía tiempo. Me sentí a gusto al reencontrarme con algunas de las pertenencias de mi familia: retratos, bordados de mi madre, una colección de dedales que yo admiraba de pequeña. He echado de menos esas cosas desde que no vivo allí.

—¿Y no entró en el estudio de su tío?

Sakura titubeó. ¡Por Dios, había entrado sólo un momento! Era la habitación favorita de su padre y le gustaba entrar de pequeña para notar su presencia. Ese día no se sintió bien en ella, ya que Dunstan se había apropiado del estudio para su uso, y se marchó enseguida.

—No me acuerdo. Recorrí un buen rato la casa antes de que mi marido me llamara para irnos.

Fuyukuma miró a Nivens, que asintió con la cabeza. Sakura no estaba segura, pero le pareció que quizás hasta Sasuke había notado que mentía.

—Muy bien —concluyó Fuyukuma—. De momento, eso es todo. Sin embargo, les sugiero que no se alejen demasiado de casa. Tendremos que hacerle más preguntas a lady Litchfield. Si el conde fallece, existe la posibilidad de que su Excelencia sea acusada de asesinato.

La visión de Sakura se oscureció por los bordes y, por un instante, la habitación pareció desaparecer. Notó cómo el brazo de Sasuke la rodeaba y la ayudaba a sentarse en una silla.

—Quédate aquí —le dijo—. Voy a despedir a estos señores.

Sakura asintió sin decir nada. Le daba vueltas la cabeza. Tenía tanto miedo que no podía pensar. Alguien había envenenado a su tío. No negaba que ella tuviera motivos para desearle la muerte. Lo cierto era que no soportaba ni verlo. Y podía haberlo hecho. Trabajaba a menudo con hierbas venenosas, con belladona incluso, que en dosis pequeñas contribuía a aliviar el dolor e iba bien para la indigestión.

Y anduvo sola por la casa. En realidad, incluso entró un momento en el estudio. Seguro que la policía creía que ella lo envenenó. Sintió náuseas. Hasta su marido debía de creerla culpable.

Pensó en la mirada preocupada que había visto en los ojos de Sasuke y, aunque en Saint Bart deseó muchas veces que su tío muriese, rezó para que viviera.

Los minutos pasaron despacio. Sakura se acercó a la puerta del salón y escuchó el murmullo de la conversación de los hombres. ¿Qué le dirían Fuyukuma y Nivens a su marido? ¿Lo estarían convenciendo de que era culpable? Deseaba estar allí para defenderse, pero tenía miedo de que su presencia empeorara las cosas de algún modo.

Así que se esforzó en oír mientras esperaba en tensión a que los hombres se fuesen y su marido volviera. Por fin, se hizo el silencio en el vestíbulo, la puerta principal se abrió y se cerró, y Sakura suspiró de alivio. Después, oyó los pasos de Sasuke acercándose y tomó fuerzas para enfrentarse a él.

Casi había llegado él al Salón Dorado cuando el sonido de carrerillas y gritos de los sirvientes lo detuvo ante la puerta. El corazón de Sakura dio un vuelco al preguntarse qué nueva crisis se habría producido.

—¿Qué pasa? —preguntó saliendo del salón para situarse junto a Sasuke—. ¿Qué sucede?

—No lo sé.

Se volvió y empezó a dar zancadas hacia la parte posterior de la casa, de modo que Sakura tenía que correr para seguirle el paso. Vieron que Kiba corría como un loco hacia ellos.

—¡Es Nawaki! —gritó—. ¡Vengan, deprisa!

Sakura sintió una punzada en el corazón. Sasuke echó a correr y Sakura aceleró aún más, sometida a una nueva clase de miedo. El marqués llegó primero hasta el niño y se abrió paso entre los dos mozos que estaban arrodillados junto a él en la hierba. Uno sostenía a Nawaki para mantenerlo incorporado mientras el otro le daba unas palmadas frenéticas en la espalda. Era evidente que el pequeño tenía algo atragantado en la garganta. Sasuke no esperó, tomó al niño por el tobillo, lo sostuvo cabeza abajo en el aire y lo golpeó para tratar de sacarle, en vano, lo que fuera.

La cara de Nawaki iba poniéndose morada, y un resuello horrible se escapaba de su garganta. Y con sus aterrorizados ojos grises no dejaba de mirar fijamente a Sasuke suplicándole ayuda.

—Por el amor de Dios, ¿qué se ha tragado? —preguntó el marqués, que seguía intentando que el niño expulsara lo que le obstaculizaba las vías respiratorias.

—Sólo era un poco de caramelo —contestó Kiba con los ojos llenos de lágrimas.

Sasuke volvió a dejar al niño en la hierba, le abrió la boca y metió los dedos para tratar de sacar lo que se había tragado.

—Tenía hambre. La cocinera nos dio un poco de caramelo. Nada más, un poco de caramelo —insistió Kiba.

Sakura contuvo un sollozo. El corazón le martilleaba las costillas y le costaba respirar. Su marido estaba haciendo todo lo que ella sabía que se pudiera hacer, todo lo que había leído que tenía que hacerse, pero nada parecía funcionar. La cara del pequeño se había vuelto púrpura, y el pequeño se llevaba frenético las manitas al cuello.

Al mirar a Sasuke y oírle resollar, incapaz de introducir aire en los pulmones, Sakura pensó por primera vez en su vida que iba a desmayarse. El pulso le retumbaba en los oídos y temblaba de pies a cabeza.

Entonces, Nawaki cerró despacio los ojos y su cuerpecito se quedó inmóvil.

—¡Está inconsciente! —exclamó Sasuke, que volvió los ojos hacia Sakura con una mirada tan llena de dolor que para ella fue como un golpe en el estómago—. ¡Se va a morir, Sakura! ¡Tenemos que hacer algo para ayudarlo!

—Estaba chupando el caramelo —se puso a divagar Kiba—. Y empezó a reírse por algo que dijo Joey...

—¡Sakura! —gritó Sasuke—. ¡Dime qué tengo que hacer!

Unas lágrimas enormes resbalaron por las mejillas de su esposa.

—Vuelve a ponerlo cabeza abajo. Quizás esta vez... —sugirió.

—¡Eso no basta y tú lo sabes! ¡Nawaki se está muriendo! ¡Te has pasado años leyendo esos condenados libros! ¡Haz algo para salvarlo!

Sakura tragó saliva. El miedo y la frustración le oprimían el pecho.

«¡Nawaki no, por favor», rogó en silencio. Quería al pequeño como si fuera su hijo y verlo así casi le impedía pensar. Inspiró a fondo, sofocó el terror que sentía y se olvidó del dolor y de la impotencia. Su cabeza empezó a rebuscar frenética entre los conocimientos que había adquirido. Sasuke tenía razón. Debía de haber algo que pudiera hacer, algún modo de salvarlo.

—Tiene que respirar —afirmó, expresando en voz alta sus pensamientos con una voz débil y temblorosa, apenas capaz de conservar el control—. Eso es lo único que importa. Hay una especie de tubo en el cuerpo que baja por la garganta. Así es cómo el aire llega a los pulmones. Si pudiera abrirlo... No sé si funcionaría, pero quizás...

—¡Hazlo! —le ordenó Sasuke. De la bota de montar se sacó la navaja plateada que llevaba siempre encima desde que sufrió el ataque en la taberna—. ¡Hazlo, Sakura! Si hay la menor posibilidad de salvarlo, tenemos que correr el riesgo.

Sakura se humedeció los labios y tomó la navaja que su marido le ofrecía.

Aunque temblaba por dentro, parecía tener el pulso perfecto.

—Tráeme el equipo médico —instruyó en voz baja a Kiba, que salió corriendo hacia la habitación de los arreos, donde habían almacenado en secreto los objetos de la cabaña.

Sin prestar atención a la mirada penetrante de Sasuke, rezó para que Dios la guiara y se puso a palpar el cuello de Nawaki con los dedos para buscar el tubo respiratorio a la vez que trataba de recordar dónde lo había visto situado, en sus estudios recientes, en relación con las grandes venas que había a los lados.

Tomó fuerzas, encontró el lugar que le pareció más idóneo e introdujo la hoja. Practicó la incisión más pequeña que pudo para que entrara la cantidad suficiente de aire y, al instante, el tórax del pequeño empezó a subir y bajar con un ritmo más regular y Sakura rezó para sus adentros dando gracias porque, al menos de momento, no lo había matado.

—Necesito algo para absorber la sangre.

Otro de los chicos salió disparado mientras Sasuke se desprendía de la chaqueta y se quitaba la camisa de manga larga por la cabeza. Rasgó la tela delgada y la dobló para formar trozos gruesos, que le entregó temblándole la mano.

—Está respirando —dijo Sasuke—, pero el caramelo sigue ahí dentro.

—Necesitamos algo redondo y hueco para que el aire fluya mientras le sacamos lo que haya ahí atascado. Un junco o una pluma de lo que sea.

—¡Ahora lo traigo!

Esta vez fue Joey quien salió corriendo, y todos los chicos volvieron casi al mismo tiempo con lo que se les había pedido. Mientras Sakura controlaba la sangre, Sasuke arrancó las barbillas de la pluma que Joey le entregó, partió los dos extremos del cañón e introdujo éste en el corte que Sakura había practicado.

—Parece que respira mejor —comentó Sasuke—. Si pudiéramos extraer lo que le obstruye la garganta...

—Déjame a mí. —Sakura sacó unas pinzas del maletín que Kiba había traído—. Son muy útiles para muchas cosas.

Después de secarse la sangre de las manos en la falda, deslizó con cuidado las pinzas en la garganta de Nawaki y llegó al pedazo de caramelo que se había tragado. Se le escapó dos veces y el sudor de la frente le resbaló hasta los ojos. Se lo secó con el dorso de la mano y le quedaron unas manchas rojas cerca de las sienes.

—Ya lo tengo.

Sacó el obstáculo, victoriosa, y lo tiró. Después, volvió a trabajar en la incisión que había practicado. Enhebró la aguja que llevaba en el maletín y suturó con cuidado el corte del conducto respiratorio.

Durante todo el proceso, Nawaki permaneció inconsciente y Sakura se alegraba de ello, de momento. Una vez despertara, lo que rogaba a Dios que ocurriese, el dolor sería considerable.

—Tenemos que meterlo en casa —dijo.

Sasuke asintió en silencio y cargó con suavidad al pequeño en brazos. Lo llevaron a la habitación contigua a la de Sakura y el marqués lo depositó con cuidado en la cama.

—En cuanto se despierte, le daré algo para aliviar el dolor.

—¿Se despertará? —le preguntó Sasuke, mirándola fijamente a los ojos. Su mirada contenía tal desesperación que Sakura no pudo sostenerla.

—No lo sé —contestó.

—¿Y la putrefacción?

Sakura tragó saliva. Era lo que más temía, y parecía muy probable que se presentara.

—Cuando se despierte, ésa será nuestra mayor preocupación. Haré todo lo que pueda para prevenirla, pero no se puede asegurar.

Sasuke no dijo nada. Durante un largo rato se quedó allí de pie, mirándola con una expresión que Sakura no supo descifrar. Después, dio media vuelta y salió de la habitación. Mientras observaba cómo se iba, Sakura se vio en el espejo del tocador y su cara palideció más todavía.

—¡Oh, Dios mío!

Llevaba el vestido amarillo empapado de sangre. Tenía las manos cubiertas de sangre y unas manchas rojas le salpicaban la frente y las mejillas. Recordó la expresión de Sasuke, tensa y controlada a fin de ocultar su aversión.

—¡Oh, Dios mío! —susurró de nuevo, y le dio un vuelco el estómago. Con las piernas temblando se acercó al tocador, vertió agua de la jarra en la jofaina, se lavó las manos y se las secó.

—Sak... ura... —Una voz ronca se elevó desde el colchón de plumas.

—¡Nawaki! —Se acercó, se sentó a su lado en la cama y estrechó entre las suyas una mano del niño—. No pasa nada, cielo. Tuviste un accidente, pero te pondrás bien.

Levantó el maletín del suelo, lo abrió y sacó varios frasquitos y un puñado de ungüentos.

—Me duele... mucho... la garganta.

Nawaki se llevó la mano hacia el lugar de la incisión, pero Sakura lo detuvo con suavidad.

—Ya sé que te duele, cielo. Era el único modo de ayudarte a respirar.

Sacó una botellita de un líquido que contenía una tintura de opio. Al recordar cómo la había afectado a ella la droga, sintió un momento de inquietud por el efecto que podría tener en Nawaki, pero sabía que le serviría para soportar el dolor y eso era lo más importante en ese momento. Tomó un paño, lo empapó en el líquido y lo hizo gotear en el interior de la boca del niño. Sabía lo mucho que debía de dolerle al tragarlo, pero el pequeño no se quejó.

—Te pondré unas medicinas en el cuello y después te vendaré. —Le aplicó un trozo cuadrado de algodón, que bañó previamente en una mezcla de agracejo y asclepias, y usó luego una tira larga de tela para sujetárselo al cuello—. Mañana te encontrarás mejor.

Por lo menos, eso esperaba. Sólo que, si había putrefacción... Sakura sintió náuseas, pero sacudió la cabeza negándose a imaginar lo peor. De momento había terminado y Nawaki se quedó dormido. Levantó la mirada y vio que Sasuke estaba en la puerta, con la misma expresión insondable que antes en la cara.

—Está dormido —informó a su marido—. Se despertó un momento, así que eso no debe preocuparnos.

—Gracias a Dios. —Sasuke cruzó la habitación sin dejar de mirar al niño—. Me sentaré con él un rato.

Sakura asintió con la cabeza. Se miró la ropa ensangrentada y se juntó los pliegues de la falda. Recordó la expresión de Sasuke aquel día en el sótano y pensó en la repulsión que debía de sentir ahora. Ningún caballero, y mucho menos Sasuke, querría ver a su esposa como si acabara de matar un cerdo. ¡Y pensar que era la sangre de un niño! Se fue deprisa para cambiarse.

Durante los dos días siguientes, ambos se turnaron para sentarse junto a la cama del pequeño. Al final del segundo día, Nawaki se despertó con fiebre, y Sakura se preparó para lo peor. Se turnaron durante las veinticuatro horas, pero, aparte de eso, Sasuke y ella apenas se veían.

No tenían noticias de Dunstan, aunque ahora eso no importaba. Su preocupación y sus plegarias eran para Nawaki.

Al final del tercer día le bajó la fiebre. La cantidad de putrefacción que pudiera haber parecía controlada. Curiosamente, en cuanto fue seguro que el niño viviría, Sasuke abandonó la casa y Sakura no volvió a verlo.

De eso hacía dos días; dos días largos, desgarradores. Cada vez que cerraba los ojos, veía la expresión seria y contenida de su marido. Se veía la sangre en las manos y sabía lo que él pensaba. El asco volvía sombríos sus ojos. Sentía repulsión por una mujer que podía cortar a un niño como si fuera un pedazo de carne.

Eso ya lo había oído antes, durante los días en que la enviaron a Saint Bart. Y Sasuke pensaba lo mismo, lo había dejado muy claro. ¿Cómo iba a mirarlo nunca más a la cara?

A última hora de la tarde de ese día llegó un mensajero de los policías Fuyukuma y Nivens. Irían al día siguiente para mantener una entrevista con lady Litchfield.

El corazón de Sakura latió desbocado. Seguro que Dunstan estaba muerto. Aquellos hombres la detendrían. La volverían a llevar al manicomio o la colgarían. Tenía un sabor amargo en la boca y empezaron a temblarle las manos. Esos hombres iban a buscarla e incluso Sasuke la creía culpable. El terror la sacudió con una fuerza terrible, implacable. Ante un futuro demasiado funesto de imaginar, se dejó caer en una silla del dormitorio y empezó a llorar.