24

Los días se convirtieron en semanas. Las semanas fueron meses. Unas Navidades solitarias llegaron y se marcharon. Fuera de la casa, el viento gélido de enero golpeaba los postigos. Un mar helado batía sus olas contra la costa y un manto de nieve cubría, como una mano fría, la tierra congelada.

Entre las paredes gruesas de piedra de la casa de Sakura, la pequeña chimenea estaba encendida y enviaba calor a las oscuras vigas de roble, y el brillo suave de las velas parpadeaba sobre la cuna, en un rincón.

Sakura miró al pequeñín de cabellos negros, que dormía apacible, y sintió un amor tan grande que le tembló la mano al colocarle bien la manta bajo el mentón. Que fuera un varón en lugar de la niña que ella deseaba no importaba ya. Lo llevó en su vientre nueve largos meses, lo sufrió durante la agonía del parto, lo cuidó cuando los primeros brotes de cólico y de difteria, y lo amó desde el mismo momento en que abrió los ojos a la luz.

Era suyo. Suyo y de nadie más.

Que fuera Sasuke Fugaku Uchiha, heredero del quinto marqués de Litchfield carecía de importancia. Incluso por el bien del niño, a quien había puesto el nombre de su padre, ella no podría regresar nunca al castillo de Running. Con su tío muerto, sólo Dios sabía el destino que le esperaba fuera de los confines remotos y protectores de Cornwall. La muerte en la horca o la vuelta al manicomio. No deseaba enfrentarse a ninguna de esas dos posibilidades.

Y tenía que pensar en Sasuke. No podía tampoco inmiscuirse otra vez en su vida, a pesar de que deseaba volver con toda su alma, de que pensaba en él todos los días, de que los echaba de menos, a él y a Nawaki , y los amaba más que nunca.

No sería bien recibida si iba, no después de lo que había pasado entre ellos. Si cerraba los ojos, todavía veía la cara de Sasuke mientras ella atendía al pequeño Nawaki. Los cirujanos no eran mejores que los barberos.

Y una mujer, ¡por Dios santo! Ninguna mujer distinguida se dedicaría a algo tan deplorable. No. Sasuke jamás aceptaría a la mujer que Sakura era en realidad, así que, por mucho que anhelara verlo, que ansiara estar con él, sabía que no podría regresar nunca.

El bebé empezó a llorar. Sakura lo levantó con cuidado y lo sostuvo contra su pecho.

—Ya, Sasu, no llores. Mamá está aquí.

Pero el niño se negó a callar. Al fin y al cabo era el hijo de un marqués, un miembro de la alta nobleza, y tal vez reclamaba sus derechos.

La idea atormentaba a Sakura noche y día. Aunque amaba a Sasu con toda el alma, si se tratase de una niña se justificaría de algún modo que se quedara con la madre. Pero Sasu era un niño y un varón necesitaba a su padre. Se merecía el título y las propiedades que le correspondían por nacimiento. La culpa de negarle todo aquello la carcomía como una úlcera. Saber lo mucho que Sasuke deseaba un hijo le hacía sentirse aún peor.

Acalló al niño cantándole en voz baja hasta que soltó un hipo y se volvió a dormir. Cansada tras un día de enderezar huesos rotos y aplicar ungüentos para todo, desde furúnculos hasta ampollas, dejó de nuevo al pequeño en la cuna y ella se acostó en su cama en el pequeño hueco que quedaba tras una cortina en el salón.

Intentó dormir, pero, a pesar de lo agotada que estaba, el sueño le era esquivo. Cerró los ojos y se adormiló un momento, y entonces un sonido cercano a la cama le hacía abrir los ojos de nuevo. Había un hombre alto entre las sombras. Bajo la luz trémula de la vela vislumbraba la curva de los pómulos, la línea firme de la mandíbula, la nariz recta y los labios bien formados. Los cabellos negros, apartados de la cara y recogidos en una cola con un lazo, brillaban como el ónix bajo el resplandor de la luz parpadeante.

—Sakura... —suspiraba el hombre alargando una mano hacia ella—. Te he buscado por todas partes. ¡Dios mío, te he echado tanto de menos!

Sakura se lanzaba a sus brazos con los ojos llenos de lágrimas, que le resbalaban despacio por las mejillas.

—Sasuke... Te amo. Te amo tanto...

Sasuke le acariciaba la cara y la besaba como si no pudiera saciarse. Le ponía las manos en los senos y se los tocaba por encima del camisón frotándole el pezón con los dedos. Sakura lo besaba con pasión, aferrada a sus hombros, y le susurraba lo mucho que lo amaba. Cuando las manos masculinas se deslizaban por sus caderas, ella gemía, ansiosa por sentirlo en su interior.

Él llegaba a su parte más íntima, la acariciaba con destreza y Sakura exclamaba su nombre y le rogaba que la poseyera.

—Te necesito —decía en un susurro—. Te he echado tanto de menos...

El hombre la penetraba y ella gemía de placer ante esa sensación de unidad que había extrañado durante tanto tiempo.

—He venido para llevarte a casa —le decía él en voz baja y a ella el corazón le daba un vuelco de alegría.

Creía entonces oírle decir que la amaba, pero otro sonido se interpuso y las palabras se perdieron. El sonido se hizo más fuerte: era el llanto de un niño, y la mente de Sakura cambió de rumbo. A medida que el llanto del hijo aumentaba, la imagen del padre se desvaneció.

—No —suplicó, alargando una mano hacia él—. Por favor, no te vayas...

Pero aquel rostro atractivo se difuminó aún más y la figura alta retrocedió hacia la puerta. El llanto agudo del pequeño adquirió más fuerza, borrando los últimos restos del sueño. Sakura abrió los ojos. Al ver que estaba sola, se le encogió el corazón.

Sólo había sido un sueño, otro más de una serie de encuentros nocturnos que la dejaban ansiosa y necesitada, sumida en la desesperación, llena de un pesar insoportable. Tiritó de frío y, tras secarse las lágrimas de las mejillas, se levantó de la cama y fue a calmar a su hijo.

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Naruto Namikaze siguió al mayordomo por el vestíbulo, acompañado de su esposa, hacia el estudio del castillo de Running. Un Sasuke sonriente les hizo señas para que entraran.

—Me alegro de veros. —Se levantó, rodeó la mesa, se acercó a Temari y le dio un beso en la mejilla—. Parece que haya pasado una eternidad.

—Porque así ha sido —se burló ella, sonriendo—. Como sigues sin hacer caso de nuestras invitaciones para que nos visites, decidimos venir nosotros.

Sasuke les indicó con la mano un cómodo sofá de piel frente a la chimenea, y el blanco de la puntilla de su puño destacó sobre sus dedos morenos.

—Me alegra que lo hayáis hecho. Supongo que últimamente he estado algo recluido.

Naruto pensó que nunca se había quedado tan corto al afirmar algo. Desde la desaparición de Sakura, Sasuke apenas salía de casa, salvo para ir tras alguna pista vaga que pudiera conducirlo hasta su esposa. Aunque le entristecía pensarlo, Naruto creía que la joven no regresaría nunca, y ni siquiera los esfuerzos titánicos de su amigo por dar con ella iban a cambiar eso. Era como si hubiera desaparecido.

—Ya sé que tienes asuntos importantes que atender —comentó Temari con naturalidad mientras tomaba asiento—. Pero incluso un recluso tiene que salir a la luz de vez en cuando.

—Supongo que sí —estuvo Sasuke de acuerdo—. ¿Por qué no empiezo ahora mismo? Es la hora del almuerzo. Le pediré a la cocinera que nos prepare algo.

—Buena idea.

Naruto forzó una sonrisa mientras observaba cómo su amigo cruzaba la habitación hacia el tirador de la campanilla, pero vio con claridad la inquietud que todavía se reflejaba en su semblante. En los meses transcurridos, el marqués había empezado a temer que el tío de Sakura, recuperado ya por completo de su devaneo con la muerte, tuviera algo que ver con la desaparición. Con esa idea anduvo buscando en las clínicas y los hospitales de toda Inglaterra, de nuevo en vano.

En realidad, Naruto estaba convencido de que era la misma Sakura quien los esquivaba. Había abandonado el castillo de Running decidida a que no la encontraran y, como ocurría con la mayoría de las cosas que emprendía, lo había logrado.

Se preguntaba si ella tendría la más remota idea de cómo su desaparición había afectado a su amigo.

—Reeves, avísenos cuando la comida esté lista. —Sasuke se sentó enfrente de ellos—. ¿A qué debo hoy el honor de vuestra presencia?

—De hecho, venimos para acabar con tu aislamiento —contestó Naruto—. Estamos planeando un corto viaje a Londres. Esperábamos que tú y Nawaki nos acompañarais.

Aunque sus labios esbozaban una ligera sonrisa, Sasuke sacudió la cabeza de un lado a otro, como Naruto estaba seguro de que haría.

—Agradezco vuestra invitación, pero esta vez no podrá ser. Me encuentro muy ocupado ahora. Estoy trabajando con algunos arrendatarios, haciendo planes para el año que viene. No puedo irme.

«No puede irse», refunfuñó Naruto para sus adentros. Lo único que quería hacer era quedarse sentado en su maldito castillo y sufrir. Su amigo había descubierto demasiado tarde que amaba desesperadamente a su mujer. La había perdido por culpa de su condenado orgullo y su arrogancia, y el dolor de esa pérdida se lo estaba comiendo vivo.

—Ya sé que estás ocupado —dijo en voz alta—. Siempre lo has estado y siempre lo estarás. Pero ésa no es la única razón por la que no vienes y tú lo sabes. Lo cierto es que no quieres marcharte por Sakura. Te estás torturando por lo de tu esposa. Te sientes culpable de haberla alejado de ti. La amas y quieres que vuelva. Pues bien, no parece que eso vaya a pasar, amigo mío. Lo siento, pero ya va siendo hora de que te enfrentes a la realidad.

Sasuke se puso tenso, aunque no se lo rebatió, sino que se puso de pie y se acercó a la ventana.

—Cuando Sakura se fue, quería que siguieras con tu vida —prosiguió Naruto con un poco menos de brusquedad—. Y eso es lo que tienes que hacer, te guste o no.

Sasuke miraba por la ventana. Estaba más delgado que nunca, tenía los ojos apagados, sin ese brillo plateado que solía resplandecer en medio de la negrura. Desde allí, habló:

—Sé que tienes razón. Pero todavía no estoy preparado. Con el tiempo supongo que no tendré más remedio, pero por ahora... —Sacudió la cabeza—. No sé, Naruto. No puedo quitármela de la cabeza. Todos los días me preocupo por ella. Me pregunto si tendrá comida suficiente, si pasará frío, si podrá recurrir a alguien en caso de necesitar ayuda.

Dirigió la vista hacia ellos y había tal tristeza en sus ojos que Naruto sintió una fuerte opresión en el pecho.

—Sé que no va a volver —siguió diciendo Sasuke—. Me he resignado. Pero lo cierto es que la extraño más de lo que habría imaginado nunca. No estoy preparado para enfrentarme a la vida sin ella..., por lo menos en cierto tiempo.

Naruto no dijo nada. Cuando miró a Temari, la vio secándose con discreción una lágrima.

—¡Ojalá ella lo supiera! —intervino Temari en voz baja—. Te ama, Sasuke. No querría verte sufrir. Si hubiera algún modo de que supiera lo que te ha hecho...

—¿Lo que me ha hecho? —repitió Sasuke mirándola con dureza—. ¿Y lo que yo le he hecho a ella? Todo es culpa mía. Nada de esto habría pasado si no hubiese sido tan testarudo y tan imbécil.

Temari se levantó del sofá, se acercó a él y le puso una mano en el brazo.

—No seas tan duro contigo. Sakura también tiene parte de culpa. Tendría que haber acudido a ti. Tendría que haber hablado contigo, confiar en ti. Tú jamás le fallaste, Sasuke, ni una sola vez. Si hubiera acudido a ti, la habrías protegido.

—Sí —replicó Sasuke, que, por un momento, desvió la mirada—. La habría protegido, pero es que nunca he tratado de comprenderla. Ése fue el verdadero motivo de que se fuera.

Naruto se aclaró la garganta. Le dolía ver a su amigo así cada vez que se encontraban.

—¿Seguro que no cambiarás de parecer respecto a nuestro viaje? A los niños les encantaría que vinierais.

Sasuke sonrió con tristeza y negó con la cabeza.

—Quizá la próxima vez.

—Me gustaría poder decirte algo, poder hacer algo... —intentó animarlo Temari. Se puso de puntillas y lo besó en la mejilla.

—Venir a verme es más que suficiente. Gracias por ser mis amigos.

Naruto asintió sin decir nada. Tenía un nudo terrible en la garganta. En ese momento, apareció el mayordomo para anunciar que el almuerzo estaba listo.

—¿Vamos? —los invitó Sasuke con una sonrisa y señalando en dirección a la puerta.

Naruto pasó un brazo por la cintura de su esposa y la condujo hacia el comedor, pensando que tal vez fuera uno de los pocos hombres que sabía con exactitud cómo debía de sentirse su amigo. Al recordar los siniestros días de su propio pasado, se imaginaba cómo se le rompería el corazón si perdiera a Temari como Sasuke había perdido a Sakura.