26

¡Sakura estaba por fin en casa! Todos sus sueños sobre Sasuke se habían hecho realidad corregidos y aumentados. La amaba, la necesitaba y aceptaba cómo era. Por fin había encontrado un verdadero refugio y se sentía tan bien, tanto, que resultaba increíble.

Estaba de pie junto a él en los aposentos del marqués, donde ahora dormía todas las noches.

—Quiero que te traslades aquí —le dijo la noche de su regreso—. Puedes conservar la habitación contigua para ti, pero por la noche quiero que duermas aquí. —La miró con un poco de incertidumbre—. ¿Te importaría mucho?

—Nada me gustaría más —contestó ella sonriendo y con el corazón rebosante de felicidad.

Recordó esas palabras al verle sonreír en ese momento. Seguía siendo el hombre más guapo que conocía. Sentía la embarazosa necesidad de pasarle los brazos alrededor del cuello y acercar los labios a los suyos, tan sensuales. Aunque habían hecho el amor hacía sólo unas horas, cuando lo miraba veía en sus ojos esa luz ardiente. Sasuke le sujetó suavemente la cara con las manos y agachó la cabeza para besarla, pero los gritos de un niño que subía corriendo las escaleras hicieron que ambos se separaran con aire de culpabilidad y se volvieran hacia la puerta.

Era el día en que Nawaki tenía que regresar de su visita a Carlyle Hall, donde había permanecido para darles la oportunidad de estar solos un tiempo después de una separación tan larga.

—¡Papá! ¡Papá!

Al oír aquella denominación, Sakura miró a Nawaki asombrada y un ligero tono rosado coloreó las mejillas de su marido.

—Se ha iniciado el proceso para la adopción legal del niño —le explicó él con cierta brusquedad—. En unas semanas será Nawaki Bartholomew Uchiha. Dada la situación, parecía adecuado que se dirigiera a mí como su padre.

—Por supuesto.

Sakura contuvo una sonrisa y sintió un amor enorme por él. Por primera vez se le ocurrió que tal vez se había equivocado al marcharse. Si había un hombre a quien poder confiarle su vida, su corazón, era el hombre con el que estaba casada.

Nawaki entró corriendo y se detuvo en seco delante de ellos, de modo que la alfombra oriental se arrugó y casi le hizo caerse.

—¡Es verdad! ¡Dios mío, Sakura, por fin has «volvido»!

Sus grandes ojos grises estaban llenos de lágrimas y ni Sasuke ni Sakura se molestaron en corregir el error gramatical que había cometido a causa de su entusiasmo al verla. Sakura se arrodilló con los brazos abiertos y el pequeño se arrojó en ellos. Lo estrechó con fuerza y tragó saliva con dificultad.

—Te he echado de menos, Nawaki. Te he echado muchísimo de menos.

—Yo también..., milady. —Se abrazó al cuello, con la cabecita apoyada en su hombro—. Todos te echamos de menos, sobre todo papá.

Sakura le acarició los cabellos castaños y brillantes, lo estrechó de nuevo y después lo separó un poco para mirarlo.

—A partir de ahora, si te parece bien, me gustaría mucho que me llamaras mamá.

Nawaki levantó los ojos hacia ella y esbozó una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Vas a ser mi madre?

—Si tú quieres, sí.

—Oh, sí. Ya lo creo. Ahora tendré una mamá y un papá, como todo el mundo.

—Sí, Nawaki —asintió Sakura, mientras le alisaba las solapas de la chaqueta ribeteada de terciopelo sólo para tener una razón para tocarlo—. Y tienes un hermanito. Se llama Sasu. ¿Te gustaría verlo?

La contempló asombrado.

—¿Tengo un hermano?

—Sí.

—Entonces, me gustaría mucho verlo —dijo con gran corrección.

Sakura miró a Sasuke y ambos sonrieron. Luego, tuvo que parpadear para asegurarse de que no estaba soñando de nuevo.

Ese mismo día, regresó por primera vez a su cabaña junto al río, sorprendida al descubrir que estaba a punto y esperándola. Durante las semanas posteriores a su marcha del castillo, Sasuke la restauró y devolvió allí los objetos de laboratorio que permanecían escondidos en el establo.

Ahora que estaba de nuevo en casa, con los niños a tener en cuenta, no pensaba dedicarse tanto a su trabajo, pero estaba ahí para cuando le quedara tiempo, desafiándola, haciendo que su vida fuera completa.

Sonreía para sí al dirigirse a la cabaña. Era el primer día cálido de primavera y brillaba el sol, pero la chimenea estaba encendida entre las cuatro gruesas paredes de piedra, para disipar el frío, y el humo se elevaba hacia el cielo. Sasuke había vuelto a llevar las obras médicas de su biblioteca al alegre saloncito y había añadido diez veces más. Parecía haber estado recorriendo el país a la caza de libros de referencia, que descansaban apilados por todo el suelo.

Se rió burlonamente al pensar en ello: su marido fomentaba ahora sus intereses excéntricos y antes prohibidos. Tarareando, se dispuso a ordenar la habitación y empezó por regar las macetas de hierbas, colocadas en hileras sobre estrechas maderas junto a la ventana soleada. Apenas oyó el ligero ruido del hierro cuando se levantó el pasador de la puerta. Segura de que sería su marido, sonrió y se volvió, pero el hombre que acababa de entrar en la casa no era Sasuke.

Era Sandayū Asama. Un escalofrío le recorrió la espalda.

—Tío Sandayū. —Fue casi incapaz de pronunciar esas dos palabras—. Me sorprende verte aquí.

—No sé por qué —replicó su tío casi sin mover los labios—. En los años que pasaste a mi cuidado debiste aprender que creo en el castigo. Si mal no recuerdo, recibiste una paliza o dos antes de entender que no podías oponerte a mí sin recibir un castigo a cambio.

Sakura se puso tensa. ¿Cómo iba a olvidar el trato duro que su tío le dispensaba? Los primeros años parecían nimios en comparación con el sufrimiento que tuvo que soportar en Saint Bart.

—¿Cómo supiste que estaba aquí?

Su tío se adentró más en la habitación, tras haber cerrado la puerta, con cuidado de que su inmaculada levita color verde botella no entrara en contacto con el montón de cubiletes y frasquitos de las mesas. De modo instintivo comprobó si llevaba la peluca plateada en su sitio, lo que, por supuesto, así era.

—Encontrarte no me resultó demasiado difícil. Llevo unos días vigilando el castillo. En el transcurso de mi vigilancia, encontré por casualidad la cabaña. Era evidente que este refugio de hierbas y pociones sólo podía pertenecerte a ti, así que he esperado a que vinieras. Sabía que no tendría que esperar mucho.

Sakura se humedeció los labios, más nerviosa a cada segundo que pasaba.

—¿Por qué has venido? ¿Qué quieres?

—¿Qué quiero? Seguro que te lo imaginas. —Arqueó una ceja con esa sonrisa fría y despiadada que la perseguía por las noches en Saint Bart—. Quiero que pagues por destruir mi mundo. —Avanzó hacia ella, con la nariz arrugada en un gesto de disgusto debido a los olores inusuales de la cabaña—. Me quitaste el sustento, Sakura —prosiguió—. Ordenaste que me echaran de Milford Park. Destruiste mi reputación ante mis pares, sin mencionar el hecho de que intentaste matarme, un esfuerzo que no pude evitar admirar. Pero tu intento falló de forma lamentable. Te aseguro que con el mío no pasará lo mismo.

El miedo se apoderó de Sakura. Sandayū Asama había ido en busca de venganza y era evidente que quería matarla. Su mirada se desvió frenética hacia la puerta, pero Dunstan obstruía con firmeza su posibilidad de escapar.

—Yo no traté de matarte —aseguró con la espalda tensa—. Deseé hacerlo, varias veces, pero no fui yo quien lo intentó. De ser así, no habría fallado.

—Siempre fuiste arrogante —soltó Sandayū, con un músculo palpitándole en las mejillas—. Casi te creo. Casi. Pero que me digas la verdad no cambia las cosas. Has arruinado mi vida y has destruido mis planes para el futuro. Quiero que pagues por ello.

Sakura no esperó más; corrió hacia la puerta echándose primero a la derecha del corpulento cuerpo de su tío, luego a la izquierda, en un esfuerzo inútil por rodearlo.

—¡Oh, no, ni hablar!

Era más rápido y más fuerte de lo que parecía y la agarró con brutalidad y la lanzó en la dirección opuesta, lejos de la puerta.

—¡Auxilio! ¡Que alguien me ayude!

Pero nadie podía oírla al otro lado de las gruesas paredes de piedra y lo único que consiguió fue ganarse un bofetón violento en la mejilla, que la sacudió con tal fuerza que le entrechocaron los dientes.

—Basta de gritar, ¿me oyes? No te servirá de nada y ambos lo sabemos.

Era cierto, y eso hizo que el corazón de Sakura latiera todavía más deprisa. Forcejeó para intentar librarse de su tío, le propinó una tremenda patada en la espinilla y salió disparada de nuevo hacia la puerta, pero su falda no sólo amortiguó el efecto del puntapié, sino que también le dificultó la huida. Dunstan la atrapó al instante. Le dio la vuelta, echó la mano hacia atrás y le arreó un puñetazo en la mandíbula. Sakura se desplomó como un monigote. Lo último que percibió fue el dolor que le atravesó la cabeza y las carcajadas de su tío.

Después, sólo hubo oscuridad.

.

.

.

.

Sasuke espoleó a su caballo negro para volver a medio galope a casa desde los campos. Todavía era pronto, pero se sentía inquieto. Estaba decidido a dejar sola a Sakura ese día, a permitirle trabajar en paz en la cabaña; pero el sol brillaba demasiado y el cielo tenía un azul demasiado intenso, así que, tras echarla tanto tiempo de menos, necesitaba sentir la calidez de su sonrisa, oír el sonido tranquilizador de su risa.

En lo alto de la colina cambió de rumbo y dirigió el caballo hacia la cabaña de Sakura. Fue entonces cuando vio el humo. Procedía de esa dirección y no era sólo la columna que se elevaba de la chimenea.

El corazón le latió con fuerza contra el pecho. Se inclinó sobre el cuello de Blade y le hizo galopar. Cuando llegó a los pies de la colina vio las primeras llamas que devoraban los aleros del tejado y a la yegua de Sakura tirando frenética de la cuerda que la sujetaba al cobertizo junto a la casa.

Hizo correr al caballo a toda velocidad.

El animal recorrió el terreno, cruzó el río al galope y relinchó con furia cuando Sasuke tiró de las riendas para que frenara en seco frente a la cabaña. Había desmontado y corría hacia el edificio antes de que el caballo se hubiera detenido. Golpeó la puerta de roble y se precipitó al interior, pero una pared de llamas le impidió pasar.

—¡Sakura! ¡Sakura, por el amor de Dios!, ¿estás ahí? —Repasó con los ojos la penumbra llena de humo; la cabaña ardía de tal manera que apenas se veía nada—. ¡Sakura! ¡Sakura!

Recorrió las paredes tropezando con los montones de libros, tirando cubiletes y frascos. Los cristales se hacían añicos sobre las mesas y se le clavaban en las manos.

—Sakura, soy Sasuke. ¡Contesta, por Dios!

Se oyó un gemido apagado en un rincón lleno de humo. Con los ojos escocidos, tosiendo y esforzándose por respirar, Sasuke se tambaleó en esa dirección. Un resistente trozo de lana marrón destacaba en medio de los restos del suelo, de las macetas boca abajo y los cristales rotos, de las páginas de libros arrancadas y esparcidas para avivar las llamas.

Sasuke luchó contra el terror que le oprimía el pecho, se arrodilló junto al cuerpo de su mujer, vio que respiraba y observó que tenía las manos atadas y que estaba amordazada. Soltó un taco terrible, la levantó en brazos y se dirigió a la puerta.

—Tranquila, cariño. Todo estará bien en cuanto te saque de aquí.

Sakura gimió como respuesta y su marido la sujetó con más fuerza contra su pecho. Se tambaleó por la habitación, atravesó las llamas que obstruían la puerta y salió al aire libre. No se detuvo hasta llegar a la seguridad de los árboles, donde depositó a Sakura con cuidado en el suelo y le quitó la mordaza de la boca. Se sacó la navaja de la bota, cortó la cuerda de las muñecas y comprobó que no sangrara ni tuviera huesos rotos.

Sakura abrió los ojos e inspiró con dificultad. Intentó hablar, pero el humo le había enronquecido la voz y sólo se oyó un gruñido indescifrable.

—No hables. Enseguida vuelvo. Tengo que llegar a tu caballo antes de que el fuego lo alcance.

La dejó un momento, soltó a la yegua que Sakura había estado montando y volvió junto a su esposa, que procuraba enderezarse apoyada en el tronco de un árbol.

—Tranquila —dijo, hincando una rodilla en el suelo junto a ella.

—Dun... stan —La voz le salía rota—. Quiso... matarme. Ten... cuidado, Sasuke. Todavía puede estar... aquí.

La advertencia llegaba tarde. Se oyó amartillar una pistola.

—¿Por qué se presenta siempre dónde no le llaman? —preguntó Dunstan.

Sasuke apretó las mandíbulas, furioso. Quería darle un puñetazo a ese cabrón en la cara, pero si lo intentaba estaría muerto antes de haber dado dos pasos.

—Yo podría decir lo mismo de usted —replicó.

—En este caso su oportunidad es de lo más desafortunada. Mire, aunque tenía muchas ganas de verle muerto, era sólo por cuestión de negocios. Con Sakura se trata de obtener una satisfacción personal. Pero, cuando ella ya no estuviera, yo no ganaba nada matándole a usted. Ahora no me deja otra opción. —Echó un vistazo a la cabaña y vio que las llamas empezaban a elevarse al cielo. Pronto alguien las vería y se daría la alarma—. No tengo mucho tiempo si quiero deshacerme de sus cadáveres. Me gustaría poder decir que lo siento, pero...

Levantó la pistola y apuntó con ella al corazón de Sasuke. Apretó el dedo en el gatillo y Sakura gritó a la vez que Sasuke se abalanzaba sobre él, aunque no había ninguna posibilidad de que la bala no le acertara. El sonido del disparo retumbó en los oídos de Sasuke en el preciso instante en que golpeaba el tórax de Dunstan y ambos caían al suelo. Esperaba sentir la agonía virulenta que indicaría una herida mortal, pero no notó nada, y el cuerpo de Dunstan yacía bajo él, rígido e inmóvil.

Se puso de pie y vio los ojos abiertos y sin vida del conde y después a la chica, que seguía apuntando con la pistola humeante a la espalda de su padre.

—Era malvado —dijo Ajisai en un susurro—. Mató a mi madre. Encontré en uno de sus viejos baúles una carta que ella escribió. Sabía que quería matarla. Sólo se casó con ella por su dinero. Cuando se acabó, se cansó de ella. Dijo que le daba demasiados problemas. No quería a nadie, sólo se quería a sí mismo. Ahora está muerto.

Sasuke se acercó a ella despacio y le quitó el arma de las manos temblorosas.

—No pasa nada, Ajisai. Me has salvado la vida. Y la de Sakura. Nadie te culpará por eso.

—Supuse que vendría aquí. Yo debía haber venido antes, pero tuve miedo. —Miró a Sakura, que tenía la cara palidísima en las zonas que no estaban cubiertas de hollín—. Yo lo envenené. Sabía que te culparían a ti. Siempre has sido buena conmigo, pero te envidiaba tanto... Lo siento, Sakura. Siento todo lo que ha pasado.

Sakura se levantó y se acercó algo titubeante a Ajisai, con los ojos llenos de lágrimas. Abrazó a su prima y ésta se puso a llorar en su hombro.

—Tranquila, Ajisai. Se acabó. Se acabó para todos.

Un grupo de sirvientes apareció entonces en la colina equipado con cubos y azadas. Reeves estaba entre ellos. Mientras se ponían manos a la obra, formando una cadena para pasarse los cubos de agua y lanzarlos a las llamas, el mayordomo se separó de los demás y corrió hacia ellos.

—¿Se encuentran bien, milord? —Su mirada inquieta pasó de sus rostros sucios y cubiertos de hollín al cadáver que yacía en el suelo.

—Estamos bien. Acompañe a lady Ajisai a la casa y asegúrese de que esté cómoda. Pídale a Kiba que traiga un carro y se encargue del cadáver.

Reeves le lanzó una mirada inquisitiva, pero se limitó a asentir con la cabeza.

—Como usted mande, milord.

Se quitó la librea y cubrió con ella el cuerpo inmóvil de Dunstan. Después, se llevó a Ajisai, que estaba muy pálida.

Sasuke se acercó a Sakura y la estrechó entre sus brazos. Sin soltarla, le pasó un dedo por la mejilla sucia.

—¿Te encuentras bien?

—Sí, gracias a ti —respondió ella, recostada en su cuerpo.

—Y a Ajisai.

—Sí. —Dirigió los ojos al cuerpo de su tío y se dio la vuelta—. No puedo creer que todo haya terminado por fin.

—Ha terminado para Dunstan. Para todos nosotros acaba de empezar.

Sakura le sonrió con el rostro iluminado por un amor tan intenso como el que él sentía por ella. La besó en los labios, amándola más que nunca y jurándose en silencio que cumpliría la promesa que le había hecho. En el futuro, se aseguraría de que todos sus sueños se hicieran realidad.

—Te amo, Sakura —y era más cierto de lo que ella podría llegar a imaginarse nunca.

Antes, Sasuke no creía en el amor; ahora, la idea le parecía tan adecuada, tan real, que esas tres palabras le salieron con una facilidad asombrosa.

Contempló a la mujer que tenía en los brazos, se sintió más vivo que nunca, supo que no había otro hombre en el mundo más afortunado que él y sonrió.

FIN.