El chico parecía ser el blanco perfecto. Se encontraba al final de un grupo que recorría el estadio Olímpico de Londres. Estaba muy concentrado en las máquinas de la construcción que asomaban sobre la enorme rampa que conducía a la entrada de los atletas. Tal vez por eso no reparó en la ladrona que lo observaba.
El edificio estaba casi terminado y, en mi opinión, semejaba a un plato gigante de sopa colocado sobre un colador de metal y apoyado encima de un mantel verde. Solo faltaban los detalles de paisajismo de último momento y dar los retoques finales antes de que llegara el mundo a presenciar los juegos. Otros miembros de la Comunidad trabajaban en el lugar que habían enseñado a sortear la férrea seguridad. Ya había estado ahí un par de veces porque los turistas como esos estudiantes eran ganancia fácil. Tenía tiempo de sobra para estudiar a mi víctima y poca gente alrededor que complicara el abordaje. Si obtenía un buen botín, podría descansar el resto del día y encaminarme a mi sitio favorito en la biblioteca local sin preocuparme por las consecuencias de volver a casa con las manos vacías.
Agazapada detrás de una excavadora, estudié a mi objetivo. Tenía que ser el que me habían asignado: ninguno de los otros tenía la altura suficiente y él respondía a la imagen de la foto que me habían mostrado. Por el pelo blanco nieve, la piel bronceada y la actitud segura, me dio la sensación de que no echaría de menos un teléfono celular o su dinero. Probablemente, tenía un seguro o padres que se encargarían de inmediato de compensar la pérdida. Eso me hizo sentir mejor ya que robar no era algo que yo hiciera por elección: era un medio de subsistencia. No podía ver su rostro completo, pero tenía el aire distraído de los que suelen estar pensando en otra cosa: pies siempre en movimiento y la mirada en algún sitio distinto del resto del grupo, ajeno a las indicaciones que daba la guía acerca de las características del Parque Olímpico. Supuse que eso sería positivo, ya que los soñadores resultaban blancos perfectos pues reaccionaban muy lentamente ante un arrebato. Llevaba pantalón corto color caqui y una camiseta con una inscripción que decía "Wrickenridge Rafting" desplegada entre sus anchos hombros. Se notaba que iba al gimnasio, de modo que yo no podía fallar.
Si me perseguía, seguramente sería más rápido que yo. Me até mis Keds andrajosas y rogué que resistieran.
¿Y dónde estaban sus objetos de valor?
Me desplacé ligeramente y noté que llevaba una mochila colgando del hombro: tenían que estar allí dentro.
Abandoné mi escondite esperando poder mezclarme en el grupo con mis jeans recortados y mi top de tirantes finitos: mi mejor ropa sustraída la semana anterior de la tienda Top Shop. Una de las desventajas de mi habilidad es que, para que el golpe sea exitoso, debo estar cerca del grupo con el que estoy trabajando. Esa siempre ha sido la parte más riesgosa. Había venido preparada con una bolsa de lona que había tomado de una tienda de Covent Garden, del tipo que compran los turistas como recuerdo, con la inscripción "London Calling" en letras llamativas. Si tomaban el calzado raído como una originalidad en mi forma de vestir, estaba bastante confiada en que podría hacerme pasar por una rica extranjera como ellos. Sin embargo, no estaba segura de poder lucir lo suficientemente inteligente como para pertenecer a su grupo. Según mi fuente de información, habían venido de la Universidad de Londres, donde asistían a un congreso sobre Ciencia Ambiental o alguna cosa que sonaba muy intelectual. Yo casi no había ido a la escuela y, en general, me había educado con lecciones informales brindadas por otras personas de la Comunidad y con lo que había leído por mi cuenta en las bibliotecas. Por lo tanto, si alguien me preguntaba algo, no sería capaz de hacerme pasar por una estudiante de Ciencias.
Me quité el elástico que me sujetaba el pelo y acomodé un par de mechones largos y oscuros sobre el rostro para ocultarme mejor de las cámaras de circuito cerrado de televisión, que se encontraban en la pared a diez metros de distancia. Luego me acerqué disimuladamente a dos chicas ubicadas a un metro de mi objetivo. Estaban vestidas igual que yo con shorts y camisetas sin mangas, aunque por la piel blanca de la castaña, se veía que ese verano había pasado mucho mas tiempo que yo sin ver la luz del sol. La otra tenía tres piercings en la oreja, lo cual me pareció que hacía menos evidentes los cinco que llevaba yo. Me echaron una mirada de soslayo y luego una sonrisa cautelosa.
-Hola, siento llegar tarde -susurré. Sabía que no se conocían bien ya que habían llegado para el congreso apenas la noche anterior-. ¿Me perdí algo bueno?
La de los aretes me sonrió.
-Si te agrandan los jardines con flores silvestres. En realidad, han plantado maleza en todo el terreno, al menos así es como la llamaría mi abuelo -tenía un acento del sur de Estados Unidos, que olía a azúcar y a magnolia. Llevaba el cabello rojo en dos coletas altas bien ajustadas que, de solo mirarlas, me producían dolor.
La castaña se inclinó hacia mí.
-No le hagas caso. Es fascinante -también tenía un acento especial, tal vez escandinavo-. Para el techo, están utilizando una membrana liviana hecha con polímeros. El semestre pasado, estuve analizando esa fórmula en el laboratorio: será interesante examinar cuánto resiste.
-Ah, claro, es realmente... eh... genial -ya me sentía intimidada por ellas: era obvio que eran inteligentes y, además, se las arreglaban para lucir hermosas.
La guía hizo señas al grupo para que se adelantara y ascendimos por la rampa que accedía directamente al estadio. A pesar de las razones por las cuales me hallaba ahí, no pude evitar sentir entusiasmo al pisar el sendero de la antorcha Olímpica. Y no es que estuviera pensando en la posibilidad de competir: mis sueños de practicar algún deporte nunca se habían concretado. A menos que el Comité Olímpico enloqueciera e introdujera una nueva medalla para ladrones: entonces sí que podría tener una posibilidad. Conocía la euforia de realizar un robo exitoso, la entrada elegante y la retirada limpia; seguramente eso demandaba tanta destreza como correr en círculos alrededor de una pista ridícula. Claro que sí: yo era medalla de oro en mi disciplina.
Mientras la jovial guía agitaba la sombrilla para indicarnos que la siguiéramos, ingresamos en el gran óvalo del estadio. Guau. En mis anteriores incursiones por el lugar, no había llegado tan lejos. Dentro de mi cabeza, alcancé a escuchar las ovaciones de la multitud: hileras infinitas de asientos vacíos cubiertos por las sombras de los futuros ocupantes. No me había dado cuenta de que, al igual que el pasado, el futuro también tenía sus propios fantasmas, pero pude percibirlos claramente. Las oleadas de energía atravesaron el tiempo hasta llegar a ese silencioso miércoles por la mañana del mes de julio.
Obligándome a concentrarme en el trabajo, me acerqué lentamente al muchacho. Entonces logré verle el perfil: tenía el clásico semblante del tipo que aparecía en las revistas para chicas junto a alguna modelo tan fascinante como él. En materia de genética, había tenido mucha suerte: una nariz perfecta, cabello blanco como la nieve con un corte muy natural, que se veía bien por más despeinado que estuviera, cejas blancas, pómulos espectaculares; no pude ver sus ojos porque llevaba lentes oscuros, pero juraría que eran enormes y de un color claro haciendo contraste. Sí, era demasiado bueno para ser verdad y lo odié por eso.
Sorprendida ante el impacto que me causaba, me contuve antes de echarle una mirada de ira. ¿Por qué reaccionaba de esa manera? Normalmente, no sentía nada por mis víctimas más allá de una pizca de culpa por haberlos elegido. Un poco como Robin Hood, siempre trataba de encontrar personas que no notaran tanto la pérdida. Disfrutaba de burlar a mis presas, pero no quería que nadie sufriera de verdad por lo que yo hacía. El Sheriff de Nottingham recaudaba los impuestos con malas artes; actualmente, la gente estaba asegurada por grandes compañías multinacionales, y ellas eran las que realmente estafaban a los pobres, robando a las viudas y a los huérfanos. Y yo no era así, ¿verdad? A la larga, siempre recibían una indemnización. Al menos eso fue lo que me dije a mí misma mientras planeaba la forma de robarle la mochila. Ese trabajo era ligeramente distinto ya que actuaba bajo una orden; era algo bastante inusual para mí que me pidieran que robase a alguien en particular, pero me sentí al ver que el objetivo parecía ser de los que estaban asegurados hasta las orejas. Ni él ni yo habíamos elegido eso, por lo tanto no era lógico ponerse en contra de él. No había hecho nada para merecerlo más que encontrarse allí, con aspecto tan ordenado, limpio y seguro mientras que yo era un desastre sin remedio.
La guía continuaba hablando acerca de los asientos, que habían sido construidos para ser desmontables. Como si me importase el legado olímpico: nunca estaba segura si habría de estar acá el mes próximo, menos todavía dentro de diez años. Rasgando el cielo de verano con su estela blanca, un avión pasó con ruido atronador hacia el aeropuerto de Heathrow. Cuando el chico alzó la vista, entré en acción.
Busqué los esquemas mentales de los miembros del grupo... Parecían zumbidos que se alejaban como esos hermosos caleidoscopios siempre cambiantes. Después...
Detuve el tiempo.
Bueno, no exactamente, pero eso es lo que se siente al ser el receptor de mi poder. Lo que realmente hago es congelar la percepción para que nadie note el paso del tiempo: es por eso que tengo que trabajar con grupos pequeños en espacios cerrados. La gente alrededor podría percibir si un puñado de personas se transformara repentinamente en estatuas de cera del Museo de Madame Tussaud. Era similar a la sensación de perder la conciencia por la anestesia y luego despertarse de una sacudida. Al menos eso me dijeron las veces que probé mi don en otros miembros de la Comunidad, que es algo así como mi hogar, aunque a menudo se parece más a un zoológico.
En la Comunidad, todos somos savants: personas con poderes y percepciones extrasensoriales. Existimos porque, cada tanto, nace un ser humano con un don, una dimensión especial de su mente que le permite hacer lo que para otros no sería más que un sueño. Algunos pueden mover objetos con la mente... telequinesis; yo conocí a varios que pueden darse cuenta si estás hablando por símbolos mentales o por telepatía; y existe una persona que puede manipular tu mente y forzarte a hacer su voluntad. Las formas en que se manifiestan los poderes de los savants son muchas y variadas, pero nadie más tiene un don igual al mío. Me gustaba que fuera así: me hacía sentir especial.
El pequeño grupo de diez estudiantes y la guía se detuvieron de golpe, la chica escandinava con la mano en el pelo, un chico asiático en medio del estornudo: el "aah" nunca llegó al "chú".
Bien por mí: hasta puedo detener un resfriado.
De inmediato, revisé la mochila de mi objetivo y descubrí oro: tenía una iPad y un iPhone. Eso sí que era una noticia maravillosa, ya que ambos son fáciles de ocultar y tienen un alto valor de reventa, casi tanto como recién comprados. Me embargó la conocida emoción de la victoria y tuve que resistir la tentación de tomarles una fotografía con el teléfono, pues parecían una banda de chicos de dieciocho años jugando a las estatuas. La experiencia me dijo que pagaría con un dolor de cabeza insoportable si me permitía festejar mi éxito de ganadora manteniéndolos durante más de veinte o treinta segundos en ese estado. Metí el botín en mi bolso de lona y volví a colocar la mochila en sus hombros exactamente como la había encontrado: soy buena para los detalles. Pero al estar tan cerca, casi abrazándolo, alcancé a distinguir sus ojos por el costado de sus lentes. Cuando vi su expresión, mi corazón se detuvo. No se trataba de la típica mirada vidriosa y apagada de mis víctimas; de algún modo, él estaba consciente de lo que estaba sucediendo, los ojos ardientes de furia.
Era imposible que estuviera luchando contra mi poder.
Hasta ahora, nadie había sido capaz de hacerlo, ni siquiera los savants más poderosos de la Comunidad habían logrado quebrar mi "congelamiento de imagen". Enseguida desplacé mi atención para utilizar mi otro poder e inspeccionar su patrón mental con mi visión interna. Percibo ondas cerebrales con la forma de una corona alrededor del sol, como si la persona estuviera frente a una ventana circular de vidrios de colores siempre cambiantes, que representa su alma. Los colores y los esquemas mentales dicen mucho de las personas, hasta dan un vistazo de sus preocupaciones. Pero cuando detuve el tiempo, su cerebro no se congeló en el último esquema que había sido un halo abstracto de azules enlazado con números y letras- sino que continuó moviéndose, más lentamente pero alerta. La corona viró al aspecto del rojo y ahora mi rostro danzaba en las llamas.
Ay, eso sí que fue horrendo.
Abandonando mi intento de llevar la cremallera de la mochila hasta el final, me dirigí hacia la salida del estadio. Sentí que el control que tenía sobre ellos se escurría inexorablemente como arena deslizándose por el fondo de un saco roto, mucho más rápido de lo normal. Una parte de mí aullaba y negaba lo que estaba sucediendo: yo era buena solamente para eso; mi poder para congelar mentes era lo único que se había mantenido firme y confiable en medio de la locura en que se desarrollaba mi vida. Sentí pánico de que mi don también estuviera fallando. Si eso ocurría, sería mi fin.
Mientras abandonaba corriendo el estadio, mi calzado izquierdo golpeó contra el talón: el maldito se había roto. Me encaminé hacia la excavadora que me había servido de escondite. Si lograba llegar hasta ella, conseguiría ocultarme del grupo y echarme sobre el césped de flores silvestres. Desde ahí, podría arrastrarme sobre el estómago hasta el conducto de concreto que había usado al llegar para ocultarme.
La suela se deslizó por la sección irregular del terreno y perdí mi ked junto a la rampa. Estaba tan asustada que no me atreví a intentar recuperarla. Nunca cometía ese tipo de equivocaciones: siempre entraba y salía de un robo sin dejar rastros. Cuando llegué a la máquina, el corazón me latía contra las costillas como un amplificador con los graves retumbando a todo volumen. La conexión se cortó súbitamente y supe que el resto de los estudiantes recobrarían la consciencia nuevamente. ¿Su mente ya habría conseguido zafar de mi ataque y rastrear mi retirada?
Los sonidos de la construcción no se interrumpieron ni se escucharon gritos ni silbidos. Me asomé por la rueda de la excavadora. El chico se encontraba en la parte superior de la rampa recorriendo el Parque Olímpico con la mirada. No armaba alboroto ni exigía que se realizara una búsqueda ni llamaba a la policía: simplemente miraba. Eso me asustó más: no era normal.
Sin tiempo para pensar, regresé al sendero que ya había marcado en el césped. Esa debería ser una buena ruta de escape. En ese sector, había menos cámaras y varios puntos ciegos si uno sabía dónde buscarlos, de modo que sería difícil localizarme. Aún podía escapar.
El estómago contra el suelo y el bolso a un costado, me apoyé un momento contra la tierra, la adrenalina continuaba rugiendo por mis venas como un tren subterráneo fuera de control. Me sentí mal, estaba disgustada conmigo misma por ese pánico tan poco profesional, y aterrorizada por lo que acababa de suceder. No había tiempo para analizar lo ocurrido: todavía tenía que escapar por las calles y deshacerme de lo robado.
Al recordar que llevaba encima dos dispositivos muy costosos, revisé el bolso. Me pareció que estaba tibio... no, caliente. Metí la mano en el interior para ver cuál era el problema... qué estupidez.
El teléfono y la tableta comenzaron a incendiarse.
Maldiciendo con vehemencia, saqué la mano y aparte el bolso. Los dedos me ardían terriblemente y la mano parecía estar completamente quemada. Traté de sobreponerme al dolor ya que no podía detenerme para evaluar la herida: el bolso estaba ardiendo y enviaba una señal de humo que delataba exactamente dónde me hallaba. En medio de la agonía, me levanté con dificultad y corrí ciegamente hacia la verja. Debía meter la mano en el agua. Ya no me importaba si alguien me veía: tenía que salir de allí.
Más por fortuna que por buen criterio, encontré el canal de concreto y el orificio en el cerco perimetral. Al retorcerme a través del alambrado, el pelo se enganchó y tuve que jalar para liberarme, añadiendo otra herida a la lista. A continuación, renqueando y con la mano apoyada contra el pecho, atravesé el terreno hasta la estación Stratfordy me perdí entre la multitud del andén.
Holaaaa, aca la nueva historia siguiendo la vida de los hermanos Kurosaki y sus almas gemelas.
Primero, quiero darles las gracias por leer esta historia.
Y segundo, para avisarles de un cambio que se hizo ya muy tardíamente en FINDING RUKIA. He cambiado a un personaje, a uno de los hermanos Kurosaki, por cuestiones de contexto que se entenderán maaas adelante. Cambie a Renji por Gin.
Espero que no les resulte un inconveniente, también pueden comentarme su parecer al respecto. Los leere con gusto.
Hasta pronto!
