25
Sakura no podría decir por qué programó su viaje de modo que acabara el 15 de marzo. Hacía un año exacto que había dejado el castillo de Running. Si se tenía en cuenta el motivo de su regreso, tal vez era adecuado que el día coincidiera.
Se cerró más la capa a su alrededor y se reclinó en el asiento del carruaje que había alquilado para el viaje. Matsuri Bosworth, la joven viuda que había empleado en Saint Ives para ayudarla a cuidar del bebé, estaba sentada frente a ella. Matsuri perdió a su marido y a su hijo por la difteria cuando el pequeño contaba sólo dos semanas. Tenía leche y amamantó a Sasu para que Sakura pudiera seguir trabajando. Era amiga de Sakura y la echaría de menos cuando ésta volviera a Cornwall.
—¿Estás segura de que su Excelencia querrá que me quede? —Matsuri había preguntado lo mismo por lo menos una docena de veces desde que emprendieron la marcha.
—Yo quiero que te quedes, Matsuri. Sasu te necesita. Al principio se sentirá asustado. Mientras tú estés con él, sabrá que no pasa nada malo.
—No me parece bien —murmuró Matsuri—. No me parece nada bien.
Sakura no contestó. No importaba que Matsuri lo aprobara o no. Tras meses de darle vueltas, de torturarse con razones para quedarse con el niño, había tomado la decisión que desde el principio supo que era la correcta. Sasuke Fugaku Uchiha era heredero del marqués de Litchfield. Se merecía sus derechos de nacimiento y, aunque eso terminara de partirle el corazón, ella se encargaría de que los tuviera.
Tomó aliento con dificultad. Se encontraba cansada debido a los largos días de viaje, pero el final del trayecto estaba cerca. Ansiaba llegar a su destino y cumplir la dolorosa tarea que se había impuesto.
Y no quería llegar nunca.
El carruaje traqueteaba por las carreteras enlodadas. En el año transcurrido desde que se marchara del castillo, Sakura había administrado bien su dinero, pues ganaba lo suficiente para vivir de un modo modesto y le quedaba aún una buena suma, suficiente para permitirse un vehículo y viajar con cierta comodidad. Pero eso no disminuía la agonía que viviría una vez llegara al castillo de Running.
Cruzaron el pueblo de Gorsham. Sakura se mantuvo oculta tras las cortinas, temerosa de que alguien la reconociera y la delatara a las autoridades. Seguro que la estarían buscando por la muerte de Dunstan. El pueblo estaba tranquilo, la llovizna mantenía a la mayoría de la gente en casa. Un gato callejero se encontraba sentado en el porche de una casa y el parpadeo de las velas era visible en las ventanas de la taberna Quill and Sword.
En unos cuantos minutos, el pueblo desapareció tras ellos y Sakura descorrió las cortinas lo suficiente para mirar al exterior con el corazón en un puño a medida que se acercaban al castillo. El coche dobló una curva, en el camino lleno de baches y de barro, y aceleró. A través de los árboles, vio las torres almenadas que se elevaban hacia el cielo gris y sintió un escalofrío de terror en el estómago.
El cochero condujo el vehículo por el camino de grava. La rueda pilló un bache, lo que la lanzó contra el asiento, pero el niño no se despertó. Las paredes de piedra gris se alzaban ante ella, altas e imponentes, más fatídicas de lo que las recordaba. Tomó fuerzas e hizo de tripas corazón para llevar a cabo el temido objetivo de su viaje.
En sus brazos, Sasu empezó a agitarse bajo la mantita de lana. Se movió un poco, bostezó y estiró el puñito en el aire como si tuviera algo que decir. Sakura le besó los cabellos negros y sedosos, le cantó en voz baja y el pequeño se calmó, cerró sus ojos negros de motitas plateadas y volvió a dormirse.
El coche se detuvo y el corazón de Sakura pareció detenerse con él. Durante doce meses terribles había anhelado subir esa escalinata y volver a casa. Ahora que estaba allí, temía cada uno de los segundos por llegar.
Un lacayo se acercó y abrió la puerta del carruaje. Sakura se acordó de que se llamaba Dickey. Se cubrió la cabeza con la capucha para protegerse de la llovizna que seguía cayendo y le dirigió una sonrisa vacilante mientras él la ayudaba a bajar. Él sirviente abrió unos ojos como platos cuando se dio cuenta de quién era y vio al bebé que llevaba en los brazos, corrió hacia la puerta y la golpeó con fuerza. Reeves abrió y le dejó entrar. La sorpresa de su rostro largo y majestuoso se convirtió en una sonrisa inusual y emocionada cuando vio a Sakura con el bebé.
—Si me lo permite, milady, estamos todos muy contentos de verla. Esperábamos que estuviera bien y a salvo, pero no había forma de saberlo con certeza.
Era lo más largo que Reeves le había dicho nunca y Sakura sintió una punzada en el corazón y unas lágrimas en los ojos, que suprimió de inmediato parpadeando.
—Gracias, Reeves. —El mayordomo le retiró la capa mojada, pero no se detuvo a colgarla.
—Avisaré a su Excelencia. Esta mañana no se sentía muy bien..., siendo el día que es. ¿Por qué no lo espera en el Gran Salón? Siempre le gustó a usted esa habitación.
—El Gran Salón... —Se sintió complacida de que el mayordomo se acordara—. Sí, me gustará mucho. Gracias, Reeves.
Mientras el mayordomo salía disparado, Sakura se dirigió a la sala más antigua del castillo. La inmensa chimenea estaba encendida y ella se puso delante para entrar en calor. Sentía un peso terrible en el pecho. El corazón le dolía de un modo insoportable.
Esa habitación le recordaba mucho a Sasuke. ¿Qué diría él cuando la viera? ¿Qué pensaría cuando conociera a su hijo? ¿Qué habría pasado ese año en que habían estado separados? Se preguntaba si todavía estarían casados y la idea le lanzó una punzada de dolor que la atravesó por completo.
Rogó a Dios que le diera fuerzas para hacer lo que tenía que hacer y levantó la mirada en el momento en que el marqués entraba en la sala. Se detuvo a unos pasos de ella, con la espalda muy recta, y a Sakura le pareció todavía más alto de lo que lo recordaba. Vio que estaba más delgado.
Quizá fuera ésa la razón.
Aparte de eso, su atractiva imagen era tan íntima, tan querida para ella que por un momento creyó que volvía a soñar. Al ver esos ojos negros y plateados, la mandíbula fuerte y los labios bellos y sensuales, anheló acercarse para tocarlo y descansar la cabeza en su hombro.
Pero sabía que no podía hacerlo.
Sasuke observó a la mujer que tenía delante y, por un momento, sus piernas se negaron a moverse. En los últimos meses se había resignado por fin a no volver a verla. Ahora estaba ahí, ante la chimenea, como si no se hubiera ido nunca, tan esbelta y encantadora como la recordaba. Sus cabellos parecían más rosáceos, sus ojos, de un tono verde más fuerte.
Dejó de mirarla a ella y su vista bajó al pequeño bulto que, envuelto en una manta, llevaba en los brazos. Al advertir que era un niño sintió una mezcla de confusión e incertidumbre.
—Me alegro de verte, Sakura...
Ella se humedeció los labios. Sasuke notó que estaba nerviosa y temblando de pies a cabeza. ¿Sería de Sakura el niño, o de otra persona? ¿Lo había abandonado por eso? ¿Habría pasado algo que él no sabía? ¿Era hijo suyo, o de otro hombre? Ese último pensamiento le provocó una gran amargura, que se obligó a sofocar.
—Debes de tener frío. Te traeré un poco de brandy —le ofreció.
—No... por favor. Estoy bien. —Levantó una mano, como para que no se moviera, y Sasuke se detuvo antes de llegar al aparador—. Perdona que no te avisara —se excusó con voz entrecortada—. Sé que no me esperabas. ¿Por qué ibas a hacerlo? Llevo fuera un año. No tenía intención de volver, pero...
Dejó la frase en el aire y bajó los ojos hacia el pequeño. A Sasuke se le hizo un nudo en el estómago.
—El niño... ¿es tuyo? —preguntó en voz baja, tratando de encontrar las palabras adecuadas. Tenía miedo de decir lo que no debía, tenía miedo de lo que Sakura pudiera decirle.
—Nuestro —contestó ella en voz baja, y una oleada de dolor obligó a Sasuke a cerrar los ojos—. Sasu es el motivo de mi vuelta.
—¿Sasu? —repitió mientras la cabeza le daba vueltas, y la palabra le salió tensa y forzada.
—Sasuke Fugaku Uchiha. Cuando me fui no sabía que estaba embarazada. Aunque supongo que no habría importado. Con la muerte de mi tío...
—Dunstan no murió —le interrumpió Sasuke, sacudiendo la cabeza y luchando por no perder el control—. Estás a salvo de las autoridades. Ya no te buscan. Por lo menos ahora.
Los hombros de Sakura se relajaron de alivio. Se la veía muy pálida, y muy desdichada. Se moría de ganas de acercarse a ella, de estrecharla entre sus brazos. Se obligó a permanecer donde estaba por miedo a que volviera a huir.
—Yo no lo envenené.
Sasuke tragó saliva, para mitigar la tensión, antes de decir:
—Ya lo sé. Todavía no se sabe quién fue, pero no te creo capaz de una cosa así.
Sakura lo observó un momento para decidir si debía creerle. Volvió a mirar al pequeño, que se despertó un momento. Sasuke vio que tenía los cabellos negros y los ojos oscuros de los Uchiha. Por un momento, la garganta le dolió tanto que le impidió hablar.
—Tenía que venir —afirmó Sakura, con los ojos llenos de lágrimas—. No podía mantenerlo alejado de ti. Lo intenté: Dios sabe que lo intenté. Pero Sasu se merece sus derechos de nacimiento y yo sabía que serías bueno con él, que lo amarías tanto como yo.
Había algo en las palabras, algo que faltaba. Sasuke hizo un esfuerzo y por fin le salió la voz:
—Es precioso, Sakura.
—Es un bebé muy bueno. Apenas llora de noche y tiene una risa muy dulce. Cuando me mira siempre pienso en ti y... —No terminó. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas—. ¿Quieres tenerlo en brazos?
A Sasuke le temblaban las manos. Con mucho cuidado, alargó los brazos y aceptó el bultito envuelto en una manta, que había vuelto a dormirse.
—Necesitará una nodriza —estaba diciendo Sakura—. He traído a una mujer del pueblo, la señora Bosworth. Ha estado con nosotros casi desde el principio. Está esperando fuera, en el coche. Te la mandaré cuando me vaya.
Ahí estaba, la verdad que no había dicho o que él se había negado a oír. Le escocían los ojos. No podía pretender abandonar a su hijo. Seguro que no la había escuchado bien.
—Le gusta sentir el sol en la cuna por la mañana —continuó Sakura tras secarse las lágrimas, y, temblándole la mano, se puso a envolver bien al pequeño con la manta—. Eso siempre le hace sonreír. A veces tiene cólico, pero la señora Bosworth sabe qué hacer. Te he escrito una lista con lo que necesitarás. Te la dejaré en la mesa.
Sasuke contempló la cara hermosa y llena de dolor de la mujer que amaba y pensó que el corazón se le hacía añicos dentro del pecho.
—No quiero imaginarme la clase de hombre que debes de pensar que soy.
—Pienso que eres el mejor de los hombres —se extrañó ella, mirándolo directamente a los ojos con el entrecejo algo fruncido—. No te habría traído a Sasu si pensara otra cosa.
—Pero crees que te dejaré renunciar a este niño, al que es evidente que adoras, y que te dejaré irte de esta casa sin tu hijo.
—No..., por favor. —Unas lágrimas enormes le resbalaron por las mejillas—. No hay nada en este mundo que desee menos que abandonarlo, pero también es hijo tuyo. Y te lo debo. Por todo lo que ha pasado, te debo tu hijo.
A Sasuke le dolía el pecho. No parecía poder inspirar aire suficiente.
—Te lo suplico, Sakura. Con cada palabra que dices me consumo en el infierno que yo mismo he creado.
Sakura no pareció oír sus palabras, porque preguntó:
—¿Todavía estamos...? ¿Es Sasu legítimo?
—No ha habido ninguna anulación —respondió él con un dolor terrible en la garganta—. No tengo otra esposa que tú.
Lo miró un momento más, como si quisiera memorizar sus rasgos. Después, desvió la mirada.
—Tengo que irme —dijo—. Tengo que marcharme.
Sasuke le obstruyó el paso, con el niño recostado con cuidado en su hombro.
—No puedes irte, Sakura. No te lo permitiré. —Algo le nubló la visión. El corazón parecía haberle dejado de funcionar mientras trataba de encontrar las palabras adecuadas—. El día del accidente todo salió mal. Vino la policía y, luego, lo del miedo de perder a Nawaki. Todo fue muy confuso, pero fue el día en que lo supe. Por primera vez lo supe. Te vi atendiendo a ese niño y supe sin lugar a dudas que te amaba. Vi lo mucho que te arriesgabas para salvarlo y en ese momento comprendí todo lo que eres, todo lo que has aprendido a ser, y te amé aún más. Me fui porque no sabía cómo decírtelo, cómo decirte que yo estaba equivocado. —Bajó la vista y vio que le temblaban las manos—. Casi me vuelvo loco sin ti, Sakura. Creías que no te necesitaba, pero te equivocabas. Te amo, Sakura, y no sabes cómo te necesito.
—Sasuke...
Sakura tenía los ojos muy abiertos y la cara bañada en lágrimas. Se acercó y él la atrajo hacia sí y los estrechó con fuerza a los dos, a ella y a su hijo, mientras combatía con las lágrimas que querían brotar de sus ojos.
—Te he echado de menos cada día, cada hora —susurró Sasuke con los labios junto a los cabellos de su mujer—. Te amo, Sakura. Te amo más que a mi vida y no quiero que te vayas.
Ella se echó a llorar con unos sollozos desgarradores que se le clavaron en el corazón y amenazaron con desmoronarlo por completo. Le acarició los cabellos y le susurró una y otra vez lo mucho que la amaba. Durante un buen rato permanecieron así: dos personas que habían sufrido demasiado y durante demasiado tiempo, abrazadas al hermoso bebé que las unía de nuevo.
—No dejaré que vuelvas a irte —prometió Sasuke.
—No quiero irme —dijo Sakura en un susurro—. Nunca quise. Te amo, Sasuke. Te amo mucho. —Acarició la mejilla de su marido y lo miró con una sonrisa triste y tierna—. Aquí es donde siempre me despierto. Noche tras noche, soñaba que me decías esas palabras y después me despertaba y veía que sólo había sido una ilusión.
Él bajó la cabeza y la besó con mucha dulzura.
—Te prometo que soy muy real. A partir de ahora, me aseguraré de que todos tus sueños se hagan realidad. —Recorrió la cara de Sakura con los ojos, absorto en sus rasgos elegantes, en la curva de sus labios carnosos—. En cuanto estés dispuesta, cariño, te enseñaré lo real que soy.
Sakura se sonrojó un poco, pero justo en ese momento el bebé se movió y se despertó, lo que interrumpió el momento sensual. Sakura se separó un poco para aceptar al pequeño y Sasuke se lo entregó.
—¿Estás seguro? —le preguntó, con sólo una chispa de duda—. Si no decías en serio esas palabras, ésta es la última oportunidad que vas a tener para librarte de mí.
—Entonces, supongo que estaremos juntos para siempre —afirmó Sasuke, y de repente sintió que el corazón le brincaba dentro del pecho.
Sakura esbozó la sonrisa más linda que él le había visto y eso le hizo pensar que ninguno de los recuerdos que tenía de ella le hacía justicia. Y nada ni nadie volvería a interponerse entre los dos.
Sasuke sabía que tendrían problemas. Cuando la policía descubriera que Sakura residía otra vez en el castillo, iría a hacerle preguntas sobre su inoportuna partida. El intento de asesinato de Dunstan no estaba aclarado y, aunque no había habido más tentativas, el caso seguía abierto y Sakura continuaba siendo sospechosa.
Pero nada de eso importaba. Ya no. Sakura estaba en casa y a salvo, y él se aseguraría de que siguiera así. Se juró protegerla, costara lo que costara.
No quería volver a perderla.
La tormenta se intensificó. El brillo de los relámpagos rasgó el paisaje y los truenos sacudieron las ventanas de las altas paredes de piedra del castillo. Un fortísimo viento de marzo sacudía las ramas de los árboles.
En el salón de los aposentos del marqués, con un vestido de seda verde, Sakura estaba sentada frente a Sasuke ante una mesita redonda y cubierta con una tela de lino blanco. Llevaba los cabellos sueltos, como le había pedido su marido, y sorbía las últimas gotas de una copa de vino, que temblaba ligeramente en su mano.
Todavía no había visto a Nawaki, pues el chico estaba visitando a los hijos de los Namikaze en Carlyle Hall, el bebé llevaba horas acostado y la cena íntima compartida con Sasuke había terminado ya. Mientras degustaban una elegante comida consistente en perdiz asada y pescadilla con salsa cremosa que la cocinera había preparado en honor de la vuelta de Sakura, ella le relató a su marido el año que había pasado en Saint Ives y él le contó los meses de su búsqueda infructuosa.
Aunque Sasuke le restó importancia a su dolor personal, los extremos a los que había llegado para encontrarla hacían patente la intensidad de su sufrimiento. Sakura lloró al pensar que le había causado tanta angustia. Ni por un momento se le hubiera ocurrido que le importara tanto a él como para sufrir de ese modo.
A medida que avanzaba la cena, los temas fueron cambiando y pasaron a hablar de su tío y del crimen que se había cometido. Sasuke le explicó que era muy probable que las autoridades volvieran a hacerle preguntas, pero le prometió que, pasara lo que pasara, la mantendría a salvo. Esta vez Sakura le creyó.
Hablaron de la tía Hana, que había proporcionado la única nota de felicidad que Sasuke conoció durante el terrible año de su separación.
—Mi tía está casada felizmente con Kakashi Hatake y vive en la casa de Kakashi en Londres. Creo que ella comprendió mejor que nadie por qué tenías que irte, pero jamás perdió la esperanza de que regresaras.
—He hecho daño a tanta gente... —lamentó Sakura, a la vez que se secaba una lágrima con la punta del dedo—. No era mi intención, Sasuke. Creí que marcharme era lo mejor para todos.
—Todas esas penas pertenecen al pasado. —Sasuke le tomó una mano y se la llevó a los labios—. Tenemos dos niños maravillosos y un futuro halagüeño ante nosotros. Eso es lo único que importa.
Sakura le sonrió entre lágrimas. Sasuke tenía razón. El presente era lo único que importaba, y un futuro que empezaría esa noche, esperaba ella fervientemente, en la inmensa cama de su marido.
La servilleta de lino blanco parecía inmaculada en la mano morena de Sasuke cuando la dejó en la mesa junto a su plato para situarse detrás de la silla de Sakura y ayudarla a levantarse.
—Supongo que estarás cansada —dijo, pero sus ojos decían otra cosa, como a lo largo de toda la cena..., o por lo menos eso creía Sakura.
Sasuke iba vestido de un modo impecable, con una levita de terciopelo negro, ribeteada de plata, y chaleco y pantalones a juego. Unos filetes plateados remataban la puntilla del puño, que le caía sobre el dorso de la mano.
—Quizá debería estar cansada después de un día tan ajetreado, pero en realidad no lo estoy en absoluto.
Algo cambió en la expresión de su marido, que tensó los rasgos bien trazados y las formas bien delineadas de su rostro.
—Soy consciente de que han pasado muchas cosas en el año que hemos estado separados. Has dado a luz un hijo. Sé poco de ese tipo de cosas, pero...
—¿Me deseas, Sasuke?
Sus miradas se encontraron y Sakura le escrutó el rostro para averiguar la verdad. Quizás estaba equivocada. Después de ser madre, su cuerpo habría cambiado. Tal vez él no sentía ya lo mismo por ella.
Un relámpago brilló en el exterior y realzó la curva sutil que formaban los labios de su marido.
—¿Que si te deseo? Te he deseado desde que te fuiste del castillo. Hoy ha sido el día más feliz de mi vida y también un verdadero infierno. Desde el instante en que cruzaste esa puerta he deseado besarte hasta perder el sentido. Me muero de ganas de arrancarte la ropa, tumbarte en el suelo y hacerte el amor de un modo salvaje, insaciable. Deseo tanto estar dentro de ti que hasta me duele el cuerpo.
A Sakura se le contrajo el estómago debido a las sensaciones cálidas que la invadían. Alargó una mano temblorosa y la puso sobre la mejilla de su marido.
—¿Me das un beso, Sasuke?
Los ojos de su marido, negros como la noche, parecieron arder con una luz plateada. Le inclinó la cabeza hacia atrás con los dedos y la delicada puntilla del puño le rozó con suavidad la mejilla. Fue un contacto ligero con los labios, de lo más inocente, pero, en cuanto la boca de Sasuke tocó la de Sakura, el deseo se encendió en ambos como un relámpago y estuvieron perdidos. Sasuke le besó el mentón, los ojos, la nariz y se apoderó por fin de los labios con un beso apasionado, devorador, que hizo que Sakura se aferrara a sus hombros mientras él descendía por el cuello para darle besos cálidos y húmedos en la piel desnuda del escote.
La necesidad se adueñó de ella. Sakura quería tocarlo y abrazarlo y verlo desnudo como tantas veces en sus sueños. Sus manos temblorosas se deslizaron por debajo de la levita de terciopelo negro y se la quitaron de los hombros, le desabrocharon los botones plateados del chaleco y lo ayudaron a librarse también de él. Sakura retiró el cuello blanco y se estremeció ante la extensión de los fuertes músculos bajo la camisa.
Durante todo ese tiempo Sasuke estuvo besándola profundamente, con pasión, casi con fiereza, mientras se peleaba con los botones de la parte posterior del vestido. Con una maldición apagada, rompió los dos últimos al resistirse. Le bajó el vestido y la camisa por los hombros y dejó los pechos al descubierto; entonces, hizo una pausa y levantó la cabeza para contemplarla. Sus ojos brillaron bajo la luz de la luna que se filtraba por las ventanas.
Sakura contuvo la respiración.
—Eres más hermosa aún de lo que recordaba —dijo por fin Sasuke en voz baja, de un modo reverencial, y le acarició con suavidad un seno.
Sakura gimió cuando la cabeza morena se inclinó para lamer repetidamente primero un pecho, y después el otro. Con el calor bulliéndole por todo el cuerpo, se arqueaba, echando la cabeza hacia atrás cuando él se los metía enteros en la boca. De su garganta salieron unos tenues jadeos y sus dedos se cerraron en la pechera de la blanca camisa de manga larga. Sasuke le succionó el pezón y fue como si una llama de fuego descendiera por el cuerpo hasta la parte más íntima.
—Sasuke. Por Dios...
Él volvió a besarla en la boca y ella entremetió los dedos en los cabellos de su marido y soltó la cinta que se los recogía en la nuca.
Sasuke le desabrochó el miriñaque, hizo bajar el vestido y la camisa por las caderas hasta los pies, se agachó con habilidad para quitarle los zapatos y la cargó en brazos. Sakura recostó la cabeza en su hombro mientras cruzaban la puerta del salón que conducía al enorme dormitorio.
Con sólo las ligas de raso rosa y las medias de seda blanca, se encontró en el borde de la cama con las piernas algo separadas y Sasuke arrodillado entre ellas.
—Ábrete para mí, Sakura —le ordenó en voz baja al alcanzar la parte más íntima y empezar a acariciarla—. Déjame amarte como lo he imaginado miles de veces desde que te fuiste.
—Sasuke..., por favor..., no pensarás...
Soltó un gritó ahogado cuando él le hizo recostarse en la cama y se subió sus piernas, con medias incluidas, sobre los hombros. Al sentir el contacto de la boca y la lengua de Sasuke en sus zonas más sensibles, un calor y unas sensaciones irresistibles la hicieron estremecerse. Agarró con los puños cerrados los cabellos de su amado y gritó su nombre, se arqueó cuanto pudo, a punto de perder el control, pero él no le dio tregua. Con un cuidado experto, la llevó al clímax e hizo que exclamara con fuerza su nombre.
La silenció con un beso devastador, se situó sobre ella y la penetró profundamente. La llenó por completo, y la sensación fuerte y agradable de unidad fue tan intensa, tan increíble, que Sakura notó que los ojos se le llenaban de lágrimas. Afuera y otra vez adentro, con embates enérgicos que llegaban a lo más profundo de su ser y le lanzaban unas cálidas oleadas de placer que se propagaban multiplicándose. Sakura se mordió el labio inferior y se aferró al cuello de Sasuke, acercándose cada vez más a un nuevo clímax.
¡Había echado tanto de menos a Sasuke, lo había amado durante tanto tiempo y se había sentido tan sola!
El éxtasis la envolvió como una tormenta de verano, empapándola con una dulce lluvia plateada. Hundió los dedos en los músculos que recorrían los hombros de Sasuke mientras él llegaba a su vez al éxtasis con el cuerpo rígido, tensado hacia delante, para relajarse después apoyando la frente en la suya.
Sintió la sonrisa de Sasuke como un rayo tenue de sol.
—Te amo, Sakura. No vuelvas a dejarme.
—No, mi amor —contestó sacudiendo despacio la cabeza—. Te lo prometo.
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El conde de Dunstan estaba sentado en el salón posterior de Dunstan Manor leyendo un artículo del London Chronicle. Era tan corto que casi lo pasó por alto, y en él se mencionaba el regreso de la esposa de cierto lord, que había estado fuera casi un año. Una larga estancia «en el Continente», según el marqués de Litchfield, era lo único que había mantenido alejada a su esposa. No tenía nada que ver en absoluto con el hecho de que se hubiera marchado al sospecharse que pudiera ser culpable del intento de asesinato de su tío.
Sandayū apretó la mandíbula. La cólera le sacudía el cuerpo a ramalazos. ¿Que pudiera ser culpable? ¡Por supuesto que lo era! Esa chica no podía ni verlo. Había descubierto los planes que él tenía para acabar con ese marido suyo tan protector y quería asegurarse de que fracasaran.
Sandayū se mofó de sí mismo. Bueno, la chavala no había conseguido matarlo, pero sí arruinarle la vida. Gracias a la rebeldía y la astucia de Sakura vivía él ahora en la casi soledad de su propiedad medio derruida de Bedfordshire. Sus planes para emprender una brillante carrera política se habían ido al garete, y el de casar a su hija con un hombre poderoso se había desintegrado incluso antes de haber tenido tiempo de madurar.
Estrujó el periódico y lo lanzó al fuego.
—¡Maldita sea! ¡Ojalá se pudra en el infierno! —exclamó en voz alta.
Se puso de pie, salió de la habitación y recorrió el vestíbulo sintiendo el frío de aquella casa vieja y sombría en cuanto se alejó de la chimenea. Con lo caro que era el carbón, no podían permitirse caldear todo el edificio y, aunque lo intentaran, la casa estaba en tan mal estado que el calor se escaparía por las grietas de las paredes.
—¡Ludlow! ¿Dónde estás, Ludlow?
El mayordomo apareció enseguida, con mitones y envuelto en una manta sobre la librea y los pantalones.
—¿Sí, milord? —Tenía la punta de la nariz roja y un ligero escalofrío recorrió su cuerpo huesudo.
—¿Dónde está mi hija? No la he visto en toda la mañana.
—Creo que sigue en la cama, milord. ¿Quiere que le pida que baje?
—Hágalo de inmediato —soltó Sandayū, irritado—. Y dígale que no me haga esperar.
Era una chica inútil, como todas, que gemía y se quejaba sin cesar desde que se habían ido de Milford Park. Le causaba casi tanto pesar como Sakura. Si no se enmendaba pronto, la casaría sólo para quitársela de encima. Tal vez no pudiera atrapar a ningún aristócrata joven y poderoso, como había planeado en su día, pero a su modo Ajisai era un bocado bastante apetitoso. Seguro que podría cambiarla por una buena cantidad de monedas a algún viejo verde rico que se muriera por estar entre las piernas de una chica joven.
La causa de su irritación bajó las escaleras ataviada con una bata rosa que parecía más espantosa aún en contraste con el rojo de los cabellos sueltos.
—Empiezas a parecer una abandonada —le recriminó Sandayū—. ¿Por qué estás todavía en la cama?
—Hace demasiado frío para levantarse. Esta casa tiene tantas corrientes de aire como una mazmorra. Sólo entro en calor cuando estoy dentro de la cama.
—Si tanto te gusta estar en la cama, quizá debería buscarte un marido. Estoy seguro de que lord Shimura te haría entrar en calor bajo las sábanas.
—¿Lord Shimura? —Ajisai palideció, lo que le ocultó algunas pecas—. Lord Shimura es un viejo chocho. No pensarás en serio casarme con un hombre como él, ¿no?
—Haré lo que tenga que hacer, hija. Será mejor que no lo olvides. Mientras tanto, quería decirte que voy a estar fuera un par de días.
—¿Te vas? ¿Adónde?
—Eso no es asunto tuyo. Baste decir que voy a buscar un poco de justicia. —Se giró y llamó al mayordomo, que le servía también de ayuda de cámara—. ¡Ludlow! Prepáreme la maleta. Necesitaré ropa para una semana por lo menos.
—Sí, milord.
El escuálido hombre desapareció de inmediato.
—En cuanto a ti, Ajisai, te sugiero que encuentres mejor forma de entrar en calor que quedarte en la cama quejándote. Si no, te advierto que lord Shimura será el mejor de los pretendientes que te encontraré para casarte.
Dicho eso, se marchó a grandes pasos y dejó a la muchacha mirándolo pálida y temblorosa.
«Perfecto», pensó Sandayū. Por lo menos, una de las dos mujeres a su cargo sabía cuál era su lugar.
La otra estaba a punto de averiguar lo que les sucedía a quienes se oponían a él.
