Nueve de la noche: la hora que menos me agradaba. Sin excepciones, la Comunidad se reunía en el devastado patio de juegos en el centro del complejo de apartamentos para comparecer ante el Adivino. Como el Papa el Domingo de Pascua, él se asomaba al balcón encima de nosotros mientras sus hombres recolectaban el botín de cada trabajador. A continuación, se anunciaba el plan del día siguiente y luego, si todo marchaba bien, nos separábamos y cada uno regresaba a su habitación o se dirigía a otro trabajo.
Si todo marchaba bien.
De lo contrario, el infractor sería trasladado arriba, a sus aposentos, para hablar con el vidente en persona. Sabía que era probable que tuviera que enfrentarme a eso: no poseer bienes para entregar era, sin lugar a dudas, un motivo que requería de su atención personal.
Al prepararme para la asamblea; me puse una camiseta de manga larga que cubriera la quemadura y envolví la mano con una venda, para que pareciera que acababa de cortarme: un riesgo frecuente al entrar ilegalmente en alguna casa, que no tenía por qué sorprender a nadie. Estudié mi aspecto en el trozo de espejo que colgaba sobre el lavabo del baño. Mi piel palida hacía que los ojos oscuros se vieran más que nunca. Una semana atrás, yo misma me había cortado el pelo, que ahora me caía sobre el rostro en mechones desparejos con las puntas hacia afuera. Se veía bastante bien después de los hachazos que le había propinado con tijeras de cortar uñas. Sin maquillaje y con una hilera de aretes modestos en las orejas, parecía tener menos de diecisiete, hecho que yo esperaba que jugara a mi favor.
En el reloj despertador sonó la alarma que me advertía que solo faltaba un minuto para el registro de asistencia. Salí corriendo de la habitación y me uní al resto que descendía deprisa por las escaleras hacia el patio. Nadie hablaba: en ese momento, la tensión siempre era apabullante; una vez que pasaba el suplicio, recién nos deteníamos a conversar. Me ubiqué en mi puesto usual junto al carrusel, me senté en el borde y comencé a rascar el esmalte de las uñas. Alcancé a ver a Jinta merodeando por los columpios sin llamar la atención, como era su costumbre.
A las nueve en punto, con una señal de la mente del líder, los reflectores se encendieron alejando las sombras. En el piso más alto, se abrió una puerta y la figura vestida de blanco se acercó a la reja de hierro.
El Adivino. Su verdadero nombre: desconocido. Cabello blanco lacio peinado hacia atrás, el rostro inflado con papada, dedos regordetes atestados de anillos: parecía a punto de sufrir un infarto pero, lamentablemente, nunca había tenido ni siquiera una puntada. A veces, fantaseaba qué pasaría si realmente le diera un ataque: ¿nos dispersaríamos todos como presos fugándose de una prisión o algún otro matón ocuparía su lugar? Ya llevaba un par de años entrenando a Zommari y a Nnoitra para los trabajos más importantes mientras se entretenía con su rivalidad. Si alguno de nosotros iba a hacerse cargo de su puesto, sería uno de ellos. El poder de Zommari era mover objetos y personas con la mente. Una vez, yo lo había visto arrastrar un automóvil; Nnoitra podía hacer que los seres y las cosas envejecieran: la fruta se pudría, las plantas florecían y morían. De los dos, yo prefería que me atacara Zommari: ser lanzada a través de una habitación era mucho mejor que perder años de vida.
Los hombres del jefe se desplegaron a través de la multitud para hacer la colecta. Habían adoptado un uniforme que consistía en camiseta, chaqueta de cuero y pantalón negro: el negativo del traje blanco del líder. Mantuve los ojos en las uñas mientras me quitaba el esmalte azul esperando que, por algún milagro, pasaran de largo. Tenía tiempo suficiente para sumirme en la depresión. ¿Qué nos pasaba a los savants? ¿Por qué teniendo semejantes dones llevábamos una vida que apestaba? Había mirado mucha televisión como para saber que la mayoría de los chicos de mi edad tenía familias, iban a la escuela, llevaban vidas normales y establecidas en barrios agradables. ¿Por qué me hallaba yo en esa pocilga? Me encantaría estar en algún sitio donde las personas que vivan debajo del techo superen en número a las ratas. Ser un savant debería implicar que habíamos obtenido los mejores premios en la lotería de la genética, ya que, por un capricho de la naturaleza, habíamos recibido más. Sin embargo, por algún extraño motivo, habíamos sido doblemente condenados. Primero, nos hallábamos separados del mundo cotidiano por un don que los demás debían ignorar pues, de lo contrario, nos diseccionarían en un laboratorio o nos matarían por miedo; segundo, estábamos destinados a vivir en soledad, ya que el destino nos había fijado una pareja que probablemente no llegaríamos a conocer jamás. Éramos como un Lego, con la mitad de las piezas diseminadas en el extremo del mundo.
-Karin, ¿qué nos has traído hoy?
Genial, mi suerte se negaba tenazmente a cambiar: era Nnoitra, quien se había detenido frente a mí. Alto y desgarbado, con una nariz generosa, me recordaba a un Mr. Bean mezclado con la actitud personal de Hitler. Como disfrutaba castigando a los miembros más débiles de la Comunidad, todos tratábamos de mantenernos lejos de él.
-Ah, hola, Nnoitra. Hoy estuve en el estadio y no se me presentó nadie. Pero ya averigüé dónde estarán mañana en la universidad, así que los atraparé allí -me pregunté si esa respuesta habría sonado tan razonable como lo había planeado.
Se frotó el puente de su nariz ganchuda.
-¿Perdón? ¿Eso quiere decir que ahora no tienes nada?
No necesitaba levantar la vista para saber que la atención se había concentrado en nuestra breve conversación. Una pausa durante la asamblea nunca significaba algo bueno.
-Hoy no. Sin embargo imagino que mañana obtendré un botín realmente grande.
-Ay, Karin, tú sabes que, para nuestro líder, mañana no es suficiente -comentó con voz entre triste y burlona.
Se despegó un gran trozo de esmalte azul.
-Yo... pensé que no habría problema... por una vez. Solo por esta vez.
Me levantó del codo: afortunadamente, el codo sano.
-Ven. Vamos a decírselo al Adivino.
Mientras me remolcaban a través del patio, nadie hizo contacto visual conmigo: la desgracia tenía su propio campo de fuerza que actuaba como escudo.
.¿Cómo entraste al volver? -preguntó Nnoitra fríamente al tiempo que abría de una patada la reja de un metro de altura.
No quería meter en problemas a mi único amigo.
-Le presioné a Jinta hasta que me abrió. Estaba decidido a no dejarme pasar pero le conté sobre mi plan de mañana.
-Podrías haber robado otra cosa para compensar y evitarte las consecuencias de volver sin nada -me empujó para que subiera las escaleras primero.
-Pero yo pensé que teníamos que cumplir la misión que nos asignaban y no hacer un golpe por nuestra cuenta- expliqué con expresión sorprendida: era una de las reglas de la Comunidad.
-Sí, pero hay momentos para actuar al pie de la letra y otros para salirse del libreto, ¿entiendes? -me golpeó la espalda porque yo iba demasiado despacio para sus largas piernas-. Con tu don, yo te tendría viajando en el metro todo el día paralizando a la gente dentro de los túneles. No sé por qué el jefe desaprovecha tu talento con andrajosos como los turistas del estadio -se aclaró la garganta al darse cuenta que sus palabras habían sonado a rebelión-. Pero estoy seguro que él tendrá sus razones.
Unas pisadas treparon los escalones para alcanzarnos.
-Hey, Nnoi, ¿adónde llevas a Karin? -era Zommari jadeando por el ejercicio poco habitual. Grandote, de piel oscura, lucía más amistoso de lo que era: un jugador de rugby con una mordida feroz como su tamaño lo indicaba.
Nnoitra disfrutó la explicación.
-Ella vino con las manos vacías.
-¿Qué? ¿Sin nada?
-Cero. Nada de nada.
-Karin, ¿te volviste loca o qué?
Dejé caer la cabeza intentando dar la impresión de estar confundida.
-No había nada hoy en el estadio y pensé que podría hacer el trabajo mañana en la universidad, si es que el jefe todavía quiere que asalte al mismo grupo.
Nnoitra me azuzó para que continuara la marcha.
-Sí, quiere. Está muy interesado en que le robes el equipo a ese tipo que te señaló.
-Pero puedo quitarle muchísimas cosas a todo el grupo: cada uno tiene, por lo menos, una laptop. Y también moneda extranjera.
-Como sea -repuso encogiéndose de hombros-. Tienes que darle tus excusas al jefe y no a nosotros.
Zommari lo detuvo un instante.
-Pero se trata de Karin. ¿Qué pasa si la obliga a castigarse a sí misma?
Me asombró que Zommari se compadeciera de mí. Si bien nos habíamos criado juntos, eso nos convertía más en unos cangrejos atacándonos unos a otros que en aliados.
-No es nuestro problema, ¿verdad? -Nnoitra me condujo con rapidez hacia el balcón del quinto piso-. No creo que lleve las cosas tan lejos, especialmente por ella. La sangre cuenta.
¿La sangre?
-Tienes razón -Zommari dio un resoplido de alivio-. Hasta ahora no se deshizo de ninguno de sus chicos.
Frené abruptamente y me di vuelta hacia él.
-¿Sus chicos?
Me detuve tan de golpe que Nnoitra chocó conmigo y me arrojó al suelo. Tropezó con mi cuerpo y me pisoteó la mano.
-¡Camina, idiota! Si lo haces esperar, será peor.
Apreté las manos contra el pecho: ahora ambas estaban lastimadas, pero el impacto emocional adormeció el dolor.
-Dijiste "sus chicos" -repetí. No quería levantarme sin una respuesta.
-¿Y? No me digas que no lo sospechaste. El Adivino no mantiene chicos en la Comunidad a menos que piense que son sus hijos.
Dios mío.
-Voy a vomitar -exclamé mientras me retorcía sobre las rodillas, pero no salió más que bilis. No había comido desde el día anterior y se me estaba acabando la energía.
Zommari me sujetó de atrás de la camiseta hasta que me puse de pie.
-Cálmate, Karin. El líder es tu padre y es quien te dio tus poderes, por lo tanto deberías estarle agradecida.
-No es mi padre -mi madre siempre había repetido que mi padre era alguien maravilloso que había conocido en unas vacaciones románticas en Grecia, justo antes de que se enganchara con la Comunidad. Era alto, de ojos oscuros como yo y guapo: el hombre perfecto, pero no un savant, por lo tanto no era su alma gemela.
Zommari me sacudió.
-Me importa un bledo quién piensas que es tu padre pero no quiero que te lastimes a ti misma. De modo que deja de actuar como una tonta y haz las cosas bien. Tienes que darle explicaciones al líder y evitar una crisis nerviosa.
Sus palabras eran duras pero tenían sentido. Cualquiera fuera la verdad, tenía que guardarla en una caja, colocarla en el altillo y dejar el asunto para después, como tantas cosas en esa clase de vida.
-Está bien. Denme un momento -respiré profundamente. Una chica sensata trataría de beneficiarse con las novedades y no volverse loca-. Bueno, si ustedes son... ya saben... ¿mis hermanos?
-Hermanastros -bufó Nnoitra-, pero eso no es mucho más que una coincidencia biológica, de modo que no le des más importancia de la que tiene.
-Claro, ¿y han visto cómo se comportan los pichones dentro del nido? -Zommari sonrió abiertamente y mostró sus dientes desiguales-. Si te interpones en nuestro camino, te haremos a un lado rápidamente -me pegó en la espalda y trastabillé hasta que logré recuperar el equilibrio.
Muy bien, entonces eso estaba claro: mis probables hermanos se interesaban ligeramente en mi futuro porque, si algo malo me ocurría a mí, eso podría afectarlos a ellos. Todo seguía más o menos igual.
Cuando llegamos a los aposentos del Adivino, lo encontramos delante de la puerta principal. Los demás savants continuaban reunidos abajo en el patio, suspendidos bajo su mirada, que era más doloroso que observar directamente a los reflectores. Al oír pasos, volteó hacia nosotros sus pequeños ojos -joyas diminutas en el cojín brillante de su rostro-, que depositó sobre mí. Enseguida sentí las puntadas de su búsqueda dentro de mi mente. Como defensa, inundé mi cabeza con la desesperación causada al enterarme de que él podría ser mi padre, algo que debería ser suficiente para distraerlo. Rompió el contacto con una leve sonrisa, similar a las de Drácula antes de hincar los dientes en el cuello de una víctima.
-Nnoitra, distribuye el plan de mañana -la voz del vidente era un susurro como si lo estuvieran estrangulando constantemente-. Zommari, lleva a Karin adentro.
El único lugar de todo el edificio donde se habían realizado refacciones era ese apartamento. Sus hombres habían derribado una par de paredes ignorando por completo las cuestiones estructurales para hacer un gran espacio que oficiara de sala de estar y de fiestas. El suelo brillante era de roble, robado de una tienda y colocado por nosotros antes de que el jefe se mudara. En un extremo del salón, tres enormes sofás de cuero rodeaban una gigantesca pantalla de televisión. Las novias actuales de nuestro líder se hallaban echadas decorativamente sobre los cojines sorbiendo cócteles de aspecto inverosímil. Siempre me pareció extraño que pretendiera estar en un penthouse en Manhattan cuando afuera se encontraba el viejo y miserable distrito de Mile End. El efecto era tan convincente como un Rolex falso comprado en un mercado por cincuenta libras. El Adivino tenía muchas fantasías y esa era una versión barata, una aproximación al tipo de vida que veía en la pantalla.
El jefe depositó su gordo trasero en el centro del sillón del medio, un espacio cóncavo ya que permanecía ahí sentado la mayor parte del día. Se retorció los dedos: la señal de que debía aproximarme.
-Karin, explícame.
Di unos pasos y me detuve en el borde de la alfombra blanca y mullida, ya que temí ensuciarla con mis zapatos y así aumentar su deseo de castigarme. Mi historia sonó débil aun para mí mientras la recitaba nuevamente. Zommari se había colocado justo detrás del líder y, a juzgar por su expresión abatida, me di cuenta de que pensaba que las cosas no estaban saliendo bien.
Estaba llegando lentamente a un final deslucido cuando el vidente levantó el dedo.
-¿Viste al chico al cual te pedí que robaras?
El día anterior, me habían entregado una fotografía de mi objetivo, una copia de la foto del pasaporte.
-Sí, a cierta distancia. Era fácil de detectar. Lo vi... mmm... -pensé en algún lugar posible-, yendo hacia una sala de conferencias con los demás. Es alto.
-¿Y crees que puedes hacer el trabajo mañana? ¿Conseguir sus objetos de valor como te pedí?
No, porque sus dispositivos no eran más que una pila de paneles de circuitos derretidos.
-Estoy segura.
¿En serio? El Adivino había pasado a la telepatía. Odiaba la sensación de tenerlo dando vueltas dentro de mi cerebro.
Sí, estoy segura, respondí de la misma forma tratando de mantener la mente fija en un único pensamiento: "papá".
Volvió a sonreír y me hizo señas de que me acercara más.
Lo tomé como una invitación a ensuciar la alfombra. Señaló un punto inmediatamente delante de él y esperó. ¿Y ahora qué? Alcé la vista hacia Zommari, que hacía ademanes de que me inclinara. Doblé las rodillas y caí a sus pies. Una mano recargada de anillos me dio una palmada en la cabeza.
-Te pareces mucho a tu madre cuando tenía tu edad. Pronto tendré que buscarte una pareja dentro de la Comunidad, alguien que merezca estar unido a mi sangre.
Sentí que el hielo corría por mi espalda. No quería oírlo hablar sobre mi madre o sus planes para mi futuro.
-Me preguntaba cuándo descubrirías la relación que tenemos. Tu madre te llenó la cabeza con muchas mentiras y te llevó mucho tiempo entrar en razón. Creo que ya es hora de que te unas a Nnoitra y Zommari como parte de mi dinastía -hizo una pausa esperando claramente que yo llenara el vacío con abundantes demostraciones de agradecimiento cuando lo que realmente deseaba era correr un kilómetro en la dirección contraria.
-Yo... mmm... no sé qué decir -al menos eso era verdad.
Apoyó una mano en mi mentón y apretó con cierta fuerza.
-Karin, trae las cosas del chico norteamericano. Las necesito. Después nos ocuparemos de tu futuro.
¿Todavía tenía futuro?, pensé.
-Lo haré, lo prometo.
Cuando me soltó, interpreté el gesto como una seña para levantarme.
-Espera. Tu castigo.
Me desplomé de rodillas otra vez. La habitación se sumergió en el silencio: las mujeres no osaron moverse en los sillones y no hubo tintineo de hielos en los vasos.
Un gusanito se arrastró dentro de mi cerebro y comenzó a segregar su mensaje a través de mi mente.
No comerás ni beberás hasta que hayas realizado tu trabajo. No podrás hacerlo. Pronunció las palabras mientras las imprimía telepáticamente en mi mente.
Zommari lanzó un suspiro profundo: obviamente, había temido algo mucho peor. Las mujeres se relajaron, una mordisqueó una aceituna que se hallaba en la mesa de vidrio.
El vidente me liberó.
-Karin, ¿entiendes?
La mano en la garganta, hice una señal afirmativa con la cabeza. Ya podía sentir la repulsión que había plantado en mi mente ante la sola idea de ingerir algún alimento.
-Entonces es mejor que mañana salgas temprano. No querrás perderte el desayuno, ¿verdad? -soltó una risita ahogada y los rollos de su barriga subieron y bajaron como una islita sacudida por un terremoto-. Vete, corazón -desvió la mirada a la pantalla oscura que se encontraba a mis espaldas y la televisión cobró vida.
Me puse de pie y salí deprisa de la sala dejando al líder rodeado de sus compinches. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que aquellos que no estaban conectados por lazos sanguíneos competirían para ganar la posibilidad de ser la pareja que él elegiría para mí, otro rival más para Nnoitra y Zommari. Mis dos "hermanos" no vería con buenos ojos esa conspiración.
Jinta rondaba en las sombras del rellano de la escalera: se había atrevido a llegar al quinto piso cuando debería haber permanecido en el sótano.
-¿Todo bien, Karin?
Dije que sí aunque, de haber sido sincera, debería haber dicho lo contrario. No podía creer que tuviera el ADN de ese hombre malvado.
-No me mencionaste, ¿verdad? -era por eso que estaba allí.
-Nnoitra sabe, pero no armó mucho revuelo. No le dije nada al jefe porque no salió el tema.
Jinta se rascó la barbilla y luego asintió satisfecho.
-Muy bien. También está arreglado lo de Sean, no dirá lo que ocurrió en el estadio. Solo tienes que volver mañana con un gran botín, ¿de acuerdo?
-Sí, de acuerdo.
Me dispensó una tenue sonrisa.
-Por una vez, los más pequeños ganaron un round, ¿no crees?
Yo no diría de esa manera pero preferí dejarlo con su ilusión de victoria.
-Seguro.
-Buenas noches -agitó la mano mientras se alejaba hacia la escalera arrastrando los pies.
No fui capaz de responderle. Esa noche no tenía nada de bueno: estaría muerta de hambre y de sed e incapaz de hacer nada al respecto. Sin embargo, la perturbadora revelación sobre mi padre era lo que habría de quitarme el sueño. Si en ese instante hubiera tenido una estrella para pedirle un deseo, habría sido no haber nacido.
Estaba por retirarme a mi apartamento cuando Nnoitra brotó de la nada, me levantó en el aire y me empujó contra la pared.
-¿Qué quiso decir Jinta?
-Que yo... no recibí un castigo muy duro... que me dieron una segunda oportunidad -respondí rápidamente, demasiado aterrorizada como para intentar liberarme. Ese día se estaba convirtiendo en uno de los peores de mi vida. Pero, sin ninguna duda, el primer lugar lo ocupaba el día en que murió mi mamá.
Apretándome la mano con más fuerza, Nnoitra se inclinó hacia mí.
-¿Y el jefe todavía quiere que busques a ese chico?
-Sí -cerré los ojos ante el dolor. ¿Habría alguna parte de mí que quedara sana esa noche?
-¿Por qué?
¿Cómo esperaba que lo supiera? Pero Nnoitra ya no me estaba hablando a mí, la pregunta quedó flotando entre los dos. Me soltó y retrocedieron unos pasos.
-Jinta te dejó entrar.
Ya se lo había dicho.
-Sí.
-¿Le tienes aprecio?
Una pregunta malintencionada, que respondí con un encogimiento de hombros.
-Sé que le tienes cariño. Si quieres que él quede afuera de esto, tráeme a mí primero lo que le robes a ese chico, ¿está claro? Antes de entregárselo al vidente.
Eso no estaba dentro de las reglas. Se suponía que debíamos entregar todo públicamente durante la asamblea y no hacer intercambios privados a sus espaldas.
Mi expresión debió transmitirle que no me agradaba la sugerencia. Volvió a colocar la mano en mi garganta y esta vez rozó la herida.
-¿Acaso Jinta significa tan poco para ti? Pensé que era tu amigo -pronunció la palabra como si fuera un sinónimo de "cucaracha".
-De acuerdo. Primero te buscaré a ti. Pero no le hagas nada a Jinta, por favor.
Retiró la mano con una sonrisa.
-Sabes que sería incapaz.
