-¡Jinta! ¡Jinta! ¡Déjame entrar! - golpeé con mi puño sano la maltrecha puerta contra incendios en la parte trasera de la Comunidad. Como era de las que tenían barra de empuje del lado de adentro, tenía que esperar a que alguien se apiadara de mí y me permitiera entrar.
Como había supuesto, Jinta era el único que estaba de guardia a esa hora tan temprana. Los demás andaban de un lado a otro "reuniendo" la riqueza de la Comunidad. Oí su andar deslizándose fatigosamente hacia la entrada, la pierna enferma se arrastraba un paso de cada dos. Con un golpe seco, se apoyó sobre la barra y la abrió con fuerza. La base de la barra rozó el pavimento irregular del concreto.
-Karin, ¿por qué volviste a casa tan pronto? -se corrió para dejarme pasar y luego empujó la puerta-. ¿Dónde está tu bolso? ¿Lo escondiste en algún lugar? -preguntó. Un hombre con el pelo rojo, piel bronceada y ojos de pájaro siempre alerta, Jinta era lo más cercano a un amigo que yo tenía en la Comunidad. Dos años atrás, al noreste de Londres, al intentar secuestrar una camioneta que se encontraba estacionada al costado de una avenida, no reparó en que el conductor estaba durmiendo dentro de la cabina. Cuando el hombre escuchó el sonido de sus poderes telequinéticos trabajando en las cerraduras de las puertas, encendió el motor y se alejó deprisa sin averiguar qué los producía, aplastándolo bajo las ruedas. Casi murió. Desde entonces, solo tenía un brazo y una pierna sanos, los otros se destrozaron y nunca lograron sanar a pesar de todo lo que hice por él. Los miembros de la Comunidad tienen prohibido ir a las guardias de los hospitales. Según nuestro líder, tenemos que mantener un perfil bajo.
-No deberías haber regresado -comentó. Indeciso, permaneció en la entrada sin saber si debía dejarme en la calle o cerrar la puerta.
-Estoy herida.
Echó una mirada nerviosa por encima del hombro.
-Pero todavía puedes caminar, Karin... tú conoces las reglas...
Agotada por lo sucedido, los ojos se me llenaron de lágrimas que no podía darme el lujo de derramar.
-Conozco las benditas reglas, Jinta. El bolso de pronto se incendió, ¿comprendes? Y yo me quemé -levanté la palma llena de ampollas. Por una vez, quería un poco de compasión y no que me recordaran mi deber-. Me duele mucho.
-Ay, dashur, eso se ve horrible -durante un segundo, sus hombros se arquearon en señal de derrota al contemplar las heridas y luego se enderezó-. No debería dejarte entrar pero ¿qué más da? Ven conmigo y te curaré un poco.
-Gracias, Jinta. Eres un sol -su bondad me ayudaba más de lo que se imaginaba.
Cerró la puerta e hizo ademán de rechazo a mi comentario.
-Ambos sabemos que, cuando nuestro kommandant se entere de este asunto, la cosa no terminará aquí -se encogió de hombros con pesimismo -. Pero, por el momento, ocupémonos de tu herida. Supongo que los dos vamos a arrepentirnos de esto.
-Lo lamento -repuse mientras me secaba las lágrimas con el dorso de la mano.
-Está bien, está bien -exclamó de espaldas a mí con un gesto displicente de los dedos, un atisbo de resistencia ante los inminentes problemas -. Todos nos lamentamos... constantemente - arrastró los pies por el corredor maloliente que oficiaba de sótano y túnel de servicio.
La Comunidad habitaba ilegalmente una de esas viviendas municipales que estaban desocupadas y programadas para demolición. Supongo que el gobierno local había soñado que el desarrollo relacionado con los Juegos Olímpicos se tragaría esa zona desagradable de edificios baratos pero la reseción había cortado esos sueños de raíz. Habían vaciado los inmuebles de baja altura pensando que los habitantes que vivían de subsidios serían reemplazados por trabajadores que pagaran sus impuestos. Pero las topadoras que iban a construir esos elegantes apartamentos, que ellos habían especulado que reemplazarían a las cajas de hormigón, nunca aparecieron. En su lugar, seis meses atrás, nosotros habíamos llegado furtivamente y establecido nuestra propia colonia. No era tan malo como algunos de los sitios donde habíamos vivido, ya que todavía tenía agua pese a que la electricidad estaba cortada. Con uno o dos sobornos en el lugar adecuado, se persuadió a la policía mirar hacia otro lado mientras forzábamos la entrada de los apartamentos clausurados. Los tipos duros de la zona, que los habrían utilizados para traficar drogas, pronto fueron ahuyentados por nuestros guardias. Si aquí se desarrollaba alguna actividad ilegal, nuestro líder quería estar seguro de que el beneficiado fuera él. De modo que nos dejaron tranquilos: un grupo de unos sesenta savants y un Adivino dominante, el equivalente de una abeja reina y sus obreras.
-Entra -Jinta me escoltó dentro de su dormitorio-armario, que le habían asignado. Debido a las heridas recibidas durante el servicio activo, solo se le permitía permanecer gracias al "buen corazón" de nuestro jefe. Ese buen corazón no daba más que para ese agujero. A mí, por el contrario, se me había concedido un dormitorio decente en el último piso: el equivalente a una distinción. Y, siendo la mejor en mi oficio, nunca le había fallado al Adivino. Al menos, hasta hoy.
-¿Muy mal? -pregunté con cautela mientras estiraba el brazo hacia la ventana mugrienta. En la palma de mi mano se estaba formando una ampolla blanca y la piel del brazo hasta el codo era de un rojo furioso.
Jinta respiró profundamente.
-Karin, quizá deberías haber ido a una guardia.
-Sabes que no puedo.
Tomó una crema del interior de su bolso de viaje, que se encontraba sobre el colchón. Ninguno de nosotros desempacaba ya que siempre debíamos estar listos para mudarnos de un minuto para otro. Colocó un poco en mi piel y luego me miró con los ojos entornados.
-No, a menos que no pensaras regresar.
-Yo... no tengo dónde ir, lo sabes -¿me estaba poniendo a prueba? A menudo, el vidente controlaba nuestra lealtad enfrentándonos unos con otros y todos sabíamos que había espías entre nosotros.
-¿En serio? Una jovencita como tú debería ser capaz de encontrar una vida mejor que esta -revolvió en su bolso y sacó un rollo de plástico transparente: nuestra versión de un vendaje. Autosuficientes, vivíamos como soldados en territorio enemigo y nos realizábamos los primeros auxilios a nosotros mismos.
-Esto debería mantenerlo limpio.
Me mordí el labio ante el dolor que sentí mientras enrollaba el film adherente alrededor de la mano y el brazo, observando cómo se aplastaba el ungüento entre la quemadura y el envoltorio.
-Jinta, ¿existe algo más que esto? Nunca estuve fuera de la Comunidad. El Adivino dice que las personas como nosotros no somos bienvenidas.
Lanzó un resoplido.
-Claro, como él sabe todo...
Desde que tenía memoria, él siempre parecía saberlo todo.
-¿Entonces por qué permaneces acá? -si me estaba poniendo a prueba, lo menos que podía hacer era devolverle el favor.
-No tengo dinero ni dónde ir. No estoy acá legalmente, dashur. Si me envían de regreso a casa, terminaré en Albania, un ex ladrón de autos acabado sin medios de subsistencia. Y tampoco dejé a mi familia en las mejores circunstancias: es probable que me maten apenas me vean.
En la Comunidad, la mayoría éramos como Tony: vagabundos sin patria, una de las características de la trampa en la que nos hallábamos encerrados.
-Yo tampoco soy legal. No tengo certificado de nacimiento, nada. Ni siquiera sé bien dónde nací.
-Yo estaba allí -cortó el último tramo del plástico bruscamente-. Creo que nos encontrábamos en Newcastle. -¿De verdad? ¿Tan al norte? no recordaba que Jinta estuviera con nosotros desde hacía tanto tiempo, de modo que me puse absurdamente contenta al poder llenar algunos espacios en blanco de mi vida-.¿Recuerdas a mi madre?
-Sí -respondió Jinta con mucho entusiasmo-, era una de las compañeras del líder por entonces. Era bonita, un poco parecida a ti. ¿No tienes ningún recuerdo de ella?
-De esa época no. Sí posteriores, cuando ya no estaba bien -había muerto de cáncer cuando yo tenía ocho años después de pasar un año luchando contra la enfermedad.
Lo único que podía recordar claramente era una mujer dolorosamente delgada con un abrazo feroz. Por suerte, yo era lo suficientemente grande como para hacerme cargo de sus obligaciones ante la asamblea, por lo tanto tuvimos techo durante los últimos días de su padecimiento. A pesar de que la aquejaba una enfermedad terminal, no pudo ir al hospital: el jefe no lo había permitido. Me había dicho que los médicos no serían capaces de ayudar, ya que sus propios poderes curativos no habían conseguido extinguir el tumor. En ese entonces, le había creído pero, nueve años después y mucho más conocedora de sus métodos, tenía mis serias dudas. Sus poderes sanadores nunca me habían parecido mucho más que la mente actuando sobre la materia. Mi madre era la prueba de que, cuando el cuerpo fallaba, no podías considerarte superior e ignorar el dolor como él nos decía que hiciéramos.
-Esto debería ser suficiente -Jinta guardó los suministros médicos en el bolso-. ¿Vas a decirme cómo te lo hiciste?
Tragué saliva. Ya que tendría que contárselo más tarde al Adivino, bien podía ver qué pensaba mi amigo de la historia.
-Me encontraba en el sitio adonde anoche me habían ordenado ir.
Jinta se sentó en el colchón. Esa parte ya la conocía puesto que él también estaba en la asamblea donde nos habían repartido las tareas como era usual. Nuestra colonia vivía de un área del este de Londres que tomaba las ganancias financieras de los bancos y los nuevos desarrollos olímpicos de Lee Valley, absorbiendo la riqueza como un parásito de un animal saludable.
-Todo estaba saliendo bien... tomé un iPhone y una iPad de la mochila de un chico: un robo limpio y fácil.
Jinta emitió un silbido de reconocimiento.
-Ya casi me había marchado cuando... mmm... bueno, explotaron.
-Karin -dijo Jinta con expresión preocupada-, esas cosas no explotan porque sí.
Estiré la mano como prueba.
-Me parece que ahora sí. Fue como si el chico les hubiera colocado fuegos artificiales dentro o algo así. Supongo que los habría programado -me asaltó un pensamiento-. Diablos, ¿crees que se trataba de un terrorista planeando un golpe?
-Si solo se te quemaron los dedos, entonces no. Suena más como el fuego eléctrico que una bomba -Jinta frunció el ceño.
Mi expresión reflejó la de él.
-Hace unos años, leí algo acerca de laptops que se incendiaban... había algún problema con las baterias.
-Sí, pero que eso ocurra cuando acabas de robarlos no puede ser una coincidencia.
Yo había llegado a la misma conclusión.
Jinta se rascó la barbilla.
-Pero si todavía te encontrabas en el lugar, él ni siquiera debería haber notado que se los habías quitado- Jinta era astuto: sabía cómo funcionaba mi don y había detectado la parte más extraña de la historia.
Completamente agotada, me acurruqué a los pies de la cama.
-Lo sé. Eso fue lo que me asustó. Estaba consciente de mi presencia, te lo juro. Pude ver mi rostro en sus pensamientos mientras le robaba sus pertenencias... no estaba completamente inconsciente: intentaba rechazar mi ataque paralizante.
-¡Karin! -Jinta se puso de pie con dificultad. Estaba tan conmocionado como yo por lo sucedido-. ¡No puedes decirle eso al vidente! Te va a matar si piensa que alguien sabe quién eres.
Se me secó la garganta.
-Él... no hará eso, ¿verdad?
Jinta lanzó una risa ahogada.
-¿Adónde crees que fue Mitch el año pasado después de que lo arrestaron y salió bajo fianza?
No deseaba escucharlo... realmente no quería hacerlo.
-Se fue a España, ¿no es cierto? El jefe lo envió a hacer un trabajo.
-¿España? Si quieres, puedes llamarlo así. Terminó enterrado en el Bosque de Epping, dashur. El líder estaba furioso con él.
Apoyé el brazo sano alrededor de la cintura y recliné los hombros desnudos contra la pared fría y resbaladiza. Una parte de mí había presentido el horror que yacía bajo la superficie de esa vida con el Adivino, pero deseé poder ignorarlo por un tiempo más. Temía que el miedo me robara la independencia y el orgullo que había logrado mantener dentro de la Comunidad.
Al ver mi expresión, Jinta suspiró.
-Karin, existen solo dos formas de escapar de la Comunidad: morir o desaparecer.
-Pensé que podríamos marcharnos si encontrabamos nuestra alma gemela... nuestra otra mitad -proferí con un susurro.
Jinta hizo una mueca burlona.
-¿Quién te ha estado contando esos cuentos de hadas?
Mi madre, pero no iba a decírselo. Ella siempre había tenido la esperanza de que se salvara de ese infierno al toparse con su pareja perfecta en alguna de las cuidades por las que pasábamos. Según ella, todos los que poseíamos un don teníamos un complemeto en algún lugar del mundo. Nacidos con una diferencia de días o semanas uno del otro, nuestras vidas eran una búsqueda para encontrar al savant que habría de completarnos. La esperanza de hallar a mi alma gemela había sido la historia que había abrigado mi infancia mientras mi madre susurraba que, en alguna parte, había un príncipe azul esperando por mí. Y, si mi madre hubiera encontrado primero al suyo, habríamos dejado la Comunidad y yo habría tenido un padre, alguien que me quisiera como a una hija. De esas dos historias, no sabía cuál había deseado con más fuerza que se hiciera realidad. Pero luego mi madre había muerto y, lentamente, el sueño del alma gemela -esa persona especial que me cuidara y amara, una relación más intensa que cualquier romance normal- se había marchado con ella. De hecho, ahora que lo pensaba, siempre había sido demasiado bueno para ser verdad.
-Yo ya no creo que exista algo semejante -haciéndose eco en mis pensamientos, Jinta apretó la mano en un puño-. Es demasiado cruel seguir esperando. Y aunque realmente encontraras a tu alma gemela, el Adivino nunca te permitiría marcharte.
Cerré los ojos brevemente y disfruté por última vez del sueño de que había para mí una vida fuera de la Comunidad, alguien con quien vivir para siempre. Los savants que no tenían alma gemela nunca se comprometían con otra persona, no podían: desfilaban de una pareja a la siguiente como lo había hecho mi madre. Yo nunca había deseado tener una existencia semejante pero era lo que me tocaría vivir. Era un deseo infantil creer que alguien me estaba esperando para salvarme. Tenía que olvidarme de eso.
-Por lo tanto, Karin, tienes dos opciones: muerte o desaparición -continuó Jinta-. Por favor, concéntrate en la segunda. No quiero estar presente si el líder elige la primera para ti -Jinta se acercó a mí y apoyó su mano destrozada en mi mejilla, los dedos retorcidos hacia adento-. Mereces algo mejor que esto. Y no le cuentes a él lo que me contaste a mí.
-Lo sabrá. Siempre lo sabe -esa era la razón por la cual nos gobernaba: podía oler una mentira a metros de distancia. Sus dones eran poderosos. Podía encender y apagar máquinas con el cerebro, manipular la electricidad, ingresar en tu mente y oprimir tus interruptores privados para hacerte actuar a su voluntad hasta el punto de forzarte a matarte a ti misma, si ese era su deseo. Seguramente, Mitch había cavado su propia fosa y después se había arrojado a ella por orden del Adivino. Nuestro líder también era un descifrador sagaz del carácter y reconocía un pensamiento desleal aun antes de que pudieras actuar de acuerdo a él. Existía una razón que explicaba nuestra inclinación a servirlo.
Jinta dejó caer la mano.
-Él solo se molestará en constatar tu historia si no te cree, de modo que trata de ser convincente. Practica levantar tus escudos.
-Nunca pude mantener uno frente a él -siempre había estado demasiado asustada como para desafiarlo de esa manera.
-Tú le agradas, no buscará errores si no se los muestras. Necesitas otra historia- Jinta se frotó la frente- Ya sé, ¿por qué no decirle que el grupo de la excursión no se presentó? Si escondes la quemadura, podrías alegar que hubo un cambio de planes. Hablaré con Sean, él estaba hoy en el lugar pero no dirá nada si mañana compensas la pérdida -Sean era de los nuestros y trabajaba en la seguridad dentro del estadio olímpico.
-¿Y qué estuve haciendo todo el día?
Jinta recorrió el espacio acotado de su habitación.
-Tú... cuando tus objetivos no aparecieron, fuiste a buscarlos... Estaban en una conferencia en la Universidad Queen Mary, ¿verdad?- Asentí.
-Y descubriste la manera de dar el golpe mañana para obtener un botín que tuviera el valor de dos días de trabajo... Haz que el jefe se babee por esas laptops, el dinero extranjero y los teléfonos. Te dará un día para que pruebes lo que vales.
Me froté el brazo por encima de la quemadura: se me había erizado la piel.
-Pero él quería que asaltara a un objetivo en particular y ese tipo me vio. Robar dos veces a la misma persona es buscarse problemas.
-Puede ser. También tendrás que hacer algo con respecto a eso -Jinta ya no me miraba a mí sino a la grieta en el revoque arriba de mi cabeza.
-¿Qué quieres decir con "hacer algo"?
-Supongo que quise decir que tienes que darle a tu chico del iPhone algo más importante de qué preocuparse para que no esté pensando que lo están robando.
-¿Cómo qué?
-Por el amor del Adivino, Karin, usa tu imaginación. Paralízalo y luego lánzalo por las escaleras, que tenga una conmoción cerebral, aplástale la mano con un martillo... algo se te ocurrirá. Hasta ahora, solo has usado tu don para robar, ¡pero no eres tan tonta como para no darte cuenta de que puedes hacer mucho más que eso!
-¡Pero lo lastimaría!
-Vamos, Karin -se alejó disgustado conmigo-. No estoy diciendo que lo mates: solo dale algo de qué ocuparse. Si está atareado lidiando con médicos, olvidará el caso del iPhone que explotó, ¿no crees? Oblígalo a regresar a su casa.
-Yo... no puedo.
La paciencia agotada, Jinta abrió la puerta con violencia.
-Karin, olvidas que me metiste en esto cuando te dejé entrar con las manos vacías. Tienes que asegurarte de que esto termine bien y que mañana todo vuelva a la normalidad: es eso o desapareces para que no me culpen a mí -prácticamente me arrojó fuera de la habitación espantado por todas las reglas que habíamos violado juntos-. Ve a esconderte y resuelve qué historia contarás en el informe. No puedo ayudarte a tomar esas decisiones: depende de ti.
Acababa de toparme con uno de esos obstáculos en el camino de la verdadera amistad que formaban parte de la vida en la Comunidad. Me marché con unas breves palabras de agradecimiento. Todos tratábamos de sobrevivir y la lealtad hacia los demás llegaba hasta ahí. Rogando tener más suerte de lo normal y esperando no encontrarme con nadie, subí las escaleras hacia mi apartamento tan rápido como pude. Cuanto más alto subía, la luz y el olor mejoraban. Tenía una habitación pequeña en el quinto piso; el resto estaba ocupado por el vidente y su entorno de guardaespaltas y favoritos. A esa hora, deberían ser los únicos que se hallaban en la casa, pero yo confié en que estuvieran abstraídos en sus propios asuntos y no patrullando las escaleras. El alojamiento del jefe era bastante lujoso: tenía generador propio, ubicado en el pasillo junto a mi puerta, de modo que todas las noches estaba acompañada por el zumbido del aparato y los gases del motor diésel. No me molestaba porque ahogaba los ruidos de sus fiestas. En ellas, ocurrían cosas muy feas y, hasta el momento, había logrado mantenerme al margen. Me pregunté por cuánto tiempo más conseguiría hacerlo: recientemente, había notado que el Adivino comenzaba a mirarme de manera extraña. Al haber sido uno de los pocos niños criados en la Comunidad, había estado protegida por la larga sombra de la infancia; ahora que tenía diecisiete, esa estela había empezado a diluirse. No deseaba ser arrastrada hacia la luz para que él me usara y descartara como había hecho con tantas mujeres.
Como mi madre.
Llegué a mi apartamento sin ser vista. Una vez dentro, coloqué la delgada cadena, no porque fuera a detener a nadie sino porque me hacía sentir más segura. El arte de vivir en la Comunidad era saber aprovechar las pequeñas concesiones que nos hacía el líder: la privacidad era de las más apreciadas. El apartamento se utilizaba como depósito de los bienes: aparatos electrónicos robados, vinos, cajas con chaquetas de cuero. Olía a tienda y no hogar. A mí me habían permitido tener una habitación e incluso una cama, un claro favor ya que la mayoría dormía en colchones en el piso. Los únicos a quienes también se les había concedido ese privilegio eran los guardaespaldas y a otros dos miembros jóvenes de la Comunidad, ambos varones: Nnoitra y Zommari. Ese tratamiento especial, tenía sentido ya que ellos ocupaban una posición muy cercana al líder; mi caso era más difícil de explicar, aunque yo suponía que él consideraba mi don como algo útil y único.
Eso, si todavía funcionaba. Al jefe no le agradaría saber que existía una excepción a mi influencia. Antes del robo, me había jactado de ser medalla de oro, ahora me sentía como una corredora llegando en un vergonzoso último lugar. Tenía que asegurarme de que nadie más se enterara de que ese chico había sido capaz de resistir mi don.
