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Tenía que irse. No podía enfrentarse a la posibilidad, mejor dicho, probabilidad de que la detuvieran por asesinato. Era el sospechoso más claro y lo sabía. Incluso Sasuke la creía culpable.

Sasuke. En realidad, él era el motivo real de su huida. No olvidaría nunca la expresión de su cara mientras la observaba con Nawaki. O la expresión impenetrable que adoptó cuando ella terminó su truculenta tarea.

A pesar de lo terrible que fue que la viese trabajando en el sótano, esto era mucho peor. No volvería a mirarla sin ver su vestido empapado en sangre, sin preguntarse qué clase de mujer era ella en realidad. Sin duda, Ashina Tatsushiro no era así. Lady Ashina era la feminidad en persona. Lady Ashina era la mujer que a Sasuke le gustaba.

Sin dejar de temblarle las manos metió un tercer vestido en la bolsa y tiró encima el cepillo plateado del tocador, dos camisones blancos y otro par de zapatos, el segundo un poco más cómodo que el par de piel resistente que llevaba puesto para el viaje.

Miró por la ventana. Era tarde y los sirvientes dormían. La oscuridad envolvía el castillo, pero una luna plateada asomaba entre las nubes. Inspiró con dificultad y echó un último vistazo a la habitación que tanto había llegado a gustarle y que echaría mucho de menos: las colgaduras de terciopelo, tan elegantes y a la vez tan acogedoras y cálidas, la cama que compartió tan a menudo con Sasuke, las horas de placer que conocieron el uno en brazos del otro.

Se frotó los hombros y se abrazó para combatir un escalofrío de desesperación. No quería pensar en Sasuke, no iba a hacerlo. Si lo hacía, no se iría. Su mirada se desvió un momento a la nota que había dejado en el escritorio francés del rincón. Le devolvía su libertad a Sasuke y lo instaba a llevar el tipo de vida que siempre había deseado. Se merecía por lo menos eso, después de todos los problemas que ella le había causado.

Se secó una lágrima que consiguió de algún modo llegar a la mejilla, cerró la bolsa de viaje y salió del dormitorio.

Necesitó toda su fuerza de voluntad para no detenerse en la habitación de Nawaki a verlo una vez más, pero sabía que la niñera estaría durmiendo a los pies de la cama y no se atrevía a despertarla. Nawaki se estaba curando con rapidez. Se pondría bien y, cuando Sasuke volviera, estaría en muy buenas manos.

Ya no la inquietaba Nawaki. De nuevo era ella quien estaba en peligro. Irse del castillo de Running, con algo de ventaja sobre los hombres de la policía, era la única opción que tenía. Además, huía de Sasuke. Estaba enamorada de un hombre que no la amaba, un hombre que sólo sentía algo por la mujer que él quería que fuera, no por la mujer que era en realidad. Tenía que marcharse antes de que volviera, antes de que la mirara con esos bonitos ojos llenos de repugnancia.

Había visto esa mirada en los ojos de su tío, en los del obispo Mikotado y en los médicos del manicomio. Tenía que irse y tenía que ser esa noche. Como de costumbre, haría lo que fuera necesario para sobrevivir.

Huir de la casa resultó más sencillo de lo que suponía. Pensó en llevarse un caballo, pero decidió que era mejor que no. Una vez llegara a una posada viajaría en diligencia, y eso resultaría más rápido y la ruta sería así más difícil de seguir. Esta vez las cosas iban a ser diferentes, ya que tenía dinero para pagarse los gastos. Sasuke se mostraba muy generoso con su asignación y ella gastaba muy poco. No pasaría frío ni iría sucia. Tenía ropa de abrigo y también un plan.

Ya por la mañana, después de caminar toda la noche, llegó a una posada llamada Peregrine's Roost. La diligencia apareció antes de mediodía. Pagó el viaje y subió al coche. Durante los siguientes días cambió de diligencia cuatro veces, siguiendo primero una dirección y luego otra, temerosa de que le siguieran el rastro. Cuando llegó a Saint Ives, en la alejada costa de Cornwall, estaba segura de que nadie sería capaz de encontrarla.

Había estado en ese pueblecito años atrás, con sus padres, cuando era pequeña. Entonces el sitio le encantó, y mientras oía el ruido de las olas contra los acantilados, asomada a la ventana del coche, vio que la belleza agreste de la región no había cambiado.

Pensó que quizá podría empezar allí una nueva vida, y la idea suavizó un poco la terrible sensación de pérdida que le causaba un dolor terrible en el pecho. Después, se acordó de Sasuke, pensó en sus ojos negros plateados, en el modo tierno en que le sonreía, en el modo en que siempre había tratado de protegerla; y, en el fondo de su corazón, donde nadie podía verla, lloró en silencio.

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Le resultaba verdaderamente difícil admitir que estaba equivocado.

Tan difícil que tardó tres días en reunir el valor suficiente. No estaba seguro de qué decir, de cómo abordar un tema de tanta importancia: los intereses, las creencias de Sakura, la raíz de sus problemas con ella.

Así que dejó el castillo y se fue él solo para reflexionar sobre todo lo ocurrido, unos acontecimientos que habían cambiado tanto su modo de pensar, cambiado toda su vida. Necesitaba ver las cosas con claridad, pensarlas bien. Quería estar seguro.

Cuando regresó, era demasiado tarde.

Sentado tras el escritorio de palisandro de su estudio, desarrugó los bordes de la nota de Sakura. Tras seis días y miles de lecturas, el papel estaba gastado y viejo. No necesitaba mirar las palabras; se sabía el mensaje de memoria. Pero ese pedazo de papel era lo último que tenía de Sakura y lo conservaría hasta que ella volviera.

Alisó el papel en la mesa y las letras lo hirieron al recordarle lo imbécil que había sido.

Querido Sasuke:

Seguro que mi tío ya ha muerto. Te ruego que creas que soy inocente de su asesinato, aunque, dadas las circunstancias, eso te resultará difícil. Te dejo con la esperanza de que se acaben los problemas que te he ocasionado y porque tengo miedo.

Al irme, deseo también dejarte libre.

Obtén la anulación de la que hablábamos y cásate con una mujer de tu agrado. Aunque me gustaría que las cosas fuesen distintas, jamás podría ser la clase de mujer que tú deseas. Después de lo que ocurrió con Nawaki, estoy segura de que la repugnancia que sientes por mí hace que esa realidad sea más que evidente.

Cuídate, amor mío, y por favor cuida de Nawaki. Sé que lo harás. Te dejo con un sólo pesar, no haber tenido nunca el valor de decirte que te amo y nunca dejaré de amarte.

Tu amiga para siempre,

Sakura

Las letras se volvieron borrosas y se juntaron entre sí. Sasuke se frotó los ojos, dobló el papel y se lo metió en el bolsillo del chaleco, de modo que la nota regresara a su sitio, sobre su corazón. Llevaba buscándola seis días. Los seis días más largos de su vida. Estaba exhausto, preocupado, abatido y lleno de arrepentimiento. Pero no abandonaría hasta encontrarla.

Cuando la localizara, le diría lo que descubrió mientras contemplaba cómo le salvaba la vida a ese pequeño al que tanto había llegado él a querer. Le diría que había estado equivocado sobre sus estudios, que lo que hacía era importante. Y que no importaba que fuera una mujer. Por la vida de un sólo niño, todos esos años de aprendizaje, todo lo que ella había sufrido, bien valían la pena.

Y le diría que la amaba. Aunque Sasuke no había creído nunca en tales sentimientos, al verla en esos momentos terribles con Nawaki se dio cuenta de que nunca en su vida estuvo tan orgulloso de otra persona ni sintió una conexión tan intensa con otro ser humano.

Estaba enamorado de ella. Por completo y sin la menor duda. En un rincón de su mente, enterrado a tal profundidad que ni siquiera era consciente de ello, había imaginado que era una mujer como su madre y eso le daba miedo. Pero lo cierto era que Sakura Haruno no se parecía en nada a Mikoto Uchiha. Era buena, decente y digna de su confianza. La amaba de un modo desmesurado y se moría de ganas de decírselo. En su nota le decía que ella también lo amaba y, por primera vez, Sasuke sabía lo afortunado que era.

Y lo desesperado que estaba por tenerla de vuelta con él.

Se pasó una mano por los cabellos para apartárselos de la frente. Llevaba la ropa salpicada de barro y necesitaba un afeitado. No le importaba. En cuanto Naruto llegara, partiría de nuevo en busca de Sakura. En alguna parte tenía que haber alguien que la hubiera visto, alguien que la recordara, que supiese qué dirección tomó.

No corría un peligro inmediato ante la justicia, aunque su marcha la hacía parecer aún más culpable. Su tío no había muerto, como todo el mundo creía que iba a suceder, sino que se estaba recuperando despacio. Viviría y, como no existían pruebas concluyentes de que Sakura fuera la culpable del intento de asesinato y Dunstan quería acallar las habladurías y dar por zanjado el asunto lo antes posible, ya no tenían a la policía encima.

En cuanto a él, tenía que admitir que hubo un momento en que dudó de ella al enterarse del trato terrible que había sufrido a manos del despiadado Dunstan; pero, con sólo mirarla a la cara, supo de inmediato que no era la culpable. Sakura curaba a la gente, no la mataba. Si la justicia volvía a amenazarla, él encontraría el modo de protegerla costara lo que costara. Ella no volvería a tener nunca miedo.

La puerta se abrió en ese momento y la figura alta de Naruto se agachó para entrar.

—Los caballos nos esperan. ¿Estás listo?

—Tomaré la capa y los guantes y me reuniré contigo en la entrada —asintió Sasuke y, al ver la ligera inclinación de la cabeza del duque, sintió una gran gratitud por el apoyo inquebrantable de su amigo.

«La encontraremos. No descansaremos hasta dar con ella», había afirmado rotundo Naruto cuando se enteró de la noticia, y su voz contenía un tono de decisión tan firme que Sasuke le creyó.

Descolgó la chaqueta del respaldo de una silla, hizo caso omiso de su dolor de cabeza y del cansancio de su cuerpo y siguió a su amigo al exterior.

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Sakura dejó su casita con tejado de pizarra en los acantilados, a las afueras de Saint Ives, y se apresuró a recorrer el camino hacia el pueblo. Llevaba viviendo en el pueblecito costero casi dos meses, trabajando como comadrona entre un sinfín de otras tareas.

Ese día la había llamado Chiyo Akasuna, una mujer mayor tan encorvada y arrugada que parecía un gnomo, para ayudar a la joven esposa de un pescador a dar a luz a su primer hijo. Chiyo era la comadrona del pueblo hasta la llegada de Sakura, pero se estaba volviendo demasiado débil para el trabajo y se alegró de poder contratar a una ayudante.

Las primeras semanas fue evidente que Sakura era capaz de otras cosas además de asistir partos, y sus deberes se ampliaron. Personas de todas las edades, clases y dolencias empezaron a ir a su casa en las afueras del pueblo y Sakura hacía lo posible por ayudarlas.

Era la clase de vida que siempre había deseado. Su trabajo era importante. Se sentía útil. Necesitada.

Y desesperada, dolorosamente sola.

Extrañaba a Sasuke mucho más de lo que pudiera haber imaginado. Echaba de menos su sonrisa, el sonido de su voz, el mero hecho de verle entrar en una habitación. Echaba de menos al pequeño Nawaki y se preocupaba por él. Añoraba su hogar en Sussex, a su marido y a su familia con un dolor punzante que no la dejaba nunca. Rogaba que Sasuke fuese capaz de perdonarla por haber trastornado su vida una vez más y esperaba que en el futuro encontrara cierta tranquilidad.

Se estaba acercando a la casa del pescador. Sakura se obligó a alejar los pensamientos tristes, abrió la puerta y entró en la habitación donde la joven Uroko Kurama yacía gimoteando en la cama.

—¿Cómo está? —le preguntó Sakura a Chiyo, con los ojos puestos en la barriga voluminosa de la chica bajo la sábana limpia, pero raída.

—Le duele mucho, pero no veo nada que vaya mal. El bebé llegará pronto.

Sakura se acercó a un lado de la cama, escurrió un paño mojado, que había en una palangana con agua en la mesa de al lado, y enjugó el sudor de la frente reluciente de Uroko. Era una chica corpulenta, rubia y de ojos azules, y con unas caderas anchas que facilitarían la llegada del bebé.

—Cálmate —la tranquilizó Sakura—. El niño llegará pronto y todo habrá terminado.

—Me moriré —gimió Uroko—. Me moriré como le pasó a mi hermana.

Jadeaba y sudaba. El dolor le hizo soltar tacos, maldecir su cuerpo pesado y voluminoso y también a su marido por ponerla en esa situación.

—No pasa nada, Uroko —le aseguró Sakura apretándole con suavidad un hombro—. No vas a morirte. Trata de conservar la calma. Cuando tengas la próxima contracción quiero que empujes todo lo que puedas.

La chica gimió y se mordió el labio inferior con tanta fuerza que le brotó una gotita de sangre. Estaba empapada en sudor, con el camisón húmedo y pegado al cuerpo. Tenía las muñecas atadas a la cabecera de la cama.

—Haz lo que te dice, niña —le indicó Chiyo Akasuna—. Y da gracias de que la chica esté aquí. Soy demasiado vieja y estoy demasiado débil para hacer el trabajo que he hecho durante tantos años.

Sakura sonrió a la vieja comadrona y se secó el sudor de la frente con el dorso de una mano. La siguiente serie de contracciones llegó con rapidez y fuerza, pero Uroko obedeció entre gritos a lo que Sakura le decía y un bebé varón llegó al mundo.

Sakura entregó el pequeño a Chiyo, que estuvo embobada con él mientras lo limpiaba y lo envolvía con una manta de lana para dejarlo en los brazos de su adormilada madre. Sakura observó la sonrisa amable y cansada de la mujer, vio el orgullo y el amor en su semblante y tuvo la misma sensación de turbación que tenía siempre que veía un recién nacido. La vida era muy valiosa. Y tan incierta...

Sin darse cuenta, se pasó una mano por su vientre redondeado. Llevaba tres semanas vomitando casi cada mañana, incapaz de tolerar ni siquiera un pedacito de pan. Sabía muy bien lo que eso significaba. Intentaba con todas sus fuerzas olvidar al hombre de quien se había enamorado tan perdidamente, arrancarse su imagen alta y morena de la mente y aceptar la vida que llevaba en Saint Ives. Quería olvidar, dejar atrás el dolor de perderlo.

Ahora que traería a su hijo al mundo, sabía que no lo lograría nunca.

Suspiró mientras se lavaba las manos en la palangana de la mesa destartalada. Por lo menos, una parte de él la acompañaría a lo largo de los años. Pensó en el bebé, rogando que fuera niña, imaginó los cabellos negros y sedosos y los ojos con motitas plateadas que heredaría sin duda, y la nostalgia la desgarró.

Suspiró por el padre al que su bebé no conocería nunca. Suspiró por Sasuke y por sí misma.

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Seis meses. Seis largos y angustiosos meses y seguía sin saber nada de ella. Sasuke bajó la escalera para dirigirse a su estudio. Acababa de volver de un viaje al pueblo de Maidstone, ya que había recibido una información del herrero local de que una mujer con la descripción de Sakura vivía ahí en una casita. No era el primer viaje en vano que hacía.

Tras las dos primeras semanas de búsqueda infructuosa, ofreció una recompensa. Varias personas deseaban reclamarla.

Kakashi Hatake contrató hombres para que comprobaran todas las pistas posibles, y la mayoría fueron descartadas. Pero Sasuke seguía en persona las que parecían prometedoras.

—¡Milord! ¡Milord! ¡Está usted en casa! —Nawaki corrió hacia él y Sasuke lo levantó en brazos y lo recostó en uno de sus hombros.

—Llegué hace una hora. No quise interrumpir tus clases.

—El viejo Parny me está enseñando francés. Madre mía, ¿por qué tiene que aprender nadie a hablar como esos gabachos afeminados?

Sasuke contuvo una sonrisa. El pequeño era el regalo más valioso que Sakura le había hecho. Había veces, como entonces, después de llegar a otro callejón sin salida, en que si no fuera por el niño habrían tenido que llevarlo a él al manicomio.

—El señor Parnell quiere que te adaptes bien a la sociedad —le explicó Sasuke—. Me dijiste que querías ser un caballero como Dios manda. Bueno, pues el francés forma parte de lo que tienes que aprender.

—Seguro que usted no sabe hablar como los gabachos.

—Se dice los franceses. Y te equivocas, je parle français assez bien. Comprenez-vous? Es lo que se espera de los miembros de las clases altas.

—Suena bien cuando usted lo dice. El viejo Parny parece un sapo metido en un cubo oxidado —afirmó Nawaki con el entrecejo fruncido.

Sasuke sonrió.

—Mira, aprende las palabras y yo te ayudaré a decirlas bien, ¿de acuerdo?

—¡Perfecto! —aceptó encantado.

Lo dejó en el suelo y el pequeño corrió escaleras arriba para reunirse con su tutor.

—¿Milord? —Sasuke se volvió al oír la voz de Reeves—. Perdone que le interrumpa, milord, pero parece que tiene una visita.

—¿Una visita? ¿Quién es?

—Lady Ashina Tatsushiro. Le dije que no recibía a nadie, ya que acababa de regresar de un viaje muy pesado a Maidstone, pero insistió en verle. Le pedí que esperara en el Salón Verde. ¿Quiere que la despida, milord?

Ashina Tatsushiro. Sasuke suspiró para sus adentros, de repente más cansado que antes. Por Dios, era la última persona que esperaba ver.

—¿Milord?

—¿Qué? Oh, no... Gracias, Reeves. —Volvió al momento presente, lejos de los recuerdos de Ashina, que no tenían comparación con los que guardaba de Sakura—. Hablaré con ella.

Cuando abrió la puerta del Salón Verde, la encontró sentada en un sofá de brocado verde oscuro, tan rubia, hermosa y encantadora como la primera vez que la vio. Pensó en su fatiga y preocupación constantes por Sakura, que le marcaban unas líneas profundas en el rostro, y supuso que a ella debía de parecerle que había envejecido diez años.

—¿Milord? —Se puso de pie cuando él entró, lo miró y le sonrió—. Me alegro de verle.

Sasuke buscó con la mirada a su madre, la baronesa, que actuaba siempre de acompañante, pero no estaba.

—Lady Ashina, está tan encantadora como siempre. —Se inclinó formalmente para besarle la mano.

—Gracias, milord —contestó ella, sonrojada.

—Espero que sus padres se encuentren bien.

—Muy bien, milord. Yo, en cambio, he estado muy preocupada últimamente.

Sasuke arqueó una ceja.

—¿Preocupada?

—Sí, milord. He oído esas terribles historias... No es ningún secreto que su esposa le ha abandonado. Me han contado las horribles acusaciones que recaen sobre ella.

Sasuke se irritó y tensó las mandíbulas.

—Mi esposa es inocente de cualquier fechoría. No ha hecho daño a nadie en su vida.

Ashina se miró las manos, que tenía entrelazadas por delante, y habló en voz baja:

—Tengo motivos para dudar de eso, milord. A mí me hizo mucho daño, ¿sabe?

El enfado que sentía Sasuke se marchó como una brisa de aire fresco. Sakura no era la única responsable de herir a Ashina Tatsushiro. Él había manejado la situación muy mal y echó a perder todo el asunto.

—Sakura lamentó siempre lo sucedido, milady. Como yo. En ese momento necesitaba desesperadamente mi protección. Creo que estaba convencida de que nuestro matrimonio duraría sólo un breve período de tiempo y usted y yo nos casaríamos más adelante.

—¿De verdad creía eso? —preguntó, mirándolo fijamente con sus ojos azules.

—Sí.

—Tal vez por eso se marchó, milord —aventuró Ashina, que se había acercado a él y posó su mano enguantada en el brazo de Sasuke—. Para que pudiésemos estar por fin juntos.

Él bajó la vista hacia la delicada mano, grácil y femenina, que reposaba en su manga. No se imaginaba esa mano pequeña y delicada haciendo lo que fuera necesario para salvar la vida de un niño.

—Tal vez se marchara en parte por eso —concedió. Se soltó con suavidad y se separó un poco de la joven—. Cuando se fue, ella no sabía lo mucho que yo había llegado a amarla. No sabía que me alegraba de que nos hubiésemos casado y que me sentía privilegiado de que fuera mi esposa.

Ashina se puso tensa y cerró los puños apretando el encaje de su vestido de seda de color crema.

—Pensaba que no creía usted en el amor. Eso es lo que siempre me dijo.

—Yo era un imbécil —se limitó a decir Sasuke.

—Esperaba que pudiéramos arreglar las cosas entre nosotros —soltó de pronto Ashina con el entrecejo fruncido y una mirada de desaprobación—. Ahora veo que estaba equivocada. Aceptaré la propuesta de matrimonio de Lars Alexandersson, lord Mortimer, como mi madre insistió en que hiciera.

Levantó el mentón, se sujetó la falda y, cuando pasó junto a su lado, Sasuke la agarró de un brazo.

—Puede que no lo crea, Ashina, pero es una suerte que no nos casáramos. Se merece un hombre que la ame, sea Mortimer o cualquier otro. Asegúrese de que sea alguien a quien usted pueda amar. Ésa es la clave de la verdadera felicidad.

Ashina no dijo nada, pero algo le brilló un momento en los ojos. Sasuke observó el movimiento de su miriñaque mientras recorría el vestíbulo y se dirigía al carruaje que la esperaba. Era dulce e inocente, la clase de mujer que siempre creyó desear.

Ahora sabía que necesitaba una mujer inteligente, apasionada y comprometida. Una mujer que no temiera desafiarlo y a la que él encontrara desafiante a su vez. Necesitaba a Sakura Haruno y estaba decidido a encontrarla. No pararía hasta lograrlo.